Del inicio de la misión

Una de las ventajas de ser Santos de la orden de Atenea, es que no tenían que presentarse en el aeropuerto con mil horas de anticipación, hacer filas, documentar, y tampoco les preguntaron sobre las enormes cajas que llevaban con ellos (y que por cierto viajaban en la cabina), ni les cancelarían el vuelo o los mandarían a otro, ni cualquiera de esos contratiempos que los humanos comunes podrían pasar, a menos, claro, de que en serio el vuelo no pudiera salir. Así que, a pesar de que su avión salía a las 6 de la mañana, Saga y Alfa se presentaron en el aeropuerto apenas 20 minutos antes del despegue y los dejaron abordar primero.

—¿Cuántas veces has viajado en uno de estos? —le preguntó Alfa una vez que estuvieron sentados en sus lugares, en primera fila, en primera clase.

—¿Tres? Volar nunca ha sido lo mío, en especial cuando puedo abrir un portal y llegar instantáneamente a mi destino.

—Pues bienvenido al mundo de fuera, en donde llegar a Lyon nos va a tomar 6 horas aproximadamente.

Saga exhaló un suspiro un tanto exasperado, pero no le quedaba de otra. Alfa sacó su teléfono y audífonos apenas despegaron y a Saga no le quedó de otra mas que sacar el iPad y entretenerse. Mientras, la chica miraba por la ventana como si todo fuera perfectamente fascinante. Con su temor a las alturas se le hacía curioso que la joven se asomara sin reparos, pero bien le dijo que no tenía problema con las alturas mientras existiera una barrera frente a ella. Además no estaba seguro de si el recuperar sus recuerdos por completo la ayudó a superar el miedo, no había tenido oportunidad de preguntarle.

Como Alfa le dijo al inicio del viaje, el vuelo duró seis horas, al final de las cuales los dejaron bajar primero del avión, les regresaron las cajas de Pandora de sus armaduras (que iban medio disimuladas dentro de unas cajas parecidas a las que los músicos usan para transportar cosas), y también les regresaron sus maletas. No tenían que pasar tampoco por ningún tipo de seguridad. Entonces ambos se fueron a rentar un auto.

Saga sabía manejar, aunque no era de sus actividades favoritas. De todas maneras le tocó hacerlo mientras Google lo guiaba al hotel en el que se quedarían al menos esa noche. Una vez que llegaron, tampoco les pusieron muchas trabas a la hora de registrarse. Así, apenas había pasado una hora desde que aterrizaron en Lyon cuando ya estaban instalados en su hotel.

Alfa se comunicó con el Santuario para informarles que llegaron en una pieza y el lugar en el que se encontraban, todo eso, claro, por medio de llamadas telefónicas y mensajes. Vaya, hasta habían creado un chat de Dorados para que todos se enteraran del chisme. Y sí, el Patriarca también estaba ahí, al igual que Saori. Aunque por separado los Dorados hicieron otro grupo, pero del que también excluyeron a Dohko, porque querían pura juventud y agregaron a Dicro y a Vivien, por ser novias. No metieron a las novias civiles precisamente por ser civiles, pero eventualmente seguro también lo harían. Qué bueno que esa clase de tecnología no estaba disponible cuando eran aprendices porque no se separarían de los aparatos ni por un momento, como sucedía con los actuales. Saga mientras tanto se comunicó con el amigo de Camus, quien se llamaba Noah, para confirmar su cita y el lugar en el que se verían.

Luego de todo eso les quedaba un rato libre, así que decidieron bajar a comer al restaurante del hotel para matar el tiempo. Y ahora que estaban frente a frente esperando su comida, como que esos silencios incómodos se hicieron presentes. Saga decidió, para romper el hielo, preguntarle a la chica sobre su aventura para recobrar la armadura. Le funcionó, porque ella comenzó a contarle bastante animadamente el cómo lo hizo y las diferencias que notó en el pueblo real a la villa de sus recuerdos. Saga no pudo evitar sonreír al verla emocionada. Luego de ese beso que le había dado el día que él y Kanon regresaron, no tuvieron más contacto físico y como que lo extrañaba.

Al final de la comida regresaron un rato a su habitación a cambiarse para parecer turistas normales de paseo. Se iban a ver con Noah en un bar que estaba como a media hora de distancia, pero optaron por pedir un taxi que los llevara hasta allá. La cita era a las 8 de la noche y ellos llegaron unos cinco minutos antes, así que decidieron entrar, sentarse y pedir una cerveza mientras esperaban. Camus les describió al hombre, así que disimuladamente miraban a las personas que iban entrando para enterarse de cuando llegara.

Efectivamente, Noah llegó a las 8 de la noche, entró al bar y los buscó con la mirada. Alfa fue la primera en notarlo, así que levantó una mano, saludó y le sonrió. El chico, que se veía más o menos de la edad de Camus, se acercó también sonriendo. Alfa y Saga se levantaron a saludarlo, y luego los tres volvieron a sentarse.

—¿Qué tal el vuelo? Me dijo Camus que les tocó viajar por aire.

—Yo estoy acostumbrada, él creo que hubiera preferido llegar por otros medios —contestó Alfa haciendo que Noah sonriera.

—Me imagino. Camus también hace drama cuando tiene que viajar en avión.

—¿Puedo preguntar hace cuánto que se conocen? —preguntó Alfa.

—Desde niños. Mi maestro y el suyo eran... conocidos. Yo también entrené, aunque nunca lo terminé, en algún punto me di cuenta de que eso no era lo mío.

—Por eso te me hacías familiar. Tus récords siguen en el Santuario —comentó Alfa.

—Sí. No me dejaron a la deriva, me dieron educación y me permitieron continuarla en donde quisiera. Eso fue antes de... todo el caos. Camus y yo volvimos a conectar años después, por mera coincidencia, aquí. En fin. No sé qué tanto les haya dicho Camus, supongo que todo, pero no hay mucho más. Existen unas cuántas células de renegados esparcidas por estas tierras, aunque me parece que a últimas fechas se han estado moviendo hacia Suiza y quizá algunas a Noruega, o al menos es ahí en donde les perdí la pista. Si me preguntan, evitaría las ciudades más grandes, me parece que se concentran en quedarse en pueblos y villas pequeñas y, a últimas fechas, en el medio de las montañas. Probablemente para esconderse y porque, qué mejor lugar para entrenar que los Alpes.

—¿Por qué haces esto? ¿Por qué nos das información? —preguntó al fin Saga, quien se había mantenido callado hasta ese momento.

—No lo estaba buscando, eso tenlo por seguro, pero lo mío son los negocios internacionales, y en mis viajes pues digamos que es bastante imposible no notarlos. Estoy bastante consciente de que ustedes dos están disimulando su cosmo; no soy capaz de percibirlos. Pero con los renegados no es igual, muchos de ellos son tan malos disimulándolos que se me hizo imposible no notarlos. Ningún Santo o aprendiz que se precie de serlo va a tener un cosmo tan mal entrenado. Se sienten a kilómetros. Cuando Shura y Camus vinieron, me pareció que un grupo pequeño iba de salida de Francia y hacia Suiza, como les dije. Pero luego ellos se fueron y yo no les seguí la pista. Por muy mal entrenados que estén, no me sentiría capaz de entrometerme. Y, a pesar de que ya no formo parte del Santuario, la diosa tiene mis respetos y mi fidelidad. Desde siempre ha habido renegados y, si puedo ayudar, al menos un poco, eso haré. Además Camus me contó lo de la aprendiz.

—Ahora se llevaron también a la maestra —contestó Saga de nuevo.

Noah hizo una mueca.

—Lo siento mucho. Supongo que por eso se fueron tan de súbito.

—¿Tú has estado disimulando tu cosmo como ahora? —preguntó Alfa.

—Debo decir que al principio no lo hacía, en especial cuando apenas salí del Santuario, y tampoco cuando empecé a sentir a los renegados, pero luego me di cuenta de que quizá no era una buena idea estarme anunciando ante ellos, así que comencé a hacerlo. Ahora lo mantengo siempre a este nivel. Lo suficiente como para que los Santos puedan notarme, pero estoy bastante seguro de que esos renegados no, o al menos no por el momento.

—Te recomendaría bajarlo aún más todavía. Esos tipos no creo que se tienten el corazón ahora si te notan, y ni a Camus ni a ninguno de nosotros nos gustaría que te metieras en problemas. Hazlo al menos hasta que tengamos esta situación bajo control —le pidió Saga.

—Muy bien, eso haré —ambos asintieron.

Entonces Alfa sacó un iPad y le pidió a Noah que les diera más o menos una ruta a seguir. Noah hizo justo eso, les dio algunas indicaciones y la manera de llegar a esos pueblos para que estuvieran atentos. Después se quedaron platicando casualmente algunos minutos más en lo que terminaban sus cervezas, y finalmente salieron del lugar. Noah esperó con ellos hasta que ambos se subieron al taxi que los llevaría de regreso al hotel. Cuando los perdió de vista, se fue al suyo. Esperaba sinceramente que pudieran arreglar el problema y que sus pistas les sirvieran de algo, porque no tenía ganas de enfrentarse a la ira del de Géminis si lo había hecho ir hasta allá para nada.

Alfa y Saga no dijeron mucho en el camino de regreso. Por cierto, se comunicaron con Noah en griego porque, en palabras de Alfa, ella hablaba inglés, mal inglés, español, mal español, y griego y mal griego. Saga sí hablaba francés, así que había sido su tarea comunicarse con el mundo una vez que llegaron a ese país, y le seguiría tocando ser el traductor en Suiza, porque hablaba alemán.

Una vez que llegaron a su habitación, Saga se dedicó a mensajearse con el resto de sus compañeros y contarles lo que les dijo Noah y más o menos cuáles eran sus nuevos planes. Alfa, mientras tanto, se dedicó a revisar Google Maps y Google Earth con la idea de trazar rutas que podrían seguir, basándose en lo que les recomendó Noah. Esperaban pasar por varios pueblos pequeños y "turistear" en ellos durante un día o dos en cada uno, a ver si encontraban algo. Aldebarán les informó, cada vez más frustrado, que no había encontrado muchas noticias en donde estaba, pero se aseguraba de mantener su cosmo bien encendido y bien agresivo, para que se dieran cuenta de que los tenía en la mira, a pesar de que no era del todo cierto.

Mientras tanto en Longyearbyen, Otis estaba bastante consciente de que al menos un Dorado se encontraba en ese país, aunque por lo visto no tenían idea de que ellos estaban bien seguros en la isla. Mejor así, esperaba que pronto tendría noticias de Alessandro y sus planes en Suiza. Por el momento Alessandro le informó que lo más probable era que un aprendiz fuera a instalarse en las cuevas y que le diera la bienvenida.

A Helena la mantenían en una celda, completamente sola, así como habían hecho con Jivika. Y Jivika se mantenía alejada de su ex maestra por el momento. Querían que Helena empezara a quebrarse antes de que su aprendiz fuera a hablar con ella para convertirla en su aliada. Sabían que Helena también era una reencarnación, pero por lo visto la chica no tenía ni idea. De todas maneras una Santo de Plata les podría ser útil, con recuerdos o sin ellos.

Y Helena tenía una idea bastante buena de que era justo eso lo que planeaban hacer con ella. Sospechaba que a Jivika la habían encerrado también y le lavaron el cerebro. No se le ocurría alguna otra razón por la cual los ayudara a secuestrarla. Pasó las primeras horas luego de que despertara repasando lo que sucedió, una y otra vez. Se dio cuenta de sus errores, de lo impulsiva que fue, y de que el estar en su lío actual era su culpa. Esperaba que Aldebarán hubiera escuchado su grito de auxilio, pero no podía estar segura de qué tan lejos la llegó a rastrear. También estaba bastante consciente de que no sentía su propio cosmo. Era como si se lo hubieran quitado. Sin mencionar esa cadena que la mantenía sujeta a una pared. Le parecía que le estaba robando fuerza.

Luego de culparse a sí misma por su situación, intentó gritar, patalear, golpear, quitarse la cadena. Todo sin resultado alguno. No tenía idea de lo que sucedía en el exterior. Lo único que escuchaba eran sus pensamientos y el latido de su corazón junto con el tintineo de la cadena con cada movimiento que realizaba. Esperaba mantenerse cuerda, así que comenzó a meditar durante largas horas, pero lo suyo nunca había sido la meditación, por lo tanto se le estaba poniendo difícil. Le pedía a Atenea que la ayuda llegara pronto.

De regreso a Lyon, Saga dejó los mensajes y Alfa entonces usó la oportunidad para enseñarle los mapas y las rutas. El plan era salir hasta dentro de un día más porque al siguiente se pondrían a dar la vuelta por Lyon a ver si encontraban algo. Lo dudaban, porque Noah seguro se hubiera dado cuenta y se los habría dicho, pero no se quedarían tranquilos si no verificaban por ellos mismos. Así que, una vez que dejaron todo el plan sobre la mesa, fue momento de irse a dormir.

¿Mencioné que la habitación nada más tenía una cama? Pues así era. Sí, tamaño king, pero nada más una de todas formas. Saga le dijo que ella podía quedarse con la cama y él iría a dormir al sofá. Ella rodó los ojos y le dijo que no era la primera vez que compartían cama ni sería la última, así que tendría que volver a acostumbrarse a sus ocasionales patadas nocturnas. Saga asintió, la verdad no era ni un poco fan de irse a dormir al sofá. Y no, no fue plan con maña, Saga fue el que rentó la habitación y sencillamente pidió la de siempre, fue hasta el momento de irse a dormir que se dio cuenta del "dilema". Ni modo. Ambos siguieron su rutina de antes de dormir y se acostaron en básicamente extremos opuestos. Por supuesto que durante la noche se fueron acercando sin darse cuenta y por la mañana ya estaban bien abrazados. Los viejos hábitos no se rompen fácil, en especial para el subconsciente.

Saga fue el primero en despertar, se quedó un rato viendo a la mujer dormida a su lado y que estaba usando su brazo como almohada. No tenía muchas ganas de levantarse pero, aunque Lyon no era una ciudad especialmente grande, tampoco era pequeña y les iba a tomar todo el día recorrerla. Sin muchas ganas quitó su brazo de debajo de la joven, con cuidado para no despertarla, y se levantó a irse a bañar. Todavía no terminaba cuando escuchó la televisión encenderse en las noticias locales y poco después le llegó el aroma del café recién preparado. Salió del baño con una toalla en la cintura. Alfa estaba sentada en la cama, cruzada de piernas y bebiendo su café. Le había dejado una taza lista a un lado de la cafetera.

—Es café de máquina, pero bueno, peor hubiera sido café soluble —le dijo con una sonrisa que Saga no supo bien si fue por el café o por sus fachas.

Asintió y fue a tomar su taza. Alfa entonces se levantó de la cama, dejó su taza a un lado y, cuando tuvo las manos libres, le dio una sonora y juguetona nalgada. Saga pegó un salto porque no se lo esperaba y volteó a verla.

—¡Hey! —fue lo único que atinó a decir con una sonrisa.

—No pude resistirme, lo sabes —le contestó la chica luego de guiñarle un ojo y antes de dirigirse al baño.

Él aprovechó el rato para vestirse rápidamente y luego sentarse en la cama a esperar mientras bebía su café y revisaba en su iPad más noticias. La mujer no tardó mucho en salir y empezar a pasearse por la habitación mientras se vestía y arreglaba, como siempre hacía. La concentración de Saga en las noticias se perdió aunque intentaba disimularlo. Finalmente ambos salieron de la habitación y recuperaron su auto rentado, que Saga manejaba, para ir a dar una vuelta y seleccionar algún lugar para desayunar.

No les fue muy difícil pretender que eran dos turistas más paseando por la ciudad, como hicieron en Dinamarca. De hecho siguieron el mismo plan, pero ahora en auto. Recorrieron toda la ciudad en coche y luego lo dejaron estacionado por ahí para seguir el camino más tranquilamente a pie. La verdad es que no encontraron nada interesante. Si los renegados estuvieron en su momento ahí, para ese entonces ya se habían ido. Al menos encontraron algún buen lugar para detenerse a comer y otros a los que les gustaría regresar si alguna vez se daba la oportunidad. También vieron un lugar dónde cenar y ya entrada la noche se metieron a un bar, nada más para ver si por alguna casualidad sentían algo, pero no. Decidieron, pues, regresar a su hotel por ahí de las 2am. Esa noche, por cierto, de nuevo empezaron acostados en extremos opuestos, pero terminaron abrazados en la mañana.

Al día siguiente comenzaron la rutina que iban a seguir a partir de ahora. Se levantaron temprano, bajaron a hacer el check out del hotel y se fueron en su auto rentado a comenzar el camino por las carreteras de Francia. Se metieron en el primer pueblo que se les cruzó por el camino, que no fue muy lejos, lo recorrieron rápidamente en auto, a ver si sentían algo, luego continuaron el camino. Entraron al siguiente pueblo, le dieron la vuelta, se detuvieron a desayunar y continuaron. Un pueblo más y lo mismo.

Para su buena o mala suerte habían mil millones de pueblos y villas y estaban básicamente buscando una aguja en los interminables parajes Franceses. Su objetivo principal era llegar a Suiza, pero para eso les tocaría recorrer muchos kilómetros. Se turnaban para conducir y preferían las carreteras que no eran express o de paga, no por falta de dinero, nada más porque esos tendrían mayores probabilidades de meterlos a pueblos escondidos o de difícil acceso.

Alfa iba manejando, mantenía la mirada fija en el camino, y ya estaba comenzando a acostumbrarse a las carreteras francesas, lo cual era bueno y malo. Bueno porque evidentemente se sentía más segura en el camino, si bien aprendió a conducir desde muy joven, durante todo su tiempo en Grecia lo había hecho muy pocas veces y le faltaba práctica. Por el otro lado era malo, porque podía comenzar a dejar su mente vagar y eso no siempre le traía pensamientos tranquilos o coherentes.

Tenía perfecta consciencia del hombre a su lado, de la manera en la que miraba por la ventana y ocasionalmente la ruta, luego se llevaba el índice a los labios y algunas veces volteaba a verla. La buena noticia era que al menos no era de esos típicos hombres maniáticos que critican cada movimiento que haces al manejar, ni intentaba frenar con pedales inexistentes ni ninguna cosa por el estilo. Se lo veía tranquilo en ese respecto, pero bien sabía que su mente también estaba divagando y le daba curiosidad lo que estaba pensando.

La música había terminado e iban en silencio. Sí, ya no se sentían tan extraños cuando se quedaban callados, pero una cierta ansiedad seguía llenando el estómago de la chica cuando pasaban mucho tiempo sin hablar.

—Voy a hacer una escala técnica en la siguiente gas. De paso cargamos.

Saga volteó a ver el indicador de la gasolina.

—Con lo que tenemos sí llegamos al siguiente pueblo.

—Lo sé, pero regla número uno de los road trips es no dejar que se baje tanto la gasolina, en especial por carreteras desconocidas. Además no pasa nada si llenamos el tanque cuando nos detengamos.

—No falta mucho para llegar, sería mejor que esperáramos hasta el pueblo para hacer tu parada técnica.

—Le llamo "parada técnica" precisamente porque prefiero detenerme antes de llegar.

—¿Es muy necesario?

Alfa lo volteó a ver un segundo con la ceja enarcada.

—Si no lo fuera, no estaría pensando en detenerme, o qué, ¿crees que me encanta conocer los baños de las gasolineras?

—No es necesario que me hables con ese tono.

—Tampoco que dudes del por qué quiero hacer una parada.

—Nada más fue una pregunta, pero como quieras. Ya estamos cerca.

Alfa no le contestó, en cambio, volvió a concentrarse en el camino. En menos de cinco minutos llegaron a la gasolinera, la chica fue a estacionarse en las bombas, tomó su bolsa y bajó del auto, dejando que Saga se encargara de llenar el tanque. Estaba molesta, y era obvio que él también. Justo por detalles como esos es que temía los silencios entre ellos. Como que a ambos les daba por llenar los vacíos con tonterías que no tenían por qué derivar en peleas, pero lo hacían. Se miró al espejo mientras se lavaba las manos. No le gustaba pelearse con Saga, pero cuando usaba ese tonito y comenzaba a cuestionarle cosas que, para ella eran obvias, le daban ganas de... ¡ugh!, lanzarle un pastelazo por media cara o aventarle una caja de kleenex. Suspiró y finalmente fue a secarse las manos y salió del baño.

Saga había ido a estacionar el carro cerca de los baños, y continuaba en el asiento del conductor. La joven abrió la puerta, entró, cerró y dejó su bolsa en el asiento trasero.

—¿Podemos irnos? —preguntó el hombre.

—¿Tienes mucha prisa?

—Tenemos mucho camino por recorrer. Quizá ya hubiéramos llegado al pueblo a estas alturas.

—Discúlpame por tener que orinar de vez en cuando.

Saga rodó los ojos pero decidió no decir más al respecto, así que encendió el auto y continuó el camino. Alfa entonces mejor se puso a buscar una lista de música que ojalá le ayudara a calmar sus instintos asesinos.

Lo peor es que, por más molesta que estuviera con él, descubrió en muy poco tiempo, durante esa misión, que le encantaba verlo manejar. Era de esas cosas que le llamaban inmensamente la atención de él, porque no era algo que hiciera a menudo. Y bueno, ni hablar de cuando lo vio manejar la moto. Le fascinaba la manera en la que hacía las cosas más mundanas, como voltear a ver sutilmente los espejos nada más con la mirada, o esa manerita que tenía de cambiar las velocidades, o el cómo sus manos tocaban el volante. Pero justo en ese preciso momento, se odiaba a sí misma por estar poniéndole tanta atención a cada movimiento del hombre, porque estaba molesta con él. Se esforzó entonces en recargar el brazo en la ventana y mirar por ella.

A Saga también le encantaba observar a la chica mientras manejaba, en especial cuando se ponía a cantar y usar el volante como batería o piano, o guitarra, o cualquier instrumento que llamara la atención de la joven, mientras bailaba. Pero también le gustaba verla de reojo, sentada a su lado, con un brazo contra la ventana, la cara recargada en esa mano, una pierna sobre el asiento, y como llevaba un vestido bastante corto y veraniego, podía verle todo el muslo. Pero no, estaba molesto con ella en ese momento. Nada más hizo una pregunta, no era ataque, o quizá el tono que usó no fue el más adecuado, pero no era como para que ella se molestara, ¿no? Se preguntaba cuándo dejarían de sentirse tan raros el uno con el otro.

Por suerte o por desgracia, entraron al siguiente pueblo en pocos minutos. La idea era quedarse ahí a comer, pero dado que todavía era temprano, comenzó a dar vueltas por las calles, a ver si encontraban algo. Ella bajó la pierna del asiento y puso atención a sus alrededores, al igual que él. Cuando le dieron toda la vuelta al lugar y llegaron al punto de inicio, Saga detuvo el auto.

—Nada por aquí, ¿viste algún lugar que te llamara la atención para comer?

—No, el que tú quieras está bien.

—¿Tienes hambre?

—No.

—¿Te parece si continuamos hasta el siguiente pueblo? No está muy lejos. Pero si quieres quedarte aquí está bien también.

Alfa volteó a verlo, negó con la cabeza y sonrió.

—Vamos al siguiente pueblo.

Saga sonrió y asintió.

—Y... ¿podrías volver a subir la pierna al asiento?

La joven volvió a negar con la cabeza, sonriendo irónicamente, pero hizo lo que le pedía.

Roberto, por su parte, decidió que dos días eran más que suficientes para idear un plan para salir del Santuario y luego de el país junto con el mocoso. El primer día lo utilizó para reunir todo el dinero posible que tenía ahorrado, así como para pedirle un poco "prestado" a sus compañeros aprendices. No quería pagar con cualquier otra cosa que no fuera efectivo para que no lo pudieran rastrear fácilmente. Luego, por la noche, se fue a colar al edificio administrativo del Santuario para encontrar los archivos, tanto suyos como de Terje. Por suerte las interminables revisiones del de Aries le hicieron más fácil el encontrarlos y sacarlos. Estaba bastante seguro de que, si jugaba bien sus cartas, podría salir del país con Terje sin que le hicieran preguntas, en especial si llevaba los papeles en regla.

Al siguiente día, que le tocaba cuidar aprendices, hizo a Terje una seña para que hablaran relativamente en privado mientras observaban a los demás niños. Le dijo que se iría y que Alessandro quería que lo llevara también, por lo que tendría que obedecerle y poner todo de su parte para que pudieran escapar sin complicaciones.

Por la tarde Terje fingiría sentirse mal, algo nada grave, quizá un poco de dolor de estómago. Eso le daría oportunidad de ir a recluirse a su habitación temprano para reunir sus pertenencias. El problema iba a estar en sacarlo del Recinto de las Amazonas. Ellas eran muy aprensivas con los niños, pero igual compartían habitaciones y el plan era que Terje se escurriera de su cuarto por la noche, ya que todos estuvieran dormidos. Para eso Terje se las iba a tener que arreglar solo, porque no había manera de que él pudiera meterse a esa parte del recinto.

Terje le contó que estuvo observando todo con atención en caso de que él mismo tuviera que escaparse por sus propios medios. Roberto le dijo que eso era básicamente lo que iba a hacer. Para salir ocuparían la misma ruta de siempre, así que la tarea de Terje era llegar al recinto de los Santos de Plata y Bronce para encontrarse con él y de ahí Roberto ya tenía la ruta para salir del Santuario y luego de Grecia.

Definitivamente los nervios de Terje mejoraron por ya haber pasado varias veces por esa situación, pero seguía siendo un niño y el nudo de ansiedad seguía ahí, aunque ahora era menos molesto. Todo fue de acuerdo al plan. Se fingió enfermo y se fue a "dormir" temprano. Reunió sus pocas pertenencias en la mochila que le habían dado y se la llevó consigo a su cama. Esperó con impaciencia a que las rutinas nocturnas empezaran y luego a que terminaran. El Recinto de las Amazonas era más tranquilo que en el que estuvo antes, principalmente porque, como estaba situado dentro del Santuario y no a las "afueras", les daba una sensación de seguridad.

Todo estaba perfectamente en silencio y sus compañeros de cuarto dormidos cuando Terje, con todo el cuidado del mundo, sacó su mochila, arregló un poco la cama con las almohadas para que pareciera que seguía ahí metido y salió. Se asomó por los pasillos que estaban silenciosos y vacíos. En esa ocasión estaba en un segundo piso, así que tuvo que bajar escaleras, pero estas llevaban al comedor y ahí no había nadie.

Las Amazonas hacían rondas en el perímetro de su Recinto, pero Terje no planeaba salir por la entrada principal. Se escurrió hacia afuera del edificio y corrió al arbusto más cercano en donde esperó la ronda de las dos Amazonas. Cuando las vio alejarse, él comenzó a moverse en dirección contraria, siempre dentro del bosque, usando los árboles como escondite. Trepó uno de ellos para luego saltar la barda que delimitaba el Recinto.

Lo siguiente fue seguir moviéndose por el bosque hasta que tuvo dentro de su campo visual el edificio de los Santos de Plata. Se ocultó ahí, esperando a Roberto, quien no tardó en llegar. El mayor le hizo una seña para que lo siguiera. Roberto también llevaba consigo una mochila pequeña con sus pertenencias. Le pidió a Terje que no encendiera su cosmo para nada, como siempre, y que debía mantenerlo así por tiempo indefinido. Eso Terje ya lo sabía, pero no pensaba contrariar al hombre.

En silencio y con cuidado comenzaron a seguir su ruta usual para llegar al límite del Santuario. No les tomó mucho tiempo, dado que Roberto estaba bastante confiado en que, si alguien lo veía a él, podría pedirle a Terje que se escondiera y él pretendería estar dando una ronda. De todos modos en ningún momento tuvo que hacerlo, y pronto se vieron en ese bosque a las afueras y luego en las calles de Rodorio.

El camino apenas comenzaba para ellos. A paso rápido, Roberto lo guió por las calles del pueblo y luego por las afueras de Atenas. A esas horas, con suerte alcanzarían un bus a los muelles, en donde planeaba tomar un ferry, el que fuera, a cualquier isla, pero el punto era salir de Atenas. Se subieron a un camión, el último de la corrida y en poco tiempo estuvieron en la costa.

Roberto se puso a examinar las salidas. Como se lo imaginaba, no iba a encontrar una a esas horas, así que era momento del plan b: continuar caminando hasta que las salidas de los ferrys comenzaran de nuevo, dentro de unas horas más. Ya no iban con prisa, sino con bastante tranquilidad. Encontraron una tienda de conveniencia de esas que abren toda la noche y Roberto se compró un café y comida chatarra para el chico.

Y fue así como por fin dio la hora en que las personas comenzaban sus días. No tenía idea si alguien ya se habría dado cuenta de que Terje no estaba, pero lo dudaba, si tenían suerte no irían a despertarlo hasta las 6am y para ese momento ellos ya estarían navegando. La primera salida que encontró fue a las 5:30 de la mañana, así que a esas horas abordaron el ferry. Ninguno de los dos respiró tranquilo hasta que se vieron en el medio del mar, y con la tierra firme a varios kilómetros de distancia. Lo habían hecho. Estaban fuera del Santuario. Ahora debían mantener un perfil bajo y asegurarse de que nadie los encontrara.

A las 6 de la mañana Shaina tenía la tarea de despertar a los aprendices, y lo hacía encendiendo las luces y gritando a todo pulmón que era hora de levantarse. Luego dejaba la puerta abierta para ir a la siguiente habitación. Iba ya por su tercera cuando un niño salió corriendo en su búsqueda.

—¡Maestra Shaina! —le gritó y la mujer se volvió a verlo.

—¿Qué sucede, Nikos? —preguntó al ver la cara de sorpresa del chico.

—¡Terje no está!

—Quizá fue al baño o algo.

—¡No! Dejó almohadas bajo sus cobijas para que pareciera que seguía ahí, pero no...

—¿Que hizo qué? —preguntó una sorprendida Shaina, pero no esperó respuesta del chico, sino que se fue de inmediato a revisar la cama de Terje en donde efectivamente nada más habían almohadas. Maldito escuincle. Buscó debajo de la cama y luego abrió el closet comunal en donde todos los niños dejaban sus cosas mientras vivieran en ese Recinto.

—No está su mochila, las dejamos juntas y ya no está —volvió a decir Nikos, quien la había seguido.

—Nikos, reúnete con tus compañeros abajo y no hables con nadie más al respecto, voy a dar el aviso.

Y con eso Shaina salió a toda velocidad mientras se comunicaba vía cosmo con las demás Amazonas para que se pusieran a buscar al niño. Al mismo tiempo, le tocó la tarea de avisar al Patriarca que un aprendiz se había fugado del Santuario. Esas no eran noticias para iniciar el día, así que Shion, para nada complacido, dio el anuncio a los demás y la búsqueda de Terje comenzó. Vivien se reunió con Shaina.

—Ya decía yo que ese niño me daba mala espina. Es la segunda vez que hace esto. La primera no se fugó, venía de regreso.

—Es sólo un niño, no podrá llegar muy lejos solo.

—Honestamente no creo que vaya solo —contestó la rubia, luego salió corriendo del Recinto para hablar con Camus, a pesar de que ya se estaba comunicando con él vía cosmo.

Los grupos de búsqueda no tardaron ni cinco minutos en organizarse. Y fue entonces que les llegó la otra noticia, uno de los aprendices mayores, Roberto, tampoco estaba en el Santuario. Tenían a dos aprendices fugitivos. Y lo que era peor, en pocos minutos más se enteraron de que los archivos de ambos desaparecieron con ellos. Dicro no podía creerlo, ella aún esperaba que Terje no se hubiera fugado por su propia convicción, aunque la alternativa no era mejor.

Shion reunió a los Dorados, quienes ya estaban al tanto de todo. Camus y Kanon, que eran los que sabían de la escapada anterior de Terje, al instante se convencieron de que eso había sido planeado. Todos sabían de los roces de Roberto con Alfa y luego con Saga.

Llamaron a Argol para repasar de nuevo las circunstancias por las cuales había dado con Terje en primer lugar, y para interrogarlo sobre el chico en general. También llamaron a Klaus, el maestro de Roberto. Finalmente le avisaron a los Santos que se encontraban fuera del Santuario, por medio de mensajes de texto, para que les llegara el aviso tanto a Saga como a Alfa dado que ellos seguían sin encender su cosmo y, por lo tanto, estaban desconectados de la cosmonet.

Alfa iba manejando cuando les llegó el mensaje, y Saga fue quien lo abrió y lo leyó en silencio. Ella por supuesto se dio cuenta, y se imaginaba que era del Santuario. Volteó a verlo, el hombre estaba serio, y de pronto se llevó el índice a los labios y bajó el teléfono para mirar hacia adelante.

—¿Pasó algo? —le preguntó. Saga suspiró, asintió y volteó a verla.

—Roberto y Terje salieron del Santuario. Nadie sabe dónde están ni si van juntos. Por el momento la sospecha es que Roberto sencillamente se lo llevó, pero quién sabe, quizá Terje salió por su propio pie.

—¿Cuándo fue eso?

—No saben todavía. Esta mañana, cuando Shaina fue a levantar a los niños, se dieron cuenta de que Terje ya no estaba, y cuando organizaron a los grupos de búsqueda fue que notaron también la ausencia de Roberto.

Alfa suspiró y mantuvo la vista fija en el camino.

—Yo creo que Roberto se lo llevó, pero con consentimiento de Terje. Te lo dije, no puede ser tanta coincidencia. No creo que el chico tenga tan mala suerte como para que siempre le esté pasando algo.

—Es un niño.

—Lo es. Pero en el Santuario la infancia dura muy poco tiempo. Tiene qué, ¿diez años? A esa edad ustedes ya tenían armaduras y se los trataba como adultos.

—Nuestra situación fue diferente, crecimos dentro del Santuario, Terje viene de fuera.

—Y fue huérfano y quién sabe qué tantas cosas tuvo que vivir antes de llegar a Grecia. Si me lo preguntas, él tampoco es un niño común. No como yo, que tuve una infancia normal.

—¿Escucho cierto desdén en la manera en la que hablas del Santuario?

—Creo que, por suerte, las cosas están comenzando a ser diferentes ahí dentro cuando se trata de nuestros aprendices, en especial de los más jóvenes. Pero por mucho tiempo estuve, o mejor dicho, Antheia estuvo bastante en contra de la manera en la que se trataba a todos los habitantes del Santuario. No sé cómo se manejaron las cosas en esta generación, creo que bastante mejor de como fue en sus épocas, pero de todos modos no fue sencillo para ninguno de ustedes.

—No, no fue fácil, pero teníamos nuestros momentos, aunque contados, para ser niños relativamente normales.

—Quizá para los menores, pero estoy bastante segura de que las cosas fueron mucho más complicadas para ti, Kanon y Aioros. Son los hermanos mayores, ¿no? Y con la salud de Shion, supongo que comenzó a relegarles tareas.

—Tenía que prepararnos para que fuéramos su sucesor.

—Lo cual le da razón a mi punto.

—No fue malo.

—No dije que lo fuera, pero no pudo haber sido fácil.

—Shion hizo lo mejor que pudo.

—Lo sé. No lo estoy atacando, pero también sé que él está de acuerdo en que pudo haber manejado mejor las cosas. Es una crítica, sí, sin embargo, como te dije, también puedo ver que ha aprendido del pasado. Tú también lo has hecho, la manera en la que te comportaste conmigo y en la que comenzaste mis entrenamientos fue cambiando al pasar el tiempo. Nunca fuiste un mal maestro, pero evidentemente te diste cuenta de cómo cambiar tus estrategias dependiendo de lo que necesitara.

Saga bajó la mirada.

—¿Quién entrenó a Antheia?

—Otras Saintias. En aquellas épocas solamente las Saintias podían entrenar a otras. No se les hubiera pasado por la mente dejar que un Santo Dorado me entrenara. Y todo tenía que estar perfecto para cuando Sasha llegara. Toda la vida de Antheia se dedicó completamente a la diosa... hasta que llegó Déuteros, por supuesto.

Se quedaron en silencio un par de minutos. Al menos la conversación no había derivado, todavía, a una discusión.

—Si Roberto se fugó del Santuario, voy a asumir que yo no ayudé a la causa. Nunca me perdonó el haber entrado a su mente.

—No. Tampoco ayudó que fueras mi alumna, y mucho menos que estuviéramos juntos luego de que fueras a buscarme.

—¿Cómo sabes eso?

—Tuvimos una amena plática el día de la celebración de las mujeres. Me discutió sobre ti, luego sobre mi, y yo no lo deje seguir con sus acusaciones y lo suspendí. Klaus terminó castigándolo, así que tampoco me tiene en buena estima. Aunque así como se portó, no creo que tenga en buena estima a nadie del Santuario, incluida a Atenea.

—¿Crees que se haya ido a buscar una banda de renegados para unirse a ellos?

—No me parecería algo muy descabellado.

Las cosas se estaban complicando y ahora empezaban a conectar algunos puntos. Todo lo que había pasado hasta ese momento no eran eventos aislados, sino parte de un mismo plan. La seguridad del Santuario y la fidelidad de sus habitantes se estaba poniendo en tela de juicio y eso no le agradaba a nadie, en especial a la diosa. Tenían que encontrar a todos tan pronto como fuera posible.