Las luces de todas las habitaciones del Centro de Detención de Menores de Hollysbrooke, se encendieron a las siete y media en punto haciendo que la mayoría de los chicos y chicas que llenaban los módulos abriesen o entreabriesen los ojos entre insultos, quejas y demás protestas como solían acostumbrar a despertar.
A nadie le apetecía un lunes por la mañana despertar tan temprano, pero todos debían ir a ducharse y desayunar para incorporarse o bien a las clases en el aula o bien si tenían permiso y ningún riesgo de fuga a acudir a su instituto habitual.
Por supuesto, a su regreso debían traer la hoja firmada, y sellada por el profesor o la profesora de turno que ejerciese de tutor como comprobante de que aquel día había asistido a clase.
Ontari Woodward apenas había conseguido dormir un par de horas, y como la habían expulsado del instituto por vandalismo contra el coche de un profesor y solo iba a estar allí dos semanas más podía permitirse el lujo de demorarse algo más que el resto ya que no podían incluirla en las clases tuteladas del Centro hasta que llegase la aprobación de la Dirección y probablemente para cuando esos vagos y maleantes lo aprobarán, ella ya habría cumplido y estaría en libertad fuera de allí.
Obligándose a sentarse en la cama algo encandilada por las blancas luces, Ontari se llevo la mano a la cara y después suspiro quedándose mirando la cama vacía y hecha de Emori al otro lado de la habitación que compartía con ella.
Se preguntaba como habría pasado ella aquella noche, si habría podido dormir algo con las medicinas que le habían administrado, si las pesadillas y los malos sueños no la habrían despertado entre fríos sudores, lagrimas y sobresaltos.
Ontari se forzó a reprimir toda aquella clase de pensamientos, y se dijo a si misma que debía dejar de pensar en aquello y empezar a moverse. El hecho era que estaba demasiado agotada físicamente como para hacer nada para remediarlo.
La mediana de los Woodward se llevo la mano a la oscura melena y trató de no rascarse la cabeza. Esperaba no haber pillado piojos allí dentro o tal vez que una chinche escurridiza se hubiese abierto paso en la noche y la hubiese picado sin ella saberlo.
Quizás solo era el nerviosismo y la inquietud que la carcomían por entero.
Estaba deseando poder salir de allí y poder darse un buen baño en su casa, o en casa de Roan a poder ser con él dentro de la bañera.
Le echaba de menos.
Echaba de menos a sus hermanos, claro pero a él mucho más.
De algún modo los últimos meses se había acostumbrado a verle tan íntimamente a menudo que le costaba un mundo no detenerse a anhelar momentos así.
Aunque lo pareciese, para nadie era un secreto que Roan y ella estaban juntos, nadie hablaba demasiado al respecto, nadie se metía ni opinaba, en parte porque conocían el carácter explosivo de Ontari y en parte porque era asunto suyo y de nadie más a quien metía en su cama o a quien dejaba de meter.
Al igual que ella no se metía en quienes se veían con sus hermanos o en las posibles relaciones que estos pudiesen tener, pedía lo mismo.
De los seis, Ontari siempre había sido la más independiente con diferencia, desde pequeña. La más directa y realista.
Era consciente de que a sus hermanos les gustaba pensar que las cosas mejorarían en un futuro, que al final acabarían haciendo esto o aquello, pero ella no. Ella vivía el día a día enfrentando cada uno de ellos como viniese sin darle la espalda a los problemas.
A veces lo sentía como una autentica maldición porque si al menos fuese estúpida, probablemente ella lo viviría de otra manera, enfrentaría las cosas de otro modo pero Ontari era pura supervivencia y adaptación siempre dispuesta a encarar la vida tal como viniese.
Era injusto o quizás no lo era, siempre pensó.
Nah, no podía quejarse su vida podría haber sido mucho, mucho peor dadas las circunstancias.
Sus hermanos siempre habían estado ahí para ella, y por muy complicadas o difíciles que se pusieran las cosas sabía que podía contar con ellos aunque casi nunca lo hiciese.
Le gustaba ocuparse de sus propios asuntos, encargarse de si misma y no necesitar ayuda de nadie para ello.
Sus hermanos sabían exactamente que tipo de persona era ella y respetaban eso, Roan también lo hacía por eso le gustaba estar con él.
Su relación no era una relación seria, lo que se dice seria ni formal. Estaban juntos si, sin embargo apenas hacían alarde de ello o lo reconocían. Y no porque ella tuviese diecisiete años y él rondase los veinticinco, no. Era algo más, era la necesidad de tener algo verdaderamente suyo, propio y no tener que compartirlo con nadie más.
Cuando su relación con Roan le pareció volverse algo más intensa, más seria, ella le propuso que si quería ver a otras chicas no estaba obligado a nada con ella, pero para sorpresa suya, Roan le había dicho que a la única chica que le interesaba ver y con la que quería estar, era ella.
Jamás lo reconocería en voz alta, claro pero aquello hincho su corazón de orgullo y de felicidad.
Le costó, bastante además reconocer la verdad en aquellas palabras que Roan le había dedicado e incluso le acusó de faltar a la verdad en un principio pero los actos de Roan delataban lo que claramente sentía por ella y pronto su relación sin necesidad de declaraciones ni ninguna otra clase de palabrería, se consolido.
Ontari solía reservarse sus problemas para si, no era vergüenza, ni tampoco lo hacía por orgullo, ella era así y no necesitaba que nadie llegase a rescatarla en un caballo blanco como hacían en las películas porque si algo había demostrado siempre era que podía cuidarse sola por lo que si estaba con Roan era porque verdaderamente sentía algo por él y porque le gustaba estar en su compañía.
Un desgarrador grito en la lejanía rasgó el aire colándose a través del largo pabellón por el pasillo y Ontari volvió de inmediato la cabeza hacia la puerta teniendo que cerrar sus ojos al advertir la posible cosa que podría ser dado que al final del pasillo solo se encontraba una cosa en aquella planta, la enfermería.
Muchas voces y pasos presurosos corrieron por el pasillo advirtió Ontari viendo las sombras pasar por debajo de la puerta y apartó la mirada con profundo dolor y pesar, suponiendo lo que iban a encontrarse si a alguien se le habría ocurrido dejar sola a Emori por un segundo en la enfermería.
No, dios...
Otra vez no... se dijo sintiendo el corazón encogersele en el pecho no pudiendo moverse del borde de la cama aún sentada.
Ontari supo que Emori habría intentado una vez más quitarse la vida al enterarse de que iban a poner en libertad a ese cabrón hijo de puta, no pudiendo soportar aquella presión, aquel desgarrador dolor y aquel miedo atroz y Ontari sencillamente dejo caer la cabeza sobre sus manos cerrando sus ojos con fuerza, queriendo escapar por un instante de la verdadera realidad aunque aceptando el hecho de que existía una remota posibilidad de que no volviese a ver a su amiga.
Continuara...
