¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
Poco a poco, la finca iba tomando forma al gusto de ambos. Él había tenido razón en buscar por la otra zona. Se escapaban siempre que podían para comprobar las reformas y para realizar algunos acabados ellos mismos. Albert aprovechaba los fines de semana para practicar uno de sus hobbies, creando muebles a mano para aquellas estancias que se iban finalizando. Era un trabajo lento y laborioso, en el que depositaba todo su cariño, especialmente en aquellos que iban destinados al uso por parte de Candy.
— Bert, ¿Los muebles de mi habitación, también los hiciste tú? —preguntó Candy mientras se sentaba a coser cerca de él. Ella era un desastre, pero ahora debía practicar. Ya hacía un mes que había vuelto a estudiar para llegar a ser médico. Así que aprovechaba para bordar sus iniciales en cojines y otra ropa de vestir el nuevo hogar.
Albert se echó a reír ante la pregunta— No, no, que va... Solo algunos. La mayoría los realizó un artesano de aquí con el que siempre trabajamos. Pero me siento muy halagado por tu fe en mí —Volvió a reír sin dejar de aplicar la última capa de barniz a una hermosa mecedora, tallada con motivos florales.
— Es que en el apartamento también arreglaste algunos muebles... y el cisne de Stear... Pero estos los estás haciendo por completo y realmente te están quedando hermosos —afirmó admirada.
— Bueno, me relaja trabajar con las manos y enfocarme en otra cosa que no sean precios, leyes y litigios. Se me da bien, pero no es lo que más deseo hacer. A veces tengo la sensación que lo que hago solo sirve para generar dinero. Pero esto... —Dijo señalando al mueble— Esto servirá para que tú puedas usarla y relajarte en ella —Le sonrió, imaginando dos personas mecidas en ella. Jamás había sentido aquella necesidad, pero cuanto más tiempo pasaba junto a Candy, más crecía el deseo. No se atrevía a decírselo. De hecho, no esperaba que pasara pronto. Ella tenía sus planes y era muy joven aún... Aunque sabía que la mayoría de la sociedad no lo vería así y no dudaba que no tardarían en presionarlos una vez casados.
— ¿Y cómo fue que aprendiste a hacerlos? —Nunca le había preguntado aquello porque solo lo había visto repararlos cuando convivían—... No dejas de sorprenderme, ¿Hay algo que no sepas hacer? —bromeó risueña.
"Hablar con mujeres que me gusten", pensó al instante. Además del poco contacto en su infancia, su altura, siendo adulto, parecía resultar intimidante para la mayoría y, en su juventud, lo habían mirado con recelo, especialmente con la barba— Empecé construyendo algunas casitas para pájaros, cuando aún era muy joven. Luego me animé a crear algunas prótesis para los animales heridos que me encontraba... Pero no te creas que eran maravillas... —Candy parecía tenerlo en un pedestal y eso le preocupaba. No trataba de aparentar ser mejor de lo que era. Se mostraba tal cual. Pero estaba convencido de que ella maximizaba cualquier tontería que él hacía.
— Déjame que lo dude. Aún no te visto hacer algo que se te dé mal —insistió bromeando, admirando el evidente mimo con el que trabajaba en el mueble.
— No. De verdad. Supongo que la práctica y los intentos frustrados, han dado sus frutos. En Kenia también tuve que ayudar a construir diversos equipamientos, cabañas, mesas, armarios para proteger las medicinas... Eran construcciones mayores... —recordó—. Es curioso, porque aunque no recordaba absolutamente nada cuando me deportaron, intuía cómo arreglar o hacer cosas que ya había hecho allí.
— En la carta que me enviaste desde allí, parecías entusiasmado con el territorio —comentó, dando otra puntada a la 'A'—. Cuando vivíamos juntos, en el apartamento, siempre quise preguntarte por ese país, pero como no recordabas nada...
— Lo cierto es que es un país fascinante. De allí surgió la idea de varios de los proyectos que he estado realizando estos pasados años. Cuando recuperé la memoria, también recobré mis planes, como la inversión en el cultivo de café en Brasil, pero tenía tantas cosas que asimilar que no me veía capaz de volver de inmediato... El intento de comprometerte de Neal lo precipitó todo —Su expresión se volvió brevemente sombría—. No debería, pero no deja de sorprenderme su osadía. Debí haberme involucrado más en controlar como te trataba la tía Elroy y el resto de la familia —Dejó la brocha en el disolvente, dando por finalizada la tarea.
— Tampoco podías saber que intentarían eso —intentó excusarlo Candy. Ella se había enojado muchísimo con el tío abuelo por planificar su compromiso sin consultarla, pero al descubrir la verdad, su concepción dio un giro de 180 grados.
— No me refiero solo a eso. Me refiero después de la adopción. Confié en que tía Elroy tomaría las decisiones más adecuadas, ya que no lo hice para ser padre, y que Georges me informaría, para aprobar trámites, cuando fuera necesario. Fui muy egoísta Candy. Realmente no fui consciente de la responsabilidad que suponía. Para mí fue algo tan fácil como firmar un papel y trasladar la responsabilidad a otros. Yo no quería ser padre. Ni siquiera tenía pareja, solo quería ayudarte de la forma que me fuera más fácil.
— Y lo hiciste —lo interrumpió ella, sin comprender el motivo por el que él se atormentaba de aquel modo—. Bert, si no lo hubieras hecho, a saber qué habría sido de mí...
— No lo sé, Candy —"Solo espero hacerlo mejor el día que de verdad sea padre...", pensó observando la mecedora antes de devolver la mirada a la mujer, cuyo físico estaba tan lejano de aquella niña—. Aun así, nunca te he pedido perdón —Con agilidad felina, se acercó a Candy, tomando una de las manos que habían quedado suspendidas en el movimiento, por la sorpresa, para besarla con ternura, recordándole el gesto frente a la familia.
— Bert, por favor, no digas tonterías. Nadie puede controlarlo todo y siempre has estado a mi lado cuando realmente lo he necesitado. Quizás el tío abuelo William falló en muchas cosas, pero, si hay alguien que me ha ayudado a superar mis propias dificultades, ese fue el señor Albert y mi príncipe. Y no quiero que lo dudes, ¿Me oyes, Bert? —lo reprendió con dulzura, dejando la aguja sobre sus piernas, para levantar su rostro y acariciarlo —.Y ahora, cuéntame más sobre África —insistió ilusionada.
Albert se sentó en el suelo, recostándose contra la pared, bajo la ventana que iluminaba a Candy en su propia ocupación, para descansar las piernas. Por un momento guardó silencio, recordando tiempos pasados, constatando lo que ya sospechara entonces. Pese a las dudas de la propia Candy, para él, algún día, no muy lejano, no habría mejor esposa. Ella espantaba sus demonios, renovaba sus fuerzas y abrigaba su corazón, con la más dulce e intensa calidez, cuando este parecía querer desfallecer. Ciertamente era un auténtico desastre en la cocina. Eso no había cambiado con los años, por más empeño que ella pusiera. Pero a él le gustaba cocinar para ella. Si algún día no pudieran permitirse a alguien que lo hiciera, podía imaginarse, encargándose de ello, como ya lo había hecho—. De acuerdo. Pero por favor, Candy, deja ya de llamarme príncipe... Ya sabes el bochorno que me da —comentó fastidiado
Candy estalló a carcajadas— Creo que me gané el derecho a llamarte como considere tras tantos años sin saber quien eras —bromeó más calmada. El sol resaltaba los reflejos en el cabello de Albert. A contraluz su mirada se mostraba más intensa. Una oleada de calor recorrió su cuerpo junto con el impulso de sumergir sus manos y notar la suavidad de los mechones entre los dedos. Desde que ambos desnudaran sus corazones, aquellos pensamientos y deseos la asaltaban cada vez con mayor frecuencia. Surgía la curiosidad instintiva que había sentido también hacía Terry, siendo muchísimo más joven y desconociendo muchas más cosas de la naturaleza humana. Pero, ahora, se mezclaban con una admiración mayor. Conocía a Albert de mucho más tiempo y con él había compartido casi lo que parecía una vida, en las situaciones más dispares y adversas. No podía dejar de maravillarse al descubrir esta otra faceta de él, que iba mucho más allá del amigo, del protector, del paciente, del compañero, del confidente... Estaba descubriendo al hombre detrás de todos ellos, arrebatándole el aliento, al menor descuido.
— Supongo que no cambiarás nunca... —suspiró resignado—. Bueno, como ya te expliqué en la carta, estuve principalmente en Kenia. Aproveché aquel par de años para recorrerla, cuanto pude. Es un país de muchos contrastes, tanto en sus paisajes como en sus habitantes...
Continuará...
