SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no es dueña de ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Cuarenta y Uno:
Una Tormenta, Dos Hombres
"Srta. Kaede," susurró Naraku en el denso aire de una celda en El Trueno mientras afilaba una pequeña daga contra una vieja piedra. "No lo reconsiderarías, por favor?"
Frente a él, luciendo mucho peor, Kaede estaba sentada detrás de un conjunto de barras de acero, su vieja espalda encorvada contra la pared de madera del barco mientras se apoyaba en ella por soporte, con sus piernas cruzadas y sus manos juntas en su regazo. Su ropa estaba rota y su falda manchada con lágrimas causadas por la tortura y sus propias manos para usar el material para vendar sus profundas heridas. Su rostro estaba manchado con suciedad y posibles excrementos ya que no se le permitía ni siquiera la cortesía de un balde. Las arrugas de su piel se habían duplicado en pocas semanas y las canas de su cabello se habían triplicado en la misma cantidad de tiempo, sin embargo, su ojo todavía permanecía orgulloso detrás de un frunce más sucio y su color seguía siendo tan fuerte como siempre, un profundo, rico, fuerte y retador negro.
Naraku chasqueó su lengua cuando no respondió a su pregunta y dejó de afilar la daga. "Sr. Dresmont?" Llamó mientras caminaba hacia la celda, señalando el candado con la afilada punta. "Le importaría?"
El Sr. Dresmont, que había estado de pie contra una pared cercana, con su cabeza gacha avergonzada asintió y avanzó, las llaves colgaban en sus manos mientras se acercaba a la celda. Alcanzó el candado, manteniendo sus ojos gachos mientras lograba sostener la llave con sus temblorosos dedos el tiempo suficiente para meterla en el mecanismo antes de girarla ligeramente, haciéndola cliquear y abrirse.
Lamió sus labios mientras poco a poco depositaba el candado en su mano, retirándolo y abriendo la puerta de la celda, sus cansados ojos apenas miraban a Kaede quien estaba mirándolo—una dulce sonrisa en su anciano rostro. "Por favor, no lo hagas." Quería decir pero no podía en presencia de Naraku. "Por favor no me mires así," bajó su cabeza aún más y se sonó como un niño, uno que sabía que había hecho algo innegablemente horrible. "No merezco ninguna amabilidad de tu parte."
Como si lo hubiese escuchado, Kaede rió y cerró su brillante ojo por un segundo para que su sonrisa pudiera brillar aún más en sus pálidos labios. "Gracias." Le dijo en voz baja, tan tranquilamente que parecía como si su voz nunca hubiese hablado, sino que solo sus labios se hubiesen movido.
El Sr. Dresmont bajó aún más su cabeza hacia el suelo, la vergüenza se multiplicó diez veces mientras abría completamente la puerta permitiéndole a Naraku Morgan pasar sin obstáculos.
"En verdad desearía que—." Naraku continuó entrando un poco en la celda, su nariz se arrugó con disgusto al percibir el pútrido olor de la habitación que no había sido limpiada en semanas—según sus órdenes. "—lo reconsideres?" Tosió y debatió cubrir su rostro con un trapo pero decidió lo contrario por temor a verse débil ante la anciana. "Es una buena oferta, sabes." Hizo un leve movimiento en el aire con su daga antes de apuntarla hacia ella. "Tu libertad a cambio de un poco de información sobre alguien más."
Por un largo momento, Kaede no habló, sino que mantuvo sus ojos en el joven (bueno, mucho más joven que ella) Sr. Dresmont que todavía estaba de pie, sosteniendo abierta la puerta de la celda, con su cabeza gacha por el remordimiento. Normalmente, no le habría dicho una palabra a Naraku, en cambio, eligió guardar silencio pero esta vez, sintió que necesitaba hablar. "La golondrina enjaulada puede cantar por la libertad," susurró Kaede mientras miraba al Sr. Dresmont, tratando de que él la mirara con solo sus ojos. Él no lo hizo y ella suspiró con comprensión y compasión antes de volver su atención hacia Naraku mismo, completando sus palabras con una gentil y burlona voz. "Pero eso no significa que desee que otra pierda la suya."
Naraku frunció oscuramente, por supuesto que entendió el balbuceo por lo que era—era la connotación de lo que no entendía. "Tanto te preocupas por ellos?" Tocó el cuchillo levemente antes de sostenerlo frente a él, mostrándole el brillante y reluciente filo a Kaede—una oscura amenaza.
"Una golondrina se preocupa por todas la criaturas aladas." Continuó ella, sus labios en una oscura línea mientras terminaba, sus ojos una vez más miraban al hombre que sostenía la cárcel abierta. Tuvo que estremecerse ante sus palabras.
"Así que eres una golondrina—lo entiendo, de verdad," Naraku se llevó la daga a sus labios, pasando su lengua por la hoja distraídamente. "Aún así—apenas los conociste por un día o dos—por qué proteger tan fieramente a alguien a quien conoces tan poco?"
"Por qué proteger a alguien, Sr. Naraku?" respondió Kaede, su voz aun calmada y gentil pero llena de significado. "Me parece a mí que no está en tu carácter—en este momento—proteger a nadie," miró al techo por un instante antes de mirarlo con solo su ojo, su mentón aun hacia atrás. "Después de todo, no consideraste adecuado proteger a tu propia familia."
"Estás hablando de mi padre?" Naraku rió mientras se alejaba de ella abruptamente. "Ese viejo bastardo necesitaba morir."
"No era de tu padre de quien estaba hablando." La anciana sonrió de nuevo mirando al techo.
Naraku levantó una ceja ante sus palabras. "Entonces mis hermanos?" Le preguntó intrigado pero tratando de mantener un aire de insensibilidad.
"Tal vez." Respondió Kaede antes de mirar al Sr. Dresmont con decisión. "A menos que tengas hijas."
Naraku rió ante la declaración pero la cabeza del Sr. Dresmont se levantó de golpe ante el sonido de la última palabra, su corazón dio un vuelco y miró a Kaede, la información que le acababa de dar era poderosa. Una hija—para proteger a una hija—sabía que la mujer estaba al tanto de su relación con una Kagome Dresmont pero era por eso que estaba enfrentando todo esto, sufriendo tanto? Apretó un puño a su costado, el que no estaba sosteniendo abierta la puerta de la celda y miró a la anciana, deseando ser un demonio—uno que pudiera leer la mente.
"Eres muy graciosa, Srta. Kaede." Naraku sonrió y se agachó para mirar a Kaede al ojo. "Ahora, en serio—todo esto es una broma o en verdad estabas hablando de alguien en particular que no fuera mi padre bastardo o mis hermanos olvidados?"
"Tal vez ellos o," Kaede sonrió de vuelta, su único ojo fijo en el rostro de Naraku, preparada para asimilar la incontable reacción. "Estaba hablando de tu madre."
La sonrisa murió, la risa murió, la ligereza en el aire se desplomó tan rápido que fue como si hubiese sido succionada de la habitación. Naraku movió sus dedos alrededor del cuchillo y lo llevó a su garganta, la ira se apoderó de él en oleadas. "Nunca," habló con veneno en su voz. "Hablarás de mi madre otra vez, entendido?"
Kaede solo frunció, la comprensión se reflejó en su rostro mientras lo miraba, sin inmutarse, sin moverse solo continuaba mirándolo fijamente, su viejo ojo lleno de sabiduría—sabiduría que le molestó.
"Bien," le espetó él a la cara empujando el cuchillo más profundamente en su piel. "Si no te importa tu libertad, entonces qué tal tu vida!" Presionó el cuchillo contra su garganta para enfatizar mientras la rabia continuaba creciendo en él haciendo que un ligero goteo bajara por su garganta mientras la daga se presionaba más firmemente su piel.
Kaede sonrió, en realidad le sonrió cuando sintió la sangre bajar por su cuello, mientras la sentía en la parte superior de su blusa de cuello alto. "No es la muerte," susurró ella, inclinándose hacia el cuchillo permitiéndole presionarse aún más firme contra su carne, lo que provocó que cayera más sangre. " Ni la libertad del alma?"
Naraku gruñó y retrocedió apartando el cuchillo de ella, sus ojos destallaron con malicia e irritación. "Sólo si crees en ese tipo de mierda, vieja bruja." Espetó él claramente nervioso mientras la miraba con aprehensión. "Un alma—," le dijo claramente. "No creo en semejantes tonterías."
"No es creer lo que necesitas," Kaede continuó hablando sin obstáculos mientras, casualmente, estiraba la mano y tocaba el lugar donde la daga la había cortado, apartando sus manos para mirar sus enrojecidos dedos. "Sino el potencial de ver."
"Estás hablando como el viejo murciélago delirante que eres." Espetó Naraku mientras se alejaba de ella preparándose para salir de la celda.
"Estoy delirando, Sr. Naraku?" Kaede habló gentilmente mientras frotaba sus dedos esparciendo más el color de la sangre. "O tal vez soy tan clara y comprensiva que no puedes enfrentarme."
"Cállate!" Naraku se giró, sus ojos ardían con pura e inalterada furia mientras se giraba hacia ella y le devolvía el cuchillo a la garganta permitiéndole cortar su carne aún más profundamente esta vez. "No sabes nada de mí, nada de mi vida, nada de mi madre!"
"Puedo verlo en tus ojos," Kaede continuó hablando sin contenerse por el cuchillo y la furia. "Sé todo sobre ti, Naraku, está en tus ojos."
"No sabes nada." Le dijo entre dientes, entre un rostro aterrador y angustiado.
"Te arrepientes, verdad Naraku." Habló ella implacablemente, su ojo en verdad triste mientras lo miraba. Detrás de ella, el Sr. Dresmont sólo pudo observar asombrado cómo esta mujer—como antes—hacía que Naraku se desenmarañara lentamente.
Naraku le gruñó, girándose, la daga colocada amenazadoramente en su rostro. "No me arrepiento de nada, mi padre necesitaba morir, tenía que morir."
"Nadie duda de eso, Sr. Naraku." Reafirmó Kaede extrañamente mientras observaba el cuchillo con su único ojo bueno. "Sin embargo," continuó, sus palabras extrañas para cualquiera que las escuchara menos para el mismo Naraku. "No es horrible que haya tenido que morir antes de poder decirte la verdad?"
Naraku en verdad parecía desconcertado, tal vez era su juventud o tal vez era la misteriosa mujer que le hablaba con acertijos pero fuera lo que fuera, bajó la daga y la miró con dureza—una mirada que claramente decía, 'dime.' Dejó caer las manos a sus costados y ladeó la cabeza con aguda curiosidad. "Qué verdad?"
"La verdad sobre," pausó y lo miró profundamente a los ojos como si tratara de ver a través de él, en él, más allá de él. "Tu madre."
La curiosidad de Naraku se transformó instantáneamente en resentimiento inquebrantable. "Yo sé la verdad!" Le gritó a Kaede en su furia, sus ojos comenzaron a cambiar, a ponerse rojos. "Yo la maté—y qué—a quién le importa?" Kaede solo sonrió, su expresión burlona, sus ojos diciendo todo mientras Naraku se precipitaba hacia ella regresando la daga a su garganta, presionando su piel. "No sabes nada de mí que yo no conozca ya, vieja bruja." Gruñó antes de retirar la daga.
"Estás seguro?" Le preguntó ella suavemente, su voz y sus palabras hicieron que Naraku hiciera una pausa. "Quizás es que le temes a la verdad, a la verdad real?"
"Suficiente!" Rugió Naraku atacándola con la daga a ciegas, rozando su mejilla mientras ella se echaba hacia atrás. "No sabes nada, yo sé que no sabes nada, sabes que no sabes nada—así que basta." Se giró hacia el Sr. Dresmont quien literalmente estaba temblando de miedo por la ira que podía ver brotar de Naraku por oleadas. "Mátala de hambre." Ordenó mientras salía de la celda hacia las escaleras. "Está claro que el dolor no nos llevará a ninguna parte pero tal vez el hambre finalmente la convenza de hablar."
Kaede sonrió y dejó escapar una aguda carcajada ante sus palabras.
Él se giró de nuevo, sus ojos enrojecidos mientras le gruñía. "De qué te estás riendo, anciana?"
Ella rió entre dientes y echó hacia atrás su cabeza contra la madera del casco una vez más. "Hwa is thet mei thet," habló, el idioma uno que nunca había escuchado antes. "Hors wettrien the him self nule drinken."
Naraku la miró fijamente y luego echó la cabeza hacia atrás y rió con fuerza. "Así que ahora hablas en lenguas, qué curioso." Se volvió y se alejó sin decir una palabra más que un chasquido de sus dedos.
Ante la silenciosa orden, el Sr. Dresmont cerró la puerta de la celda y alcanzó el candado para volver a colocarlo en su lugar. Esperando a que su amo se fuera, suspiró aliviado cuando escuchó que la puerta se abría y se cerraba por completo. "Lo siento." Susurró, aun temiendo que de alguna manera el hombre lo escuchara.
"No hay necesidad de disculparse, Sr. Dresmont." Respondió Kaede libremente, sin rimas ni acertijos que conformaran su discurso mientras se arrancaba otro pedazo de su ropa, llevándolo a su cara para ver qué tan fuerte era el sangrado. Afortunadamente, era un corte superficial, se dio cuenta al instante, por lo que no necesitaría mucha atención; los múltiples en su cuello, sin embargo, eran un poco preocupantes. "Cómo está?" Le preguntó al joven con calma mientras seguía con el proceso de curación. "No nos hemos visto en una semana más o menos."
El Sr. Dresmont sonrió a modo de disculpa y se encogió de hombros. "Sí, me ha estado manteniendo ocupado. Soy el único hombre que queda en el barco que puede… bueno, trazar mapas y cosas así, y sé algunos idiomas que le resultan útiles." Miró hacia el suelo sucio y parpadeó varias veces con un suspiro. "Yo—yo—sólo—odio mis—."
"Entiendo el sentimiento, Sr. Dresmont, en verdad." Le susurró Kaede con gentileza y consuelo.
"Pero está aquí," la señaló con el candado mientras lo colocaba en su lugar. "Por—mi hija y por mí y," dejó que se le escapara de las manos, golpeando ruidosamente contra los barrotes. Jadeó por el ruido y se inclinó para agarrar el objeto deteniendo el fuerte y llamativo sonido. Cerrando sus ojos, suspiró, todavía sosteniendo el candado mientras sacudía su cabeza lentamente. "—Lo—lo—siento tant—."
"No se ofenda, Sr. Dresmont," interrumpió Kaede mientras pasaba una mano por los barrotes, colocándola reconfortante sobre la suya en el candado. Él parpadeó sorprendido por su sutil acción e involuntariamente la miró a los ojos. "Pero esto es más grande que sólo usted y Kagome." Ella asintió para convencerlo. "Además he estado en esto mucho más que unas pocas semanas o por la mención del nombre de su hija como mi conocida." Soltó su mano, dejándola caer a su costado. "He estado involucrada en esto desde antes de nacer, es mi destino y estoy preparada para vivirlo hasta el final."
El Sr. Dresmont trató de sonreír ante sus palabras, pero salió como un extraño gesto estrangulado. "Es—," le susurró a Kaede a través de esos gigantes barrotes. "La persona más maravillosa que he conocido." Rió para sí. "Yo, cómo puede—cómo puede pensar así?"
"Creo que se llama optimismo." Dijo Kaede con una risa propia, una que fue mucho menos incómoda y más genuina.
"Ojalá fuera—optimista como usted." Le admitió el Sr. Dresmont. "Siento—yo—," se detuvo y sacudió su cabeza como si cambiara de opinión. "Déjeme saber si hay algo que pueda hacer por usted—cualquier cosa."
"Me ha pedido tantas veces que lo haga," le dijo Kaede con esa misma sonrisa suya. "Y mi respuesta sigue siendo la misma, no necesito nada."
"Pero—," presionó él mientras miraba sus alrededores, la suciedad y la falta de un lugar para dormir o sentarse. "Yo—no puedo dejarla—."
"Si me diera alguna comodidad," razonó Kaede sin rodeos, "Ese joven lo mataría. Así como está ahora—no lo dudaría."
El Sr. Dresmont suspiró, sabiendo que lo que estaba diciendo era cierto, completamente cierto y que no había nada que pudiera hacer al respecto aunque lo intentara. "Está bien, lo reconozco." Gruñó mientras tomaba sus llaves y las volvía a poner en su cinturón, atándolas en su lugar. "Pero si no me deja darle algún tipo de comodidad, entonces tal vez me permita una respuesta a una pregunta?"
Kaede frunció y ladeó su cabeza, "Depende de la respuesta pero supongo que puede preguntar."
Él le sonrió gentilmente y distraídamente tocó los barrotes. "Qué le dijo," señaló hacia la puerta por la que Naraku había salido. "Antes de que se fuera? Ya sabe, en ese idioma gracioso."
Kaede rió mientras terminaba de envolver un trozo de tela alrededor de su cuello, esperando que la presión detuviera el sangrado. "Ese no fue solo un idioma gracioso, querido, fue inglés."
Él frunció y se rió de ella. "Lo siento Madame, pero eso no era inglés."
Kaede simplemente sonrió antes de responder. "Lo fue; si lo hablaste hace quinientos años." Informó ella haciendo que su risa muriera de inmediato.
"Qué?"
"Sí, en la época de Chaucer," le dijo con cautela, sonriendo por la expresión bastante perdida en su rostro. "Lo ha leído, le gustaba bastante la lengua vernácula de su época por encima del latín, sabe?"
"Lo he escuchado." Murmuró el Sr. Dresmont de mala gana. Siempre se había considerado un hombre de buena educación pero con esta mujer parecía que se había equivocado. "Lo he leído pero nunca en dicha lengua vernácula."
"Ahí está su problema." Le dijo Kaede con un atrevido movimiento de cabeza. "Chaucer y las personas que nos precedieron hablaron alguna vez de manera muy diferente, creo que muy pocos todavía hablan de esa manera."
"Usted lo hace?" Concluyó el Sr. Dresmont. "Habla de esa manera antigua?"
"He incursionado." Admitió encogiéndose de hombros. "Brevemente, sabe, cuando era niña."
"Bueno, entonces," el Sr. Dresmont sonrió sutilmente, sabiendo que para haberle hablado a Naraku de la forma en que lo había hecho, habría tenido que haber hecho más que simplemente balbucear en el idioma como una niña. "Deme, si quiere, una traducción de lo que dijo."
"Muy bien." Kaede sonrió como si hubiera esperado eso precisamente. "Quien puede darle agua al caballo no beberá por sí mismo."
"Pero—," la quijada del Sr. Dresmont se sintió como si reconociera el dicho instantáneamente. "Eso es?"
"Sí?" Presionó Kaede ligeramente mientras le indicaba con las manos que continuara.
Sacudió la cabeza ante el gesto y resopló mientras completaba la versión moderna del dicho. "Puedes llevar a un caballo al agua pero no puedes hacerlo beber."
"Exactamente." Kaede asintió con la cabeza antes de enviarle una mirada muy cargada. "Los caballo han sido tercos durante años."
El Sr. Dresmont rió suavemente y le dedicó una sonrisa afectuosa que salió sospechosamente de su corazón. "Bueno," le dijo con altivez. "También las mujeres."
Kaede sonrió, tomando esas palabras como algo más que una broma o un comentario sexista. Tenían un significado profundo y tranquilizador que nunca dejaría ir—creía en ella. Creía en su terquedad, en su capacidad para hacer lo que él no podía. Él creía que podía enfrentarse a Naraku, creía que tenía el poder de hacer que Naraku sucumbiera a las deficiencias que sólo ella podía ver. Pero sobre todo, confiaba y creía en lo que estaba haciendo por él. Richard Dresmont creía que Kaede Cunnings protegería a su hija con su vida.
Y fue su creencia más que nada lo que le daba a Kaede el coraje para hacer precisamente eso.
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Naraku se detuvo en la cubierta de El Trueno dándose tiempo para enfriarse de su encuentro con Kaede. Parecía que cada vez que se acercaba a la mujer, ella lo empujaba a sus límites mentales, una habilidad que lo molestaba sin fin. Frunció ante la idea, la anciana simplemente sabía cosas o tal vez (como una adivina bien entrenada) sabía leer a una persona hasta que realmente supiera algo sobre ella. De cualquier manera, lo había hecho de nuevo, había presionado sus botones y se había basado en su curiosidad natural.
"La verdad sobre tu madre."
"La verdad?" Reflexionó sobre lo que había dicho vagamente. "La verdad sobre mi madre." Resopló, la verdad sobre su madre era simple, había muerto, había muerto en el parto, él era el niño que la había matado y esa era la razón por la que su padre y hermanos lo odiaban. Así de simple, no? Así de simple o—no? En verdad la anciana sabía algo de lo que él no era consciente?
Naraku instantáneamente alejó los pensamientos, incapaz de lidiar con ellos en el momento o nunca. En cambio, se centró en la vista ante él mientras estaba de pie en la cubierta del timón, sus ojos penetrantes mirando hacia el Golfo de México, estudiando las oscuras nubes que se formaban en la distancia. "Una tormenta?" Musitó para sí pero no permitió que la idea lo preocupara, sino de pasada. Después de todo, Naraku tenía preocupaciones mucho más grandes en su mente que una simple tormenta o la historia de su nacimiento y la muerte de su madre, sí, preocupaciones mucho mayores.
Había pasado un tiempo desde que dejaron Luisiana y New Orleans, al parecer casi un mes, y aún no habían determinado qué iban a hacer. El viejo murciélago no había sido demasiado directo con la información incluso después de semanas de tortura, humillación y malas condiciones de vida. Esperaba que la medida adicional de inanición eventualmente diera algunos frutos de información, pero lo dudaba en gran parte. Incluso si hubiese estado seguro de que la nueva medida funcionaría, aún sabía que necesitaba un plan B, por así decirlo, en caso de que la anciana no pudiera darle más información sobre cómo llegar a conseguir la Joya Shikon o el paradero del Shikuro.
Qué iba a hacer sin ningún tipo de pista sobre cómo encontrarlos? No tenía idea de hacia dónde se dirigía el Shikuro, Kaede no revelaría ni una pizca de información y cada ciudad portuaria que habían visitado no sabía nada del Capitán más que historias para dormir. En lo que respecta a la joya, era más o menos lo mismo, pero aún más vaga. Había pedido información a la gente en las ciudades, pero nadie parecía conocer la leyenda, a excepción de los viejos marinos que estaban demasiado borrachos para ser fiables. Para colmo, las únicas dos personas que sabía eran confiables y conocedoras de la joya y su leyenda eran, en primer lugar, Hiten y solo había encontrado la suya por suerte y, en segundo lugar, la anciana que se estaba mordiendo la lengua con tanta fuerza que estaba a punto de hacerla caer.
Entonces, qué iba a hacer?
Naraku apretó sus dientes ante la idea. Podía esperar a que Kaede se quebrara—pero no era tan paciente, o finalmente podía poner el martillo en el clavo y trabajar en su plan B. Pero por dónde iba a comenzar?
Resoplando, Naraku cruzó la cubierta del timón, alejándose de la baranda lateral para ponerse al lado del timón, de pie junto a Hiten, quien simplemente lo miró por el rabillo del ojo.
"Odio esto." Frunció mientras traqueaba su cuello, sus ojos oscuros miraban por la cubierta donde los hombres estaban corriendo—trabajando. "Necesito un medio alternativo para encontrar las joyas pero—." Dejó desvanecer la idea mostrando los colmillos de comadreja. "Cómo?"
A su lado, Hiten casi saltó por el sonido de su voz, mirando al demonio mucho más joven con leve miedo en sus ojos. "Señor?" Preguntó tensamente, aprehensivo del joven. Después de todo, Naraku había probado que cualquier forma de vida no le importaba, incluso la vida de su propio padre la consideraba prescindible.
Naraku giró la cabeza para mirar a Hiten. "Esto es una mierda." Le dijo al hombre mientras cruzaba los brazos sobre su pecho y fruncía el ceño profundamente. "Estamos andando en círculos, no tenemos idea de a dónde vamos o dónde está ese bastardo de Inuyasha, necesitamos un plan, algo."
"Estoy de acuerdo, señor." Murmuró Hiten asintiendo con la cabeza mientras miraba a su tripulación—la tripulación de Naraku—que se había quedado en silencio ante el arrebato del joven.
"Si estás de acuerdo—," gruñó Naraku mientras bajaba sus manos a los costados y se giraba para darle a Hiten toda su atención. "Entonces piensa en algo!"
Hiten no se inmutó por el grito, se quedó ahí con valentía, sus ojos miraban los oscuros abismos que eran las pupilas de Naraku Morgan. Sin embargo, tragó saliva mientras miraba esos malévolos ojos; sintió que cada vello en la parte trasera de su cuello se erizara mientras esos ojos brillaban, sintió que cada fibra de su ser lo empujaba a alejarse para huir mientras esos ojos derretían todo el coraje que había pensado estaba en su corazón. Parpadeando, se miró los pies, advirtiendo su mirada, sabiendo que no era lo suficientemente valiente como para mirarlo a los ojos. "Ah—bueno—um—señor," comenzó a hablar pero su voz le falló y mordió su labio. "Maldición, solo es un niño por el amor de Dios!" Razonó antes de tragar saliva. "Un niño que asesinó a sangre fría a su propio padre." Razonó el lado racional de su cerebro.
"Tsst," murmuró Naraku y se alejó de Hiten. "No tienes ni idea, verdad?" Murmuró cruzando sus brazos una vez más sobre su pecho, sus ojos miraban fijamente hacia adelante con asombro ante la tormenta. "El cielo está por abrirse." Susurró de forma extraña, casi críptica. "Crees que sea un huracán?"
"Ah—," Hiten comenzó a decir pero tropezó con sus palabras y tosió un poco antes de poder hablar. "No… yo, um… no lo creo."
"Hm." Naraku se encogió de hombros y comenzó a alejarse de Hiten, lejos del timón y hacia las escaleras. "Sr. Hiten, por favor tome el mando del barco durante la tormenta," comentó mientras la lluvia comenzaba a caer. "Prefiero no mojarme haciéndolo yo."
Hiten suspiró al saber que el hombre se iba, sin duda fue un alivio a pesar de que fue debido a una tormenta que se avecinaba. "Sí, señor." Llamó e hizo una mueca cuando Naraku se detuvo de repente y se volvió para mirarlo por última vez por encima del hombro.
"Oh," murmuró Naraku moviendo una mano para cubrirse los ojos de la lluvia para poder ver claramente. "Y una cosa más, Sr. Hiten."
"Sí, señor?" Hiten tragó saliva mientras apretaba con fuerza el timón.
Naraku miró a Hiten con tal intensidad que Hiten sintió que su corazón dejaba de latir en su pecho hasta que Naraku habló. "Quiero dejar algo muy claro." Su voz era helada, autoritaria y aterradora. "La única razón por la que estás vivo es porque asumí que podrías conseguir estas—joyas—si pruebas que no puedes, que tú—," sonrió pero no hubo humor en el gesto. "—no eres capaz, habrá—un verdadero huracán." Él sonrió y se alejó comenzando a bajar las escaleras, su voz resonaba detrás mientras su cabeza desaparecía. "Consistente principalmente en tu sangre." Su voz se disipó dejando por ahora su propio dilema con Hiten.
Hiten se sintió mareado, sintió que estaba a punto de desmayarse, como una mujer que lleva un corsé demasiado ajustado en un día de verano muy caluroso. Respiró hondo y parpadeó varias veces, su mente se aceleró, tratando de recordar exactamente lo que acababa de decir Naraku, pero sin poder registrar nada más que la amenaza real que lo había acompañado.
"Capitán?" Dijo un hombre mientras subía las escaleras luciendo aliviado de que Naraku se hubiera ido. "Se siente bien?" Preguntó cuando se dio cuenta del estado actual del hombre.
"Sí." Hiten se las arregló para responder mientras giraba el timón, parpadeando la lluvia de sus ojos mientras lo hacía.
"Parece que vio un fantasma." El otro hombre razonó acercándose al timón con su Capitán.
"No vi un fantasma." Le dijo Hiten al hombre con firmeza mientras trataba de calmarse ante la posible calamidad que podría sobrevenir por la tormenta o la mano propia de Naraku. "Sin embargo, eso no significa que no lo serán en este barco en un futuro próximo."
El otro hombre frunció confundido. "De qué habla, Capitán?"
"Nada," dijo Hiten firmemente tratando de controlarse. Tendría que lidiar más tarde con sus problemas con Naraku, por ahora—tenía que lidiar con un tipo de tormenta totalmente diferente.
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Un oscuro corredor, dura madera bajo unos pies pequeños, los crujidos de una tabla, Crick—crick—crick.
Los pies detrás del ruido dejaron de moverse y el pequeño niño que estaba pegado a ellos bajó sus orejas confundido, nunca había escuchado crujir una tabla del piso. Frunció sus cejas, su pequeña frente se arrugó por la confusión mientras bajaba la mirada a sus pies, sus orejas se movían, asimilando el ruido.
"Nani?" Preguntó Inuyasha suavemente, su pequeña voz infantil suave en la oscura noche. "Este piso," de repente recordó el inglés en su pequeño cuerpo. "Dónde estoy, un lugar que tendría este piso?" Reconoció, aunque vagamente, un recuerdo distante de un piso como este volvió a él. Con cuidado, levantó su cabeza y con grandes ojos dorados de chibi contempló el corredor en el que esos extraños y memorables pisos de madera hacían su hogar.
Habían puertas, muchas puertas con números en ellas, muchos números; y fotos entre cada una. Eran fotografías de personas, retratos; eran cuadros de paisajes y casas, algo impopular en tiempos pasados; eran fotografías de familias que no reconocía; eran fotografías, fotografías de los muertos.
Respiró hondo y su nariz se retorció al percibir el olor a roble, tal vez pino, y un toque de pintura al óleo usada para lienzo. Todo le era familiar, extrañamente, pero no podía ubicarlo aunque lo intentara. De nuevo respiró profundamente, esta vez su nariz recogió otro olor, uno fuerte, uno que podía ubicar, uno que siempre había conocido desde el primer momento en que había respirado en este mundo. Parpadeó y se giró, sabiendo que si miraba tras él vería la fuente de ese olor y la vio. Ahí, en una pequeña mesa justo detrás de su cabeza, había un jarrón lleno de suaves y blancos lirios irlandeses.
Frunció y giró su cuerpo completamente, caminando hacia el jarrón, el constante crujido de las tablas ya no le intrigaba más mientras se acercaba a la pequeña mesa auxiliar, sus ojos contemplaban los lirios mientras descansaban en el cilindro de cristal. Eran hermosos, aunque ligeramente marchitos, sus pétalos blancos se inclinaban sobre el borde del cristal, como si estuvieran descolgando sus cabezas—deprimidos o entristecidos por algo.
"Están tristes?" Susurró él inclinándose, extendiendo sus pequeños dedos regordetes, una garra apenas presionada en la flor haciéndola marchitar aún más. Retiró su mano rápidamente, un chillido salió de sus labios, un chillido de pánico inducido al observar cómo el pétalo de la flor se desprendía del tallo y como si en cámara lenta caía hacia el piso, flotando hacia la madera como si estuviera atrapada en una brisa de primavera antes de golpearlo; pudriéndose instantáneamente en el duro suelo marrón sólo que—
No era el piso.
Inuyasha dio un rápido paso atrás, sus ojos se abrieron mientras observaba cómo la alguna vez familiar superficie de madera se volvía líquida, de un gentil azul con cientos de suaves pétalos blancos cayendo sobre ella haciendo que las ondas florecieran en su superficie. Estuvo a punto de tropezar con sus pies mientras retrocedía en shock, sus ojos muy abiertos al ver cientos de flores blancas adornando la superficie de un pequeño estanque; un estanque familiar.
Levantó la mirada, lejos del estanque viendo el jardín que lo rodeaba, el pequeño puente a su izquierda y la casa, un borroso recuerdo en la distancia. Era su hogar, el lugar de su nacimiento, el jardín de su infancia donde tanto los buenos como los malos recuerdos tenían su hogar. Inuyasha sintió lágrimas en sus ojos, sintió que un poco de dolor en su corazón aumentaba mientras miraba hacia el árbol de Sakura que colgaba junto al agua, una suave decoración entre la floreciente primavera.
Parpadeando lentamente, Inuyasha logró hacer que sus piernas se movieran de nuevo y se obligó a dirigirse hacia la orilla del pequeño estanque, sus ojos embelesados mientras su superficie ondeaba por otra pequeña flor blanca que había revoloteado aterrizando en el agua clara. Un pez koi bajo su superficie se balanceó hacia arriba, su enorme boca saboreó la flor antes de escupirla rápidamente y alejarse nadando, todo su cuerpo se agitaba enojado por la falsa comida.
El pequeño Inuyasha rió ante la vista y sentándose sobre manos y rodillas se inclinó sobre la orilla para mirar en el agua, estudiando los cientos de coloridos koi. Naranjas y blancos, negros y de parches dorados llenaron su visión y sonrió infantilmente mientras parecían bailar uno alrededor del otro, buscando comida pero regresando con nada más que pétalos blancos.
"Koi tonto." Murmuró mirando hacia el árbol de Sakura, sus ojos siguieron el camino de un nuevo pétalo ambulante que se dirigía suavemente hacia el estanque, dando vueltas en la brisa, revoloteando y flotando antes de finalmente aterrizar creando cientos de ondas a su paso.
Obligado, el pequeño niño se estiró, su pequeña mano tocó el pétalo con una garra en miniatura. La flor se hundió instantáneamente por el contacto, los koi nadando se alejaron deprisa cuando fue tragada y volcada por el agua ondulante, cayendo en sus profundidades, descendiendo más y más hasta que tocó el limo en el fondo del estanque. Y luego, sobre su sangre.
Los ojos de Inuyasha se abrieron y jadeó cuando el color pareció brotar de esa única flor, como tinta derramada de un pozo. Se puso de pie, sus ojos se movieron de un lado a otro, presa del pánico mientras todo el limo en el fondo del estanque se cubría de un profundo rojo sangre. "Iya." Se escuchó susurrar ante la vista. "Iya—," sacudió su cabeza cayendo hacia atrás y aterrizando sobre su trasero mientras observaba cómo la sangre se filtraba en todo, comenzando con los tallos de los nenúfares, subiendo hasta que los propios lirios se convirtieron en sangre y luego perseguía a todos los peces koi, cambiando desesperadamente su hermoso naranja y dorado a muerte y desesperación.
"No—," susurró de nuevo mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y se derramaban por sus mejillas. Los peces koi habían dejado de nadar al segundo en que fueron tocados y ahora también se hundían hasta el fondo del estanque en el limo, en el olvido. "No!" Cerró sus ojos con fuerza y sollozó repitiendo una y otra vez la palabra de una sílaba hasta que sintió que su corazón iba a estallar. "No," sacudió su cabeza abriendo sus ojos lo suficiente para ver cómo la sangre ganaba velocidad, moviéndose hacia los capullos de flores blancas y puras. "No," comenzó a filtrarse en ellos, hundiéndolos como lo hizo con el primero—matándolo como lo había hecho con el primero. "Okaa-san!" Gritó y apretó sus ojos con fuerza, incapaz de soportar más. "Okaa-san, onegai, Okaa-san, Okaa-san, Okaa-san!"
"Inu-chan?"
Los ojos de Inuyasha se abrieron y sollozó cuando la vista de su madre se encontró con su mirada, el estanque y la sangre roja se habían ido, así como los koi, el jardín y el árbol de Sakura, todos se habían ido y todo lo que quedaba era el gentil rostro de su madre, pálido y dulce rodeado de nada más que oscuridad. "Okaa-san?" Susurró suavemente mientras hipaba y las lágrimas se acumulaban aún más espesamente en sus pestañas mientras alcanzaba por ella.
Ella sólo sacudió su cabeza, la oscuridad parecía envolver sus pálidos rasgos mientras los pequeños mechones negros de cabello a cada lado de su rostro se movían lentamente de un lado a otro, casi graciosamente. "Lo siento." Le dijo mientras se levantaba y comenzaba a alejarse en la oscuridad, su cuerpo desaparecía mientras su voz llamaba por encima de su hombro. "Ya no puedo ofrecerte más consuelo, hijo mío, no es mi lugar."
"Por qué no? Por favor, Okaa-san, no me dejes, no me dejes!" Gritaba Inuyasha pero se detuvo de inmediato cuando notó el sonido de su voz. Era brusco, era mayor, era el sonido de su voz de adulto. Rápidamente, bajó la mirada y vio su cuerpo mucho más grande, sus pies mucho más grandes, sus garras mucho más grandes. "Qué demonios está pasando!" Gritó mirando de nuevo a su madre pero ella se había ido, la oscuridad se había ido y él estaba de nuevo en otro lugar, esta vez en un campo de puras flores blancas.
Inuyasha respiró temblorosamente y se giró por completo buscando desesperadamente cualquier cosa, algo familiar. Sin embargo, la vista familiar en la que sus ojos finalmente aterrizaron casi hizo que su corazón se detuviera en su pecho una vez más.
"Kikyo."
Estaba sentada en medio del campo, esos mismos lirios blancos la rodeaban aunque solo crecieran en lagos o estanques. Con cuidado, bajó una pálida mano, tomando uno de los lirios por el tallo rompiéndolo con un ruido crujiente antes de llevárselo a su rostro, oliendo la flor mientras tarareaba para sí.
Él avanzó, extendiendo su mano, queriendo tocarla pero se detuvo, no podía hacerlo, no de nuevo. Cada flor que tocaba moría, cada pureza que conocía decaía por su mano. Dejó caer sus brazos a los costados, dejó que su corazón se hundiera en su pecho. No la molestaría, no podía, su corazón no podía soportar la sangre de otra mujer derramándose en el suelo.
"Inuyasha?"
Se quedó helado, había escuchado su susurro, ese suave y suplicante sonido que acariciaba su mente. Con cuidado se giró, sus ojos mirándola, viendo cómo llevaba esa flor a su corazón, sus ojos miraban alrededor buscándolo frenéticamente. Frunció su entrecejo mientras veía que esos ojos lo buscaban, mientras esos ojos parpadeaban conteniendo las lágrimas—mientras esos ojos se giraban para mirarlo, viendo a través de él todo lechoso, tormentoso y gris.
"Inuyasha, dónde estás?" Su voz sonaba asustada, sonaba muy diferente a la de Kikyo.
"Estoy aquí." Le dijo dando un paso, su corazón dolía tanto por el sonido de su voz que se halló dudando de su decisión; no podía dejarla sola así, simplemente no podía.
"Inuyasha, dónde estás?" Llamó de nuevo en voz alta, un sollozo destacó el final de su llanto. "Inuyasha, por favor," susurró pero fue lo fuerte suficiente para que él escuchara con facilidad. "Por favor," era débil pero su tono hablaba volúmenes. "Estoy asustada."
Él se precipitó hacia el sonido, alcanzándola completamente por instinto, sin querer nada más que protegerla, agarrarla y abrazarla y decirle lo preciada y amada que había sido. La haló contra su pecho, su propio miedo a su dolor hizo que hundiera su cabeza en su cabello, inhalando su aroma mientras lo hacía, el aroma lo atrapó desprevenido.
Se separó de ella, la miró a los ojos, no estaba hiperventilando, sus lágrimas aparentemente también se habían secado y lo estaba mirando, sus tormentosos ojos llenos de gris, ausentes del negro que habían sido los ojos de Kikyo. Jadeó, casi la soltó por la vista pero algo lo detuvo y se aferró a ese olor—ese aroma; su aroma—era su aroma, el aroma de los lirios, la sal y el mar. El aroma de la libertad, el amor, la plenitud y la comodidad y todo lo que siempre había anhelado en toda su vida. Era su esencia—solo su esencia.
"Kagome." Dijo él suavemente pero nunca tuvo la oportunidad para decir más antes de que esos ojos se volvieran aún más claros, más blancos que grises. "Kagome?" Preguntó presa del pánico mientras su piel comenzaba a palidecer, todo el rosa en sus mejillas se desvaneció mientras comenzaba a desvanecerse, haciéndose transparente en sus brazos desapareciendo de este mundo. "Kagome!"
"Por qué?" Susurró ella, sus labios cenicientos resquebrajados por su esfuerzo para hablar, sus ojos tan blancos ahora que no podía esperar distinguir la pupila, dejándolos en blanco y sin vida.
Él la soltó, la vio caer al suelo agarrándose a sí misma, sin embargo, sus manos se destrozaron por el esfuerzo, desaparecieron en el polvo mientras el resto de su cuerpo comenzaba a desmoronarse. Se congeló sin poder hacer nada más que ver como el mundo a su alrededor se desvanecía, la oscuridad consumía la luz y la pureza de ese mundo misterioso hasta que todo lo que podía ver eran los cenicientos labios de Kagome prinunciando las últimas palabras que nunca diría en su vida.
"Por qué me dejaste morir, Inuyasha?"
Inuyasha se sentó en la cama, su corazón palpitaba con fuerza en su pecho mientras jadeaba, sus ojos miraban frenéticamente alrededor en su angustia. El sonido de su sangre corriendo en sus oídos impidió que su agudo sentido del oído distinguiera cualquier amenaza o peligro y el aroma fantasma de los lirios obstruyendo su nariz hizo que su cabeza palpitara como si le impidiera absorber el reconfortante aroma que habría sido Kagome. Respiró hondo, jadeando, tratando desesperadamente de controlarse.
Rápidamente, levantó sus manos, hundiéndolas en su cabello, agarrando fuerte los mechones plateados, tirando de ellos tratando desesperadamente de hacer que el dolor borrara la horrible pesadilla. "Mierda," maldijo suavemente mientras continuaba jadeando y gimiendo, sus dedos se clavaban desesperadamente en su cabello. "Mierda, mierda, mierda." Tragó y contuvo la respiración, esperando que la acción calmara su galopante corazón—después de un segundo lo hizo y lentamente soltó el aire que había estado conteniendo.
Respirando profundamente por la nariz pero incapaz de registrar ningún olor, Inuyasha soltó las manos de su cabello y ladeó su cabeza cerrando sus ojos mientras continuaba respirando profundamente para tranquilizarse.
"Fue sólo un sueño." Susurró en la oscura noche. "El mismo sueño." Apretó sus dientes enojado. "El mismo maldito sueño." Sacudió su cabeza y se permitió caer de nuevo sobre la cama, su cabeza apoyada en la almohada mientras se frotaba la sien contemplativo. "Ha pasado una semana desde que dejamos La Mobile." Susurró al aire antes de añadir en silencio. "Una semana desde que comenzaron las pesadillas."
Sí, había pasado casi una semana desde que oficialmente habían abandonado el pequeño puerto de La Mobile y todas las noches había tenido el mismo sueño aterrador. Al menos, todas las noches que había elegido dormir de verdad. Después de las primeras tres noches de experimentar esa pesadilla en particular donde fuera/cuando fuera que se quedara dormido (fuera por la mañana, al mediodía o por la noche, en su cama, en la cubierta, en el nido de cuervo, en un mástil, etc.), se había obligado a mantenerse despierto, esforzándose por no descansar o, para el caso, reflexionar sobre la extraña pesadilla y en cambio, se había lanzado decisivamente a nada más que a realizar su trabajo normal.
Después de todo, había mucho que hacer cuando uno era Capitán de un barco y desde que Kagome había subido a bordo, había descuidado muchas de las tareas más sutiles que se suponía que debía realizar. Con razón, la mayoría de las labores que había descuidado durante los últimos meses eran cosas de las que Miroku normalmente se ocupaba, pero aún así encontraba cierto placer en hacer las cosas y terminarlas por sí mismo.
La primera noche de su privación de sueño auto inducida la había pasado revisando todos sus mapas y marcando dónde habían estado exactamente, repasando rutas y tomando notas para futuras referencias. Había tomado notas de cosas como la localización del banco de arena previamente desconocido en la desembocadura del Mississippi (si alguna vez regresaban, sería bueno tener un recordatorio de ello) y que ahora cobraban una tarifa portuaria en Trinidad, algo más que necesitaría recordar la próxima vez que fuera a esa isla en particular. Incluso había tomado notas sobre los cambios de profundidad de las aguas que había notado vagamente cuando estuvieron en La Habana, sabiendo que en unos años el agua sería demasiado poco profunda para poder atracar en el puerto principal por más tiempo sin correr el riesgo de encallar su barco.
Con todo, solo le había llevado unas pocas horas, en el mejor de los casos, abordar las listas y poner al día su ubicación, por lo que en la segunda noche tuvo que cambiar drásticamente de táctica, lo que lo había llevado a un lugar donde no había estado en años—la bodega. Asumiendo las labores de Miroku, había pasado la segunda noche haciendo inventario, revisando todo, desde comida y agua, hasta su botín actual, que era la piel y otros artículos que Miroku había logrado conseguir en La Mobile por un bajo precio.
En general, la tarea había sido bastante redundante ya que Miroku y Shippo ya habían contado todo, lo que hacía que sus propias estadísticas fueran bastante inútiles. Al final, Inuyasha había razonado que no era necesariamente una pérdida de tiempo, sino un medio para determinar si las originales de Miroku y Shippo habían sido correctas—lo cual era cierto.
La tercera noche, esta noche, lo había dejado sin nada que hacer, para su horror. Al principio simplemente había deambulado por el barco, revisando cosas aquí y allá, asegurándose de que los nudos estuvieran bien hechos en todas las sogas y que el mástil estuviera en plena forma. Incluso había revisado el timón en busca de grietas y bajó en busca de algunas en el casco también. Sin embargo, gracias a la constante vigilancia de Totosai, salió con las manos vacías. Incapaz de pensar en otra cosa en qué ocupar su tiempo, se había rendido, esperando que después de tantos días sin dormir (aunque para un demonio en realidad no era tanto) pudiera dormir sin soñar en absoluto. Era posible, no probable, pero posible.
Así que cerca de la una o dos de la mañana se había ido a su habitación, ignorando por completo el cuerpo durmiente de Kagome en favor de su propia cama y con botas y todo lo que aún estaba puesto había caído dormido al instante, cansado de pasar días sin descansar después de un viaje tan largo lejos de su hogar.
"Eso no funcionó una mierda." Gruñó mientras los pensamientos se desvanecían. "Tres días después, cansado y aún estoy—todavía está—," gruñó y se giró de costado, mirando hacia la cama de Kagome con sus ojos fuertemente cerrados. Tragó cuando sus oídos captaron el sonido de su respiración mientras dormía e instantáneamente presionó dichas orejas en la parte posterior de su cabeza.
No era que quisiera ignorarla—no—le encantaba hablar con ella, mirarla y estar con ella pero últimamente, desde que habían regresado de su tiempo con Jinenji y su madre, había comenzado a sentir—innegable culpa cada vez que lo hacía. Se había sentido así incluso antes de que comenzaran los sueños—los sueños que lo habían llevado a casa.
"La decepcioné." Susurró con sus ojos aun cerrados fuertemente. "Prometí protegerla, que era un buen hombre y que no dejaría que nada le pasara. Lo prometí y yo," Inuyasha se mordió el labio, "Rompí esa promesa."
Era verdad, en el sueño Kagome lo había dicho mejor cuando se había hecho añicos frente a él. La había dejado morir, Kagome había muerto.
Ella había muerto, en sus brazos se había desvanecido y de alguna manera, por suerte o por la propia y asombrosa habilidad médica de Jinenji, había regresado a él. Y estaba tan agradecido, tan agradecido pero también enojado. Ella nunca debió haber experimentado ese roce tan cercano con la muerte en primer lugar, pero su descuido lo había permitido. Cómo se supone que viviría consigo después de eso, cómo se supone que iba a permitirse el placer de amar—
Inuyasha cortó su propio pensamiento, incapaz de permitirse expresar en silencio ese sentimiento. "Razón de más para detener esto." Pensó para sí pero sabía en su corazón que sus pensamientos eran una feria. "Debería—debería detenerme—si no puedo protegerla entonces qué derecho tengo a—a—sentir algo por ella?"
Gruñó, se gruñó honestamente y metió la mano debajo de su cabeza para sacar su almohada, tapándose la cara con ella quizás con la esperanza de asfixiarse hasta morir. Pero, sin tener nada que cubriera su rostro por mucho tiempo, hizo a un lado la almohada y sin darse cuenta de su actual posición abrió sus ojos solo para ver el objeto de sus cavilaciones justo ante sus ojos.
"Kagome." Susurró lentamente en shock mientras observaba sus gentiles rasgos durmientes antes de dejar escapar un profundo suspiro y llevarse las manos a la cara mientras se sentaba y movía sus piernas por el borde de la cama. "Ella está justo ahí." Pensó para sí cubriendo su rostro. "Ella está ahí sana y salva, justo donde," interrumpió su voz por un segundo antes de obligarse a hablar de nuevo, descubriendo sus ojos en el proceso. "Justo donde debería estar."
Sonrió a pesar de sí mismo (a pesar del sentimiento de completo error que se estaba construyendo en su corazón al admitirlo) tanto por sus palabras como por la experiencia combinada de hablarle en su actual posición al mismo tiempo. Estaba durmiendo profundamente, Shippo acurrucado contra ella, los rojos mechones de su cabello eran lo único visible debajo de la sábana. Su mentón descansaba sobre ese suave bebé y sus labios estaban separados mientras respiraba en silencio, perfectamente sana y perfectamente viva.
Sus sonrosadas mejillas eran un ejemplo del estado de vida actual y sus húmedos labios la característica más deliciosa que lo llamaba, rogándole que se tranquilizara sabiendo que estaba viva al probarlos y a su calidez viviente. Parecían estar llamándolo, pidiéndole que se entregara a las sensaciones y se permitiera entregarse a ella. Y él quería, por más fácil que fuera apartarla, era mucho más fácil ceder a ella. De repente, sonrió mientras dormía como si estuviera muy consciente de sus pensamientos e hizo un tierno sonido que sonó como un gruñido pero también el gorjeo de un pajarito.
Ella mordió su labio con dos dientes perfectamente blancos y luego bostezó con los ojos aun cerrados y la mente aun perdida. Rió para sí mientras se levantaba y se movía hacia ella sin pensar en arrodillarse frente a su cama, observándola distraídamente mientras sonreía de nuevo y se acurrucaba completamente por impulso en las suaves sábanas, sus brazos alrededor de Shippo abrazando más fuerte al niño. Él también hizo un suave ruido pero fue uno que Inuyasha entendió realmente. Un leve gruñido en el lenguaje de un zorro—un sonido de satisfacción que Inuyasha sabía que significaba madre.
El joven demonio perro suspiró ante la desconocida admisión del niño y estiró una mano con garras para desordenar el cabello del niño. "Me alegra que la hayas encontrado." Admitió aunque solo fuera para sí, dejando a un lado la extraña sensación de celos que se formaba en su corazón. "A tu edad hubiera dado cualquier cosa por haber conocido otro consuelo como mi madre."
Retiró su mano del suave cabello del niño y por impulso giró sus dedos hacia el flequillo mucho más largo de Kagome. Los apartó a un lado, permitiéndoles retirar su cabello para poder ver sus ojos cerrados. Eran pacíficos cuando estaban cerrados, pacíficos e igual de hermosos. Sus pestañas descansaban contra sus mejillas, eran largas, tentadoras y oscuras como su cabello. Un mechón de dicho cabello eligió ese momento para deslizarse de su agarre como una sedosa manta y aterrizó contra su párpado haciendo que esas deliciosas pestañas se agitaran ligeramente mientras se estremecía pero no se despertó. Inuyasha tragó ante la vista, y se encontró en apuros para no molestarla más para que sus pestañas pudieran abrirse, permitiéndole verla, permitiéndole ver sus hermosos ojos grises.
Suspirando se obligó a detenerse, sabiendo que no podía enfrentarse a esos amables ojos de aceptación, ojos que había decepcionado. Alejando su mano de ella, la dejó caer sobre la cama y silenciosamente inhaló su aroma queriendo algo, cualquier cosa para calmarlo—para hacerlo sentir—a salvo—como un niño pequeño—para hacer desaparecer la culpa, lo necesitaba, no necesitaba sentir nada más que la fría sensación que le traía su aroma. Inhaló profundamente, asimilándola como una droga, su cuerpo hormigueaba mientras lo envolvía tan completamente como su manta.
De inmediato, sintió sus ojos pesados, sintió que los latidos de su corazón se volvían más uniformes, sintió que toda su mente se ralentizaba mientras el sueño comenzaba a llamarlo. Bostezó y aunque no quería apartarse de su lado se obligó a levantarse y a estirarse. Una parte de él no quería dormir o más exactamente, no quería arriesgarse a dormir pero el lado más racional de él sabía que tenía que intentarlo si quería ser útil mañana para su tripulación y también sabía (tan irracional como suena) que el aroma de Kagome, profundamente enterrado en su nariz podría mantener alejado el aroma fantasma de sus pesadillas.
Él trastabilló la corta distancia hasta su cama y rápidamente se dejó caer en ella con el sigilo de años de práctica. Se quitó sus botas apresuradamente, no queriendo dormir con ellas de nuevo y en poco tiempo se encontró desvaneciéndose mientras dejaba que sus pensamientos se evaporaran y permitía que sus ojos se cerraran, se permitió comenzar a cabecear hasta quedarse dormido inhalando el embriagador y extrañamente relajante aroma de lirios y sal que era Kagome, el verdadero aroma del mar mezclándose en el aire con él, arrullándolo para que se durmiera. Inhaló profundamente una vez más, su mente comenzaba a apagarse, "Kagome," murmuró para sí mientras el aroma de la sal, el mar, los lirios y la lluvia—lluvia?
Inuyasha se sentó rápidamente una vez más, sus ojos miraban frenéticos hacia la ventana, gruñendo cuando encontró las cortinas corridas. Saliendo de la cama, siseó cuando sus pies aterrizaron en el frío piso de madera y rápidamente recorrió la corta distancia hasta la parte trasera de la habitación, agarrando las cortinas y haciéndolas a un lado, sus ojos asimilaron la vista de la suave lluvia con cualquier cosa menos con felicidad. "Cuánto tiempo ha estado lloviendo?" Se preguntó mientras se giraba rápidamente y agarraba sus botas poniéndoselas mientras permanecía de pie y se apoyaba contra la pared, sin tener tiempo suficiente para sentarse.
Moviéndose hacia la puerta de la habitación, agarró su chaqueta y se detuvo, mirando hacia atrás para mirar el pacífico cuerpo durmiente de Kagome por última vez. Mordió su labio, tragó mientras su sueño jugaba en el fondo de su mente y luego su rostro se endureció ante la situación a la que se enfrentaba: sin importar lo que pasara, no la dejaría morir nunca más.
Corriendo de la habitación tan silenciosamente como cualquier depredador, Inuyasha salió al corredor mirando rápidamente de izquierda a derecha antes de ir hacia las escaleras, eligiendo dejar dormir a Miroku hasta que supiera con certeza en qué tipo de situación se encontraban. El barco tomó ese momento para balancearse bruscamente e Inuyasha maldijo cuando perdió el equilibrio por primera vez en años cuando no estaban en el ojo de una tormenta.
Gruñendo enojado mientras se tambaleaba contra la pared, Inuyasha se obligó a salir a cubierta, sus ojos inmediatamente captaron la vista de una suave lluvia y nubes enfurecidas. "Mierda." Gruñó moviéndose hacia las escaleras mientras el mar comenzaba a moverse de nuevo, esta vez no tan persistente pero aún más de lo que normalmente se aceptaba. "Myoga!" Llamó subiendo a la parte superior de las escaleras sin molestarse en agarrar las barandas a pesar de que el mar estaba comenzando a moverse por temor a que los frenara.
"Sí, Capitán?" Llamó Myoga apretando con fuerza el timón, sus pequeñas manos resistían con sorprendente fuerza.
Inuyasha le asintió al hombre en lugar de saludarlo y se paró a su lado, sus agudos ojos estudiaban el mar que se despertaba levemente. No estaba realmente agitado todavía, ni siquiera demasiado perturbado pero estaba despertando. La experiencia le dijo a Inuyasha que solo sería cuestión de horas antes de que el mar estuviera en un punto en el que estuvieran en peligro real. "Cuánto tiempo ha estado lloviendo?"
"No más de cinco minutos, señor," confirmó Myoga con un movimiento de su cabeza mientras movía suavemente el timón hacia estribor. "Myoga estaba por ir por Inuyasha-sama, mo," pausó y señaló con su mentón hacia el timón. "Myoga tenía que amarrarlo primero."
"Bueno, no hay necesidad de molestarse con eso ahora." Dijo Inuyasha distraídamente mientras alcanzaba por el timón fácilmente tomando el control por Myoga. Solo tenía sentido hacerlo, después de todo, Inuyasha era mucho más fuerte que el pequeño hombre y si el mar comienza a ponerse agitado sería capaz de manejar el timón mucho mejor que una simple pulga.
Myoga no hizo ningún comentario sobre el movimiento mientras se hacía a un lado, sus ojos miraban hacia el cielo con más intensidad ahora que no tenía que preocuparse por el timón. "A Myoga no le gusta la apariencia de las nubes."
"A mí tampoco." Aceptó Inuyasha girándolos ligeramente hacia babor, sus propios ojos miraron brevemente hacia las nubes grises que lentamente se volvían de un gris oscuro tras de ellos hacia el oeste. "Esa tormenta está a una hora de nosotros." Asintió firmemente ante la idea mirando al frente hacia el cielo nocturno mucho más claro que estaba a unos cientos de leguas hacia el norte. "No opinas lo mismo, Myoga?"
Myoga asintió girándose, agarró su catalejo y lo abrió para ver mejor la tormenta tras ellos y a su izquierda. La escudriñó durante un minuto antes de retirarlo y cerrarlo rápidamente. "Qué quiere hacer Inuyasha-sama?"
Inuyasha suspiró pesadamente y se giró una vez más para mirar detrás de él hacia la tormenta. "Bueno, la buena noticia es que ya estamos alejándolos de ella." Inhaló un profundo respiro. "La mala noticia es que no hay manera de que podamos huir, está demasiado cerca de nosotros."
Myoga solo asintió mientras rascaba su nariz con pesar. "Myoga debió haberlo notarlo Capitán, gomen nasai."
"Lo hecho, hecho está." Inuyasha despidió la disculpa, sus ojos miraban fijamente la masa de nubes y los leves destellos de luz. "Dónde estamos en el mapa?"
"Apenas tocamos la punta del este de Florida." Myoga señaló la masa de tierra que se asomaba junto a ellos a media milla más o menos a su izquierda. "Más allá de la última isla cayo," señaló con su mano como si le mostrara a Inuyasha la isla de la que estaba hablando. "El barco ahora está en territorio español, demo," pensó por un segundo antes de continuar. "El territorio británico está cerca."
Inuyasha asintió con firmeza y extrañamente se lamió los dientes, rozando su lengua contra su colmillo como si estuviera provocando el peligro. "Sin embargo, todavía estamos bastante cerca de la costa," le dijo a Myoga asintiendo, sin dejar de mirar las muchas ensenadas de la parte baja de Florida. "Qué tan cerca estamos del asentamiento de New River?"
"A un día más o menos." Declaró Myoga encogiéndose de hombros en disculpa.
Inuyasha gruñó ante la información, su mente acelerada, tratando de recordar el área lo mejor que podía sin un mapa en su mano. "Entonces pasamos Cayo Hueso?"
"Sí y Cayo Largo," Myoga se encogió ligeramente y sus manos se movieron nerviosas mientras contaba con ellas. "Hace un rato."
Inuyasha echó un vistazo al área tratando de determinar su ubicación actual por la descripción de Myoga. Esta vez lamió sus labios, analizando el paisaje con ojos conocedores. Incluso en la oscuridad su visión recogía pequeñas pistas, respaldadas por la información que Myoga le acababa de dar. Había visto esta bahía un millón de veces, no había manera de que no reconociera la extraña isla larga que comenzaba en su proa y la entrada que pasaría por ellos en los próximos quince minutos, la entrada a su única esperanza. "Cayo de Biscainhos." Murmuró antes de asentir con firmeza. "Necesitamos entrar a la bahía." Le dijo a Myoga sin una mirada más.
Myoga parpadeó rápidamente, su expresión era de incredulidad. "Pero Señor?"
"Piénsalo." Inuyasha habló con dureza, sus ojos estudiaban las olas mientras comenzaban a estrellarse contra las rocas de las islas que rodeaban el área de la bahía. "Las tormentas se ralentizan cuando pasan por tierra." Miró hacia el oeste en dirección de la tormenta. "Si nos adentramos más en la bahía eso pondrá un buen montón de tierra entre nosotros y la tormenta."
"Debilitándola." Concluyó Myoga instantáneamente.
"Exactamente. Entramos ahí, anclamos, bajamos las velas y capeamos la tormenta más débil. Es mejor que intentar dejar atrás algo que es incluso más rápido que mi barco." Giró el timón comenzando a cruzar hacia su nuevo destino. "O ser un blanco fácil como lo fuimos hace unos meses cuando quedamos atrapados en el huracán que arrasó con nuestro mástil."
"Técnicamente Capitán," le dijo Myoga con una sonrisa en su pequeño rostro. "Usted derribó el último mástil."
"Eso no viene al caso." Inuyasha gruñó mientras luchaba por mantener el timón girado en su nuevo ángulo. El viento estaba comenzando a venir de la dirección de la tormenta y, por tanto, del oeste, haciendo que el barco virara contra el viento en popa. Sería complicado llevarlos a la bahía a este paso solo con las velas. "Aunque podríamos haberlo evitado si no hubiéramos sido patos fáciles."
"Cierto." Myoga le asintió a su Capitán mientras lo ayudaba a mantener en posición el timón. El viento estaba empujándolos hacia arriba en un ángulo extraño mientras la corriente de la bahía los devolvía. Era una situación difícil que solo se resolvería si despertaban a todo el barco; algo que tendrían que hacer pronto de todos modos, pero antes de que él fuera a obedecer las órdenes, Myoga tenía un pequeño asunto más que atender. "Inuyasha-sama," susurró él, su voz aun más fuerte a pesar del sonido de la lluvia. "No cree que tuvimos suerte de que perdiéramos nuestro mástil."
"Suerte?" Inuyasha gruñó mientras sostenía el timón con fuerza, sus ojos fijos en la boca de la bahía. Desde su actual posición con la lluvia en los ojos y el viento comenzando a arreciar, solo podía suponer que la bahía estaba a unos treinta minutos o más a lo sumo. Eso no les daría mucho tiempo para llegar lejos tierra adentro antes de que azotara la tormenta, pero sería mejor que nada. "No puedo creer que haya pasado por alto una tormenta dos veces en un año." Frunció oscuramente. "Estoy perdiendo mi toque."
"Sí," Myoga continuó hablando sin que el gruñido del Capitán se lo impidiera. "Tiene suerte de que se perdiera la vela."
"Qué lo hace de suerte?" Refunfuñó Inuyasha, su mente en otro lugar.
"La recompensa de Port Royal." Concluyó Myoga mientras giraba más el timón con la ayuda del Capitán. "Suerte." Habló Myoga honestamente, sus palabras fueron engañosas y atrevidas.
Inuyasha lo fulminó con la mirada pero no discutió lo que hizo sonreír a Myoga.
"Sí, Capitán?" Preguntó el hombrecillo mirando a Inuyasha con una sonrisa en su rostro. "Una recompensa de suerte."
Inuyasha suspiró pesadamente y empujó a Myoga completamente fuera del timón sin decir una palabra, sus ojos enfocados y preocupados solo por la tarea que tenía entre manos.
Con una carcajada, Myoga se alejó murmurando, "Iré a buscar a Miroku." Y lo hizo. Sabía que era mejor no empujar más al Capitán de lo que acababa de hacer, pero una parte de él sabía que alguien tenía que estar a la altura de la tarea de presionar los botones del joven cuando las cosas se complicaran. Y así desapareció por las escaleras, escurriéndose hacia la habitación de Miroku para despertar al Intendente del barco dejando al Capitán solo con sus pensamientos.
Inuyasha condujo el barco en silencio, su mente vagando hacia Kagome quien probablemente todavía estaba durmiendo abajo. Imágenes de su sueño brotaron dentro de él y se estremeció al pensar en sus labios cenicientos y su cuerpo desintegrado. Lo atormentaba, peor que cualquier pesadilla que hubiese tenido, y había tenido muchas—cientos, millones de pesadillas que se remontaban a cosas que habían pasado en su vida. Aun así, ninguna de ellas se comparaba con esta, esta pesadilla o esta experiencia de vida.
Inuyasha agarró más fuerte el timón, sus nudillos se tornaron blancos mientras las palabras de Myoga jugaban con él. "Suerte." Susurró en voz alta mirando hacia abajo contemplando sus manos, recordando la manera en que las manos de Kagome se habían roto cuando la soltó y cayó al suelo.
"Fue una suerte." Se giró para mirar la inminente tormenta. "No es así?" Fue extraño que la frase fuera una pregunta y no una buena.
Fin del Capítulo
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Notas:
Asentamiento New River – el nombre de Fort Lauderdale antes del siglo XX.
Cayo Hueso – el nombre de Key West en español. Es el nombre original de Key West viendo cómo Key West fue descubierto por el español que lo nombró. Para el momento de este fanfiction la isla estaba mayormente abandonada debido a las guerras territoriales entre británicos y españoles. Los piratas muy probablemente la usaban como una parada antes de ir a Cuba u otras naciones caribeñas ya que es la última isla en la cadena de cayos de la Florida.
Cayo Largo – el nombre de Cayo Largo, una de las primeras islas en la cadena de cayos de Florida. También fue nombrada por los españoles.
Cayo de Biscainhos – el nombre para la Bahía Biscayne en español, la bahía que está justo encima de los Cayos de Florida y debajo de Miami.
Hwa is thet mei thet hors wettrien the him-self nule drinken – El primer escrito conocido de la homilía, "Puedes llevar a un caballo al agua pero no puedes hacerlo beber." Puede encontrarse en el libro de inglés antiguo, "The Blickling Homolies", escrito en 1175.
*Kaede hizo referencia a Chaucer por ser un contemporáneo de esta homilía. No lo es del todo, la homilía en sí se menciona por primera vez en 1175 y Chaucer no nació hasta 1343 (en el mundo de la literatura esto no es realmente una gran brecha en el tiempo). A pesar de esto, tanto la homilía como las obras de Chaucer están escritas en el mismo idioma. Chaucer escribió en lengua vernácula (una forma elegante de decir 'el idioma de la gente común' es decir, inglés antiguo) que es el mismo idioma en el que está escrito "The Blickling Homolies". En otras palabras, tanto la homilía como Chaucer son contemporáneos porque están escritos en el mismo idioma, no porque hayan sido escritos en la misma época.
