De cuando fui por mi armadura
Shion mandó llamar a Alfa un par de días después para informarle que tenía permiso de ir a buscar su armadura. Sería algo así como la prueba final: regresar con ella. Y si la armadura se lo permitía, entonces podría comenzar a usarla y darían el anuncio cuando regresara. Alfa estuvo de acuerdo, aunque le preguntó si iría sola o si alguno de sus maestros iba a acompañarla. Shion le dijo que, de hecho, esperaba que fuera sin sus maestros, porque ellos tendrían la tentación de ayudarla si algo ocurría, pero como tampoco quería mandarla sola, se le ocurrió un plan.
Le contó entonces que Dicro pidió permiso para salir del Santuario e ir a visitar uno de los campos de entrenamiento de Dionisio en Creta. La mujer quería ver a su hijo y dado que la isla Kanon no estaba muy lejos, bien podrían acompañarse. Dicro sería capaz ayudar o comunicarse con el Santuario en caso de cualquier cosa, y así ninguna de las dos estaría sola. Alfa omitió el detalle de que ella ya sabía la historia de Dicro, pero eso Shion se lo imaginaba dado la falta de comentarios. Ella aceptó y Shion le pidió que se pusiera de acuerdo con la Erota para salir al siguiente día.
Alfa regresó a Géminis cuestionándose cómo tomarían la noticia los gemelos. Para su suerte o desgracia ambos estaban en el Templo cuando ella entró y no dudaron en preguntarle para qué la quería Shion, aunque ambos se hacían una idea.
—Voy a ir por mi armadura mañana. Dicro irá conmigo.
—¿Dicro? —preguntaron ambos gemelos, extrañados.
—Va a salir un par de días del Santuario, y a Shion le pareció buena idea que ella me acompañara dado que ustedes podrían tener la tentación de intervenir en caso de cualquier cosa.
Ambos gemelos se miraron ante esa respuesta, no podían negar que era cierto, pero de todos modos les había encendido el modo aprensivo el saber que la chica iría de misión "sola".
—¿Estás segura de que estás lista para eso? —preguntó Saga.
—¿Alguna vez se está en realidad listo para esto? —refutó Alfa.
—Me refiero también a... ya sabes, volver a poner un pie en esa isla —contestó Saga.
—Creo que para eso uno está aún menos listo, pero no queda de otra. Estaré bien, chicos. Además es algo que ya sabía que iba a tener que hacer sola. Y mi armadura me está llamando: llevo días soñando con ella. Es hora de contestar su llamado. Ya hablé con Dicro, salimos mañana temprano. ¿Me desean suerte?
Ante esas palabras ambos gemelos se acercaron a la chica y le dieron un abrazo. Les iba a costar trabajo mantener sus nervios a raya, pero era una prueba que la joven necesitaba superar.
Temprano a la mañana del día siguiente los tres desayunaron juntos. Alfa recogió una pequeña mochila que había preparado la noche anterior con unas pocas pertenencias, y se despidió de los gemelos en la sala de batallas del Templo, en donde Dicro ya la esperaba con Deathmask y Chris.
Saga por fin se animó a darle un abrazo y un beso en la frente antes de sonreírle.
—Hasta que mis ojos vuelvan a verte, Alfa, y que Niké te corone —le dijo repitiendo las palabras que ella había pronunciado cuando él se fue.
La chica le tomó la mano un segundo y le sonrió.
—Volveré antes de lo que te imaginas —contestó.
Luego le dio un corto abrazo a Kanon y tanto Dicro como Chris y ella terminaron de salir del templo, dejando a los Santos Dorados viéndolas alejarse.
Las instrucciones eran claras: mantener un perfil bajo y sus cosmos al mínimo para no llamar la atención de los renegados. El problema es que alguien se dio cuenta de que salían. Roberto estaba al pendiente de los movimientos de las chicas, en especial desde que se hizo del conocimiento de todos que la joven de Géminis tuvo una prueba privada en presencia del Patriarca. Roberto quería saber a dónde se dirigían las muchachas, así que, sin preguntar ni pedir permiso, salió del Santuario para seguirlas.
Las chicas iban enfrascadas en su plática. Chris le estaba contando a Alfa lo emocionada que estaba de poder ver a su hermano y esperaba que pudieran entrenar juntos al menos por unas horas. Las mayores le sonreían con indulgencia y le dejaban expresar su infantil entusiasmo. Se encaminaron en metro a los ferrys, la idea era primero ir por la armadura de Alfa y de ahí a Creta.
Los medios mortales les tomarían varias horas, pero no importaba. Mientras, Alfa podría concentrarse en dominar sus nervios y ansiedad y Dicro también, dado que se moría de ganas por ver a su retoño. Roberto no esperaba que se fueran a subir a un ferry, así que se limitó a fijarse a dónde se dirigían para luego regresar al Santuario. Ya se encontraba en las cercanías cuando vio la figura de Alessandro y se acercó. Al estar junto al otro hombre comenzó a caminar casualmente a su lado.
—Por si te interesa, la aprendiz de Géminis y la novia de Cáncer junto a su hija acaban de dejar Atenas. Supongo que irán de misión. El ferry decía que a la isla Kanon. —Dicho eso se alejó a paso rápido, sin darle oportunidad a Alessandro de contestar nada.
Alessandro sonrió, miró casualmente su reloj y se dio la media vuelta. Era hora de dar una pequeña excursión también.
El viaje a la isla Kanon les tomó varias horas, que las chicas aprovecharon para hablar de cualquier cosa, menos las razones por las cuales se encontraban fuera del Santuario. Al final Chris se quedó dormida y ellas estaban tomando una cerveza. Luego de un rato de silencio Alfa comenzó a contarle a Dicro de ese par de sueños que tenía sobre la vida de Antheia en aquél lugar. Estaba curiosa por saber qué tanto cambió la isla en 200 años y en si reconocería algo. Dicro la escuchaba, ella nunca había estado allá, pero confiaba en que su amiga sabría a dónde ir una vez que llegaran. Era de noche cuando por fin desembarcaron. No pensaban ir a buscar la armadura en ese momento, así que, en su lugar, fueron a instalarse en un hotel y luego salieron a buscar un lugar dónde cenar.
Alfa estaba fascinada, la villa ya no era una villa, era un pueblo costero de proporciones considerables. Todo Grecia es un enorme atractivo turístico, y el hecho de que esa isla en particular tuviera un volcán durmiente, pero vivo, le daba más atractivos. Se fueron a sentar en un restaurante. Alfa les dijo que para nada se parecía al lugar de sus sueños, pero las calles eran en base las mismas. No pensaba que tendría problemas para llegar a la cueva y al lugar en el que Déuteros ocultó la armadura. Se quedaron poco tiempo fuera, estaban cansadas por el viaje y Alfa necesitaba reponer energías.
Despertaron temprano por la mañana, salieron a tomar el desayuno y luego se pusieron en marcha, como un trío de turistas más entre los que pululaban la isla. No tardaron mucho en salir del pueblo y en adentrarse en los terrenos salvajes, lejos de las carreteras. La caminata era ardua y más aún bajo el inclemente rayo del sol, porque, además, ese día no se veía ni una nube en el cielo. Ambas mujeres estaban un poco preocupadas por Chris, pero la niña iba bastante contenta y no tenía pinta de que fuera a cansarse pronto. Se acercaban al volcán cada vez más y podían sentir su energía, y además... otra cosa. Una canción que intentaba resonar con sus cosmos, que, a pesar de estar al mínimo, no estaban del todo apagados y lo sentían como un leve cosquilleo muy dentro de ellas.
Alfa apuró el paso una vez cerca de la base de la enorme montaña. Entonces les tocó medio caminar medio trepar por los terrenos áridos de esa sección. No mucho después llegaron a un lugar que a Alfa se le hizo familiar. Estaba ya muy cerca, casi se puso a correr pero se contuvo. Dieron vuelta entre las rocas volcánicas caídas y vieron, por fin, una cueva. Alfa sentía que el corazón se le saldría del pecho, y casi como en trance se adentró en la cueva sin ningún reparo.
Habían pasado 200 años y nada quedaba de las pocas cosas que alguna vez decoraron lo que en su momento llamó hogar. A lo mucho vieron los restos de unas pocas piedras dispuestas en círculo, lo que fue el fuego principal. Los recuerdos vinieron de golpe a su mente y se dejó caer de rodillas mientras miraba en todas direcciones e imágenes se presentaron ante ella. No se dio cuenta del momento en que comenzó a llorar. Dicro y Chris se mantenían a prudente distancia, dándole espacio.
—Aquí vivimos —anunció de pronto—. Y aquí esperé las noticias de Dohko. Sola. No pensaba que la cueva aún existiera luego de este tiempo, pero aquí está, y si te fijas bien, puedes notar los rastros de que fue habitada. Déuteros siempre me dijo que no era propio de mi estar en una sucia cueva, pero yo no quería vivir en la villa. —Se levantó del suelo. —Pero no estamos aquí para jugar a la casita, venimos por la armadura y puedo sentirla cada vez más cerca. Quizá sea prudente que se queden aquí mientras yo voy a buscarla.
—¿Estás segura?
—Sí. Desde aquí pueden verme de todos modos, y será más seguro para Chris. Este volcán es impredecible, aunque las personas del pueblo ya lo hayan olvidado. No tardaré. —Con eso les sonrió a ambas y salió de la cueva.
Chris abrazó a su madre y Dicro le rodeó los hombros en un gesto protector mientras se mordía el labio y miraba a su amiga alejarse en dirección a la cima del volcán. Un ligero temblor se sintió a sus pies. El volcán estaba técnicamente dormido, pero no por completo inactivo: las fumarolas eran cosa común.
Alfa comenzó a trepar con relativa facilidad mientras sentía el volcán respirando a sus pies y el canto de la armadura cada vez más fuerte. Le tomó un poco de esfuerzo llegar a la cima, y de ahí, al cráter principal. Se detuvo y miró hacia abajo. Eso sí estaba justo como lo recordaba. Del cráter salía humo de tanto en tanto, la lava estaba ahí, pero no representaba un peligro inminente. Respiró profundo y comenzó la bajada. Se resbaló algunas veces y otras tantas se deslizó hacia abajo en lugar de caminar, pero finalmente llegó. Otro ligero temblor se sintió a sus pies, pero no iba a detenerse ahora. Caminó a paso rápido al centro, intentando ubicarse. Por suerte no había nadie más que ella ahí. No se permitía a los turistas pasearse tan cerca del cráter.
Cuando al fin recordó el escondite se dirigió allá. Era una colección de rocas caídas la que estaba buscando y que usaron para marcar el lugar. Para sacar la armadura no le iba a quedar más remedio que usar cosmo por algunos segundos. Retiró algunas de las rocas, por supuesto el agujero en el que enterraron la armadura ahora estaba cubierto por una costra de lava petrificada.
Ahora o nunca. La armadura cantaba con más fuerza: estaba contenta porque la sacarían por fin de su prisión. La joven concentró su cosmo entre sus manos, y dio un certero golpe que rompió la costra de lava, lo que provocó un ligero temblor en la montaña. Tierra, humo y polvo salieron volando en todas direcciones y ella sintió que el suelo a sus pies se volvía inestable. Miró el agujero que creó y sin pensarlo, se introdujo en él.
Cayó sobre la caja de Pandora. Estaba a punto de bajarse cuando un temblor más fuerte sacudió la montaña. Era de esperarse, al volcán no le había hecho nada de gracia que lo despertaran de esa manera, y el agujero creado logró que el equilibrio del volcán se desestabilizara.
Alfa miró hacia arriba, las rocas comenzaban a caer sobre ella, así que se apresuró a tomar la caja y ponerla a su espalda, luego dio un brinco para salir, pero otro temblor la mandó al piso. Se levantó de nuevo. Podía escuchar el rugir de la lava a sus pies. Volvió a saltar, y esta vez logró sujetarse del borde para salir del agujero. Cuando lo logró un temblor más fuerte sacudió la tierra, la presión iba en aumento.
Comenzó a correr a la cima del cráter y casi llegaba cuando una explosión a sus espaldas la hizo detenerse en seco. Miró hacia atrás, una densa nube salía del cráter y mandaba a volar rocas y escombro. Masculló algunos improperios mientras reanudaba su carrera a la cima, luego, cuando llegó al borde, se dejó caer hacia abajo, esperando poder llegar a la cueva antes de que todos los escombros terminaran de caer.
Dicro empujó a su hija al interior de la cueva al ver la columna de humo, estaba en serio preocupada por su amiga, pero suponía que esa fumarola era un daño colateral. Las rocas comenzaron a caer, como lluvia, fuera de la cueva.
Alessandro miró al volcán junto con todos los habitantes del pueblo. La alarma se dio para que salieran de las calles, pero él se quedó ahí. La chica obtuvo la armadura o murió en el intento, fue lo que pensó. Esperaba que lo segundo, porque siempre era más útil tener a alguien con armadura que sin ella. La Saintia regresaba a su servicio a Atenea.
Alfa corrió sin parar hasta encontrar la cueva, a la que entró cubierta de polvo y ceniza. Dicro la miró un momento, luego a la caja de Pandora a su espalda, pero Chris fue la que lanzó el grito:
—¡Lo lograste!
—Lo logré —le contestó Alfa con una sonrisa—. Ahora toca detener el enojo del volcán.
Dicro asintió mientras veía a Alfa reunir su cosmo y concentrarlo hacia la montaña. Lo mantuvo así, encendido, durante algunos minutos y todas pudieron sentir cómo el volcán comenzaba a calmarse hasta que la fumarola se detuvo. Alfa miró a sus acompañantes.
—Es lo que hacía Déuteros cuando el volcán se ponía rebelde. Ya podemos irnos.
Entonces las tres comenzaron el descenso.
En el Santuario Shion se encontraba en Géminis, junto a Saga, Kanon, Saori, Aldebarán y Deathmask, reunidos en la sala, frente al televisor encendido en donde se mostraba, en las noticias, imágenes en vivo de lo que sucedía en Kanon. Todos sabían que esto era obra de Alfa y ya se lo esperaban, por eso estaban reunidos, era obvio que las noticias no tardarían en cubrir el evento. Todos exhalaron un colectivo suspiro de alivio cuando vieron que el volcán se tranquilizaba y dejaba de exhalar. Lo único que quedaba era que la fumarola se dispersara, pero fuera de algunas cuantas rocas de tamaño relativamente pequeño, no había pasado a mayores y la isla podría regresar a su normal calma en unas cuantas horas. Se miraron entre ellos y sonrieron. La chica lo había logrado.
