[~Selket~]

-¿Sabes por qué estás aquí?- me preguntó con aire de superioridad, sabiendo muy bien que yo no había tenido la más mínima incidencia en la decisión.

-Supongo que es una forma de castigarme- respondí, sin reproche.

-Podrías verlo así desde tu perspectiva- sonrió maliciosamente. -Pero para mí serás de gran utilidad.

Claro, jamás le habían permitido experimentar sus venenos y pociones en seres humanos, así que estaría más que encantado en convertirme en su conejillo de indias. Había una alta probabilidad de que uno de sus experimentos saliera terriblemente mal y yo muriera sin que se pudiera hacer algo. Quizás con la garganta inflamada, la mirada perdida y botando espuma por la boca. Eso y cientos de escenarios horribles que ya mi mente había maquinado.

-¿Quien eres, niña?- me preguntó, clavándome sus ojos turquesa.

-Hasta donde sé, una Santa de Plata- le respondí con sorna.

-Te crees muy lista, ¿no? Veremos cómo corregir esa insolencia tan natural en ti, Kära- me amenazó con una sonrisa maquiavélica que me estremeció.

"Kära" era una forma cariñosa en la que lo había oído referirse a Seline. Más o menos significaba "linda" en sueco, pero conmigo sabía que llamarme así no era ningún cumplido. Era una amenaza disfrazada de amabilidad.

-Lo preguntaré una vez más: ¿Quién eres?- ahora su tono era un poco más serio, sin llegar a sonar molesto.

Me enderecé, pensando qué quería él que yo le contestara. No creía que fuera una pregunta filosófica buscando mi ser interior a través de la iluminación y la conciencia divina.

-Mi nombre es Selket- dije con sencillez.

Quizás eso era lo único que tenía fijo y claro en este momento. Mi status dentro del Santuario pendía de un hilo y era la única identidad que reconocía ahora.

-¿Y?

-No lo sé, maestro Afrodita- me encogí de hombros.

-Eres más que tu nombre, niña… Pero tal vez la pregunta sea :¿Qué eres?- rió delicadamente.

Lo miré sin saber la respuesta y sonrió. Me hizo un gesto con la mano y luego me señaló algo en medio del bosque, o eso entendí. Lo seguí en silencio, mirando al suelo hasta que llegamos a un claro.

-Mira, Selket. Te explicaré un poco de estas plantas- me dijo.

La verdad era que ver a Afrodita de Piscis siendo mi maestro era la cosa más aberrante que me había sucedido en el Santuario. Si me asombraba que fuera el maestro de Seline, no podía creer que se convirtiera en el mío excepto por el hecho que sabía que era un castigo. El Patriarca tenía un ojo peculiar a la hora de elegirlos, pero yo no estaba en posición de discutir sus decisiones.

-¿Quieres comer de estos frutos? Los negros son los más dulces y maduros- me invitó.

-Buen intento, esas bayas son de Belladona. En Kemet usamos el jugo de sus frutos en pequeñas cantidades como analgésico, pero en cantidades mayores resulta letal- le dije, bastante orgullosa de mis escasos conocimientos en herbolaria.

-¿La has consumido?- me preguntó sin mirarme.

-Sí, algunas veces cuando tenía dolor de cabeza- respondí con naturalidad.

-¿Y cuánto es "cantidades mayores"?- me miró con suficiencia.

Medité un momento, pero no logré dar con la respuesta. Me temo que no lo sabía. Negué con la cabeza en silencio.

-La verdad es que no se ha determinado con exactitud cuánto es "demasiado". Podrían ser unos cuantos miligramos, pero no hay certeza. Un gramo podría matar con facilidad a un adulto- me dijo, jugando con una baya entre sus dedos. -¿Quieres probar?

Fruncí el ceño, temerosa de que hubiera puesto una idea en su perversa y retorcida cabecita. Él rió suavemente, comió la baya y se levantó como si nada. Entonces recordé que el Santo de Piscis era célebre por ser inmune a todos los venenos botánicos. Me hizo una seña para seguirlo de vuelta a la Calzada Zodiacal y fui tras él. Subió hacia su Templo, prometiendo verme mañana muy temprano para mi primera lección. No sabía si el término "lección" hacía alusión a enseñanza o castigo. Lo averiguaría cuando saliera el sol de nuevo. Me fui directo a mi cabaña, pero fui interceptada en el camino.

-Selket, no te permito que te involucres con Afrodita de Piscis- su voz era angustiosa, pero firme.

Miré hacia arriba y encontré a Milo bloqueándome el paso. Estaba sin Armadura, pero con las vendas de entrenamiento en sus nudillos.

-¿Perdón?- lo miré con extrañeza.

Él ni siquiera había querido verme luego del juicio. No había querido oír ninguna disculpa, explicación ni nada que viniera de mí, así que me sorprendía que justo se apareciera de la nada a prohibirme cosas.

-Te lo prohibo. No te voy a dejar exponer de esa manera a una muerte tan estúpida, así te encante jugar con ella- sonaba preocupado, aunque más molesto.

-No es tu decisión, tú ya no eres mi kyrios, Milo. Y yo no tengo elección- le dije con una mezcla de exasperación y resignación.

Estaba realmente furioso conmigo, pero estaba aún más equivocado si creía que a estas alturas de la vida me iba a dejar dar órdenes así de él. Ya tenía suficiente con esta humillación.

-Soy tu maestro, Selket y también te supero en rango, por si lo has olvidado- me desafió.

Parecía bastante dispuesto a detenerme, pero le faltaba un pequeño gran detalle. Yo estaba relacionándome con su compañero de Piscis por órdenes del único que los superaba en rango a ellos.

-Yo no fui la que escogió esto, Milo. No estoy precisamente encantada con la decisión del Patriarca- le hice saber.

Pareció sorprenderse un poco. Milo no estaba muy enterado de lo que había pasado en mi juicio, al parecer. Seguramente también estaría molesto por eso. Yo le había dado demasiadas razones para estar furioso, incluso para llegar a odiarme. Con Seline había metido la pata de manera épica, además. Aproveché para aclararle algo indirectamente.

-Puedes decirle a tu hermana que no fue nunca mi intención quitarle a su maestro- le dije, sin poder mirarlo a los ojos.

Me crucé de brazos y agaché la cabeza, evitando mirarlo. Exhaló con fuerza, dejando en evidencia su frustración, pero no podía hacer nada. Yo tampoco. No insistió más y dio media vuelta por donde había venido. Ahora era yo la que se había quedado hecha un manojo de frustración, pero no me moví o dije algo. Ya había hecho suficiente por Milo, no podía embarrarlo aún más. Aunque yo bien sabía que los límites no eran lo mío. Dejé que se marchara sin hacer algo al respecto.

Al siguiente día esperé al Santo de Piscis en la Calzada al amanecer tal y como me había indicado. Fuimos al claro donde habíamos estado ayer y recogió unas cuantas bayas de Belladona. Yo me limitaba a mirarlo sin mover un solo músculo. Volvimos a la Calzada y lo seguí hasta el último Templo, bajo la mirada curiosa de la mayoría de Santos Dorados, menos Milo, quien no se molestó en asomarse cuando pasamos por el suyo. Camus, en cambio, me miró con una mezcla de peligro y pesar. Tal vez intuía que yo iba como borrego al matadero, pero tampoco intervino. Sin embargo, su mirada era diciente y decía "cuidado".

Entramos al Templo y entonces recordé lo que había escuchado recientemente: Seline había pasado a estar bajo la custodia de Kanon, junto con Lexie. Recé internamente que fuera para su mayor beneficio, pues Kanon, hasta donde sabía, era un poco menos patán con Lexie que con el resto del mundo. Aunque también sabía que el cambio era porque llevaban tiempo jugando el uno con el otro. Kanon podría ser un muy buen maestro para Seline si le ayudaba con sus ilusiones, aunque Saga era mejor en ello, pues su entrenamiento había sido más duro y Kanon había pasado años encerrado en Cabo Sunión sin hacer nada más aparte de intentar no ahogarse cuando la marea subía.

Afrodita me condujo a un cuarto pequeño que yo ya conocía: el taller donde preparaban sus menjurjes. No me daba buena espina que estuviéramos aquí. Él sacó las bayas de la bolsita y las maceró con un mortero hasta que quedó un jugo parecido al vino. Lo sirvió en un frasquito y me lo enseñó. El pequeño recipiente parecía estar lleno de un líquido negro, pero con la luz del sol daba hermosos visos borgoña. Tragué en seco, consciente del peligro que aquel brebaje dulce representaba.

-¿Sabes cuál es una de las causas más frecuentes de muerte en las villas alrededor del Santuario?- me preguntó.

Negué con la cabeza.

-Envenenamiento no intencional. Sobre todo por parte de niños que consumen este tipo de frutos confundiéndolos con arándanos y otras bayas comestibles- me contó.

Ahogué un grito en mi garganta de solo imaginar aquellos accidentes.

-¿Te gustaría ayudarme a desarrollar un antídoto? Probaremos tu resistencia a la toxina y podremos determinar con mayor precisión las cantidades letales y el tratamiento- me ofreció.

Me tomó por sorpresa su ofrecimiento, pero por las razones equivocadas. Sabía que quería experimentar conmigo, pero creía que sólo para probarse a sí mismo en un acto vanidoso. Él quería ayudar a los habitantes de las villas cercanas. Lo medité unos segundos. ¿Qué era lo peor que podría pasar? Aquello que mi mentecita había pensado desde el día número uno: alguno de sus experimentos saliera terriblemente mal y yo muriera sin que se pudiera hacer algo. Quizás con la garganta inflamada, la mirada perdida y botando espuma por la boca. A decir verdad, el panorama no me alentaba precisamente, pero era un riesgo que estaba dispuesta a correr. Al menos esta vez sería un acto desinteresado y no uno de mis impulsos egoístas. Asentí.

[~Seline~]

Kanon era un ser peculiar. Sí, "peculiar" a falta de un mejor adjetivo. No entendía a Lexie. No me cabía en la cabeza que estuviera con alguien tan serio y apático. A Kanon poco o nada le importaba si sobrevivíamos o no. Volteaba los ojos y se cruzaba de brazos mientras nos retorcíamos de dolor en el suelo. Podía entender el desapego hacia mí, pero no parecía ser mejor persona con ella y eso me extrañaba. Milo no dudaba en ayudar a Selket por muy furioso que estuviera con ella y Aioria… Él también me había seguido todos los caprichos durante el tiempo que estuvimos juntos.

-Les dije que se levantaran- nos dio la orden con aquella potente voz gutural.

Con mucho esfuerzo logré ponerme de pie y Lexie hizo lo mismo. No duramos más de dos segundos erguidas cuando ya con sus brazos había formado el Triángulo Dorado. Cerré los ojos con fuerza y sentí cómo me tragaba aquel portal que había abierto.

Los oídos me zumbaban y sentía en los labios un potente sabor a sal. Me saboreé y me llevé las manos a la cabeza, aguantando el dolor. Cada vez que me enviaba a otra dimensión despertaba con una fuerte jaqueca. Me levanté y miré a mi alrededor: niebla, el sonido de la rompiente y la brisa salina, pero ni un solo sonido. Intenté encontrar a Lexie, pero no veía mucho con la neblina.

-¡Lexie!- grité varias veces, pero no hubo respuesta.

[~Selket~]

Mi ritmo cardiaco se aceleraba sin control, mientras respiraba lentamente. Sentía la boca seca y un vacío en el estómago, aunque este último se debía al miedo que estaba sintiendo en ese momento. Yo estaba sentada en una camilla dentro del taller y Afrodita me veía con ojos clínicos, atento a todas mis reacciones. No estaba mal al principio. La fruta tenía un sabor muy dulce que permaneció en mi boca por un rato. La sed fue aumentando hasta sentir fuego en la garganta. Intentaba tragar, pero estaba reseca.

-¿Cómo te sientes, Kära?- me preguntó al poco tiempo.

-Siento mucho calor y tengo demasiada sed, maestro- le dije, llevándome la mano a la garganta.

Él me examinó concienzudamente y anotó todo en un cuaderno.

-Toma otra dosis y veremos qué pasa- me dijo, luego de unos quince minutos en que mi estado se mantenía igual.

Abrí la boca y con un gotero me suministró dos gotas del dulce jugo de Belladona. La sed aumentó, ahora acompañada de algo de mareo. La luz comenzaba a fastidiarme, como si tuviera una antorcha encendida en mi cara a escasos centímetros. Cerré los ojos y traté de concentrarme en cualquier otra cosa.

-Abre los ojos, Kära- me indicó.

No quería, la luz, incluso teniendo los ojos cerrados, me hacía doler la cabeza.

-Tus ojos están casi completamente negros- me dijo, algo asombrado.

-¿Negros?- pregunté alarmada.

-Bueno, tu iris debe seguir igual de azul, pero tus pupilas están tan dilatadas que casi no dejan espacio. Por eso tienes fotosensibilidad en este momento, se llama midriasis. Ahora ciérralos antes de que te dañes la vista- me explicó.

Hice lo que me dijo y esperé a que terminara de examinarme. Me sentía mal en todo aspecto, pero no para caer muerta todavía.

-Un poco más. Estoy segura de poder resistirlo- le indiqué con seguridad.

En realidad no estaba segura de aguantar más de otra dosis, pero iba a llegar hasta las últimas consecuencias para que lográramos nuestro cometido. Él estuvo de acuerdo y me dio un par de gotas más. A los pocos minutos ya las toxinas habían entrado en mi torrente sanguíneo y los síntomas se agudizaron. La sed incrementó al igual que el mareo, mi ritmo cardíaco se disparó y las náuseas amenazaban con hacerme doblar como una hoja al viento. Mi vista estaba completamente borrosa, además de hipersensible. Opté por quedarme quieta y dejar que hiciera efecto. Ahora sí me sentía fatal.

-Es suficiente. Has alcanzado tu límite- oía que me decía, aunque sonaba como un murmullo distante.

Me alzó tomándome de la cintura hasta que mi torso estuvo erguido y me dio un puñado de algo negro que me hizo dar arcadas. Me apoyé en la camilla y comencé a respirar con mayor dificultad. No podía tragar y sentía la boca llena de algo pastoso que hacía que mi estómago rebotara. Me pasó una vasija y comencé a dejar salir todo lo que mi cuerpo rechazaba, vomitando una mezcla negra parecida al alquitrán. Era carbón activado y mitigaría la intoxicación que yo estaba sufriendo. Vacié el contenido de mi estómago por completo y me quedé temblando apoyada en la camilla, sudando frío, sintiendo escalofríos.

"¿Siempre tienes que ponerte en peligro, Mátia Mou?"

¿Milo? De verdad estaba allí conmigo, mirándome con aquellos ojos como lagunas. Intenté alcanzarlo estirando mi brazo, pero no lograba llegar hasta él. Me pesaba el cuerpo demasiado, no podía moverme por mucho que quisiera. Y quería ir donde él fuera, seguirlo sin preguntar.

"¿Por qué haces esto, Selket?"

¿Por qué hago esto?

"Nunca he entendido por qué quieres morir sin un propósito, Mátia Mou"

Su figura se alejaba de mí y yo no podía hacer nada para impedirlo.

-¡Milo!- grité para detenerlo.

Me sentía cargando una losa sobre la espalda, sin poderme mover, sin poder alcanzarlo por mucho que estirara mi brazo para tocarlo. Su mirada era de decepción y se alejaba cada vez más de mí, mientras yo me quedaba atrás sin poder hacer nada.

-Enciende tu Cosmos. Necesitas quemar todas las toxinas pronto o comenzarán a acumularse en tu sistema y colapsarás. Ya hemos alcanzado el objetivo- me instruyó Afrodita.

Su voz sonaba tan distante… No podía ver más que una silueta borrosa y tampoco podía sostenerme muy bien. No me importaba, Milo desaparecía. Yo quería seguir a Milo. Iba a seguir a Milo. Lo ignoré.

-¡Selket, enciéndelo!- me ordenó.

-No quiero que se vaya- chillé.

-Es una alucinación, niña. Él no está aquí- me respondió molesto.

-Necesito decirle la verdad- rogué.

-¡Selket, que enciendas tu Cosmos ahora mismo! Tu corazón se detendrá en menos de tres minutos si no lo haces- me dijo, ofuscado.

No podía despedirme de Milo así, necesitaba verlo un momento más, pero el mareo me estaba ganando. Con lo último de fuerza que me quedaba encendí mi Cosmos haciendo uso de todas mis fuerzas, pero todo se fue a negro. Intentaba hacerlo arder de nuevo, pero no lograba más que desprender una tenue chispa. Estaba acabada, ahora podía sentir cada latido, separado por un ritmo intermitente y lento, retumbar en mis oídos como una campanada distante. El sueño me invadió en segundos y cerré los ojos. Ya no podría ver a Milo nunca más. Lo había arruinado de nuevo.

Una luz dorada me encegueció, pero su sensación cálida era reconfortante. Me quemaba con su intensidad, pero el mareo comenzaba a desvanecerse poco a poco. Me dejé caer y sentí cómo sus fuertes brazos detenían mi caída y me acunaban de una forma muy protectora que conocía bien. Si era demasiado tarde e iba a morir, al menos lo haría sintiéndolo muy cerca. No me importaba si era una ilusión. De una u otra forma, era el recuerdo de Milo y bastaba. Comencé a sollozar, al principio muy suavemente, pero luego terminé llorando muy fuerte, aferrada a él como si mi vida dependiera de ello. Ya no sabía qué era real o no. Cerré los ojos vencida.

-Por fin despiertas- me dijo, Afrodita, sin despegar los ojos del cuadernillo.

El cuerpo me pesaba y sentía algo de ardor en la garganta. Me acomodé un poco en la cama y vi al Santo de Piscis sentado tranquilamente en una silla al lado de la cama donde yo estaba. Seguíamos en el Templo de Piscis.

-¿Qué..? ¿Qué pasó? ¿Dónde está…- balbuceé sin lograr acomodar mis pensamientos.

-¿Milo? Se fue hace un rato, pero estuvo contigo toda la noche hasta que tus signos vitales se normalizaron y las toxinas fueron eliminadas de tu sistema por completo- me dijo, clavando su mirada como un alfiler.

¿Entonces no había estado alucinando? Al menos no todo el tiempo. Ahg, no lograba entender nada.

-Él…- intenté hablar, pero no logré articular nada.

No recordaba más que imágenes aleatorias y no estaba segura de cuáles eran sueños y cuáles correspondían a la realidad.

-Mantuvo encendido su Cosmos toda la noche, ya que tú tenías la misma utilidad que una vela bajo la lluvia- me dijo con un tono de desprecio. -Te salvó la vida, Selket.

¿Qué es una raya más para un tigre?

-Yo no podía encender mi Cosmos…- intenté defenderme.

-No querías, que era distinto- objetó, clavándome su mirada con disgusto. -Es como si tuvieras deseos de morir, Selket.

Aquellas palabras detonaron en mí la sensación de Déja Vu. Todos mis recuerdos de anoche eran un borrón tanto figurativamente como literal, ya que mi visión se había visto comprometida en el proceso. Sin embargo, estaba segura de que aquella sensación, aquel toque y Cosmoenergía eran de Milo.

-Necesitaré extraer un poco de tu sangre para ver cómo ha cambiado y si has desarrollado antígenos o algún tipo de inmunidad- me dijo.

Le ofrecí mi brazo y me chuzó con la aguja. Examinó mi cuerpo lentamente y chequeó mis reflejos. La luz casi no me molestaba y mis pupilas ahora parecían más normales, aunque todavía estaban dilatadas.

-Tu impulsividad y constante coqueteo con la muerte es tu forma de llamar su atención- me dijo.

-Yo no-

-Sabes que él vendrá corriendo al instante si estás en peligro, Selket. No importa lo molesto que esté contigo, él no te dejará sola- me dijo con pesadez. -Pero lo alejas al mismo tiempo con tu necedad y aquella impulsividad injustificada.

Luego me dejó en la habitación sola con mis pensamientos. Me sentía débil y todavía sentía dificultad para respirar, pero aparte de eso,estaba segura que viviría. Me asomé al taller donde el Santo de Piscis se encontraba analizando mi muestra.

-Disculpe, maestro- le dije, tocando la puerta.

-¿Por qué estás levantada, Selket?- me preguntó, sin mover los ojos de la placa.

-Me siento mejor, quisiera regresar a mi casa y asearme. Descansar un poco y volver a mi rutina si está bien con usted- le comuniqué, esperando que no sintiera aquello como una imposición.

-Puedes regresar a tu casa. Como te dije, esto no era un castigo propiamente, aunque se sintiera como uno. Con tu ayuda podré crear un antídoto eficaz para el envenenamiento por Belladona- me dijo.

Sonreí con algo de desgano, pues sí me sentía sin fuerzas. Asentí.

-Eso no significa que haya acabado tu lección, Kära. Te daré dos semanas para recuperarte y entonces será tu turno de mostrarme tus habilidades- me dijo, con una sonrisa insolente.

Salí de la Casa de Piscis con lentitud, dispuesta a tirarme por un barranco para ahorrar camino y llegar al inicio de la Calzada, si fuera posible. Sin embargo, ni siquiera Mu podría teletransportarme entre el último y el primer Templo. Bajé con parsimonia por los Templos de Capricornio, Acuario y Sagitario. Al llegar a Escorpio me detuve en seco, sin decidir si pasar o no. Probablemente Milo estaría dormido, exhausto de haber mantenido su Cosmos encendido toda la noche y parte de la madrugada. Así fue, creo, pues no escuché el más mínimo ruido en el salón. No quería despertarlo o molestarlo, así que pasé de largo. Salí y bajé por los demás Templos, saludando a los pocos Saints que se encontraban en los salones. En Aries el pequeño Kiki me detuvo, abrazándome, pero por poco me tira al suelo. Mu iba tras él y lo reprendió por jugar tan brusco conmigo, a lo cual lo excusé yo.

-¿Estás bien, Keti?- me preguntó, tomando mi mano.

-Oh, sí, no es nada. Algo exhausta, es todo- fingí, desentenderme.

-¿Qué pasó ayer en Piscis? Tu Cosmos estalló un segundo y luego el de Milo, aunque el suyo ardió toda la noche- me preguntó, alzando una ceja.

Suspiré pesadamente y le conté el pequeño experimento con la Belladona. Lucía bastante sorprendido, llegando incluso a fruncir el ceño.

-Ya veo…- meditó un segundo. -¿Y por qué accediste? Sabes que tu vida no vale nada para Afrodita. Milo ya te había detenido cuando quisiste combatir con él.

Recordé aquel gracioso episodio en que me retó y mi kyrios detuvo mis ambiciones suicidas. Esta vez era completamente diferente.

-¿Sabes Mu? El envenenamiento accidental por Belladona es una causa bastante común de muerte entre las villas cercanas al Santuario- le comenté.

-Lo sé, pero ¿qué tiene que ver…?- comenzó a decir, pero se detuvo en seco. -No me digas que tú…

Asentí con una sonrisa.

-Selket…- me miró, torciendo los labios.

-No me mires así, Mu. Sólo quería ayudar a Afrodita a desarrollar un antídoto- le expliqué.

Su semblante cambió por uno más comprensivo.

-¿Te ofreciste voluntariamente?- me preguntó.

-Sí, lo hice. Mi inmunidad al veneno del escorpión era la prueba de que podía resistirlo y no me equivoqué- le dije, con seguridad.

-Así que mi maestro tenía toda la razón sobre ti, después de todo- pensó en voz alta.

-¿Dudabas de tu maestro, Mu?- le pregunté con sorna.

Tragó en seco, casi ahogándose y negó enfáticamente. Tuve que soltar una risita al verlo incomodarse. No era lo usual en él, tan sereno.

-Supongo que no es tan difícil escoger el camino correcto, después de todo- le dije, sonriendo.

Me despedí, guiñándole el ojo y llegué directo a mi casa. Luego de tomar un baño y quitarme todo el sudor de encima, me fui a la cama, sin importar que fuera menos de mediodía.

[~Seline~]

La noche caía y cada vez era más difícil caminar entre la playa llena de restos del mar, entre algas, rocas y trozos de madera astillados. El viento soplaba con fuerza, helando mis huesos y yo no encontraba a Lexie por ningún lado. Yo ya sabía de sobra dónde estábamos: Kanon nos había enviado al Triángulo de las Bermudas. Si su hermano era feliz enviando gente a otra dimensión en el espacio, el gemelo menor lo era abriendo un portal hacia un punto geográfico o situado entre tres playas que formaban, unidas por puntos y líneas invisibles, un triángulo en medio del océano Atlántico. Aquel sitio era conocido como El Cementerio del Atlántico por ser un sitio de alta accidentalidad por parte de embarcaciones y navíos, pues se registran olas de grandes dimensiones capaces de hundir cualquier embarcación. Obviamente, el sitio es más conocido por todos los mitos e historias a su alrededor, pues pocos han logrado vivir para contar la experiencia de su paso por aquellas aguas. Probablemente estábamos en alguna isla emergente, que solo aparece a la vista cuando la marea cambia y el nivel del agua desciende, pero manteniéndose oculta el resto del tiempo. Traducción: nadie nos iba a encontrar jamás, no sólo porque el sitio técnicamente no existía, sino que el efecto de emergimiento no duraría más que unas cuantas horas y no había manera de predecir cuándo sería. Yo seguía sin encontrar a la tonta Marina de ojos verdes.

Seguí caminando, cerca a la playa, pero no había un alma alrededor. Caminé por horas, quizás dando vueltas sin darme cuenta, pues era difícil ver algo más allá de un metro debido a la neblina. De repente vi un bulto cubierto de troncos y algas. Cuando me acerqué reconocí de inmediato la cabellera dorada y corrí a ayudarla. Lexie estaba inconsciente, producto de un fuerte golpe que se había dado en la cabeza al caer aquí. algo de sangre manchaba su cuero cabelludo cerca al inicio de su frente. La levanté con cuidado e intenté alejarla lo más que pude de la marea, cargándola apoyada en mis hombros. La acomodé con delicadeza e intenté despertarla dándole pequeños toques en la mejilla con la palma de mi mano. Se estremeció y gruñó, abriendo los ojos lentamente y llevándose de inmediato la mano a la herida de la frente.

-¿Qué demonios…?- masculló, dolorida.

-Agradécele a tu querido gemelo malvado- le dije, aliviada de verla bien.

-Ja… Ja- rió con fingida gracias.

-¿Te encuentras bien?- le pregunté, sentándome a su lado.

Ella se acomodó mejor y me miró, asintiendo.

-Bueno, no es la primera vez que nos envía a una playa desierta en medio de la nada- suspiró, pesadamente.

-¿Todo bien?- le pregunté.

-¿Todo bien de qué?- me respondió a la defensiva.

-Entre tú y Kanon- señalé lo obvio.

Bufó, exasperada.

-Lexie…- le dije, bajando el tono para que no sintiera que era un interrogatorio.

-No estamos juntos- me contestó. -En realidad nunca lo hemos estado. Solo… nos divertíamos.

-¿Hasta que dejó de ser divertido?- me aventuré.

-Hemos pasado en el Santuario más tiempo del que estaba planeado. Llevamos un año sin noticias de Sorrento y comienzo a exasperarme… Ya no quiero estar más aquí- dijo con desesperación.

Se levantó y me hizo una seña para que recogiéramos leña. Ya era de noche y hacía mucho frío. Era obvio que no íbamos para ningún lado, así que lo mejor era descansar un poco y rezar para que al amanecer encontráramos la solución para salir de aquí. Juntamos algunos palos secos que encontramos encallados en la arena y con nuestro Cosmos logramos generar una chispa que encendió una modesta fogata. Al menos nos mantendría calientes. Nos sentamos una al lado de la otra y nos calentamos poniendo nuestras manos cerca al fuego.

-No te preocupes, ya tendremos noticias de Atlantis- la animé.

-Claro, tú estás demasiado cómoda entre los Santos de Athena, pero ese no es mi lugar, Seline- bufó.

-Yo solo trato de adaptarme lo mejor que puedo a una situación que no puedo controlar- me defendí.

-Acéptalo: tú no quieres regresar al Templo Submarino- me confrontó.

No sabía cómo reaccionar a aquel ataque directo. No me lo había esperado. Intenté decirle algo, pero no se me ocurrió nada. ¿Cómo podía defenderme si yo misma me repetía lo mismo constantemente? La verdad era que aquella dilatación con nuestra situación me caía bien, pues mis sentimientos habían cambiado desde que había llegado. Al principio dudé en venir, no quería dejar el Templo Submarino ni a Salma, pero me emocionaba muchísimo tener un hermano y conocerlo. Por eso había aceptado, lo que no me había esperado jamás era haber encontrado tan buenos amigos y tener una vida emocionante. Bajo el mar no hay realmente mucho para divertirse.

-Tienes razón- le confesé, agachando la cabeza. -No es que no quiera regresar a Atlantis, es que… no quiero irme del Santuario. Aquí está mi hermano, mis amigos…

Ella suavizó su expresión y me pasó la mano por la espalda.

-Lo siento, Sel, no es lo mismo para ti. Yo… Sabes que desde que Baian murió me he sentido muy sola- dijo, abrazándome.

Baian de Caballo Marino había sido el último General del Hipocampo y el mejor amigo de Lexie. Ella había sufrido mucho cuando murió en la pasada Guerra Santa contra Athena, así que sabía lo mucho que significaba para ella. Nosotras sólo habíamos llegado a ser amigas realmente luego de eso, antes, a duras penas nos veíamos. Lo que no lograba entender del todo era su afán de regresar. Aparte de la Scale de Dragón Marino, allí no quedaba más para ella. Pero tampoco había algo que la alentara a quedarse en el Santuario… Eso pensando que tuviéramos elección. Yo solo estaba jugando con una posibilidad que no existía. Yo iba a regresar con ella a ocupar nuestros lugares como Marina Shogun y punto.

-Lo siento, Lexie. Lamento mucho que perdieras a tu mejor amigo. No me imagino si yo perdiera a mi hermano- le dije.

-Ya lo hiciste, Sel. Le diste la espalda a tu mejor amiga por algo que no decidió- me dijo, mirándome a los ojos.

-¿De qué hablas?- me ofuscó su tono.

-De Selket… Ella solo dijo la verdad: no quieres ser una Marina- me dijo, torciendo el labio.

-Eso no le correspondía a ella- respondí secante.

-Tú no se lo dijiste, ella sola pudo darse cuenta, Seline. Según entiendo fue un momento acalorado y no lo pensó muy bien- me dijo, defendiéndola.

-¿Eso la excusa? Por su culpa estoy aquí en medio de la nada con un maestro de mierda- exclamé, molesta.

-Vale, Kanon no es exactamente un premio… pero que le pusieran de maestro a Afrodita no fue su elección. Fue el castigo que le impuso el Patriarca y, por lo que sé, la ha pasado bastante mal- me contó.

La miré con los ojos como platos.

-Piscis la ha estado envenenado con Belladona. Tu hermano tuvo que salvarla. Selket la está pasando mal, Sel. Tanto o más que nosotras- me dijo.

La verdad era que había estado más molesta que dispuesta a oírla a ella o a cualquiera que me hablara de ella… como Milo. Él me había dicho en una de nuestras últimas conversaciones que Selket se sentía mal por quitarme a mi maestro y que rogaba que me dijera que no había sido su decisión. Yo no había querido oirlo.

-Yo no puedo revivir a Baian aunque quisiera, Sel, pero tú puedes arreglar las cosas con Selket. Han sido muy unidas durante estos años, linda. No encontrarás otra amiga así en todo el Templo Submarino- me dijo.

-Pero…- intenté alegar, pero me tomó de las manos.

-Sabes que te quiero mucho y eres una muy buena amiga, pero Sel, te arrepentirás luego si no la perdonas. Yo estuve mucho tiempo enfadada con Baian por haberme encerrado en Atlantis cuando los Caballeros de Athena llegaron al Templo Submarino. Jamás pude decirle lo idiota que había sido, pero entiendo que lo hizo para protegerme. No puedo seguir enojada con él por morir y dejarme sola- me dijo, conteniendo las lágrimas.

Me quedé de piedra, jamás habíamos hablado de ese episodio. Salma me había llevado lejos del Templo, así que yo no tenía idea de lo que había pasado realmente en aquella guerra. Muchas Marinas habían muerto, quedando solo Tethys y Sorrento. Ella sonrió con amargura y se sorbió la nariz.

-Lo que no entiendo, Sel, es por qué no quieres ser una Marina- me enfrentó con la mirada fija, pero sin un tono acusatorio.

Suspiré largamente antes de intentar siquiera responder. Era una pregunta espinosa y yo misma no tenía una respuesta perfectamente clara. Es decir, era obvio que quería estar junto a la única familia que tenía y eso se reducía a Milo; pero también habían otros motivos que no sabía bien cómo explicar… Quería quedarme en el Santuario. No sabía exactamente haciendo qué, ya que no creo que pudiera calificar para competir por una Cloth, pero incluso siendo una Vestal, sería feliz. Al menos eso creía.

-No lo sé, ser una General, aunque sea el puesto más alto dentro del ejército… no es suficiente- confesé. -Allí, sentiría que algo me falta… No quiero sonar malagradecida: Atlantis salvó mi vida y viví allá por quince años. Sólo que…

-Te entiendo, encontrar el amor no es fácil- me respondió con una sonrisa.

-Yo no… Aioria y yo terminamos hace bastante tiempo- le respondí enfáticamente.

-Yo no hablaba de Leo, cielo- me dijo, apretando los labios para no reírse.

-Sí, claro… Ese golpe te debió a afectar la cabeza más de lo que piensas- le dije, empujándola.

Movió suavemente la cabeza de lado a lado y suspiró. Yo me volteé para no seguir viéndola, pues sabía que había conseguido hacerme sonrojar un poco.

-Deberíamos descansar un poco antes de que amanezca. Cuando haya luz de día buscaremos la forma de salir de esta maldita trampa- me indicó.

Asentí y me recosté en la arena. Más me valía dormir lo poco que fuera para recuperar fuerzas, aunque mis pensamientos no me dejaban tranquila. Me prometí hablar y resolver las cosas con Selket en cuanto saliera de esta prueba. Kanon nunca nos daba un reto fácil y hoy no estaba particularmente contento.

Desperté con el ruido de las olas, antes de que el sol comenzara a pegar con fuerza. Lexie despertó al poco tiempo y juntas nos dispusimos a buscar algo de comer, o al menos agua fresca para beber. Si no encontrábamos agua dulce en unas dos horas, la deshidratación nos ganaría. Las islas emergentes no tienen precisamente manantiales, así que nuestra única oportunidad era hallar alguna fuente subterránea o improvisar un sistema de purificación de agua evaporada para remover la sal. Era hora de poner a prueba mi entrenamiento de los últimos meses. Sintiendo las pulsaciones de las plantas podría encontrar la fuente de agua dulce y beber de ella. Lexie estuvo de acuerdo con mi plan y juntas nos adentramos en aquella selva. No tardé tanto como esperaba y logramos saciar la sed y refrescarnos. No teníamos cantimploras, así que bebimos lo que más pudimos y regresamos a la playa. Seguía desierta como el día anterior. Caminamos y caminamos sin un rumbo fijo. Cuando no se sabe para dónde se va, cualquier camino sirve.

-Sabes… Es extraño lo diferentes que son este par de gemelos- me comentó Lexie, buscando una conversación casual.

-Como por ejemplo…- la insté a seguir.

-Bueno, sabes que Saga es mayor y un poco menos, ya sabes- me dijo, haciendo un gesto como de locura.

-Creí que al que le cambiaba la personalidad y el color de cabello era a él- la miré con un gesto de incredulidad.

-Y aún así lo considero el más cuerdo- rió.

Reí por lo bajo y asentí para que continuara.

-Sus personalidades son diferentes, aunque no mucho al principio, pues son bastante reservados, pero cuando convives con ellos lo notas de inmediato- me dijo, con seguridad. -Sus técnicas también son muy distintas: La Otra Dimensión de Saga te envía a una brecha en el espacio, mientras que Kanon nos envía a un punto muerto en medio del Océano… No lo sé, tal vez pueda aprender de Saga y hacer algo más que enviar a la gente de vacaciones a unas islas perdidas en el Atlántico Norte.

-¿Qué dijiste?- algo de lo que dijo retumbó en mi cerebro como una campanada.

-No me estás prestando atención…- se quejó.

-No, no es eso. Dijiste que estamos en unas islas perdidas en el Atlántico Norte- le dije con entusiasmo.

-Sí, ¿y?- me miró como si tuviera otra cabeza.

-¡El Atlántico Norte era el Pilar que custodiaba cuando era el Dragón Marino! Allí debe haber desarrollado su técnica, sino sería la misma de su hermano- le dije, contenta de haber encajado las piezas.

-¿Eso de qué nos sirve, Sel? Seguimos atrapadas aquí- me respondió con desgano.

-¿Que ya no te acuerdas cuando nos escapábamos y subíamos a la superficie? Usábamos los remolinos que hay en cada Pilar. Te aseguro que cerca debe estar el que conduce al Pilar del Atlántico Norte- dije con suspicacia.

-Es nuestra única oportunidad para salir de aquí- respondió confiada.

El problema ahora sería hallarlo, pues la isla en la que nos encontrábamos no era precisamente pequeña. A lo lejos se perdía la línea de la playa, lo que indicaba que eran decenas de kilómetros. Si yo tenía razón, llegaríamos a Atlantis. Arranqué a correr y me siguió de cerca. Corrimos por horas hasta que comencé a sentirme agotada. No habíamos comida nada desde el día anterior. Caminamos un rato largo y finalmente caí de rodillas en la arena, rendida.

-Estoy harta- dije, dándole un puño a la arena y dejando un hueco en la playa, que rápidamente fue llenado por el agua de la marea.

-No debe faltar mucho, ya se pude ver un risco al fondo- me alentó, aunque ella también estaba agotada, apoyando las manos en las rodillas.

Me aferré con los brazos a mis rodillas y comencé a llorar. Realmente no era por no hallar la salida, eso no me atormentaba tanto como la conversación de ayer. Lexie lo notó y se me acercó.

-No estamos hablando de la prueba de Kanon, ¿cierto?- me preguntó con voz baja.

Negué con la cabeza.

-No creo que podamos desafiar a los dioses y cambiar nuestro destino- murmuré entre lágrimas, recordando la frase que siempre decía Selket cuando creía que no había nada en sus manos por hacer: alea iacta est "la suerte está echada".

Lloré un rato más hasta que me calmé y mis ojos se hincharon. Me limpié la cara con el dorso de la mano y me levanté. Lexie me miraba sonriendo con suavidad. Asintió a modo de pregunta para continuar. Asentí de vuelta y corrí como si mi vida dependiera de ello. El aire comenzaba a faltarme, pero no disminuí el paso. Pronto llegamos a las rocas del acantilado. Con cuidado comenzamos a escalar por un lado hasta que oímos el rugido particular de un remolino entre una zona cavernosa.

-Allí está- dije, señalando la tromba bajo el acantilado,cubierto por las rocas.

Este punto no lo conocíamos, pues siempre habíamos utilizado el pasadizo de Cabo Sunion, en el portal de Grecia. Sin embargo, el Atlántico Norte baña también el continente americano, por lo que había sin duda otros portales. Éste era uno de ellos. De cualquier forma, llegaríamos al Pilar del Dragón Marino.

-¿Y ahora qué?- me preguntó, insegura.

-Saltamos- le dije, mordiendo mi labio y aguantándome las ganas de salir corriendo en dirección opuesta. -¿Lista?

La tomé de la mano y saltamos. Antes de tocar el agua una luz dorada nos envolvió, deteniéndonos en el aire sin dejarnos mover. Con un destello más potente y enceguecedor, nos tragó la luz blanca. Cuando pude abrir los ojos me di cuenta que estaba en la Casa de Géminis. Di un brinco y miré a mi alrededor. No era una ilusión. Lexie estaba a mi lado igual de impresionada.

-Les tomó más de un día descifrar mi prueba- la voz de Kanon resonó por el pasillo de la Tercera Casa. -Sin embargo, son las primeras en lograrlo.

La miré con una sonrisa en mis labios y sonrió de vuelta. Viniendo de Kanon hasta aquellas insípidas palabras eran un gran halago.

-Espero que lo recuerdes bien- dijo, refiriéndose a Lexie. -Será el Pilar que defiendas cuando seas una General Marina.

Ella no daba crédito a lo que oía. Su semblante se iluminó de inmediato.

-¿Me enseñarás el Triángulo Dorado?- preguntó con ilusión.

-Será mi última lección para ti- le respondió con sequedad.

Ella sonrió ampliamente y Kanon se metió en su habitación, dejándonos solas en la mitad del pasillo. La lección había terminado, así que podíamos hacer lo que quisiéramos. Fuimos a la cocina a llenarnos el estómago y luego pensé en descansar, pero no me podía quedar tranquila sin antes hablar con Selket. Decidí ir a Piscis, pero no encontré a ninguno de los dos. Quizás estaban en algún entrenamiento, lo cual no me gustaba para nada sabiendo lo que mi maestro estaba haciendo con ella. Bajé y entré a Escorpio, Milo seguro tendría mejor información.

[~]

Estas semanas han sido de mucha intensidad, pero ya casi me doy unas pequeñas vacaciones y vuelvo a entregar capítulo cada semana. Ya sí estamos entrando en la recta final, ya estamos un poco cerca. Sin embargo, he estado ya madurando las ideas para los siguientes fics de SS: The Lost Canvas, la secuela de Senda Dorada y los exclusivos de las Marinas y Dioses Guerreros… Es que le he sacado bastante gusto a esto jajaja

Ha sido algo muy terapéutico para mejorar mi creatividad a la hora de escribir, me anima mucho y me distrae del hecho de que el mundo se está acabando. Hace un año empecé a escribir, retomando la idea del fic que había empezado en 2014, pero que había abandonado. Realmente lo único que no cambió a través de los años fue el personaje de Selket. Así que el primero de enero, luego de pasar todo diciembre planeando los primeros caps, publiqué lo que sería este fic. No va a terminarse la historia en menos de 4 semanas que quedan de este año, así que creo que quedan unos 3 meses más de Senda Dorada, pero no tengo problema en extenderme si la trama lo requiere. Tengo escrito el final y algunos hechos importantes, pero siempre estoy llenando las historias y complementando, así que terminan más rellenitas. Muchas gracias a todos los que han estado leyendo esto y gracias por sus mensajes y reviews. ¡Siempre me animan mucho y los leo mil veces! Espero poder seguir entregando una buena historia y continuar con las demás. Espero poder actualizar antes de navidad, pero por si acaso: ¡Feliz navidad!

Mariana: Me alegra que este fic sea un pequeño escape de todo lo del coronavirus. No ha sido un año fácil, así que encontrar un poquito de luz en cualquier historia es algo mágico. Gracias por seguir la historia.

Ana Nari: Selket siempre se está metiendo en problemas y arrastrando a Milo a más problemas :3 ¿Qué puedo decir más allá de que tiene 19 años y cero experiencia con el mundo? Paciencia, Caballero de Escorpio.

Gabriela Perez2: No sabría decir si son tan malas decisiones, a veces nos llevan a donde necesitamos ir y son "bendiciones disfrazadas"... No sé, tal vez luego nos sorprenda. Lo que sí es que pobrecito Milo, no voy a defenderla por ese lado jajaja

Natalita07: Lo digo desde el principio y lo sostengo: Selket llegó a revolcar el Santuario… y todo lo que falta jaja :3