¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Albert no tuvo problema alguno para conectar con Bianca. Agachado a la altura de la pequeña, con un tono calmado y lenguaje sencillo, logró que la niña le expusiera la razón de sus temores. Su familia había llegado en uno de los continuos buques cargados de inmigrantes que escapaban de la desolación que había dejado la guerra. El nuevo continente suponía la ilusión de reconstruir una nueva vida que había sido destruida en su población de origen. No les quedaba nada y habían podido realizar el viaje, como tantas otras familias, a través de las mafias que más tarde se cobraban el "favor".

Obviamente, la niña expresó todo aquello con sus propias palabras, pero Albert había recorrido demasiado mundo como para no deducir lo que realmente había pasado. Les estaban extorsionando, amenazando aquello que podía atemorizarles más, la vida de su única hija, si su madre "no trabajaba para ellos". No era un asunto sencillo de solucionar. Albert dudaba de que hubiera algo que pudiera asegurar que aquella gente quedara liberada del horror de vivir esperando el "próximo cobro". Lo primero que pensó fue en asumir él mismo la deuda, pero sospechaba que aquella familia era tan solo la punta del iceberg de una miseria social mucho peor.

Tras confirmar que la niña no corría peligro a manos de sus padres, que era lo que inicialmente había temido Candy, salieron hacía el destino inicial que había previsto Albert. Sin embargo, aquella conversación le había dejado una sensación de desasosiego. Era similar a la que experimentó tras rescatar a Candy de la cascada y de hablar con ella de su vida bajo los Leagan.

— Estás muy callado Bert... ¿Te encuentras bien? —El contraste anímico no había pasado desapercibido para Candy. Tenía la misma mirada que Anthony, cuando observaba el jardín de rosas después de hablarle de su madre.

— Sí, sí ... —"Es solo que, a veces, la maldad de este mundo me resulta excesiva y tengo la sensación de que gozo de una suerte que no me pertoca", pensó para sí mismo, mientras conducía por las calles de Chicago.

Candy lo estudió de soslayo sin acabar de convencerse. Albert solía comportarse de aquel modo cuando algo le inquietaba. Intuía que lo hacía para no preocupar a los que lo rodeaban, pero eso, en realidad, provocaba el efecto contrario... Había podido comprobar que lo mismo había hecho con Georges o con la tía Elroy. Hubiera dado lo que fuera por saber que era lo que ocupaba su mente en aquel momento. Su expresión le recordaba demasiado a la que hacía poco antes de abandonar el hospital, también a la vez que desapareció para buscar trabajo y ella se tropezó con Neal, o poco antes de marcharse del apartamento que compartían.

— No son los únicos... —murmuró él de pronto. No dejaba de pensar que todo lo que había vivido no podía ser gratuito. Un nuevo proyecto se empezó a gestar en la mente de Albert aquel día. Debía ser capaz de aprovechar todas sus experiencias, conocimientos y recursos para llevarlo a cabo. Por el momento no le comentaría a Candy. Sabía que ella también tenía sus propios planes y no deseaba interferir de forma que renunciara a ellos. Apenas le había hecho mención días atrás y él tenía plena confianza en que lo lograría.

— Lo sé, pero no podemos esperar arreglarlo todo nosotros solos... —Comprendiéndolo entonces, Candy no podía evitar pensar que aquella empatía era uno de los rasgos que más le gustaban de Albert y que seguramente era una de las cosas que más hubiera influido para acabar enamorándose definitivamente de él, casi sin darse cuenta, haciendo crecer la sensación de distanciamiento respecto a Terry paulatinamente pero con firmeza... Sin embargo, odiaba la tristeza que podía apresarlo por su causa y que en muy pocas ocasiones la hiciera partícipe de ese dolor, a pesar de su promesa. Le oprimía el pecho verle con aquel desánimo— Por cierto, ¿Dónde me has traído? —preguntó elevando su mirada hacia a la imponente construcción que los ensombrecía.

— Hace mucho tiempo solicitaste al tío abuelo William dejar de ser una Andrew... Nunca se te contestó... —"En aquel entonces tú eras apenas una niña para mí y anular la adopción, después de la muerte de Anthony, aunque lo desearas, me hacía sentir como si traicionara a su memoria. Eras casi el único enlace directo que me quedaba de él y de Rosemary... Nunca imaginé que acabaría enamorándome de la mujer en la que te has convertido..."— Pero ahora las circunstancias han cambiado... —Albert fue recuperando su sonrisa paulatinamente mientras hablaba y dirigía a Candy al interior del edificio con el emblema de los Andrew.

— ¿Cómo? —preguntó Candy sin comprender.

— Venimos a anular tu adopción —respondió Albert, con renovada alegría, como si alguien le hubiera aplicado un milagroso hechizo—. Hoy me han avisado mis abogados que solo faltaba que firmáramos unos papeles y volverás a ser tan solo Candy White... del Hogar de Pony.

Candy miró las enormes puertas del despacho— Dicho así, ahora me apena un poco... —Era solo un trámite, pero el hecho de que fuera a realizarse definitivamente le causó una cierta sensación de vértigo. Era como cortar una cuerda o una liana, a la cual uno se aferra para saltar de una rama a otra y avanzar entre los árboles...— Entonces, ¿Hoy estás aquí como el tío abuelo?... —Bromeó intentando calmarse.

— No, hoy estoy aquí como el hombre que espera que seas su esposa algún día... —Albert besó tiernamente sus manos, antes de abrir la última puerta que los separaba, como la pareja que ambos deseaban ser.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 143 - Capítulo extra II - Recuerdos de Candy antes de ir a estudiar al internado.

[...]Le escribí una carta larguísima al tío abuelo William, disculpándome por haber actuado por mi cuenta y expresándole toda mi gratitud. También le hice saber que entendería que quisiera anular la adopción, pero nunca me respondió.[...]

Pg. 343 - Recuerdos actuales de Candy, respecto a la época de después de la marcha de Albert del apartamento, antes de saber que era el patriarca.

[...]Cuando desapareció, lo busque por todas partes, pero no tenía ni la más remota idea de a dónde podría haberse dirigido. Hubo días en los que me sentí tan abrumada por la angustia que no podía ni respirar.[...] Nadie sabe en cuántas noches de insomnio me invadió la ansiedad por no saber dónde se encontraba... Cuando volvimos a vernos, todas mis dudas se disiparon en un instante, aunque eso no significa que no estuviera muy enfadada. Recuerdo haberle reprendido "¡Creo que he envejecido de golpe por tu culpa!", le grité.

Él, riendo, respondió: "Prefiero que parezcas un poco mayor a que te confundan con mi hermana pequeña". Aunque reía, también había algo serio en su gesto. Luego entrecerró los ojos, burlándose de mí.

A Albert siempre se le ha dado bien confundirme.

Vivíamos juntos y fingíamos ser hermanos.

En aquella época, me preguntaba si nuestra vida se parecía a la vida que llevaría una familia normal y corriente, pero sé que no era así. No sé cómo explicarlo, pero, en el fondo de mi corazón, sabía que él era diferente. Quién sabe qué pensaba él...

Es un hombre muy exasperante.