Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
Por obligación, serán un dragón y una víbora
56. Cuarto año: Es caer o detente
Astoria se encontraba sentada frente a la chimenea de la sala común, cubierta por una frazada y con una humeante taza de chocolate con malvaviscos en sus manos. Apenas pestañeaba, pues sus ojos verdes estaban clavados en el fuego, mientras su mente volaba más allá del castillo donde se encontraba.
A fuera de Hogwarts, el frío invernal calaba hasta los huesos, y se colaba al alma con un susurro de muerte. Las noticias no parecían mejorar ni siquiera por ser una época festiva. Aunque quizás eso era algo irrelevante para los mortífagos, pero no para los alumnos que en su mayoría se había ido a pasar navidad con sus familias, pues el miedo a no volverles a ver era enorme.
O al menos así era para los alumnos normales, porque para ellos siempre era diferente. Para los hijos de mortífagos, no había vacaciones en casa con ponche y tarta de calabaza, menos en esa época. A ellos les tocó quedarse en la escuela, porque no tenían nada que ir a hacer a casas vacías o que eran usadas para actos atroces.
Draco había sido el primero en decir que su madre le había pedido que se quedara en la escuela por su seguridad. Luego se le había unido Theodore con la misma razón, seguido de Vincent y Gregory. Por su parte Blaise se había ido, pues su madre quería que visitaran a sus abuelos en Italia. Pansy también había partido a regañadientes, aunque la mañana que partió lucía feliz y ansiosa por ver a su familia. Cole y Geraldine tampoco se quedaron. Por el contrario, Paige y Leo sí se quedaron, igual que las hermanas Greengrass.
El castillo quedó prácticamente solo, el director no estaba y apenas unos profesores como la profesora Trelawney, se habían quedado ahí. Se podría decir que ese pequeño grupo de serpientes eran los únicos que andaban por los pasillos vacíos.
—¡Me volveré loca! —se quejó Paige, saliendo de los dormitorios con muy mala pinta.
—Ya estamos locas —le contestó Astoria, sin mostrar mucho animo y dándole un trago a su taza de chocolate.
—Bueno, eso no lo niego —contestó la pelirroja, haciendo una pequeña mueca de aprobación—. Pero no me lo tomes a mal, de verdad que valoro tu compañía, de hecho es la primera navidad que pasamos juntas, pero estar en este lugar me pone de malas —masculló, sentándose en el sofá detrás de su amiga.
—Este lugar vuelve loco cualquiera —concedió la chica, encogiéndose de hombros.
—Es que estas no son vacaciones —masculló Rowle, enfatizando su puchero de disgusto.
—No, no son vacaciones, es un infierno —espetó Daphne, llamando la atención de las dos chicas menores—. Si me aburro en casa, donde están todas mis cosas, me moriré aquí donde no hay nada que hacer —añadió con un suspiro de fastidio.
—¿Novedad? —intervino la menor, con una voz tan carente de emoción que las otras la voltearon a ver con preocupación.
—¿Estás bien, Tory? —preguntó su amiga pelirroja, extrañada por la actitud de su amiga. Porque una cosa era estar molestas como ella y Daphne y otra era ese aire triste y desinteresado de la princesa de Slytherin.
—¿Pulga, qué pasa? —insistió la rubia Greengrass, acercándose a la menor.
—Nada —contestó finalmente la chica, sin voltear a ver a las otras dos—. Solo me amargo la existencia pensando en la gente que tiene una vida normal.
—¿Y qué se supone que tenemos nosotros? —dijo de forma desdeñosa la inconfundible voz de Draco, quien entraba a la sala común, flanqueado por Vincent y Gregory, llamando la atención de las chicas, incluyendo a la de ojos esmeraldas.
—Nada —reafirmó la menor de las Greengrass—. Ni siquiera tenemos navidad, porque el mundo se cae en pedazos y lo último que le importa a nuestras familias son los sentimientos —añadió, al tiempo que se ponía de pie para encarar a su prometido.
—No seas injusta, Astoria —murmuró Daphne—. Mamá y papá solo se preocupan por nuestro bien estar porque nos quieren y también se deben de sentir tristes de no poder pasar tiempo con nosotros —declaró con cierto tono comprensivo que exasperó a su hermana menor.
—¿No acabas de decir que esto es un infierno? ¿Quien te entiende? —espetó la castaña, molesta.
—Sí, pero yo no creo que sea porque no les importamos —se defendió la mayor de las hermanas.
Astoria resopló con un poco de burla y luego negó con la cabeza, con una sonrisa un tanto burlona en su rostro. La verdad es que estaba harta de todo aquello, ahí a nadie le importaban los sentimientos, lo único que importaba era la conveniencia y lo que le convenía a sus padres era no tenerles en casa porque lo único que se la pasaban haciendo era matando muggles y sangre sucias. Podían morir en cualquier momento y lo último que tendrían de ellos sería una carta donde les decían que se quedaran en el colegio porque era más seguro.
—¿Tú si piensas que nadie te quiere? —preguntó Draco, sacando a la chica de sus pensamientos.
—No seas idiota, lo único que dije es que no sabemos si vamos a seguir vivos, pero en lugar de estar unidos, cada cual anda luchando por su propia conveniencia —declaró con un tono gélido.
—Las cosas no se resuelven con estúpidos sentimentalismos —gruñó, chasqueando la lengua de forma despectiva.
—¡Oh! —exclamó la niña, rodando los ojos—. Lo siento, perdón por ser tan sentimental —masculló Astoria, dejando la taza de chocolate sobre la mesa de centro y cruzándose de brazos para mirar de forma desdeñosa a su prometido.
—No quise decir eso —se defendió el rubio, algo irritado, pero alarmado por la actitud que estaba tomando la pequeña Greengrass.
—Tú nunca quieres decir nada, ¿cual es la diferencia? —contestó burlona, aunque esa sonrisa lucía demasiado amarga como para que Draco se la creyera—. Lo importante te lo callas y las estupideces se te salen sin querer —añadió, intentando reír, aunque lo que salió de su garganta se escuchó como un gato chillando de dolor.
—Astoria, no seas majadera —la reprendió su hermana, parándose detrás de ella y poniendo sus manos sobre los hombros de la chica.
—No, Daphne, deja que hable —intervino Draco—. Por lo menos me está hablando, cosa que no hacía desde la fiesta de Slughorn —comentó con tono irónico que lo único que consiguió fue molestar más a Astoria.
—¿Sabes algo, Malfoy? —dijo la aludida—. Eres un verdadero imbécil y odioso cuando quieres —espetó la castaña sin poder evitar que sus ojos se empañaran con lágrimas que amenazaban con rodar en cualquier momento.
—Astoria, creo que... —intentó decir Paige, interviniendo finalmente, pues conocía a su amiga y no quería que dijera algo de lo que después se arrepentiría.
—No te moleste —la interrumpió la chica, soltándose del agarre de su hermana para caminar hacia los dormitorios—. Buscaré una mejor manera de pasar el tiempo, no me interesa discutir con este —informó antes de perderse en las escaleras.
—¿Ahora soy "este"? —gritó Draco, sin poder ocultar lo ofendido que se había sentido por el desplante, pero obviamente Astoria no le contestó.
—Todo esto no pasaría si le dijeras en que narices andas metido —acusó Daphne, mirando de forma acusadora a su cuñado.
Él solo la miro y chasqueó la lengua, para luego comenzar a hablar con un tono frío e indiferente.
—Suficiente tengo con tu hermana, para que ahora tú me vengas a joder con eso también —le contestó de mala forma.
—Si tan duro es para ti aguantarme, no lo hagas, nada te obliga a hacerlo —declaró la castaña, tomando por sorpresa a los presentes, quienes solo vieron como la chica salía del dormitorio con sus zapatillas de ballet en las manos.
No le dio tiempo a nadie de decir nada, pues atravesó corriendo la sala común, empujando a Vincente para salir de ahí a través del muro de piedra.
—¡Bravo! —exclamó la mayor de las Greengrass con ironía y aplaudiendo con una burla acusadora—. Mira lo que lograste —le dijo a Malfoy.
—¡Ya callate! —gruñó el rubio, pasándose de la mano por el cabello, mostrando un poco de la desesperación que sentía—. Yo lo arreglo, pero dejen de joder, que me tienen hasta la... coronilla —masculló molesto, para luego salir de la sala común, dejando a los presentes algo desconcertados.
Al cabo de unos segundos Crabbe y Goyle solo se encogieron de hombros se fueron a los dormitorios de los chicos, sin darle más importancia al asunto. Daphne gruñó y se dispuso a salir de la sala común, pero la vos de Paige la detuvo.
—Deja que ellos resuelvan sus cosas solos —sugirió la pelirroja.
—No voy tras ellos —se defendió—. Voy a la biblioteca con Nott —aclaró la Greengrass antes de salir y dejar sola a la otra chica, quien se encogió de hombros y tomó la taza de chocolate que había dejado su amiga.
—¡Iug! —masculló después de darle un trago—. ¿Como se puede tomar esto? —se quejó, dejando la taza y mirándola como si ésta la hubiera insultado, pues de hecho el empalagoso sabor le había dado una patada a sus papilas gustativas.
O-O-O
Draco no perdió tiempo buscando a Astoria por todos lados, sabia que solo podía estar en dos lugares si es que llevaba sus zapatillas de ballet y apostó por ir al que él encontraba más cómodo y limpio. Subió las escaleras de prisa y llegó al séptimo piso antes de lo que él mismo hubiera previsto.
Se paró frente a la pared, dándole la espalda a ese feo tapiz de un mago loco, y meditó unos instantes las palabras adecuadas para entrar a la sala de los menesteres. Después de usar tanto ese lugar, había averiguado como funcionaban ciertas peticiones y como podía neutralizar otras, solo por si Astoria le había pedido a la sala estar sola.
Formó la oración adecuada en su cabeza y la repitió tres veces mientras caminaba frente la pared. En un parpadear una enorme puerta de color blanco apareció y Draco no dudó en entrar.
—¿Pero que diantres? —se quejó la chica, sorprendida, interrumpiendo momentáneamente su tarea de atarse las zapatillas.
—Tenemos que hablar de una buena vez —sentenció el rubio, cerrando la puerta detrás de él y mirando fijamente a su niña, pero ella solo arrugó su nariz y se terminó de poner el calzado para luego levantarse y apoyarse en la barra.
—Yo no tengo nada que hablar contigo, Malfoy —declaró Astoria, comenzando a hacer demi-pliés en cuarta posición, con su mano derecha finja sobre la barra y la otra curvada frente a ella a la altura de su pecho.
Draco suspiró y se cruzó de brazos, observando todos los movimientos de Astoria en silencio, sintiéndose desesperado ante la actitud tan hostil que mostraba su mostraba su prometida para con él. Sabía que si abría la boca se metería en más problemas de los que ya tenía, además de que era seguro que Astoria lo dejaría, pero si seguía guardando silencio, llegaría un momento en el que de igual forma perdería a Astoria.
Se apretó el puente de la nariz, mientras la castaña comenzaba ha hacer grand-pliés y una voz muy parecida a la de Theodore sonó en su cabeza, diciéndole: «Sabes que hacer, has lo correcto». Chasqueó la lengua y negó con la cabeza, intentando apartar la voz, pero la sensación se quedó en su pecho.
—Perdoname —pidió el rubio, llamando la atención de la castaña quien se había puesto en relevé, apoyada en sus puntas y con los brazos extendidos hacia arriba, formando una la línea larga y estilizada.
—No vas a arreglar todo con un simple "perdoname" —espetó ella, frunciendo el ceño y girando sobre si misma para encarar el espejo y verlo con reproche, manteniendo la posición.
—Lo sé y la verdad empiezo a creer que yo no soy capaz de arreglar nada —dijo con cierto tono burlón y amargo al recordar el maldito armario evanescente—. Y por lo que veo, esto tampoco será la excepción, así que... —titubeó, notando como Astoria bajaba de las puntas y se giraba para darle toda su atención—. Cuídate —dijo al fin, incapaz de formular mejores palabras para ese momento.
—¿Qué has dicho? —preguntó la niña, ingenua o más bien, negándose a creer lo que acaba de entender
—Qué te cuides —reiteró el rubio, encogiéndose de hombros.
—¿Estás terminando conmigo? —pidió saber, sintiendo como el aire se le escapaba del cuerpo.
—Es una forma de verlo —concedió él, haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza, casi de forma inconsciente.
—No seas cobarde y dilo con todas sus letras —exigió la pequeña, mientras sus ojos se cristalizaban.
—Bien, Astoria, lo nuestro se acabó, ¿contenta? —dijo con cierta rabia contenida, no tanto contra ella por presionarlo a decir aquello, sino con el mismo por ser tan cobarde que prefería decir aquello que la verdad.
—Tú sabes que lo nuestro no puede terminar solo así, sabes que estamos comprometidos —le recordó la castaña quien ya le había dado carta blanca a sus lagrimas para que rodaran por sus mejillas y se suicidaran en su mentón, cayendo al piso de madera en una silenciosa protesta.
—Te diré lo mismo que tú me dijiste el día me confesaste la verdad —respondió el Draco, intentando sonar lo más frío e indiferente posible—; Quiero tener la opción de elegir y no hacer las cosas a la fuerza, así que disfruta tus años de libertad —susurró, sintiendo como su corazón comenzaba a latir con demasiada suerte.
—¡Joder, pero que memoria! —chilló la Greengrass, limpiando de mala manera su rostro, sin reparar en si se hacia daño—. ¿Así que te resulta forzoso estar conmigo? —preguntó con amargura, arañando un poco sus mejillas en un vano intento de borrar el rastro de sus lagrimas.
—No, pero tú me estás forzando a hacer algo que no tengo intenciones de hacer —contestó, intentando aguantar un poco, aunque su corazón comenzaba a encogerse al ver a Astoria llorar. Lo que más quería en esos momentos era abrazarla y confesarle todo, besarla y asegurarle que todo estaría bien—. Si la condición para seguir contigo es que te diga la verdad, lo siento, Astoria, pero no lo haré —sentenció.
—¡Eres un cobarde! —le gritó con todas sus fuerzas, forzando sus cuerdas vocales al máximo.
—Quizás —admitió Draco, tragando saliva con dificultad—. Pero tengo mis razones para hacer todo lo que hago y la verdad ya no espero que lo entiendas.
—Descuida, que dudo mucho llegar a entender si no me explicas —masculló entre sollozos, agarrándose fuerte de la barra para no caer, pues las piernas le comenzaban a traicionar. Era como si un enorme hoyo negro se hubiera abierto debajo de ella, haciéndola sentir que flotaba en la nada.
—Lo siento, de verdad —dijo él, bajando la mirada y saliendo de la sala antes de que las lágrimas brotaran de sus ojos grises.
—¡Eres un imbécil, Draco Lucius Malfoy! —gritó Astoria, cuando la puerta se cerró, dejándola a ella sola en su frágil mundo de cristal y dejando que él se fuera a su infierno personal, donde la única luz que le quedaba se había apagado— Eres un imbécil —sollozó.
Astoria se dejó caer al suelo y comenzó a llorar a gritos, maldiciendo a todo el que cruzara por su cabeza, incluyéndose a si misma. Mientras que Draco, solo atinó a meterse al baño más cercano para abrir el grifo de un lavabo, mojarse la cara y comenzar a llorar mientras el agua corría. Ya lo había hecho y regresar a arreglar las cosas ya no era una posibilidad, porque esa marca en su brazo era algo que no podía revelar hasta que Dumbledore no estuviera muerto, así lo que único que le quedaba era esforzarse más en su misión para terminarla lo antes posible.
O-O-O
La noche buena llegó a Hogwarts y aunque el profesor Slughorn había ido a invitar a los Slytherin para que cometieran con él y los otros profesores en el Gran Comedor, los únicos que aceptaron ir fueron Gregory y Vincent, pues los demás estaban ocupados en sus propias cosas como para celebrar algo.
Theodore y Daphne andaban de un genio insoportable cada uno, pues la rubia había tomado partido a la causa de su hermana y atacaba al rubio amigo de su novio. Pese a que Theo insistía en que él no tenía nada que ver y que no sabía nada, la mayor de las Greengrass lo acusaba de encubrir a Draco. Así que la pareja pasaba de estar abrazados en el sofá a estar discutiendo sobre quien era el culpable del rompimiento entre la otra pareja.
Por su parte, el príncipe de Slytherin no le ponía cuidado a nada que no fuera su maldita misión. Cada que Daphne o alguien de los presentes lo molestaba con el asunto de lo ocurrido con Astoria, solo le dedicaba una gélida mirada con sus ojos mercurio y hacía un gesto despectivo para seguir su camino. No decía nada, absolutamente nada, ni siquiera hablaba de otras cosas, tanto así que Theodore comenzaba a pensar que su amigo ya había perdido la voz, de no ser porque se le salió una maldición cuando accidentalmente se machucó los dedos con su baúl.
Mientras, Astoria solo se dedicaba a una cosa desde que Draco había terminado su relación y esa cosa era bailar. Bailaba donde fuera, pues la maldita sala de menesteres generalmente estaba siendo ocupada por alguien y ella sabía quien era. Así que para no toparse con el rubio, no le importaba bailar en el baño, en los jardines o en los dormitorios, solo le importaba bailar. Quizás porque cuando bailaba olvidaba que era humana, olvidaba lo que era el dolor y se entregaba a esa sensación que era lo más cercano a volar. Sus pies podían estar sangrando dentro de las zapatillas, sus músculos podían ponerse tensos por el esfuerzo, pero la sensación de no querer parar jamás, de seguir girando y girando sin detenerse, esa sensación podía más en ella que el dolor físico.
Paige solo la observaba la mayoría del tiempo, en silencio y en veces en compañía de Leo. Los primos, fuera de presenciar como su amiga se la pasaba sobre puntas, se la pasaban bien entre ellos, platicando, bromeando y jugando lo que fuera para pasar el tiempo. Aunque esa noche en particular, los dos habían preferido hacerle compañía a Astoria quien llevaba todo el día interpretando un solo.
—De verdad, si no descansas un poco te va a dar algo —comentó la pelirroja, quien jugaba ajedrez mágico con Leo en ese salón vacío donde la castaña daba saltos, giros y de repente se dejaba caer al suelo como parte de su solo, robándoles un susto a sus amigos quienes juraban que ya había caído de por el cansancio.
—No me va a dar nada —masculló la aludida, poniéndose en arabesque y manteniendo la posición como si la vida se le fuera en ello.
—¿No tienes hambre? —preguntó Leo, moviendo una pieza de color negro en el tablero, mientras se metía un puñado de megaras fritas.
—No, no tengo hambre —volvió a responder la chica sin mucho animo, haciendo la misma posición pero con la otra pierna.
—¿Alguna te has planteado la idea de dedicarte a bailar? —cuestionó el chico, solo para hacer platica, porque Paige parecía que en cualquier momento se desplomaría sobre el tablero por culpa del sueño.
—¿Alguna vez has pensado que si hago eso me van a desheredar? —contestó Astoria, intentando levantar más alto la pierna que mantenía en el aire, haciendo un esfuerzo por no perder el equilibrio y mantener la linea.
—Por eso vas a trabajar como bailarina, con eso te mantienes —comentó con tono burló el castaño, dejando en el olvido el juego de ajedrez, pues su prima sí había terminado entregándose al mundo de los sueños, cayendo dormida sobre la mesa—. Se durmió —añadió, soltando un suspiro.
—Se ve que no tienes idea de lo mal pagada que es la profesión —masculló la pequeña Greengrass, bajando finalmente de puntas y sintiendo como un calambre recorría sus piernas cuando después de varias horas se apoyaba sobre toda la planta del pie.
—No, yo no sé mucho de eso —admitió el chico, comenzando a recoger las cosas, igual que Astoria tomaba lo suyo para retirarse a su nido de serpientes—. El único que conoce de esas cosas es Cole —añadió, cuando Astoria le extendía las manos para tomar el ajedrez y lo demás. Sin embargo apenas lo tomó y Leo se dispuso a cargar a Paige para salir de ahí, las cosas resbalaron de las manos de Astoria—. ¿Qué pasa? —preguntó, alejándose de su prima para levantar las cosas.
—Me siento mal por Cole —murmuró, sin poder evitar con las lágrimas rodaran por sus mejillas.
—¿Por qué? —indagó el chico, aunque ya sabía la respuesta y de hecho había tocado el tema a propósito. Quizás era algo cruel, pero era un Slytherin y lo quería era poner las cartas a favor de su amigo.
—Por nada —masculló, arrugando la nariz y tomando las cosas para que de una buena vez Leo cargara a Pagie.
Las tres serpientes de cuarto año regresaron a su nido en las mazmorras, ahí donde Daphne y Theo estaban jugando naipes explosivos y donde Draco no había asomado ni uno de sus rubios cabellos.
—Y yo que juraba que a la que traerían cargando sería a ti —bromeó la Greengrass rubia, sonriendo y mirando a su hermana.
—Muy chistosa —contestó la castaña, chasqueando la lengua—. Mejor ayudame a llevarla a los dormitorios porque Leo no puede entrar ahí —pidió.
—¿Palabras mágicas? —canturreó Daphne con una mueca de altanería. Astoria levantó una ceja escéptica, pero en vista de que su hermana hablaba en serio:
—Por favor, hermanita —dijo a regañadientes, haciendo una mueca de disgusto, pero todo fuera por llevar a Paige a su cama.
La mayor de las hermanas sonrió satisfecha y se acercó a ella para entre las dos cargar a la pelirroja. Así fue que las tres entraron a los dormitorios de las chicas de cuarto año y dejaron a Paige en la cama, la chica sí que tenía el sueño pesado.
Astoria cobijó a su amiga y se sentó en su cama, golpeteando el suelo con las puntas que no se había quitado en todo el día.
—Ya están muy gastadas, ¿no? —comentó su hermana, mirándola desde el marco de la puerta por donde pretendía salir.
—Mandaré a pedir unas, no quiero que se me vaya a lastimar el pie —respondió encogiéndose de hombros al tiempo que se las quitaba.
—¿Lastimarte el pie? —exclamó su hermana, algo escandalizada—. ¿Astoria, te has visto los pies? —señaló, apuntando con un acusador indice los maltratados pies de la pequeña castaña, cuyos dedos estaban rojos y con las uñas demasiado cortas pues se enterraban en la piel.
—Bah, con una poción están como nuevos —dijo la menor, sin darle mayor importancia al asunto, mientras guardaba las zapatillas en su baúl.
—¡Eres imposible cuando quieres! —espetó Daphne, rondando los ojos con fastidio y saliendo de los dormitorios, azotando la puerta detrás de ella.
Los ojos verdes se quedaron observando la puerta por unos segundos y luego voltearon a ver a Paige quien seguía profundamente dormida. Suspiró y con ese suspiró dejó que las lagrimas rodaran nuevamente. Le dolía todo el cuerpo, pero el dolor físico seguía sin ser lo suficientemente fuerte como para opacar el dolor que se había instalado en su pecho desde que Draco había preferido guardar silencio y alejarse de ella. ¿Qué podía hacer? ¿Qué le quedaba por hacer?
Una parte de su cabeza, la parte emocional, le decía que podía ir con Draco y decirle que lo aceptaba con todo y sus secretos. La otra parte de su cabeza, esa parte orgullosa y, hasta cierto punto, lógica, le decía que Draco era un imbécil y que si él no se disculpaba con ella ni confiaba en ella era mejor guardar distancias.
Se tapó la boca con una mano, intentando apaciguar los sollozos y es que entre esa mezcla de tristeza y rabia que sentía, una voz en su cabeza le decía que no valía la pena llorar. ¿Por qué llorar cuando alguien no te quiere lo suficiente? ¿Por qué regalar lagrimas a alguien quien nos las valora? Porque no importaba si sus mejillas se mojaban y sus ojos se ponían rojos, Draco no aparecería a besar sus parpados ni a decirle que todo estaría bien.
Sintió calambres recorrer sus piernas y sin dejar de llorar, se levantó con paso torpe hacia el baño. No se molestó en cerrar la puerta ni en quitarse la ropa cuando abrió el chorro de agua fría y se metió debajo de él. Fue un choque de temperaturas doloroso, las gotas heladas cayeron sobre la piel descubierta, especialmente sobre su cabeza y mandaron dolorosas punzadas hacia su cerebro. Aunque seguía sin ser suficiente para minimizar su dolor emocional.
Siguió llorando, sintiendo como se le congelaba la piel del rostro y los brazos, sin omitir las demás partes de su cuerpo que se comenzaban a enfriar conforme la ropa se humedecía. La presión en su pecho aumentó y un fugaz pensamiento, que no supo de donde salió, cruzó su cabeza: ¿Bellatrix habría sentido aquello alguna vez? Esa mujer que era la personificación de la locura y la crueldad se había enamorado alguna vez, lo sabía, lo había leído de su propio puño y letra, pero... ¿le habían roto el corazón de aquella manera? Porque si era así, entonces entendía perfectamente que la mujer se desquiciara por completo.
Ella misma sentía que se estaba volviendo loca y ya no era una loca linda, era una locura que por breves momentos la asustaba. Esa locura de no detenerse a pesar de que el dolor le decía que lo hiciera, porque desde muy pequeña había aprendido que había tres clase de dolores en la vida. Estaba ese dolor bueno, que pese a doler te motivaba a ser una mejor persona, también ese dolor agudo del que uno quería escapar pero que con el tiempo dejaba de doler o uno se acostumbraba, y por supuesto estaba el dolor malo, ese dolor del que uno se debía de asustar porque podía causar estragos permanentes.
—Duele —murmuró la pequeña Greengrass al tiempo que se abrazaba a si misma.
O-O-O
Según su reloj de bolsillo eran las dos de la mañana y no debería de tener problemas para regresar a las mazmorras a esa hora. Dudaba que hubiera fiesta en la sala común de Slytherin, como hubiera sido años atrás, no solo no había alumnos suficientes para una fiesta, sino que los que ahí estaban no tenían nada que celebrar. Bufó, pateó el piso y emprendió camino, dejando la sala de los menesteres detrás.
Las cosas no parecían estar progresando. De hecho, si le preguntaban, las cosas estaban peor de como habían iniciado y decir "peor" era poco. Últimamente todo salía mal y nada estaba bien, y valga la redundancia del pesimismo. Todo iba de mal en peor y aunque lo que más deseaba en ese momento era echar todo al demonio, desistía de la idea cuando la imagen de su madre se formaba en su cabeza. No podía darse el lujo de que algo le sucediera a Narcissa por su cobardía, porque por lo menos tenía como consuelo que a Astoria no le pasaría nada ahora que se había alejado de él.
Un nudo se formó en su garganta al recordar eso y aunque seguía con paso firme, repentinamente se quedó paralizado al escuchar un ruido en el baño de chicas del cuarto piso. Sí, el cuarto piso, así que no podía ser Myrtle, ¿o sí? ¿Y si se trataba de Astoria?... Se quedó de pie frente a la puerta del baño con los ojos fijos y expectantes por si en cualquier salía alguien, pero lo único que ocurrió fue que un pequeño grito se escuchó, seguido de un fuerte ruido seco.
—¿Astoria? —llamó algo alarmado, dando un paso hacia adelante.
¿Y si su niña estaba ahí practicando ballet y se había hecho daño? ¿Y se había caído? ¿Y si se había golpeado en la cabeza y había quedado inconsistente?
El nudo en su garganta se intensificó, como si de repente le hubiera puesto una soga al cuello y todo su cuerpo hubiera dejado de responder. Había dejado de sentir su pulso y se le había cortado la respiración, lo único que parecía responder era su cabeza, donde se formaban ideas desastrosas sobre lo que podía estar pasando ahí adentro. Si algo le pasaba a Astoria sería su culpa, porque él tenía que cuidarla y... y otro sollozo se escuchó.
Él nudo en su garganta se soltó y el mundo volvió a ponerse debajo de sus pies, dándole la sensación de haber estado volando por horas y luego haberse caído de la escoba, sintiendo de golpe la gravedad de la tierra en todo su cuerpo. Apenas recuperó el aliento, abrió la puerta de golpe y se adentró sin pensarlo dos veces. Corrió y miró de reojo los cubículos mientras avanzaban, hasta llegar a los lavabos, pero ahí no parecía estar Astoria.
Rebuscó con la mirada y por una fracción de segundo le pareció ver algo en un cubículo, así que avanzó a toda prisa para acercarse, pero sin querer resvaló con un charco de agua, cayendo de narices contra el suelo. El golpe en si no fue tan grave y tampoco le dolió tanto, cosas peores había pasado, pero si se sintió tan estúpido y patético ahí tirado sobre sus manos y rodillas, que las lágrimas de frustración y vergüenza comenzaron a brotar de sus orbes color mercurio. Pequeñas gotas saladas que caían silenciosas al suelo.
—¿Te caíste? —preguntó una tétrica voz femenina, obviamente no se trataba de Astoria y la levantar la vista comprobó su estupidez, pues era ese fantasma llorón—. ¿Te duele mucho? ¿Por qué lloras? —insistió, acercándose hacia él con curiosidad.
—Porque estoy jodido —respondió con voz áspera y pegándole al suelo con los puños cerrados.
—¿Qué te hicieron? —preguntó la fantasma, hundiéndose en el suelo hasta los hombros para que su cabeza quedara a la altura de la del rubio.
—Nada —gruñó, intentando recuperar la compostura y levantándose de la forma más digna que pudo.
—Anda, no debes de tener vergüenza de hablar o de que te vean llorar —dijo Myrtle, saliendo del suelo para flotar al rededor del príncipe de Slytherin.
—No es vergüenza —contestó, mientras se sacudía el traje negro que llevaba puesto—. Solo que tengo prisa —argumentó, sin voltear a ver a la niña muerta que lo miraba muy atentamente con sus grandes lentes redondos.
—Entiendo, es tarde —comentó ella, flotando detrás de él, mientras el rubio caminaba hacia la salida del baño—. Pero puedes venir cuando quieras —añadió.
—Dudo tener intenciones de volver entrar al baño de chicas —dijo con voz indiferente, deteniéndose frente a la puerta—, y hoy no estuve aquí —sentenció, girándose para mirar severamente a la fantasma, dejando claro que no quería que nadie supiera que lo había visto en ese lugar.
—Entendido —concedió Myrtle, sin despegar sus ojos del guapo chico que estaba ahí frente a ella—. Quizás nos podamos ver después en el baño de chicos —dijo con cierta esperanza antes de que el chico saliera del baño, pero Draco ya no contestó ni dijo nada más, solo se marchó a las mazmorras, sintiendo que lo que acaba de ocurrir había sido algo irreal, como un pequeño sueño de esos que uno tiene cuando se queda dormido a mitad de clases.
O-O-O
La mañana de navidad llegó con una gélida y abundante nevada que cubrió todos los terrenos de Hogwarts con una brillante capa de nieve blanca. El frío causó que los pocos alumnos que ahí había se quedaran pegados a las sabanas un poco más, pero para las nueve, Theodore Nott y Leo Dolohov ya estaban en la sala común mirando los regalos que habían llegado para ellos.
—¿Calcetines rojos? —se burló un poco Theo, mirando como el amigo de Astoria sacaba los dichosos calcetines de un paquete dorado.
—Por lo menos no es un libro —se defendió el aludido, metiendo los calcetines de nuevo a la caja para ponerlos a un lado.
—Cualquier cosa es mejor que esos calcetines horrorosos y el libro se lo regalé yo —declaró la inconfundible vos de Daphne Greengrass, quien salía de los dormitorios de las chicas con una bata sobre el pijama.
—Y te lo agradezco —dijo Nott, caminando hacia la rubia para abrazarla y robarle un beso—. Feliz navidad —añadió, guiñándole un ojo.
—Feliz navidad —contestó ella, sonriéndole a su novio.
Leo hizo una mueca de asco e ignoró olímpicamente a la pareja para seguir abriendo sus regalos. Sin embargo, antes de que destapara el paquete que le había Cole, un gritó agudo se escuchó en el dormitorio de las chicas. En circunstancias normales el ruido no se hubiera escuchado, pero en ese silencio sepulcral del castillo vacío, fue inevitable no escucharlo y alarmarse.
—¿Qué pasó? —preguntó el menor de los presentes, levantándose de golpe para mirar hacia la dirección de donde había surgido el grito.
—Yo iré a ver —declaró Daphne algo alarmada, corriendo hacia el dormitorio donde estaba su hermana.
—¡Daphne, si pasó algo no dudes en llamarme! —ofreció Theodore, mirando como la cabellera rubia desaparecía en el corredor de las escaleras.
—¿Pero que es todo este escándalo? —preguntó cierto rubio que salía del dormitorio de los chicos, frotándose el rostro con algo de pereza.
—Alguien gritó —informó su amigo, negando ligeramente con la cabeza al ver como los ojos grises se abrían alarmados.
—¿Todo está bien? —indagó, sin ocultar la repentina preocupación que había surgido.
—Eso fue a ver Daphne —contestó el chico, a lo que Draco gruñó y se rascó la cabeza.
Mientras, la rubia Greengrass entró de golpe a la habitación donde estaba su hermana y lo primero que vio fue a Paige escandalizada y a Astoria más pálida de lo normal saliendo del baño con una toalla encima.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —preguntó Daphne, mirando interrogante a las dos.
—Nada... —intentó explicar la pequeña Greengras, pero su amiga se adelantó.
—A tu hermana le dio por dormir en el baño, con el agua abierta —informó la pelirroja, volviendo a mirar con reproche a la chica—. ¡Por un momento pensé que se había ahogado! —gritó molesta, señalando con un dedo acusador a la castaña.
—Como eres exagerada —masculló Astoria, arrugando su nariz y secándose el cabello, restándole importancia al asunto.
—¿Pero en que estabas pensando? ¿A caso te querías ahogar de verdad? —la regañó Daphne, poniéndose igual de molesta que Paige, pues en su mente se dibujó muy bien la imagen de su hermana dormida en el baño, pálida, hinchada y con el agua corriendo. Resultaba escalofriante.
—Me metí a bañar y me quedé dormida, ¿sí? —se defendió, algo irritada por el escándalo, sobre todo porque le dolía la cabeza.
—Anda, te metiste a bañar con la ropa puesta, eso es nuevo —dijo Paige con ironía y reproche.
—¿Qué a caso tú nunca entenderás el significado de cuidar la salud? —gritó la mayor de las Greengrass visiblemente molesta y alarmada por lo ocurrido.
—¡Cállense las dos! —chilló la castaña, dejándose caer en la cama—. Quiero dormir —pidió en un susurró, abrazando su almohada.
—Eres una insensata de primera —bramó su hermana.
—Y es una cabeza dura, pero deja que duerma, si en sus cinco sentidos no nos pones caso, menos lo hará ahorita —resopló la pelirroja, negando con la cabeza.
—Eso —apoyó Astoria—, dejen que duerma —volvió a pedir, removiéndose en la cama.
—Te vas a enfermar con la ropa mojada —le advirtió Daphne.
—Me cambio cuando me dejen sola —chantajeó, abriendo los ojos con pereza.
—Después de que descanses me vas a escuchar, ¿entendiste? —declaró la mayor de las Greengrass con seriedad.
—Lo que digas, Daph —aceptó la niña—, por cierto, guarden mis regalos y si por ahí hay algo de Draco lo tiran a la chimenea —añadió.
—¡Astoria! —la regañó Paige—. No tiraremos nada y no haremos nada con tus regalos —advirtió.
—Entonces dejen que me cambie y que duerma, dormir en el piso no tiene nada de bueno para la espalda como dicen —dijo desinteresada, comenzando a hurgar en su baúl para sacar el pijama que debió de haber puesto anoche.
—Eres insoportable —mascullaron Paige y Daphne al mismo tiempo, mientras salían de la habitación, dejando a la chica sola.
Astoria sonrió de medio lado y después de cambiarse se metió a la cama y se cobijó, haciéndose bolita entre las cálidas sabanas. Sentía frío, mucho frío, pero también se sentía cansada; su cuerpo estaba resintiendo todos esos días en los que se había mal pasado con el baile, por lo que cayó dormida al instante.
—¿Qué es lo que ocurrió? —preguntó Theodore cuando vio a su novi Paige salir de los dormitorios de las chicas. Las miadas de los otros presentes se posaron también en ellas, sobre todo la gélida mirada gris de Draco.
—Un susto, pero de ahí no pasó —declaró la rubia, mirando de reojo a la amiga de su hermana menor para que no fuera a hacer más comentarios en presencia de Draco. Quizás era algo cruel, pero sentía que el rubio no merecía saber lo que había ocurrido con su Astoria, no después del daño que él mismo le había causado.
—¿Qué susto? —indagó Leo, sin ocultar la curiosidad.
—Una rata —mintió descaradamente Paige, al notar la mirada severa de la hermana de Astoria—. Una rata me espantó cuando me desperté —volvió a decir más convencida, encogiéndose de hombros.
—Y ya me he encargado de eso —declaró Daphne, sacando su varita para mostrarla con orgullo y darle más credibilidad a la mentira.
—¿Y Astoria no va a bajar? —preguntó Theodore como suponía que hubiera dicho Draco de no ser porque parecía haberse quedado mudo a sus espaldas.
—Anda cansada y siguió durmiendo —respondió encogiéndose de hombros, sin darle relevancia al asunto—. Dijo que luego veía los regalos —añadió.
—Vamos a desayunar, ¿alguien viene? —declararon de repente Vincent y Gregory, saliendo de los dormitorios ya cambiados y abrigados, tomando por sorpresa a los presentes que en su mayoría o seguían en pijama o andaban aún somnolientos.
—No gracias, yo también quiero dormir más —se apresuró a decir Draco, caminando de nuevo hacia los dormitorios de las chicos.
—Yo voy a esperar por Daphne —contestó Theodore, animando a que los dos robustos chicos salieran de la sala común con dirección al Gran Comedor.
—Iré a cambiarme, ya luego veo los regalos —resopló la rubia, regresando sobre sus pasos, pero con rumbo hacia los dormitorios de las chicas de sexto año.
—Mira, Geraldine mando un paquete para los tres —comentó Leo, al cabo de unos incómodos segundos de silencio, y mostró el paquete verde.
—¿En serio? ¿Qué será? —dijo la pelirroja, intentando mostrar algo de interés, aunque en su mente se había quedado grabada el rostro preocupado de Draco cuando las había visto bajar. Quizás sería tonto, más aún tratándose de ella, quien en definitiva estaba del lado de su amiga, pero había sentido algo de lastima por mentirle al rubio, porque era obvio que el chico había estado así pensando que algo le había ocurrido a Astoria y no se había equivocado.
Paige se acercó a su primo y comenzaron a destapar el regalo que era un montón de dulces para ellos. Luego siguieron con los demás, haciendo comentarios, burlas y bromas sobre lo que recibían, mientras Theodore se sentaba tranquilamente a esperar por su novia. Nott sabía que le habían mentido, lo había visto en los ojos de Daphne, pero no había dicho nada para no provocar otra pelea o alterar a Draco.
O-O-O
Cuando el reloj ya marcaba las doce, Astoria despertó por fin, sintiéndose menos cansada pero con un incomodo dolor en la garganta.
—Genial, me enfermé —murmuró, comprobando que tenía la voz ronca y que apenas podía hablar porque le dolían las cuerdas vocales.
Resopló como si fuera un unicornio enojado y se levantó de mala gana para cambiarse de ropa. No tenía intención de bañarse, no después de haber pasado toda la noche bajo el frío chorro de agua. Tomó la bufanda de Slytherin, que era la más cálida que tenía, y se la puso, dándole dos vueltas al rededor de su cuello para abrigarse bien. Así pues, salió por fin del dormitorio de las chicas para ir a la sala común a ver los regalos.
Al llegar no encontró a nadie y no le pareció extraño, finalmente era navidad y eran muy pocos los que ahí estaban. Apostaba por que Theo y Daphne estuvieran en la biblioteca, Paige y Leo anduvieran afuera jugando en la nieve, Crabbe y Goyle tragando en la cocina y Draco seguro estaría haciendo sus misteriosas cosas extrañas. Chasqueó la lengua y abrazándose a si misma se acercó a la chimenea para recibir algo de calor. Se sentó en la alfombra, miró los regalos que llevaban su nombre y luego desvió la vista hacia la leña verde que se quemaba en la chimenea.
Astoria estuvo varios minutos ahí, observando la leña arder y las traviesas llamas que revoloteaban con algunas chispas. Al cabo de un rato, suspiró y se frotó los ojos, disponiéndose a ver sus obsequios de navidad. Entre los regalos no encontró nada extraordinario o fuera de lo normal, ropa, zapatos, joyas, perfumes y abundantes golosinas como para morir con una sobredosis de azúcar. Sin embargo, aunque varios de esos regalos le robaron sonrisas, se quedó helada cuando miró que un paquete era de Cole. Le parecía increíble que el chico le mandara algo después de todo lo que había ocurrido, aunque en realidad no había ocurrido nada... solo habían dejado de hablar y frecuentarse. Aún así él se había acordado de ella y le había mandando algo. No pudo evitar sentirse mal, pues ella no le había mandado nada a Cole.
Tomó aire y mordiéndose el labio inferior, desató el moño rosado del paquete blanco, para luego levantar la tapa de la caja y toparse con un par de hermosas zapatillas rojas. Sí, zapatillas de punta en color rojo escarlata y debajo de las zapatillas iba a una nota escrita con tinta roja en pergamino blanco. Astoria tomó la nota con cuidado y dejó las zapatillas de lado por unos instantes para leer lo que le había escrito Cole:
Querida, Astoria:
Feliz navidad, muñeca. Espero que te la estés pasando de maravilla, con todo y todo que estas en Hogwarts. Debe de tener su lado divertido, ¿no?, al menos tienen el castillo para ustedes solos, pueden aprovechar para ver si descomponen algo o dejar bromas preparadas. Aunque sé que eso sería algo que haría Leo y no tú.
En fin, hablando de Leo, hace poco me mandó una carta y comentó que te la pasabas bailando día y noche -la pequeña castaña arrugó la nariz molesta-. No lo vayas a matar, yo le pedí antes de irme que me dijera todo lo que te pasara. Así que también sé que has terminado con Malfoy -Astoria rodó los ojos, apenas saliera de ahí le iba ir a reclamar a Leo el ser tan comunicativo- y aunque no lo creas, me da pena por ti.
Sin embargo y aunque te parezca raro, mientras pensaba en las ventajas y desventajas de que ya no fueras novias de ese imbécil(lo siento, pero eso siempre será Malfoy para mí), me vino a la cabeza una historia sobre una chica que no dejaba de bailar: "Las zapatillas rojas." ¿Has escuchado de ellas? Hay muchas versiones de la historia, en lo personal, me gusta esa donde la chica comienza a bailar después de haber perdido a su gran amor. ¿Coincidencia? No, realmente por eso recordé la historia, por ti y por tu desteñido. Además que es un clásico del ballet. Por eso las zapatillas rojas, solo espero que no caigas muerta como al final de la historia.
De verdad, Astoria, Malfoy no vale tanto la pena como piensas. No te dejes caer por él, tú si vales mucho, muñeca y siempre tendrás gente que te quiera -los ojos de la pequeña Greengrass se humedecieron, pero aún así continuó leyendo lo que restaba-. Si te mando esas zapatillas es por dos cosas; las primera, porque seguro que las que tienes ahorita ya las debiste de haber arreglado mínimo dos veces con magia, ya ningún calzado aguanta tanto, y la segunda, para que nunca olvides que aunque bailar es maravilloso, debes de tener un limite. No seas Victoria de las zapatillas rojas, sé tú, Astoria, la brujita bailarina que expresa sus sentimientos a través del ballet y no que usa al ballet para olvidar los demás sentimientos.
Sonríe, Astoria, cuídate y ten una feliz navidad y año nuevo. Espero mejores noticias tuyas.
Te quiere; Cole Greyback.
Las lagrimas rodaron finalmente por las pálidas mejillas de la niña, quien pegó la nota a su pecho. Era increíble, totalmente surrealista que un chico como Cole existiera en la vida real. Si a ella le hubiera preguntado de pequeña cual sería su hombre perfecto, seguramente habría dado una descripción detallada de Cole sin siquiera conocerlo y aún ahora de grande no podía negar que el chico era perfecto.
Aunque para su desgracia estaba comprometida con un tipo que no se asomaba ni a lo lejos con el hombre que soñó. Adoraba a Draco, no lo negaría, pero tampoco negaría que el rubio tenía defectos con los que no sabía como lidiar. Esa arrogancia de querer hacer todo por si mismo, no aceptar la ayuda de los demás, no confiar en nadie que no fuera él mismo y lo bien que se le daba mentir. Lo amaba, con todo su ser, pero el amor no cambiaba la esencia de las personas, solamente atenuaba ciertas características para poder acoplarse.
No pretendía quitarle crédito a Draco, él había cambiado mucho estando a su lado. Desde que habían decidido darse una oportunidad nunca más se escuchó que anduviera con otras chicas, como era cuando estaba con Pansy; además aprendió a ser tolerante con las cosas muggles que a ella le gustaban, aceptaba el ballet... ¡había aprendido a tocar guitarra para ella! Pero nuevamente, esos eran solo amortiguadores de la realidad, porque en verdad él jamás había dejado de ser Malfoy, prejuicioso y mentiroso niño caprichoso que solo hacía las cosas a su conveniencia.
—¡Oh, ahí estas! —exclamó Paige, quien entraba a la sala común seguida de Leo, ambos con algunos rastros de nieve en las botas.
—Sí, por desgracia desperté —masculló Astoria con voz baja.
—¿Qué le pasó a tu voz? —preguntó el chico, acercándose a donde estaba su amiga, seguida de su prima.
—Parece que al final si te enfermaste —la regañó la pelirroja negando con la cabeza de forma reprovatoria.
—Sí, me enfermé y es el menor de mis problemas ahora —contestó sin mucho animo, limpiando disimuladamente sus lágrimas.
—¿Y eso, quien te las mandó? —interrogó Leo con una inocencia que la joven Greengrass no se tragó ni un poco.
—Deberías de saber, porque tú le diste la idea al decirle que había terminado con Draco y que por tristeza me la pasaba bailando —espetó con reproche, al tiempo que Paige le arrebataba la carta de las manos para comenzar a leerla—. ¡Hey! Eso es privado —se quejó, pero su amiga igual no le devolvió la carta hasta leer por lo menos lo más sobresaliente de cada párrafo.
—Wow, demasiado tierno para un chico al que has rechazado durante todo el año —comentó, entregándole la carta de nuevo a Astoria.
—No me culpes a mí —se defendió Leo—. Yo solo le dije lo que todo mundo aquí sabe, no pensé que fuera secreto.
—¿Todo el mundo? —dijo la castaña con sarcasmo—. ¡Somos ocho miseros estudiantes, sin contar a los cinco miserables maestros que tenemos! —añadió, intentando gritar, pero sus cuerdas vocales no lo permitieron.
—Ya, tranquila, igual se iba a enterar —intentó animarla su amiga, sentándose a su lado y abrazándola de forma mimosa para confortarla.
—¿O es acaso que pensabas que antes de que terminaran las vacaciones volverías con él? —preguntó Leo, enarcando una ceja, pero extrañamente no miraba ni a su amiga ni a su prima.
—No, la verdad no —admitió Astoria con voz baja, aunque suficientemente audible en ese silencioso lugar—. La verdad quisiera decir que terminó para siempre, pero muy a mi pesar siempre será mi prometido —añadió, volviendo a llorar. Al parecer lloraba y bailar era lo único que le salía bien.
—Pues no tiene porque ser así —dijo repentinamente Draco, quien apenas salía de los dormitorios de los chicos y fulminaba con la mirada al estúpido amigo de Cole—. El compromiso se puede romper, igual lo peor que puede pasar es que alguno de los dos se muera y para fines prácticos ya estás comprometida con un muerto —declaró, escupiendo cada palabra con rabia y reproche.
—Draco, no seas imbécil —chilló Astoria con apenas un hilo de voz, poniéndose enseguida de pie para encarar al rubio.
—Jura que si eso es lo que quieres, yo mismo romperé ese contrato, compromiso o lo que sea con mis manos, te lo prometo —bramó, disponiéndose a salir del lugar con largos y veloces pasos.
—¡Draco, maldición! ¡Yo no quiero que nadie muera! —le llamó la pequeña Greengrass, saliendo detrás de él a tropezones.
—Lo hiciste a propósito, ¿verdad? —acusó Paige, mirando a su primo con reproche, pero él solo se encogió de hombros—. Y fue Cole, ¿cierto? Todo lo que haces siempre tiene que ser a favor de tu gran amigo del alma, si por poco te matas en el juego de Quidditch, intentando detener una bludger, ¡ni siquiera una quaffle!, todo para que Cole se luciera como golpeador y le demostrara a todos que Draco estaba equivocado.
—¡Disculpa si te molesta, pero él es mi mejor amigo! —se defendió el chico algo molesto por la actitud de la pelirroja.
—¡Pues bien! —concedió la chica—. Astoria es mi mejor amiga y sé lo mucho que Draco significa para ella, así que no permitiré que tú y Cole conspiren para separarlos —sentenció, poniéndose de pie para mirar frente a frente a su primo.
—Nosotros no los queremos separar, ellos simplemente no se llevan, no se acoplan y aunque se quieran convencer de lo contrario, no están destinados a estar juntos como todos piensas, ¡solo miralos peleando por lo que sea! —argumentó a su favor.
—Ni tú, ni Cole, tienen derecho a opinar sobre eso, es la vida de ellos, es su relación, es su amor —aclaró Paige con indignación, levantando el tono de voz.
—Cole está enamorado de Astoria, y quizás no tiene derecho a opinar, pero sí tiene derecho a intentar algo con ella —declaró Leo con convicción.
—¿Sabes algo? Astoria siempre le ha tenido mucho aprecio a Cole y si ella no fuera una buena y razonable persona, iría corriendo detrás de él a la primera de cambios con Draco, pero ella tiene muy claros sus sentimientos y objetivos, por lo que un par de estúpidas zapatillas no van a cambiar nada en ella —sentenció molesta, tomando la caja donde estaban dichosas zapatillas rojas para cerrarla con brusquedad e irse con ellas al dormitorio de las chicas, dejando a Leo con la palabra en la boca.
O-O-O
Draco entró al baño de chicos del tercer piso. Había perdido a Astoria por atajo que solía usar para que no lo vieran llegar a la sala de los menesteres. No podía creer que de verdad había escuchado a su niña decir eso. Aunque bueno, quizás ya ni siquiera debería decir que era suya, pues la chica Greengrass había dejado muy claro que lo que más quería era alejarse definitivamente de él y él le daría gusto.
—¡Maldición! —gruñó cuando sin querer se pegó en la mano al intentar abrir de forma brusca el grifo del agua. Necesitaba refrescarse y despejar un poco las ideas, porque de verdad sentía que se estaba volviendo loco.
Abrió el grifo con la otra mano y metió la mano lastimado debajo del chorro frío, quedándose por unos instantes contemplando el anillo que era el símbolo de su familia. Suspiró y tomó algo de con las dos manos para mojarse el rostro y luego mirarse al espejo... ¿Qué había ocurrido con él? ¿Dónde había quedado el príncipe de Slytherin?... Ahora estaba tan decaído, tan devaluado, tan jodido que ni siquiera podía tener a su prometida a su lado...
—Nos volvemos a ver —dijo de repente una voz femenina que lo sacó de sus pensamientos, provocando que él volteara para comprobar que se trataba de ese fantasmilla de una niña que usaba gafas redondas y flotaba sobre los lavabos a su izquierda.
—Comienzo a creer que me estás espiando —masculló Draco, cerrando el grifo del agua y cruzándose de brazos para mirar de forma altanera a la fantasma.
—Solo pasaba por aquí y escuché ruidos —comentó como si nada, simulando como si se sentara sobre los lavabos y comenzando a jugar con su cabello.
—Claro, lo que digas —resopló el rubio rodando los ojos con algo de fastidio, lo último que se le antojaba en esos momentos era platicar con una muerta.
Así pues el rubio se dispuso a salir del lugar e ir directamente a la sala de los menesteres para ver si podía arreglar de una maldita vez el armario evanescente. Con suerte podría introducir a los mortífagos al colegio ahora que no había nadie y así se apoderaban del lugar antes de que apareciera el vejete de Dumbledore, sin embargo, cuando apenas comenzó a caminar, Myrtle le habló.
—Por un momento pensé que eras un chico diferente —comentó la fantasmilla algo molesta—. Pero veo que eres igual que los otros chicos, caprichoso, patán egoísta que solo piensa en si mismo y no le importan los demás —acusó, al tiempo que se ponía a llorar a berridos como era su costumbre.
—¡Cállate si no sabes de lo que hablas! —le gritó Draco, girando sobre sus tales, para mirar a la fantasma con coraje y apretando los puños—. Tú no sabes quien soy, no sabes nada de mí y no tienes derecho a decir que solo pienso en mí mismo cuando estoy arriesgando el pellejo por los que quiero —confesó, en un arrebate de ira y frustración.
—Yo... —intentó decir Myrtle dejando de llorar para abrir mucho los ojos detrás de las gafas.
—¡Por mí mandaba todo a la mierda y me largaba de aquí! ¡Por mí me largaba al lugar más arraigado de la tierra mientras que a todo este lugar se lo lleva el demonio! ¡Pero, joder! ¡Aquí estoy, aguantando que me amenacen de muerte! ¡Aguantando todas las malditas burlas y acusaciones para que ellas estén bien! ¡Y ya no puedo! —exclamó, rompiendo en llanto y totalmente fuera de sus cabales, mientras los fantasmales ojos de la chica lo miraban con asombro.
Draco apoyó de frente contra la pared, comenzando a golpearla con frustración. Estaba hasta la coronilla de todo aquello, el trabajo de mortífagos tenía de glamour lo mismo que un dementor tenía de amoroso. Sabía que tenía que seguir, que era su obligación, que era lo que todos esperaban de él y aunque se convencía a si mismo de que era lo mejor, de que lo hacía por el bienestar de su madre y Astoria, necesitaba algo de apoyo, algo de compresión y no que lo estuvieran jodiendo a toda hora con las mismas necedades.
—No llores —murmuró finalmente la chica fantasmal, acercándose a Draco y pasando su mano por su hombro, causándole un escalofrío al chico.
—Solo quiero que me dejen en paz —sollozó—. Quiero que esto se detenga...
—Entonces detente —le intentó animar Myrtle—. Por ahí dicen que es mejor detenerse a tiempo, que seguir hasta que te caes y ya no te puedes levantar.
—No me puedo detener o nos van a matar a todos —sentenció, tragando saliva con dificultad e intentando tranquilarse, después de haberse desquitado con la pared hasta que sus nudillos le comenzaron a doler—. Solo puedo seguir y si caigo, al menos caeré solo, no con ellas por delante...
O-O-O
Astoria regresó a la sala común después de haber perdido la pista de Draco. Tampoco pretendía andar buscándolo y rogándole, aunque en gran parte fuera su culpa ese último mal entendido, todo aquello no estaría pasando si él le tuviera la confianza suficiente para hablar las cosas.
Pasó de largo por la sala al ver que no había nadie y que sus regalos tampoco estaban ahí, seguramente Paige o Daphne al final si los habían guardado al ver el tiradero que había dejado, o quizás habían sido los elfos, daba igual. Se dirigió al dormitorio de las chicas de cuarto y apenas entró se topó con la mirada verde aceituna de su mejor amiga, quien sostenía las zapatillas rojas que Cole le había regalado.
—¿Pasa algo? —preguntó Astoria.
—Discutí con Leo, por lo que hizo —confesó, encogiéndose de hombros como si no le importara, pero con un claro deje de tristeza en los ojos.
—Él no hizo nada, fui yo con mi bocota y Draco que es tan desconfiado, él debió entender a lo que me refería —masculló de mala gana, sentándose a un lado de su amiga pelirroja y apoyando la cabeza en su hombro.
—Igual él no debe de tomar partido y hacer todo lo posible para que tú andes con Cole —argumentó Paige, haciendo una mueca, al tiempo que apoyaba su cabeza contra la cabeza de la castaña.
—La verdad, ya no sé ni que pensar, Cole es maravilloso, pero amo a Draco, por más cabeza dura que sea —admitió la pequeña Greengrass, bajando el tono aún más su tono de voz, pues le dolía la garganta—. Pero, en fin —suspiró—, lo único que queda es seguir, no me dejaré caer de nuevo por él, suficiente tuve por dos años —declaró, quitándose las zapatillas rojas a su amiga.
—¡Astoria! —exclamó la pelirroja sin dar crédito—. No irás a bailar ahorita, ¿o sí? Necesitas descansar o te va a ocurrir algo.
—Algo me pasará si me detengo —contestó Astoria con determinación, arrugando su naricista mientras tomaba algunas cosas de su baúl para el ballet—. Prefiero caer a detenerme —sentenció, antes de salir de la habitación, dejando a Paige con la palabra en la boca.
Pese a la carta de Cole y la comparación con esa tal Victoria; la verdad prefería caer muerta de tanto bailar, que quedarse sentada admirando como su vida se caía en pedazos a su alrededor.
