38
El ruido de una puerta al abrirse rompió la paz de una soledad mortal. Albert sabía que había tenido suerte por poder evitarlos tanto tiempo. Había pasado casi un día desde que Candy se marchara. Pauna y Anthony habían mostrado una tolerancia extraordinaria dadas las circunstancias, pero su paciencia se había agotado finalmente y habían ido a buscarlo a la biblioteca. No quería hablar de lo sucedido, pero comprendía que ellos quisieran saberlo. Ojalá tuviera respuestas que darles.
Dirigió de nuevo la mirada a la chimenea, junto a la cual había pasado las últimas horas, contemplando fijamente, sin hacer nada, el vacío. El dolor de la traición se había amortiguado. Desplomado en el asiento, tomó un largo trago de cuirm, dejando que la bebida avivara de forma efímera el vacío que ardía en su interior.
Ellos permanecían junto al sillón, esperando.
Finalmente, Pauna se arrodilló junto a él y le cogió la mano.
—¿Qué ha pasado, Albert? ¿No quieres decirnos por qué has devuelto a Candy a su casa?-Cogió la jarra vacía que había a su lado—. Nunca te había visto así, y me asusta. Nunca habías tratado de embotar tus sentidos con la bebida.
Como si fuera tan fácil, pensó Albert. Miró la confusa y acongojada cara de su hermana y maldijo una vez más a Candy MacDonald. Esta vez por traicionar a su familia; no era el único que quedaría deshecho de dolor por su traición.
Albert respiró hondo y narró, desapasionadamente, lo sucedido el día anterior hasta llegar al momento en que descubrió a Candy con la bandera del Hada... o lo que él tomó por la bandera.
Sus expresiones de desconcierto eran un reflejo de lo que había sido el suyo; tan profundamente los había embrujado Candy.
—No puedo creerlo-dijo Anthony estupefacto.
—Oh, Albert -dijo Pauna al mismo tiempo—. ¿No te ofreció ninguna explicación?
Albert no pudo controlar el estallido de sarcasmo.
—¿De qué? ¿De por qué vino a Dunvegan con falsos pretextos, como un peón de su abominable tío, de por qué nos espió o hizo...?-Se detuvo. Hizo que la amara. Miró furioso el fuego para que no vieran el dolor que le retorcía las entrañas. Todavía no podía creer que se hubiera equivocado tanto.
Pauna bajó la cabeza, la apoyó en su mano y los hombros le empezaron a temblar.
—Ay, Albert, todo ha sido culpa mía.
Albert le acarició la pálida mejilla.
—No seas ridícula. ¿Qué parte has podido tener tú en esta traición?
Pauna alzó la cara, manchada de lágrimas.
—Sin querer, oí a Candy hablando con Sleat en la reunión, oí cómo él la amenazaba y le decía algo de la bandera. Tendría que habértelo dicho.-Se retorció las manos—. Nunca pensé... Sabía que ella ocultaba algo, pero supuse que, al final, confiaría en ti.
Albert se quedó mirando fijamente a su hermana, incapaz de impedir el rayo de cólera que lo recorrió ante otra traición, esta vez de alguien inesperado. Tomó otro trago y dejó pasar el momento. No serviría de nada arremeter contra Pauna por hacer lo que él mismo había hecho: confiar en Candy.
—Tendrías que haber venido a decírmelo-dijo—. Pero no te culpes, Pauna. Solo demostrabas tu lealtad hacia tu amiga, que era una mentirosa consumada. No has sido la única a la que engañó.-No consiguió ocultar la amargura de su voz.
Anthony cabeceó, todavía estupefacto.
—¿Ella admitió haber venido a Dunvegan para coger la bandera?
Albert asintió tenso.
Las cejas de Pauna se fruncieron hasta unirse.
—Pero no era realmente la bandera lo que había guardado en su cofre, ¿verdad?
—No, era un viejo chal de Pony. Aunque el parecido era asombroso. Por un momento, me engañó hasta a mí.
—Pero si tenía intención de robar la bandera, ¿por qué no lo hizo cuando tuvo la ocasión?-preguntó Anthony.
—Dijo que había decidido que no podía traicionarnos y que planeaba utilizar el chal para engañar a su tío.
Pauna se mordió el labio pensativa.
—¿La crees?
Aquella era la pregunta que él había pasado el día entero tratando de contestar.
—No lo sé. ¿Importa?
—Creo que sí-dijo Pauna en voz baja—. Ella te amaba, hermano. De eso estoy segura. Sé que reconoció haber venido a Dunvegan con falsos pretextos, pero por lo que has dicho, solo aceptó ayudar a Sleat para que él ayudara a su clan contra los Mackenzie. Parece que no tenía alternativa; su clan la necesitaba. Sé lo importante que era para ella ganarse el respeto de su familia. Se pasó toda la infancia tratando constantemente, de que le prestaran atención. Sospecho que, para ella, venir aquí era la ocasión de demostrar por fin su valía.-La cara de Pauna estaba llena de compasión—. Debió de ponerla en una situación horrible; verse obligada a elegir entre su familia y nosotros. Pero si lo que dijo era verdad, nos eligió a nosotros.
—¿Cómo puedes perdonarla tan fácilmente, Pauna, cuando decidió aliarse con Sleat? ¿Has olvidado lo que te hizo?-preguntó Albert.
—Por supuesto que no he olvidado lo que Sleat me hizo. Sleat se merece tu ira. También yo ardo en deseos de vengarme. Pero esperaré a que se presente el momento oportuno. No excuso lo que Candy ha hecho, pero comprendo sus circunstancias. Por propia experiencia, sé lo cruel e implacable que puede ser Sleat. Empleará cualquier cosa para alcanzar sus propósitos. Si quería algo de ella, sería imposible negárselo. -Pauna se detuvo—. ¿Has olvidado lo que Candy hizo por mí?
—No lo he olvidado-respondió Albert fríamente.
—No tiene sentido. Estoy de acuerdo con Pauna, Candy te quiere. ¿Por qué no te confió lo que pasaba?-preguntó Anthony.
—Al parecer, empezó a hacerlo después de que yo resultara herido, pero tuvo miedo de que no la perdonara. Afirmó que pensaba decírmelo cuando estuviera segura de que no disolvería nuestro matrimonio a prueba.
Anthony enarcó las cejas sorprendido.
—¿No se lo habías dicho?
Albert negó con la cabeza.
—No, esperaba hasta tener noticias del rey.
—Entonces parece que tenía razón al no confiarse a ti -dijo Pauna con voz queda.
Albert tensó la mandíbula.
—Me mintió.
—Sí, pero también te ama-dijo Pauna. Respiró hondo y añadió—: Y creo que tú la amas a ella.
Albert se puso rígido, negándose a mirar a su hermana, sin querer dar crédito a su afirmación. El amor no importaba, no si no había confianza.
—Se ha acabado.
Se volvió hacia su hermano, que permanecía inusualmente callado.
—¿Y tú qué opinas, Anthony? ¿Estás de acuerdo con tu hermana? ¿Debería perdonar la traición de mi esposa?
Anthony negó con la cabeza, y sus ojos brillaron de ira.
—Candy nos traicionó a todos. En tu lugar, yo quizá habría hecho algo peor.
Albert asintió.
Anthony dio media vuelta para salir de la estancia, pero antes miró a su hermana.
—Déjalo en paz, Pauna. Tiene derecho a su soledad.
Pauna sonrió con tristeza, se inclinó y besó a Albert en la mejilla.
—Lo siento, Albert. Sé lo mucho que esto te ha dolido. También a mí me ha dolido lo que ha hecho. Debes hacer lo que creas que es mejor. Pero ¿estás seguro de que no hay otro medio?
Albert permaneció sentado, mudo, haciendo acopio de fuerzas para no pensar en lo que su hermana le había preguntado.
—Pero recuerda esto-dijo ella en tono de advertencia—. Si tú no la quieres, alguien más lo hará.
Los dedos de Albert se tensaron alrededor del pie de su copa hasta que la plata empezó a doblarse. Fue una reacción instantánea. Violentamente, lanzó la copa ahora destrozada al suelo, donde resonó con fuerza en la sala antes mortalmente silenciosa.
Pauna dio media vuelta para seguir a Anthony afuera de la habitación.
—Creo que ya sabes la respuesta, Albert. Si lo que dijo sobre que su clan necesitaba a Sleat es cierto, quizá no tengas mucho tiempo para decidir qué quieres. Su familia puede verse obligada a buscar otra alianza rápidamente. Una alianza que te la quitaría para siempre.
Albert no dio pruebas de haberla oído. Una vez más, permaneció inmóvil delante de las oscilantes llamas de un fuego que limpiaba el alma.
Pero la había oído.
...
Tres días después, el MacDonald de Sleat observaba desde las almenas del castillo de Dunscaith cómo se acercaba el grupo de hombres del clan MacAndrew, a través de los herbosos y enmarañados brezales. Reconoció de inmediato a la mujer encapuchada sentada a horcajadas en el palafrén; después de todo, la capa que llevaba se la había proporcionado él.
Sleat soltó un juramento y se pasó el dorso de la mano por la boca para limpiar los restos de vino. Así que su desleal sobrina volvía custodiada, bajo guardia; debían de haberla descubierto. Es decir, había sucedido lo que esperaba. La mocosa había fracasado. Era una estúpida por haber sucumbido tan fácilmente ante una cara atractiva. Se encogió de hombros, asqueado. Bueno, ¿qué se podía esperar de una mujer? Las mujeres solo eran buenas para dos cosas: aportar una dote importante y proporcionar un heredero. Era buena cosa que él fuera lo bastante inteligente para no jugarse sus derechos al señorío, confiando solamente en la habilidad de una muchacha. Ya tenía en marcha un plan alternativo.
Se pasó los dedos por la barbilla, considerando el regreso de su sobrina. Conocía la entrada secreta a Dunvegan, de eso no le cabía ninguna duda. Los Mackenzie habían seguido a los tres MacAndrew que huían después del último ataque hasta que, sencillamente, desaparecieron en el interior de la pared del acantilado rocoso, por debajo de Dunvegan. El jefe Mackenzie había registrado la zona a fondo en busca de la entrada, aunque sin resultado. Pero Candy podría encontrarla. Vigilaría a su sobrina de cerca. Y esperaría. Todavía podía serle de alguna utilidad.
Pensó irritado que había sido otro intento frustrado de acabar con MacAndrew. Aquel hombre estaba demostrando ser muy difícil de matar. Había acariciado muchas esperanzas de que su último intento tuviera éxito, hasta que su informador le advirtió de la milagrosa recuperación del jefe MacAndrew. Sleat no creía que fuera realmente magia lo que había permitido que MacAndrew escapara a la muerte tantas veces, pero no correría riesgos. Aquella maldita bandera había derrotado antes a los MacDonald, y no lo haría otra vez. Magia o suerte, no importaba, no tardaría en acabárseles. Todo estaba dispuesto; pronto reclamaría el señorío de las Islas y dominaría las Islas Occidentales. No pasaría mucho tiempo antes de que su sueño se hiciera realidad.
El gran Albert MacAndrew no sería un obstáculo en su camino.
