¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Archie y Annie realizaron un viaje de luna de miel de dos semanas, cortesía del tío abuelo William. Candy y Albert decidieron esperar a su regreso para realizar el anuncio oficial de su compromiso. Esto no les impidió que empezaran a preparar los cambios que había propuesto Albert.

En cuanto Candy disponía de tiempo libre, ambos recorrían la ciudad estudiando las diferentes zonas y localizaciones para establecerse. Decidieron que durante el noviazgo irían acondicionando su futuro nuevo hogar. Albert deseaba que Candy pudiera disponer de todo lo que deseara aunque ella se mostraba, a menudo, con reservas respecto a lo que consideraba caprichos que en realidad no eran necesarios.

— Tú solo piensa en lo que te gustaría tener y luego ya haremos de más o de menos —Le comentó él, abrazándola por la espalda mientras admiraban una pequeña villa de agrestes jardines. La casa tenía dos alturas, casi con las mismas dimensiones de todo el edificio de los apartamentos magnolia. Aun así, era más pequeña que la finca de los Leagan, algo que a ninguno de los dos les importaba. Las estancias eran espaciosas y luminosas, con grandes ventanales que recordaban a los de Lakewood y estaba rodeada de rosales y enredaderas que trepaban por su fachada.

— No sé, me gusta mucho... es solo que... —Candy se sentía realmente avergonzada por aquel deseo.

— ¿Qué? -Insistió Albert, acariciándole tras la oreja con la punta de la nariz—. Di.

— Me gustaría que se pudiera ver el agua...

— ¿Te gustaría que la casa estuviera más cerca del lago?

— O del río... En el hogar de Pony crecí viendo el lago y los ríos también me recuerdan a ti... —confesó sonrojada. Cada vez era más consciente de todo lo que la había estado uniendo a él sin percatarse.

— ¿A mí? —preguntó extrañado.

— Sí, ¿Recuerdas lo que me dijiste tras rescatarme de la caída?

— Bueno, hablamos de muchas cosas... —respondió rascándose la cabeza.

— Me dijiste -empezó, temiendo que él encontrara demasiado infantil aquel recuerdo— que si alguna vez estaba triste o deseaba volver a verte, te mandara un mensaje...

—... en una botella, cuando soplara el viento del sur —acabó él, confirmándole que tampoco lo había olvidado. De hecho, Albert aún guardaba la botella con el mensaje en su interior, recuperada tras recibir el disparo que le rasgó el lateral del ojo. La nota le llegó justo a tiempo para contactar con Georges y rescatar a Candy, cuando los Leagan la enviaron a México. Paradójicamente, el hombre que le disparó, trabajaba para él sin saberlo. Afortunadamente la herida se le curó bien y no le dejó marca, pero la botella no solo le recordaba a Candy sino lo fácil que le resultaba a alguna gente actuar antes que pensar. Aquella experiencia lo marcó y puso su empeño en ser más consciente y racional, tanto en sus impulsos como en sus emociones. Con el tiempo desarrolló una personalidad que solía confundir a los que lo rodeaban, subestimando su pasión interior y la intensidad de sus sentimientos.

— Desde entonces, siempre que he estado en apuros o triste, he buscado un río o un lago cercano... —"intentando recuperar aquella conexión con la persona que tanta ternura me ofreció cuando más lo necesitaba", no se atrevió a acabar. Aún le costaba expresar ciertas cosas con respecto a Albert. El nivel de confianza que había tenido con él desde que se conocieron la hacía sentir aún más vulnerable de lo que se hubiera sentido nunca con Terry, ahora que la naturaleza de esta había cambiado.

— Sí, a mí también me gusta estar cerca del agua... me relaja... —agregó él, apoyando su cabeza sobre la coronilla de Candy mientras pensaba—. Quizás si buscáramos en la otra dirección, quedaríamos más cerca del lago y a la misma distancia de nuestros trabajos ¿Te parece?

— Sí, aunque quedarías más alejado de la estación, si tuvieras que volver a viajar.

— Bueno, no tengo previsto viajar tanto y si así es, espero que sea contigo... no por trabajo.

Tres días más tarde, Albert solicitó al director de la clínica que dejara salir a Candy tres horas antes. Ella quedó sorprendida al verlo esperándola tan pronto. Había sido una mala noche y estaba agotada. Una de las niñas recién ingresadas desapareció de su habitación sin su medicación. La enfermera a cargo fue incapaz de encontrar a la pequeña y acabó pidiendo ayuda a Candy. Gracias a todas sus travesuras de infancia, fue capaz de ponerse en la piel de la desaparecida, encontrándola escondida en un armario.

La pequeña Bianca les había llegado muy asustada, llena de golpes y con un brazo roto. Sus padres, una joven pareja italiana, les explicaron que se había caído por las escaleras. Candy, no les había recibido, así que no comprobó su estado hasta que la halló en su escondite. Las heridas no le resultaron coherentes con el relato.

Cuanto más pensaba en lo que le había explicado su compañera más extraño le parecía el caso. Con mucha calma y paciencia logró tranquilizar a Bianca y devolverla a su cama pero, durante la noche, tuvieron que ir varias veces a atenderla porque se despertaba gritando. La niña casi no hablaba inglés y solo respondía bien al tono de voz de Candy. En aquellos momentos, lamentó no haber atendido más cuando en el internado se explicaron otras lenguas europeas.

Tras la alegre sorpresa de encontrar a Albert esperándola, una idea le vino a la mente— Bert, ¿En Italia estuviste solo de paso?

— No. Inicialmente me alisté voluntario, en el frente alpino. Cuando vi que la situación empeoraba fue cuando decidí seguir hacia el norte, tratando de llegar hasta Inglaterra o de contactar con Georges, para que los enviaran a todos de vuelta a aquí, pero después de la explosión permanecí en un campo de refugiados italiano durante un tiempo, más tarde me enviaron hacia Francia—Él la miró extrañado y entristecido por el recuerdo. Tanto en el frente como en el campo donde lo atendieron después, había visto morir a demasiada gente, fuera por heridas o por hambruna. Recuperar la memoria a veces le resultaba una maldición— ¿Por qué?

— ¿Entonces entiendes algo de italiano? —insistió, aun sin pasar de la entrada de la clínica.

— Bueno... sí... estuve un poco más de un año... —Lo cierto es que lo comprendía casi todo y lo hablaba con bastante fluidez por ese mismo motivo.

— Verás, hay una niña que solo habla italiano y tengo la impresión que sus padres no nos han explicado la verdad de todo lo que pasó... Solo sé que se ha pasado la noche aterrorizada y me gustaría comprender la razón...

— ¿Quieres que yo hable con ella? —Comprendió al fin. No era lo que tenía planificado, pero entendía la preocupación de Candy—. Bueno, si no hay ningún problema con su médico...

— No, además tú ya estuviste atendiendo en Kenia ¿No?

— Sí, por eso mismo. No querría que se lo tomara como una intrusión. Al fin y al cabo hace años de eso...

Candy no le dio tiempo a proseguir. Arrastrándole de la manga volvió a entrar con él y fue a buscar al doctor de la niña. No le costó demasiado convencerle y juntos, acompañaron a Albert junto a la pequeña Bianca.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 96 - Despedida de Albert y Candy tras rescatarla de la cascada.

[...]

— ¡Albert! ¿Qué hago si quiero volver a verte? —gritó entonces la muchacha, a todo pulmón.

— Hazte con una botella de cristal, introduce un mensaje en su interior y tírala al río. Halzo un día en el que el viento venga del sur... ¡Te prometo que llegará a mí! Cuídate, Candy —exclamó Albert mientras el bote seguía alejándose.

[...]

Pg. 383 - Carta de Albert para Candy.

[...]

Que las autoridades pensasen que estaba involucrado en aquel accidente ferroviario en Italia fue un castigo justo.

En aquellos vagones viajaba un espía.

No es de extrañar que sospecharan de alguien como yo,

sin identidad y de aspecto pobre.

[...]

Si no hubiera conocido a aquellas buenas personas en el campo de refugiados

en el que me encontraba dispuestas a ayudarme a regresar a América...

Si no te hubiera encontrado...

[...]