No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

Isabella se puso una gruesa bata roja y abrió la puerta que llevaba al pasillo principal del bus de gira. Desnudo, magnífico y duro, Edward la siguió. El baño estaba a su izquierda. Cuando ella intentó abrir la puerta, la encontró trabada.

―Ocupado ―gritó desde adentro Emmett McArty.

―Apresúrate. Debemos prepararnos para la boda ―gritó Edward, y golpeó la puerta con la palma de la mano.

―Casi termino ―respondió Emmett.

―Probablemente se está masturbando ahí ―dijo Edward.

Isabella se volvió y abrazó a su futuro esposo. Se había prometido que nunca volvería a casarse. No después de que su primer matrimonio terminara tan horriblemente. Pero ahora que sus defensas se habían desmoronado, no podía esperar a iniciar su vida con este maravilloso hombre. Después de rechazarlo por tanto tiempo y de luchar contra su cariño con una testarudez que rechazaba el compromiso, y que vista en retrospectiva era prácticamente ridícula, sentía que debía recompensarlo mucho.

Quería que Edward fuera feliz. Quería que se sintiera amado. Apreciado. Nunca se había sentido así con su primer marido. Nunca había querido anteponer la felicidad de Jeremy a la suya. Lo que tenía con Edward era especial. Perfecto. Para siempre. Desearía haberlo reconocido antes.

Deslizando las manos por la suave espalda de Edward, dejó un camino de besos por su clavícula.

―¿Cuántas horas hasta que me convierta en la Sra. Cullen?

―Tenemos que obtener la licencia de matrimonio; eso seguro llevará veinte minutos, a lo sumo. ―Enlazó sus manos en el cabello de ella y le inclinó la cabeza hacia atrás para probar sus labios con tiernos besos succionantes―. ¿Después de eso? Tan pronto como estés lista.

―Diría que de inmediato, pero quiero verme bonita para ti.

―Luce muy bien en esta bata, Profesora.

―Y tú luces muy bien sin nada, Master Cullen.

La sensación de la cálida piel y los firmes músculos de él bajo sus ansiosas manos la hicieron reconsiderar su decisión de hacerlo esperar hasta la noche. La Bestia tampoco quería esperar; la polla de Edward se elevaba dura y gruesa contra su estómago. Ella aferró el trasero de su prometido con ambas manos para acercarlo más. Él hizo un sonido, medio gemido, medio gruñido, que hizo que su coño palpitara de necesidad.

―Voy a usar una falda y pasaré todo el día sin ropa interior ―le susurró al oído.

―No puedes esperar que me controle sabiendo eso.

La mano de ella se deslizó por el hueso de la cadera de él. El muslo. Hacia arriba por el interior de la pierna. Le rozó las bolas con el dorso de su mano y él se tensó.

―Si no te detienes, te follaré aquí mismo ―dijo él.

Ella repitió el movimiento.

―¿Oh, sí?

Él la presionó contra la delgada pared junto a la puerta del baño. Su polla se frotó contra el interior de su muslo, y ella se estremeció. Sí, Edward, tómame aquí mismo.

―Tienen que estar bromeando, maldita sea ―dijo Jazz desde su cama cerca de la puerta del baño.

―Lo lamento, ¿te despertamos? ―preguntó Isabella.

Edward le acarició el cuello con la nariz y frotó la polla contra su montículo.

―¿Quién puede dormir con toda esa charla de enamorados que quieren follarse a un metro de tu cabeza? ―La usual suavidad de la voz de barítono del cantante estaba extrañamente áspera ésta mañana, y su humor más gruñón de lo usual.

―Benjamin, para empezar ―dijo Edward.

Isabella rió entre dientes. Al joven bajista de los Sinners sí le gustaba dormir.

Isabella espió sobre el hombro de Edward y encontró a Benjamin inconsciente en la cama de arriba. Su bonito rostro adornado de barba incipiente estaba aplastado contra el colchón. Su cabello decolorado estaba aplastado en lugar de pararse en sus usuales picos. Entrañable era la palabra que Isabella usaría para describir a Benjamin Frann. Y perverso. O eso se imaginaba basándose en lo que había oído de las groupies decían y lo que había visto en su valija de placeres carnales.

―Creo que tuvo una dura noche ―gruñó Jazz y se aclaró la garganta con una mueca―. Llegó tarde y se desplomó en la cama sin siquiera quitarse las botas.

O quitarse su chaqueta de cuero, notó Isabella con una sonrisa.

Se acurrucó más cerca de Edward, apoyando su barbilla en el hombro de él mientras esperaban el baño. Aquí, al parecer, siempre había alguien esperando por el baño.

―Deberían considerar quedarse en un hotel cuando el bus está detenido ―dijo ella―. ¿No hay cerca de un millón de habitaciones de hotel en esta ciudad?

Ella se había acostumbrado al pequeño espacio del bus mientras viajaba con la banda para su proyecto de investigación, pero después de compartir el baño con cinco tipos, se merecía una medalla, un trofeo o algo.

Un par de ojos verdes la observaron desde la cama inferior al otro lado. Se alegró de ver despierto a Garrett. Había estado preocupada por él. Un guardia de club nocturno demasiado entusiasta lo había golpeado en la parte trasera de la cabeza con un bate la noche anterior, pero él lucía mejor que Edward esta mañana, así que debía estar bien.

Ella le sonrió, pero él no le devolvió la sonrisa. Su mirada no estaba enfocada en ella. Estaba fija en el desnudo trasero de Edward. La lengua de Garrett frotó su labio superior, y Isabella sólo pudo imaginar qué estaba pensando. Una semilla de celos brotó en su pecho, y pasó las manos sobre las firmes mejillas del culo de Edward. Sonrió triunfalmente cuando la siempre dispuesta polla de Edward se movió contra su estómago.

Edward era suyo, cada centímetro de él, y sería mejor que Garrett no lo olvidara.

Garrett cerró los ojos y se dio la vuelta, dándole la espalda. La puerta del baño se abrió, y Emmett emergió.

―¡Listo! ―anunció, como si esperara un sticker con una carita sonriente por su logro.

Edward volvió la cabeza hacia el baño y olfateó tentativamente. Al parecer, sin encontrar tóxico el lugar, tiró de Isabella dentro del pequeño cuarto. La puerta se cerró, y la bata de Isabella cayó al suelo un instante después.

―Al fin solos. ―Edward llenó las manos con los senos de ella, masajeándolos suavemente. Sus ojos oscuros estaban brillantes de deseo mientras observaba sus pulgares rozar los tensos pezones de ella―. Sabes, la idea de hacerle el amor a mi esposa es suficiente para sacarme de control. No tienes que provocarme todo el día para enloquecerme.

Ella le sonrió y se sentó sobre lavabo.

―Bien, porque no quiero esperar todo el día. Quiero tener tus sorprendentemente rápidos dedos contra mí, dentro de mí, ahora mismo. ―Se reclinó contra el frío espejo del lavabo, dobló las rodillas y apoyó sus pies en la encimera, abriéndose para su amante. Su prometido. Su futuro esposo―. Hazme acabar, cariño. Haz que mi coño te ruegue que lo llenes.

―¿Puedo probarte primero?

Ella no respondió, sólo tomó dos puñados de su cabello negro largo hasta el hombro y le hundió la cabeza entre sus piernas. Él inspiró hondo.

―Oh, mierda, cariño. Hueles a sexo.

Su lengua se deslizó dentro de ella, y él la observó trazar su abertura. Una, otra, otra, otra y otra vez, hasta que tuvo que cerrar los ojos por la sobre estimulación. Él metió dos dedos dentro de ella, y se movió contra ellos, ya deseando su gran y gruesa polla. Sus dedos se liberaron para esparcir sus jugos contra su latente clítoris.

―¡Oh! ―jadeó ella.

Él chupó el clítoris en su boca y con fuerza metió dos dedos en su ansioso cuerpo, metiéndolos con más y más fuerza mientras le chupaba el clítoris con agonizante suavidad. Ella gritó su placer, el sonido de su mojado coño y los gritos de excitación haciendo eco en el pequeño baño.

Edward se alejó y pasó sus dedos al clítoris, acariciándola rápido y con fuerza.

―Mírate, nena. Mírate.

Ella obligó a su mirada a bajar entre sus piernas donde Edward activaba su detonador. Él sabía exactamente cómo hacerla explotar. Ver sus dedos moverse contra ella y pensar en la forma en que lucían cuando hacía sus solos de guitarra la empujó sobre el borde. Su trasero se levantó del lavabo, y él apartó la mano para que ella pudiera ver su coño latiendo con la liberación. Edward frotó la cabeza de su polla contra su apertura mientras los espasmos de placer de ella intentaban atraparlo.

Se deslizó dentro de ella con facilidad, y ella miró el lugar donde sus cuerpos se unían. La forma en que su polla la llenaba la dejaba sin aliento. Su carne cedió y se estiró con sus profundas y firmes embestidas. Edward movió sus caderas mientras veían cómo sus pliegues se esforzaban para hacer lugar a su grosor.

Lentamente, el placer de ella volvió a crecer. Oh, él la llenaba tan perfectamente, la frotaba en la medida justa.

―Edward. ―Ella necesitaba sentir su nombre en sus labios tanto como necesitaba sentir su dura polla.

Él levantó la cabeza, y ella encontró su mirada. Se miraron a los ojos mientras sus cuerpos se movían juntos una y otra vez. Las emociones invadieron su ser, le robaron el aliento y le hicieron arder los ojos mientras la ternura la ahogaba.

―¿Edward?

La conexión física, siempre la habían tenido. Pero abrirle su corazón hacía que el sexo fuera mucho más que simple placer.

―¿Sí, nena?

―Te amo ―dijo ella.

Él le tomó el rostro en sus palmas y la besó suavemente.

―Te amo. ―Metido hasta las bolas, la miró a los ojos―. ¿Realmente eres mía? ―susurró.

―Sí.

―Ya era hora de que lo admitieras, Profesora. ―Él sonrió y salió de ella. Ella gimió en protesta, pero era demasiado tarde para volver a meterlo en su cuerpo. ―Terminemos esto en la ducha ―dijo él―. Estoy decidido a casarme contigo hoy de una manera u otra, y tenemos que trabajar en hacer varias cosas a la vez o desperdiciaremos el día follando en el baño del bus de gira.

―Yo no lo llamaría desperdiciar el día ―dijo ella.

―Me casaré contigo hoy, Isabella Swan. ¿Entendido?

―Entendido ―dijo ella, con una brillante sonrisa.

Mientras él ajustaba la temperatura del agua, ella bajó de la encimera de un salto y se aproximó desde atrás para besarle la espalda con la boca abierta, la lengua y los dientes. Le frotó el firme estómago, los pectorales, sus fuertes hombros con las manos. Él se metió en la ducha y ella lo siguió, consumida por su incansable hambre por el hombre. Finalmente admitir que lo amaba no había disminuido su lujuria por él. A lo sumo, la había hecho más pronunciada. ¿Qué tan afortunada era de amar y desear al mismo hombre?

Él se volvió para enfrentarla, y la mirada de ella bajó a su gruesa polla erguida orgullosa entre ambos. Ella quería que él acabara en su boca. Quería que pulsara en el fondo de su garganta. Quería tragarlo todo.

Se puso de rodillas, pasándole las manos por los muslos. El agua de la ducha, tibia, se deslizó entre sus dedos y fluyó por sus brazos. Edward reclinó la cabeza hacia atrás hacia el agua que fluía en el mismo instante que ella se lo llevó su polla a la boca.

―Ah ―jadeó.

Ella sostuvo la base de su polla mientras movía rápidamente la cabeza, lo chupaba con fuerza y acunaba sus pesadas bolas en su palma. Quería recompensarlo por ser tan bueno con ella. Por amarla. Ella sabía qué le gustaba. Movió la mano libre entre sus piernas y deslizó los dedos en sus sedosas profundidades, buscando resbaladizos jugos para facilitar la penetración de su amante.

Cuando hubo recolectado suficiente de sus propios fluidos en las puntas de sus dedos, levantó la mano entre las piernas de él. Sus resbalosos dedos presionaron contra la apertura de su culo, y él gruñó antes de abrir más las piernas. Ella deslizó dos dedos en él, entrando y saliendo suavemente hasta que él comenzó a gemir. Sabía lo que se venía. Sabía lo bien que ella podía hacerlo sentir. Le confiaba con su cuerpo. Significaba mucho que él le permitiera hacer esto por ella.

Ella soltó su polla para tener otra mano libre y la pasó a sus bolas, tirando suavemente de ellas hacia adelante y masajeándolas suavemente contra la base de la polla en suaves y lentos círculos. Dentro de su culo, los dedos de la otra mano se curvaron hacia adelante, y ella frotó su glándula. Él no era el único que sabía cómo activar un detonador. Edward comenzó a derramarse de inmediato. Todo su cuerpo tembló mientras gritaba de placer.

Con sus fluidos pulsando en el fondo de su garganta, Edward le tomó la cabeza para bajar el ritmo de sus incansables movimientos mientras ella lo chupaba, pero ella se negó a detenerse hasta que él hubiera descargado cada gota. Él se dejó caer contra la pared de la ducha, jadeando y temblando con las secuelas del orgasmo. Liberando su polla con un fuerte ruido, Isabella provocó la abertura con la punta con su lengua, aun frotándolo por dentro para prolongar su placer.

Isabella amaba cómo masajearle la próstata lo hacía estremecerse y retorcerse. Amaba cómo él le permitía hacer cualquier cosa perversa que se le ocurriera. Amaba cómo la hacía sentir sexy y apreciada. No podía esperar a pasar el resto de sus vidas descubriendo qué otras cosas que tenían en común, porque era más que obvio que la parte sexual estaba aclarada.

―Dios, cariño ―gimió él―. No sé qué hice para merecer eso, pero dime qué fue para poder hacerlo repetidas veces.

―¿Te gustó? ¿Mis dedos dentro de ti?

―Sabes que me gusta.

―Uno de estos días me voy a poner un consolador y te voy a follar el culo.

Ella liberó sus dedos del cuerpo de él y se puso de pie. No estaba segura de por qué, pero la idea de dominarlo, de follarlo, realmente la excitaba. Quizás era porque Edward jamás había permitido que Garrett lo tomara. Ella suspiró.

No estaba segura de por qué se sentía tan celosa del tipo hoy. Quizás porque Garrett había amado incondicionalmente a Edward durante tanto tiempo y ella recién comenzaba a ofrecerle la misma devoción. Bueno, fuera cual fuese el motivo para que esa extraña sensación reapareciera esa mañana, tenía que superarlo. Sabía que Edward no sentía nada romántico por Garrett, sin importar cuánto Garrett quisiera que así fuera. Si Edward ya no había comenzado a amar al tipo, era poco probable que lo hiciera pronto; o jamás, si ella tenía opinión en el asunto.

La polla de él se movió ante cualquier pensamiento salvaje que hubiera atravesado esa gloriosamente creativa mente suya.

―Suena interesante. ¿Qué tal si lo probamos esta noche?

Ella había esperado que protestara un poco su exigencia, pero le encantó que él aceptara. El hombre era tan experimental sexualmente; tan dispuesto a todo. Era una de las cosas que ella más amaba de él y una cualidad que no se había dado cuenta que había faltado en sus anteriores intereses románticos hasta que encontró en Edward a su igual en el aspecto sexual. Al principio su compatibilidad sexual había sido suficiente para mantenerla con él, pero en algún lugar del camino ella había comprendido que, aunque su cuerpo era un increíble regalo, el verdadero premio era el corazón cariñoso y abierto del hombre. Y, a diferencia de ella, Garrett probablemente había comprendido eso antes de que Edward lo marcara con lujuria.

Maldición. ¿Por qué no podía dejar de pensar en Garrett esta mañana? ¿Había vuelto a soñar con la expresión en él cuando le robó un beso a Edward? No podía negar que la expresión llena de amor y anhelo de Garrett aún la atormentaba. Su amante había parecido completamente inmutado por el beso que ella había visto a Garrett robar. Entonces, si no había significado nada para Edward, ¿por qué la molestaba tanto?

―Haremos un desvío a un sex shop después de elegir nuestros anillos ―dijo ella, alejando los pensamientos de Garrett de su mente.

Sus incomprensibles celos eran problema suyo, no de Edward, y ella no permitiría que sus molestas inseguridades por un hecho ocurrido hace tanto tiempo entre adolescentes borrachos y alimentados por la testosterona opacara el día de su boda.

Completamente ignorante de sus luchas internas, Edward la abrazó apretadamente.

―Dios, te amo mujer ―le dijo―. Mi turno de hacerte acabar.

―Sí, así es.

Sus geniales dedos se movieron entre sus piernas para acariciarle el clítoris, su contacto dispersando todos los pensamientos sobre la infatuación de Garrett y debilitándole las piernas.

.

.

.

Que hermoso, estos caps me dan mucha alegría jajaja y todos sabíamos que lo de Garrett saldría de nuevo tarde o temprano jajaja

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!