[~Seline~]

Me asomé a la escalinata de Piscis que daba al Templo de Acuario y me senté en la mitad de las escaleras.

-¿Piensas quedarte ahí en mitad de Piscis y Acuario?- me preguntó Camus.

Su voz lo había antecedido. Se encontraba vestido con ropa casual de entrenamiento y tenía una cantimplora en su mano. Quizás acababa de llegar de entrenar. Exhalé y bajé hasta llegar cerca a él.

-¿Funcionó?- me preguntó.

-Sí, tenías razón- le dije. -Supongo que te debo las gracias, Caballero de Hielo- le dije con fingida cortesía, aunque mis gracias eran sinceras.

-Claro que la tengo- espetó con suficiencia.

Rodé los ojos y sonreí sin remedio. Caballeros orgullosos. Todos. Él se quitó la camisa frente a mí y me quedé paralizada mirándolo. Era bastante musculoso y estaba con el torso desnudo justo en frente de mí. Pareció no importarle, luego se pasó una toalla por los hombros y la cara. Yo seguía como una estatua observándolo.

-¿Y bien?- me sacó de mi estupor.

Reaccioné dando un pequeño brinco y me sonrojé de inmediato. Sentía el calor en mis mejillas. Él seguía quitándose las calentadoras.

-¿Y bien qué?- pregunté, algo aturdida.

-Selket y tú… Al menos pon atención, Seline- me regañó.

Él me miraba fijamente con sus ojos oscuros y penetrantes y yo sentía que mis piernas comenzaban a temblar. Era extraño.

-Ah, sí.. Todo está bien entre nosotras- le dije. -Bueno, sólo quería agradecerte por tus palabras ese día…

Tenía que salir de allí cuanto antes. Ya había hecho el ridículo lo suficiente. Un ruido en el pasillo nos hizo voltear a ambos. Era Hyoga con otros dos Saints. Caballeros de Bronce que no había conocido, pero que había visto la noche de la celebración.

-Maestro Cam...us- lo saludó el Cisne, arrepintiéndose de inmediato. -Seline, no sabía que estarías aquí.

-Ni yo- dije con una sonrisa fingida.

Él pareció mortificarse por un segundo de mi presencia y mi gesto, pero mantuvo el aplomo. Había ingresado al Templo de su maestro sin avisar y lo había encontrado a medio vestir con una aprendiza. Supongo que la imagen mental que se había hecho bastaba.

-Lo siento, ellos son Seiya de Pegaso y Shiryu de Dragón- los presentó. -Ella es Seline, la hermana menor de Milo.

Ambos se sorprendieron un poco, pero lo disimularon. Al menos el Dragón. Los saludé con una leve reverencia de cabeza y sonreí.

-Ella es una Marina de Poseidón- habló Camus. -Y aprendiza de Afrodita.

La cara del Pegaso era épica. No era muy bueno disimulando. Reí por lo bajo y asentí.

-Así que eres la aprendiza de Afrodita de Piscis. Ya conocimos la aprendiza de Milo… Es impresionante, por decir menos- dijo amablemente Shiryu.

-Selket es increíble, lo sé. ¿Qué harán luego?- les pregunté.

-Todavía estaremos unos días más en el Santuario- respondió Seiya con algo de desánimo.

-Tal vez quisieran entrenar un poco, las Marinas nos aburrimos muchísimo aquí- les dije con fingido drama.

-¿Hay más de una?- preguntó Seiya.

-Vengan a averiguarlo mañana en Cabo Sunion, tendremos una serie de combates interesantes. Dos Marinas y una Valkiria contra tres Santos de Bronce, ¿qué dicen?- los reté.

Ambos se miraron y luego miraron a Hyoga, quien estaba de brazos cruzados con los ojos cerrados. Suspiró pesadamente y asintió.

-Genial, los veo mañana- les dije con una sonrisa.

Antes de que pudieran reaccionar, otro par de pasos apurados resonaron en la Casa de Acuario.

-¿Están haciendo una fiesta o qué? Podrían haberme avisado- exclamó Selket, extrañada de vernos a todos aquí.

-No es ninguna fiesta- exclamó Camus, algo malhumorado.

Los tres Santos de Bronce salieron del Templo de Acuario y yo me quedé un momento más. Abracé a Selket, quien venía a hablar con Camus, y me fui, despidiéndome.

Los rayos del sol me dieron en la cara, cegándome, en cuanto salí del Templo de Acuario. Estaba por anochecer y había quedado con Lexie y Leyja en un rato. Selket estaba muy ocupada, partiría a su misión a primera hora mañana. Seguí bajando la Calzada y un pensamiento me asaltó de repente. Ahora que lo pensaba, Camus había puesto mi estatus como Marina por encima de mi lazo consanguíneo. Tal vez yo fuera para él más que la hermana de su mejor amigo.

[~Selket~]

Inhalar. Exhalar. Inhalar. Exhalar. Era lo único que pensaba en ese momento. Teníamos un viaje largo por delante. Me dolía el estómago de la ansiedad, pero comencé a contar las cuentas de la manilla que me había dado Ilse, precisamente para controlar la ansiedad. Mi Armadura estaba en su Caja de Pandora, camuflada como un morral de viajero, al igual que toda mi ropa. Mentalmente repasaba la conversación que había tenido con Camus la noche anterior. Había estado tan nerviosa que me había tomado media botella de ouzo yo sola y aún así seguía con la presión por las nubes. Camus, tan empático como siempre, se había limitado a beberse la otra mitad y a burlarse de mí por mis inseguridades.

Mi Cloth resonaba ansiosa, se había calmado un poco, aunque con ella no me podía descuidar. Estaba por partir del Santuario hacia tierras lejanas, pero cercanas a mi corazón. No sabía lo que iba a encontrar, pero estaba emocionada por descubrirlo.

-No hagas nada estúpido- me dijo Milo, llegando hasta mí.

Vestía casual, una camiseta sin mangas sencilla y pantalones de entrenamiento. El viento jugaba con su cabello y el sol iluminaba sus brillantes ojos azules.

-Alea iacta est- le respondí, mirándolo fijamente a los ojos.

Luego nos quedamos viendo el horizonte por un momento. Apreté su mano un momento y lo solté para caminar en círculos y sacudirme los nervios. Aitana y Raido llegaron casi al tiempo, listos para unirse a la misión. Tras de ellos venía Shura de Capricornio siendo sólo una silueta cornuda al fondo. Milo se despidió con una caricia en mi cabello y quedamos sólo los Santos de Plata y la Cabra.

-Orión, Lepus y Cerbero: ustedes han sido los elegidos para ser enviados por el Santuario a una misión de reconocimiento en el continente africano. Selket irá al mando, su lengua materna les será de ayuda al igual que su conocimiento de las costumbres y la geografía de los países árabes que conocerán. Es muy importante que no revelen su identidad por ningún motivo. En un principio se les indicó que su destino principalmente sería el Mar Rojo, pero la información más reciente los llevará primero al corazón de Egipto- nos indicó el Santo de Capricornio.

Continuó dándonos instrucciones por un largo rato. El mar a los lejos rompía con fuerza en el acantilado. Saldríamos del Santuario hacia la ciudad de Atenas para tomar un barco y cruzar el mar Mediterráneo, llegando a Egipto. El sol apenas comenzaba a despuntar entre las montañas.

-Una cosa más- nos indicó Shura. -Llegarán a Būr Saʻīd primero. Eviten cualquier confrontación y Selket, tendrán que seguir el protocolo Aitana y tú.

Shura se refería a nuestra condición como mujeres en un país musulmán. Tendríamos que usar velos cuando estuviéramos en público. Y seguir todas las instrucciones de cualquier hombre, sin chistar. Esa era la parte que le preocupaba a la Cabra. Yo no era muy buena para obedecer… ¿Cómo había vivido yo toda mi vida en esas condiciones y aún así tener los niveles de insolencia que me caracterizaban? Yo no había vivido en Egipto, sino en Kemet. Aunque el primero es el nombre actual oficial, Kemet, el antiguo Egipto, yace escondido a la vista de todos en un Templo ignoto. Yo conocía el idioma y las costumbres, pero jamás había pisado las ciudades egipcias como cualquier mortal.

-Aquí tienen documentos falsos, donde Raido será el tutor legal de Selket como esposa y Aitana será su hermana- nos entregó los pasaportes.

En Egipto las mujeres no pueden ir descubiertas enseñando el rostro. Tampoco podían andar libremente sin un tutor legal, como un kyrios. Como no teníamos padres, y necesitábamos uno, el puesto le correspondía al esposo, que tampoco había. Raido sería mi marido en el viaje y Aitana su hermana. Técnicamente, él estaría encargado de nosotras. Con suerte no tendríamos que cruzarnos con nadie más que para transportarnos. Yo le podía dictar exactamente a él todos sus diálogos en cuanto los necesitara, hablándole directamente a su Cosmos. Las ventajas de hablar telepáticamente.

Luego de un sermón interminable, nos fuimos a la ciudad principal de Atenas. Allí tomaríamos un ferry a la isla de Mykonos, haríamos trasbordo a un barco de carga y llegaríamos finalmente a Būr Saʻīd (Puerto Saíd). Shura nos había entregado un par de hijabs para usarlos en cuanto entráramos en territorio árabe.

Suspiré algo mareada. Habían pasado más de 6 horas desde Atenas a Mykonos y casi dieciocho desde allí a Būr Saʻīd. Había podido dormir un poco en este último trayecto, pero no dejaba de sentir una ansiedad terrible. Raido había estado en el mismo camarote todo el tiempo, ya que era mi cónyuge a los ojos del mundo. Aitana disfrutaba del espacio del otro para ella sola. Tal vez Shura hubiera considerado cambiarnos los papeles si se lo hubiera pedido.

-Gatáki, ¿puedo preguntarte algo?- le pregunté, mientras estábamos acostados en el camarote.

Él llevaba todo el tiempo aquí dentro estudiando mapas y diccionarios. Subió la mirada y asintió.

-¿Cómo se siente tu Armadura?- le pregunté.

-¿Qué?- preguntó, extrañado.

-Que cómo se siente vestir tu Cloth, a Cerbero- le expliqué.

-Ah, pues… no lo sé, supongo que igual que Orión, ¿no?- se aventuró a decir. -Están hechas de los mismos materiales.

Ahí supe de inmediato que Raido no podría entenderme jamás. No se trataba de los materiales o de si pesara por estar hecha de Polvo Estelar y Oricalco. Yo había supuesto que siendo su constelación guardiana el Can de Tres Cabezas que custodia la entrada al Inframundo, algo de temperamental tendría la Cloth.

-¿Por qué lo preguntas? ¿Sientes algo raro?- me preguntó.

-No, para nada- mentí. -No me hagas caso, sólo tenía curiosidad.

Le resté importancia con un gesto desenfadado y me volteé de costado en el camarote. Desde allí veía las dos Cajas de Pandora plateadas. No pude evitar pensar si mi nivel de infelicidad sería menor de haber ganado otra Cloth. Orión era poderosa, pero desgastante. Su orgullo constantemente nublaba mi juicio y eso me preocupaba. Evitaría usarla en este viaje. Cerré los ojos e intenté pensar en otra cosa que no fuera el incesante vaivén del oleaje meciendo el barco. Comenzaba a molestarme. Desperté un poco después, viendo que ya casi era hora de atracar en puerto. Me levanté y fui al camarote de al lado.

-Toma, ya casi llegamos- le extendí uno a mi compañera.

Lo tomó con desgano y se lo puso, ocultando completamente su cabello oscuro. Éstos, además de cubrir la cabeza y el pecho, tenían una discreta máscara para la boca, dejando sólo los ojos a la vista. En cierto modo, era como la Ley de Máscaras en el Santuario. Yo también me puse el mío. Sólo tendríamos que usarlos cuando estuviéramos en el exterior, en presencia de varones adultos que no sean de nuestra familia inmediata. Raido era mi esposo y su hermano, así que si sólo estábamos con él no habría problema alguno. Shura había hecho bien su tarea.

El plan era estar máximo una semana en Egipto, para luego recorrer la zona desértica y llegar a Sudán. De allí, partiríamos a Eritrea, llegando por último a la Isla Andrómeda en medio del océano Índico. Tendríamos un mes para completar el recorrido completamente, así que no habría mucho tiempo de hacer turismo. La idea era hacer reconocimiento de los lugares en los que se había presumido el uso de Cosmoenergía. Es decir, donde de alguna manera, había ocurrido algo medianamente inexplicable que se le pareciese. Teníamos dos registros en Egipto, uno en Sudán y Eritrea era la extensión de la Isla Andrómeda, así que lo que halláramos sería reportado al Campamento de allí.

El Cosmos es la energía del universo y puede estar en cualquier persona… técnicamente. Cualquiera puede nacer con la chispa del Cosmos en su interior, pero no cualquiera puede alimentarlo y dominarlo. Para eso entrenamos arduamente y para eso nos habían enviado a comprobar aquellas "noticias". Habían muchas supersticiones al respecto, ya que se atribuían a brujería y eventos sobrenaturales. En especial en países con un misticismo tan grande. Así que nuestro deber era visitar las aldeas que Shura muy amablemente había marcado en el mapa y comprobar si eran producto del Cosmos o no.

Atracamos en Būr Saʻīd al atardecer del siguiente día. Maquillé a Aitana con Khol, delineando sus ojos como los míos. Así pasaríamos desapercibidas y nadie recordaría siquiera nuestros rasgos. Raido iría a la cabeza, así que lo seguimos, evitando hacer contacto visual con cualquier persona. Le iba dictando palabra por palabra mentalmente todo lo que debía decir para abrirnos paso entre el puerto y nuestro primer destino: El Cairo.

-No podemos ir a pie, serían cuarenta horas a paso normal… y no podemos usar nuestra verdadera velocidad. Buscaremos un transporte que nos lleve, serían menos de tres horas de viaje- les comuniqué.

Debíamos estar en la capital, abastecernos y emprender hacia una de las aldeas de la lista. Luego de unas pocas horas en 4x4 por fin llegamos a la capital. Nos bajamos con cuidado y pagamos el trayecto. Era hora de comenzar el show. Agaché la cabeza y le indiqué paso a paso a Raido por dónde ir y qué decir. Aitana iba detrás de mí sin mirar a nadie. Entramos a un concurrido mercadillo donde me llené de los aromas que conocía muy bien: especias, incienso y comida deliciosa. Los pequeños puestos contenían grandes pailas con toda clase de hierbas como cardamomo, anís, comino y canela. Habían también toda clase de telas con bordados hermosos y, aquí sí tenía que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad, toda clase de dulces y preparaciones típicas de la comida egipcia y árabe. Compramos comida suficiente para dos semanas… y algunos dulces típicos. Nos quedamos un rato más para apreciar a la gente, ver sus costumbres, explorar un poco y parecer lo más normales posible. Era increíble lo mucho que cambiamos viviendo en el Santuario normalizando poderes sobrenaturales y a veces un trato infrahumano. Les indiqué por dónde ir y llegamos a la posada que habíamos reservado con anterioridad. Pasaríamos la noche y en la mañana partiríamos a nuestro siguiente destino, a dos horas de la capital, en medio de un desierto.

Wadi Al Rayan, un oasis en medio de una inmensa reserva natural que parecía un destino sacado de Las mil y una noches. Literalmente en un mar de arena, es un espacio natural con lagos y cascadas… en el desierto. Esta visita podría bien contar como vacaciones, pero Shura no se hubiera equivocado tanto. Aquí, en algún lugar que todavía desconocía, alguien había sido visto utilizando algún truco "cósmico". El problema sería encontrarlo, aquí sólo había turistas y animales silvestres, así que mi mejor apuesta era por algún asentamiento nómada.

Aquel día inspeccionaríamos la zona brevemente como turistas y luego, averiguaríamos un poco más de qué podríamos hacer. Con una inmensa extensión, este lugar no presentaba problema alguno para dejar nuestras caras al descubierto, así que lejos de El Cairo, nos deshicimos de la prenda y dejamos que el viento fresco nos devolviera el ánimo. Por un momento mi mente viajó al Santuario en Grecia. ¿Qué estarían haciendo los demás? Seline había quedado con Lexie y los Santos de Bronce para tener una serie de combates amistosos, así que al menos sabía que no estaría aburriéndose. Ojalá hubiera podido quedarme al menos un día para verlos y participar, pues Milo había interrumpido el que sería mi combate con el Pegaso el día que lo conocí. También me hubiera encantado combatir con el Dragón Shiryu, el aprendiz del maestro Dohko. Hubiera sido un combate súper interesante. A Hyoga ya lo había probado una que otra vez, aunque el Cisne parecía más interesado en cualquier otra cosa que no fuera pelear conmigo. Volví a la realidad tras parpadear un par de veces. Me quedé viendo el atardecer un rato y luego busqué a Raido y Aitana. Armamos un pequeño campamento con una tienda de tela que habíamos comprado en el mercado y dejamos el equipaje y la comida instalados. El agua no era un problema, pues las piscinas naturales eran bastante puras, aunque llevábamos pastillas purificadoras. Mañana comenzaríamos la búsqueda.

Los amaneceres en este paraíso egipcio eran espectaculares. Podría fácilmente quedarme horas y horas mirando el firmamento y la magia de este paraíso natural, pero había trabajo que hacer. Dos días y no habíamos encontrado ningún indicio de uso de Cosmoenergía o algo que remotamente se le pareciera. Al ser una reserva natural protegida, no es que hubiera una ciudad habitada en la cual buscar. Los demás, al igual que yo, comenzaban a impacientarse un poco. Era nuestra primera misión solos y no estábamos llegando a ninguna parte, parecíamos andar en círculos. Regresábamos al campamento con las manos vacías.

Estaba por anochecer, en aquel momento en el que la luz comienza a escasear y a dar paso al azul de la noche. La temperatura comienza a bajar y otro grupo de criaturas crepusculares comienzan a aparecer, luego de haberse refugiado del calor del día. Si bien, era un oasis y gozaba de hermosas y refrescantes fuentes de agua, no dejaba de estar en medio de un desierto. Era un paisaje hermoso, entre dunas de arena y manantiales de agua sulfurosa. Raido y Aitana disfrutaban de un momento estirando los pies en la arena y apreciando el cielo sin nubes. Un sonido agudo rompió el silencio. Era un aullido agudo que yo conocía muy bien. Sonreí al reconocerlo, hacía años no lo escuchaba: Un zorro del desierto o fénec.

Estos pequeños cánidos de grandes orejas y extraordinario sentido del oído habitan las zonas desérticas de Egipto y en general el norte de África. Yo solía usarlos de referencia cuando podía salir a ver las estrellas en las noches, pues tenía estrictamente prohibido salir del Templo de día o tener contacto con cualquiera fuera de allí. Así que estos pequeños amiguitos que aullaban alegres en cuanto se escondía el sol eran la campanada que me alertaba. Me quedé recordando aquellas noches interminables que pasaba recostada en la tibia arena mientras veía el cielo ennegrecido lleno de los dibujos que trazaban las estrellas. Siempre me había fascinado. Un aullido ligeramente diferente me puso en guardia. Era casi idéntico, pero algo no me convencía. Yo había pasado toda mi vida escuchándolos como para distinguirlos a la perfección. Me levanté y con sigilo e inspeccioné los alrededores, que no eran más que marañas secas, arena y rocas. Quizás había sido mi ansiedad jugándome una mala pasada, así que decidí olvidar el asunto. Seguimos revisando el itinerario, pues según lo que Shura había marcado, estábamos justo donde la gran X indicaba, pero no habíamos visto ninguna población cercana asentada. Todo se trataba de turistas que venían a conocer las cascadas y las dunas de arena. Fruncí el ceño molesta y dejé el mapa en un rincón de la tienda que habíamos levantado. Fui por algo de té negro frío y cuando volví no encontré el mapa. Juraba que lo había dejado allí, pero podría haber sido un despiste. Dejé el té y fui a donde estaban Raido y Aitana, aparentemente discutiendo.

-¿Qué pasa?- les pregunté.

-Raido se acabó todas las Halawa- dijo Aitana, molesta.

Eran unos turrones de cacao y pistacho que habíamos conseguido en El Cairo, poco antes de venir aquí. Habíamos comprado una cantidad suficiente para que nos duraran al menos dos semanas. Suspiré y lo miré con reproche.

-Yo no fui- se defendió. -Selket, en serio.

-Bueno, alguien tuvo que haber sido…- volteé los ojos. -Resuélvanlo ustedes, no hay más dinero ni un lugar cercano donde comprarlos.

Exhalé fastidiada y recordé a qué había ido en primer lugar.

-Oigan, ¿alguno cogió el mapa? Lo acababa de dejar en la silla y no lo encuentro- les pregunté.

Ambos negaron, extrañados. No tenía ánimos de discutir más, así que entré de nuevo a la tienda. Fui por mi té pero tampoco estaba. Ok, ahora sí era extraño y no una coincidencia. Algo o alguien que no era ninguno de nosotros tres estaba jugando con nuestras cosas. Miré a mi alrededor en busca de huellas o indicios de cualquier tipo, quizás era algún animalito curioso. Salí de la tienda y observé cómo la noche cobijaba todo el oasis. Cerré los ojos y me concentré en escuchar atentamente todo a mi alrededor. Sentía los movimientos de las lagartijas en la arena , los aullidos lejanos de los zorros y el suave arrastre de las víboras. Oí algo más, algo diferente. Abrí los ojos de golpe en la dirección de la cual venía el sonido y utilicé mi Restricción. Fui directo a ver qué había capturado con mi trampa mental y me llevé una gran sorpresa.

Yo lo miraba y él a mí, ninguno de los dos nos movíamos, aunque él no precisamente por voluntad.

-Tienes algo que me pertenece, ¿no?- me refería al mapa que había perdido.

Aflojé un poco mi control mental y voilá: el mapa apareció, cayendo de su ropa. Seguía sin decir nada, aunque intentaba de vez en cuando hacer algún movimiento brusco con el ánimo de zafarse, aunque era inútil.

-Podemos quedarnos así toda la noche- le dije con tono de burla. -O puedes decirme quién eres y por qué robaste nuestras cosas.

Intentó patalear un poco, pero no deshice mi dominio sobre él. Luego de casi una hora por fin se rindió, quedándose quieto y mirándome fijamente. Bajé los hombros y suspiré.

-Mi nombre es Selket- le dije en árabe egipcio. -No te haré daño.

Seguía sin decir nada, temeroso. Suspiré y decidí hablarle en "su idioma", así que hice mi mejor imitación de un zorro del desierto. Su cara se iluminó un segundo con bastante sorpresa. Reí y él sonrió tímidamente. Su nombre era Fanak y era una especie de niño feral.

Bueno, no realmente feral. No había sido criado por zorros del desierto, precisamente. Era un chiquillo de unos 8 años, como Kiki cuando lo conocí. Había quedado huérfano y vivía desde entonces en este oasis solo… o con todas las criaturas de la naturaleza. Al poco tiempo comenzó a sentirse cómodo conmigo, hasta casi ignorarme. Yo me quedé cerca sin quitarle el ojo de encima. Se comportaba como un zorro: siempre alerta, aguzando el oído y guiándose por su olfato. De pronto algo captó su atención, quizás un olor o sonido que escapaba a mis sentidos, y entonces lo vi. Una pequeña llama de Cosmos lo rodeaba, acentuándose en sus palmas. Quizás él no lo notaba por estar tan concentrado, pero yo sí lo percibía. De él emanaba una suave e incipiente fuerza sobrenatural. Él era aquel a quien el Santuario buscaba. Yo lo miraba fascinada, tan libre, tan inocente…

-¡Selket!- oí el grito de Raido llamándome.

De inmediato Fanak se puso en guardia y se escondió. No quise perseguirlo para no espantarlo. Suspiré vencida y le contesté a Raido vía Cosmos. En unos segundos llegó hasta donde estaba.

-¿Qué haces aquí?- preguntó extrañado al ver solamente un arenal a su alrededor.

-Nada- le dije. -Disfrutando la paz y la vista. Regresemos.

No quería contarles hasta no estar segura de lo que debería hacer. Entré en la tienda con el mapa en la mano y Aitana nos recibió con una de sus preparaciones. Al verme, bajó la vista hasta mi mano y señaló.

-¿No era ese el mapa que buscabas? ¿Dónde lo hallaste?- me preguntó.

-Ah, lo había dejado afuera. Fue un descuido muy tonto, lo siento- me excusé.

Nos sentamos a comer y luego me acosté en una de las camas que habíamos improvisado. En realidad sólo eran sábanas sobre la arena a modo de cama, pero funcionaba y no nos incomodábamos con exceso de equipaje. En toda la noche no pude dejar de pensar en él. Me era imposible no encontrar las similitudes conmigo. Y las grandes diferencias. Él tan libre, yo tan… Lo que fuera que era. Él no necesitaba escabullirse para salir, lo necesitaba para que no lo encerraran. No quería que notaran ningún cambio en mí, así que me volteé y fingí estar dormida. Fue solo hasta que oí el aullido que necesitaba confirmar que realmente logré conciliar el sueño.

Desperté al amanecer, justo al filo del crepúsculo. Los otros dos todavía dormían profundamente cuando salí de la tienda. Era una vista increíble. Las cascadas a lo lejos brillaban con los primeros rayos del sol y la temperatura comenzaba a subir hasta unos frescos casi treinta grados centígrados. Me escabullí y aullé. A los pocos minutos estaba a mi lado.

-Fanak, ¿estás bien aquí?- le pregunté sin rodeos.

Hablar con otras personas no era lo suyo, pero sí se comunicaba sin problemas con su mirada. Podía hablar y expresarse normalmente, pero se notaba que prefería dejar las palabras a un lado. Asintió. Sonreí y me senté. Le indiqué que hiciera lo mismo a mi lado y, para mi total sorpresa, lo hizo.

-Quiero mostrarte algo- le dije.

Encendí suavemente mi Cosmos y lo concentré en la palma de mi mano. Él se quedó mirando estupefacto. Acerqué mi mano y se movió de inmediato, pero luego se relajó un poco. Lo envolví con mi Cosmos tal y como me había enseñado Mu, dándole una sensación cálida y reconfortante. Luego lo miré con seriedad.

-He venido hasta aquí buscándote, Fanak- le dije. -Tú tienes esto. Esta energía se manifiesta en ti y puedo llevarte a un lugar donde podrás aprender a utilizarla… Pero sólo lo haré si tú quieres- le dije, con suavidad.

Él se miró las manos y comprendió lo que le estaba diciendo. Por qué él era diferente.

-¿Eres feliz aquí?- le pregunté como última cosa.

Asintió y yo tomé una decisión. Me despedí de él, pero me aseguré de darle unas indicaciones muy claras si alguna vez cambiaba de opinión o necesitaba ayuda. Le enseñé cómo encontrar a Kemet, cómo buscar el que había sido mi hogar. Regresé al campamento, pero antes de llegar me encontré con alguien inesperadamente.

-Selket- me tomó del brazo, deteniéndome. -Sabes que tenemos que llevarlo a la Isla Andrómeda.

No sabía que estaba siendo observada, pues había escondido su Cosmos y aparentemente había oído todo. Lo miré con impotencia y frustración.

-No- le dije, negando con la cabeza vehemente. -No puedo hacerle eso, Raido. No… No sabes cómo es eso.

-¿Qué piensas decirle a Shura cuando lleguemos?- me recriminó.

La verdad no había pensado exactamente en esa parte, pero podría vivir con las consecuencias. Tragué en seco y exhalé, chasqueando la lengua.

-No lo sé…- le confesé. -Pero eso no me hará cambiar de opinión. Yo estoy a cargo de la misión, finge no saber al respecto y todo estará bien.

Dije, dando por terminada la discusión. Raido no quiso ahondar y asintió, dándome una mirada reprobatoria, pero sumisa. Nos devolvimos al campamento y dejamos a nuestra compañera en total ignorancia. Fue un acuerdo tácito entre los dos.

-Tana- la llamé, cariñosamente. -Raido y yo hemos encontrado un indicio, quédate aquí mientras exploramos, ¿sí?

-Oh, está bien- dijo sin ningún tono de reproche en su voz.

Miré a Raido y ambos salimos de la tienda luego de empacar una mochila con algunas provisiones para el día.

-¿A dónde iremos realmente?- me preguntó cuando estuvimos suficientemente lejos.

-Supongo que a dar un paseo- le dije sin más.

Me siguió sin chistar y recorrimos los lagos caminando en silencio. Era incómodo, yo siempre había tenido una muy buena relación con Raido. Incluso habíamos vivido juntos en el Templo de Leo cuando fui a entrenar un mes con Aioria. Sabía perfectamente que tenía razón en estar molesto y en desacuerdo, pero no quería contarle de dónde venía yo, incluso si eso significaba perder la oportunidad de que entendiera mi posición.

Fuimos a la cascada y allí pasamos el resto de la tarde. No hablamos nada, no nos movimos de allí. Solo nos quedamos matando las horas. Luego regresamos con las noticias que ya se esperaban: no habíamos encontrado nada. El siguiente destino era una ciudad a unas escasas dos horas y media del oasis, pero solo sería para cambiar de medio de transporte, pues el verdadero siguiente destino estaba muchísimo más lejos. Partiríamos en la mañana.

Llegamos a la ciudad de Qism Bani Sweif, a la ribera occidental del Nilo, donde tomaríamos una ruta de más de treinta horas de viaje, haciendo trasbordo en Aswan hacia Wadi Halfa a un barco para bajar por todo el cauce del río cruzando todo el Lago Nasser. Allí entraríamos en territorio sudanés.

En Bani Sweif la temperatura en el día era una constante de cuarenta y dos grados centígrados, pudiendo subir hasta los cuarenta y siete. Era agotador permanecer en el exterior en condiciones desérticas y expuestos a la deshidratación. La mayor parte del día nos la pasábamos dentro de la posada revisando información y planeando el resto del viaje. tres semanas y tres destinos. Era una misión importante y teníamos que tener muy claro todos nuestros pasos. Fuimos en la mañana del otro día a rentar el transporte que nos llevaría día y medio por la mitad de Egipto hasta llegar a Sudán. Cuando terminé de coordinar todo con Raido y el mercader, Aitana sugirió ir a la ribera del río a refrescarnos. Los acompañé, pero no quise arriesgarme a que me cayera una sola gota. Alegué dolor de cabeza y me excusé a la sombra del Jeep que nos llevaría. Ellos me miraron extrañados, pero siguieron en lo suyo. Al poco tiempo partimos.

Luego de horas y horas de carretera, tendríamos que cambiar de transporte por un barco. El puerto de Aswan era muy bonito y, para mi mayor alivio, el barco zarparía en unas pocas horas. Mi mente estuvo en otro lado todo el tiempo. Fanak no había salido de mis pensamientos desde que lo había conocido. Al menos sentía que estaba haciendo lo correcto y que le había dado la información que lo ayudaría en caso de necesitarla. Seguiría siendo libre. También pensé en Milo, en Seline, Camus… todos a quienes apreciaba y consideraba como mi familia. Llevaba casi dos semanas sin verlos y los extrañaba.

-Tendremos que hacer una parada en una de las cataratas- anunció el capitán del barco, luego de unas cuantas horas de viaje.

-Disculpe, ¿nos detendremos en Nubia?- pregunté.

El hombre me miró con disgusto y luego miró a Raido. Intenté no voltear los ojos de la ira. No me iba a contestar por ser mujer.

"Raido, pregúntale dónde nos detendremos, por favor… Antes de que lo mate"

Hizo lo que le pedí, recitando palabra por palabra lo que yo le decía.

-Tengo que reabastecerme y cargar una mercancía. No se preocupen, hay un sitio turístico bastante cerca. Pueden pasar el día y seguiremos en la noche- anunció para todos, aunque sólo decidía contar la presencia de Raido.

Así que después de todo volvería a Tai-Seiti, como se conocía Nubia en el antiguo Kemet. No me entusiasmaba mucho la idea, pero no podía hacer nada. Sería sólo un día y luego cruzaríamos hasta Sudán. Desembarcamos y mis dos acompañantes estaban rebosantes de energía y ganas de explorar, mientras yo deseaba quedarme en el barco de haber sido posible. Prácticamente me bajé a regañadientes.

-Oye, Selket, ¿te pasa algo?- me preguntó Aitana algo preocupada.

-No, no es nada. Sólo quiero llegar a Sudán lo más rápido posible- le dije.

-Extrañas el Santuario y a Milo…- me fastidió Raido.

-Ay, por favor- bufé. -Sólo estoy harta de dormir contigo… Roncas como un león.

Ambos se miraron y echaron a reír.

-¿Crees que esa es la manera de hablarle a tu esposo?- fingió dignidad.

-Ya quisieras, Cachorro de León- le dí un codazo.

Seguimos caminando y yo me quedé un poco callada pensando. Esto, todo alrededor, eran antiguos templos egipcios. Trescientos kilómetros de separación de su lugar inicial debido a la inundación de la presa de Aswan. Sin embargo, todo el lugar era sacro. Cerca al lugar original quedan las grandes canteras de piedra de roca granítica llamada Sienita.

Ahora era yo la que se quedaba un poco atrás, mientras ellos exploraban felices como pequeños descubriendo el mundo.

-Selket, el capitán mencionó algo llamado los Monumentos de Nubia, ¿podemos ir?- me preguntó Aiitana, con cara de perrito.

Iba a contestarle un "no" rotundo, pero lo pensé mejor. Sólo porque yo no quería ir no tendría por qué quitarles una oportunidad única en sus vidas. Podría esperarlos aquí sin problema. Asentí.

-No me siento muy bien- les dije. -Me quedaré aquí y les avisaré cuando el barco esté listo para zarpar, pero no se queden toda la tarde.

Sus caras se iluminaron y partieron, dejándome atrás. Bueno, yo daría un tranquilo paseo no muy lejos también. Caminé hasta perderme un poco en el camino habitual, quedando lejos de la vista de los habitantes locales. Me agaché y cogí un puñado de aquella piedra pulverizada, sintiéndola en mis manos. Jamás olvidaría qué se sentía jugar con restos de Sienita. Sonreí y miré al cielo. El sol brillaba con menor intensidad, dando paso al final de la tarde. Habían pasado unas horas y Raido y Aitana deberían estar por llegar. Decidí devolverme, así que comencé a caminar sin mucho afán.

Volteé abruptamente. Había sentido como si alguien me llamara, aunque no había oído nada. Pero lo había sentido. O imaginado. Quizás era la deshidratación, pues no había llevado mi cantimplora conmigo. Decidí ignorarlo y seguí, pero la sensación de ser atraída por algo hacía que me cuestionara mi cordura cada dos segundos. ¿Cómo iba a explicar que sentía una imperiosa necesidad de seguir algo que no podía describir? No era una voz en mi cabeza. Era una voluntad. O locura, no sabría yo decirlo. Quería seguir no sé qué a no sé dónde. Comenzaba a sentirme intranquila y luchaba por no encender mi Cosmos como si fuera un gatito asustado. Comencé a repasar mentalmente el itinerario con el fin de distraerme y eché a correr sin mirar atrás. Luego de minutos interminables, llegué con el aliento cortado al puerto. Aitana y Raido ya se encontraban allí y me miraban perplejos. Hice un gesto con la mano para restarle importancia y pedí que me pasaran una cantimplora. Bebí como si no hubiera probado una gota en días y recuperé la compostura.

Al rato abordamos la nave de nuevo y la sensación fue desapareciendo. Tenía sueño, pero no quería dormir. No me sentía segura, aunque sabía que era una mala jugada de mi mente. Estuve en vela toda la noche y al amanecer atracamos en nuestro siguiente destino.

Wadi Halfa es una pequeña ciudad con relativamente pocos habitantes. Allí revisaríamos el segundo caso reportado y luego seguiríamos hacia Eritrea. Sudán era una parada relativamente corta, ya que los reportes estaban demasiado cerca de la frontera con Egipto, separados por las costas del lago Nassar.

Luego de asentarnos y descansar un poco, iríamos a recorrer la ciudad en busca de aquel individuo con presunto Cosmos. Según el reporte de la Cabrita, se trataba de magia, que es como casi siempre describen el uso de Cosmoenergía. Alguien estaba usándola para impresionar a las personas y ganar algo de dinero, así que el asunto podría ser algo problemático. Anduvimos con cuidado por los diferentes mercados hasta que dimos con él.

Un niño de unos once años de ojos muy negros y piel trigueña. Su ropa estaba bastante gastada y no se veía en muy buenas condiciones. Lo observamos desde lejos y Raido fue el elegido para acercarse. Aitana y yo nos quedamos en un puesto de artesanías más atrás, pero vigilantes.

"¿Y bien?¿Sientes su Cosmos?"

Negó levemente con la cabeza.

"¿Qué? ¿Estás seguro?"

"Es un simple truco, tiene algo de mirra y resinas inflamables. Las activa incinerándolas con fricción y algún catalizador untado en sus manos"

"Pero Shura…"

"Es un truco de prestidigitación muy viejo, Selket. La información de Capricornio era imprecisa y basada en suposiciones vagas"

"Vaya, qué decepción"

"¿Quieres que le dé una lección para que deje de estafar a los visitantes?"

"No… Podríamos exponernos nosotros. Déjalo, ya está"

Raido volvió con nosotras y, luego de comprar algunos víveres más, regresamos a la posada.

-No puedo creer que viajamos hasta acá para esto- exclamé molesta, tirándome en la cama.

Raido me miró y se encogió de hombros, divertido.

-Bueno, es nuestra primera misión… Algo aburrida si me lo preguntas, pero es mejor que meternos en problemas- me dijo, sentándose en el borde de la cama.

Era una decepción total que el Santuario hubiera recibido información tan imprecisa. Un truco barato de prestidigitación que no me impresionaba para nada, aunque era un alivio en cierto sentido para mí, desmentir el segundo y último registro en Egipto. Seguramente Shura no estaría brincando de la emoción cuando le reportara esto, pero no era mi culpa. Tendría que tener mejores informantes la próxima vez.

Suspiré largamente y abracé la almohada. Raido se levantó y comenzó a empacar lo poco que había fuera.

-¿Qué haces?- le pregunté.

-Bueno, ya no hay nada más que hacer aquí, ¿no? Sólo nos queda cruzar el lago hasta llegar a Sudán y continuar la misión. Nos ahorraremos un par de días- señaló.

Tenía razón, claro. Yo no esperaba que el asunto en Wadi Halfa terminara tan pronto, pero así eran las cosas. Sólo habría que llegar a Sudán y luego a la Isla Andrómeda. Sería cuestión de una o dos semanas más y luego podríamos regresar al Santuario. Me relajé y me dejé llevar por el sueño. Por fin volvíamos a tener una cama cómoda.

Me levanté muy temprano y me relajé, era el último día en Sudán, partiendo en mitad de la noche hacia Eritrea, al este. Dimos una vuelta por el mercado, nos abastecimos y regresamos a empacar el resto y esperar a que cayera la noche. Caminamos bastante bajo las estrellas. Estábamos cerca de Meroe, si no estaba mal.

-Creo que estamos perdidos o a punto de estarlo- se quejó Raido.

Comenzaba a apreciar más a Aitana, más callada y oportuna.

-No nos perderemos siempre que estemos cerca del Nilo- le dije, confiada.

-¿Cómo estás tan segura?- me recriminó a modo de pregunta Raido.

-El Nilo conduce siempre al hogar- le dije a Raido con una sonrisa.

Pronto llegaríamos a Eritrea y podríamos dar por terminada la misión. Sin penas ni glorias. Habiendo desmitificado los rumores y volviendo con información de la situación actual de los países árabes en los que habíamos estado. Shura podría actualizarse en sus estudios demográficos y de politología. La noche estaba fresca y calmada. Muy al este divisamos unas pequeñas luces en medio del desierto. No eran nómadas.

-¿Aquello es un campamento?- preguntó Aitana en voz baja.

-Nada bueno debe haber allí. Probablemente sean contrabandistas y traficantes de armas- le dije, examinando la situación a lo lejos. -Vámonos.

-¿No vamos a hacer nada?- preguntó Raido.

-¿Quieres encender tu Cosmos y pulverizar el campamento? Adelante- le dije con sorna.

A mí tampoco me gustaba la idea, pero no íbamos a resolver los problemas del mundo yendo por ahí calcinando gente a diestra y siniestra. Shura había sido claro respecto al uso de nuestros poderes y la visibilidad de nuestras identidades. Estaba por ordenar la retirada cuando sentí un débil Cosmos proveniente de allí.

-¿Sintieron eso?- pregunté, insegura.

-¿Es un Cosmos?- Aitana dio un respingo.

-Débil, pero definitivamente se siente como Cosmoenergía- le aseguré.

Tal vez era ese el registro que no habíamos podido encontrar precisamente porque estarían cambiando de ubicación constantemente. ¿Sería el Cosmos de alguno de aquellos hombres? Podríamos desencadenar un enfrentamiento y no sabíamos nada sobre ellos. Había que averiguar primero.

-¿Ahora sí vamos a intervenir?- preguntó Raido, poniéndose en guardia.

-No. Primero investigaremos de qué se trata- le dije con pesadez.

Me moví con sigilo como un tigre entre el pasto alto y llegué lo suficientemente cerca para ver la situación en aquella tienda improvisada. Les daría instrucciones hablándoles a sus Cosmos, una vez supiera de quién era el que había detectado. La escena estaba iluminada débilmente por lámparas de parafina, apenas un leve resplandor alcanzaba a salir de allí. La noche estaba negra, la luna nueva y la ausencia de luces cercanas hacía que todo se sumiera en la más profunda oscuridad. Raido estaba detrás de mí, muy cerca, mientras Aitana estaba casi al frente, cubriendo el otro flanco. Hombres armados hasta los dientes con cuchillos y otro tipo de armas, daban vueltas de aquí para allá dentro de la tienda. Lucían como típicos contrabandistas, algo que tendríamos que obviar por el bien de la misión. Había dejado de percibir el débil Cosmos. Quizás sólo era uno de ellos, ya adulto e inservible, pues nunca desarrolló la habilidad y ahora era el equivalente a una caja de fósforos mojada. Inútil. Estaba por devolverme cuando oí la voz de una niña dentro. Mi respiración se detuvo y agucé el oído lo más que pude para confirmarlo. Aquel timbre era de una niña de unos seis años. Mi corazón comenzó a agitarse y apreté los puños. Miré a Raido y estaba igual de ansioso que yo, pero conteniéndose. Seguía habiendo conversaciones ininteligibles de hombres allí dentro, pero seguía sin sentir rastros de Cosmos desde hacía un rato. Si no hubiera sido porque ellos dos también lo habían sentido, hubiera creído que había sido mi imaginación. Estaba por darme por vencida cuando sentí un golpe seco, y el llanto de una niña. Alguien vociferaba contra ella y luego otra voz, también de una pequeña. Me puse en guardia y observé con atención. Eran dos pequeñas de unos seis y siete años que estaban llorando y gritando mientras un hombre corpulento amenazaba con ponerles la mano. La que lucía un poco mayor protegía a la otra con su pequeño cuerpo. Entonces de su pequeño puño emergió una débil luz que nadie más pudo percibir. Aquel Cosmos que había sentido provenía de la pequeña y no de alguno de los hombres. Abrí los ojos como platos y me preparé para intervenir.

-¿Qué pasó con eso de no hacer nada?- me dijo Raido en susurros, mientras yo me movía sigilosamente hacia allá.

-¿Lo sentiste, ¿no? El Cosmos proviene de una de las pequeñas. Tenemos que quitárselas- le dije. En plural.

-¿Y la otra?- se refería a la más pequeña, sin Cosmoenergía.

La orden era sólo intervenir y llevar a aquellos que demostraran poseer Cosmos. Sus familias, amigos y demás quedarían atrás, sin saber jamás qué sería de ellos. Pero yo no podía salvar una y dejar la otra a su suerte… sobre todo con esa clase de suerte.

-Bueno, yo estoy a cargo de la misión, ¿no? Pues, no pienso dejar un par de niñas en manos de esos asquerosos hombres. Quédate y vigila que nadie venga- le espeté.

Me cubrí con el velo dejando sólo mis ojos al descubierto. Estaba muy cerca, escondida entre las sombras.

"Raido, necesito que Aitana y tú creen una distracción detrás de la tienda. Hagan algún ruido, algo que haga que los hombres se alejen de las niñas"

Él asintió de inmediato y llegó con Lepus, creando la distracción al fondo. Aquellos hombres se pusieron en alerta inmediatamente, dejando a las pequeñas sin supervisión. Esa sería mi oportunidad para acercarme a ellas y llevármelas a toda velocidad.

-Niñas- dije en voz baja. Ambas me miraron incrédulas. -Vengan conmigo, las protegeré.

Sin pensarlo vinieron hacia mí y me abrazaron. No me lo esperaba, pero tenía que sacarlas de allí mismo cuanto antes. Volteé con ellas a dirigirlas hacia el exterior cuando un par de brazos me atraparon. Caí de espaldas, pero me volteé de inmediato. Uno de ellos había vuelto la vista justo cuando las chiquillas habían corrido hacia mí.

-Una intrusa- masculló, reteniéndome.

No podía encender mi Cosmos ni atacarlo con alguna técnica en frente de todos. Afortunadamente seguían distraídos atrás buscando los demás intrusos. Puso su mano en mi cuello y algo dentro de mí estalló como una chispa. Encendí abruptamente mi Cosmos y lo envolví en una llamarada azul, convirtiéndolo una antorcha humana. Descargué toda mi energía en él, hasta que me soltó y cayó al suelo prácticamente calcinado. Lo había quemado con mi descarga, dejándolo amoratado y lleno de ampollas. La pequeña explosión alertó a los otros, quienes voltearon, pero yo me escabullí en un segundo. Un rayo cayó sobre la tienda, encendiéndola. Todo era ahora confuso, solo podía verlos huir despavoridos y yo seguía aturdida, con un pitido en el oído. Un par de manos me jalaron de las axilas y luché por zafarme con las uñas, pero la voz me hizo detener.

-Selket, soy yo- Raido acababa de salvarme. -¡Cuidado con las uñas!

Volteé y exhalé tranquila. Lo abracé y luego miré alrededor buscando las niñas. Aitana estaba unos metros más allá cubriéndolas con sus brazos. Los demás hombres se habían perdido el espectáculo de su compañero freído vivo, pero así era mejor. Raido había lanzado un rayo contra la tienda, creando ahora la chispa que había encendido el fuego que consumía todo el pequeño campamento clandestino. Parecería un infortunado efecto de la naturaleza, tal como cuando Aioria y yo entrenábamos aprovechando la tormenta.

Me puse de pie y les indiqué por dónde seguir, mientras me aseguraba que no nos siguieran. Cuando encontramos un lugar seguro para pasar el resto de la noche, confronté a las pequeñas, quienes habían estado en total silencio todo el tiempo. Raido encendió una pequeña hoguera, pues las noches solían ser bastante frías. Aitana estaba sentada con una niña a cada lado. Yo me quedé frente a ellos viendo el fuego chispeante.

-Están a salvo- les dije en árabe, la única lengua que conocían.

No sabía qué decirles o qué hacer con ellas luego. No había pensado nada de eso, había actuado siguiendo mis instintos protectores y ya. De no ser por Raido y Aitana… estaría en bastantes problemas. Nadie decía nada. Yo tampoco estaba de ánimos para charlar, pero no sabía qué hacer.

-¿Cuáles son sus nombres?- les pregunté.

Callaban, inseguras. No las culpaba, habían visto bastante violencia y yo había matado un hombre frente a sus ojos. El Patriarca me colgaría de una estaca en Cabo Sunión en cuanto se enterara.

-Maya. Mi nombre es Tamaya. Esta es mi hermana Nabra- dijo la mayor.

Ambos eran nombres nubios, así que su hogar probablemente no estaría muy lejos. Quizás… No. No podía pensar en desobedecer dos veces al Santuario en una misma misión, pero el pensar en separarlas y llevarme solo a Maya…

-¿Qué hacían con esos hombres?- necesitaba respuestas para saber qué hacer con ellas.

-Nos compraron- me dijo.

Cerré los ojos sin poder asimilar lo que acababa de decirme. Eran unas niñas pequeñas e indefensas, ¿cómo alguien podía hacerle eso a alguien? Me llené de rabia e impotencia. Si lo hubiera sabido antes, los hubiera asesinado a todos en vez de dejarlos escapar. No podían volver a su "hogar", pues habían sido vendidas. Lo harían seguramente de nuevo de tener la oportunidad. Apreté los puños. De repente me vi a mí misma de esa edad, tan inocente, corriendo por el gran Templo. A pesar de estar a salvo allá, no había podido tener amigos o una vida normal. Yo no conocía realmente Egipto. Conocía sólo el ocultismo en su tierra, pero no había vivido en ella. Suspiré con pesadez y saqué de mi mochila algunas barras de granola natural que había comprado en el mercado antes de partir. Les ofrecí a todos una y comimos en silencio. Les di otras dos a las chiquillas, quienes las recibieron gustosas. De repente yo no tenía hambre. Aquellas chiquillas habían sido víctimas de tráfico, vendidas como mercancía, despojadas de su humanidad antes de poder pensar siquiera por sí mismas. Yo tampoco había tenido elección, aunque jamás me faltó nada.

Le pedí a Aitana que se encargara de ellas vía Cosmos. Las entró a la tienda que armamos como base y yo me quedé con Raido frente a la hoguera.

-Siento los rasguños- le dije, al tiempo que encendía mi Cosmos suavemente para aliviar el escozor.

-No es nada, ya sabía que encontraría alguna alimaña por aquí- me dijo con algo de humor.

Sonreí con desgano y lo abracé.

-Gátaki- le dije.

Así le decía cariñosamente, especialmente cuando quería su consejo. Él me miró esperando lo que fuera que le iba a decir. Seguramente ya sabía por dónde iba la cosa.

-Llevaré a ambas niñas a la Isla Andrómeda- le conté.

Hizo un gesto de rendición y exhaló.

-Selket…- comenzó, pero no pudo seguir.

-Raido, fueron vendidas por su propia familia. No tienen a dónde volver… Nabra estaría sola, desprotegida, mientras Maya sería cuidada en el campamento bajo la supervisión del Santuario- le expliqué.

-No hay nada humano que pueda hacerte cambiar de opinión una vez decides algo, eso ya lo aprendí- me dijo, clavándome sus ojos ámbar.

-Alea iacta est- le respondí, mirándolo fijamente a los ojos.

"No hagas nada estúpido". Las últimas palabras de Milo antes de venir aquí retumbaron en mi cabeza. Cerré los ojos y me abracé las rodillas. Decidí que partiríamos mañana al anochecer hacia Kassala. La suerte estaba echada.

Al llegar a aquella ciudad sólo nos quedaba partir y entrar a Eritrea. Serían más de cuatro días de viaje a pie, así que nos hicimos turnos para cargarlas y correr a toda velocidad. Estábamos en medio de un desierto, así que podíamos darnos ese lujo, por así decirlo.

Kassala estaba justo a las afueras de Eritrea. Famosa por sus jardines frutales, era una parada que disfrutamos bastante. Aitana se encargó de conseguirlas. En realidad, sólo pasaríamos allí la noche y el día siguiente para descansar. Estábamos exhaustos todos. Sólo una parada más antes de la Isla Andrómeda: la ciudad portuaria de Massawa. Allí tendríamos que rentar una embarcación y desviar el curso con el mapa que me había dado Shura hasta llegar a aquella isla escondida en el el Mar Rojo.

Maya y Nabra se habían apañado bien, quizás por haber soportado peores cosas. Jamás en todo el viaje las oí quejarse. Miré al cielo y el día estaba perfecto, ni una nube a la vista y eso significaba buen tiempo para navegar. Aitana tomó la capitanía. No sé cómo, pero sabía navegar y leer un mapa o las estrellas o lo que fuera que necesitáramos para llegar. Y en verdad lo agradecía, estaba exhausta y sólo quería jugar con el agua entre los dedos.

La Isla Andrómeda estaba en medio del Océano Índico, entre Somalia y Eritrea. Allí iríamos a visitar el campamento de entrenamiento del Santo de Plata de Cefeo. Seguramente encontraríamos a June allí también, pues luego de que su aprendiza ganara su Cloth de Bronce, ya no quedaba mucho para ella en el Santuario. Seguro prefería volver a casa con su maestro y no la culpaba. Yo, ahora que lo pensaba, me sentía melancólica desde que había vuelto a pisar la hirviente arena de Egipto.

Atracamos en la playa y el panorama general no me gustó para nada: roca, arena, calor infernal y la aparente escasez de vida alrededor no eran para nada atractivos. Intenté disimular mi desagrado y continuamos hasta llegar al corazón de la Isla, donde estaría el campamento. Aquí, por fortuna, no tendríamos que disimular o actuar diferente. Me dirigí sola a buscar al líder. No me costó mucho encontrarlo.

-Ummm, disculpe Santo de Cefeo, quisiera hablar con usted un momento- le pedí, sin saber cuál sería su reacción.

Pareció no sorprenderse de mi presencia allí, tampoco preguntó nada.

-¿Qué quieres, Santa de Orión?- me respondió con displicencia.

-Traje una posible aspirante a Saint. Posee Cosmoenergía- le indiqué.

Asintió algo complacido. Shura seguramente había arreglado todo previo al viaje.

-Ya lo esperaba, aunque no sabía cuántos reclutas traerían- exclamó.

-Una de las pequeñas ha demostrado hacer uso del Cosmos- le dije, dudando de seguir.

-¿Y la otra?- alzó una ceja.

Tragué en seco y dejé los rodeos.

-Quiero que reciba aquí a las niñas que vinieron con nosotros- le dije. -Ambas.

Su semblante fue de sorpresa y luego de seriedad. Me invitó a pasar a su cabaña. No era como la imaginaba, aunque no estaba mal. Debía ser un verdadero infierno dormir con semejante calor todos los días. Si no era de día por el sol, era de noche por la actividad volcánica. Volteó un par de sillas y me invitó a sentarme.

-Te escucho- me dijo.

-Aquellas niñas que nos acompañan vienen de Sudán. Las encontramos en un campamento clandestino con unos traficantes, cerca de la frontera con Eritrea- le expliqué. -Fueron vendidas como esclavas, no tienen un hogar al cual volver y yo… las traje conmigo sin pensarlo. No podía dejarlas a su suerte, son muy pequeñas. Tampoco podía separarlas. La mayor… es mi deber traerla, pero no podía dejar a su hermana.

-¿Entonces pensaste en traerlas y dejarlas en un campo de entrenamiento en una isla volcánica?- me preguntó con una ceja alzada.

-No lo pensé, sólo actué, ¿qué hubiera hecho usted, maestro Albiore?- le pregunté, mirándolo a los ojos.

Suspiró con pesadez y se sirvió un vaso de agua. Me ofreció uno, pero decliné.

-Tal vez tu maestro sí te enseñó bien, después de todo- respondió finalmente.

Un cumplido para Milo. Y viniendo del hombre al que había asesinado. Ok.

-Eso quiere decir que…- me aventuré.

-Pueden quedarse acá. Ya veremos qué hacer con la pequeña. Hay otras formas de servir a la diosa- exclamó, dejando el tema cerrado.

Me despedí con una venia y salí de su casa. Raido y Aitana me estaban esperando, ansiosos. Las chiquillas jugaban en la arena sin preocupación. Les conté todo y suspiraron aliviados.

-¿Cuándo regresaremos?- preguntó Raido.

-Lo más pronto posible. Este lugar parece una caldera. Tengo dolor de cabeza- me quejé.

-Hemos cumplido, ¿qué tal si descansamos hoy y mañana regresamos a Eritrea? Después de todo, son varios días de vuelta al Santuario- sugirió Aitana.

Descansaríamos un poco y luego podría regresar a mi pequeña cabaña. Estaba ansiosa. Asentí y me dirigí a la cabaña principal, donde seguramente habría comida. Estaba yendo algo distraída cuando sentí un jalón en el brazo.

-¡June!- exclamé al ver su larga cabellera rubia brillar bajo el sol.

-¿Qué haces aquí, Selket?- preguntó, curiosa.

Seguro se moría de ganas de darme una paliza y cobrarse la deshonra de su alumna.

-Vengo en una misión para el Santuario. He traído reclutas- le conté.

Sus cejas se alzaron con sorpresa y meditó un segundo.

-Ven, charlemos en el comedor. Debes tener hambre, ¿no?- era bastante amable.

La seguí y me sirvió algunos alimentos en un plato, pero no tomó nada para sí misma.

-¿No piensas comer?- le ofrecí algo.

-No, cenaré más tarde. Tengo que entrenar en un rato y prefiero hacerlo con el estómago vacío- se excusó.

Yo no iba a hacer eso, así que comí como lo no había hecho en días. Le conté un poco de las pequeñas y pareció asombrarse bastante de toda la historia.

-Estarán bien aquí… al menos mejor que con cualquiera allí afuera- dijo, con desgano.

Asentí y le di las gracias. Me llevó a una pequeña cabaña equipada con camarotes. El equipaje de Raido y Aitana ya se encontraba allí. También habían llevado el mío. Me dejó sola y decidí pasar el único día en la Isla Andrómeda durmiendo a la sombra.

Al filo del amanecer ya teníamos todo listo para partir en el bote. Me despedí de las pequeñas y les prometí volver a verlas, pero June cuidaría de ellas, así que no estaba preocupada. Estarían a salvo. Me despedí de Albiore dándole las gracias y me dio la mano, lo cual me sorprendió. Asentí y partimos de vuelta al Santuario. Teníamos un largo camino por delante, pero habíamos completado la primera misión, llegaríamos triunfantes con la cabeza en alto.

[~]

Nos detuvimos en el lago Nasser, donde ya habíamos estado hacía unas semanas. El viaje de vuelta sería algo parecido al de ida, aunque no entraríamos a Wadi El Rayan y no volvería a ver a Fanak. Aswan era una parada obligada por ser un puerto importante. No teníamos más opción que buscar una posada y pasar la noche mientras el barco era cargado con provisiones y mercancía. Desembarcamos y caminamos un rato por la orilla, desentumeciéndonos y disfrutando de lo poco que quedaba de luz en la tarde.

-Esto es hermoso, el agua es tan… no sé, ¿mística?- dijo Aitana, mientras jugaba con el agua entre los dedos.

Sonreí con desgano y luego reí por lo bajo.

-Es porque aquí bajo estas aguas se encuentran inundados antiguos templos y una ciudad entera- les conté.

Ambos me miraron sin dar crédito a lo que oían, pero me encogí de hombros y sonreí. No les iba a contar más allá de la historia oficial de Egipto. Esa historia que todos conocían sobre la represa y el gran lago de Nasser. Algunos templos habían sido movidos ladrillo a ladrillo, pero en el fondo no sólo quedaron los restos sino un mundo entero. Bajo las aguas del Nilo (que alimentan el lago) se encuentra el Templo del Nilo, mi hogar.

Traté de no darle importancia cambiando de tema rápidamente e instándolos a buscar una posada. No fue difícil encontrar una a las afueras de la ciudad.

Me desperté exaltada, pero no sabía por qué. Era como si sintiera angustia y ansiedad por algo, pero no podía identificar exactamente qué sensación era. Ya había experimentado este sentimiento días atrás en esta misma parada. La parada obligada de las embarcaciones. Miré a mi alrededor y todo estaba en calma: Raido dormía profundamente a mi lado y el viento movía suavemente las cortinas de la ventana. Intenté volver a dormirme, pero sólo conseguía dar vueltas y vueltas en la cama sin quitarme la sensación extraña. Quizás podría salir a correr a las afueras sin ser vista. Si me ponía una capa y me escabullía entre las sombras, podría liberar algo de la presión que sentía en la sangre. Me levanté y me puse mis botas y una capa.

-¿Selket?- me habló Raido, todavía medio dormido. -¿Qué haces? ¿Vas a algún lado?

Mierda. Había despertado al cachorro de León. Seguramente intentaría persuadirme para que me detuviera. Exhalé con desgano y le expliqué que no podía dormir.

-Iré contigo- me dijo.

Volteé los ojos, pero acepté, finalmente. No pasaría nada y si por algún motivo no llegábamos antes del amanecer, estaría con mi supuesto marido, así que no habría problema. Aitana seguramente estaría durmiendo y no tendría que enterarse, pero lejos estaba yo de la verdad: en cuanto salimos, se abrió su puerta.

-¿A dónde piensan ir?- nos miró con reproche.

-A correr, no aguanto la ansiedad y no puedo dormir. Raido insistió en acompañarme- expliqué, cruzándome de brazos.

-Pues, yo también voy- dijo sin más.

Salimos a escondidas de la posada, cubiertos con capas y tratando de hacer el menor ruido. En cuanto estuvimos en las afueras, descansamos. Aunque sabíamos que habrían guardias en algún punto, no sería difícil perderlos de vista, así que nos arriesgamos. Podía oír la voz de Milo en mi cabeza diciéndome que era una mala idea. Sonreí cuando llegó a mi mente. Corrimos largo rato, sintiéndonos muy libres por todo el desierto. De repente la sensación fue minando, sintiéndose más como un llamado. Corrí más rápido, dejando un poco atrás a mis compañeros que no eran tan veloces. Corrí hasta casi perder el aliento y cuando miré dónde estaba parada, me di cuenta que estaba justo en Abu Simbel. El antiguo.

Me detuve un rato y Raido y Aitana me dieron alcance. Miré de qué estaba hecho el suelo y comprobé que era piedra senita. El templo estaba a la orilla occidental del Nilo, donde se considera que, por donde se ponía el sol, se destinaba a asuntos de la otra vida. Aquello era un hipogeo. Sentía abajo toda una cámara funeraria, un templo entero, bajo la roca. Caminé en círculos un rato. Algo me hacía quedar allí mismo, dando vueltas como un león enjaulado.

Habían pasado demasiadas cosas y necesitaba un consejo. Me sentía un poco ahogada y perdida. Ya casi volveríamos, pero faltaban varios días de viaje. Cada vez sentía esa sensación de desasosiego cubrirme más y más, como una manta negra, aprisionándome. El llamado seguía ahí, latente. Decidí encender mi Cosmos, cerrando los ojos muy fuerte y concentrándome.

"Milo…"

"Selket… ¿estás bien?"

"Necesitaba escucharte. Yo..."

"Me alegra oírte, Mátia Mou"

Me paralicé al escucharlo llamarme así luego de tantos meses. Se me hizo un nudo en la garganta y me quedé ahí, inmóvil. Me esforcé por no llorar, pero no pude contenerme.

"He cometido muchos errores y.."

Tuve el tiempo justo para apartarme de aquel ataque que me habían lanzado. De inmediato rompí la conexión con Milo y me puse en guardia, encendiendo mi Cosmos para enfrentarme a lo que fuera.

-Selket, ¿qué pasó?- Raido y Aitana llegaron en un segundo donde mí.

Otros tres ataques fueron dirigidos hacia donde estábamos.

-Sepárense. No sabemos quién nos ataca- les ordené.

Los ataques siguieron viniendo en la oscuridad, pero encendí mi Cosmos tal como había aprendido, limitándolo a formar una especie de llama chispeante en mis palmas. Alumbraba lo justo para no quedar a ciegas.

-¿Quién es?- espeté furiosa a la nada.

Me moví en dirección al Cosmos que sentía. No era uno débil y jamás lo había sentido. Quienquiera que fuera, sin duda era veloz. Lo seguí a toda velocidad, intentando desviar su curso lanzándole explosiones de Cosmoenergía en forma de rayos. Cuando me di cuenta, estaba en la entrada del antiguo hipogeo. Entré, siguiendo el rastro del Cosmos y bajé a las galerías subterráneas que estaban selladas. Raido y Aitana no estaban cerca, pero decidí seguir hacia adentro. Después de todo, yo no era una extraña allí.

Necesitaba mi Armadura si iba a luchar. La invoqué y llegó en un rayo de luz, envolviéndome. No podía ver a Raido ni a Aitana, quizás no habían podido entrar al hipogeo. Lucharía sola de ser necesario. Orión estaba conmigo y resonaba con mi Cosmos.

-Así que era cierto que el Cazador había regresado- me dijo aquella voz.

-¿Quién eres y por qué nos estás atacando?- me dispuse a atacar.

-He venido a confirmarlo. El Cazador que ha jurado matar a todas las criaturas de la Tierra ha vuelto- dijo con severidad, señalándome.

Encendí mi Cosmos, aún no entendía nada. Se refería a mi constelación guardiana, pero ¿quién era aquella figura femenina que me hablaba con tanta familiaridad? Me desesperé y me le fui encima, tratando de retenerla para averiguar quién era. Me esquivaba con bastante gracia, sin atacarme directamente. Tenía que tener cuidado de no dañar el hipogeo, así que no usaba todo mi poder.

-Deja de huir y ven a dar la cara. Si en verdad crees que mataré a todos los seres vivos del planeta, ¿por qué no me detienes?- la reté.

Una carcajada profunda salió de su boca.

-Desde la Era del Mito el Cazador tiene un solo fin y el Escorpión será quien acabe con él. La Luna se encargará de que encuentren su destino- me dijo.

Tragué en seco. La sola mención del Escorpión Celestial me remitía a Milo. Sacudí la cabeza para deshacerme de aquel pensamiento y me lancé tras ella con furia. No me contuve y comencé a elevar mi Cosmos al límite. Cada estallido resonaba en la cámara como una explosión. No pasó mucho tiempo hasta que sentí los Cosmos de mis compañeros. Ahora éramos tres contra uno.

Raido lanzó su cadena, atrapando el brazo de la figura, aunque su capa seguía fija. Aitana lanzó su ataque, pero fue esquivado por ella. Finalmente, logró soltarse de la cadena y me lancé tras ella. Cuando estaba por atraparla, algo me golpeó, estrellándome contra la pared. Más figuras aparecieron, rodeándome. Me levanté, aguantando el dolor y encendí mi Cosmos al igual que mis compañeros. Las figuras los esquivaban, sin devolverles los golpes. La primera figura, su líder, al parecer, seguía enfocada en mí. Seguimos luchando un buen rato, todo el tiempo bajo la caverna mortuoria. Pronto ésta comenzó a retumbar. Teníamos que salir de allí o quedaríamos sepultados.

Si las ruinas se venían abajo, no tendría forma de sacarlos de allí, pues ninguno de los dos había despertado el Octavo Sentido. Los mataría si los llevaba conmigo a la Duat.

-¡Raido, tienen que salir de aquí ahora!- le ordené.

-Selket, no vamos a dejarte sola contra esas cosas- renegó.

-Raido, confía en mí. Váyanse ya… Regresen al Santuario ¡Es una orden!- le grité con desesperación y furia.

Me hicieron caso a regañadientes y se perdieron de mi vista. Ahora yo tenía que salir de aquí cuanto antes, mientras aquellas sombras me rodeaban. Encendí mi Cosmos hasta que la electricidad que producía se transformaba en llamas azuladas, iluminando aquella caverna húmeda y fría en la que estaba. No se atrevían a acercarse, aunque me rodeaban como hienas. Sus capas cubrían completamente sus cuerpos, dejando sólo una figura amorfa y oscura, indistintiva, aunque humana.

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Alea iacta est: "la suerte está echada"

Gatáki: "gatito" en griego

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Es el cumple de Kardia de The Lost Canvas y había que publicar sí o sí jaja ¡26 páginas! Oficialmente es el capítulo más largo de Senda Dorada (lo normal son 11 páginas). Lamento haber dejado pasar casi un mes desde la última actualización, pero había estado demasiado ocupada con el trabajo… y este capítulo requería muchísima lectura y el uso de Google Maps para poder trazar con precisión (aunque posiblemente hayan errores) todo el viaje de Selket a través del continente africano. Todas las locaciones existen y las rutas estimadas (barco, carro, etc) son reales. Yo quedé con ganas de ir a Wadi El Rayan y ver las cascadas y los zorros del desierto. Muchísimo misticismo en el lago Nasser y una cultura increíblemente rica. Espero que les haya gustado la primera misión de los Santos de Plata. Aquí les dejo un capítulo que vale por dos en extensión, pero por 4 en dificultad. Necesitaba mezclar la historia real con la mitología y encima crear una línea ficticia interesante… todo un reto. Espero no haber fallado. ¡Espero sus reviews!

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Natalita07: Linda, por espaciar tanto el nuevo cap, olvidé tu review :S ¡Mil gracias! No puedo creer que te leyeras los más de 30 capítulos en 3 días jajaja Me encantan tus teorías, pero shhhh ;)

Ana Nari: gracias por siempre dejar tu comentario. Espero dejarte una larga lectura :)