Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.
Capítulo 39.
No es que quisiera comparar el sexo con Yura, pero lo que vivía con Kagura lo hacía conocer el mismísimo infierno y elevarlo al paraíso en la misma noche.
Era magnífico. Era definitivamente de las mejores experiencias que había tenido. Y cada vez que lo hacían sentía que lo disfrutaba aún más. Le encantaba tomarla con fuerza y también le encantaba saber que era prohibido. No le iban a decir nada a Yura y con ella llevaba, además, una relación bastante «libre». No sabía cómo definirla.
Se veían muy poco a veces. Ella salía con varias excusas, mientras él le daba dinero suficiente para que se movilizara. Él ya no sufría de celos, ella tampoco lo controlaba. Se llevaban bastante bien y no discutían, la pasaban bien en la cama y ella lo acompañaba a cualquier evento importante. No era la relación amorosa que esperaba, pero estaba bien. Su relación era discreta, pero ya había leído un par de notas que revelaban chismes sobre ellos.
Esos eran puntos aparte. Aún era muy pronto para confirmar algo ante los medios y la farándula cotilleadora. Siempre se había cuidado muy bien de ellos.
Además, con la aventura que estaba viviendo… Sería absurdo. No amaba a Yura y era claro que ella tampoco a él. Pero estaban bien así, con su relación extraña, pero al parecer, estable. Y él estaba aún mejor con Kagura. Era increíble.
A veces se preguntaba si hacer el amor con Kagome se habría sentido igual. Sí, aún no lo superaba.
Ninguna mujer en su vida lo había rechazado, y pensar que a Kagome tuvo que rogarle, humillarse, mentir y aparte, casi lo mata, era algo que lo volvía loco. Pero eso no se iba a quedar así. Que fuera capricho o lo que se le antojara decir, pero ella no se salvaría y aún tenía que pagar caro cada una de sus humillaciones. Y ese día ya se cumpliría una más.
Sintió a Kagura removerse entre las sábanas y la vio suspirar. Siguió durmiendo. Observó su hermoso cuerpo desnudo, tendido boca abajo, con las sábanas grises cubriéndole los glúteos. Su cuerpo reaccionó con escalofríos ante aquel panorama.
Cuando se conocieron, ella había sido bastante hosca e irritante, además de que él tampoco se mostraba demasiado adorable. Para ser sinceros, a él no le agradaba, pero en todo ese tiempo que habían salido juntos y lo poco que llevaba conociéndola, no podía negar la atracción que le causó cada centímetro de su piel, sin que se diera cuenta. Y pensar que se suponía que iban a ser conocidos y ahora estaban ahí, en su departamento y Yura andaría quién sabe dónde.
Volvió a lo que estaba haciendo, después de un rato de pensar. Tocó el botón de «enviar» y sonrió. Cuando todo eso terminara y Kikyō se fuera de Japón junto con su marido, Kagome iba a ser suya. Viva o muerta.
Ah, y ya no la quería. Tal vez quería a Kagura. Tal vez.
Midoriko estaba preocupada. Muy preocupada.
Y es que había advertido la tristeza y profunda depresión en los ojos de su pequeña Kagome; el miedo y el rechazo en los ojos de su hijo y todo el mal semblante de Kikyō.
Pero su esposo estaba ahí, ajeno a todo, intransigente como nunca antes. Parecía no recordar su propia historia y lo mucho que lucharon para estar juntos. Incluso a costa de la propia vida de sus parejas. Todos estaban preparados ya para la gran boda de InuYasha Taishō y Kikyō Hishā. Un acontecimiento magno en las familias involucradas.
Ya solo faltaban horas. Horas que a ella le parecían eternas.
Su hijo no sería feliz y quizás tendría que alejarse para siempre de ellos. Ya habían planeado su luna de miel en Inglaterra, y quizás se quedarían viviendo allá. Era lo más probable, por eso no habían comprado nada en Japón. La casa de los padres de la novia fue vendida hace muchos años y se mudaron al otro lado del mundo, en donde, por casualidades de la vida, había conocido a su pequeño hijo.
Hishā era una gran mujer, ella no lo negaba, pero InuYasha no la amaba. Definitivamente no. No había nadie en la tierra que lo conociera mejor.
Tōga sonreía, mirando algo en su celular, ahí, ajeno a todos los pensamientos que la ahogaban y martirizaban. Habían llegado de retirar sus trajes desde la casa modista de confianza. Estaba ya todo listo, todo a punto y perfecto. Algo en su corazón le decía que el día de mañana traería desgracia y temía por la vida de sus hijos. Nunca debieron haberles mentido. Sentía que se acercaba la hora de confesarlo todo y que al final, su secreto no se iría a la tumba junto con ella.
Todo pasó en cuestión de segundos: Midoriko soltó la taza humeante de té y se apartó al instante, para no quemarse, Tōga no pudo con la impresión y bloqueó su celular al instante. Los colores se le subieron al rostro y sintieron su sangre hervir como lava de un volcán en plena erupción. Taishō se levantó al instante, sin poder decir palabra. Higurashi estaba llorando, solo con haber escuchado lo que salía del maldito móvil.
—Llama a InuYasha… —susurró, casi al punto de las lágrimas—. ¡Llámalo ahora!
Estaba despertando cuando su celular timbró de manera abrupta. Iba a cambiar el maldito tono musical de llamada.
Se tocó la cabeza mientras el timbre seguía aturdiéndole los sentidos. En la noche no había podido dormir nada, no paraba de pensar en Kagome y lo mal que se había puesto por su matrimonio civil. Apenas era al alrededor del mediodía, ¿quién lo llamaba tan insistente?
—¿Aló?
—Ven al templo ahora mismo, necesitamos verte con urgencia.
No fue más. Apenas alcanzó a reconocer el tono de voz de su madre y supo al instante que estaba llorando. ¿Habría pasado algo malo? Rápidamente se levantó de la cama, se duchó en un par de segundos y se vistió como un Correcaminos. Antes de salir, le tecleó un mensaje a Kikyō diciéndole que iría a casa de sus padres a arreglar un par de asuntos y que la vería en la tarde. Ella respondió que estaba bien, mientras, pasaría tiempo con sus padres.
Durante el camino llamó varias veces a sus padres y ninguno contestó. Empezaba a volverse loco de preocupación. No sabía por qué el camino se estaba haciendo tan extenso, pero parecía que no iba a llegar pronto.
Después de varios minutos de conducir, por fin pudo parquearse frente a su templo. Subió las escaleras corriendo y abrió la puerta con sus llaves. El corazón le latía a mil por hora y sentía los nervios a punto de hacerlo vomitar, nuevamente. ¿Se trataría de su matrimonio?
Apenas cruzar hasta la sala, notó la presencia imponente de su padre, que advertía gesto severo. No supo de qué se trataba, hasta que lo saludó. O al menos eso intentó.
—Padre…
—¡Eres un cínico!
La cachetada que recibió en ese momento lo dejó tan descontrolado, que casi cae al suelo. Oyó a su madre gritar, bañada en llanto. Le decía a su padre que no lo hiciera, que no lo volviera a hacer.
InuYasha regresó la vista lentamente hacia su papá. No podía creer que le hubiera alzado la mano, no era posible. Y menos en esos momentos, en donde estaba a punto de casarse. ¡¿Qué mierda estaba pasando?!
No dejó de observarlo, con los ojos desorbitados y la mejilla ardiendo, palpitando de dolor. Se llevó la mano de manera pausada hasta allí, donde estaba caliente y enrojecido. «Eres un cínico» no dejaba de resonar en su mente.
Su padre jadeaba y lo seguía mirando con pura ira. A pesar de aquel cuadro tan deplorable, Tōga seguía severo, ahí, sin bajar la guardia. La cachetada le había partido los labios a InuYasha y ahora sangraba.
Hacía poco más de cinco años que su padre no le ponía un dedo encima, pero jamás de esa forma tan violenta. Todo era mudo excepto por el llanto de su madre, que corrió a auxiliarlo con un pañuelo empapado de alcohol, que sabe Dios de dónde lo había sacado.
Sintió que sus piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo. No podía decir nada, no sabía qué estaba pasando y su mejilla cada vez dolía más.
—¡Eres un bruto! —Gritó, mientras quitaba la sangre de la boca de su hijo.
—¡Él es un sinvergüenza, deja de curarlo! —Se dirigió a su esposa, pero sus palabras eran como rugidos de león—. ¿Cómo pudiste, InuYasha? —Preguntó con voz moderada, mientras movía la cabeza de manera reprobatoria.
—Qué…qué es lo que pasa —logró articular, intentando salir de su shock emocional.
—¡Esto pasa!
Cuando alzó la vista hacia el celular de su padre y observó en la pantalla, muy claramente el cuerpo desnudo de su hermana, sobre el de él, follando salvajemente, gimiendo y balbuceando incoherencias producidas por el calor y el placer, sintió que todo su mundo se venía abajo.
Fue algo aberrante y desagradable. Jamás se había visto desde ese ángulo, manipulando el cuerpo frágil de Kagome, apretándolo y sirviéndose del placer de sus carnes. Era como irreal, como una vulgar película pornográfica en la que él era el incestuoso protagonista.
Nada estaba bien.
El video no duró mucho ante sus ojos y él volvió a mirar hacia el piso.
¿Qué podía decir? ¿Qué se suponía que tenía que decir? No paraba de pensar en cómo diablos había sucedido eso, cómo había llegado hasta sus padres y quién había grabado eso entrando en una propiedad privada.
—Lo… lo siento. —Dijo por fin, sin saber siquiera si eso era lo correcto que debía decir. Su madre seguía llorando, pero ya silenciosamente, junto a él. No lo soltaba.
—¿Lo sientes? ¡¿Lo sientes?! —Seguía rugiendo, soltando palabras llenas de decepción. No podía creerlo, no podía superarlo. Aunque en el fondo de su corazón lo sabía, no pensaba verlo y enterarse de esa manera—. ¡InuYasha, vas a casarte mañana con Kikyō, por amor a los cielos! ¡Deshonras el nombre de tu esposa! ¡Deshonras el nombre de su familia! ¡Deshonras el nombre de nuestra familia! ¡Deshonras el nombre de tu hermana y el tuyo propio!
Midoriko no podía parar de llorar. No podía hacer más, ni decir algo, porque su esposo tenía parcialmente la razón. Pero había tantas cosas que quería gritar, tantas cosas que quería confesar a los cuatro vientos.
—Basta… —susurró apenas en un hilo de voz— basta, por favor. Ya lo sabíamos, Tōga —alzó la vista hacia su marido— siempre lo supimos.
InuYasha la miró rápidamente, con una expresión desencajada. Saber qué. ¿Qué sabían? ¿Que él y Kagome follaban? Era tan retorcido…
Automáticamente pensó en Kikyō, en su familia y hasta en Kōga. ¿Qué demonios se suponía que iba a pasar con su vida después de eso? Volvió a perderse en sus pensamientos y mirar hacia el suelo. Sentía un nudo en el estómago y quiso más que nunca, abrazar a su mamá. Pero ni siquiera podía moverse.
—Esto es increíble —comentó decepcionado, tomándose el cabello de la frente y echándoselo hacia atrás, presionándolo—. No lo puedo creer, mañana mi hijo se va a casar con una gran mujer a la que engaña con su hermana.
—Papá, yo…
—¡Con-su-propia-hermana! —arrastró cada letra que gritó y estrelló el celular contra la pared más cercana. Nunca en la vida había sentido tanta ira y frustración. Ya no había nada qué hacer después de que la carne de sus hijos se hubiera conocido, ya lo peor había ocurrido y él no pudo impedirlo—. No sé qué estoy pagando.
Midoriko ahogó su clamor y sus ganas de gritar que sí sabía, que sabía exactamente lo que estaba pagando, pero nuevamente, calló.
—Estoy muy avergonzando. —Reconoció, con la cara roja por la pena que empezaba a embargarlo al recordar aquel maldito vídeo.
—¿Desde cuándo lo hacen? —Soltó la pregunta que InuYasha temía y cerró los ojos con desesperación—. ¡Responde!
—¡Ya lo sabemos! —Al fin ella se levantó, encarando a su marido. Por primera vez se sintió igual de alta que él, con el mismo coraje. Él la miraba como siempre, severo e impasible, cuando se trataba de temas delicados.
—Midoriko, le hice una pregunta a nuestro hijo…
—¡Sabemos perfectamente…! —lo interrumpió y señaló con su dedo índice, mirándolo fijamente y con determinación. Las lágrimas estaban cesando— ¡que nuestros hijos tienen intimidad desde la adolescencia! ¡Por eso mandamos a InuYasha para Inglaterra, para que estuviera lejos cinco años y mira! —extendió los brazos, con un gesto que «mostraba» lo que estaba sucediendo—. ¡No sirvió de nada!
Siguieron discutiendo el porqué InuYasha había actuado de esa manera, por qué los había irrespetado y un montón de cosas más.
Ajeno a eso, se levantó lentamente por fin, llamado la atención de sus progenitores, que lo observaron expectantes, respirando con dificultad y frustrados como él.
—No me voy a casar.
—¡Oh, claro que vas a casarte! —Refutó Tōga, pensando en que su hijo estaba diciendo puras locuras—. Olvídate de esa idea.
—¡Tōga, nuestro hijo no ama a Kikyō! —Volvió a salir en defensa de su pequeño. El aludido soltó un suspiro, mordiéndose la lengua. No tenía que hablar de más.
—¡Y a quién ama, entonces! ¡¿A su hermana?! —Se dirigió nuevamente a InuYasha—. Te vas a casar con Kikyō y se irán de Japón. —Sentenció, como ultimátum. Midoriko callaba porque sabía que no habría manera de zafarse del matrimonio sin herir a Kikyō, sin deshonrar a su familia y esa ofensa era de un grueso, muy grueso calibre. InuYasha no tenía más opción, además, él mismo se lo había propuesto—. No quiero que le mencionen ni una palabra de esto a Kagome. ¿Entendido?
Midoriko asintió, completamente de acuerdo: no harían el problema aún más grande. InuYasha también asintió. No valía de nada contarle toda esa mierda, de todas maneras, iba a unir su vida para siempre a otra persona.
—Sí.
—Y desde hoy… —miró a su hijo y a su mujer, alternativamente, esperando que el mensaje llegara bien claro.
—Papá, solo te pido que…
—¡Desde hoy Kagome está muerta para ti!
Continuará…
Mi capítulo favorito en la vida de este fic. Me encantó que estuvo lleno de emoción, lleno de dinamismo, o al menos eso creo yo. Amo la manera en la que Tōga golpea a InuYasha y le muestra el vídeo, fue plasmado justo como se reproducía en mi cabeza y eso me hace feliz. Y por todo esto, es mi capítulo favorito de la historia.
Tuttynieves: ¡Muchas gracias por estar pendiente de mis actualizaciones y regalarme un review! Qué alegría que te encante.
Laurita Herrera: Hola, hermosa Laurita. HAHAAH oye no seas así con Kikyō, igual InuYasha de repente le demuestra cariño [siempre ha sido amable y tierno con ella] y como no hay realmente una mujer a la que ella pueda culpar pues por eso se siente insegura. HAHAHAHA AMÉ lo de "Fan de ti, pues" HAHAHA amo a mis lectores. Son lo mejor que tengo. Pronto subiré el capítulo del asesinato, espéralo. A mí también me dolió escribir esa parte de Kagome. Pobrecita, en serio. JAJSJSAJJAA nunca superaré lo del vómito.
Mariam1005: Te respondí de vuelta XD Sí, las mentiras en este fic abundan ya que se trata de esconder una relación incestuosa. Es inevitable ir mentira tras mentira, ocultando las cosas como si no fuera necesario comentarle a alguien más. Ay, InuYasha celoso por ahora no XD y no sé, la verdad el personaje está evolucionando para ya no ser tan tóxico, pero va a sufrir XD
InuKag89: HAHAHAHAHA AMÉ TU COMENTARIO CON MI VIDA. Qué bueno que te causé sensaciones en la escena, era justo lo que quería. Ese comentario tuyo de InuYasha fugándose con Kagome me llamó la atención y pronto sabrás por qué. En dos o tres capítulos más. Qué lindo haber creado una nueva shipp que agrade a mis lectores. Yura solo sirve para querer arruinar a Sango HAHAHA, es mi villana para la historia de ellos dos dentro de este fic, como un pequeño universo. Gracias por leerme.
Elyk91: Amo la reviews largos, me dan vida. HAHAHAHA no te pongas nerviosa, vendrán cosas peores para tus nervios XD mi objetivo es justamente que como InuYasha, tengan un conflicto entre dejar o no a Kikyō, porque no se lo merece y ella es en realidad la victima de todo esto. Sí, se casó, así debía ser. Analizando bien la situación, Kagome es la que más sufre. Me gusta porque Yura tiene un merecido interesante. Yo de una, aviso que Sango y Miroku no tienen remedio alv. Si sufre una pareja, también sufre la otra. Lol. Amo que te hayan gustado y gracias por elogiarme, me siento tan honrada. Saludos igual.
Déjenme saber cómo les pareció este capítulo con los padres viendo el vídeo. ¡Qué nervios!
En el próximo capítulo:
«—No me quiero casar.
[…]
—Pues ve a decírselo, InuYasha, no…
—Pero voy a hacerlo. —[…]—. Dijiste que tomara una decisión.
[…]
—InuYasha —[…]— si ya estás condenado al mismísimo infierno por follarte a tu propia hermana. […] —¡Escúchame! —[…]—. No condenes tu vida a una mujer que no amas. —Por fin dejó de mirarlo y caminó hacia la puerta, abriéndola con rapidez.
—¿Qué...qué rayos dices? —Jadeaba, como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Lo analizaba desde lejos, con la expresión desencajada por la confusión»
