Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")

el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.

Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Cursivas, comunicación / vinculo mental

Y bueno aquí les traigo el último capítulo, espero lo disfruten (¡ah! se me olvidaba, falta el epílogo)

Capítulo 39

—No permitiré que la plaga se extienda hacia mis tierras. —Sei Fung, la vecina más

cercana, se unió al círculo por fin. Ahora su furia había encontrado un objetivo.}

Unohana sacudió una mano y todos los arcángeles del círculo empezaron a

sangrar por los cortes que aparecieron en sus rostros, en sus pechos.

—Quizá hay a llegado el momento de que el mundo sea gobernado por un

único arcángel.

Rukia se preguntó si alguien se había dado cuenta de que la propia Unohana

seguía sangrando. Y de que esa sangre tenía un extraño color oscuro, casi negro.

Rukia volvió la vista hacia el cuerpo sin vida de Adrian. Una persona se Convertía

en vampiro cuando se introducía en su organismo una toxina nociva para los

ángeles. En condiciones normales, esa toxina transformaba a un humano en

vampiro y luego se volvía inofensiva. Pero...

¿Qué ocurriría con esa toxina si el vampiro volvía de entre los muertos, si se

convertía en un renacido?

Las alas de Ichigo acariciaron las suyas en un silencioso gesto de

reconocimiento. Al parecer, la toxina también renacía. Y renacía en una forma

más fuerte, más letal.

¿La matará?

No, pero tal vez sea más fácil derrotarla. Una caricia en su mente. No

sobrevivirías a esta pelea. Sal de la zona de impacto y llévate a los demás contigo.

A Rukia se le rompió el corazón.

Si mueres, la obligaré a traerte de vuelta.

Tú no me harías algo así, Rukia. Una pincelada de mar, de viento, que arrulló

sus sentidos. Pero no tengo ninguna intención de morir... Todavía no hemos

danzado como danzan los ángeles.

Tras eso, desapareció de su mente. Rukia se tragó la preocupación, el dolor, y

se volvió hacia Uryu, dispuesta a hacer lo que su arcángel le había pedido.

Trabajando con Hisagi y, por increíble que pareciera, también con Nazarach y

Dahariel, consiguió encender un fuego bajo los cortesanos. La mayoría se

marcharon. Los renacidos se quedaron.

—Matadlos —ordenó Rukia, que aplastó su compasión en un oscuro rincón de

su mente—. Si a ella se le ocurre utilizarlos...—Podría neutralizar a Ichigo

y al resto de la Cátedra. —Hisagi clavó la mirada en la pistola que ella tenía

en la mano—. El método más rápido es la decapitación. —Sacó una resplandeciente

espada de una vaina que Rukia no había visto hasta ese momento, oculta en la curva

de su espalda—. Destrózales el corazón, Rukia. Nosotros haremos el resto, nos

aseguraremos de que estén muertos del todo.

—Está bien. —Empezó a disparar. Esa pistola diseñada para desgarrar las alas

de los ángeles resultó no ser tan efectiva como las normales en los corazones de

los renacidos (tanto vampiros como humanos), pero sirvió. Cuando se quedó sin

balas, sacó sus dagas.

Era una tarea horrible... y muy triste. Sin las directrices constantes de Unohana,

los renacidos no sabían qué hacer. La mayoría se limitó a permanecer de pie.

Unos cuantos intentaron huir, pero tampoco pusieron mucho empeño. A Rukia no

le gustaba hacer aquello, pero debía hacerse. Porque si los renacidos

comenzaban a alimentarse, si dejaban a sus víctimas muertas pero enteras, esas

víctimas se levantarían. Y los renacidos se extenderían como una marea de

muerte por el mundo.

Si alguno de ellos llegaba a darse cuenta de esa posibilidad...

Un par de ojos azules cansados siguieron su brazo mientras lo alzaba. Solo

había gratitud en ellos cuando la daga se clavó en su objetivo. La espada de Hisagi

le cortó la cabeza un instante después. La hoja negra despedía un fuego que

reducía a los renacidos a brasas en menos de diez segundos. Rukia observó con

detenimiento esa espada y al ángel que parecía hermanado con la oscuridad.

—Ya está. —Uryu enfundó sus espadas tras cortar en varios pedazos a aquellos que

Hisagi no había quemado.

Nazarach y Dahariel habían utilizado sus propios métodos, pero el resultado

final fue un patio carente de otra vida que la de los miembros de la Cátedra y la

de los componentes de su extraño grupo.

—Creo que es hora de marcharse. —Nazarach le ofreció la mano—. Un baile, por fin.

—Puedo volar sin ayuda. —Rukia prefería cortarse el cuello que ir a cualquier parte con él.

El ángel de ojos color azul inclinó la cabeza.

—En ese caso, espero que reserves un baile para mí la próxima vez que nos

veamos. —Tras eso, remontó el vuelo.

Dahariel esperó a que Nazarach se hubiera marchado para hablar.

—Si Rafael sobrevive, dile que puede quedarse con el vampiro cuyos

servicios quería comprar. El muchacho está tan destrozado que ya no tiene

ninguna utilidad para mí. —Se elevó hacia los cielos antes incluso de que la

última palabra hubiera abandonado sus labios.

—Tenemos que irnos —dijo Hisagi con una voz tan tensa que Rukia apenas logró entenderlo.

La cazadora echó un vistazo atrás, pero no vio más que un resplandor

incandescente, un muro de electricidad estática que bloqueaba todos sus intentos

de conectar con la mente de Ichigo. Sentía una opresión en el corazón, pero se

marchó. Se marchó porque su arcángel le había pedido que lo hiciera. Y se

cabrearía mucho si sobrevivía (e iba a sobrevivir) y la encontraba muerta.

Mientras corrían, el poder comenzó a intensificarse a un ritmo exponencial por

detrás de ellos, hasta convertirse en un infierno que los empujaba con oleadas

abrasadoras.

Hisagi y Uryu corrían a su lado cuando Rukia subió un pequeño tramo de escaleras.

—¡Es demasiado bajo! —gritó, a sabiendas de que jamás conseguiría despegar desde allí.

Una mano cogió su brazo izquierdo; otra, el derecho. Rukia replegó las alas en

un abrir y cerrar de ojos. Hisagi y Uryu remontaron el vuelo en el preciso

momento en que una masiva falta de sonidos llenó el aire: el poder estaba siendo

succionado por el vacío antes de empezar a expandirse. Estuvo a punto de

aplastarlos, pero, de algún modo, los dos ángeles siguieron volando.

—¡Ya!

Pero Hisagi y Uryu esperaron tres segundos más antes de soltarla. Sus alas

se extendieron de manera instintiva, con las puntas curvadas para alejarse de la

muerte que los perseguía a toda velocidad. Varias oleadas de calor atravesaron el

aire, cada una más peligrosa que la anterior. Rukia vio a los vampiros que caían

mientras huían, oyó los gritos exclamados cuando los hogares humanos estallaron

en llamas, vio a los ángeles que volaban aún más alto para intentar escapar. Sin

embargo, Hisagi y Uryu permanecieron a su lado pese a que ella era mucho

más débil, mucho más lenta.

El fuego le acarició la nuca. Al echar una mirada por encima del hombro, vio

que los límites del infierno estaban a tan solo unos segundos por detrás de ellos.

—¡Descended! —gritó—. ¡Descended!

El estallido los alcanzó con la fuerza de un camión de dos toneladas, aplastó

sus alas y los esparció sobre el suelo como si fueran trozos de cristal.

Matar a Unohana era una hazaña imposible. Ichigo lo comprendió al percibir la

primera oleada de su poder. Tenía el sabor de una mezcla entre la vida y la

muerte, de un ser a caballo entre varios mundos.

Su sangre, negra y viscosa, seguía manando desde el cuello, pero su poder no

dejaba de crecer. Sus alas se recortaron contra el intenso resplandor hasta que

dejaron de apreciarse. El resto de los miembros de la Cátedra se elevó con ella

para contener esa oleada arrasadora que podría destruir el mundo entero. Lo más

probable era que ya hubieran muerto miles de personas. Si se detenían, si

permitían que ella liberara la furia inconmensurable de su fuerza, habría millones

de muertos. Miles de millones.

Sin embargo, esa no era la razón por la que luchaban sus compañeros. La

mayoría apenas valoraba la vida humana. Luchaban por sus propias vidas, y

porque Unohana había cometido un error. Ichigo había notado lo impresionados que

se habían quedado sus compañeros al ver cómo Adrian destrozaba al vampiro

que había tenido la mala fortuna de verse hechizado por Unohana. La sangre y la

muerte no eran nada nuevo. No obstante, el control que ella poseía sobre sus

renacidos, la fuerza que esos renacidos utilizaban contra los vampiros..., ningún

arcángel deseaba enfrentarse a esa clase de ejército. Y el hecho de que ese

ejército fuese una plaga con el potencial de acabar con todos ellos era la gota que

colmaba el vaso.

No me detendréis. No puedo permitir que lo hagáis.

La voz de Unohana en sus cabezas.

Su aparente cordura resultaba mucho más perturbadora que la perversidad de

Aizen durante aquellos últimos minutos sobre Nueva York. Ahora Pekín ardía

bajo ellos, y entre los escombros se encontraba Rukia. El núcleo más primitivo

de su ser ansiaba reunirse con ella, pero Ichigo se quedó donde estaba. Porque su

guerrera de corazón mortal no esperaría otra cosa de él.

Notó que uno de los tendones de su ala izquierda se tensaba en un intento por

soportar las descargas de poder que lo azotaban una y otra vez. Solo Yashiro, que

era aún más joven que él, mostraba signos de agotamiento similares.

« En ese caso, ella te matará. Te convertirá en mortal.»

Era más débil que antes, pero también más fuerte. Cuando alzó la vista para

contemplar el rostro de Unohana, vio que la máscara humana desaparecía para

revelar una atronadora oscuridad.

—¡Ahora! —gritó Ichigo, dirigiéndose a los arcángeles que rodeaban a

Unohana. Sabía que ella y a no podía oír nada—. ¡Ahora!

Un torrente salvaje de poder. Un torrente salvaje concentrado en un único

objetivo. El cuerpo de Unohana se inclinó al recibir la descarga. El cielo se iluminó

como si fuera de día durante un desconcertante segundo. Cuando la noche

regresó, Unohana se había desvanecido, la Ciudad Prohibida no era más que

un cráter negro, y Pekín se había convertido en un recuerdo en la mente de

mortales e inmortales.

La agonía de los moribundos solo se veía superada por el silencio de los muertos.

Encontró a Rukia enterrada bajo las alas de dos de sus Siete. Hisagi y Uryu

estaban inconscientes, y los huesos de sus piernas parecían retorcidos. Sin

embargo, esas heridas no eran nada para los inmortales de su edad.

Sobrevivirían.

Rukia era mucho, mucho más joven.

Pero tenía el coraje de una cazadora nata.

Ichigo percibió un testarudo soplo de vida mientras recogía su cuerpo

destrozado del duro suelo sobre el que se había visto arrojada. Sus manos estaban

desgarradas; y su rostro, muy magullado, pero su cuerpo... Al deslizar la mano

sobre él, el arcángel comprendió que solo tenía unas cuantas fracturas. De poca

importancia. Incluso para un ángel tan joven. Debería haberla dejado descansar,

pero no podía soportar el silencio.

Elena.

Sus párpados se agitaron.

No podía acelerar la curación, ya que había consumido la mayor parte de su

poder en la batalla por contener a Unohana. Tardaría algún tiempo en recuperarlo.

Cazadora mía.

Unos ojos violetas se clavaron en los suyos.

El amor, pensó mientras la estrechaba contra su corazón, era una agonía sin

comparación posible.