Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")
el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.
Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Cursivas, comunicación / vinculo mental
Capítulo 38
El baile se celebraba al aire libre, en un enorme patio rodeado de edificios bajos
y lleno de luz, de comida y de músicos. Las hipnóticas melodías del ehru flotaban
en el aire. Cuando miró a su alrededor, Rukia no pudo evitar sentirse admirada
por la asombrosa sencillez de todo: los adoquines, delgados y rectangulares, que
había bajo los pies de los invitados habían sido restregados hasta adquirir un
brillante color cremoso; y toda la zona estaba iluminada con delicados farolillos
de un millar de tonos diferentes, cuy as luces imitaban el cielo cuajado de
estrellas.
Los cerezos en flor (algo imposible) extendían sus exuberantes brazos rosados
sobre la gente, y sus ramas estaban colmadas de luces que centelleaban como si
fueran diamantes. Rukia cogió uno de esos capullos perfectos que había caído
sobre su cabello.
—Percibo lo que hay tras todo esto —dijo, asaltada por el hedor de la
corrupción, de la muerte—, pero la apariencia es mágica.
—Una reina posee una corte de la que todos hablan. Una diosa posee una
corte que jamás será olvidada.
Las alas ocuparon su campo de visión cuando los ángeles, uno tras otro,
empezaron a aterrizar con elegancia. Todos ellos estaban ataviados con ropas que
acentuaban su belleza inmortal. Incluso los vampiros, cuyos rostros eran un
ejemplo de simetría sensual, parecían fascinados. Los escasos mortales que
habían sido invitados o asistían en calidad de acompañantes luchaban por no
observarlo todo con la boca abierta, pero aquella era una batalla perdida.
Rukia podría haber padecido esa misma reacción... si no estuviera con el ser
más atractivo del lugar. Esa noche, Ichigo había decidido ir de negro, y ese tono
sobrio convertía sus ojos en dos focos. Era un ser de una belleza sobrenatural y, a
la vez, un rey guerrero que no vacilaría a la hora de derramar sangre.
—No esperaba que ella asistiera.
Al seguir la dirección de su mirada, Rukia vio a Sei Fung. La reina vestía un sari
de seda sin adornos de color blanco, y se había recogido el pelo en un moño
austero. Sus ojos oscuros ardían de odio mientras miraba a Orihime.
Orihime parecía indiferente. Estaba ataviada con un exquisito vestido hasta
los tobillos, de los colores de la puesta de sol, e iba del brazo de Dahariel.
El ángel masculino no sonreía; su expresión era tan indiferente como la de la
rapaz a la que recordaban sus alas. Sin embargo, la tensión sexual existente
entre ambos era evidente.
Rukia apartó la mirada, y sus ojos se toparon con los de Sei Fung cuando la
arcángel india se volvió hacia donde estaban Ichigo y ella. Se quedó helada. Lo
que moraba en el interior de Sei Fung era más antiguo que la civilización, una
criatura sin alma y sin conciencia. Su sangre se convirtió en hielo cuando Sei Fung
empezó a acercarse a ellos con zancadas bastante impropias de su habitual
elegancia.
Se oyó el susurro de unas alas cuando Uryu y Hisagi aparecieron de la nada
para flanquearlos.
Sei Fung solo se fijó en Ichigo.
—Te perdonaré, Ichigo. —Palabras sencillas, carentes de entonación—.
Anoushka rompió la más importante de nuestras leyes. Y por eso murió.
Ichigo guardó silencio cuando Sei Fung se dio la vuelta sin añadir nada más para
dirigirse a un círculo de vampiros con los ojos castaños y la piel oscura, que
hablaban de una tierra de calor y violencia oculta, similar a los tigres que
recorrían sus bosques.
—¿Qué parte de lo que ha dicho es cierta? —preguntó Rukia, que apartó la
mano de la empuñadura de la pistola.
—Ninguna en absoluto.
Sei Fung se comportará como una arcángel, pero el odio es un veneno en su alma.
Rukia soltó el aire que había contenido sin darse cuenta y dejó que su mirada
se posara más adelante, en los escalones que conducían a lo que, sin duda alguna,
era un trono. Unohana estaba sentada en una silla de marfil majestuosamente
tallada. Había tres seres masculinos a su lado: Xi, con sus alas grises veteadas de
rojo; un vampiro chino de rostro perfecto; y el renacido que les había servido el
té a Ichigo y a ella la primera noche. Sin embargo, él ya no era el único de su
especie.
Rodeaban a la multitud, como un silencioso ejército cuyos ojos registraban
cualquier movimiento. Su mirada poseía un brillo extraño, un hambre que
despertó los instintos de Rukia. Carne, pensó la cazadora al recordar el informe
que había leído en la luminosa aula de Jessamy ; esos seres se mantenían a base
de carne.
—Sus renacidos nos rodean —señaló Rukia, que se preguntaba cómo era
posible que los demás invitados no percibieran el olor a podrido, el hedor rancio
de una tumba profanada.
Ichigo no apartó la vista de Unohana, pero sus palabras evidenciaron que era
muy consciente de todo lo que los rodeaba.
—Un ángel sin alas es una criatura lisiada, una presa atada al suelo.
Rukia tomó una profunda bocanada de aire cuando su mente se llenó deimágenes
de aquel atardecer en el jardín de flores silvestres, de la espada de
Ashido convertida en un borrón plateado que amputaba las alas de la guardia de
Orihime. Fue el instinto lo que le hizo replegar sus alas un poco más antes de
concentrar su atención de nuevo en el trono.
Y descubrió que Unohana la miraba a los ojos.
Incluso a esa distancia, Rukia sintió el impacto aplastante de su mirada. No se
sorprendió cuando la arcángel se puso en pie y los asistentes se quedaron en
silencio.
—Esta noche —dijo Unohana con una voz que se hacía oír sin problemas en
aquel escalofriante ambiente cálido—, celebraremos un nuevo comienzo para
nuestra raza, la creación de un ángel.
Las cabezas se volvieron siguiendo la dirección de los ojos de Unohana, y Rukia
pudo sentir el peso de todas las miradas. Algunas eran curiosas; otras, crueles. Y
una de ellas... Se le erizó el vello de la nuca. Una de ellas era perversa. La
acarició como un beso maligno que ella quiso rechazar con todo su ser. Sin
embargo, permaneció en silencio, inmóvil. Les dejaría creer que no se daba
cuenta; dejaría que la creyeran un objetivo fácil.
—Rukia —continuó Unohana, que empezó a bajar los escalones para acercarse
a ellos— es una creación única, una inmortal con corazón mortal. —La multitud
se abrió a su paso para contemplar su avance... a excepción de una
deslumbrante pareja formada por un vampiro y una mortal, que no se apartó lo
bastante rápido—. Adrian. —El nombre fue pronunciado en un suave susurro.
El renacido (el que tenía esa piel que recordaba a la sabana), le arrancó el
corazón a la mujer humana y, casi al mismo instante, hundió los colmillos en su
cuello para desgarrarle la yugular. La mujer seguía en pie cuando Adrian estiró
el brazo para rebanarle la garganta al vampiro. Luego empezó a descuartizar su
cuerpo hasta que la desafortunada criatura quedó convertida en un montón de
carne. La humana muerta cayó junto a los restos de su compañero. El vapor se
alzaba aún de las vísceras cuando Adrián (que titubeó un instante, como si sintiera
la tentación de lamer la sangre que cubría su piel) sacó un pañuelo de mano y
empezó a limpiarse.
Tras dejar atrás a la pareja asesinada como si nada hubiera ocurrido, Unohana
se situó frente a Rukia.
—Algunos dirían que ese corazón mortal es una debilidad que devalúa el don
que Ichigo te ha otorgado.
—Es mejor un corazón mortal —dijo Rukia en voz baja— que un corazón
que no siente nada en absoluto.
Una sonrisa, casi infantil, y mucho más aterradora por esa misma razón.
—Bien dicho, Rukia. Bien dicho. —Dio una única palmada, una orden
silenciosa—. Para distinguir esta ocasión, esta reunión entre ancianos y recién
nacidos, me gustaría regalarte un recordatorio, un obsequio de alguien antiguo
para alguien nuevo. Algo tan especial, tan único, que lo he mantenido oculto
incluso a los ojos de mi propia corte.
El dolor causado por el último regalo de Unohana aún era una herida abierta en
su alma, pero Rukia enderezó la espalda y se mantuvo firme, a sabiendas de que
aquella era una prueba que debía superar si no quería ser considerada durante el
resto de su existencia como el juguetito mortal de Ichigo.
—Phillip. —Una mirada dirigida al vampiro chino de rostro indeciblemente
hermoso.
Phillip desapareció entre el gentío.
—Solo tardará un momento. —Unohana concentró su atención en Ichigo—.
¿Qué tal está Keir? Hace siglos que no lo veo.
Fue un intento de entablar conversación que resultó de lo más extraño, como
si Unohana se hubiera puesto una máscara que no le sentaba bien. Rukia escuchó la
respuesta de Ichigo, pero sus ojos estaban clavados en las sombras en las que
Phillip había desaparecido. Su corazón latía a mil por hora, y una gota de sudor se
deslizó por su columna.
La maldad se aproximaba más y más con cada segundo que pasaba, hasta
que al final casi pudo notar su sabor en la lengua.
Tierra, y ese hedor dulzón a podredumbre que acompañaba a todos los
renacidos.
Una especia para la que no tenía nombre. Una pizca de jengibre. El calor
dorado de los ray os de sol.
Supo qué sería ese horror antes de que Phillip apareciera con un apuesto ser
con el cabello de color caoba bendecido con unos ojos castaños oscuros, unos
ojos que invitaban a las mujeres a la tentación. Había sido una estrella de cine
antes de ser Convertido. Las chicas jóvenes tenían pósters con su foto en las
paredes de sus dormitorios, y pronunciaban su nombre entre risillas nerviosas.
La criatura la miró a los ojos.
« Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.»
Esas palabras eran un susurro ronco en su cabeza, un millón de gritos
convertidos en uno. Rukia sabía que Unohana le estaba diciendo algo, pero lo único
que oía era esa voz cantarina que la había atormentado durante casi veinte años.
« —"Corre, corre, corre..." —Una parodia absurda del intento de Tatsuki, su
hermana moribunda, por ayudarla—. Ella no huirá. Le gusta, ¿no lo ves?»
Rukia sintió que el agujero negro de la pesadilla se abría bajo sus pies, como
un abismo sin fondo del que jamás podría escapar. La absorbió, la provocó con la
risa que brillaba en los ojos del monstruo, con la nauseabunda alegría de su
expresión, como si estuvieran unidos, como si él la hubiera reclamado. Notó que
empezaban a temblarle las piernas, y sintió un vuelco en el corazón cuando
regresó de nuevo a ese suelo, cuando comenzó a arrastrarse otra vez sobre las
baldosas cubiertas de sangre que hacía resbalar sus manos, que la mantenía prisionera.
El suelo estaba húmedo y frío, pero los ojos de Tatsuki...
Una ráfaga de lluvia en su cabeza, fuerte y salvaje. Una esencia que traía el
mar y el viento.
Elena, estoy contigo.
De pronto, una idea sazonada con la fuerza implacable de la marea: no estaba
sola en esa habitación. Ya no. Animada por esa certeza, se alejó del abismo y
volvió al presente, donde pudo contemplar la repugnante imagen de Kugo Ginjo
junto a Unohana.
El cuello de pico de su camiseta relevaba una piel suave e inmaculada, sin
rastro de la fea cicatriz en forma de « Y» resultante de la autopsia que le habían
practicado los patólogos forenses del Gremio. Rukia había visto ese vídeo una y
otra vez, hasta que tuvo la certeza de que estaba muerto. La muerte era poco
castigo después de todo lo que ese monstruo le había robado, pero se había hecho
justicia. Unonaha no tenía derecho a quitarle eso, no tenía derecho a utilizar las
muertes de Kukaku y de Tatsuki como parte de un juego que solo la entretendría
durante un tiempo efímero.
El cuerpo de Rukia se llenó de una furia absoluta y cegadora. Una furia que
destilaba una especie de pureza que no había sentido jamás. El monstruo sonreía
mientras sus hermanas yacían en la tumba, mientras el cuerpo de su madre
colgaba para siempre en los muros de su mente, creando una sombra alargada
que nunca olvidaría.
Su columna vertebral se convirtió en acero, en un acero forjado en los fuegos
del sufrimiento.
—Uryu —dijo. Sabía que Unohana no adivinaría la intención de su invitada,
que no la creería capaz—, ¿te importaría arrodillarte un instante?
El ángel se arrodilló con elegancia un instante después y agachó la cabeza...
para permitirle coger las espadas que colgaban en la parte central de su espalda.
Tras sacar una de esas hojas letales de su funda, Rukia cortó la cabeza sonriente
de Kugo Ginjo de una única estocada, y a que su fuerza se veía alimentada por
décadas de angustia.
La sangre empezó a manar con tanta fuerza de las arterias que le salpicó la
cara y convirtió las flores de cerezo en manchas negras, pero Rukia le clavó la
espada en el corazón y la retorció para convertir dicho órgano en picadillo. El
cadáver del vampiro cayó al suelo con un ruido sordo mientras ella retiraba la
hoja cubierta de sangre.
—¿Crees que ella podrá revivirlo después de esto? —le preguntó a Ichigo con
una voz carente de inflexiones, de piedad. Ginjo no se merecía sus emociones, no
se merecía nada salvo la gélida mano de la justicia que tanto se había demorado.
—Tal vez. —El fuego de ángel apareció de pronto en la mano del arcángel—.
Pero con esto me aseguraré de que su muerte sea permanente.
Un montón de cenizas grises fue lo único que quedó allí donde había estado elcuerpo
del peor asesino en serie de la historia reciente.
El incidente solo había durado unos cuantos segundos. Aún con la espada en la
mano, Rukia miró a Unohana a los ojos.
—Te pido disculpas —dijo, rompiendo el atronador silencio—, pero el regalo
no era de mi agrado.
El cabello de la arcángel china se agitó hacia atrás cuando ella se situó frente
a Rukia, al otro lado de las cenizas de Ginjo.
—Has acabado muy pronto con mi diversión.
—Si la muerte es ya lo único que te divierte —comentó Ichigo con un tono
afilado como una daga—, quizá hay a llegado el momento de que dejes de
interferir en el mundo de los vivos.
Unohana enfrentó su mirada. Sus ojos eran tan negros que no tenían iris, ni
pupilas.
—No, aún no me ha llegado el momento de dormir. —Alzó una mano y
deslizó el dorso por el rostro del renacido de piel oscura que se había acercado a
ella—. Y Adrian tampoco está listo para morir.
El poder llenó el aire hasta que la carga de electricidad arrancó chispas de la
piel de Rukia. Notó que Ichigo empezaba a resplandecer, y cuando vio que
Uryu se levantaba para desenvainar la espada que le quedaba y que Hisagi
salía de las sombras, supo que aquella batalla acabaría con todos ellos.
La muerte será un precio justo a pagar para detenerla, le dijo a Ichigo.
Mi guerrera, tan valiente como siempre. Era un beso.
Cuando le devolvió la espada a Uryu y sacó la pistola (que no detendría a
un vampiro, pero quizá fuera capaz de distraer a una arcángel durante una
fracción de segundo), percibió una ráfaga de poder a la derecha de Ichigo, un
poder que ya había saboreado antes. Orihime.
La arcángel se había situado al lado de Ichigo.
Otra llamarada de poder. Y luego otra, y otra, y otra.
Urahara, Chad, Ikakku, Yashiro, Kenpachi
.
Fuera lo que fuese lo que había llevado a los demás arcángeles a unirse
contra Unohana, la combinación de sus poderes provocaba un estallido de calor,
uno que la habría impulsado fuera del círculo si no hubiera contado con el soporte
de Ichigo y de Uryu.
Un viento frío, muy frío. Poder. Un poder inmenso. Y todo sazonado con muerte.
Unohana se echó a reír.
—Vaya, así que todos estáis contra mí. —La diversión era patente en cada
sílaba—. No os podéis ni imaginar lo que soy.
El poder de Unohana era frío. Gélido en comparación con el calor del de los
demás. Ichigo estaba en lo cierto, comprendió Rukia, horrorizada: era posible
que la más antigua de los arcángeles se hubiera Convertido en una verdadera
inmortal, que hubiera escapado a las garras de la muerte. Fue una idea que se le
pasó por la mente cuando miró a Adrian a los ojos.
Líquidos y oscuros, esos ojos parecían calmados, pacientes y ... llenos de
sufrimiento. Él lo sabía, pensó Rukia, comprendía en qué se había convertido. Sin
embargo y a pesar de todo, su devoción ardía con una llama constante, tanto que
resultaba doloroso contemplarla. Mientras ella lo observaba, Adrian se situó a la
espalda de Unohana y le apartó el pelo del cuello. La arcángel pareció no notarlo...
o quizá tenía en tanta estima a su creación que lo aceptaba sin más.
Así pues, cuando Adrian inclinó la cabeza y colocó la boca sobre la piel de
Unohana, Rukia creyó que solo era un beso macabro, una oración a su diosa. Luego
vio la lágrima brillante que se deslizó sobre la piel azabache de Adrian: amaba a
Unohana, se dijo Rukia con el corazón en un puño, y aunque estaba atrapado en el
interior del caparazón silencioso que la arcángel china le había otorgado, era
capaz de comprender que ella se había transformado en una criatura horrible.
Unohana empezó a sangrar antes de que esa lágrima le llegara a la mandíbula. Dos
hilillos rojos serpentearon por su cuello antes de fundirse con el tejido diáfano de
su vestido para formar una impactante mancha de color en mitad de aquel poder
incandescente.
Unohana se tambaleó.
—¿Adrian? —Su perplejidad casi parecía humana—. ¿Qué estás haciendo?
—Te está matando —dijo Ichigo—. Has creado tu propia muerte.
Unohana lo empujó con una sola mano. El cuerpo de Adrian voló hasta Yashiro,
y ambos cayeron al suelo. La arcángel persa se puso en pie al instante, pero el
cuerpo del renacido se quedó donde estaba.
—Yo soy la muerte —dijo Unohana, cuya voz había recuperado la fuerza a
pesar de que la sangre seguía empapando su vestido—. Vosotros no tenéis poder
en esta tierra. Marchaos y os perdonaré.
Urahara sacudió la cabeza.
—La condición de tus renacidos es contagiosa.
Rukia siguió su mirada y abrió los ojos de par en par a causa del horror al
darse cuenta de que la humana a la que Adrian había matado se esforzaba por
ponerse en pie y arañaba los adoquines con las uñas mientras la gente que la
rodeaba lo contemplaba todo con incredulidad.
Madre de Dios.
