37
Albert estaba quieto como una estatua, en el umbral, viendo cómo Candy colocaba el precioso talismán de los MacAndrew en su cofre. Por un momento se sintió extrañamente fuera de su cuerpo, mientras trataba de encontrar sentido a lo que veía.
—Al-Albert-tartamudeó ella—. Has vuelto muy pronto. Pensaba que estabas con tus hombres, practicando.-Corrió hasta él, apretándose contra su pecho y echándole los brazos al cuello. Pero él apenas le hizo caso—. ¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?-preguntó, y la preocupación de su voz fue una amarga burla.
La conmoción impulsó su tonta respuesta.
—Me pareció ver algo en la ventana-habló con voz átona. No quería creerlo.
La bandera. Candy tenía la bandera del Hada. Pero ¿cómo...?
De repente comprendió la dura verdad y se quedó helado. La miró, sin querer creérselo. Con los ojos muy abiertos, aquella cara de óvalo perfecto se levantaba hacia él con una súplica muda. Aquella suave boca que había besado tan tiernamente solo unos momentos antes, ahora temblaba. El deseo era casi insoportable. Odió su debilidad. ¿Cómo podía algo tan inocente y hermoso enmascarar una traición como aquella?
Traición.
Albert se obligó a no apartarse, aunque le hacía daño solo mirarla. El dolor de su pecho no era nada que hubiera sentido antes. Lo desgarraba por dentro, dejando un abrasador rastro a su paso. Preferiría que lo alcanzaran mil flechas en el vientre antes que enfrentarse a la agonía cruda y dolorosísima que era la traición de Candy.
—¡Arpía!-rugió, empujándola a un lado con fuerza—. ¿Cómo has podido?
Ella se tambaleó, pero no cayó.
—Albert, no lo entiendes. Puedo explicarlo. No es lo que parece.
—Estoy seguro de que es exactamente lo que parece-le espetó. Solo había una explicación—. Me espiaste cuando le dije a Anthony dónde estaba oculta la bandera.-Su penetrante mirada se posó en su cara llena de culpa, desafiándola a negarlo. Pero no podía.
Sus anteriores sospechas ocuparon el primer lugar en su conciencia, libre de la ceguera de la emoción. Todas las piezas encajaron en su sitio, y todo tenía sentido, un sentido horrible. El rápido acuerdo de Sleat respecto a un matrimonio a prueba, Candy buscando en las cocinas, la ropa tentadora, a veces indecente, que vestía, y sus ardientes deseos de compartir su cama cuando sabía que no había futuro. Todo llevaba a una conclusión inequívoca. Candy estaba compinchada con su tío. Había venido a Dunvegan con falsos pretextos.
Una nueva punzada de dolor le atravesó el pecho.
Nunca lo había amado.
Lo había seducido hasta volverlo loco por ella, embrujándolo con su belleza, y lo había conducido por un camino traicionero que había jurado no recorrer. Se había enamorado de su enemiga y había permitido que la belleza, el deseo y el amor empañaran su buen juicio. Lo peor de todo era que, debido a ella, había roto su alianza con Argyll. Había elegido a una mujer en contra de su deber con el clan. Y por ese fallo, no la perdonaría jamás. Lo había convertido en un idiota.
Le hervía la sangre. El tumulto inicial de emociones dio paso a una cólera absoluta. Sus puños se cerraron al sentir la presión acumulada en su interior, amenazando con estallar en una violenta vorágine. La intensidad lo estremeció hasta la médula. Se mantuvo rígido; no confiaba en poder contenerse si se movía. Durante un momento pudo haberla matado por hacerle aquello a él. A ellos.
—Que Dios te maldiga; yo confiaba en ti.-La agarró con fuerza por los brazos, con toda la fuerza de su ira desatada como un látigo.
Candy abrió más los ojos.
—Albert, por favor...
La vena de su cuello palpitaba mientras cada músculo de su cuerpo se esforzaba por conservar el control.
—Estás compinchada con tu tío. Viniste a Dunvegan con un falso pretexto y pensabas robar la bandera. El matrimonio a prueba te facilitaría la salida.
—Sí, pero...
La confirmación lo estrujó como si fuera una prensa. Dentro de él, algo murió. Era igual que si ella le hubiera clavado un puñal en la espalda mientras dormía; el efecto era el mismo. Se sentía como si alguien le hubiera desgarrado el pecho, le hubiera arrancado el corazón y se lo hubiera retorcido hasta que no quedara nada. Nada más que un vacío frío y doloroso donde antes había algo hermoso.
No la dejó terminar.
—Me has espiado, a mí y a mi familia, con la intención de traicionarnos. Te has prostituido y me has manipulado hasta entrar en mi vida. Te aseguro que no necesito más explicaciones.
Candy retrocedió ante aquellas crudas palabras. Pero a él no le importaba.
—No, Albert, te equivocas. Quizá viniera con falsos pretextos, pero cuando empecé a quererte, a ti y a tu familia, supe que no podría seguir adelante con lo que mi tío planeaba.
—¡Ya basta!-rugió. La mención de Sleat había roto cualquier tenue control que tuviera sobre su ira. Pensó en lo completamente que se había creído sus mentiras. Pero se había acabado el engaño—. Me niego a escuchar más mentiras tuyas. Considérate afortunada de que no te vista como una puta y te envíe de vuelta como lo que eres. Es posible que tu tío aprecie la ironía.-La miró con todo el desprecio que llenaba su ennegrecido corazón—. Recoge tus cosas y márchate antes de que decida encerrarte donde te mereces. ¿Sabes qué hacemos en Dunvegan con los espías, Candy?
«Esto no puede estar sucediendo. Dios santo, ¿qué había hecho?»
El pánico que le atenazaba la garganta era tan palpable que casi notaba su sabor. Le paralizaba la lengua y le impedía respirar. Pero no era la amenaza de prisión en aquella sombría mazmorra la causa de su miedo. Era Albert quien la aterrorizaba. La idea de que no quisiera escucharla la asustaba más de lo que ni en sus sueños hubiera creído posible.
No podía enviarla a casa. Tenía que hacer que comprendiera.
Con las lágrimas bañándole las mejillas, lo aferró por la manga, tratando de obligarlo a escucharla.
—Albert, por favor, nunca le daría a mi tío los medios para destruirte a ti y a tu familia. Mi intención era engañarlo. Mira.-Dio media vuelta, corrió al cofre y sacó el chal de Pony—. Mira, no es la bandera. Esto era lo que tenía intención de enviarle.
Albert estudió el chal y pareció reconocer que no era la bandera.
—No importa. Me has espiado. ¿Cómo sé que no piensas cambiar esto por la auténtica bandera?
—Fue una causalidad. No tenía intención de espiarte. Oí ruidos.-Levantó la barbilla y lo miró a los ojos, lista para enfrentarse a su desprecio—. En cuanto a lo demás, tendrás que confiar en mí. Te quiero y nunca te traicionaría.
—Confiar-escupió—. Nunca. Te marcharás de aquí de inmediato. No quiero volver a verte nunca más.
Su voz era como un carámbano de hielo que le atravesaba el corazón. Ese era el hombre al que temía si llegaba a descubrir la verdad, un extraño sin emociones que la miraba con ojos gélidos. Estaba tan cerca que podía ver las puntas doradas de sus pestañas, la oscura sombra del principio de barba que asomaba en su mentón y el sutil y furioso aleteo de su nariz cuando hablaba. Una hora atrás, tenía el derecho de tocarlo; de ponerle la mano en la cara y levantar sus labios hacia los de él. Pero ya no. Estaba muy cerca, pero era inalcanzable para siempre.
Levantó la mirada hasta su cara fría e implacable. En sus ojos había un brillo acerado y su boca era una apretada línea por encima de la mandíbula cuadrada, dura y determinada.
—Debes creerme; pensaba decírtelo en cuanto estuviera segura de que no disolverías el matrimonio a prueba. Quería decírtelo la noche en que te hirieron, pero estaba muy asustada. Tenía miedo de que no me perdonaras.
—Acertabas-dijo impávido. No parpadeó ni un momento.
—Dices que me amas, Albert, ¿es que ni siquiera quieres escuchar mi explicación?
Él soltó una cruel risotada.
—Seguramente te das cuenta de que te mentí cuando te dije que te quería, Candy. Me dabas lástima. Lástima porque era muy evidente que tu familia te había abandonado. Estaba agradecido por todo lo que habías hecho por Pauna y parecías tan patéticamente necesitada... Recuerda, cuando pronuncié esas palabras, pensaba que estaba a punto de morir.
Candy apartó la cara como si él la hubiera abofeteado. No podía ser verdad. Tenía que amarla. No podía ser solo piedad. ¿O sí? Sintió la puñalada de la verdad. Blandía bien sus armas; sabía exactamente cómo herirla. Sin embargo, sabía que habían compartido algo.
—Niega que me amas, si quieres, pero después de la felicidad que hemos compartido todos estos meses, sé que debo importarte algo.
—Lo que compartimos era deseo, Candy. No lo confundas con el cariño ni con unos sentimientos profundos.-La miró con descaro, como si estuviera valorando un caballo en el mercado—. Eres una mujer extraordinariamente hermosa, con un cuerpo innegablemente seductor. Supongo que no es una coincidencia que Sleat te eligiera para ser mi esposa.-Se le encendió la mirada al verla ruborizarse, confirmando su suposición—. Eligió bien. Desde el primer momento he querido acostarme contigo, como lo hubiera deseado con cualquier mujer hermosa. Pero la belleza se gasta pronto. Incluso antes de hoy estaba empezando a cansarme de nuestro acuerdo temporal. Tu traición solo ha precipitado lo inevitable.
Un caparazón hermoso. Aquello era lo que él pensaba de ella. Eso era lo único que veía.
Tal vez era lo único que había.
Aturdida por la vehemencia de su rechazo, sentía que sus palabras convertían en humo su felicidad irreal, estrujándole el corazón hasta que no sintió más que un profundo vacío. Pero algo en ella se negaba a morir... se negaba a rendirse.
—Por favor, ¿no me concedes la posibilidad de explicarme? Acepté ayudar a mi tío porque, de no hacerlo, él no prestaría su ayuda a mi padre en su lucha contra los Mackenzie.-Su voz se hizo apremiante y desesperada como reacción ante lo irrevocable de su voz. Lo cogió por el brazo, implorante.
Él se libró de su mano.
—Había un momento para las explicaciones. Ese momento ya ha pasado. Te advertí que nunca me traicionaras. No hay nada más de que hablar. Me has espiado. Me has engañado y has engañado a mi familia.-Se detuvo para mirarla a los ojos, para que no fuera posible malinterpretar sus palabras—. Estás muerta para mí.
Y en lo más profundo de su destrozado corazón, por fin, lo creyó. La mirada de sus ojos no dejaba lugar a dudas. Era un escocés de las Highlands. Los hombres de las Highlands no olvidan ni perdonan.
Ya nada le importaba; con su orgullo casi olvidado, quería ponerse de rodillas y suplicarle que la escuchara, que comprendiera. Paralizada, vio cómo su futuro juntos se le escapaba de entre los dedos. Sus ruegos eran tan efectivos como si tratara de fundir una roca. Nunca había querido nada con tanta fuerza como en aquel momento. Por favor, no me pidas que me vaya; por favor, di algo, aunque solo sea una palabra, gritaba su corazón.
—El matrimonio a prueba se ha terminado.
No, ¡eso no!
Y así de sencillo, había desaparecido. Tan completamente como si nunca hubiera existido. Lo único que quedaba era una dolorosa quemazón en el pecho, allí donde su corazón cantaba de felicidad solo unas horas atrás.
Paralizada por el horror, miró cómo él daba media vuelta y salía de la habitación. La puerta se cerró con fuerza tras él, como un signo de exclamación apagando sus palabras. Candy se desplomó en el suelo, junto al chal de Pony, aplastada por la fuerza del odio que parecía irradiar de él.
Hundió la cabeza entre las manos, sujetándosela y mesándose los cabellos, sin creerse lo que acababa de pasar. ¿Cómo podía haber sucedido? Candy sintió que le arrancaban el alma del cuerpo, tan definitiva y completamente como él la había arrancado a ella de su vida. Con sus esperanzas y sueños de futuro extinguidos, se sumió en la oscuridad.
—Mi pobre princesa-murmuró Pony tristemente, cuando Candy consiguió contarle, con voz entrecortada y ahogada en llanto, lo que había sucedido.
Pero no había palabras llenas de sabiduría mágica que Pony pudiera pronunciar para reparar el horrible desastre que Candy había causado.
Pony la cogió por la barbilla, le hizo levantar la cara y le secó las lágrimas que le rodaban por las mejillas.
—Sé que es difícil oír esto, Candy, pero creo que lo mejor es que te marches ahora, tal como Albert te ha ordenado. Está furioso contigo y podría hacer cualquier cosa. El orgullo de un hombre de las Highlands es muy poderoso y, al traicionar su confianza, has herido no solo su corazón, sino también su honor ante sus hombres. El tiempo será tu mayor aliado. Necesitas tiempo para idear una manera de hacer que comprenda, y él necesita tiempo para olvidar una parte del daño que le has hecho.
Candy sabía que tenía razón, pero ¿cómo podía soportar marcharse? Todo lo que amaba estaba allí. Incluso Pony.
Como si supiera lo que Candy pensaba, Pony ofreció:
—Podría venir contigo. Robert lo entendería.
Candy le cogió las manos y la besó en las mejillas, conmovida por la generosidad de su querida compañera.
—Queridísima Pony. Tu vida ahora está en Dunvegan; nunca te pediría que te marcharas. La decisión fue mía; sabía a lo que me arriesgaba cuando acepté el plan de mi tío. Solo que nunca pensé que tendría tanto que perder.
Rodeada por los tiernos y cariñosos brazos de su niñera, Candy dejó que su dolor se desbordara. Lloró con la intensidad que solo conocen los que han amado mucho... y perdido. Lloró hasta que las lágrimas se negaron a seguir brotando de sus ojos. Incapaz de controlar las náuseas por más tiempo, Candy vomitó bajo la mirada preocupada de Pony.
El tiempo pasó demasiado rápidamente. Se quedó junto a la ventana, viendo cómo se acumulaban negras nubes en el cielo. Vio cómo el sol anaranjado empezaba su lento descenso al final del horizonte occidental. Era casi de noche. Sabía que tenía que preparar sus cosas, pero permaneció inmóvil, al lado de la ventana. Esperando.
Fue vagamente consciente de que Pony empezaba a recoger sus pertenencias, a buscar la ropa desperdigada, separando lo que se llevaría con ella y colocando lo que enviaría a buscar más tarde en el cofre, junto a la cama. Pero Candy siguió mirando por la ventana, esperando mientras el lento movimiento del sol apagaba sus últimos momentos de felicidad.
Hundida en el oscuro abismo de su corazón roto, no comprendió, al principio, el significado de la llamada a la puerta. No, todavía no. Los sollozos incontrolables que le sacudían el cuerpo no hacían nada por disipar la desesperación y la angustia que la acongojaron al ver que Pony se levantaba para abrir.
No se trataba de una atroz pesadilla de la que se hubiera despertado. Un Tom silencioso, con cara adusta, estaba ante ella, esperando para escoltarla desde sus dependencias-ahora solo de Albert—. Miró una vez más la habitación y luego se dirigió a la puerta. Pasó junto a la cama, todavía desordenada por su noche llena de pasión. Sintió un dolor agudo en las entrañas. Dondequiera que mirara había recuerdos dolorosos; cerró los ojos, para cerrar el paso a su memoria. En silencio, recogió las escasas pertenencias que Pony había conseguido reunir para su apresurada marcha, y salió de la estancia sin atreverse a mirar atrás.
El vikingo se negó a mirarla a la cara mientras la conducía escalera abajo, a través del barmkin y por la resbaladiza escalera de la puerta del mar hasta el bote que la esperaba. Candy miró alrededor, ansiosamente, rezando por un indulto. Rezando por una última oportunidad de despedirse. Pero Albert no estaba allí. Y bien porque no se lo había dicho o porque habían decidido no acudir, ni Anthony ni Pauna estaban allí para decirle adiós. Inclinó la cabeza e hizo acopio de toda su voluntad para no llorar.
Notó la cariñosa mano de Pony en el brazo.
—Estoy segura de que estarían aquí si supieran que te marchas.
Era extraño cómo Pony siempre parecía adivinar lo que estaba pensando. Candy esbozó una temblorosa sonrisa.
—Yo no estoy tan segura. Por favor, diles...
—Se lo dirás tú, cuando vuelvas-dijo Pony con voz firme.
Candy sabía que Pony trataba de aliviar su sufrimiento, fingiendo que volvería alguna vez. Pero las dos sabían que no era probable que llegara ese día. Después de lo que había hecho, estaba segura de que Albert no la perdonaría nunca. Le había dado algo sagrado para él-su confianza— y ella lo había engañado.
Luchó por controlar las lágrimas que amenazaban con desbordarse de nuevo al sentir los fuertes brazos de Pony estrechándola en un cariñoso abrazo. Demasiado cariñoso, lo cual indicaba que a Pony, pese a sus palabras en sentido contrario, también le preocupaba que quizá no volvieran a verse en mucho tiempo, si es que volvían a verse.
Tom carraspeó, señalando que el momento de los adioses se había terminado.
—Queridísima Pony, sé feliz. Robert y sus hijas te necesitan. No te preocupes por mí, soy fuerte.-Con un último beso en la suave mejilla de su infancia, se volvió y subió a la barcaza
que la esperaba.
Unos oscuros dedos de niebla trenzaban el círculo perfecto de la luna iridiscente por encima de ella, mientras la barcaza se alejaba del castillo. Levantó la mano, despidiéndose en silencio de la figura, cada vez más pequeña, de Pony, que con aire triste y desamparado permanecía al pie de la escalera de la puerta del mar.
El sordo sonido de los remos entrando y saliendo del agua llenaba el silencioso bote. Nadie dijo ni una palabra. Los hombres que habían reído fácilmente con ella el día anterior, ahora actuaban como si tuviera la lepra. En una barcaza llena de hombres del clan MacAndrew, se sentía absolutamente sola. Candy permaneció sentada, acurrucada en el bote, ocultando a las miradas curiosas la cara hinchada y manchada de lágrimas bajo la gran capucha de su capa.
Había recorrido un círculo completo. El destino había ganado. Habían empezado como enemigos, separados por su mala estrella, y como enemigos vencidos por su mala estrella acabarían.
Por última vez, levantó los ojos enrojecidos hacia los grises muros que iban desapareciendo entre la niebla, memorizando, desesperanzada, con una visión empañada por el llanto, el sombrío castillo que había llegado a amar. Un nuevo espasmo de desesperación le retorció el corazón cuando su mirada fue atraída hasta el piso superior de la torre del Hada, hasta aquella ventana desde donde el día anterior miraba hacia fuera, llena de felicidad.
Como si percibiera su mirada, una sombra se apartó de la ventana. Se quedó sin aliento por un instante. El corazón empezó a latirle locamente, lleno de esperanza. Por favor, hazme una señal, por pequeña que sea. Se negó a parpadear para no perdérsela. Mantuvo los ojos pegados en la ventana de la torre del Hada, esperando y rezando con cada fibra de su ser por una señal de perdón. No apartó la mirada hasta que la torre desapareció en medio de una grisura fantasmal, tragada por la efímera niebla.
El sueño se había terminado.
Le habían partido en dos el corazón; una parte de ella había desaparecido para siempre, había quedado atrás, para pudrirse en un viejo castillo muy amado.
...
Dios, pobre Candy. Aveces siento que entiendo su actuar, me tiembla las piernas solo pensar en confesar sus horribles planes o mejor dicho, los planes de su tio en los que ella estaba involucrada, a alguien como Albert, sobre todo si no estaba segura de lo que él sentia por ella. La hubiera enviado devuelta de inmediato. Todo se le complicó. Lo cierto, es que si debió decirle a Albert en cuanto se recuperó, toda la verdad, era un riesgo. Pero como dice el dicho, es mejor la peor verdad que la mejor mentira.
