Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 38.


La pre-cena en casa de los padres de InuYasha había sido magnífica. Después de aquella pequeña discusión de la tarde, parecía ser que su novio había cambiado completamente de parecer. Sonreía, conversaba con sus padres y con los de él, hablaba sobre lo emocionado y nervioso que estaba por la boda, y de lo mucho que la quería.

A pesar de lo corta que fue, debido al cansancio del viaje, todo había resultado una maravilla. Por un momento olvidó absolutamente todo lo malo; para ella solo existían su familia y su pareja.

Todo bien, hasta que esa noche, InuYasha se quedó a dormir en casa de sus padres y no con ella, nuevamente.

—No es muy delicado de mi parte hacia tus padres.

Bueno, tenía toda la razón. Esta vez sí que la tenía.

Con toda la tristeza del mundo se despidió de todos y se marchó a su departamento. Sus padres no podían parar de mencionar lo felices y orgullosos que estaban de ella y de su compromiso, que, al fin, después de tantos años, se había hecho realidad.

Esa noche no pudo dormir, como era de esperarse. Y le ponía de mal humor que, al parecer, InuYasha sí.

Para cuando amaneció, ella tenía tremendas ojeras. Algo ya no parecía estar tan bien desde ese momento.


—¿Qué vestido quieres que me ponga? —Inquirió, bastante desanimada. Ese día estaba más apagada y más triste que ningún otro en su existencia. Pero la vida tenía que seguir. Con o sin InuYasha.

Por otro lado, Sango jugueteaba lentamente con un lapicero del escrito de Kagome, que estaba en su habitación. Sentada muy cómodamente en aquel cojín morado enorme que era un sofá, en realidad.

—¿Crees que esté bien que Yura vaya al casamiento de InuYasha? A los dos. —Ignoró completamente la pregunta de su amiga y no dejó de mirar la pluma.

Kagome suspiró, recordando aquel siguiente y muy desagradable detalle. Se rascó la cabeza en un acto de desesperación.

—Ah, esa desgraciada mujer. —Tiró la ropa en armadores sobre la cama—. Tú no te preocupes, que te vas a casar con Miroku y además ella es la novia de Kōga. Novia que nos ha restregando muchas veces en la cara y a la que hay que obedecer, si es que pide algo. Se comporta como si le estuviera recompensando algo y apenas llevan un mes de relación.

Sango asintió, concordando con el comentario.

—Es como si le estuviera siendo infiel. —Supuso. Kagome se encogió de hombros y advirtió que no quería saber nada de ella—. Se está haciendo tarde, tenemos que arreglarnos ya. —Se levantó y caminó hasta la cama, observando las opciones—. Me gusta este vestido azul real. La falda es larga y tiene mangas tres cuartos. Además, como no tiene escote, puedes usar la cadena que te regalé en tu cumpleaños.

—¡Tienes razón! —Chilló—. Lo siento, aún no se había dado la ocasión de utilizarla.

Ambas echaron a reír.


Se tomó el último trago de vino, ante la mirada reprobatoria de su mejor amigo. La ansiedad lo estaba comiendo entero por dentro y no podía parar de pensar en lo que estaba a punto de hacer. No quería casarse con Kikyō, no quería casarse con nadie.

Pero ya era muy tarde para arrepentimientos.

—¿Estás bien?

—No. Es lo que menos estoy. No puedo estar bien y no quiero casarme. —Jadeaba, estaba completamente irritado y sentía mucho miedo. Hablaba rápido y se movía igual que un psicótico.

—Es lo mejor para ti y para Kagome. —Suspiró Miroku, tomando las llaves de su auto de sobre el mesón de la cocina—. Tú quieres a Kikyō, ¿no? ¿Por qué le propusiste matrimonio?

—Sí la quiero, Miroku. —Se sirvió más vino. Esa tal vez sí sería la última copa—. Pero siento que no lo suficiente para amarrarme a ella de esa manera. Pero lo que dices es verdad: es lo mejor para mí y para mi hermana.

—Vamos, entonces.


No podía creer lo que estaba pasando y mucho menos podía contener la risa —lo más discreta que pudo—. Su novio le apretó la mano para que se callara, porque los invitados la estaban viendo mal.

Al compromiso habían llegado bastante temprano. Todo bien. Bueno, eso hasta que confirmó que, efectivamente, Miroku y Sango estaban comprometidos. Él la observó con puro odio y ella le sonrió. Ya sabía perfectamente lo que haría y solo estaba dejando que su relación estuviese en el pico de la felicidad. Los iba a hacer mierda, se la iban a pagar muy caras.

Sin embargo, estaba de la mano de Kōga, de su novio. Había sido brutal, muy bueno en la cama, por lo que en esos momentos estaba tocando el cielo con los dedos. Todo le estaba saliendo de maravilla y no podía estar mejor. Se acostaba con quien quería, cuando quería y a la hora que se le daba la gana; compraba lo que deseaba e incluso tenía una mucama. Le había dicho a Kōga que la necesitaba y él no esperó nada para dársela. Además, solía pasar junto a Kagura mientras ella estaba fuera, así que eso la dejaba bastante tranquila. No se aburriría con ella y la dejaría en paz.

Era obvio que se atraían. Ella no era imbécil. Sin embargo, dudaba mucho que pasara algo entre ellos. Kōga y mucho menos Kagura le harían eso.

Nunca.

Volviendo al evento: estaban ya en el registro civil. Ella observaba fijamente a los novios, mientras el abogado hablaba y presentaba los documentos pertinentes.

Primero había firmado Kikyō. Le extendió el esferográfico a su prometido y él la tomó. Temblaba y era evidente.

—Eh… —carraspeó—, ¿tienen…tienen un baño?

Todos comenzaron a murmurar y Kikyō lo miró preocupada. Kagome tenía una expresión de horror en el rostro, como si supiera lo que estaba a punto de pasar.

—Sí, claro —anunció el abogado, mostrándole la dirección—, al fondo a la izquierda.

—InuYasha, ¿estás…?

—¡Lo siento!

Corrió lo más rápido que le dieron las piernas. A lo lejos se escuchó el sonido propio de las arcadas. No pasaron muchos segundos para que Hishā fuera tras de él.

—Con su permiso.

Muerta de la pena y de la preocupación llegó hasta el baño y tocó la puerta. Observó que todos desviaron la mirada y empezaron a hablar. InuYasha aún se oía vomitar. Sabía que algo así pasaría, después del aliento tan fuerte que tenía a vino. Desde la mañana sabía que eso no iba a estar bien.

Las lágrimas quisieron llegar a ella, pero no las dejó. Se acomodó el vestido color beige de mangas largas, con suaves encajes.

—Estoy bien. —Lo oyó decir, luego de un rato. Se escuchó la válvula del baño y casi salió inmediatamente, con las manos y el rostro mojados.

—Esto no tiene caso. —Lo miró directamente. Su voz ya se había quebrado y se estaba odiando por eso—. No puedo creer que esto esté pasando.

—Kikyō solo estoy muy nervioso —la tomó por los brazos, sintiéndose muy miserable. Ella no merecía toda esa mierda—. Por favor perdóname.

—¿Nervioso de qué? ¿De qué mierda tienes miedo? —Sentía enormes ganas de abofetearlo—. Estoy harta de que digas que estás nervioso, estoy harta de notar que no quieres hacer esto.

—Ahora me siento mejor. —Quería abrazarla, pero no podía, no se sentía digno siquiera.

—Si te pones así hoy, no quiero saber cómo estarás el día de nuestra boda. —Le quitó la mirada.

InuYasha observó cada rasgo de su novia y reconoció con creces lo hermosa que era. Pero esa belleza se le hacía insuficiente por la única razón de que no la amaba. No la amaba ni siquiera un poco. Estaba haciendo todo eso por la presión que generaba, por ella, por él y por Kagome. Por sus padres.

—Para ese día ya habré pasado todos los nervios.

—Te miro —sus pupilas brillaban— te miro y no hay amor en tus ojos.

La tumbó contra su pecho y la abrazó como nunca antes. Estaba decidido a hacerlo. Firmaría esos papeles en ese mismo instante, sin más titubeos. La tomó de la mano y caminó con ella hasta la sala. Tomó el esferográfico y firmó, claro y preciso.

—Acepto ser esposo de la mujer más increíble y hermosa que hay sobre la tierra.

Kagome agachó la mirada apenas oír aquello. La gente aplaudía y los padres de la novia lloraban de felicidad cuando se besaron. Todos rieron ante el gesto de Kikyō de pasarle una menta del escritorio, antes de sellar su primer matrimonio. A Kagome le saltaron las lágrimas y quiso esconderlas, pero en vano. A ella nunca le había dicho tan hermosas palabras. Él nunca decía esas palabras.

—¿Estás bien? —su amiga la tomó por el brazo, con la expresión preocupada—. ¿Por qué lloras?

La aludida se secó las lágrimas de manera discreta y suspiró. Regresó la vista a Sango y fingió una enorme sonrisa, mientras soltaba poco a poco a su hermano. Lo soltaba de su alma.

—De felicidad.

Continuará…


¿Está mal si digo que la escena del matrimonio civil es arte? JASJAK es que de verdad amé escribir cada palabra. No sé cómo describir lo mucho que lo disfruté. Además, quise darle un toque más «humano» a los personajes y más a InuYasha que estaba bajo tanta presión. Este capítulo es otro de mis favoritos y el que le sigue, todavía más. Se lleva el puesto número 1, de hecho.

En el próximo capítulo:

«—No me voy a casar.

—¡Oh, claro que vas a casarte! —Refutó Tōga, pensando en que su hijo estaba diciendo puras locuras—. Olvídate de esa idea.

—¡Tōga, nuestro hijo no ama a Kikyō! —Volvió a salir en defensa de su pequeño. El aludido soltó un suspiro, mordiéndose la lengua. No tenía que hablar de más».