[~]

-¡Cerbero y Lepus han regresado!- se oyó un grito desde el Coliseo.

Aioria y Mu se encontraban en el Coliseo junto con otros Santos de distintos rangos. Su atención se desvió hacia el llamado de la llegada de aquellos Caballeros que habían partido hacía un mes hacia el Mar Rojo en una misión de reconocimiento. Sus semblantes se ensombrecieron al ver que sólo habían vuelto dos.

-¿Y Selket?- preguntó Aioria, conteniendo su impulso de alzar la voz, intuyendo lo peor.

Ambos negaron suavemente, impotentes.

-Vengan con nosotros- dijo Mu, intuyendo algo.

Aioria caminaba junto a él, seguidos por aquellos Santos de Plata. Todos entraron a la Casa de Aries y se acomodaron en el gran salón. La expresión de Mu era de aparente calma, permaneciendo con sus ojos entrecerrados todo el tiempo, Aioria en cambio dejaba notar la tensión y Raido lo sabía bien.

-Maestro Mu, maestro Aioria… no tenemos idea qué pasó con Selket- se excusó Raido.

-¿Cómo que no tienen idea? ¿Qué diablos pasó allá?- preguntó Aioria visiblemente molesto con su discípulo.

Aitana entonces tomó la palabra.

-Estábamos en Aswan, cerca a Abu Simbel cuando nos atacaron- explicó la Liebre.

-¿Espectros?- preguntó con extrañeza Mu.

-No, No sabría cómo explicarlo. Parecían atacarla sólo a ella. Como… como si se sintieran atraídos por ella- tartamudeó ella, no muy segura de qué palabras usar.

-Selket estaba a cargo de la misión. Ella nos obligó a retirarnos y regresar al Santuario a darle aviso al Patriarca- explicó el pequeño León.

-Eso es exactamente lo que harán ustedes- les espetó Aioria. -Aitana y Raido, suban a la Cámara del Patriarca. Mu los acompañará, yo debo hacer algo antes.

El León se dirigió a la Octava Casa.

[~]

-¿¡Dónde está Orión!?- gritó, exasperado el que estaba por encima de los ochenta y ocho Santos de Athena.

A la reunión extraordinaria habían acudido los dos Santos de Plata que habían acompañado a Selket en la misión, Mu quien los había llevado ante el Patriarca con la supervisión de Dohko, y Milo quien había sido convocado por Aioria. Camus estaba con el Escorpión cuando el León había ido a ponerlo al tanto, así que también se encontraba allí. Él había sido el primero en ir con Selket a una misión, por lo que tenía algo que decir con bastante propiedad, llegado el caso.

-La encontraremos- afirmó Aioria con determinación.

-No logro contactar con su Cosmos- dijo el Escorpión, frustrado.

En realidad llevaba días caminando entre su Templo como león enjaulado desde que ella había buscado su Cosmos y había cortado la comunicación abruptamente. No sabía si estaba bien o no.

-Selket no es imprudente durante las misiones. Yo ya recorrí todo Siberia con ella, Patriarca. Tal vez ella necesite ayuda- intervino Camus.

Aquellas palabras de su amigo lo mortificaron un poco, haciéndolo sentir culpable. Quizás Selket lo había llamado para pedir ayuda, después de todo, lo único que había alcanzado a decir era que había cometido muchos errores. Quizás debió de haber ido a protegerla y no lo había hecho. Otra vez.

-Ella… Selket dijo algo que tal vez… No lo sé- dijo Raido con temor, ya que Milo estaba tan furioso con él que en cualquier momento le saltaría con las quince Agujas de una sentada.

-¿Qué fue lo que dijo?- preguntó molesto el Escorpión.

-Dijo que el Nilo siempre conduce al hogar… No sé qué significa. Ella dijo que nunca nos perderíamos si estábamos cerca del río- dijo con desgano.

-Ella no quiso tocar el agua del río, era como si tuviera una fobia extraña o algo- complementó Aitana.

El Patriarca abrió sus ojos con sorpresa y luego frunció el ceño.

-Pueden retirarse, Caballeros de Plata- les dio la orden a Aitana y Raido.

Salieron de inmediato ante la mirada protestante de Milo, mientras Aioria se quedaba viendo al suelo y Dohko miraba fijamente a su compañero de armas de la pasada Guerra Santa. Camus permanecía estoico con sus ojos cerrados y Mu meditaba mirando a la nada.

-Patriarca- comenzó a objetar Milo.

-Milo, cálmate. Sólo nos queda esperar- dijo con falsa calma el Santo de Libra. -No podemos ir por ella.

-Tal vez, y lo espero mucho, haya regresado a su hogar- habló Shion.

[~Selket~]

[3 días antes]

-¿Quiénes son? ¿Por qué no dan la cara?- los reté, pero no se movieron de sus lugares.

Me seguían rodeando como hienas, pero sin atreverse a atacarme. Si no me querían hacer daño tal vez sería porque les era más útil viva que muerta, pero, al parecer, sólo me querían separar de la vista de todos.

-Eso no importa, vas a morir aquí de todos modos- siseó la voz femenina de la que, aparentemente, era su líder.

Me fui contra ella, lanzándole una potente descarga que alcanzó a quemarla un poco, chamuscando su capa, la cual dejó ver que un lado de su cara estaba cubierta por vendas. Me repuse de inmediato y saqué mi Aguijón. Cuando iba a picarla un golpe seco en la parte de atrás de la cabeza me hizo trastabillar. Mi visión se nublaba y sabía que en poco tiempo quizás perdería el conocimiento. No podía seguir esquivando a todas esas sombras al tiempo. Terminarían por agotarme y someterme con facilidad. Necesitaba un segundo para concentrarme, pero no dejaban de atacarme. Tenía que reaccionar más rápido. Proyecté mi Cosmos por todo mi cuerpo, creando un campo eléctrico que las mantenía a raya, pero la figura más fuerte me sorprendió cuando sacó un arco y lo apuntó hacia mí. Era de color plata oscuro y tenía incrustaciones de rubíes. Su forma parecía estar llena de escamas. La flecha era roja con una serpiente enroscada. Encendió su Cosmos y disparó.

Disparé mi Aguijón en un rayo potente, pero la flecha logró atravesar mi defensa, golpeando mi brazo en uno de mis bíceps, causándome un profundo rasguño, pero sin llegar a incrustarse. La sangre caliente rodaba por mi brazo, al igual que sentía un punto en mi frente sangrando al mismo tiempo. No podría seguir peleando así por más tiempo. Maldijo su tiro "fallido", mascullando algo, molesta. Me intenté componer, a pesar del dolor. Me encontraba acorralada y herida, sin escapatoria. Volvió a cargar una de sus flechas y disparó.

El frío espectral me confirmó que había llegado al lugar donde me haría menos humana cada vez que entrara. La soledad y el silencio reinaban de una manera en que helaba la sangre. Justo en el último momento había decidido abrir nuevamente aquella puerta prohibida, motiviada por la seguridad de que esta vez me atravesaría el corazón si la flecha, que no era una flecha ordinaria, me alcanzaba. Me dejé caer en aquel suelo duro y helado. Esperé un rato a que mi respiración se normalizara y el agotamiento cediera un poco. Sentía mi cabello húmedo y frío. Cuando lo toqué, mi mano quedó completamente cubierta de sangre brillante. Mi Armadura resonó al sentir el contacto con mi sangre caliente. Me sentía muy mareada y mis fuerzas se iban sin que yo pudiera hacer nada. Miré mi brazo derecho y el panorama no era mejor: la sangre salía a borbotones por aquella herida que no parecía común. Quizás era una secuela de su ataque, como los anticoagulantes en el componente de algunos venenos. Decidí arrancarme un pedazo de tela de la ropa que llevaba bajo la armadura. Una especie de trusa negra que me ayudaría a hacer un torniquete. Con mi mano izquierda y los dientes, logré anudarlo con fuerza. La única que me quedaba.

Todavía me costaba mucha energía el venir aquí. Mi Armadura comenzó a resonar muy suavemente, en un pequeño ronroneo que me reconfortó. La presión que siempre ejercía contra mí había disminuido. Le agradecí mentalmente darme un poco de alivio. Lo necesitaba. Me arrastré como pude y llegué al río que llegaba a la Duat: el Nilo. Al igual que el río Aqueronte, hay un misticismo rodeando las aguas de este afluente y yo sabía que de una u otra forma, llegaría al Templo si me dejaba llevar por sus aguas. Me sumergí y dejé que el agua me revitalizara y me condujera, enjuagando la sangre que brotaba de mi cabeza y brazo, manchando las cristalinas aguas de rojo. Rezaba mentalmente porque no perdiera el conocimiento y me ahogara.

[3 días después]

Desperté con la vista borrosa, como si hubiera dormido por días. No lograba enfocar nada bien y mi cabeza retumbaba como si me taladraran.

-Selket, ya despertaste- me dijo con voz infinitamente cálida.

Era ella, mi maestra. Hacía dos años no la veía, desde que me había enviado al Santuario. Sus ojos verdes y su cabello rubio cenizo no habían cambiado en absoluto. Me levanté y la abracé de inmediato, a lo cual ella me apretó con fuerza y luego me regañó.

-Selket… Debes descansar, el golpe en tu cabeza fue muy fuerte.

-Ya… Maestra Seshat, qué gusto verla. Yo…- mis ojos se llenaron de lágrimas. -Yo soy una Santa de Plata ahora. Tengo una Armadura. Yo. Yo soy la Santa de Plata de Orión.

Apenas terminé de pronunciar el nombre de mi Armadura, caí en cuenta que no la tenía puesta. Ella pareció notar mi desconcierto en cuanto me llevé la mano al pecho y a los brazos.

-Tu Cloth está resguardada, Almi- señaló un lugar en una esquina de la habitación.

Me había llamado así desde niña. Desde que tengo memoria. "Almi" significa "mi esperanza", y Seshat me había cuidado desde siempre. Una oleada de nostalgia me envolvió con la calidez que recordaba del que había sido mi hogar siempre. Parpadeé un par de veces para volver al aquí y al ahora. Allí estaba la Caja de Pandora con la imagen del Cazador.

-¿Cuántos días han pasado?- pregunté, intentando orientarme en vano.

-Dos días enteros. Está por anochecer- me contestó, un poco más seria.

-¿He estado todo este tiempo inconsciente?- me asusté.

-Sí, Selket. Has puesto demasiado esfuerzo en tu cuerpo. Has permanecido demasiado tiempo en la Duat- su voz era severa.

Seshat hablaba exactamente igual al Patriarca Shion cuando me reprendía.

-Sé que prometí no usar jamás la Neb-Ankh, maestra- me justifiqué.

-Sé lo que el Santo de Géminis te hizo, Almi- me dijo con pesar.

Mi corazón quedó en vilo. ¿Cómo podría ella saberlo? Quizás el Patriarca la mantenía al tanto de mi entrenamiento.

-Jamás he usado la Crux Ansata, maestra Seshat. Se lo juro.

-Selket, hay una razón por la que aquel lugar sólo se permite la entrada a aquellos que han dejado su vida mortal atrás.

-¿Qué se supone que haga, maestra? ¿Cómo puedo luchar por este mundo, entonces? Lo que pasó allá…

-¿Quién los atacó, Selket?- me preguntó, seria.

-No lo sé, maestra. No los pude ver. Una de ellas no paraba de hablar de mi Armadura y decía que la Luna se encargaría de todo… fue muy confuso- le dije, bastante alterada.

Sus cejas se alzaron con sorpresa, pero no dijo nada. No estaba segura de contarle sobre aquella guerrera del arco y la flecha de serpiente roja, pero le pregunté por el significado de la víbora y el carmesí. Lo sopesó por un momento y se levantó, alisando su túnica con la palma de sus manos.

-Regresa al Santuario, Selket- me indicó.

-Ppero, maestra- protesté.

-Selket, esperemos que esa Armadura no te dé problemas- me dijo, frunciendo el ceño.

¿Mi Armadura? ¿Orión? ¿Cómo podía ella saber eso? Llamó a una de las Uabet y le dio instrucciones ininteligibles, pero la última frase sí logré escucharla: "la protectora de Diana ha regresado". No sabía qué significaba ni quién era, pero no podía preguntarle. Disimulé como si no hubiera oído nada mientras la Uabet salía de la habitación. Volvió con una Caja de Pandora bastante opaca. Mis ojos estaban abiertos como platos mientras tenía ante mí una Armadura de Athena. Por el color de la Caja adiviné que era una Armadura de Plata.

-Y entrégale esto a Shion- me indicó Seshat.

-¿Cómo es que…?- señalé débilmente con el dedo.

-Es la Armadura de Gato, la constelación guardiana de Felis- me dijo. -Y es hora de que regrese al Santuario. Han pasado más de 243 años desde la última vez que fue usada.

¿Qué? ¿Usada por quién? Esa Cloth había permanecido guardada aquí, lejos del Santuario, desde la pasada Guerra Santa contra Hades. Algo grave estaba a punto de suceder, lo presentía, pero nadie quería decir nada. Si quería respuestas, tendría que conseguirlas por mi cuenta.

[~]

-¡Mal...ditas… escaleras!- mascullé entrando por la gran puerta que daba a la Sala del Patriarca, donde se encontraban reunidos.

Todos voltearon a verme con inmensa sorpresa. Llevaba puesta mi Cloth y cargaba sobre mi espalda una Caja de Pandora que no era la de Orión. Todos me miraban sin dar crédito a lo que veían: había regresado, luciendo no muy bien de salud, pues estaba flaca y magullada, pero a salvo. Respiraba agitadamente y luchaba por mantenerme en pie sin dejar de temblar. Gracias al Cosmos de la diosa que había sellado la Calzada Zodiacal, me había tocado subir a pie a través de las Doce Casas y sus miles de escaleras. Suficiente esfuerzo representaba para mí utilizar la Duat como puerta para teletransportarme a mi antojo, como para encima agregarle el esfuerzo físico de subir hasta aquí. Me sentía mareada y débil. En una fracción de segundo Milo llegó a mi lado, sosteniéndome, mientras Dohko tomaba con un brazo la Caja de Pandora, dándole un vistazo no muy convencido.

-¿De dónde sacaste esto, Selket?- me preguntó en cuanto me vio apoyada en Milo.

Miré a Shion, insegura de contestar, aunque sabía que Dohko seguramente estaría igual de enterado. Él había ido por por mí al Templo del Nilo y no era idiota.

-Me pidió entregársela a usted, Patriarca- le dijo, sabiendo que él entendía perfectamente a quién se refería.

Milo seguía sosteniéndome de la cintura y eso me hacía sentir segura, en cierto modo. Si me soltaba, seguramente caería rendida en la inmaculada alfombra roja que cubría el camino hasta la silla del Patriarca.

-Los demás pueden retirarse- les dijo a Milo, Aioria y Dohko.

Eso significaba que me iba a interrogar sola y eso, en cierto modo, me indicaba la delicadeza de la información que esperaba obtener. Milo me apretó inconscientemente hacia sí, sin querer apartarse, pero obedeció. Los demás no opusieron reistencia ni hicieron el más mínimo ademán de protestar. Quedamos sólo el antiguo Caballero de Aries y yo.

Me invitó a pasar a la sala que yo ya conocía, donde había una fuente y yo había comido dátiles. Me parecía que había sido hacía una eternidad. Lo seguí, algo más recuperada y entonces me ofreció aquellos frutos deshidratados una vez más. Comí algunos y mi estómago lo agradeció. Necesitaba algo más que la energía del universo para no colapsar por inanición. Bebí algo de agua que me dio una Vestal y entonces comenzó el tira y afloja más largo del que había participado. Yo no iba a ceder y tampoco sabía qué decirle. Había decidido averiguar primero lo que más pudiera de la víbora roja y luego, tal vez, hablaría en voz alta.

-¿Qué pasó allá, Santa de Plata de Orión?- me miró fijamente y tragué en seco.

-No lo sé, Patriarca. Fuimos atacados, pero no sé quiénes o qué eran- le respondí.

-¿Por qué le ordenaste a tus compañeros retirarse?- preguntó con el mismo tono parsimonioso.

-Señor, las catacumbas eran muy inestables, la estructura por poco se viene abajo y necesitaba ponerlos a salvo- le dije, con sinceridad.

-¿Y tú...?- alzó una ceja.

-Señor, mis compañeros, de quienes yo estaba a cargo, eran mi prioridad. Yo tengo formas de escapar…- sabía que entendía a qué me refería.

-¿Quién los atacó, Selket?- preguntó una y otra vez, de mis formas creativas.

Una y mil veces respondí vagamente. El Patriarca lucía cansado y poco dispuesto a seguir interrogándome. Yo no tenía nada más qué decir… o eso había decidido. Claro que había notado cierta fijación, por así decirlo. Aquellas figuras cubiertas por capas me había atacado con saña, de eso estaba segura. Precisamente por ello había ordenado la retirada, para evitar un enfrentamiento innecesario. Y seguramente el arco y la flecha de serpiente roja me darían alguna pista. Tenía mucha lectura por delante, pero lo haría sola y por mi propia cuenta.

-Puedes retirarte, Selket- me indicó con desgano. -Hablaremos luego, tenlo por seguro.

Asentí y luego de hacer la respectiva reverencia, me retiré. No miré a Milo, Aioria ni a Dohko, quienes esperaban afuera en la sala principal. No quería delatarme de ninguna manera y ellos tres me conocían lo suficientemente bien como para notarlo enseguida. Bajé la Calzada sin detenerme y llegué a mi cabaña. Estaba helada, pues no había dejado ninguna lámpara de queroseno encendida. Podría encender mi Cosmos, pero no quería alterar a Orión. Mi Armadura era demasiado voluble ante mis cambios de ánimo y no dudaba en intentar imponerse sobre mi en cuanto me sintiera flaquear. Encendí el quinqué y me cubrí con una manta gruesa, pero el frío caló en mis huesos. En el fondo sabía que ese frío no se iría así estuviera inmolándome en una hoguera.

Me acosté pensando quiénes eran aquellas criaturas, qué podrían querer de mí, a quién servían… No sería una casualidad nada más, estaba segura de haber sentido más de un Cosmos extraño allí, en medio de la nada… Pero yo ya no tenía aliados, ni amigos ni nada. Sólo era un activo dentro del ejército de la diosa. Mi fidelidad estaba con ella, pero ya no podía llamar hogar a este lugar.

[~]

Los Doce Santos Dorados estaban reunidos en la Cámara del Patriarca. Era una noche fresca y despejada, con vientos fuertes, anunciando la llegada del otoño. Llevaban rato discutiendo sin llegar a un consenso y comenzaban a caldearse los ánimos aún más.

-Selket ni siquiera tuvo el respeto suficiente como para reportarse al llegar de su misión. Es una vergüenza- alzó la voz Shura. -Tuve que enterarme por esto.

-Shura, Selket no llegó en buenas condiciones, prácticamente se desmayó al entrar. Ella fue atacada y regresó herida- la justificó Aioria.

-Selket está acostumbrada a hacer lo que le da la gana desde que llegó a este Santuario y se metió en la cama de un Santo Dorado- se quejó Capricornio.

-Ella ganó su Armadura de Plata por sus propios méritos. Ganó cada combate y tuvo una victoria absoluta en la Final- espetó Milo con rabia.

Era un argumento bajo, pero siempre era traído a colación cuando de ella se trataba, lo cual hacía que la sangre del Escorpión bullera de ira. Era una posición machista y acomodada para explicar el brillante desempeño en combates de ella y también su insolencia, que para todos aquellos que la conocían bien, era más que sabido que se trataba de una cualidad innata.

-Milo, la entrenaste bien, pero le has permitido toda clase de caprichos que en otras condiciones jamás ninguno de nosotros hubiera consentido- le contestó Shaka.

-No es la primera vez que esta Amazona tiene problemas aquí. Estuvo a punto de ser expulsada más de una vez cuando aún era una joven aprendiza. Sus bromas, peleas personales y demás, han hecho que el Santuario luzca como un patio de niños- expuso Aldebarán de Tauro.

Aunque el Búfalo Dorado le tenía cierto aprecio a la chica, no dejaba de tener un sentido del orden mayor y siempre había pensado que a ella le había faltado mano dura. No es que él estuviera dispuesto a mostrarle la cara dura de la justicia, pero sí, y en eso todos podían estar de acuerdo, incluido el Escorpión, Selket no conocía los límites ni las consecuencias y constantemente jugaba con ellos. Parecía que todos tenían algo que decir acerca de la Santa de Orión.

[~Selket~]

La mañana estaba más fría de lo usual, así que me preparé un té caliente con jengibre. No sabía qué me esperaba, pero sólo podía hacer eso: esperar. Me sorprendió oír que golpeaban a mi puerta. Abrí y ante mí estaba el Santo de Aries. Había venido por mí muy temprano, llevándome a Aries sin decirme siquiera por qué. Su mirada era severa como la de su maestro. Su semblante no era mejor.

-Selket te abrirán un consejo de guerra, esto es grave- me dijo, apenas entró a mi casa.

-Está bien, puedo asumir las consecuencias de mis decisiones- le dije, con aplomo.

-No estás dimensionado esto, podrían sentenciarte y perder tu Armadura- me tomó del brazo para que le pusiera atención.

Lo seguí en silencio sin hacer preguntas. Yo ya sabía que no iba a tener escapatoria.

-Por todos los dioses, Keti, ¿qué estabas pensando?- me dijo Mu en cuanto entramos al salón de Aries, llevándome a una habitación privada que no conocía.

Mu era mi mejor amigo, era el único en quien podía confiar… Al menos eso creía. De todas formas él era, ante todo, un Caballero Dorado. Su deber era más grande que cualquier otra cosa, incluso obedecer a su propio maestro. Yo bien conocía la historia de la última Guerra Santa donde todos habían muerto en el Muro de los Lamentos. Mu no había alzado su mano contra Shion, pero no había acatado la orden de éste de dejar pasar a DeathMask y Afrodita.

-Te lo contaré todo- le dije, mirándolo a los ojos con sinceridad.

Asintió y nos sentamos. Sería una mañana larga. Comencé contándole de Fanak, cómo lo había encontrado y la conversación que había tenido con él donde específicamente le había preguntado si estaba bien allí, si era feliz o quería venir al Santuario conmigo.

-Contéstame algo Mu: Si Kiki no hubiera querido venir contigo al Santuario, ¿lo hubieras obligado? Si él prefiriera quedarse en Jamir, ¿lo dejarías?

Milo llegó a la Casa de Aries irrumpiendo sin ninguna consideración. Mu y yo lo miramos esperando alguna explicación, pero lucía cansado y malhumorado.

-Mu, el Patriarca te quiere en la Cámara ahora- dijo sin más.

-¿No vendrás, Milo?- le preguntó el ariano al ver que éste no se había movido.

-No- dijo, conteniéndose. -Gracias a Selket.

Así que se quedaría vigilándome. Estaba bastante serio e inexpresivo. Casi parecía Camus, lo cual era muy extraño en alguien tan pasional y sangre caliente como él. El ariano asintió y me dedicó una mirada diciente que a todas luces gritaba "no hagas nada estúpido ni lo hagas querer matarte". Yo me quedé mirándolo mientras Mu abandonaba su Templo en silencio y nos dejaba incómodamente el uno con el otro.

-Ven, subiremos a Escorpio- me dijo.

Lo seguí sin poner ningún pero y entramos en la que anteriormente había sido mi casa por años. No había cambiado. Me llevó al diván y me senté sin saber muy bien qué hacer. Se sentó y se llevó una mano al cuello, luego suspiró pesadamente y se apretó el tabique formando un ápice con el índice y el pulgar, como si tuviera migraña.

-Quizás te expulsen de la orden- me dijo con preocupación.

-Lo sé, Raído les contó todo, ¿verdad?- pregunté con desánimo.

Asintió con algo de pesar. Luego puso sus manos en sus muslos y siguió mirando a la nada.

-Así es- respiró hondo. -Dime cómo es que pensaste que todo eso era una buena idea. No eres tonta, pero eres demasiado impulsiva. ¡Selket, esto podría costarte el precio más alto!

Yo no podía ni siquiera mirarlo.

-Eres una inconsciente- me espetó mientras se paraba y se servía un trago.

-Milo, yo…

-Esta vez no puedo defenderte, Mátia mou… has ido demasiado lejos y- se contuvo y bebió el vaso entero de una sentada.

-No podía dejar que le hicieran lo que me han hecho a mí. No podría vivir con aquello en mi conciencia ni en mi corazón- le dije, tomando su mano.

Él me miró con una mezcla de amargura y nobleza.

-si me condenan…- comencé, pero él se exasperó.

-Pareces no haber entendido nada más que la habilidad para pelear estos años- me dijo, con seriedad. -Selket, la valentía sin sabiduría es torpeza. Tu tenacidad es increíble, pero tienes que aprender a controlar tus impulsos y pensar.

Callé y no supe ni cómo mirarlo.

-A ti no te costó ni dos segundos decidir abandonarme, ¿a eso le llamas sabiduría?- dije, reabriendo aquella vieja herida.

-Corté contigo porque estaba demasiado enojado por lo que habías hecho, no porque hubiera dejado de quererte- me contestó, visiblemente alterado.

Me quedé sin aliento al escuchar esa revelación. Sin darme tiempo a reaccionar, otro par de pasos llegaron hasta mí.

-Selket, es hora de tu juicio- me dijo.

Esta vez había venido por mí Aioria. El León miró a Milo con una mirada bastante diciente, mientras yo me quedaba ahí sin saber qué hacer y con una maraña de pensamientos. El corazón me latía a mil, pero estaba segura que tenía más que ver con lo último que me acababa de decir Milo y no con mi muy posible expulsión de la Orden. Qué bueno que tenía mis prioridades claras…

No supe qué hacer, si hablar, despedirme o algo. No hice nada. Agaché la cabeza y seguí a Aioria fuera del Templo de Escorpio rumbo a la Cámara del Patriarca.

-No voy a mentirte: esto es grave. Selket, sé prudente y tal vez el Patriarca sea benevolente- me aconsejó Aioria.

Entré detrás de Leo, quien tomó su lugar a un lado. Tenía una hilera de Santos Dorados a cada costado y de frente al Patriarca.

-Sé lo que hice. No voy a pedir disculpas o a justificarme por ello. Aceptaré las consecuencias sin oponer ninguna clase de resistencia- dije sin más.

Había hecho exactamente lo opuesto a lo que Aioria me había dicho. Estaba harta de jugar aquel juego, pero iba a decir exactamente lo que pensaba al respecto.

-Sé lo que es vivir siendo una esclava toda mi vida. Lo era antes de venir aquí y lo soy aún. ¿Por eso estoy aquí, no? Todos han decidido controlar mi vida dejando poco o nada de espacio para mi libre albedrío. Todos han hecho lo que les ha dado la gana conmigo con tal de obtener lo que han deseado. Saga me torturó y todos lo permitieron. ¿Quieren castigarme por haberme enamorado de mi maestro? Adelante. ¿Quieren condenarme por no haber obligado a un ser libre a venir aquí? Lo acepto con gracia, pero no puedo ver cómo obligan a alguien libre a abandonarlo todo, incluído a sí mismo a la fuerza. Sería, irónicamente, perderme demasiado.

La sala permanecía en silencio. Se miraban los unos a los otros, aunque no tenía idea si estaban teniendo conversaciones vía Cosmos. Los murmullos comenzaron. Mi cabeza bullía con un ruido sordo que me impedía pensar con claridad, pero oía infinitos reproches viniendo de todos los rincones de la sala.

[~]

Más de una hora había pasado desde que Selket había entrado a juicio y no lograba haber un consenso, pero el más agitado sin duda era el Santo de Capricornio. Su orgullo como capitán y dirigente de las misiones del Santuario estaba herido. Y no por cualquiera, una Saint de menor categoría y reputación bastante ambigua era lo que más le molestaba.

-Es inaudito que te comportes así siendo una Saint. Eres una vergüenza para este Santuario. No eres capaz de obedecer una instrucción aunque tu vida dependa de ello. Te niegas a traer al recluta por el que fuiste enviada y, no siendo suficiente, arrastras contigo a una chiquilla sin Cosmos a vivir una vida en un campo de entrenamiento para seguir a su hermana sólo porque sentiste lástima de ellas- Shura le recriminó delante de todos.

-¡Pues, tal vez si hubieran traído a Seline cuando se llevaron a Milo ella sería una Saint y no una Marina a la fuerza!- gritó, sin pensar.

-Eres una insolente- le recriminó Shura.

-A ti te perdonaron luego de matar a tu compañero de armas e intentar asesinar a la propia diosa Athena sólo porque seguías órdenes, ¿no? Bueno, pues tal vez apele a la misma cortesía precisamente por hacer todo lo contrario- le espetó Selket, sosteniéndole la mirada.

Todos permanecían en silencio. Shura levantó su mano derecha en lo alto, emitiendo un pequeño resplandor. Selket lo miró desafiante, pero no se movió.

-¡Shura!- habló el Patriarca con severidad. -Es suficiente.

-Mu, llévate a Selket. Entraremos en sesión por un juicio. Al anochecer tendremos una decisión- le dio la orden el maestro al discípulo.

La chica salió con la cabeza en alto, bastante orgullosa y altiva. No iba a dejar que Shura ni nadie la hiciera sentir menos.

-Entraremos en sesión. Once Caballeros Dorados votarán y entonces tomaré una decisión- anunció el Patriarca.

Shura de Capricornio no sólo era el más severo de todos los Santos Dorados, también era el más intransigente. El Mago del Agua y el Hielo lo sabía muy bien, habiendo luchado junto a él y más tarde contra él en Asgard. Habían muchos sentimientos confusos entre ellos, pero seguían teniéndose un respeto mutuo bastante alto.

-Shura, no olvides que desobedecimos al Santuario una vez por un propósito que creímos mayor. Estábamos dispuestos incluso a tomar la vida de nuestros compañeros de armas con tal de cumplir la misión aún a costa de ser señalados como traidores- le recordó Camus.

El Patriarca frunció el ceño recordando la última Guerra Santa.

-Para salvar a la humanidad, no para evitar que un niño feral reciba entrenamiento- le espetó de vuelta la Cabra.

-¿Debería ser expulsada de la Orden, entonces? Todos sabemos cuál es el castigo para los desertores y traidores- anotó DeathMask, algo complacido.

-Selket debe ser castigada- azuzó los ánimos Afrodita.

-En eso estamos todos de acuerdo- intervino Dohko.

-Y lo será, mis queridos Santos- la voz de la diosa inundó la gran sala.

De inmediato, todos se hincaron de rodillas ante Athena, quien caminaba lentamente llegando al centro donde antes había estado Selket.

-Creo que todos hemos fallado- comenzó. -Llegué al Santuario siendo una niña mimada e ingenua. Todos ustedes fueron testigos de ello. Esperaba que todos me hicieran caso tal como pasaba con la Fundación. Ninguno de ustedes creyó en mí en un principio- los aleccionó la menuda diosa de cabello morado.

Todos callaban, inmóviles y con la cabeza agachada. La verdad pesaba y sabían que ninguno de ellos había creído en Saori Kido como la reencarnación de la diosa Athena. Se paseó entre todos y llegó a donde el Santo de la última Casa.

-Afrodita, una vez me dijiste que esperabas ver en qué clase de diosa me convertiría. Espero no haberte decepcionado, mi querido Piscis- le dijo con suavidad y ternura.

Él asintió y sonrió con suavidad. Ella continuó.

-Camus, diste tu vida por tu alumno y regresaste como un traidor junto a Shura y Saga. No te importó la veta que incluso tu mejor amigo te dio- le dijo, sonriendo.

-Saga, tomaste el Santuario e intentaste asesinarme cuando era una bebé. Tu hermano conspiró contra el mundo y engañó al Dios de los Mares para iniciar una nueva Guerra Santa- le dijo al Santo de Géminis, sin embargo, en su voz no había reproche alguno.

Luego se paró en frente del Guardián de la Décima Casa.

-Shura, tu actitud es el reflejo de la culpa que llevas cargando todo este tiempo. Puedo verlo con claridad. Tu afán por castigar a Selket no es otro que el reflejo del afán por castigarte a ti mismo. Tu juicio está nublado por la culpa- le dijo, al tiempo que acariciaba su mejilla.

El Santo de Capricornio, tan duro y estoico como era su carácter, se dejó caer por primera vez. Cerró los ojos y las lágrimas corrieron por sus mejillas. La diosa las removió con suavidad y luego siguió.

-¿Necesito seguir? Creo que podemos aprender y seguir. El amor es la fuerza más poderosa del universo, es lo que hace que sus Cosmos estallen hasta el infinito y lo que me ata hasta el final de los tiempos a defender la Tierra. Espero eso de mis Caballeros: que amen y perdonen.

Ninguno de los Santos Élite se atrevió a modular una sola palabra. El Patriarca con más de doscientos años, tampoco dijo o hizo nada. La diosa sabía leer perfectamente lo que había en sus corazones y la sabiduría se reflejaba en ella aun siendo tan joven.

-Shion- le llamó, con suavidad. -Confío en que sabrás escoger no un castigo, sino una lección para Selket.

El Patriarca asintió e hizo una reverencia. Los demás Santos lo imitaron y la diosa se adentró en sus aposentos. El Patriarca se aclaró la garganta.

-Mañana les comunicaré mi decisión. Regresen a sus Templos- les indicó. -Mu, encárgate de Selket por esta noche.

El Santo de Aries salió en último de la Cámara del Patriarca cuando ya todos sus compañeros de armas habían regresado a sus Templos. Se detuvo en seco en cuanto salió del Octavo Templo.

"Milo, Athena ha intercedido en favor de Selket. Mañana el Patriarca comunicará su castigo, pero seguirá siendo parte de Orden y permanecerá en el Santuario"

Estaba a punto de reanudar su marcha cuando sintió el Cosmos de Escorpio.

"Gracias, Mu. Cuida de ella, por favor"

Llegó a Aries y Kiki ya estaba en su habitación dormido. Selket estaba en el salón principal distraída contando las cuentas de su brazalete, intentando no volverse loca esperando. Por muy fuerte y confiada que quisiera parecer, en el fondo estaba aterrada y temiendo su suerte. Aún así, no se arrepentía de sus decisiones y estaba dispuesta a enfrentarlas. Esa tenacidad era la que Milo adoraba en ella, pero también la que los separaba. De inmediato se puso de pie y lo miró con el corazón en vilo.

-¿Para qué debo prepararme?- preguntó, casi sin voz.

-No lo sé, Keti- le respondió con un suspiro. -Permanecerás en la Orden y en el Santuario, sólo eso sé..

Selket tragó en seco, algo aliviada. Estaba preparando posibles escenarios que abarcaban a lo menos la prisión de Cabo Sunión, la expulsión de la Orden y la ejecución. Ahora, lo que tenía seguro era que jamás saldría en una misión en lo que le quedara de vida, aunque conservaría su status y Armadura. Suspiró pesadamente y abrazó a Mu, sin importarle nada más. Comenzó a sollozar suavemente, pero pronto escaló hasta el llanto claro y audible. El Santo de Aries se limitó a acunarla en sus brazos y acariciarle el cabello hasta que, luego de unos minutos, logró calmarse. Aún hipando, recibió de buena gana el té que le ofreció el ariano.

-El Patriarca me ha pedido que te quedes aquí esta noche hasta que informe mañana su decisión- le contó. -Ven, prepararemos una habitación para ti.

Ella lo siguió y entonces entraron a la habitación contigua a la de Kiki. Una modesta pero muy bien adecuada recámara con finos tapetes y bordados tibetanos de colores mostaza y terracota. Había una pequeña mesa de noche y una cama sencilla. Observó toda la habitación y luego le agradeció a Mu su hospitalidad.

-Mu, una última cosa- lo detuvo antes de que él se retirara de la habitación. -¿Cómo está Milo?

-Descansa, Keti. Te cuidaré- le contestó, saliendo de allí.

Ella se quedó en silencio de pie hasta que la silueta desapareció por completo. Cerró la puerta y deshizo la cama. Se metió en ella e intentó mantener a raya sus pensamientos y miedos más profundos. Luego pensó en Milo largo rato. Cuando por fin habían podido encontrarse de nuevo y acercarse como antes, la habían enviado a aquella misión. Ahora, todo volvía a ser un caos y no sabía cómo encontrarlo. Pensó en hablarle vía Cosmos, pero se arrepintió. Hoy lo había humillado profundamente como Santo. Por primera vez había prescindido de un juicio, siendo tratado como inhabilitado por su relación con ella. La vergüenza no solo era aquello, sino ser el maestro de ella. Sus actos reflejaban el carácter de él como maestro y no lo había hecho quedar bien. Podría ser la Santa de Plata más poderosa, pero eso de nada valdría ahora. Se cuestionaba si sería verdad aquello que le había dicho Milo en la tarde, sobre no haber aprendido más que a dar puños y patadas.

No logró dormirse sino hasta poco antes del amanecer. En unas cuantas horas tendría que ir a escuchar su veredicto. Enfrentaría luego las consecuencias.

[~]

-Ven aquí, Kära- la llamó su maestro.

Ella corrió al salón principal, de donde venía la voz de su maestro. Había salido muy temprano sin decir a qué.

-¿Sí, maestro?- llegó en un segundo a su lado.

-Tengo que ocuparme de un asunto toda la mañana, así que te encargarás de destilar las tinturas tú sola- le indicó.

-Como diga, maestro- asintió sin chistar.

-Dime algo, Seline- la miró de arriba a abajo. -¿Tú quieres ser una Marina?

La chica parpadeó un par de veces antes de responder. La había cogido con la guardia baja aquella pregunta.

-Maestro… siempre he sido una Marina. Usted mismo me ha estado preparando durante este tiempo para ser un General Marino, el más alto rango- le respondió.

-Eso no responde a mi pregunta, querida- le espetó con superioridad.

Ella se puso nerviosa y no supo qué responder. Él rió con desdén y tomó el casco de su Armadura, disponiéndose a salir del Templo de Piscis. Ella se quedó pensativa, pues era extraño que su maestro hubiera salido tan temprano y vistiendo su Cloth Dorada. Había regresado por un momento y allí era cuando habían tenido esta peculiar conversación.

Meditó un rato, pero no pudo pensar en nada que pudiera explicar el comportamiento de Afrodita esta mañana. Cambió el flujo de pensamiento por lo último de lo que se había enterado en el Santuario: la llegada de los Santos de Plata.

Raido y Aitana habían llegado hacía cinco días, mientras Selket lo había hecho hacía dos noches. Con ninguno había tenido oportunidad de hablar, aunque sabía que algo había ocurrido. Algo que tenía bastante indispuesto a su hermano y que seguramente tenía que ver con su amiga escorpiana. Se levantó de la mesa y organizó las cómodas en las que pondría los frascos con las pócimas del Santo de Piscis. Ya casi lograba una combinación magistral de extractos herbolarios y su Cosmoenergía. Estaba tranquila haciendo lo que Afrodita le había pedido cuando Lexie entró en su laboratorio.

-Lex, ¿qué haces aquí?- le preguntó, sorprendida de ver a su compañera tan temprano en un Templo que no era el suyo.

-Por favor no te vuelvas loca, ¿sí?- rió, nerviosa.

-Eres demasiado dramática- le dijo, volteando los ojos.

-Kanon ha estado reunido con el Patriarca y tu maestro esta mañana- le contó.

-¿Kanon también? No lo sabía- respondió con fingido interés.

-Y Saga- completó Lexie.

Ahora sí había logrado captar la atención de Seline, quien dejó a un lado lo que estaba haciendo y volteó a verla completamente.

-¿Qué está pasando, Lexie? Cuéntame de una vez.

-Selket…- dudó, pero Seline la miró con impaciencia. -Selket se metió en un gran problema, pero no sé qué pasó. Kanon no me quiso dar detalles y Saga, bueno, ya sabes que él no cuenta mucho y-

-¡Lexie!

-Ay, ya… Algo va a pasar con nosotras las Marinas aquí en el Santuario. No creo que sea bueno, Sel…

-Sólo porque nuestros maestros estén reunidos no significa que vaya a pasar algo malo. Posiblemente están ya organizando nuestro torneo… A ver si algún día nos convertimos en Marina Shogun y regresamos a Atlantis.

-Tiene que ver contigo- le dijo con seriedad. -Ella al parecer dijo en su audiencia ayer que no deseabas ser una Marina.

-¿¡Selket dijo qué!?

[~]

Uabet: Sacerdotisa egipcia encargada de la limpieza y orden de los templos.

Älskling: "querida" en sueco.

[~] Capítulo sólo porque es el cumple de Milo :3

Guest: Trataré de publicar siempre lo más rápido posible (dejando hasta el trabajo tirado a veces jajaja) pero ya es un poco más complejo, pues la trama se complica. Me alegra montones que estén disfrutando la saga… porque vienen más cositas.

Natalita07: Esa armadura va a ser o el triunfo o la ruina de Selket, totalmente ;) Pero shhhh: El destino finalmente encontrará a Milo y a Selket. Me alegra muchísimo verte tan pegada de la historia :)

Gabriela: Sí, todavía queda Senda Dorada para rato, gracias a que cierta amiguita mía me dio una idea para otro fic y los quiero conectar. Así que los hechos del capítulo pasado y este son la conexión con el siguiente fic de Saint Seiya que escribiré y por ello la trama se prolongó. Por ahora, me concentraré full en Senda Dorada y luego seguiré con los otros fics (Asgard, Templo Submarino y The Lost Canvas). ¿Qué hago pues si le cogí el gusto a esto? jajaja

GabrielaPerez2: ¿La misma Gabriela de arriba? Quizás haga que Milo exponga más sus sentimientos a ver si le dice Mátia Mou más seguidito jajaja. Respecto a la alumna de Shaka no puedo decir nada hasta que no avancemos :3

Ana Nari: Una vez más, gracias por seguir pendiente, querida :)