No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.
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Un rayo de luz de sol se filtró a través de las persianas de la ventana se filtró a través de las persianas de la ventana e hizo un ángulo sobre los parpados de Edward. Haciendo una ligera mueca ante el rojo resplandor, volvió el rostro hacia la almohada. Algo se sentía mal esta mañana.
Reconoció la cama como una de las del fondo del bus de los Sinners, así que no era porque despertara en una desconocida habitación de hotel. Estaba acostumbrado a la vida en la carretera y abrir los ojos a una nueva ciudad casi todas las mañanas así que ¿por qué se sentía como si algo fuera diferente a lo normal?
Había demasiado silencio. Faltaba el movimiento del bus de gira y el estruendo de su motor. Era una canción de cuna tan familiar que sus mañanas se sentían raras si no se despertaba con ese sonido.
Con una sonrisa adormilada, frotó el rostro contra la almohada, todavía intentando aferrarse a la consciencia, e hizo una mueca cuando el dolor se disparó a través del puente de su nariz. Mierda, le dolía el rostro. Y no porque hubiese dormido sobre él una vez más. Él sentía como si alguien lo hubiese golpeado con un puño duro entre los ojos.
Probablemente porque alguien lo había hecho.
De repente, su mente comprendió por qué el bus estaba parado esta mañana y la razón por la que sentía como si su nariz hubiese sido estampada contra una pared mientras dormía. Estaban en Las Vegas.
Vegas.
Isabella había accedido a casarse con él en Las Vegas.
Su frustrada despedida de soltero la noche anterior había resultado en su desmejorado rostro, lo que significaba...
Hoy era el día de su boda.
¡Mierda!
Instantáneamente despierto, Edward lanzó la mano al espacio junto a él para encontrar nada más que una extensión vacía de colchón. ¿Había sido un sueño? La mujer había estado rechazando sus propuestas durante semanas, así que quizás él había imaginado que ella le decía que lo amaba. Había soñado que ella aceptaba casarse con él. El corazón de Edward punzó de manera poco agradable.
Se estiró más, necesitando la evidencia tangible de la piel de ella bajo su contacto. Las inquisitivas puntas de sus dedos encontraron más sábana fría y vacía. ¿Isabella había cambiado de opinión y lo había abandonado? Ella había estado enfadada cuando él apareció con dos ojos negros la noche anterior. No podría culparla por tener dudas después de que él se metiera en una pelea en un club de striptease. Un club de striptease al que él ni siquiera había querido ir, pero aun así...
Estiró el brazo tanto como pudo, y sus dedos encontraron piel cálida y suave. Dejó escapar un suspiro de alivio y se pegó a la espalda de Isabella como dos cucharas, inhalando su delicado aroma. No era un sueño. No era su imaginación. Dulce realidad.
Isabella murmuró su nombre en sueños. Las comisuras de la boca de Edward se alzaron, y su corazón se calentó. Se acurrucó más cerca de su espalda, colocando un tierno beso detrás de su oreja.
―Te amo ―susurró.
Se sentía tan bien decirlo abiertamente sin tener que preocuparse porque ella se disgustara. Lo único mejor que expresar verbalmente su amor era oírla a ella decirlo en respuesta. Probablemente debería dejarla dormir (su sexo de reconciliación los había mantenido despiertos hasta bien entrada la noche), pero él necesitaba ver el amor brillando en sus ojos color avellana y oírla poner palabras a los sentimientos.
En unas pocas horas, ella sería su esposa; la Sra. Isabella Cullen. En lo que a él respectaba, su luna de miel comenzaba ahora.
Edward golpeteó el lóbulo de la oreja de Isabella con la lengua y lo succionó dentro de su boca. El entrecortado suspiro que ella emitió lo aferró por las bolas. Siempre era así con ella; ella encendía una insaciable hambre sexual en su interior. Y tantas cosas en contribuían a eso.
La actitud abierta de ella ante cualquier experiencia sexual le volaba la cabeza y lo desafiaba a inventar nuevas experiencias para compartir con ella. Su olor, su sabor, los pequeños y sexys sonidos que ella hacía mientras sus cuerpos estaban unidos, la textura de su piel, la forma en que la luz bailaba en su cabello castaño rojizo, el brillo de travesura en sus ojos color avellana, cómo sus labios con mohín siempre rogaban por sus besos...
Todo su ser físico quemando el cuerpo de él con consciencia. La música que él componía mientras le hacía el amor inspiraba su alma. La confianza de ella, ganada con esfuerzo, hacia arder su corazón. Él amaba todo en ella, incluso su terquedad. Ella no era una mujer fácil, pero era la única mujer para él. Él lo supo la primera vez que hicieron el amor. Y ahora ella también lo sabía. Al menos eso decía.
Él decidió que ella necesitaba unos pocos recordatorios para que no lo olvidara.
Succionando y mordisqueándole la oreja, él movió la mano para cubrirle un pecho. Ella se arqueó contra su palma, su endurecido pezón presionando contra la carne de él.
—¡Edward! —jadeó ella.
Sería el único nombre que ella exclamaría en éxtasis por el resto de sus vidas. Él ni siquiera podía imaginar el cansarse de oírla decirlo.
Deslizó la mano más abajo, sobre las costillas de ella, su vientre, buscando el centro de su placer en la unión de sus muslos. Sus dedos rozaron los apretados rizos entre sus piernas, y ella se estremeció. Él ya sabía qué quería hacerle.
Le acariciaría el clítoris hasta que acabara y luego la voltearía sobre su vientre, se suspendería sobre la espalda de ella y la follaría lentamente desde atrás. Haría girar las caderas cada vez que enterrase su polla profundamente. Provocaría su clítoris con las bolas hasta que ella le rogase que la hiciese acabar.
Isabella capturó su mano antes de que él pudiese alcanzar su objetivo.
—No —dijo ella firmemente.
—¿No? — ¿Cómo podía decir que no? Ella nunca le decía que no. Nunca.
—No hasta la luna de miel.
Él sonrió.
—La cual ya he decidido que comienza ahora.
Ella rodó para enfrentarlo e hizo una mueca.
—¡Oh, amor, tu rostro! Y pensé que lucías mal anoche.
—Gracias.
Las peleas en bares nunca acababan bien, incluso cuando ganabas. Meterse en una pelea en un bar en su despedida de soltero no había sido necesariamente la idea más brillante, pero el instigador de peleas (un tal Emmett McArty) no era especialmente conocido por que se le ocurrieran ideas brillantes.
¿Ideas impulsivas? Sí. ¿Ideas problemáticas? Sin duda. Pero no brillantes. Y la causa de la pelea... una tal Anna Chase. Bueno, él no quería que su mañana se arruinara con pensamientos sobre esa cazafortunas.
Durante unos pocos tensos momentos la noche anterior, Edward había creído que Isabella cancelaría la boda. Creyó que su mundo terminaría. Pero después de regañarlo, ella había escuchado. Le había permitido explicarse. Y aunque ella no había tolerado su estupidez, o la de Emmett, lo había perdonado. Él se había asegurado de agradecerle profusamente a su cuerpo por su perdón hasta bien entrada la noche.
Isabella le besó el puente de la nariz, y su carne palpitó en protesta. Haciendo una mueca, inhaló doloridamente entre los dientes.
—¿Te duele? —preguntó ella, frotándole el pómulo con el pulgar.
—No se siente bien. ¿Ambos ojos están negros ahora?
—Sí. Eres el mapache dios del rock más sexy del planeta.
Él sonrió.
—Bueno, mientras tú pienses que soy sexy.
—Siempre. —Ella lo besó y se apartó para mirarlo a los ojos. Él le devolvió la mirada, el corazón golpeando con una mezcla de amor, lujuria y felicidad pura. No podía creer que Isabella fuese abiertamente suya. Que quisiese casarse con él. Hoy. ¡Mierda! —Te amo —dijo ella. Enredó los dedos con el cabello de él—. Te amo —dijo más firmemente—. ¿Me crees?
Casi, todavía era muy nuevo viniendo de sus labios, pero dijo.
—Sí.
—Creo que me enamoré de ti cuando te vi de pie esperándome en la terminal de Portland. ¿Recuerdas eso?
—Sí, pero tú no me amabas en ese momento. Te pregunté si estabas abriendo las posibilidades entre nosotros y tú dijiste que sólo las sexuales. Y luego me diste tu ropa interior para asegurarte de que yo entendiera exactamente a qué te referías. —Él todavía tenía esa ropa interior en algún lugar.
—Bueno, yo era una idiota. Y sí te amaba, Edward, sólo que no quería admitirlo. Estaba asustada.
—¿Y ya no estás asustada? — Ella sacudió la cabeza. — ¿Y prometes no romperme el corazón? —preguntó él.
—Lo prometo.
—¿Y me amarás para siempre?
—Para siempre.
—¿Y podemos comenzar la luna de miel ahora mismo?
Ella rió.
—No. Voy a hacerte esperar.
—Son los dos ojos negros, ¿verdad?
Él parpadeó hacia ella, sabiendo que lucía como la mierda. Se sentía como la mierda. No estaba seguro de por qué había permitido que sus compañeros de banda lo convencieran de ira un club de strip tease para su despedida de soltero. No le habían creído cuando les dijo que prefería pasar su última noche de libertad con Isabella. Había tenido suficiente de la soltería; sólo era más de lo mismo. El amor que él compartía con Isabella era nuevo y emocionante. Exactamente lo que quería. Lo que necesitaba.
Su lista y sexy Isabella. Su corazón.
—No, no son los ojos negros. Es saber cuán duro me vas a follar después de que te provoque todo el día.
Ella le ofreció una diabólica sonrisa, y la polla de él palpitó con excitación.
—¿Estás segura de que no estás castigándome por meterme en una pelea anoche?
—Bueno, quizás un poco. —Lo besó otra vez—. Pero te amo a pesar de todo. —Ella lo miró con tanta intensidad que él tuvo que apartar la mirada—. Te amo —dijo ella con convicción, y él volvió a encontrar su mirada—. Yo te amo. Te amo a ti. ¿De qué manera te gusta que te lo diga?
—Cualquier manera me parece bien siempre que sea frecuente y lo digas en serio.
Ella siguió mirándolo a los ojos.
—Sí, acepto. Sí, quiero. Sí, acepto. ¿Cómo debería decirlo?
Él sonrió.
—Sólo tienes que decirlo una vez.
Ella sonrió y no hubo duda de que su nivel de felicidad igualaba el de él.
—Tenemos un día ocupado por delante —dijo ella—. Anillos. Vestido. Maquillaje. Boda. Concierto de los Sinners. Luna de miel. Será mejor que nos levantemos de la cama.
—O podemos permanecer en la cama, olvidar el vestido, y casarnos justo aquí mientras participamos de la luna de miel. Creo firmemente en hacer varias cosas a la vez. —Él sonrió esperanzado y asintió, animándola a imitar su movimiento y a acceder a su perfecto plan.
La ceja que ella levantó hacia él le dijo que eso no iba a suceder. Maldición. Él dejó salir un suspiro de derrota y salió de sus brazos.
—Vayamos a escoger ese anillo. Será enorme y caro... y no puedes protestar. — Ella abrió la boca, y el la cubrió con una mano. — Sin protestas.
Las comisuras de los labios de ella se elevaron contra su palma. Él sabía perfectamente bien que le compraría cualquier anillo que ella quisiese.
—¿Estamos de acuerdo?
Ella asintió, y él apartó la mano para poder besar sus labios.
—¿Estás lista para ir a elegirlo?
Él tenía tantos deseos de poner muestra física de su afecto en su dedo anular izquierdo. El delgado dedo lucía completamente desnudo en ese momento. Llevó la mano de ella a sus labios para besar el lugar que pronto estaría oscurecido por su eterna roca.
Ella lanzó las mantas a un lado.
—Primero necesito una ducha.
—Me uniré a ti.
Ella lo miró apreciativamente por un momento, su mirada deslizándose sobre su carne desnuda de pies a cabeza. Su concentración se centró principalmente en el medio. Cuando su polla se endureció bajo su apreciativa atención, su lengua salió para humedecer sus labios.
—Sí, lo harás—dijo.
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Uhhhh! Se van a casar! ¿Quién está emocionado? No olviden pasarse por el grupo de Facebook 'Twlight Over The Moon'.
¡Nos leemos pronto!
