[~Selket~]
Las ganas de llorar me invadieron de inmediato en cuanto abrí los ojos y reconocí dónde estaba. O mejor, dónde no estaba. Me levanté hasta quedar sentada en la cama, que no era para nada cómoda, pero al menos no estaba hecha de paja. Eché un vistazo a mi alrededor y me tumbé nuevamente. El techo era bajo y la estructura de madera era vieja. Miré las paredes descoloridas y el interior de la casa enteramente vacío. Tenía que ocuparme de ello a menos que quisiera vivir en una pocilga. Salí de la casa en busca de un CDC que pudiera darme algunas herramientas y quizás algo de pintura.
-¡Selket!- oí que alguien gritaba mi nombre. -Selket, espera.
-Kiki, no esperaba verte por aquí- suavicé mi tono.
-El maestro Mu me pidió que te buscara, quiere verte en el Templo de Aries- me explicó.
Asentí y prometí ir en cuanto resolviera lo de mi casa. Él siguió corriendo por sus demás encomiendas. Sonreí a verlo alejarse como una centella rojiza, ya estaba bastante más alto de lo que lo había conocido. De vuelta en casa con las cosas, dejé todo en una esquina y le dediqué una última mirada a Orión en su caja. Dudé en ponérmela, pero lo descarté aunque sentí el reproche suyo con aquel murmullo. La ignoré y salí hacia la Calzada.
-¿Me necesitabas?- le pregunté, llegando a su lado e intentando sonreír.
-Bueno, también quería verte, hace mucho no tomamos el té- me dijo con voz serena y un gesto invitándome a pasar al salón.
-¿Cómo van las cosas como nueva Santa de Plata?- tanteó con suavidad.
-Mu, no es necesario…- le dije, sabiendo que estaba siendo sutil en vigilarme como si fuera una chiquilla.
-No lo pregunto como tu superior, lo pregunto como tu amigo. Sabes que quiero verte feliz, Ket- me dijo, mirándome a los ojos y dejando de lado su taza de té.
-Y te lo digo como ambos: estoy bien- le reafirmé.
-Sabes que pronto les asignarán misiones y tareas dentro y fuera del Santuario, ¿no?- me dijo, cambiando el tema, viendo mi renuencia a modular más que monosílabos o vaguedades.
-Cuento las horas, Mu- le dije, antes de retirarme.
No puede ser, otra vez. Ya estaba harta de tener contacto con gente por hoy, mañana, toda la semana y el mes siguiente, si era preciso. ¿Por qué no entendían que quería estar sola? Me levanté pisando con fuerza y me dirigí a la entrada de mi modesta casa.
-¿¡Qué!?- grité, abriendo la puerta de golpe.
Aioria me miraba con los ojos muy abiertos y el puño todavía en el aire, acabando de dar el último golpe a mi puerta. Volteé los ojos y abrí la puerta completamente, invitándolo a pasar y cerrando la puerta tras de él.
-Imagino que no vienes a ayudarme a arreglar mi casa, ¿o sí?- le dije con sorna, señalando las herramientas acomodadas en una esquina.
-Supongo que puedo disponer de algunas horas- me dijo con bastante amabilidad, cogiendo el balde de pintura.
Suspiré y sonreí. Me sentí mal por desquitarme con él sin motivo. Le quité el balde de la mano y le dí una pequeñísima descarga de manera juguetona. Tal vez podríamos aprovechar otra tormenta otoñal pronto.
-Está bien, Qut- le dije, sonriendo suavemente. -Ya la arreglo yo luego. Cuéntame a qué debo tu presencia.
-El Patriarca me ha pedido que te ofrezca una posición- me dijo, adoptando una postura más seria.
-No me digas, ¿y qué sería?- levanté una ceja.
-Quiere que te encargues de supervisar los entrenamientos de los futuros aprendices. Raido y tú se encargarían de coordinar todo, así como lo hicimos Dohko y yo.
-¿Por qué yo? No es como que haya sido una aprendiz ejemplar, le he dado muchos dolores de cabeza al Patriarca- respondí, algo sorprendida por la propuesta.
-Eso no lo discutiré, claro, pero tu desempeño fue excepcional y eso es lo que más importa- rió.
-Ya veo… ¿Debo darte una respuesta ahora mismo?- la cabeza me daba vueltas.
-No, puedes pensarlo... pero será mejor más temprano que tarde. Es una buena posición, Selket. Deberías considerarlo seriamente- me dijo, poniéndose de pie.
Asentí y cerré los ojos. Me pasé la mano por el cabello y me dejé caer en la silla aún más. Tenía que pensarlo, era una posición preferencial. No podía quedarme sin hacer nada, aunque lo último que quería era un oficio que me obligara a permanecer en el Santuario.
[~Seline~]
-¡Maestro Dohko!- grité, mientras le daba alcance corriendo.
-Seline, ¿cómo estás?- me preguntó, animoso.
-He estado mejor, maestro, no le mentiré- le dije con desánimo.
Él se detuvo completamente y me miró, dándome su absoluta atención. Tragué en seco y miré al piso.
-Adivinaré: ¿Selket?
-¿Cómo…?- pregunté, sorprendida.
-Las vi hace un rato. Ninguna de las dos lucía contenta.
-Ah… Pues sí, no quiere escucharme o verme siquiera- admití.
-Heriste sus sentimientos, Seline. ¿Has intentado imaginar cómo se siente ella ahora? Ha pasado por mucho- me dijo, con un largo suspiro.
Los dramas de aprendizas no eran lo suyo, pero lo seguían a donde fuera.
-Ella fue tu primera amiga aquí, ¿no?- me preguntó, aún sabiendo la respuesta.
-Sí- admití con un suspiro.
-Acompáñame a meditar un rato- me invitó.
Lo seguí hasta llegar a la cascada, al parecer los viejos hábitos no morían y el Viejo Maestro, que ya no era "viejo", seguía con su costumbre de estar cerca a una cascada. Hablamos un largo rato, de todo y nada a la vez. Le conté todas mis dudas y frustraciones acerca de convertirme en una Marina de rango superior, la incertidumbre respecto a mi prueba y a todo lo que pasaba con el Templo Submarino… Todo. Incluída la pelea con Selket. Él me escuchó pacientemente con sus ojos cerrados, asintiendo o haciendo algún sonido como gesto de que prosiguiera o que me estaba escuchando. Me dio un sermón bastante largo y no pude discutir una sola frase. Fue la última la que me descompuso un poco.
-...Y Milo no va a dejar de ser tu hermano, Seline. Créeme que lo último que él quiere es separarlas… y creo que Selket necesita una amiga más que nada en este momento- finalizó.
Me dejé derrumbar ahí mismo. Lloré por unos minutos, sintiéndome culpable. Pobre Selket, se debe estar sintiendo muy sola. Yo la había dejado de lado sin ningún motivo, pues Milo jamás me había hablado de ella o pedido nada luego de dejarla. Yo había asumido todo por mi cuenta y me había equivocado completamente. Pero ella no quería escucharme ni verme. Tenía que intentarlo de todos modos. Me levanté con determinación y la busqué en la Villa, donde vivía ahora. Justo la vi a lo lejos llevando cosas dentro de la que sería su nueva casa. Corrí y moví el brazo para llamar su atención. Se detuvo y esperó a que llegara donde estaba. Su mirada era fría e inexpresiva, como si su alma cálida se hubiera evaporado. ¿Qué le iba a decir? No tenía idea.
-Selket, no quiero que vivamos así- le dije, de la nada.
-¿Así…?- me preguntó con algo de altanería en su voz.
-Así- gesticulé señalando todo el Santuario a nuestro alrededor.
-Está bien, Seline. En un mes me asignarán una misión- me dijo con voz neutra, sin mirarme. -Y en dos recibirás tu Scale y regresarás a Atlantis. No cambiará nada de todas formas.
Me quedé de piedra, molesta y sin creer lo que me acababa de decir. Se fue sin decir más y no intenté detenerla. Selket había estado distinta desde que había roto con Milo, pero cambió realmente cuando ganó su Armadura de Plata. Y yo no sabía cómo arreglarlo, no tenía idea de qué hacer. Decidí dar una vuelta por la playa para despejarme, de todos modos no tenía nada qué hacer y no podía ir corriendo a llorar con el Maestro Dohko de nuevo. Caminé por la orilla, dejando huellas que en cuestión de segundos eran borradas por el suave oleaje. El sol se ocultaba en el horizonte y la brisa estaba tranquila. Me senté en una de las rocas y recogí las rodillas, apoyando mi mentón en ellas. Me sentía un fracaso.
-Estás bastante alterada, ¿te pasa algo?- oí una voz profunda y acompasada detrás de mí.
-Camus- dije casi de manera inaudible.
Hacía varios meses no hablaba con él. Él estaba con su ropa casual mirándome con ambas cejas levantadas.
-Ehmm… No. Bueno, sí… Selket- balbuceé.
-Lo imaginé- me dijo, con sus ojos cerrados y un aire de suficiencia. -¿No quiso escucharte o no lo has intentado?
-Ella… no quiere tener nada que ver conmigo. Yo la dejé sola cuando, ya sabes… Y no la culpo. No fui una buena amiga- dije, con bastante vergüenza, conteniendo las lágrimas.
Camus me miraba sin decir nada. Lo odiaba. Odiaba que me pusiera sentimental delante de él y, en cambio, él se mantenía inexpresivo.
-Es bastante parecida a Milo- sonrió de medio lado. -Supongo que entre Escorpiones se entienden. Deja que se calme un poco, tiene muchas emociones nuevas ahora que es una Santa de Plata. Búscala luego del Torneo de Bronce, estará más dispuesta a escucharte.
-Sí, creo que tien.. ¿Torneo de Bronce?- caí en cuenta de lo que me acababa de decir.
-Sí, falta el tercer y último rango, participarán todos los semifinalistas del Torneo de Plata- me explicó.
Así que por eso todos actuaban extraño, como atareados e insufribles. Quizás darle tiempo era la mejor opción, esperar a que se calmara y luego reparar la relación. Sería como antes de saber que estaba involucrada con mi hermano, pero de una forma más incómoda. Camus resultaba de utilidad cuando le daba la gana.
-¿Te quedarás un rato más?- me preguntó, de espaldas.
-¿Te quedarías tú un rato?- le devolví la pregunta.
[~Selket~]
El maestro Dohko lucía su Armadura de las Doce Armas de Libra mientras nos tenía en ascuas reunidos a Hokan, Raido, Aitana y yo. Las otras dos chicas de Marin, y nuevas Santas de Plata, ya tenían sus puestos: Medora, tan reservada e introspectiva, se dedicaría a ayudarle a Mu con los archivos de las múltiples bibliotecas. Galatea, por su parte, se encargaría de ser la guardia personal femenina de la diosa, ayudando a Aioros y siendo su acompañante en todos los eventos a los que fuera. Ella realmente había disfrutado nuestra velada en el cumpleaños del Dios del Mar, encajando perfectamente, por lo que su fachada la hacía la persona idónea para la tarea. Los demás, aún no teníamos nada… oficialmente, al menos.
-Santos de Plata, los he reunido hoy para hacerlos partícipes del último evento en el Santuario, y en el cual ustedes participarán activamente: El Torneo de la Orden de Bronce- comenzó el Viejo Maestro.
Todos nos sorprendimos demasiado, pues nadie había mencionado eso antes. Supondríamos que el resto de aprendices tendrían que entrenar algunos meses más para participar en algún torneo o algo. Aioria nos miraba a todos al tiempo, parado junto a Dohko con cara de satisfacción: sus días como niñeros nuestros estaban contados.
-Ustedes serán los oponentes- sonrió el León Dorado.
-Genial, esto retrasará las misiones al menos dos meses- murmuré entre dientes.
-¿Cuento contigo, Selket?- me preguntó Aioria, seguramente tras haberme oído.
-Ya qué…- murmuré con desgano.
-Excelente, como en los viejos tiempos- dijo con entusiasmo Raido.
-¿Cuáles "viejos" tiempos? No llevamos ni una semana como Santos de Plata- le dije, volteando los ojos.
Hokan rió a carcajadas y Aitana se tapó la boca. Raido era animoso y entusiasta y lo demostraba a cualquier oportunidad. Tal vez yo había perdido esa capacidad para emocionarme y me había convertido poco a poco en una piedra.
-Nos veremos en tres días para asignar todas las tareas. Muchas gracias, Santos de Athena- nos despidió Dohko.
Hicimos la reverencia y emprendimos el camino de vuelta a nuestras respectivas casas. Raido no había dejado la Casa de Leo, mientras Hokan se había mudado a la Villa. Nos despedimos y regresé a empezar, por fin, lo que no me habían dejado hacer desde que había ocupado la casa. En tres días comenzaríamos los combates.
Estaba nerviosa en mi primer acto oficial como Santa de Plata. Llevaba puesta mi Armadura, la cual estaba dichosa, haciéndome sentir un leve cosquilleo animoso. Al parecer, mi Cloth era bastante orgullosa y altiva, disfrutando todos los eventos en los que pudiera lucirse. Me preguntaba si la de Cerbero o Perros de Caza serían así. Tal vez luego le preguntara a Raido cómo se sentía su Armadura.
-Muy bien, aspirantes a Santos de Athena. Esta es la oportunidad para entrar en la Orden de Bronce y servir a la diosa entre nuestras filas- dijo Aioria con voz de mando, luego le cedió la palabra a su pupilo y nuevo Santo de Cerbero.
Yo estaba muy quieta, casi tiesa en mi puesto, viendo cómo entraban en fila los demás Santos Dorados a acomodarse en el palco. Evité mirarlos para no toparme con la mirada electrificante de Milo. Me contuve, aunque quería salir de allí y evitar la vergüenza. Sentí que alguien me tomó del brazo, con suavidad.
-No te despediste- me dijo con aquella voz parca y pausada.
-¿Qué quieres, Camus?- fue lo único que atiné a decir.
-¿Qué quieres tú, Selket?- me respondió con un dejo mordaz en su voz.
Bufé, fastidiada y él siguió como si nada. Probablemente nadie había notado esa pequeña discusión. Disimulé lo mejor que pude y bajé la mirada. Raido a mi lado seguía dando instrucciones a diestra y siniestra, tenía cualidades de líder. Aioria le había enseñado bien.
-Ahora tendrán un combate definitivo contra uno de los recién ascendidos Santos de Plata. Un solo combate, pues todos ustedes llegaron hasta las semifinales del Torneo de la Orden de Plata, así que bastará. Demuestren su valía en este último reto. Buena suerte, aspirantes- Dohko tenía una gran voz de mando sin sonar autoritario.
¿En verdad tendría mi primer combate usando a Orión? Me preparé, sintiendo que la Cloth se electrificaba. Estaba ansiosa luego de llevar quién sabe cuántos años dormida entre los muros de hielo de Siberia. No podría usar toda mi fuerza como si estuviera luchando contra alguno de mis maestros, tenía que moderarme. Milo había sido muy claro respecto a la finalidad del Torneo de no pretender victorias absolutas. Después de todo, la idea era que ellos entraran en la Orden, no reafirmarnos como superiores. Enseñarles y ponerlos a prueba sin matarlos en el proceso. Avancé en la Arena y mi oponente, una chica menuda de unos dieciséis años, entró dudosa tras de mí.
Me resultaba fácil esquivarla. Normalmente era excepcionalmente rápida, pero con mi nueva Armadura de Plata pasé a un nuevo nivel. Me sentía ligera y vivaz, como si fuera la primera vez que corría a toda velocidad. Era una sensación excitante y nueva, donde todo me resultaba más cómodo y fácil. Las Cloths otorgan grandes ventajas a sus portadores, haciéndolos mejores guerreros y yo estaba encantada. Quería probar mi nueva fuerza, destreza y velocidad. La chica no dejaba de atacarme, siempre fallando por mucho que lo intentara. Era buena, aprendiza de June de Camaleón.
Me atacó con su ken, proyectando un halo de Cosmoenergía en forma de rayo, pero la detuve, haciendo un escudo con mis manos tal como me había enseñado Milo. La chica era poderosa y su Cosmos era fuerte, pero no más que el mío. Orión resonaba con fuerza, transmitiendo me toda su energía y descontento por contenerme. Ella quería un combate donde pudiera lucirse y brillar como lo había hecho generaciones pasadas. Podía sentir su urgencia a modo de cosquilleo. La presión que ejercía sobre mí era aplastante y desesperante, molestándome. Mi cuerpo se sentía caliente, febril e inquieto. Ya no podía esquivarla más, tendría que atacarla, así que me preparé para lanzarle un rayo. Sería suave comparado a lo que podría hacer de verdad, pero Orión tenía otros planes. Mi mente se nubló y por un segundo recordé a Escorpio. Cerré los ojos, lo vi todo. Mi puño se llenó de Cosmoenergía fluctuante y mi respiración se agitó. Dirigí todo mi Ken hacia ella y murmuré exactamente lo que apareció en mi mente:
-Choque Megatómico de Meteoro- y me lancé en picada hacia ella sin pensarlo.
La adrenalina me invadía y nublaba mi juicio, extasiada sintiendo aquel poder descomunal tan afín a mí Armadura.
"Detente, no puedes matarla" me recordé un segundo antes de golpearla. Estaba indefensa y asustada. Mi Ken impactó con el suelo del Coliseo haciéndolo retumbar y yo caí de rodillas vencida. Había decidido rendirme.
Todos guardaban silencio hasta que entró en la Arena el Caballero de Cefeo. Era un tipo alto y fornido, de cabellera rubia y piel trigueña. Me dedicó una mirada severa y se ubicó junto a la aprendiza temblorosa de Camaleón. Él, Albiore, era el maestro de June y de Shun de Andrómeda. Milo me había contado de su combate, un Caballero de Plata que podía casi igualar la fuerza de un Dorado. Muerto a manos de Afrodita de Piscis por intervención no pedida en el combate contra mi maestro. Sí él sabía quién era yo, seguramente no le había hecho ninguna gracia. Y lo entendía. Yo me levanté y salí de la Arena en silencio. La chica, cuyo nombre era Asha, se alzaba como nueva Santa de Bronce de Lince. Sonreí con amargura y me retiré en silencio habiendo cumplido con mi deber. No me quedé a ver el resto de los combates. No me atreví tampoco a levantar la vista hacia el palco, pues sabía que no encontraría más que expresiones de desaprobación, por decir lo menos.
No había parado de llorar en toda la tarde. Orión me enviaba pequeñas vibras con su Cosmos desde su Caja, pero yo la estaba ignorando deliberadamente. Estaba molesta con ella por presionarme, imponerse y casi lograr que hiciera algo de lo que me arrepentiría toda la vida. Se suponía que las Cloths nos ayudaban a nosotros, sus portadores. Pero Orión parecía querer dominarme y hacer lo que quisiera. Era agotador.
"Necesito hablar contigo"
Dí un respingo en cuanto aquella voz inundó mi mente. El corazón comenzó a palpitarme con fuerza.
"¿Qué pasa?"
Lo sé, era una cínica idiota por comportarme así, pero Milo me descomponía con sólo pensar en él… y Orión se aprovechaba de cualquier oportunidad en la que mostrara debilidad o distracción para intentar alguna jugada. Comenzaba a cuestionarme si podía pedir un cambio de Armadura, después de todo, de las siete que supuestamente estaban disponibles, sólo habían entregado seis. Quizás podía cambiarla por Corvus.
"Necesito hablar contigo. Ve al risco en quince minutos"
No respondí por varios segundos y finalmente cedí.
"Está bien"
Me tiré en la cama totalmente vencida. Me quedé mirando al techo indefinidamente, esperando que alguna fuerza divina viniera a ayudarme. Me levanté y me dirigí a la pequeña palangana que tenía junto al espejo. Me lavé la cara unas cinco veces, para despertarme. No funcionó, seguía viendo aquella cara de vergueza mirarme de vuelta. Me puse un ligero suéter y emprendí el camino hacia el risco. Podía oír la bulla de la celebración del Torneo de Bronce culminado. Luego averiguaría quiénes serían las nuevas adiciones a la Tercera Orden. Iba totalmente distraída con aquel pensamiento cuando divisé la silueta dorada al fondo. Estaba usando su Cloth todavía. Tomé aire y llegué hasta él, cruzándome de brazos. No se dignó a mirarme.
-¿Cómo aprendiste esa técnica?- me preguntó con seriedad.
-La Cloth… me enseñó. Lamento que no saliera como- me detuve en medio de la explicación.
Él volteó lentamente y me dedicó una profunda mirada.
-Hay algo muy extraño contigo, Selket. No estás bien- me dijo con voz algo preocupada.
-Yo ya no soy tu problema, Milo- le dije, totalmente a la defensiva. -Ya no eres mi kyrios, lo que haga o no es problema mío.
-Selket…- intentó suavizarme.
-No, dejemos algo claro: Tú ya no eres mi apoderado y yo ya no soy tuya. Deja de meterte en lo que hago. Querías liberarte de mí, ¿qué haces aquí entonces?- le espeté bastante molesta.
Él frunció el ceño bastante descontento y se cruzó de brazos frente a mí. Yo ya estaba fuera de su control y eso cambiaba las cosas. No podía decirme qué hacer a menos de que fuera una orden directa como Caballero Dorado. Me fui furiosa, con las lágrimas rodando por mis mejillas sin control. Corrí hasta que perdí el aliento y luego me dejé caer a sollozar en medio del bosque. Cuando me pude calmar, regresé a la Calzada y subí a Leo.
-¡Aioria!- grité.
Él salió de su habitación apresuradamente, encontrándome en la mitad del salón de Leo. Seguro mi expresión era desencajada y atípica, lo que lo preocupó.
-¿Qué te ocurre, Selket? ¿Estás bien?- me puso sus manos en los hombros.
-Acepto- le dije entre sollozos.
Él me miraba con una expresión entre pena y desconcierto.
-Acepto el trabajo. Coordinaré los entrenamientos de los aprendices, pero quiero salir de aquí en la primera misión disponible. Tú… tú podrías hablar con Shura de Capricornio, ¿me ayudarás?- le dije con tono suplicante.
-No puedo prometértelo, Selket. Shura… no es muy abierto a ese tipo de favores, pero veré qué puedo hacer- me dijo con voz dulce.
-Está bien- acepté a regañadientes.
-Lo viste hace un rato, ¿no? Por eso vienes tan alterada- adivinó.
Asentí y me crucé de brazos, apretándome con fuerza.
-Mejora, lo prometo- me dijo mientras me abrazaba.
Yo intentaba aguantarme con todas mis fuerzas las ganas de llorar. No sólo era Milo, era haber discutido fríamente con Seline, haberme descontrolado durante el combate de hoy y quedarme de la noche a la mañana sin amigos. Yo iba en picada y no había cómo detener mi caída. No sabía qué hacer o a quién acudir… porque no tenía nadie en quien confiar ahora.
[~]
Los días pasaron y mi casa comenzó a tener la apariencia de un hogar. Era modesta y austera, pero yo no necesitaba mucho. Era mía y con eso bastaba. Aioria nos había convocado hoy para recibir a los futuros aprendices y decidir si eran material para Santos o no. En unos días más llegarían otros Saints para recibir a sus nuevos pupilos, así como yo había traído a Yakov para que fuera entrenado por Hyoga. Organicé todo en mi pequeña cabaña e invoqué a Orión.
Me vestí con ella, luego de haberla ignorado por más de una semana. Estaba ansiosa, pero controlada."Ni una sola sopresa, por favor" le rogué. Me peiné un poco y ajusté mi tiara antes de salir. Fui directo al Coliseo, donde estarían Aioria y Raido esperándome. Cuando llegué las gradas estaban a medio llenar, pero aún no habían aparecido los otros once Dorados. Raido permenció a mi lado recibiendo indicaciones de Aioria, pues también vendrían maestros de otros campamentos del Santuario. El maestro de June y Shun, Albiore de Cefeo, había llegado al Santuario días atrás para ello. Desafortunadamente, las circunstancias en que lo conocí fueron las peores.
No pasó más de una hora cuando ya los Dorados estaban en su palco junto al Patriarca y los líderes de los campos de entrenamiento llegaron a ocupar sus lugares dentro de la Arena: Un sujeto al que jamás había visto, dijo proceder de la Isla Kanon, un sitio que ni siquiera sabía que existía. Albiore venía de la Isla Andrómeda… y claro, no podía faltar la infame representante de Grecia: Kalintha de Lemnos.
Pareció sorprenderse al verme usando una Cloth, no pudiendo disimular su malestar y desprecio, a lo cuales correspondí con una falsa sonrisa. Su semblante se endureció, pero se contuvo. Raido me tocó el brazo, sacándome del estupor y poniendo atención nuevamente. Uno a uno, los dirigentes fueron presentando 4 aspirantes para ser considerados por el Santuario para su tutelaje. Mostraron sus habilidades con piruetas, ataques sin Cosmos y diferentes habilidades. Sólo una chica de unos trece años parecía retraída y asustada. Tenía los ojos verdes y un hermoso cabello café atado en dos coletas bajas. Lucía muy tierna e inocente para ser una aprendiza. Cuando uno de los otros aspirantes la atacó, cayó al suelo, tapándose el rostro con un brazo. Kalintha la observó y se acercó hacia ella con su látigo. Lo agitó en el aire y lo azotó contra ella, pero se envolvió en mi brazo. En una fracción de segundo, me había movido hasta bloquear su objetivo, utilizando mi brazo derecho como escudo. Su disgusto fue mayor cuando se dio cuenta de mi intervención. Intentó jalar de su látigo, pero apreté el puño, impidiéndole soltarme. Todos callaron, dejando el Coliseo en un silencio sepulcral sólo interrumpido por el suave silbido del viento. Estaba muy seria mirándola a los ojos, esperando su reacción. Nuevamente intentó zafarse con su látigo, pero lo sostuve y encendí mi Cosmos. Orión reaccionó también, llenándome con su energía. Con la otra mano libre tomé el látigo que llegaba hasta ella y proyecté una descarga eléctrica que la envolvió de inmediato, haciéndola caer y soltar el látigo. Me lo desaté y lo tiré a un lado. Mi Cosmos seguía fluctuando por todo mi cuerpo, bañándome en una potente luz azul. La corriente eléctrica que chispeaba en mi mano comenzó a encenderse, pareciendo más una llama de fuego azul, pero yo estaba demasiado concentrada viéndola como mi presa para darme cuenta de lo que estaba pasando a mi alrededor. Di unos cuantos pasos hacia ella, pero Aioria se interpuso en mi camino.
-Selket, basta- me dijo, con voz calmada, pero severa.
Parpadeé un par de veces y salí del estupor, tomando conciencia de dónde estaba. Orión, sin embargo, quería venganza. Sentía su presión sobre mí, aplastándome y cortándome un poco la respiración. En verdad era una Armadura testaruda. Kalintha se puso de pie y fue Albiore quien la detuvo como lo había hecho conmigo Aioria. Sin ellos, seguramente nos mataríamos aquí mismo.
-Sus abusos deben detenerse. Aioria- me quejé.
Yo me estaba tomando la justicia por mi propia mano y tal vez cobrándome los perjucios de hace unos meses. Ahora podía hacerle frente con o sin mi Cloth. Mi Cosmos era muchísimo más poderoso y no tendría con qué chantajearme. La odiaba por ello y Orión no pensaba desperdiciar esa oportunidad. Seguía sintiendo su presión, aunque la resistiera. Necesitaba liberar la presión de alguna forma, así que estallé mi Cosmos con fuerza, pero no me moví. Una nube de polvo me envolvió y volví a quedar donde estaba. Le hice un gesto a Aioria de que estaba bien y me dirigí hacia la chiquilla, quien todavía estaba en el suelo. Su rostro se llenó de miedo en cuanto me acerqué.
-Lo siento, no pretendía asustarte. Mi nombre es Selket de Orión- le dije con suavidad al tiempo que le ofrecía la mano.
Ella la aceptó con renuencia y se levantó.
-¿A qué has venido al Santuario, pequeña?- le preguntó el León Dorado.
-Quiero dedicar mi vida a servir a los Caballeros de Athena- dijo con un hilo de voz.
Yo miré a Aioria con desconcierto. ¿Qué se hacía en el caso de un ofrecimiento así? La chica no parecía alguien que fuera a sobrevivir a un entrenamiento de guerrero ni parecía haber despertado su Cosmos… ¿Qué podría hacer en un lugar como este?
-¿Cuál es tu nombre?- suspiró el León.
-Erene, señor- dijo sin titubear.
-Erene, es muy noble lo que quieres, per-
-Por favor, Caballero, en la Isla Kanon ya no queda nadie para mí. Mi abuelo murió hace unos años y el Caballero del Fénix me salvó- rogó la chica.
Aquello me sorprendió bastante. Había oído de aquel Caballero de Bronce, Ikki de Fénix. El hermano mayor de Shun de Andrómeda. No era una persona que fuera muy dada a participar en grupos y creo que nunca lo había visto por el Santuario. Aioria parecía meditarlo, pero no tenía idea de qué pasaba por su mente. Obviamente se requeriría más que ganas para ser un aprendiz. Tuve una idea en ese momento. Yo entendía lo que era no tener un lugar al cual regresar.
-Aioria, podría ser una Vestal- le sugerí.
-Selket…- pareció que mi idea le sonaba como una apuesta descabellada.
-Piénsalo. Ilse, Mei, Adeline… ellas sirven a la diosa y a sus Caballeros. No me dirás que su labor no es importante- le dije con sinceridad.
Él asintió.
-Muy bien, tienes razón- me dijo. -Pequeña, ¿quisieras servir a la diosa Athena como una Vestal? Aprenderías de medicina, gastronomía y a llevar un hogar- le ofreció.
Los ojos de la pequeña se iluminaron. Asintió entre lágrimas y abrazó a Aioria, llegándole apenas un poco arriba de la cintura. Me enterneció esa pequeña escena.
-Yo me encargaré de llevarla con Ilse, si me lo permites- le ofrecí.
Asintió y conduje a la pequeña fuera de la Arena, dando por terminada la riña entre Kalintha y yo. Todo volvió a la normalidad entonces y pude oír a lo lejos los golpes y el público vitoreando. Llegué con ella a la Calzada Zodiacal.
-Erene, aquí viven los Caballeros Dorados. Son los Saints más fuertes y custodian los Doce Templos del Zodiaco. Cada uno de ellos tiene una Vestal encargada de llevar el hogar, junto a otras que le ayudan. Tienen amplios conocimientos como curanderas, son exquisitas cocineras y… son como madres. Ellas realmente dan calor de hogar a este lugar. No hay nadie quien no quiera a las Vestales. Las hijas de Hestia cumplen un papel fundamental aquí en el Santuario. Te presentaré a Ilse, la Vestal de Escorpio. Ella ha cuidado de mí desde que llegué y se encargará junto con las demás de mostrarte tu lugar- le expliqué con cariño.
Subimos las infinitas escaleras hasta la Octava Casa y entré a la cocina en silencio. Me aclaré la garganta y la Vestal pegó un brinco.
-¡Selket!- gritó de felicidad al comprobar que era yo.
La abracé y derramé un par de lágrimas. Ilse había sido mi figura materna por estos años, cuidando de mí y consintiéndome en más formas de las que podía admitiri: desde ayudarme con mi ropa hasta guardarme sus strudels de manzana. Incluso me favoreció por encima de Milo más veces de las que podía recordar.
-¿Me extrañas?- le pregunté.
-das Naive…- me respondió con su marcado acento germano. -¿Vienes por un Strudel?
-Ya quisiera, créeme. En realidad estoy en medio de las pruebas de reclutamiento. Vine a traerte a Erene. Ella será una Vestal- le dije, mirando a la chica de reojo.
Ilse la examinó con su mirada inquisidora, pero dulce y alzó una ceja.
-Muy bien, Erene. Te quedarás conmigo a ayudarme por hoy y en la noche te llevaré con el Patriarca para que te asigne una tutora formal- le dijo.
-Debo regresar, pero…- sonreí.
-Toma- me dio un pañuelo envuelto que contenía varios strudels.
La abracé y le di un beso. Bajé a toda velocidad la Calzada y regresé al Coliseo. Me ubiqué junto a Raido y vi el resto del espectáculo. Ahora vendrían los que serían los primeros reclutas del Santuario, luego de nuestra generación: los nuevos Santos de Plata.
Luego de que todos abandonaran el Coliseo, sólo quedamos Raido y yo, dejando el orden los elementos de combate que se habían usado. Aioria había salido junto a los demás compañeros de su Orden. La noche era fresca y el silencio era reconfortante. Ya estaba acabando cuando el León regresó.
-Selket, tienes una audiencia con el Patriarca para la primera misión oficial de los Santos de Plata mañana al atardecer. Raido estará contigo- me dijo.
Asentí y le di un abrazo para agradecerle su ayuda. Él me abrazó de vuelta y suspiró largamente. Sabía que quizás le había costado bastante lograr aquella audiencia. Le agradecía en verdad su esfuerzo y se lo pagaría en cuanto tuviera la oportunidad.
[~]
-Yo me encargaré de los entrenamientos de los nuevos aprendices por mi cuenta- abogó Raido en mi favor.
-Un solo Santo n-
-Yo puedo ayudar. Patriarca, si me lo permite, yo puedo ayudarle a Raido a preparar los retos y los perfiles, conoce de sobra mis habilidades ilusorias- intervino la Marina más joven.
Contuve el aliento y le dediqué una mirada sincera. No tenía idea de que supiera siquiera de mi audiencia, menos aún, esperaba que me defendiera. Susurré un "gracias" y ella sonrió.
Shura me examinó de arriba a abajo con cara de pocos amigos. Era, hasta ahora, el Caballero más serio y parco que había conocido. No entendía cómo era tan amigo de Aioros, sobre todo después de lo que le había hecho.
-Está bien. Selket asumirá el mando de la misión- dijo, luego se dirigió a mí. -Prepárate para partir en una semana. Te daré las indicaciones en el transcurso.
Asentí, tratando de disimular el entusiasmo. Volteé y miré a mis amigos con lágrimas en los ojos. Ellos sonrieron de vuelta y se adelantaron a bajar la Calzada. Yo me quedé un poco más atrás.
-Selket- me llamó el Santo de Capricornio, quien con pasos firmes me sobrepasó. -Milo no puede estar defendiéndote toda la vida. Y a Aiora… no lo vas a convencer de abogar por ti a cada oportunidad. Recuérdalo.
Me quedé fría con sus palabras, que parecían más una amenaza… afilada como la espada en su mano. No tenía idea que Milo… Yo no le había pedido nada a él y a pesar de que lo había visto hacía un par de días y las cosas no habían ido nada bien, me había ayudado. No sabía qué exactamente le había dicho a la Cabra, pero había funcionado.
Bajé la Calzada despacio, con la cabeza completamente perdida. Cuando reaccioné iba a medio camino por el salón de Escorpio. Inconscientemente había entrado a aquel lugar que había sido mi casa por dos años. Mi mente me había jugado una mala pasada. Maldije por lo bajo en cuanto reaccioné. Volteé sobre mis talones y me dispuse a salir de ahí cuanto antes, pero otro par de pasos tras de mí me alertaron.
-Selket- me llamó.
Me detuve y giré a encararlo.
-¿Qué haces aquí?- no había rastro de desprecio o reproche en su voz. Sólo sorpresa.
Hay cosas que simplemente suceden sin pensarlo y yo no estaba pensando muy claro en aquel momento. Avancé los dos pasos que nos separaban y lo abracé muy fuerte, como si quisiera fundirme con su musculoso cuerpo. Él se sorprendió un poco, pero me rodeó con sus brazos con fuerza. Inhalé fuertemente aquel aroma amaderado tan suyo y no lo solté por un momento que pareció eterno.
Lo miré por última vez. Dormía plácidamente, respirando con suavidad mientras la ventana dejaba ver el cielo clarearse con el amanecer. Todavía faltaba una hora para que los rayos de sol del amanecer se filtraran por aquella ventana que daba a su habitación. Era extraño estar aquí de nuevo, se sentía diferente. Efímero y volátil. No me levantaba temprano esta vez para tener todo listo para entrenar. Ahora me preparaba para escabullirme. Ni siquiera le daría un último beso. Con cuidado y mucha ligereza salí de Escorpio y pasé por el resto de Templos, totalmente en silencio. Llegué a la Villa de los Santos Plata y entré a mi casa sin ser vista. Cerré la puerta y me derrumbé apoyándome en ella.
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Era una fresca tarde de otoño y los Saints de Plata se encontraban en el Coliseo teniendo pequeños combates para mantenerse en forma. Pronto partirían en misiones a diferentes partes del mundo y tenían que estar en su mejor condición física. Al Santuario habían llegado viejos conocidos con un motivo muy especial que luego conocerían los nuevos Saints.
-¿Es esa la Cloth de Orión?- preguntó Shiryu con asombro.
Mu asintió.
-Vaya, quisiera tener un combate con el Caballero de Orión. Él sería un tremendo oponente- dijo Seiya con entusiasmo.
-No es un "él"- respondió Aioria con sorna.
Selket, ven aquí
Con una última patada envió a volar a su contrincante y luego llegó de un gran salto a donde se encontraban los tres Caballeros de Oro y aquellos dos de Bronce, situándose junto a Milo.
-Ella es Selket de Orión, aprendiza de Escorpio- dijo. Luego se dirigió a Selket. -Ellos son Shiryu de Dragón y Seiya de Pegaso, Caballeros de Bronce.
-¿Combatías con Raido, el aprendiz de Aioria?- preguntó Shiryu a modo de saludo, luego de una típica reverencia.
-Sí, discutimos sobre quién podría comerse el último muffin de Seline… y, bueno, aparentemente yo lo quería más- dijo con una pequeña sonrisa traviesa mientras le daba un mordisco a aquel panecillo.
-Selket, no pueden seguir con esas niñerías. Los Saints no pueden luchar por tonterías entre ellos- la regañó Milo.
-Sí, es cierto… los Caballeros Dorados jamás hemos peleado entre nosotros, ¿no Milo, Aioria...?- exclamó con ironía Mu, mientras ambos Santos se avergonzaron un poco y miraron para otro lado.
Selket rió mientras miraba a Mu divertida. Las cosas habían mejorado un poco para ella en las últimas semanas. Se sentía más en control con su Cloth y ya tenía el aval para salir en su primera misión. Con Milo las cosas iban muy lento, pero habían bajado la guardia el uno con el otro. Sin embargo, seguían cautos de no quedarse solos para evitar tentaciones.
-Entonces… ¿un combate amistoso, Caballero de Plata de Orión?- apuntó Seiya.
Selket sonrió con malicia y se dispuso a encender su Cosmos, pero Milo la detuvo poniendo el brazo en frente. Ella se extrañó y lo miró frunciendo el ceño.
-No querrás llegar tarde a tu celebración. Luego puedes darle una buena lección al Pegaso- exclamó Milo.
-¿Qué? ¿Cuál celebración? ¿De qué?- dijo con gran asombro, volviendo a una posición relajada.
-Celebraremos las nuevas adiciones a la Orden de Plata, por supuesto… y las de Bronce- se oyó la voz de Marin aparecer en el fondo.
Todos voltearon a ver, mientras la Saint del Águila caminaba hacia ellos seguida de sus tres aprendizas y ahora Santas de Plata.
-¡Marin!- gritó Seiya al tiempo que la abrazaba con fuerza mientras las chicas miraban con gusto.
Él las saludó con una gran sonrisa y prometió volver en una ocasión más conveniente a conocer a las discípulas de su maestra. Su maestra asintió al tiempo que le dio la señal a sus aprendizas de volver a sus aposentos y arreglarse para el pequeño homenaje.
-Bueno, será mejor que me vaya también. No puedo llegar tarde de nuevo con el Patriarca- dijo Selket, mientras miraba a Milo.
Él asintió y entonces ella finalizó prometiendo darle una paliza luego a Seiya, a lo que éste rio con algo de nerviosismo. Los Escorpiones se dirigieron a la Calzada Zodiacal paso a paso, alejándose del tumulto que se había formado con rapidez hacía unos minutos.
Cuando iban saliendo de Virgo Selket llamó la atención de Milo y con un rápido movimiento le arrojó un muffin que atrapó al vuelo.
-No sólo le gané a Raido…- dijo mientras le guiñaba el ojo.
Milo movió la cabeza con un gesto de burla. Esa chica se había metido en lo más profundo de su mente y no saldría ya de ahí. Él amaba esa espontaneidad y sencillez con la que Selket disfrutaba de aquellos momentos. Siguieron subiendo y Selket siguió rumbo a Piscis, pues Seline iba a prestarle un atuendo. Él prometió pasar por ella en dos horas.
Las chicas charlaron, dejando todo el resentimiento atrás. Todo había sido un estúpido malentendido y lo habían desproporcionado. No importaba que las cosas con Milo estuvieran mejorando, se prometieron que pasara lo que pasara, seguirían siendo casi hermanas. Selket, por supuesto, omitió aquel episodio de hacía unas noches en el que había pasado la noche con él. Sabía que no cambiaría nada entre ellos, había sido una forma de despedirse y reconciliarse. Hacer las paces de alguna manera. Seguía sintiendo el fuego quemarla por dentro cada vez que él le hablaba con su voz aterciopelada, pero por primera vez sentía tranquilidad, aunque con tintes de melancolía.
Cuando salió del cuarto de Seline, lo encontró en el salón recostado como de costumbre en una columna. No pudo evitar quedarse embelesado mirándola cuando la vio aparecer con su cabello suelto y un hermoso vestido blanco con finos detalles dorados que enmarcaban su tonificada y esbelta silueta, ya tostada por el sol griego. A juego lucía una pequeña cadena con un dije de ópalo y unas sandalias griegas sencillas. Se obligó a salir de su estupor cuando sintió la voz de ella.
-Estoy lista… Seline insistió en que llevara este vestido- dijo algo incómoda. -¿Cómo me veo?
-Te ves hermosa, Selket- dijo mirándola fijamente a los ojos.
Ella bajó la mirada, visiblemente sonrojada y lo apuró a salir del Templo. Seline se quedó un rato más, esperando a su maestro. Cuando llegaron ya se encontraban allí Camus y Leyja, quien lucía un vestido largo con mangas y hermosas incrustaciones de plata. Cuando se acercaron y Camus la miró de cerca no pudo evitar sentir su cara sonrojarse como nunca.
-Seguro te robarás las miradas de todos los Saints esta noche con ese vestido, Ket- exclamó con una mezcla de burla y cariño.
Habían compartido tanto ellos dos que ya había surgido una bonita mezcla de cariño y amistad entre Camus y ella. Eso no impidió que aquel comentario la mortificara y diera la vuelta en seco queriendo huir. Milo la detuvo poniendo sus manos en sus hombros y mirándola con dulzura.
-Tendrás que aprender a lidiar con una que otra mirada, pero no te preocupes, estaré siempre cerca por si me necesitas- dijo con esa perfecta voz hipnotizante que hacía que su piel se erizara.
Ella no dejó de ruborizarse, pero asintió maldiciendo en silencio el momento en el que decidió hacerle caso a Seline. Avanzaron juntos por entre todos los invitados hasta llegar al Patriarca y Athena, quienes estaban conversando muy a gusto con Aioros y el Pegaso Seiya, quienes no la dejaban sola un instante. Hicieron las cortesías pertinentes y la celebración dio comienzo.
Tomaron una copa de vino y brindaron al tiempo que se deleitaban con una rica cena. Todos los maestros estaban orgullosos de que sus discípulos dejaran sus enseñanzas en alto convirtiéndose en Saints de Athena. La misma diosa estaba conmovida y sus ojos se llenaban de lágrimas de orgullo al ver a todos reunidos con tan gratificante motivo. Habían sido años duros los que habían pasado y ahora por fin gozaban de aquella era de paz que siempre habían soñado.
Después de unas copas y algunas charlas, Selket decidió que era hora de dar por terminada su participación en aquella fiesta, por lo que se dispuso a irse en silencio pero de nuevo sintió a Milo sujetándola con suavidad.
-¿Ya te quieres ir? Es temprano aún- le dijo él.
Ella sonrió y se encogió de hombros. No quería explicar lo incómoda que se sentía con aquellas miradas curiosas. Se había acostumbrado a su ropa de combate y a la Armadura, deshaciéndose totalmente de su feminidad, así que esta nueva sensación le resultaba perturbadora. Milo asintió y dejó la copa a un lado para escoltarla. Bajaron en silencio por las tres Casas hasta llegar a Escorpio y antes de que siguiera de largo hacia su cabaña, la tomó de la mano. Ella se detuvo y lo miró dubitativa.
-Algo te pasa hoy, ¿quieres decirme qué es?- le dijo en voz baja.
-Estoy bien- respondió con lentitud.
-¿Acaso alguno de ellos te dijo algo que…- se frenó conteniendo la furia de sólo pensar que la hubieran visto con ojos lascivos.
Seguía sintiendo celos con Selket a pesar de llevar meses separados. Ella negó con la cabeza.
-No, no es nada de eso. Es que mañana me dirán a dónde partiré en mi primera misión. Estoy algo nerviosa, es todo- confesó.
Milo se quedó pensando un momento y la llevó de la mano bajando las escaleras hacia Libra. Caminaron sin afán por la playa, dejando que la marea mojara sus pies y borrara sus delicadas huellas. Selket tenía mucho en qué pensar, ya que pronto partiría del Santuario por un mes. Su vestido ondeaba vaporoso al ritmo del viento noturno, al igual que su cabello. Milo ya se había quitado la chaqueta y estaba con la camisa arremangada hasta los codos. Ella se sentó en una roca y dejó que la brisa salina revolviera sus cabellos mientras veía aquel magnífico reflejo de la luna en el agua. Normalmente prefería ir al risco cerca al río, pero pensó que quizás necesitaba aquella agua salada bañando su cara para no derramar ella sus propias lágrimas. Habían sido más de dos años de entrenamiento, extrañaba su hogar, pero comenzaba a sentir más pesar por dejar el Santuario, aunque tenía claro que sólo sería durante un corto periodo de tiempo. Además, si bien las cosas con Milo habían mejorado, le dolía todavía tenerlo en sus pensamientos. Se había enamorado de su maestro, precisamente de entre todos aquellos perfectos Saints y preciso se había fijado en el más testarudo de todos. Cuando pensaba en ello solía ponerse de mal humor.
-¿Aún quieres compañía?- le preguntó aquella voz que comenzaba a extrañar aún sin haberse marchado todavía.
Ella sonrió y le dio espacio para que se sentara junto a ella.
-Así que te enviarán a tu primera misión como Silver Saint, ¿nerviosa?- le preguntó con dulzura.
-Algo… aunque no iré sola, otros dos Saints vendrán también- le contó.
-¿Sabes ya a dónde los enviarán?
-Algún lugar en el Medio Oriente. Quizás el Mar Rojo- dudó.
Por Shura sabía que estratégicamente le asignaría un lugar si no conocido, al menos uno en el que la lengua local no fuera un problema, y siendo Selket Egipcia, un país árabe era la opción más probable.
-Deberías ir practicando- dijo mientras la salpicaba con el agua en la cara.
Ella le devolvió la broma y acabaron jugando en la playa con el agua por encima de las rodillas, riendo como no lo habían hecho en meses. Ella se detuvo de repente, invadida por aquella nostalgia, y miró fijamente con esos gigantes ojos de cobalto.
-¿Sabes? No te he agradecido por haberme entrenado todos estos años. Gracias a ti soy una Saint de Athena- dijo con una dulce sonrisa.
Él se sorprendió un poco pero sonrió complacido. La tomó por la barbilla delicadamente y le acarició la mejilla.
-En realidad el logro es haber aguantado a la aprendiza más insoportable y temeraria que jamás haya pisado el Santuario- dijo con una sonrisa sardónica.
Milo podía ser alguien realmente dulce cuando ahondaba en sus relaciones. Sin duda era un gran amigo que no dudaría en apoyarte, como bien lo sabía el Caballero de Acuario, y era bastante protector con los que quería. Sin embargo, seguía habiendo una barrera entre ambos. Ninguno se atrevía a dar el paso.
-Seguro cuando tenías mi edad ya habías estado en decenas de misiones- exclamó a modo de pregunta.
-No realmente. No entrené en el Santuario sino en una isla. Y ya conoces las misiones que me asignaba Saga… De resto, los Caballeros Dorados tenemos la misión primordial de custodiar las Doce Casas. Los Santos de Plata son quienes se encargan de las misiones de reconocimiento- le contó.
-¿Cuándo obtuviste tu Armadura?- le preguntó curiosa, sentándose en la arena.
-Siete años- dijo con sencillez.
-No es posible, eras un niño- bufó, incrédula.
Sabía que Milo era un joven prodigio, pero ¿siete años? No era posible.
-No te sorprendas tanto, también Aioria, Shaka, Mu y Camus obtuvieron sus Armaduras siendo aún niños- rió.
-No me imagino al Patriarca Shion con un montón de tiernos niños prodigio… Así que has vivido toda tu vida en el Santuario al igual que ellos, ¿no?- aquella imagen mental la enterneció.
-Todos fuimos a diferentes partes del mundo a entrenar. Camus entrenó en Siberia, yo en Grecia… si quieres puedo contarte la historia luego con una copa de Metaxa- le propuso.
-Y kourabiedes- sentenció con una sonrisa.
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Das Naive: "Ingenua" en alemán.
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¡Volví! Muchas gracias por sus reviews y sus mensajes. Estas últimas semanas he tenido demasiado trabajo, así que no había tenido tiempo de escribir más que unas cuantas líneas.
Les dejo un capítulo bien largo (cuenta por dos) y prometo actualizar lo más rápido que pueda, aunque tal vez me demore. Prefiero trabajar bien en la historia y no publicar por una o dos semanas a sacar cualquier cosa. La idea siempre es pasar rico con este fan service propio jaja. No ha sido falta de inspiración y no pienso abandonar la historia. De hecho, en poco tiempo se conectará con el siguiente fic del universo Saint Seiya que tengo pensado escribir. Me alegra saber que están pendientes de las actualizaciones :)
Mil gracias a todos por seguir leyendo, especialmente a Ana Nari que siempre me deja su bonito review :3
