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Candy esperaba un indulto que nunca llegó. Aunque su cabeza le decía lo contrario, su corazón se negaba a aceptar que quizá él no la perdonara. Pony la había instado a darle tiempo, tiempo para que su ira se disipara y para que comprendiera. Pero Candy había esperado lo suficiente. Si esperaba más, podía encontrarse a Albert casado con otra.

Un agudo dolor le atravesó el pecho, como siempre que pensaba en él, lo cual hacía constantemente. Anhelaba conseguir perspectiva, el embotamiento agridulce del tiempo, pero solo hacía poco más de una semana que él la había enviado de vuelta.

Esto significaba que había soportado cinco días sola con su tío, obligada a esperar a que llegara su familia a Dunscaith y la escoltara de vuelta al castillo de Strome. No es que tuviera ganas del inevitable enfrentamiento con su padre. No, había fracasado por partida doble, defraudando a su familia y perdiendo a Albert. Pero, por lo menos, la llegada de los suyos pondría fin a los interrogatorios de Sleat. Percibía que su tío estaba simplemente tomándose su tiempo, esperando que ella cometiera un error. Estaba claro que no había creído su historia cuando le dijo que estaba tan profundamente conmocionada después del ataque de los Mackenzie que no recordaba cómo habían llegado a la entrada secreta a Dunvegan. Sleat planeaba algo. Si pudiera averiguar qué era.

Permanecía, como había hecho días y días, junto a la ventana de su tocador, que daba al hermoso loch, mirando hacia el norte, más allá del gran Cuillin, hacia donde estaba su desconsolado corazón. Escudriñaba el paisaje en busca de un jinete, alguien que le trajera las noticias que anhelaba oír.

En cambio, un ruido sordo la hizo despertar de su ensoñación. Instintivamente, se llevó las manos al estómago que le pedía ruidosamente alimento. Lo reconocía; no había comido apenas en la última semana. Los penetrantes olores a comida le revolvían el estómago, pero sabía, por lo floja que le quedaba la ropa, que había perdido demasiado peso. Necesitaba estar fuerte si quería luchar por Albert.

¿Iba a luchar por Albert? Sus pupilas se dilataron. Sintió un principio de despertar en medio del helado sopor de su congoja... y un indicio de algo que solo se podía llamar entusiasmo.

Tenía que hacer algo; no podía seguir de aquel modo. Necesitaba que él supiera cuánto lamentaba lo que había hecho y conseguir que él la comprendiera. Ojalá pudiera compensarlo y demostrarle que era digna de su confianza... y de su amor. Se dirigió abajo, a las cocinas. Primero, tenía que comer. Luego podría pensar. Y elaborar un plan.

...

—Buenos días, Willie. ¿Vas a algún sitio?

Un Willie muy agitado acababa de salir de la biblioteca de su tío cuando Candy lo saludó al volver de las cocinas. Se sentía mucho mejor después de la ligera comida que se había obligado a tragar, y estaba dispuesta para empezar a elaborar sus planes.

Sobresaltado por el sonido de su voz, Willie tropezó y el montón de misivas que llevaba en las manos salió volando, como si fuera una tormenta de pergaminos, por encima de su cabeza, esparciéndose a su alrededor, de cualquier manera, por todo el suelo. Después de un momento de estupefacción, consiguió controlarse lo suficiente como para hablar.

—Buenos días, milady.

Candy no tuvo el valor de corregir su errónea manera de dirigirse a ella. Ya estaba lo bastante nervioso.

—Parece que tienes que entregar algunos mensajes.

—Sí, milady.-Consiguió enderezarse, sin dejar de mirarla fijamente. Al reconocer aquella mirada, Candy abandonó con desgana la conversación. Se inclinó para ayudarlo a recoger las desordenadas cartas esparcidas por la estera. De repente, su mirada se posó en el conocido lema y el sello distintivo: per mare per terras.

¿Los caprichosos hados le sonreían por fin?

El corazón le latía furiosamente esperanzado y sus ojos se abrieron sorprendidos al ver a quién iba dirigida la misiva. ¡Por favor, que aquello fuera lo que estaba esperando! Con cuidado, estiró el cuello para mirar a Willie y asegurarse de que no podía ver lo que estaba haciendo, y deslizó la carta entre los pliegues del vestido. Le entregó las demás que había recogido y le sonrió sinceramente complacida, por vez primera desde hacía una semana. Distraídamente, le deseó buen viaje y se esforzó por no lanzarse a la carrera escalera arriba.

...

Solo hacía poco más de una semana que Candy se había ido, y Albert no había hecho otra cosa que permanecer sentado delante del fuego, bebiendo enormes cantidades de cuirm. Se pasó los dedos por el pelo sin peinar, enganchándose en unos cuantos enredos al hacerlo, y se lo apartó de la cara.

Una chiquilla de nada había derribado al poderoso Albert Mor. Se reiría si la ironía no resultara tan dolorosa. Para un hombre que se enorgullecía de su control y firmeza, descubrir que no era inmune a las emociones era un duro golpe. Cada hombre tenía una debilidad. Al parecer, Candice MacDonald era la suya.

La cuestión era: ¿qué iba a hacer al respecto?

Lo que tenía que hacer era enfrascarse en sus deberes, encontrar un medio de restablecer la alianza con Argyll y hacer planes para reanudar la lucha contra Sleat. En cambio, allí estaba, diseccionando cada momento de los últimos meses y analizando cada palabra de sus conversaciones con Candy, incapaz de concentrarse en nada más.

Al disolver el compromiso y enviarla de vuelta con los suyos, Albert había actuado como siempre hacía: con frialdad, sin pasión y con firmeza. Su juicio era sólido. Nunca había puesto en duda una decisión. Pero comprendía que en aquello, en decidir el destino de alguien a quien amaba, no tenía experiencia. No podía arrancar a Candy de su corazón solo porque quisiera hacerlo.

Lo había agraviado, sí. Pero cuando su ira se enfrió, Albert empezó a darse cuenta de que la traición de Candy no estaba tan clara como había pensado al principio. Había aceptado el compromiso con él con falsos propósitos, pero no podía culparla por ser leal a su clan. Debería haber acudido a él, pero podía comprender sus vacilaciones. Lo había espiado, pero no había cogido la bandera.

Sin embargo, había una cosa por encima de todas que le impedía dejar atrás para siempre a Candy. ¿De verdad lo había elegido a él antes que a su tío y a su familia?

Alguien llamó a la puerta y lo despertó de sus ensueños.

Levantó la vista y vio a Archie.

—Una carta, jefe. Del rey.

Albert se quedó mirándolo sin comprender, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Tardó unos momentos en darse cuenta de qué tenía en la mano.

Archie también se dio cuenta, porque permaneció rígido, esperando instrucciones, sin querer mirar a su jefe a los ojos. Lentamente, Albert rompió el sello, desdobló el pergamino y empezó a leer. Cuando acabó, soltó una carcajada dolorosa.

—Bueno, parece que tengo una respuesta a mi propuesta.

—Sí-dijo Archie sin alterarse, sin dar pruebas de la curiosidad que Albert estaba seguro de que sentía.

—El rey ha aceptado ceder Trotternish a los MacAndrew como parte de la dote de Candy, cuando nos casemos.

—¿Qué vas a hacer?

Albert se encogió de hombros.

—No lo sé.-Era la respuesta a sus plegarias, y había llegado demasiado tarde.

—¿Le digo al emisario real que espere tu respuesta?

—No. Necesito tiempo para pensar.

Albert despidió a Archie y volvió a leer el párrafo que lo había dejado paralizado de asombro.

Dado que, en su reciente misiva a la reina, nuestra queridísima Candice nos ha dado garantías de su felicidad y también nos ha rogado que dispongamos de Trotternish en beneficio de los MacAndrew, nos complace hacerlo así, en las condiciones que exponías en tu carta.

¿Candy le había escrito a la reina en su favor?

La pequeña grieta que había en su resolución se abrió de arriba abajo. Era verdad, lo había elegido a él y en aquel momento, en parte gracias a Candy, disponía de los medios para reclamar Trotternish para los MacAndrew y, por lo menos parcialmente, vengar el deshonor que Sleat había infligido al clan. Si se casaba con ella.

Pero ¿podría encontrar las fuerzas para perdonarla?

Albert sintió el destello de algo en su interior. Reconoció de inmediato lo que era: una posibilidad.

...

Obviamente Candy nunca lo traicionó, y ahora lo tiene claro, espero. Pero bueno, estos highlanders y su orgullo del tamaño de Escocia e Inglaterra juntas.