De confesiones y problemas

Habían pasado un par de semanas luego del regreso de Alfa al Santuario. Shion estaba bastante seguro de que un buen día de esos la técnica de Alfa estaría perfeccionada y sería momento de entregarle su armadura. Lo que él y Atenea todavía no decidían era si la iban a poner a competir con alguien más por el derecho a usarla, o si sencillamente la mandarían a que trajera la armadura de regreso y se la entregarían sin más. Claro que eso dependía de la reacción que tuviera la propia armadura cuando volvieran a encontrarse. Había de dos posibilidades, la primera, y la más probable, era que la aceptara así, sin más, por ser su antigua dueña o, por el contrario, que la armadura la rechazara y entonces tendrían que asignarle otra.

También se preguntaban cuándo sería un buen momento para mandarla por ella. Querían que fuera relativamente pronto, porque siempre era bueno tener un nuevo Santo en sus filas, en especial por todo el lío con los renegados, pero por otro lado, no sabían si, emocionalmente, la chica estaría lista para ir. Además no la querían mandar sola, lo que significaba que, probablemente, tendría que ir con alguno de los gemelos, y no estaban seguros de que ellos estuvieran emocionalmente preparados tampoco. Quizá sería una mejor idea que fuera con alguien más, algún otro de los Dorados, o una de sus amigas, ellas ya tenían armaduras y serían capaces de cuidarse en su pequeña excursión, no iban demasiado lejos de todas maneras. Pero ya se imaginaba Shion que a Saga no le gustaría esa decisión. El Gemelo mayor estaba un tanto más aprensivo últimamente, le daba muy mala espina que hubieran secuestrado a una aprendiz y tenía la idea de que si no se ponían alerta, podrían intentarlo con otra. Probablemente Shion pospondría el tema al menos una semana más.

Por su parte, Helena estaba bastante segura de que tenía el rastro de otro par de renegados en la mira. Esos pasados meses fueron muy difíciles para ella. Cuando a un Santo le asignan aprendiz se sienten con una responsabilidad enorme, estaban a cargo de ellos, no nada más de transmitirles todos los conocimientos posibles, si no de salvaguardar su integridad, ya fuera física o mental. Nadie se tomaba el papel de maestro a la ligera, se creaban lazos que iban más allá de maestro y alumno, a veces eran más fuertes que de hermanos, a veces se sentían como padres cuidando de sus hijos, en especial cuando se les encomendaban aprendices muy jóvenes. Jivika tenía apenas 10 años cuando la asignaron como aprendiz de Helena y Helena la consideraba como su hermanita. La vio crecer y desarrollar sus habilidades, se sentía orgullosa de la chica, y le faltaba ya muy poco para que tuviera que pelear por su propia armadura. Estaba muy preocupada porque algo grave le debió suceder para lograr borrar el cosmo de la joven. Había llorado, gritado y se culpaba, porque, a fin de cuentas fue ella quien la mandó con Argol.

Argol también se culpaba, había sido responsable de la chica y, en cambio, no pudo hacer nada más que mirar mientras se la llevaban. Helena lo tranquilizó lo mejor que pudo, nadie podría prever todo aquello, racionalmente sabía que no era culpa de nadie, pero tenían que encontrarla. Argol siguió muchas veces a Helena en sus búsquedas, pero Helena lo mandaba al Santuario de vez en cuando a dar informes. Aldebarán estaba también muy aprensivo. Sabía muy bien lo en serio que se tomaba Helena su responsabilidad de encontrar a la adolescente, y no dudaba que movería cielo, mar y tierra con tal de encontrarla. Estaba preocupado por Helena porque la mujer no se tomaba descansos y eso lo hacía pensar que, si no la encontraban pronto, eventualmente la mujer caería rendida y sin fuerzas. Por eso iba a ayudarla lo más posible, aunque, a regañadientes, le daba su espacio también.

Luego de los entrenamientos del día, Alfa regresó a cambiarse a Géminis y volvió a salir para encontrarse con sus amigas. O al menos ese era el plan original, pero en realidad la gran mayoría estaban ocupadas de último momento, así que Alfa terminó por acompañar a Dicro mientras terminaba sus últimas tareas dentro del Campamento de las Amazonas, y luego ambas salieron a caminar por el Santuario. No eran rondas oficiales, pero sí estaban relativamente alerta. Al menos hasta que ambas se encontraron en un rinconcillo agradable y se sentaron a platicar.

Alfa le contó cómo iban las cosas con los gemelos y su relación con Saga. Si bien ambos no se animaban ni a agarrarse de la mano, para todo el mundo era bastante notorio que la atracción entre ellos seguía igual de viva, y eso mismo se lo confirmó Dicro. Quién mejor que ella para saberlo. La chica no era un Santo, pero sí tenía su propia armadura, una Agape, que en buen cristiano, es una de las armaduras de alto rango de Eros. Sí, la joven estaba al servicio de Eros, ni más ni menos. De pronto como que la aparición de parejitas en el Santuario de la diosa tenía cierta explicación a los ojos de Alfa. Dicro le dijo que su misión no era hacerla de cupido, nada más mantener vivo el amor, en especial durante el lío que creó la revuelta de Saga en el Santuario. Alfa entonces se animó a preguntarle sobre Chris.

—Si no quieres contestarme estás en tu derecho, obviamente, pero... digamos que Chris tiene cierto parecido con un Santo Dorado con el cual estás muy relacionada.

Dicro como que bajó la mirada un momento.

—¿Me estás preguntando si Chris es hija de Deathmask?

—Esa es justo mi pregunta.

—Lo es, pero él no lo sabe. Nadie lo sabe. Bueno, probablemente Shion y Saori sí lo sepan, pero no me han preguntado directamente, de hecho nada más tú lo has hecho.

—¿Chris lo sabe?

—No. No todavía. Eventualmente se lo diré. También a él. Pero no ha llegado ese momento aún. Las cosas fueron muy complicadas, toda mi relación con él ha sido complicada desde el inicio. Por cierto, yo también soy del club de esas que bien sabían que no debían relacionarse de esa manera con un Santo Dorado, pero lo hicieron de todos modos. Te comprendo. A ti y a Antheia,

—No te culpo. Digamos que son difíciles de resistir.

—Ya que me preguntaste por Chris, hay algo más: tuve mellizos. Mi niño se llama Dorian, está también entrenando, pero con el séquito de Dionisio.

—¿Lo ves seguido?

—Procuro ir a visitarlo de vez en cuando, pero no puedo ir tan a menudo como me gustaría. Aunque claro, por mi estaría aquí conmigo, pero su destino es estar al servicio de él. Está en Creta, así que no es tan lejos. Pronto toca ir a verlo de nuevo y eso me pone contenta. Probablemente me lleve a Chris conmigo, no tienes idea de lo difícil que es para ella estar separada de su mellizo.

—Pronto se solucionarán todas estas cosas, amiga.

—¿Te ha sido muy difícil mantener a raya los pensamientos de Antheia?

—Más o menos. A decir verdad pensé que iba a ser más difícil, pero la realidad es que no fue muy complicado regresar a la rutina con los gemelos. Ambos se están esforzando. Sólo espero que Saga deje de mirarme con esa cara de cachorro regañado. Como que sigue esperando que un buen día de estos le dé de calabazas por todo lo que hizo en su momento, a pesar de que ya le he dicho muchas veces que está perdonado.

—Quizá necesite que se lo demuestres de una manera más... explícita —contestó Dicro con una sonrisita bastante traviesa.

Alfa rodó los ojos.

—¿Tu también eres de las que piensa que puedo convencer a Saga de cualquier cosa con sexo? Claro, tenías que ser servidora de Eros —ambas rieron.

De lo que ninguna de las dos se dio cuenta fue de que un pequeño aprendiz de ojos vivaces las estaba observando. Terje escuchó toda la conversación que tuvieron las amigas. Las vio alejarse poco tiempo después y sonrió. En apenas un par de días más tenía otra cita con Alessandro y estaba muy contento de que al fin le tenía noticias que le podrían servir. Se fue corriendo en dirección contraria a la de las chicas.

Cuando Alfa regresó con Dicro a las Doce Casas ya era de noche. Su amiga se despidió de ella y siguió su camino al siguiente Templo. Alfa subió a los privados. Las luces estaban apagadas, Kanon había tenido ronda durante la tarde, pero probablemente aún no regresaba, así que el único que debería estar ahí sería Saga, aunque seguro a esas horas, el gemelo se habría retirado a su habitación. Se equivocaba.

Cuando entró a la sala notó que Saga estaba dormido en uno de los sillones. No se lo veía tranquilo: se revolvía en sueños. Alfa se acercó a él y lo observó un momento, le pareció que estaba teniendo una pesadilla: gotas de sudor corrían por su frente. Se acercó más y se arrodilló a su lado, luego le puso una mano sobre el pecho y lo llamó por su nombre. El Santo no reaccionó de inmediato, así que la joven lo movió un poco mientras volvía a llamarlo. Esta vez pareció que su voz sí llegó al subconsciente de Saga, el gemelo frunció el ceño y pocos segundos después abrió los ojos, con la respiración agitada y el corazón latiéndole con fuerza. Sus ojos tardaron un poco en enfocar, en la penumbra, a la figura de la joven junto a él.

—¿Estás bien? —preguntó Alfa con una expresión un tanto preocupada; sentía el corazón del joven latiendo desbocado contra su mano, que no había retirado del pecho del hombre.

—¿Alfa? —Ella asintió. —Estoy bien. Nada más fue un sueño.

—Uno no muy agradable, al parecer —contestó.

Saga se incorporó en el sillón y ella se levantó del suelo.

—No, no fue agradable.

—¿Puedo preguntar qué soñaste?

—Aspros. Su vida. Me ha pasado de vez en cuando desde que nos devolvieron los recuerdos.

Alfa asintió. Saga se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Las cosas van a mejorar... eventualmente. Tenemos que superar esto. Todos. —Alfa se sentó junto a él. —Y no vale la pena que sigas pensando en eso, en lo que hizo Aspros.

—¿Sabes en qué terminó su historia?

—Sí. Siempre lo supe. Dohko me la contó hace 200 años —lo miró a los ojos.

Luego, en un impulso que no pudo contener, le puso una mano sobre la mejilla, que Saga inmediatamente tomó y cerró los ojos ante el contacto.

—Al final él también hizo lo correcto, aunque le tomó la vida de su hermano y la suya el hacerlo. —La chica le acarició los labios con el pulgar sin dejar de observarlo.

Saga abrió los ojos y le sostuvo la mirada.

—Deja de culparte por sus errores y mejor concéntrate en eso; en que al final hizo lo que debía y fue una parte importante para ganar esa guerra.

De pronto las luces de la sala se encendieron y ambos se separaron de un salto. La figura de Kanon entró y los miró con una ceja enarcada.

—¿Interrumpo algo? —preguntó al ver que la joven se alejaba del sillón y se dirigía a la cocina, y luego vio la mirada medio hastiada y medio azorada de su gemelo.

—Los mismos problemas mentales de siempre, Kanon. ¿Cenamos? —Y con eso Saga también se levantó del sillón para ir con la mujer.

Kanon se encogió de hombros y los siguió.