De la prueba final
Eran las 10 de la noche y Terje tenía una misión: era hora de volver a encontrarse con Alessandro. Repasó el plan en su mente muchas veces, básicamente haría lo mismo que la primera vez que fue a verlo, pero cambiaría ligeros detalles, por ejemplo, ahora tenía un reloj y no iba a estar contando mentalmente los minutos que pasaban. También, de esa manera, esperaba evitar que lo atraparan de nuevo en su camino de regreso. Tenía sus notas listas y las llevaba bien seguras en un bolsillo.
Una vez más, esperó, con un nudo en el estómago, la hora de salir, tenía que aprender a dominar mejor sus nervios. Cuando fue el momento se levantó de su cama y se escurrió por el Santuario. Había trazado sus pasos una y otra vez con tal de memorizar cada punto en el cuál ocultarse, y reconocer de inmediato qué lugares eran los más peligrosos porque podría ser visto. Y esta vez lo logró sin mayores complicaciones y con relativa facilidad. De nuevo se movió por las calles vacías de Rodorio hasta llegar a la casa abandonada. Lo que Terje no sabía es que un par de ojos lo habían seguido.
Roberto seguía castigado, y era su labor cuidar de los aprendices de la edad de Terje. Lo vio salir del recinto de los aprendices por casualidad. Y nada más porque estaba tremendamente aburrido y planeaba dar una vuelta por el Santuario (dado que los niños ya deberían estar dormidos), y no tenía ganas de estar de niñera, lo siguió de lejos, completamente intrigado de que el mocoso saliera con pasos tan decididos a quién sabe dónde. Además sabía que si al escuincle le pasaba algo, la culpa caería sobre él. Así que, por las sombras, siguió sus pasos hasta el bosque a las afueras de Rodorio y desde atrás de un árbol lo observó entrar a una casa abandonada.
No pasaron ni cinco minutos antes de que viera a un hombre caminando casualmente por ahí, y lo escuchó emitir un corto silbido que fue respondido por el niño oculto. El hombre miró discretamente los alrededores y poco después entró también a la casa. Roberto esperó algunos segundos más antes de salir de su escondite y acercarse. Se quedó pegado a la pared, en cuclillas, escuchando la interesante conversación que provenía de adentro.
—Una vez más has hecho un gran trabajo, Terje. Tu informe pasado fue muy detallado y te lo agradezco. Dime ahora, qué noticias me traes.
—La aprendiz de Géminis se fue del Santuario y regresó apenas hace un par de semanas. Nadie lo habla directamente, pero se rumora que ella es la reencarnación de alguna chica que, hace mucho tiempo, se fugó del Santuario con uno de los gemelos y luego se suicidó por él. También se dice que estos gemelos son reencarnaciones de los pasados.
—Algo así me estaba imaginando. ¿Qué más?
—La chica al parecer todavía mantiene su relación con uno de los Gemelos. El que se llama Saga. Están a punto de darle su armadura. Por eso regresó, para terminar su entrenamiento. Luego está una de sus amigas, la que sale con Deathmask. Me enteré de que ella posee una Agape y que su hija es también hija de Deathmask, aunque él no lo sabe, y lo que es más, también tiene un hijo que está fuera del Santuario y entrena para Dionisio en Creta.
—Interesante, Terje, ¿Algo más?
—La maestra de Jivika, Helena, está buscándolos. Se dice que está dando rondas por el norte de Europa. Casi no ha regresado al Santuario desde que se llevaron a Jivika. A mí no me han preguntado nada.
—Así es justo como debería de ser. No puedo contarte mucho, pero Jivika ya está de nuestro lado, Terje. Pronto será momento de hacer nuestra nueva jugada.
—Traicionando al Santuario de Atenea, por lo visto —dijo Roberto, quien había salido de su escondite y se fue a plantar frente a ellos.
Terje dio un respingo y fue a ocultarse tras Alessandro, quien levantó la mirada al recién llegado, con calma.
—¿Y tú eres...?
—Yo debería ser quien haga las preguntas dado que los encontré tramando quién sabe qué cosas. Y bien escuché que fuiste tú quien secuestró a la aprendiz.
—Mi nombre es Alessandro y mi misión es darle una lección a la actual reencarnación de Atenea porque lo está haciendo todo mal últimamente.
—¿Qué es eso que está haciendo mal?
—Su Santuario es un desastre, sus guerreros son una vergüenza para todos aquellos Santos que alguna vez dieron la vida por ella. El Patriarca y ella misma son incapaces de mantenerlos a raya, ya sabemos todo lo que sucedió durante la revuelta de Saga. ¿Desde cuando los súbditos se revelan a sus dioses? Desde el momento en que la deidad en cuestión es incapaz de mantener la paz en la Tierra. ¿Te parecen esas pocas razones?
—¿Y tú y qué ejército planean mejorar las cosas? Porque al parecer tienes a un niño y a una adolescente secuestrada.
—Nuestras filas crecen día con día. ¿Quieres unirte a nosotros? Siempre hay lugar para uno más.
—¿Qué gano yo con eso? Los Santos siguen capturando renegados.
—A los más débiles, claro. Pero en el Santuario nada saben sobre mi ni sobre mis mejores aliados. Además, no parece que tus intereses estén con la diosa, si no, ya habrías dado la alerta, y aquí sigues, negociando conmigo. Aún no tienes armadura, ¿cierto? Yo conozco el paradero de algunas armaduras que no están en el Santuario y, justo en este momento, mis aliados se están encargando de recuperarlas. Alguna de ellas puede ser la tuya.
—Además no te cae bien el Santo de Géminis, ni su novia —interrumpió Terje, aún oculto tras Alessandro.
Alessandro volteó a verlo un segundo, y luego, con una sonrisa, a Roberto.
—¿Rencillas con el de Géminis? Eso ya no es nuevo, no eres el primero ni serás el último. Dime, ¿qué te ha hecho su novia?
—Hizo trampa en nuestro combate, nada más eso, ¿te parece poco?
—¿Trampa? Pensé que se tipo de cosas estaban prohibidas en el Santuario de Atenea. ¿Qué tipo de trampa?
—Entró en mi mente, leyó mis pensamientos, se burló de mi técnica y la devolvió contra mi. Todo en mi mente, como una ilusión —mientras hablaba, Roberto apretaba cada vez más los puños—. Y la declararon ganadora. Su novio, por supuesto, la defiende, dice que ese es el propósito de su técnica. Burlarse de las personas, al parecer, ahora es algo justo en el Santuario.
—Ah, ya veo. Gracias por la información: nos cuidaremos de ella. En el pasado, esa joven también tenía poderes inusuales, por eso fue llamada a servir a Atenea desde que era una niña. Luego lo mandó todo al traste por un hombre. Al parecer lo mismo hizo hace poco.
—Está de regreso. Y no dudo que ella y el de Géminis hagan las paces pronto y vuelvan a exhibir sus amoríos dentro del Santuario de la diosa virgen.
—Sí, yo tampoco puedo creer que la diosa siga permitiendo ese tipo de cosas luego de lo que ocurrió en el pasado, pero Atenea es terca y no puede ver lo que está justo frente a ella. Te lo repito, si buscas a alguien con quién unirte, nuestras filas están abiertas. Podrías fungir de informante, como Terje, o regresar conmigo a mi guarida. Si decides venir no te encontrarán, eso te lo puedo prometer.
—Terje es apenas un niño, no puede informar todo lo que yo podría.
—Terje ha sido un buen aliado, así, joven como lo ves. La decisión es tuya. Voy a pasar algunos días más aquí en Atenas, si decides unirte, sabes dónde encontrarme. Si no, no te daremos tregua cuando nuestro plan comience. Terje, has estado fuera mucho tiempo, es hora de que regreses.
—¿Cuándo volveremos a vernos?
—La primera parte del plan está a punto de dar comienzo. Una vez que lo hagamos, iré por ti, porque ya no será necesario que continúes dentro. Podrás regresar con nosotros. Y aprendiz —dijo viendo a Roberto—, la oferta seguirá en pie.
—Lo pensaré algunos días. No voy a delatar al niño, pero tampoco estoy del todo convencido de unirme a tus filas. Por el momento permaneceré neutral, y me gustaría saber, desde el Santuario, cuál es el inicio de tu plan maestro.
—Me parece prudente, espero que disfrutes el espectáculo. Nos veremos entonces —dicho eso Alessandro le revolvió los cabellos a Terje y salió de la casa.
Terje se quedó mirando a Roberto, luego, al lugar por el que se había ido Alessandro. Comenzó a salir de la casa.
—Al parecer te han dado un papel importante en todo esto, niño. Regresa al Santuario sin que nadie te vea. Yo te seguiré desde lejos.
Terje asintió y salió. Momentos después Roberto fue tras él. Y cumplió su palabra. No delató al niño, pretendió que nada de lo que había visto sucedió.
Durante los siguientes días Alessandro se la pasó dando vueltas por Atenas y Rodorio, escuchando chismes que eran la norma dentro de los habitantes del Santuario y alrededores. También para asegurarse de cuáles Santos estaban dentro y quiénes estaban de misión.
El de Acuario y Capricornio se encontraban en Francia, probablemente siguiendo alguna de las pistas falsas que dejaron por ahí algunos de sus ayudantes. El de Aries había ido a Tailandia a terminar de recopilar información sobre los renegados que capturaran allá. Apenas ese día había regresado Argol, el chico que últimamente estaba haciendo sombra a Helena y, con él, también regresó el de Tauro, aunque él nada más pasó un par de días con su novia. Eso le daba la oportunidad perfecta a Jivika (ahora Alexiel), y a Otis, de comenzar con el plan. Les comunicaría esa tarde que tenían luz verde para empezar.
El resto de los habitantes estaban en sus casas, la alerta seguía en Naranja, dada la falta de noticias sobre él, la vida dentro del Santuario continuaba en relativa calma. Decidió pues, que se quedaría turisteando por Atenas algunos días a esperar resultados y a ver si Roberto se decidía a unirse a sus filas. Una gran oportunidad, que él no conocía, estaba a punto de ocurrir.
Alfa se presentó ante Shion y Saori una tarde. Les dijo que, en cuanto lo desearan, estaba dispuesta a darles una demostración de su técnica, y también que había sentido, durante los pasados días, el llamado de su anterior armadura y estaba preparada para ir por ella en cuanto quisieran. Shion miró a Saori y ella asintió. Si la armadura la llamaba, entonces poco podrían hacer ellos para calmar sus deseos. Quedaron pues, en que los Dorados que estaban en el Santuario se reunirían a la mañana siguiente a juzgar la técnica, y que, alguno de ellos, tendría que prestarse como conejillo de indias.
Para sorpresa de no pocos, fue Afro el que decidió ofrecerse. Sus razones eran simples: él era quien más alejado había estado de los entrenamientos y prácticas de la chica, así que no estaría preparado y podría improvisar maneras de defenderse de la técnica. Le parecía que era un buen entrenamiento para él y que la joven tendría también que improvisar la manera de colarse en una mente que no conocía.
Saga estaba enterado de los planes de Alfa de hablar con el Patriarca y la diosa, le dijo que él podría ir a hablarles también si lo consideraba necesario. Pero ella contestó que no, que era una de esas cosas que debía hacer ella sola, presentar su caso y comenzar a comportarse como la servidora de Atenea que era en esta vida, y que debió ser en la anterior.
Así que, la mañana siguiente, aquellos de la Élite Dorada que se encontraban dentro del Santuario fueron a reunirse a la explanada del Templo Principal. Los faltantes eran nada más Shura, Camus y Mu, pero, gracias a la tecnología, podrían ver lo que estaba ocurriendo a través de sus teléfonos. Vale que no era lo mismo que estar ahí presentes y sentir lo que sentirían los demás, pero de algo a nada, preferían estar enterados.
Los Santos Dorados hicieron una fila a un lado de la explanada mientras Saori y Shion se situaban frente a la estatua de Atenea. Alfa nunca en la vida había entrenado con Afro, así que estaba bastante nerviosa. Afro y ella se colocaron al centro, se saludaron y Afro le sonrió. La idea era comenzar una pelea normal y Alfa tendría que emplear toda su gama de conocimientos para defenderse del Santo, y encontrar el momento adecuado para lanzar su técnica. El uso de cosmo estaba permitido, obviamente, además de las técnicas que cualquiera de los dos conocieran. Era un combate desigual, claro, ella no tenía el nivel para enfrentarse en serio a un Santo Dorado, y Afro no planeaba ponérsela fácil, pero tenía experiencia lidiando con aprendices y era bueno midiendo el poder de su cosmo y de su fuerza física. Tampoco era plan de noquear a la chica sin dejarle ninguna oportunidad de ganar: tendría que medirse. Y estaba intrigado con lo que ella le podría mostrar.
La pelea comenzó. Saga se cruzó de brazos y se llevó el índice a los labios. No quería perderse detalle y esperaba que la mujer hiciera un buen trabajo, tanto por ella como por él, porque lo que hiciera su alumna sería un reflejo de sí mismo y de sus cualidades como maestro y Santo Dorado. Kanon estaba igual de nervioso, pero lo disimulaba un tanto peor que su gemelo. No dejaba de tamborilear los dedos contra su pierna y de quitarse el sudor de las manos en el pantalón.
Milo estaba contento, ya quería ver la cara de Afro cuando ella empleara su ilusión, porque no fue divertido cuando la usó en contra de él, en especial esa sensación de tener a alguien hurgando en su mente, pero se le hacía la mar de interesante verlo en alguien más. Aldebarán estaba entre nervioso y contento. Se había perdido mucho de los entrenamientos de la joven en esas últimas semanas, luego del secuestro de Jivika, pero él también fue su maestro, y las bases de todo se las enseñó él, sin esas bases Saga no hubiera podido hacer mucho con la chica, así que, por el bien de todos, esperaba que las cosas salieran como debían.
Los golpes, patadas y rayos de cosmo comenzaron a volar en todas direcciones. Al fin Alfa se encontraba peleando contra alguien más ágil que fuerte, y no porque Saga o Kanon no fueran ágiles, pero pelear contra Afro era diferente, era casi como verlo danzar: sus movimientos eran gráciles y calculados, mientras que los de sus maestros eran más... rudos, más concisos, no tan elegantes.
El de piscis no tardó en usar sus rosas y Alfa empezó a defenderse de ellas con una mezcla de técnicas que le aprendió a los gemelos y a Aldebarán. Era extraño para todos verla, porque era bien sabido que las habilidades de Tauro y Géminis son bastante diferentes, pero los movimientos de la chica los combinaban de una manera que a pocos se les hubiera ocurrido posible. Ella no dependía de su fuerza como lo hacía Aldebarán, ni podría convertirse en una infranqueable pared, pero sí mantenía su lugar. Por otro lado no tenía la velocidad de los gemelos, pero tampoco era lenta.
Afro sonrió de nuevo, se estaba divirtiendo, le gustaba entrenar con las chicas y, los movimientos de esta joven le recordaban un tanto a la manera en la que su propia aprendiz peleaba. De pronto sintió el primer intento de la mujer de colarse en su mente. Esa sensación tan rara logró descolocarlo por apenas algunas milésimas de segundo, pero no tardó en reponerse y bloquearla. Y volver a bloquearla. Y una vez más. La mujer era testaruda, como típica Tauro. Y entonces, casi sin que se diera cuenta, ella logró encontrar lo que buscaba. Adoptó una actitud que recordaba un tanto a la de Shaka cuando se disponía a quitarle los sentidos a algún incauto: terrible y tranquila. Y todo cambió en su mente y a los ojos de los demás, porque Alfa los estaba haciendo partícipes de lo que le mostraba a Afro.
Eran esos días en los que apenas comenzaba la revuelta de Saga. La alerta se dio: el Patriarca les informaba que Aioros era un traidor y que se había llevado a Atenea. Afro estaba en su Templo, esperando al traidor y cuando lo vio, no escuchó razones ni súplicas. No se tentó el corazón al ver a su compañero de armas en tan mal estado. No preguntó razones, sencillamente lo atacó una y otra vez sin piedad alguna, mientras Aioros intentaba defenderse y mantener a salvo a la bebé que llevaba en sus brazos.
Pero no fue suficiente. El Santo Dorado cayó inerte a sus pies, aún sosteniendo a la niña. Se acercó lentamente y justo cuando iba a arrebatarla de sus brazos, la imagen cambió, ahora estaba ahí, frente a la Explanada del Templo Principal, portando una armadura de Hades, con golpes en todo el cuerpo, charcos de sangre en todas direcciones.
La diosa estaba arrodillada frente a su estatua, con la Daga Dorada en las manos, a punto de enterrarla en su pecho. Pero no sucedió. El brillo y la fuerza de un cosmo imponente apareció de súbito, haciendo que Afro cayera de rodillas al suelo. Levantó la mirada, cubriéndose un tanto los ojos del resplandor. Y lo vio. La espada de Hades de pronto atravesó a la joven deidad, mientras el dios del Inframundo daba un grito triunfal.
De nuevo había fallado en su misión de proteger a la diosa.
Afro cayó de rodillas frente a Alfa, y ella aprovechó ese momento, ese corto instante de duda que le tomó al Santo hacerse a la idea de que lo que estaba viendo no era real, para darle un golpe que lo dejó finalmente tirado en el piso. Todo se volvió negro para Afro, mientras el resto salían de la ilusión para encontrarse de nuevo en la Explanada.
Alfa levantó la mirada hacia Shion y luego a Saori, quien tenía lágrimas bañando sus mejillas. La joven diosa asintió y le sonrió entre lágrimas. Se imaginaba, pero no había estado segura, que el mayor miedo de Afro era fallarle de nuevo. Aioria salió pronto de su impresión y fue a prestarle ayuda a Afro. El último golpe de Alfa no fue muy fuerte, porque no planeaba lastimarlo en serio, nada más era para demostrar que en ese momento hubiera podido derrotar al enemigo si era necesario. Afro se incorporó a medias con ayuda del de Leo, aún con la vista un tanto nublada. La cabeza le daba vueltas y tenía náuseas.
—Afro, ¿estás bien? —preguntó Shion un tanto preocupado.
—Sí, estoy bien —contestó el de Piscis mientras se sostenía la cabeza con una mano y se apoyaba en Aioria para levantarse—. No me quedan dudas de que ella es capaz de hacer lo que dice. Ha ganado este combate.
Shion asintió ante las palabras mientras Kanon y Saga exhalaban suspiros de alivio. Aldebarán sonrió y miró a Alfa. La chica se acercó a Afro y le tomó la mano.
—Discúlpame, Afro, por haberte mostrado todo esto.
—Sabemos lo que se siente, amigo, y no es agradable —dijo Milo con una sonrisa torcida. Aquellos que habían ya experimentado la técnica de Alfa asintieron en acuerdo.
—Supongo que te lo han dicho antes, pero no es necesario que te disculpes. Hiciste lo que te pedimos que hicieras —contestó Afro viéndola al fin a los ojos.
—Me lo han dicho. Un par de ellos han necesitado el tratamiento del whiskey luego de esto, así que estás invitado, si se te ofrece. Prometo comprar uno de buena calidad.
—Quizás un día de estos te acepte la oferta.
—Si estás bien, Afro, entonces declararemos a Alfa la ganadora de este combate y, si todo sale como esperamos, serás de nuevo la portadora de la armadura de Retículo. Daremos el anuncio cuando regreses con ella. ¿Hay alguna objeción? —Todos los Santos y Saori negaron con la cabeza. —Que así sea entonces. Mis felicitaciones, Alfa, has hecho un gran trabajo, y también felicito a tus maestros, te han enseñado bien. Esta reunión queda oficialmente disuelta.
Dicho esto los Santos rompieron sus filas y fueron a reunirse con la mujer para darle abrazos de felicitación y palmadas de empatía a los hombros de Afro, quien decidió que sería un buen momento para ir a tomarse un par de aspirinas y regresar a su Templo a hibernar un rato.
En la vida se ofrecería de nuevo como conejillo de indias para técnicas desconocidas.
