¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Cuando regresaron Annie y Archie de su viaje, Albert organizó una pequeña celebración con los principales cabezas de familia del clan, para anunciar su compromiso con Candy. No estaba muy seguro de como sería acogida la noticia. Algunos eran varias décadas mayores y con ideas muy encorsetadas. Confiaba en que no tendría tanto problema con los más cercanos a su edad y que recién habían tomado el mando de sus respectivos núcleos familiares, pero, aun así, sentía cierta inquietud. No porque la respuesta pudiera afectar a su decisión. Ahora que se sabía correspondido nada podría volverlo a alejar de Candy, sino porque siempre había aspirado a poder establecer un clima de concordia en el clan y apenas había constituido el nuevo consejo.

La mayor preocupación de Candy había sido con la tía Elroy y sus amigos, especialmente con Annie. Con tía Elroy había podido sobrellevar los anteriores meses de compromiso no oficial. La mujer se mantenía distante, pero más tolerante de lo que había llegado a ser jamás con ella. Era evidente que mantenía sus reservas, pero aceptaba los deseos de Albert. La cocinera, una mujer bastante mayor, incluso más que la propia tía, en una ocasión llegó a dejar caer un par de comentarios que le daban una idea del posible motivo del frontal rechazo a su origen para su adopción. Candy se había quedado intrigada, pero al ver que la mujer inmediatamente se arrepentía y parecía verse en un compromiso, no le preguntó más sobre ello. Además, quizá se trataran solo de conjeturas de los criados y a ella misma no le gustaría ser motivo de habladurías entre ellos. Sus madres siempre le habían tratado de inculcar el valor de dar ejemplo con los propios actos. Si ella empezaba a fomentar comentar temas personales de la familia, ¿Cómo podría esperar que no se hiciera lo mismo con ella por las personas que pudieran estar a su servicio algún día?

Candy se conformó en intentar demostrarle día a día, a la tía, la sinceridad de sus sentimientos respecto a Albert con su propio comportamiento. Tampoco le suponía ningún esfuerzo. Se comportaba tal como sentía con él. Con Annie, sin embargo... Todavía tenía la intuición que no iba a resultar tan sencillo.

La mansión de los Andrew en Chicago debía acoger apenas unos setenta invitados que incluían a sus primos y a las esposas de los patriarcas, llegados de los diferentes estados y principales ciudades del continente donde estaban establecidos. Candy se había vestido con mayor elegancia de la acostumbrada y le resultaba casi imposible no buscar constantemente a Albert entre toda la muchedumbre. Nunca llegaría a sentirse cómoda en aquel lugar...

Aún quedaba un buen rato para comer y se formaban grupos entre aquellos que tenían más confianza entre sí. Albert demostraba una desenvoltura que no dejaba de asombrarla y atraerla. Le costaba creer que pudiera ser el mismo que se había dedicado a fregar platos para contribuir en los gastos del apartamento, al creerse alguien sin oficio ni beneficio o que disfrutaba de un simple bocadillo en cualquier lugar. Cuando lograba escuchar alguna de las conversaciones en las que él intervenía, donde se compartían valoraciones de los respectivos negocios e ideas de inversión, Candy comprobaba cuantas cosas aún desconocía sobre él. Parecía conocer datos de todo tipo de productos y empezaba a comprender el motivo de las horas que él llegaba a dedicar a su trabajo. Las pocas oportunidades en que lo había podido sorprender con una visita, siempre lo encontraba leyendo informes, diarios o libros. También solía portar una libreta donde, en ocasiones y de improviso, apuntaba datos que captaban su interés... incluso de cosas más inconexas. Albert seguía siendo un auténtico misterio y dudaba de si algún día dejaría de serlo.

Ahora que Annie era la Sra. Cornwell, la acompañaba y le presentaba a las esposas que ella conocía por haber sido amiga de la familia durante años. No dejaría de ser paradójico, si Candy hubiera sido tratada alguna vez como una verdadera hija adoptiva. Pero exceptuando su educación en el internado y el breve tiempo que compartió junto a Anthony, antes de su muerte, jamás fue así. Ni siquiera los criados la habían considerado como tal, gracias a los rumores de los Leagan. Las únicas personas que la había hecho sentir algo cercano a una hija habían sido Georges y el Señor Brown... El resto la trataban como una amiga o enemiga, en el caso de los jóvenes, y como una arribista, por el resto de adultos. Aquel tipo de fiestas era lo que siempre había soñado su amiga para lucirse y mostrar sus dotes de gran dama. Annie estaba entusiasmada llevándola de un lado a otro.

— ¿No es emocionante, Candy? Toda esta gente ha venido expresamente solo por la convocatoria del Sr. Albert. Aún me cuesta hacerme a la idea de que sea el tío abuelo William... ¿Me pregunto que querrá anunciarnos?... ¿Tú no tendrás alguna idea de qué será, verdad, Candy? —Annie no dejaba de asaltarla. Parecía que toda su timidez se había perdido en el viaje. Casi no le dejaba tiempo a reaccionar ni a pensar qué responderle—. ¡Es igual! ¡No me lo digas! ¡Prefiero que sea una sorpresa! Se lo ve muy feliz, así que no puede ser nada malo... ¡Oh, mira, allí está la Sra. Duncan! ¡Vamos a saludarla!

— Espera, Annie —La frenó finalmente Candy, cansada de tanto alboroto—. He prometido a Albert que le ayudaría con una cosa antes de la comida. Ve tú a saludarla y luego ya te encontraré yo, cuando vuelva —No le dio tiempo a replicar. En realidad, lo único que deseaba era un momento de tranquilidad y evitar más posibles preguntas, que pudieran comprometerla antes del anuncio. Salió disimuladamente hacia la cocina, saludando al servicio que la observaron extrañados, pero continuaron con sus tareas.

Candy empezó a sentirse mareada. La última vez que había asistido a un evento de similar magnitud fue cuando pretendieron comprometerla con Neal. Pero entonces, realmente, no le había importado en absoluto como reaccionarían los invitados. Si no hubieran aceptado su decisión, simplemente hubiera tomado sus maletas y se habría marchado. Ahora la situación era completamente distinta. Le importaba muchísimo no suponer una desgracia para Albert. Tal vez todas aquellas personas que Annie le iba presentando luego la rechazaran. Habían tenido que anular su adopción, pero no era algo que se hubiera anunciado a los cuatro vientos. ¿Y si la familia lo censuraba? ¿Podría soportar ver la decepción en la cara de Albert? ¿Ver el dolor que aquello podría suponerle? El corazón parecía a punto de abandonar su pecho. Empezó a faltarle el aire y a tomar bocanadas para serenarse, recordando sus propias recomendaciones de enfermera. "Candy, tranquilízate. Todo irá bien. Has superado situaciones igual de complejas otras veces ¡Te mereces ser feliz junto a la persona que amas! ¡Por una vez, te lo mereces!", no dejaba de repetirse. Poco a poco, logró recuperarse y se preparó para salir a encontrar a su amiga.

Annie parecía haberse calmado también durante este receso... Aunque, lejos de suponer un respiro, su amiga la arrastró hacia un apartado rincón— Candy, te conozco... A ti te pasa algo... ¿Qué es?, cuéntame... —Agarró su brazo como si quisiera evitar que volviera a escapar—. Dime, ¿Es por Terry? ¿Has vuelto a saber de él?

Candy boqueo sin saber qué responder. Tan solo a Albert le había hablado sobre la carta que había recibido del actor. Cuando la recibió no se atrevió a comentárselo a Annie, temiendo la reacción de esta y, ahora, el miedo volvía a resurgir, ¿Sería capaz su amiga de aceptar que sus sentimientos habían cambiado? ¿Cómo decirle que ella había soñado con un hombre dispuesto a darlo todo por ella y que había descubierto que este no era Terry sino Albert? Que seguía ilusionándole saber de él, de sus logros, de su bienestar, pero que la voz que necesitaba escuchar en su día a día ya no era la suya. Que su recuerdo había quedado por siempre ligado al dolor de su separación en New York, del calor de su cuerpo y la humedad de sus lágrimas a su espalda y de la promesa de ser feliz... No era algo que quisiera recordar a cada momento. Solo en fechas muy señaladas, como la de la muerte de Anthony o de Stear, se permitía abandonarse a aquella melancolía, a modo de catarsis.

La persistencia de su amiga no la ayudaba en absoluto en aquel momento, donde ya experimentaba suficiente nerviosismo frente a las figuras más relevantes de la familia. Para Candy era un momento de gran alegría e ilusión junto a Albert. Annie había amado siempre y únicamente a Archie. Parecía que le resultaba imposible creer que existieran otras formas de amar, de un modo menos obsesivo y posesivo. Sin embargo Candy no había podido evitar amar a tres personas en el transcurso de su vida. Sus sentimientos por una o por otra no se desmerecían entre sí. Tampoco sentía que una hubiera sido o fuera menos certera que las anteriores. Es más, estaba convencida de que, de volver a nacer, desearía volver a revivir cada uno de esos amores, con sus respectivas alegrías y aún soportando sus respectivas penas.

Afortunadamente, antes de que pudiera construir una respuesta, que seguramente no era la esperada por su amiga, se llamó a todos los comensales. Albert apareció para acompañarla hasta la mesa, colocándola junto a su lado, en consecuente lugar de honor. En la boda de Archie y Annie también se dio una situación equivalente, junto a los novios, así que nadie le dio más importancia... Al fin y al cabo, casi todos desconocían que ella ya no era la heredera de la familia. Tía Elroy, conocedora de lo que estaba por venir, era la única que mostraba cierto nerviosismo comparable al que experimentaba la propia Candy.

Los platos fueron sirviéndose con normalidad. Albert decidió realizar el anuncio con la llegada de los postres. En caso de producirse cualquier discrepancia o rechazo por alguno de los asistentes, evitaría que aquel recuerdo quedara empañado por una mala reacción. Candy había logrado sosegarse a su lado, distraída por la conversación que él le ofrecía, sobre el acondicionamiento y reformas en la casa que se habían decidido a adquirir.

— Damas y caballeros, disculpen que les robe su atención unos minutos —Su voz resonó en la sala, acompañada de una sonrisa que capturó más de un corazón, aparte del de Candy—. Hoy, además de dar la bienvenida a mis primos tras, lo que espero haya sido, una muy dulce luna de miel... —Acompañó con un gesto de complicidad hacia los nombrados—, os he convocado aquí con dos noticias que, deseo, cambien mi vida en el tiempo más breve posible —Por primera vez, Candy le escuchó reír con evidente nerviosismo... "¡Él también ha estado preocupado!", comprendió, "Se lo veía tan relajado... ¿Ha estado disimulándolo todo este tiempo?"— La primera, es anunciar que, desde hace una semana, Candy ya no es mi hija adoptiva. Su adopción ha sido anulada por deseo expreso de ambos —Un murmullo irrumpió la sala desde todos los rincones. Presuntamente impasible, hizo una pausa hasta recuperar el silencio—. La segunda, es que me ha hecho el hombre más feliz, aceptando mi propuesta de matrimonio —Acabó mirándola abiertamente con ternura. Diversas exclamaciones pudieron escucharse, contrastando entre aquellos que parecían estar atónitos y aquellos que presumían haberlo sospechado desde hacía tiempo. Pero Candy tenía la sensación de ser fusilada con la mirada desde todos los frentes posibles.

Tía Elroy tampoco dejaba de observar a su alrededor, intentando definir su actitud para inclinar el apoyo general a favor de la decisión de su sobrino. El pequeño William le recordaba demasiado a Rosemary y temía que los pusiera en la misma tesitura que cuando ella se enfrentó a su familia por su prometido. Había confiado en que con sus treinta la sensatez empezaría a asentarse en el hijo de su hermano, al que sentía que había fallado en más de un aspecto, incapaz de proteger ni a sus hijos ni a su nieto, de sus muertes y desgracias. Luego recordaba el impulso que su hermano tuvo al adoptar al propio Georges, enfrentándose a la oposición familiar, y no podía dejar de pensar que, en realidad, era digno hijo de su padre. Georges, no había sido más que un pillo sin padres en las calles de París, que había intentado robarle. William, lejos de denunciar al pequeño delincuente, lo adoptó. Sin embargo, Georges, había logrado demostrar un potencial totalmente inesperado para ella. Tenía la sensación que con Candice estaba pasando algo similar, aunque a ella no le habían concedido realmente una figura paterna constante, como sí se dio en el caso del secretario. Candice había sido repudiada por ella misma constantemente. Mientras Georges había sido acogido, realmente, como un hijo por su hermano y como un hermano por parte de Rosemary, aunque más como un tío, por parte del pequeño William.

Candice era la principal causa de que hubieran podido recuperar al patriarca legítimo. Ella ya lo había creído muerto y casi le dio un infarto cuando Georges se presentó, de improviso, con él, tiempo después, con un aspecto bastante saludable. Mantuvieron una breve conversación donde el pequeño William, le explicó que alguien, muy especial para él, lo había acogido y cuidado todo este tiempo. Evitó dar detalles de la identidad de esa persona aunque, durante toda la conversación, ella pudo percibir su contenido enojo, sin acabar de comprender el tono recriminatorio... Hasta bastante tiempo después, en el intento de compromiso con Neal, pero, durante el reencuentro, lo relacionó con las lagunas que aún decía sufrir en su memoria. El pequeño William estableció la fecha de la presentación oficial y le informó que se retiraría un tiempo a Lakewood para acabar de recuperarse.

Un gran remordimiento la atormentaba cada vez que pensaba en ello. Si tan solo hubiera hecho lo que el muchacho le ordenó, si hubiera tratado a Candice como a cualquiera de sus nietos... Candice les hubiera explicado de la existencia de 'Albert' y seguramente hubiera llegado a presentárselo ingenuamente. Puede que él, consciente de su papel, aunque no hubiera recuperado su memoria, se hubiese sentido con más autoridad para impedir el alistamiento de Alistear y podrían haber capeado mejor los conflictos con los nuevos patriarcas que querían ocupar su lugar en el clan... ¡Tantos sucesos hubieran podido haberse evitado! Y hubiera tenido que ser una ilusa para no poder apreciar la devoción que la pareja se demostraba, la forma en que se preocupaban y cuidaban mutuamente, la evidente ansiedad frente a la ausencia del otro cuando permanecían, sin coincidir, en la mansión... El pequeño William rejuvenecía en presencia de la joven y Candice resplandecía junto a él, con tal porte que nadie podría afirmar que hubiera crecido en un orfanato perdido en el norte. Cuando estaban juntos no tenían ojos para nadie más.

— Bueno, era bastante evidente que esa adopción era de lo más peculiar y dudo de que ninguno de los presentes haya creído nunca, tras conocer la identidad y edad real de William, que se hubiera producido por motivos paternales —Se levantó uno de los invitados que Candy estimó de unos cincuenta años—. Años atrás, todos estábamos convencidos de que el tío abuelo William estaba casi en sus últimas horas. Algunos incluso apostamos que la adopción seguramente era un intento por recuperar parte de la sensación de juventud, de volver a responsabilizarse de otra persona a la que transmitir un cariño que, los hijos, ya mayores, no precisaban de igual modo —El hombre sonrió abiertamente a Candy y varios invitados más concordaron con comentarios entre ellos—. Personalmente, cuando William realizó su aparición, adelantándose a la fecha que se nos había anunciado, he de confesar, que por un momento, al ver su edad y la forma en que desautorizó categóricamente el enlace con Daniel... —Candy no pudo evitar buscarlo con la mirada, al ser nombrado. Neal trataba de parecer desinteresado, abstraído completamente en su copa de vino pero un intenso rubor, que Candy no supo discernir si era de vergüenza o de reprimido odio, empezó a cubrir su rostro mientras el orador hacía una pausa para continuar entre contenidas carcajadas—... por un momento, ... de verdad —Volvió a tomar aire entre risas—, creí que la ibas a reclamar para ti —Acabó dirigiéndose directamente a su anfitrión.

La mitad de los reunidos estallaron en risas, delatando su concordancia con lo dicho. Albert ruborizado como nunca, sentía arder su rostro. Interiormente, se mentiría a sí mismo si no reconociera que había sentido aquella tentación, pero sabía que, en aquella época, no tenía ningún derecho a expresar tal deseo, menos en público y sin que Candy supiera de sus ocultos sentimientos. Creía que no había resultado tan transparente, menos con personas con las que no había tenido contacto directo alguno. Candy, por su parte, sí quedó sorprendida al escuchar tal afirmación y también por ver la distendida reacción que ocasionó.

— Es verdad, Harry —Se levantó un segundo comensal un poco más joven—... Tiene razón, William. Aún no sé por qué razón no lo hiciste entonces —le preguntó directamente, también entre carcajadas—. Ambos hacen una pareja estupenda y no dudo que tendrán un matrimonio muy feliz... Así que ¡Dejadme en ser el primero en felicitaros y brindar a vuestra salud! —dirigiéndose, esta vez, al resto de los asistentes, levantó su copa a modo de brindis, vitoreando—. ¡Por William y Candice!

— ¡Por William y Candice! —Resonó en todo el salón, acompañado del tintineo entre las copas continuas.

Una mezcla de alivio y vergüenza embargó a Albert, pero logró animar a Candy a levantarse para brindar con ella. Después, volviendo a levantar la voz, necesitó clarificar— Os agradezco mucho vuestra alegría, pero, como ya dije entonces, Candy era quien debía tomar esa decisión. Hubiera sido muy impropio por mi parte, siendo, cuanto menos su tutor, comportarme como si ella fuera de mi propiedad. Candy, es una gran mujer, digna de admiración y por ello me enamoró —Albert buscó su mirada, tratando de certificar las palabras que iba a decir—. Yo no hubiera sido digno de ella si me hubiera impuesto, si no hubiera respetado sus deseos, si no hubiera esperado a ser, realmente, aceptado, sin reservas —Sin romper su mirada y sin importar la audiencia, tomó y besó su mano con toda la adoración que sentía. Candy supo que nunca más sería capaz de separarse de él. Su alma flotaba aliviada. Cada latido retumbaba en su cabeza. No había probado más que el alcohol de su brindis, pero estaba completamente embriagada. La voz de Albert, sin negar que ya por entonces la amaba, resonaba en su interior. El lugar donde sus labios se habían posado había dispersado su tacto, recorriendo su cuerpo entero, consumiéndola de un calor más abrasador que cualquier anterior. Ya no necesitaría robarle sus besos. Ya no necesitarían ocultarse del mundo. Ya nadie podría creerse con derecho a decirles que no podrían amarse como querían.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 79 - Candy, Archie y Stear comentan las cartas que le envía Annie a Archie, sin que Candy sepa que se trata de ella.

Pg. 233 - Annie le exige a Candy que no le quite a Archie.

Pg. 340 - Carta de Annie a Candy afirmando que ella no sería capaz de dejar ir a Archie con la facilidad de Candy a Terry.

Pg. 103 - Candy se da cuenta, en su pasado, que ama a Anthony.

Pg. 135 - Candy busca conscientemente sumergirse en sus propios recuerdos en su presente final, recuperando el dolor de la muerte de Anthony mirando el cuadro de Slim.

Pg. 138 - Candy busca conscientemente escapar de ese mismo recuerdo, cubriéndose la cara para dejar de ver el cuadro de Slim.

Pg. 138 - Candy recuerda como tía Elroy la acusa de ser la causa de la muerte de Anthony por ser adoptada.

Pg. 156 - Georges es recibido junto a Candy por la hermana Gray y se presenta como representante del tutor, no del padre.

[...]

—Discúlpenos por el retraso, por favor. Trabajo para el señor William Ardlay, el tutor de la señorita Candice, y ...

[...]

Pg. 206 - Candy se da cuenta, en su pasado, por primera vez, que está escribiendo las iniciales de Terry pensando en la posible pareja para el festival de mayo del internado.

Pg. 229 - Candy se da cuenta, en su pasado, por primera vez, que se está enamorando de Terry sin quererlo, debido a los remanentes sentimientos por Anthony.

Pg. 238 - Reflexión de Candy sobre el amor en el pasado, cuando se supone que ya está enamorada de Terry.

[...]El amor. El amor era algo que Candy creía que aún no sentía. Cuando lo pensaba, se sentía confusa y siempre acababa reflexionando sobre lo mismo, ¿Podría ella utilizar "esas palabras" tan a la ligera? Había adorado a Anthony con toda su alma, pero quizá ni siquiera por él podría...

"¿Alguna vez conseguiré amar a alguien de verdad?".

"Sé que no he sido del todo amable contigo, pero no pienso disculparme".[...]

Pg. 307 - Firma de la primera carta de Candy a Terry, sin llegar a destino, no sabe donde está.

[...]Con cariño,

Doña pecosa

Pg. 358 - Firma de la carta póstuma de Candy a Stear.

[...]Con cariño,

Tu Candy

Pg. 363 - Firma de la carta no enviada de Candy para Terry, cuando Terry logra el papel de Hamlet, tras recibir la invitación de Eleanor.

P.D.: Terry, yo... Estaba muy enamorada de ti.

Doña Pecosa alias Tarzán.

Pg. 388 - Firma de la última carta de Candy a Albert. No hay ninguna carta firmada para nadie más "con amor".

Con amor y gratitud,

Candy.

Pg. 329 - Carta de Candy a Georges Villers, relatando lo que Albert le ha explicado de la historia de Georges con su familia.