Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 41.


«La tradición» siempre era que la novia llegase tarde.

Pero ella era Kikyō Hishā y «llegar tarde» no era un concepto que a ella le gustase aplicar. Además, ella como arquitecta siempre estaba al mando de personal, a quien tenía que dar el ejemplo, estar a tiempo, ser responsable. Por eso estaba ahí, ya en la iglesia, esperando por su novio. Bueno, ya esposo.

No estaba emocionada. Estaba triste y hasta preocupada. Amaba a InuYasha, sí, pero en esos momentos se preguntaba si había elegido bien. ¿Ese era el hombre con el que quería hacer su familia? Habiendo una mujer entre ellos… no podía sacarse esa idea de la cabeza y se sentía desesperada.

Sonrió a su padre, que la tenía de la mano, fuera de la capilla. Se suponía que InuYasha debería haber llegado hacía casi una hora.

—¿Me permites, papá? —Hizo una reverencia y se alejó un poco. Le daba tanta vergüenza entrar a la vista de todos los invitados que esperaban impacientes. Sango la vio y ella le hizo una señal para que viniera—. Sango, ¿estás bien? Te veo pálida.

—¿De verdad? —se tocó el rostro y después sonrió—. También tú, debe ser el maquillaje.

—¿Sabes qué pasó con InuYasha? ¿Miroku no te dijo algo?

Sango calló al instante, no le iba a decir lo que realmente había sucedido, el enorme consejo que su novio le había dado a InuYasha, pero al menos sí le respondería con la verdad.

—Aún se estaba preparando, es lo que me dijo. —La miró con algo de pena. Kikyō era una buena mujer y no se merecía eso.

—Ya debería estar aquí. —Desvió la mirada, suspirando.

—Qué raro, ¿habrá pasado algo con su auto?

—O con sus ganas de casarse. —Alzó las cejas, decepcionada.

—Vamos, Kikyō, no digas eso… —La tomó por los hombros—, sería tonto si te deja ir. —Le sonrió sinceramente, tratando de levantarle el ánimo.

Ella sonrió un poco, enternecida por la actitud de su amiga.

—Te quiero mucho, Sango. Gracias por estar aquí. —La abrazó un par de segundos, luego se separó de ella y recordó a Kagome—. ¿Dónde está…?

—¿Kagome? —Adivinó, sintiendo un escalofrío en todo el cuerpo—. Ella ya venía para acá…


Salió del trance después de un par de segundos. No paraba de ver los ojos de su hermano, que brillaban, como si estuviera a punto de llorar. Lo vio caminar despacio hacia ella, con aquella extraña expresión de anhelo en el rostro. No pidió permiso, no preguntó, simplemente la besó; y por primera vez en la vida, Kagome sintió que no había siquiera un ápice de morbo. Le tomó la nuca con delicadeza y le plantó un beso húmedo y lento, como si fuera la primera vez que sus bocas se sentían. Ella se dejó hacer y también envolvió los brazos alrededor de su cuello. No soltó su bolso.

El corazón le latía como si su pecho fuera a explotar. El beso le quitó el aliento y cuando se terminó, sintió la frente de su hermano chocar con la de ella. Ambos respiraban por la boca.

—Kagome… —susurró, con la voz ronca. La nombró como si su vida dependiera de ello. Tantos recuerdos le invadieron la mente, allí, en ese templo, solos y volviendo a estar tan cerca—. Kagome…

—¿InuYasha? —Lo sintió desfallecer en sus brazos y el pánico se apoderó de ella—. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? ¿Estás bien? ¿InuYasha?

Trataba de levantarlo con desesperación, pero él solo había caído de rodillas, y ahora la estaba observando como si fuera a rogarle por su propia vida.

—Solo pídemelo —volvió a susurrar, como si no tuviera fuerzas— solo pídemelo y yo lo dejo todo.

Kagome estaba negando, con un gesto desesperado y triste. Las lágrimas ya se habían asomado por su cara y el bolso ya estaba en el piso.

—¿De qué hablas?

—Pídeme que deje a Kikyō, que no me case y vámonos. —Se levantó, tomándole las manos—. Vámonos de aquí, vamos a otro lugar en donde nadie sepa que somos hermanos, vamos a Inglaterra solos tú y yo, dejemos todo atrás —cada vez hablaba con más rapidez y sentía emoción solo de pensar en todo lo que le estaba proponiendo—. Kagome, vamos a hacer nuestra vida sin importar que la misma sangre corra por nuestras venas… pero pídemelo y yo lo dejo todo… —le tomó el rostro con ambas manos—, lo dejo todo por ti.

Kagome asintió varias veces, muda, en total silencio. Sonreía, con las lágrimas saladas corriendo como ríos por sus mejillas. Pero no sonreía de felicidad.

—Mírame —le bajó las manos lentamente—, me he planchado el cabello, como casi jamás lo hago, lo cepillé, lo adorné y lo fijé. Me puse maquillaje para pulir las facciones de mi rostro, me coloqué este anillo —indicó su dedo anular ante la mirada confundida de su hermano—, esta esclava, los pendientes y esta cadena. Compré este vestido y me lo puse hoy con mucha delicadeza para no arrugarlo, al igual que esta pieza de tul, que cubre mi parcial desnudez —se agachó y recogió el accesorio— y compré un bolso de mano a juego con mi vestido.

—No entiendo a qué quieres llegar con todo esto.

No podía descifrar si lo que quería era que le dijera que lucía como una diosa griega, o que estaba vestida adecuadamente o quién sabe qué. Pero su belleza era hipnotizante.

—A que estoy lista, InuYasha, mírame —le repitió, sin parar de mojarse la cara—, estoy completamente lista para dejarte ir. —Algo hizo clic en su cabeza cuando entendió porqué había mencionado todos esos detalles que parecían tan obvios—. Se acabó, InuYasha… no más.

Dejó de mirarla y retrocedió un par de pasos, dándose una distancia prudente del frágil cuerpo de su hermana. Había ido decidido a todo, por un sí o por un no, tenía una idea clara de lo que haría después. Pero Kagome había dicho que no, entonces debía proceder a hacerse cargo de sus responsabilidades.

—Bien. —La encaró, endureciendo nuevamente su carácter, mirándola impasible a pesar de su llanto incesante—. Puse mi vida y mi felicidad en tus manos para que eligieras qué hacer conmigo.

—No me digas eso, por favor —tenía enormes ganas de abrazarlo y decirle sí a todo lo que le había propuesto, pero la decisión ya estaba tomada—. Ten compasión de mí y ya cumple con tu compromiso, déjame en paz. —Esas palabras le dolieron más a ella que a él.

—Y sin embargo escogiste alejarte para siempre de mí. —Recordó lo que su padre le había dicho, pensó que debía cumplir aquella sentencia que lo obligaba a olvidarse por completo de Kagome, a «matar» su recuerdo. Negó con la cabeza—. Estás dando por terminado todo esto.

Kagome exhaló y asintió varias veces, secándose las lágrimas y notando que nuevamente, su maquillaje se había ido al caño. Lo vio sacarse algo del bolsillo y apenas notó que no lo traía puesto.

—Kotodama. —Susurró en un hilo de voz, mientras él se lo extendía.

—Se acabó. —Colocó aquel extraño collar en las manos de Kagome y se despidió de él internamente—. Si es así, entonces ya no lo puedo tener conmigo. —Caminó más pasos hacia atrás, dejándola ahí, con el corazón en las manos. Se dio la vuelta y salió del templo sin decirle adiós.

Al salir, cerró la puerta de un tirón, dejando un ruido seco a su paso, mientras escuchaba a Kagome llamarlo con desesperación. No supo si corría tras de él, pero para ser sinceros, ya no importaba. No había nada más de qué hablar y cualquier tipo de charla sería inútil.

Las incontables escaleras fuera del templo se le hacían infinitas y desesperantes. Aceleró el paso sin tener conciencia de nada. Yendo por la mitad de su trayecto, sus pies se cruzaron y le fallaron. Fue cuestión de segundos. Todo su cuerpo se fue hacia adelante, golpeándole la cabeza al acto, dejándolo casi inerte, ya sedado más por la tristeza que por el dolor físico. Todo se detuvo en ese momento, avanzó en cámara lenta mientras veía toda su vida pasar por sus ojos.

«InuYasha, InuYasha. Cumpliste tu deseo de no casarte. ¿Estás bien, InuYasha?»

Segundos después, pareció ir en cámara rápida, desde que comenzó a rodar mientras cada escalera le molía el cuerpo sin piedad. En su poca conciencia aún parecía escuchar a su hermana gritando su nombre con angustia. No sabía por qué su cuerpo no respondía ante la gravedad y trataba de detener la caída con las manos en algún escalón. Sintió como si quisiera dejarse dañar.

«¿Estás seguro, InuYasha?»

Como si incluso lo hubiera hecho a propósito.

«¿Qué pasa, InuYasha?»

Aún con su mente medio despierta, dejó de sentir escalones y ahora su peso muerto caía en seco, dando un par de vueltas más, hasta el pavimento.

«¿Recuerdas por qué estás cayendo ahora mismo, InuYasha?»

Alguien pitó frenéticamente su auto y gritó cosas que jamás entendería.

«¿Tan fuertes eran tus ganas de no casarte, InuYasha?»

Algo impactó bruscamente contra su cuerpo y sintió que lo partió en dos.

«¿Realmente valió la pena, InuYasha?»

¿Ese sería el fin?

«¿Preferiste la muerte antes que vivir sin ella, InuYasha?»

Después de aquello, todo se puso negro.

«¡¿Así de fácil te rendiste, maldita sea, InuYasha?!»

Se apagó.