Del comienzo del plan

Como era evidente, la isla estaba en alerta, así que los ferrys no dejaban de salir uno tras otro, completamente llenos. Los geólogos, vulcanólogos y demás científicos del caso investigaban la actividad del volcán y, a pesar de que no tardaron en bajar el estado de la alerta, de todas maneras muchas personas estaban nerviosas y querían salir de ahí. Las chicas ya se lo esperaban, por lo tanto decidieron regresar a su hotel y quedarse hasta la mañana del día siguiente para poder tomar un ferry que las llevara a Creta. Alfa lo sentía por el susto que le dio a los habitantes, pero la verdad es que no había otra manera de lograr su objetivo, y se aseguró de que regresara a la calma, así que más que eso no podía hacer.

Por otro lado, en los parajes helados de las montañas de Svalbard, Otis recibió las instrucciones de Alessandro de dar inicio al plan. El hombre fue a buscar a Jivika, quien se encontraba en su celda, pero por gusto propio. Ahora la adolescente estaba convencida de que su nombre era Alexiel y que debía estar del lado de Otis y Alessandro porque ellos la salvaron, le devolvieron sus recuerdos y sólo querían lo mejor para los Santos que servían a Atenea. Y para eso necesitaban darle una lección a la joven deidad, porque no querían más muertes innecesarias ni que el Santuario se transformara en el circo que iba derecho a convertirse. Otis entró en la celda, Jivika se encontraba sentada en su cama, viendo a la pared que tenía frente a ella.

—Alexiel, querida, es hora —le dijo en un murmullo. La joven volteó a verlo con ojos vacíos de cualquier expresión y procedió a levantarse y seguirlo.

Otis le explicó que su cosmo regresaría a ella cuando salieran de la protección de las cuevas y que era imperativo que retomara el control del mismo en segundos y luego lo mantuviera al mínimo posible o, de preferencia, apagado. Jivika asintió ante las palabras y lo siguió a la entrada. Una vez ahí Otis se le adelantó algunos pasos, luego volteó a verla y le sonrió. Jivika tomó aire un par de veces antes de asentir y dar algunos pasos. El regreso de su cosmo no sería inmediato, el sello llegaba algunos metros más allá, así que avanzó titubeante, esperando sentir su cosmo, pero como no sucedió, se confió un poco y continuó.

Algunos metros más adelante comenzó a sentirse mareada y con algo de náuseas pero no se detuvo. De pronto, todo el peso de su cosmo recuperado cayó sobre ella. La chica titubeó y Otis fue a sostenerla. Siguieron avanzando mientras ella luchaba contra las náuseas y el mareo y por recuperar el control, le tomó apenas algunos segundos más recobrarse lo suficiente para acallar su cosmo. Otis se dio cuenta, entonces la aferró y salió corriendo en dirección al puerto en donde ya tenía un barco a la espera. Subieron al mismo y comenzaron el viaje a tierra firme.

Les tomó un par de horas llegar al pueblo de Rypefjord. En cuanto desembarcaron Otis la llevó a una casa abandonada a las afueras. Le dijo que encendiera su cosmo, que se sintiera confundida, que no intentara contactar al Santuario, nada más a su maestra. Todo esto Jivika ya lo sabía, lo repasaron muchas veces, pero Otis quería asegurarse de que la chica comprendía y no cometería errores.

La adolescente asintió, concentró su cosmo y se esforzó en hacerlo sentir titubeante y confundido, lo cual no fue muy difícil de lograr, porque ella se sentía así. Luego intentó conectarse por ese medio con su maestra. Helena, aunque ellos no lo sabían, no se encontraba tan lejos, estaba en Suecia, buscando pistas. La mujer estaba en una habitación de hotel cuando sintió el explosivo cosmo de Jivika dar señales de vida. Se puso alerta de inmediato, pero no le dio tiempo de mucho más cuando la titubeante voz de su alumna retumbó en su cerebro.

—¿Helena?

—¡Jivika! ¿En dónde estás? ¿Te encuentras bien?

—No sé dónde estoy, es una casa abandonada, no sé cómo me siento... ayúdame, por favor.

—Jivika, necesito que mantengas la calma y me digas si hay alguien más contigo. ¿Estás sola?

—No. Hay alguien afuera, creo. No sé quién es ni sé cuánto tiempo llevo aquí. ¡Ayúdame, por favor! —la urgencia en su voz era genuina.

—¿Puedes salir de ahí?

—No lo sé. No me siento bien.

—Jivika, necesito que mantengas encendido tu cosmo para poder rastrearte, ¿puedes hacerlo?

—Creo...

—No cortes la comunicación por ningún motivo, Jivika, voy saliendo hacia allá, me parece que estás en Noruega, pero no donde te atraparon. Sigue hablando conmigo. —Y mientras intentaba seguir la comunicación con Jivika se contactó por tan sólo un segundo con Aldebarán para decirle "creo que la encontré", pero no le dijo nada más, pese a las preguntas.

No tenía tiempo para eso, temía que quienes la capturaran se dieran cuenta de que se estaba comunicando con ella y por eso debía moverse lo más rápido posible, pasando por pueblos y montañas a la velocidad máxima que su cosmo le permitía. No tardó en aparecer en aquél pequeño pueblo mientras seguía hablando con Jivika. Rastreó la casa en segundos y, efectivamente, vio a un hombre solitario apostado a la entrada.

En cuanto la vio, el hombre levantó las manos y se tiró al suelo. No era esa su batalla, su única misión fue mantenerse en la entrada hasta que la mujer se presentara. Helena tuvo un mal presentimiento, pero debía ver a Jivika, a quien ahora sentía muy cerca. Tiró la puerta que la separaba de su alumna y se encontró con la chica sentada en un rincón. La adolescente levantó la mirada al verla y Helena le sonrió.

—Ya estoy aquí, Jivika —le dijo mientras se acercaba.

Helena entró a la habitación y se arrodilló frente a la menor. Jivika no tardó en echarle los brazos al cuello y Helena no pudo más que regresarle el abrazo.

Entonces Jivika sacó una jeringa que mantenía en sus manos, la destapó y, sin más miramientos, la clavó en el hombro de su maestra y le inyectó el líquido. Helena dio un salto cuando lo sintió, se levantó y se quitó la jeringa que aún tenía clavada. Miró a su alumna sin entender lo que estaba sucediendo, pero la mirada de Jivika estaba vacía. Encendió su cosmo durante un segundo, el suficiente para llegar a Aldebarán, pero no pudo contestarle porque sus párpados se sentían pesados, tambaleó un tanto, intentando mantener la calma y el control. Se llevó una mano a los ojos, todo comenzaba a volverse negro. Quiso encender su cosmo, pero le era difícil, se sentía débil y su cosmo no le respondía.

En unos cuantos segundos más, la mujer se desplomó en el suelo. Jivika se levantó y se aseguró de que su maestra siguiera respirando. Poco después Otis entró en la habitación seguido de un par de hombres. Les hizo una seña y entre ambos levantaron a Helena del suelo y todos salieron del lugar, de regreso al muelle y de ahí a su pequeña isla. Otis se comunicó con Alessandro: el plan había resultado.

Aldebarán estaba tan preocupado después de la primera "llamada" de Helena que dejó el entrenamiento de lado y se fue a dar vueltas en círculos por el Coliseo. El resto lo notó, pero como Aldebarán no parecía tener ganas de compartirles en seguida lo que estaba pensando, decidieron dejarlo en paz, aunque manteniendo un ojo sobre su compañero. De pronto Aldebarán se detuvo y todos pudieron sentir cómo inflamaba su cosmo. Saga y Kanon fueron los primeros en acercarse a su amigo, quien se veía ahora más preocupado.

—Es Helena —les dijo—. Acaba de pedirme ayuda, me dijo que encontró a Jivika, pero ahora el cosmo de las dos desapareció de nuevo.

—¿En dónde estaba? —preguntó Saga.

—No lo sé exactamente, en algún lugar de Noruega. Tengo que ir inmediatamente.

—Llévalo, Kanon, voy a informar a los demás —dijo Saga.

Kanon le pidió detalles a Aldebarán y ambos desaparecieron dentro del portal que abrió. Saga reunió a los Dorados presentes y se comunicó vía cosmo con Shion, quien no tardó en aparecer en el medio del Coliseo con todos los demás. Shaka adoptó su posición de Flor de Loto y comenzó a rastrear, pero lo único que podía sentir era el cosmo de Kanon y Aldebarán moviéndose por Noruega. No encontraba rastro de Helena ni de Jivika.

Una vez más la alerta del Santuario se dio. Todos debían estar en sus puestos sin demora. Pero fuera de eso, no había mucho más que pudieran hacer. Saga, Shaka y Mu se unieron a la búsqueda por Noruega junto a Kanon y Aldebarán. Deathmask intentó comunicarse vía cosmo con Dicro o Alfa, pero las dos volvieron a apagar su cosmo mientras se encontraran en Kanon y las líneas de comunicación de los mortales comunes estaban todavía saturadas dada la emergencia del volcán.

Shion no podía creer que esto estuviera sucediendo de nuevo. Ahora tenían a dos chicas secuestradas y tres que no podían encontrar por el momento. Para cuando los Santos Dorados que estaban en Noruega se acercaron a la costa, los renegados junto con Helena iban ya en la mitad del mar y no podían sentirlos. En algunas horas más estaban de regreso en su cueva y el cosmo de todos desapareció de nuevo.

Durante las horas que siguieron al secuestro de Helena, los Dorados no dejaron de buscarlas. Luego de varias horas dieron por fin con la casa en la que estuvieron, pero lo único que quedaba ahí era la jeringa que usaron contra Helena. Aldebarán no cabía en sí de la preocupación y el resto no estaban mucho mejor que él. Helena era una buena guerrera, pero actuó por impulso y por el miedo de perder el rastro de su aprendiz de nuevo. El de Tauro se sentía culpable. No debió dejar que Helena cortara la comunicación entre ellos, ni debió quedarse de brazos cruzados a esperar más noticias. Debió salir en ese preciso momento a Noruega a ayudar a su chica, pero ya era demasiado tarde.

Para sorpresa de ambas jóvenes, lograron conseguir un boleto de salida hacia Creta durante la madrugada, a las 5am, para ser exactos. Ninguna de las dos tenía idea de lo que estaba pasando en Atenas, no esperaban que nada fuera de lo común sucediera y, entre que querían mantener su cosmo al mínimo por los renegados y, porque no querían dar a conocer la ubicación del lugar donde entrenaban los servidores de Dionisio, no se les ocurrió comunicarse con el Santuario. Alessandro no tardó en dar con ellas y en montarse al mismo ferry que las jóvenes tomaron esa madrugada. El camino duraría varias horas, lo que significaba que no tendrían tampoco manera de comunicarse con el mundo en el medio del mar. Eso lo ponía contento. Él sabía que los demás seguro estarían buscando a la Santo de Plata, pero las chicas no parecían enteradas.

En cuanto llegaron a Creta les tocó tomar un autobús que las dejó cerca del lugar al que iban. Por ahí se encontraba un parque nacional bastante atractivo para los turistas, así que los viajes hacia allá eran comunes. Alessandro no dejó de seguirlas, pretendiendo que era un turista más. Las jóvenes bajaron del camión y comenzaron a adentrarse en el parque por los caminos recorridos por los visitantes, pero no tardaron en dejar esos senderos para adentrarse en el bosque. Treparon por algunas montañas, siguieron los caminos que algunos ríos secos dejaron en el terreno. La emoción tanto de Dicro como de Chris era notoria y ninguna de las dos parecía que fueran a cansarse pronto de caminar por aquellos parajes. A Alfa se le estaba dificultando un tanto más dado que ahora llevaba la caja de Pandora de su armadura a cuestas.

Luego de varias horas de caminar por el interminable bosque, Alfa notó que Dicro apuraba el paso y se ponía más nerviosa. Entonces llegaron a un claro en donde pudieron observar algunas antiguas edificaciones y un montón de niños y adultos concentrados en sus actividades. La pequeña Chris era un manojo de nervios mientras buscaba con la mirada. De pronto lanzó un grito y salió corriendo, llamando la atención de niños y adultos.

Un niño en particular levantó la mirada al escuchar el grito y sonrió antes de salir corriendo al encuentro de la pequeña. Ambos se abrazaron como si no hubiera mañana. Dicro sonreía ampliamente, y apuró el paso para llegar junto a ellos. Alfa se quedó algunos metros de atrás mientras sonreía ante la reunión familiar que estaba presenciando. Alessandro se quedó lo suficientemente atrás como para que nadie lo notara, ya había visto lo que quería, así que se dio la media vuelta y se alejó del lugar.

Dicro estaba arrodillada abrazando a sus niños y un hombre más o menos de su edad se acercó a la familia. En cuanto Dicro se dio cuenta de que estaba ahí se levantó con una sonrisa y lo saludó profusamente. Luego lo llevó con Alfa y los presentó. El hombre se llamaba Theo y era quien estaba a cargo de los entrenamientos de Dorian. No tardó en darles la bienvenida e invitarlas a pasar a uno de los Templos para que pudieran descansar. Antes de eso, Dicro llamó a su hijo y se lo presentó también a Alfa. La joven pensó que el pequeño se parecía bastante a su madre. Su cabello era largo y arremolinado, color rojizo y sus grandes ojos uva no dejaban de demostrar lo contento que le ponía tener a su familia consigo.

La visita de las chicas no podría durar mucho tiempo, porque bueno, ese era un Santuario como el de Atenea, no un lugar para visitantes. Pero se hacían excepciones cuando las visitas eran guerreros de otros Santuarios y más cuando se trataba de la madre de uno de ellos.

Les ofrecieron algo de comer mientras Theo le contaba animadamente a Dicro los progresos que veía en su hijo. Luego de la comida el pequeño insistió en hacerle una demostración a su madre de todo lo que había aprendido, tanto física como mentalmente. El pequeño de Dicro era un niño bastante listo y se le notaba. Chris, luego de ver la exhibición de su hermano, le pidió que practicara con ella, y ambos entonces comenzaron una amistosa pelea. La regla era que no se hicieran daño en serio y los chicos obedecieron, nada más demostraron sus habilidades al otro, en una sana competencia entre hermanos. Cuando los niños terminaron su demostración salieron a jugar con otros de los pequeños que ahí vivían y los adultos se quedaron a seguir conversando. De pronto una persona los interrumpió y le dijo algo a Theo quien se quedó serio.

—El Patriarca del Santuario de Atenea se ha comunicado con nosotros —les dijo—. Quiere presentarse en este momento aquí. ¿Alguna de ustedes dos está en problemas? Dice que es urgente.

Ambas chicas se miraron y luego de regreso a Theo.

—No, no estamos en problemas. Si el Patriarca quiere venir es porque algo ha sucedido —contestó Dicro.

Theo asintió y se levantó de su lugar.

—Acompáñenme —les dijo.

Las chicas también se levantaron y siguieron al hombre a un Templo más grande y que Alfa asumía era el principal. Sintieron el cosmo de Theo comunicarse con el Patriarca y segundos después Shion apareció ante ellos. Los tres se arrodillaron un momento.

—¿Qué está sucediendo, Patriarca? —preguntó Theo.

—El Santuario de Atenea está en alerta, Theo. Hace algunas horas una de nuestros Santos de Plata fue secuestrada en algún lugar de Noruega. Es la segunda persona de nuestro Santuario que nos es arrebatada y, por lo tanto, queremos que todos aquellos que tengan rango menor al de Oro estén de regreso en el Santuario. No habíamos podido comunicarnos con estas jóvenes porque esas fueron sus instrucciones y porque no querían poner en peligro la ubicación de este lugar de entrenamiento. No creemos que ustedes aquí corran peligro alguno, aunque es mi obligación aconsejarles que estén atentos. Necesito llevarme a Alfa de regreso y a Chris, porque pertenecen al Santuario. Dicro es libre de quedarse aquí con su hijo o regresar con nosotros, como lo considere apropiado. Pero la prioridad es tener a todos los miembros de nuestro Santuario unidos.

—¿Secuestraron a Helena? —preguntó Alfa y Shion asintió, luego miró a Dicro.

—Me gustaría regresar al Santuario y ayudar en lo posible —contestó ella a la mirada inquisidora del Patriarca.

—De ser así es necesario que nos marchemos enseguida.

Ante esas palabras Dicro asintió y salió del Templo en busca de su hija. Alfa se quedó en su lugar, no se había desprendido de sus cosas ni de su armadura.

—Felicidades, Alfa, por recuperar tu armadura.

—Muchas gracias, Patriarca. ¿Puedo preguntar por qué vino usted en persona por nosotras?

—Todos aquellos con habilidades de transportación están buscando a Helena, menos Kiki y yo, pero no quiero que Kiki salga tampoco del Santuario y esto nada más iba a tomar algunos minutos. Me parece que quienes más peligro corren en este momento son ustedes, las chicas. Y no por ser mujeres, si no porque...

—Porque somos las novias. Jivika fue un señuelo, como lo esperábamos, ¿no es así?

—Me temo que es así.

—Pretenden desmoralizar al Santuario.

—Me parece que es la base de su plan en este momento. Y aquí se encuentran no nada más un par de novias. —No lo dijo, pero era evidente que se refería a Chris y Dorian.

Alfa asintió y se quedaron en silencio algunos segundos más antes de que Dicro entrara a toda prisa con su pequeña.

—Cuida mucho de mi Dorian, Theo —le dijo Dicro.

—Ten por seguro que lo haré, Dicro. Patriarca, le deseo suerte y que todo se arregle lo antes posible. Cuenta con nuestro apoyo en caso de ser necesario.

—Muchas gracias, Theo. Y por favor, ten en cuenta mis palabras y cuida de todos aquí.

—Así se hará.

Nadie dijo más, tan sólo intercambiaron miradas y el Patriarca desapareció junto con las chicas. Una vez de regreso al Santuario ambas se fueron a ayudar en lo posible, que era mantener a todos los aprendices seguros y reunidos en un solo punto. Los Dorados aún no regresaban aunque nadie esperaba que lo hicieran en al menos un par de días. Shion también mandó a Mu a que ayudara a buscar en Noruega y a que tanto Camus como Shura regresaran de su misión antes de tiempo. Tenían demasiados Santos Dorados fuera y eso no era un lujo que podrían darse de momento. Se dio el aviso a los campos de entrenamiento alejados y se mandó a los Santos que se encontraban en ellos a que estuvieran en alerta máxima, y que no dejaran por ningún motivo sus puestos, si tenían niños pequeños o adolescentes con ellos debían mantenerlos siempre a la vista hasta que alguien pudiera ir por ellos