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El jefe MacDonald de Sleat se enfureció al descubrir que Candy había desaparecido. No le gustaba que lo engañaran, especialmente si era una muchacha quien lo hacía. Había esperado algo parecido, pero ella se le había adelantado. Aunque, curiosamente, tenía que reconocer que su sobrinita lo había impresionado. La hija de Maria era más fuerte de lo que parecía. Sleat no estaba totalmente desprovisto de sentimientos familiares. Casi lamentaba que su sobrina tuviera que ser sacrificada. Casi.

Pero era necesario. Dirigió su mirada, calculadoramente, hacia su invitado, que acababa de llegar. El jefe Mackenzie no se daría por satisfecho con nada que no fuera la muerte de Candy. La casi violación de la joven a manos de su hijo, aquel muchacho estúpido, había sido otro desdichado precio de la guerra. Sleat se acarició la barbilla, pensativo y filosófico. No, no había manera de evitar la muerte de Candy. Si ella hubiera cumplido con su parte, quizá se habría decidido a ayudarla. Pero, igual que la mayoría de las mujeres, lo había decepcionado.

Que el jefe Mackenzie hubiera llegado a Dunscaith solo unas horas después de haber detectado la desaparición de Candy era un golpe de pura suerte. Unas horas más y no habría ninguna posibilidad de adelantarse a ella. Por fortuna, Sleat había descubierto la ausencia de Candy casi de inmediato. Otro golpe de suerte. Una sirvienta de corazón bondadoso había pensado en animar a la joven a comer llevándole unas galletas de avena especiales, endulzadas con miel, y se había encontrado con que la chiquilla había desaparecido. Sleat había comprendido de inmediato adónde se dirigía.

—Ve tras ella-le dijo al otro jefe—. Pero tendrás que viajar rápido para adelantarla. Y no debe verte. Solo un puñado de hombres. Si tienes paciencia, ella te conducirá a la entrada.

Los ojos del Mackenzie se entrecerraron.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que vuelve a Dunvegan?

Sleat se encogió de hombros.

—Instinto. Se imagina que está enamorada de él. Además, ¿a qué otro sitio iba a ir?-dijo desdeñoso—. Tendrá mucho cuidado de asegurarse de que nadie la sigue, pero por supuesto, tú no la seguirás.

—Iré directamente al lugar donde los perdimos después del ataque. Sé justo dónde esperar. La seguiré dentro y mis hombres te esperarán-dijo el Mackenzie.

Sleat asintió.

—No hagas nada precipitado. No estaremos muy lejos.

Con el MacAndrew muerto y un ataque sorpresa contra el castillo, por fin la victoria sería suya.

Puede que su sobrinita le hubiera sido útil, después de todo.

...

Casi había llegado. De vuelta en Dunvegan, a Albert y a lo que esperaba fuera su perdón. Porque Candy tenía en su poder el medio de demostrarle su lealtad.

La excitación y la esperanza la espoleaban a seguir adelante, porque hacía rato que su cuerpo había dejado de cooperar. Tenía los hombros hundidos, le pesaban con una fatiga profunda y un dolor de huesos que nunca antes había experimentado. Aunque por lo general era una amazona excelente, ahora tenía que esforzarse por mantenerse erguida, montada a horcajadas en el palafrén. ¿Cuándo fue la última vez que notó alguna sensación en el trasero? Debió de ser muchas millas atrás, muchas horas atrás. El interior de sus muslos estaría irritado durante muchas semanas. Pero tenía que mantener un ritmo constante que la llevara a su destino lo más rápidamente posible.

La suciedad y el polvo le dibujaban surcos en la cara. Con el dorso de la mano se secó la humedad que le empañaba la frente. No era mucho lo que podía hacer respecto a las gotas de sudor que se acumulaban bajo la gran cantidad de pelo, que llevaba sujeto en la nuca. Hacía demasiado calor. Llevaba un sombrero de ala ancha, pero después de los largos y soleados días en la silla, ni siquiera eso había logrado impedir las quemaduras enrojecidas que le cubrían la nariz llena de pecas que ahora se acentuaban mas y las mejillas.

Por lo menos, las manos enrampadas estaban protegidas del sol por los finos guantes que solía llevar con el vestido. Por desgracia, aquellos finos y elegantes guantes de piel quizá la protegieran del sol y los mosquitos, pero después de tantas horas de un uso intenso y constante, no la protegían de mucho más. La voluminosa falda de su traje estaba dividida por la mitad para poder montar a horcajadas, pero era, por lo demás, demasiado engorrosa para un viaje tan largo y difícil. Deseaba con toda su alma haber podido hacerse con un par de pantalones de montar y unos guantes de piel resistente, pero no había habido tiempo.

Llevaba dos días y dos noches viajando hacia el norte, más de cincuenta millas por carretera -a veces camino— desde Dunscaith en la península occidental de Sleat. Dos días cabalgando para un viaje que, normalmente, llevaba tres días enteros o más. Recordaba con qué excitación nerviosa se había escapado, con mucha cautela, de un Dunscaith dormido, armada con la prueba de la traición de su tío. La carta que le había robado a Willie era más de lo que habría podido soñar. Dudaba que su padre estuviera al tanto de los planes de Sleat. Con aquella carta en sus manos, Albert tendría los medios para destruir a su tío. Sería el arma que necesitaba para que Sleat perdiera el favor del rey. Y al dársela, Candy le entregaría lo que deseaba por encima de todo: un medio para vengar el deshonor sufrido por su clan a manos de Sleat.

Candy esperaba que aquello demostrara de forma irrefutable su lealtad hacia él.

Ansiosa por partir, sin embargo, se había visto obligada a esperar antes de ponerse en marcha, hasta asegurarse de que Willie se había marchado para entregar el resto de mensajes; quería estar segura de que nadie se daba cuenta de que faltaba una carta. Pero Willie se había ido directamente después de su colisión en el pasillo, lo cual le permitió emprender el viaje aquella misma noche.

Era bien entrada la mañana del tercer día del viaje y solo le quedaban unos cuantos estadios hasta su destino.

Palmeó cariñosamente a su montura en el caliente cuello. Los establos de su tío se contaban entre los mejores de las Highlands y las Islas. El palafrén que había tomado prestado era, sin ninguna duda, un magnífico animal. Sabía que le había exigido mucho, pero no había más remedio. Tenía que seguir adelante para mantener la ventaja sobre cualquiera que la persiguiera. Se había permitido, a ella y al caballo, algunas horas de sueño cada noche, pero aparte de eso había hecho el mínimo de paradas. No podía darles ventaja a los hombres de su tío para que la alcanzaran, si es que la seguían. Durante el día, no se atrevió a detenerse más que el tiempo necesario para que el agotado animal bebiera y comiera.

Los escasos alimentos que había conseguido guardar de su última cena en Dunscaith se habían acabado el día anterior. El persistente dolor de cabeza que sentía desde entonces debido a la falta de comida se había calmado un poco, pero sabía que en cuanto desmontara tendría que luchar contra el mareo.

Por lo menos, esa parte del trayecto la conocía. A veces le preocupaba que su escasa habilidad para orientarse la llevara por el camino equivocado. En su primer día de viaje, había estado a punto de tomar la bifurcación equivocada-la que llevaba a Port Righ en lugar de a Dunvegan— en la base de las grandes montañas Cuillin. Después de aquello, tuvo mucho más cuidado. Durante el día utilizaba el recorrido del sol para seguir en dirección norte, pero orientarse por la noche era más difícil. No se atrevía a detenerse y pedir indicaciones por miedo a que los hombres de su tío lo utilizaran para seguirle la pista.

Era sorprendente que no la hubieran alcanzado. Durante las primeras horas después de la salida del sol, el día en que se había marchado, sabiendo que debían de haber descubierto que no estaba, se sobresaltaba con cada ruido, miraba desconfiada cada pueblo y echaba ojeadas hacia atrás con tanta frecuencia que el cuello empezó a dolerle. Había cogido su arco como protección, pero hasta el momento no lo había necesitado. O su tío no sabía hacia dónde se dirigía o, lo más probable, había decidido esperar a que llegara su padre antes de ir tras ella.

Un absoluto cansancio le impedía observar la fastuosa magnificencia del campo, que se extendía ante ella como si fuera un banquete. Las colinas estaban llenas de un calidoscopio de flores silvestres estivales. Matorrales de brezo de color lavanda formaban un margen natural para el camino. El mar centelleaba a su izquierda y, a su derecha, los brezales verdes y herbosos ondulaban con la suave brisa. Más adelante, la exuberante densidad de los bosques la llamaba.

Un súbito e inexplicable escalofrío, quizá el gélido viento del recuerdo, le recorrió la espalda. Estaba casi en el mismo sitio donde los Mackenzie habían atacado a Albert.

Dunvegan estaba justo delante.

Sacó al palafrén del camino y lo dirigió hacia el bosquecillo.

No correría ningún riesgo. Tendría que usar la entrada secreta. No se atrevía a arriesgarse a que Albert le negara la entrada. Esta vez no le dejaría alternativa: Albert la escucharía tanto si quería como si no.

Candy se concentró en su tarea, esforzándose en recordar el camino hasta la entrada. Cuanto más se acercaba a la entrada oculta, más cuidadosamente comprobaba lo que la rodeaba. Nada. No la seguía nadie, de eso estaba segura. Tomó la ruta que habían recorrido a lo largo del brazo del loch y se detuvo ante la impresionante cara del acantilado.

Dunvegan, con todo su imponente esplendor, estaba en lo alto de la roca que había por encima de ella. Los muros estaban situados tan cerca del borde del acantilado que parecía que fueran a deslizarse al abismo solo con que los empujaran ligeramente. El propio edificio, de gruesa piedra gris, no ofrecía una cálida bienvenida. Pero en lugar de disuadir a Candy de sus propósitos, la vista de aquel montón de rocas, sombríamente bellas, le llenó el corazón de una alegría desbordante e hizo aparecer una amplia sonrisa de satisfacción en su cansado rostro. Enderezó la espalda y echó hacia atrás los hombros.

Dunvegan. Albert. Lo había conseguido. Casi.

Candy mantuvo la cabeza totalmente inmóvil, con la barbilla levantada, los oídos alerta y los ojos escudriñando todo lo que la rodeaba, atenta al más ligero ruido o leve movimiento. Al no oír nada más que el constante movimiento del loch a su izquierda y el rumor de la brisa entre los árboles y la maleza del bosque a su derecha, observó atentamente, una vez más, todo lo que había a sus espaldas y luego se dirigió hacia la entrada recortada y rocosa que quedaba oculta delante de ella.

Instó al asustado caballo a avanzar, derecho a la cara del acantilado donde se unía al borde del bosque. Respiró hondo, rezando por que le dieran fuerzas, tiró de las riendas para girar bruscamente a la izquierda y se encontró en la húmeda y fría oscuridad del túnel.

...

Chicas, ya casi hemos llegado al final. Mañana subiré los últimos dos capítulos que hacen falta. Un abrazo a todas.