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Quedaos con lo bueno.

Primera carta a los Tesalonicenses 5,21

Candy tenía frío y estaba agotada y hambrienta. Había esperado en los túneles hasta que se apagó el ruido de las cocinas antes de subir con cuidado a través de la puerta secreta, recorrer los oscuros corredores y dirigirse sigilosamente a la torre del Hada.

Sin saber cómo la recibirían, Candy se acercó a la torre con una inquietud cada vez mayor. ¿Qué haría Albert cuando la encontrara en su habitación? ¿La echaría sin querer escucharla? ¿O algo peor? Deseaba poder estar segura de que lo que hacía estaba bien. Pero pensaba en su enorme infelicidad de los diez días anteriores y sabía que no le quedaba otra alternativa. Tenía que intentar arreglar las cosas.

Se detuvo en el umbral de la torre del Hada y echó una rápida mirada alrededor, antes de entrar a toda prisa. Estaba empezando a subir la escalera cuando alguien la cogió por detrás, tirando de ella y haciéndola chocar contra un pecho duro como la piedra. Soltó un grito ahogado.

Su captor le hizo dar media vuelta para verle la cara, y Candy respiró de nuevo. Era Albert. Se sentía tan aliviada de haberlo encontrado después de todo lo que había pasado para llegar allí, después de los días de agonía que habían señalado su separación, después de pensar que quizá no volvería a verlo nunca más, que podría haberse desmayado, y estalló en llanto. Se le doblaron las rodillas y, de no ser porque él la sostenía, se habría caído al suelo desmadejada.

Entonces él habló, y su alivio desapareció.

—Por todo lo sagrado, Candy -juró—, ¿qué estás haciendo aquí?

Ella se encogió ante la furia de su voz. Cautelosa, lo miró. Había pensado mucho en ese momento; la oleada de emoción que sentía solo con volver a verlo era mucho más poderosa de lo que había imaginado. Absorbió cada detalle de su cara. Las líneas fuertes y tensas de sus facciones duras y atractivas, los brillantes ojos azul cielo, la mandíbula cuadrada, los espesos mechones de su... Se detuvo y frunció el ceño. En realidad, Albert tenía un aspecto horrible. Parecía no haber dormido desde hacía días. La verdad era que tenía un aspecto tan horroroso como, probablemente, el que ofrecía ella. Algo se animó en su interior. ¿Era posible? ¿La había echado de menos? No se atrevía a alimentar aquella esperanza.

Deseaba tan desesperadamente tocarlo que le apoyó la mano en el pecho, sintiendo el fuerte palpitar de su corazón bajo la mano. Más que ninguna otra cosa, deseaba lanzarse entre sus brazos y suplicarle que la perdonara, pero sabía que no podría soportar el dolor de su rechazo. No otra vez. No hasta que él oyera lo que tenía que decirle, si es que la escuchaba.

Los ojos de Albert eran como ascuas mientras la miraba, casi con hambre. Por un momento, pensó que la deseaba y su cuerpo respondió, ablandándose, consciente. Él la cogió con más fuerza por los brazos, acercándosela imperceptiblemente, y ella notó el calor que irradiaba de su cuerpo, olió el amado perfume a sándalo y especias. Estaba tan dolorosamente cerca que le hacía daño no apretarse contra él.

Él parecía tenso por el esfuerzo de controlarse. Tenía los dientes apretados y el delator tic en la mandíbula.

—¿Y bien? Explica por qué te encuentras aquí y no en Dunscaith o de camino a casa de tu padre.

—Necesitaba verte. Sé que dijiste que no querías volver a verme nunca más, pero tengo que explicarme. -Antes de que pudiera oponerse, siguió hablando rápidamente—. Cuando acepté ayudar a mi tío, no os conocía ni a ti ni a tu familia. Solo trataba de ayudar a mi clan. Tendría que haberte dicho la verdad en cuanto comprendí lo que sentía por ti, pero no pude. No mientras no estuviera segura de tus intenciones. Espiarte cuando le dijiste a Anthony donde estaba guardada la bandera estuvo mal, aunque lo hice sin intención. Lo siento, pero incluso entonces sabía que nunca te traicionaría ni traicionaría a tu familia.-Observó atentamente su cara, buscando cualquier señal de que sus palabras hubieran penetrado en su acerada barrera, pero lo único que vio fue a un hombre que apenas podía contener su ira—. Sé que no tienes razones para creerme, así que te he traído una prueba de mi lealtad.

—¿Y esta prueba de tu lealtad es la razón de que te vea así? ¿Tan cansada que apenas te tienes en pie?-Sus ojos se oscurecieron—. ¿Dónde está tu escolta?

Ella bajó la vista cohibida, rebullendo incómoda bajo su penetrante mirada.

—¿Has recorrido toda la distancia desde Sleat tú sola?-Incrédulo, la voz le temblaba de cólera—. Pero ¿es que no te das cuenta de lo que podía haberte pasado? Santo Dios, Candy, ¿cómo has podido ser tan imprudente?

Estaba lívido, pero Candy detectó también un hilo de alarma en su voz. Todavía la tenía cogida con fuerza por los hombros y no sabía si quería zarandearla o estrecharla contra su pecho. Deseaba tanto creer que se sentía feliz de verla, que se preguntaba si estaba imaginando su preocupación. Unas lágrimas no vertidas le quemaban los ojos.

—Estaba desesperada. Tenía que verte. Esperaba que tú...—... quisieras verme. No consiguió pronunciar las palabras.

Algo cambió en la cara de Albert. Por un momento, Candy pensó que iba a abrazarla y besarla, pero lo que hizo fue dejar caer los brazos y apartarse, pasándose los dedos por el pelo. Al cabo de unos minutos, su mirada volvió a buscar la de ella.

—Has utilizado la entrada secreta.

Candy se mordió el labio. Sabía que él se enfadaría.

—Tuve mucho cuidado. Tenía miedo de que me negaras la entrada, si llegaba por la puerta del mar.-Lo miró—. No podía arriesgarme.

—Había olvidado cuántos de nuestros secretos compartes.-Alargó la mano y le acarició la mejilla, limpiando el polvo y la suciedad de su cara. La dulzura del gesto la dejó estupefacta. Se le hizo un nudo en la garganta, ardiente y en carne viva, a causa de la emoción. El anhelo por recuperar la intimidad que habían compartido, las veces que no había tenido que contenerse para no tocarlo, era casi insoportable—. ¿Qué voy a hacer contigo, Candy?-Dio un paso hacia ella—. Primero me explicarás qué te ha traído hasta aquí, despreciando tanto tu propia seguridad.

Candy se sintió aturdida y aliviada. Tenía una posibilidad.

Pero un súbito temor la asaltó; había tanto en juego... Respiró hondo y empezó:

—Cuando estaba en Dunscaith, hace unos días, y mientras ayudaba a Willie a recoger unas misivas que se le habían caído al suelo, vi la insignia de Sleat en una carta dirigida a Robert Cecil, el conde de Salisbury. -Hizo una pausa, esperando a que Albert captara la trascendencia de sus palabras.

Vio la chispa que apareció en sus ojos y continuó, esta vez excitada.

—De inmediato me pregunté por qué Sleat escribía al secretario de Estado de la reina de Inglaterra. Sospeché que mi tío estaba tratando de encontrar otro medio de obtener el señorío para él. Prácticamente me lo había insinuado en una conversación que tuvimos en la reunión de los clanes. Cuando encontré la carta, comprendí que Sleat y probablemente Mackenzie estaban confabulados, con fines de traición, con la reina Elizabeth.

—¿Todo esto lo dedujiste del nombre a quien iba dirigida una misiva?-preguntó Albert, claramente impresionado.

—Estaba desesperada por encontrar cualquier cosa que te hiciera comprender que nunca te traicionaría. Y la carta, bueno, parecía extraña. Por supuesto, cuando la leí no podía creerme lo que había caído en mis manos. Sleat proponía una nueva rebelión en las Islas. Ofrecía sus servicios a Elizabeth; en realidad se refería a sí mismo, precipitadamente, como «señor de las Islas». Proponía que los jefes de las Highlands se unieran a la reina y conservar el señorío para él mismo. Y destruir a los MacAndrew de paso. Con los MacAndrew aniquilados, no habría nadie lo bastante fuerte en las Islas como para impugnar su reclamación.

Albert hizo un gesto con la cabeza.

—Es todavía peor de lo que pensaba. Sabía que Sleat quería restablecer el señorío, pero no pensaba que cometiera traición para asegurárselo. Puede que yo me encuentre entre la espada y la pared y no esté de acuerdo con los planes de Jacobo para los «bárbaros» de las Islas, pero invitar a los malditos ingleses a Escocia es una propuesta extremadamente peligrosa... y estúpida.-Volvió a mirarla, con una expresión inescrutable—. ¿Sabes a qué te has arriesgado al venir aquí? Si tu tío se entera de lo que sabes, tu vida correrá peligro.

—No lo sabe.

—¿Estás segura?

Candy asintió, y la cabeza empezó a darle vueltas. Algo iba mal; no se encontraba bien.

—¿Sabes lo que significa esto, Candy? Si el rey descubre lo que ha hecho Sleat, lo destruirá.

—Lo sé.

—¿Y has cabalgado durante días para decírmelo?

Candy asintió de nuevo, demasiado llena de esperanza para hablar. ¿Sería suficiente para demostrar su devoción? ¿Podría perdonarla algún día? Se obligó a mirarlo a la cara. Lo que vio hizo que las lágrimas que había estado conteniendo se desbordaran. La miraba con tanta emoción, tanto anhelo, que sus miedos se calmaron y la esperanza que había mantenido encerrada en su interior se liberó, inundándola con la pura intensidad de la emoción.

—No sé qué decir-dijo él bruscamente.

—Di que me crees.

Le secó las lágrimas de las mejillas y le acarició los temblorosos labios con el pulgar.

—Sí, muchacha, te creo. Pero, por desgracia, sin la carta no tenemos ninguna prueba.

Candy metió la mano en la cintura y sacó el pergamino doblado.

—¿Te refieres a esta carta?-preguntó sonriendo entre lágrimas de felicidad.

Y a continuación se desmayó.

...

Al ver que Candy se desplomaba, Albert pensó que el corazón se le paraba. Se lanzó hacia delante, cogiéndola justo antes de que llegara al suelo. Lo invadía el mismo miedo que aquel día en el bosque. Solo cuando se hubo asegurado de que simplemente se había desmayado, se disiparon sus temores... un poco. Pero ¿qué diablos se había hecho aquella mujer?

Con cuidado, la cogió en brazos y la llevó escalera arriba hasta sus habitaciones. Al mirar la mejilla pálida, sucia de polvo, que descansaba apaciblemente contra su pecho, sintió que el corazón dejaba de latirle. La idea de lo que había estado a punto de perder lo golpeó con toda su fuerza.

Al principio, cuando la vio, se había quedado estupefacto, no solo porque pareciera materializarse de la nada, saliendo de sus sueños, sino por lo agotada que estaba. Sus maravillosos cabellos rizados volaban en tremendo desorden alrededor de su cara, transida de cansancio, y oscuras sombras rodeaban sus luminosos ojos verdes. No debía de haber comido desde hacía días, y el arrugado traje le colgaba, flojo, del delgado cuerpo. Su primer impulso había sido cogerla entre sus brazos y comprobar de la forma más básica posible que ella era real, pero la ira que sintió al verla se lo había impedido.

Cuando pensaba por lo que debía de haber pasado para llegar hasta él y el riesgo que había corrido al llevarle la carta, prueba de la traición de Sleat... Se estremeció al pensar en las posibilidades. Si le hubiera pasado algo, nunca se lo habría perdonado.

El momento de su llegada no podía ser más irónico. Después de recibir la misiva del rey, Albert había tomado la decisión de recuperar a su esposa. Aunque tuviera que llevar un ejército al castillo de Strome, la recuperaría. Pero tenía otro plan y confiaba en que sitiar el castillo no fuera necesario. Poner sus planes en marcha había hecho que ir tras Candy se retrasara.

Seguía teniendo muchas preguntas, pero la carta de Candy a la reina en su beneficio era una prueba de su lealtad. Pero después de lo que ella acababa de traerle, no podía haber más dudas. Gracias a Candy, ahora contaba con los medios para destruir a Sleat y vengar el deshonor que aquel hombre había causado a su clan.

La dejó en la cama. Casi de inmediato, ella abrió los ojos y Albert sintió un alivio desbordante.

—¿Qué ha pasado?-preguntó ella desorientada.

—Te has desmayado.

—Yo no me desmayo.-Intentó incorporarse, pero volvió a dejarse caer hacia atrás de inmediato.

Albert frunció el ceño.

—¿Cuánto hace que no has comido?

Un delicado rubor le inundó las mejillas.

—No lo sé.

—Pediré que traigan algo.-Empezó a levantarse, pero ella lo cogió por el brazo.

—No, por favor-rogó—. No quiero nada, todavía no. No hasta que puedas perdonarme. Lo siento tanto, Albert...-Se le entrecortó la voz—. Hice muchas cosas mal y sé que no tengo derecho a pedirte que me perdones, pero necesito que sepas que nunca te traicionaría.

Albert la atrajo hacia él, con la húmeda mejilla contra su pecho, y saboreó la sensación de tenerla de nuevo entre sus brazos.

—Lo sé.

Ella lo miró, con unos ojos llenos de lágrimas.

—¿De verdad?

—Sí-susurró en un tono ronco y acariciador que ahondaba su voz.

Podía perdonarla. En lo más profundo de su ser sabía que Candy no había estado actuando en los últimos meses. Lo amaba y sabía que no lo traicionaría. Probablemente ya lo había aceptado cuando la envió de vuelta con los suyos, porque ella sabía demasiados secretos. Si hubiera creído realmente que era una traidora, no le habría permitido marcharse. ¿Acaso el lema de los MacAndrew no era «Quedaos con lo Bueno»? Por la sangre de Cristo, se quedaría con Candy. Le pertenecía y la tendría. Podía cumplir con su deber y quedarse a la mujer que amaba.

Albert se inclinó hacia ella y, cogiéndole la barbilla, la obligó a mirarlo.

—Te perdonaré por no hablarme del plan de tu tío, pero tú me prometerás que no escucharás más conversaciones privadas... queriendo a sin querer.

Candy se sonrojó hasta las raíces.

—Lo prometo. Nunca más miraré por las grietas de las puertas.

—Bien.-Le apartó un mechón de pelo de la cara mirándola tiernamente—. Y lo más importante, también me jurarás que nunca volverás a ponerte en peligro de esta manera.

Ella asintió, y las lágrimas empezaron a rodarle de nuevo por las mejillas.

—No sabía qué otra cosa podía...

—Chis.

La hizo callar poniéndole los dedos encima de sus labios ligeramente entreabiertos. Ya había esperado bastante; tenía que degustar su sabor. Sin poder contenerse, bajó la cabeza y le cubrió la boca con la suya, en un beso suave y seductor. El corazón le dio un vuelco al notar aquel sabor, dolorosamente familiar. Era pura ambrosía; la miel de su boca mezclada con la sal agridulce de sus lágrimas.

Pero Candy no quería un cortejo amable. Al primer contacto con su boca, gimió y le echó los brazos al cuello, atrayéndolo con fuerza encima de ella. Se tensó y se apretó contra él, besándolo con más fuerza, con una súplica casi desesperada.

Albert sintió cómo su propio control desaparecía, respondiendo a la salvaje llamada del deseo de Candy. La seducción delicada de unos momentos antes fue sustituida por una violenta marea de pasión exigente. Su boca se movía sobre la de ella con hambre, posesivamente, marcándola con sus labios y su lengua. Le pertenecía; no dejaría que lo dudara. Los labios de Candy se abrieron y él deslizó la lengua dentro de su boca, uniéndola a la de ella en un íntimo duelo de esgrima. Penetró más y más, saboreando, explorando y devorando hasta los más íntimos recodos de su alma.

No era suficiente. No lo sería hasta que él penetrara profundamente en su interior y ella se agitara a su alrededor con los espasmos de su orgasmo. No hasta que hubieran quemado los recuerdos de su separación con el fuego de su pasión.

Albert sabía que, incluso así, nunca sería bastante.

...

Al primer contacto con su boca, todo el cuerpo de Candy se estremeció de alivio y deseo. Casi se deshizo con el familiar sabor y el distintivo olor masculino de Albert. La maravillosa mezcla de sal y sándalo. Gimió, apretándose más contra él. Sus suaves curvas contra unos músculos duros y cálidos.

Recorrió con la manos su espalda y sus hombros, explorando los conocidos relieves de acero. Se dio cuenta de que había recuperado algo del peso perdido con la fiebre. Pero seguía habiendo una delgadez hambrienta en él que no estaba allí antes del ataque. Sus músculos se tensaban bajo sus dedos y una chispa de conocimiento la inundó. El ardor entre ellos se inflamó al instante, como si nunca se hubiera extinguido. Como si hubiera estado solo dormido, ardiendo oculto, aquellas dos últimas semanas. Había un apremio en sus movimientos que evidenciaba la larga separación.

Candy sintió el conocido hormigueo de deseo en el vientre; instintivamente alzó las caderas hacia él. Albert la cogió por las doloridas nalgas, sujetándola con firmeza contra la sólida prueba de su derecho. El dolor causado por la silla de montar quedó olvidado en el confuso calor que inundaba sus sentidos.

De repente, las manos de Albert estaban en todas partes, cogiéndole los pechos, moldeándole las caderas, deslizándose por los muslos. Su boca le acariciaba el cuello y los hombros, rozando la sensible piel con la áspera barba. Tenía la carne de gallina, de tanto como lo deseaba.

Notó que sus dedos le desataban, expertos, los lazos del vestido. Le bajó el sucio traje de los hombros y lo empujó por las caderas hasta que cayó al suelo. El mismo camino siguieron el corsé y el verdugado. Sus dedos se deslizaron por debajo del fino lino de su camisa, resiguiendo provocadores la curva de su pecho. Candy se sentía arder allí donde él la tocaba. Cuando su boca siguió deliciosamente el camino de sus manos, se retorció sin control. Sintió que las calzas resbalaban hacia abajo y la camisa desaparecía por encima de su cabeza, hasta que quedó completamente desnuda. La consciencia de su desnudez la cubrió de rubor.

Pero estaba más allá de toda vergüenza.

Y Albert había agotado completamente sus reservas. Candy estaba hipnotizada por la fuerza del deseo que inundaba sus ojos mientras recorrían su cuerpo desnudo.

Su voz estaba ronca de emoción.

—Eres tan bella, amor mío.

Soltó el broche que sujetaba su plaid y se quitó el leine croich por la cabeza. Ahora le tocaba a ella admirarlo. Atrevida, recorrió con los ojos el estómago liso, flanqueado de músculos, el amplio pecho, los musculosos brazos y piernas. El mero tamaño de su rígida erección. Era espectacular.

—Tú también-dijo ella con voz ronca.

—Ha pasado demasiado tiempo.

Tenía la boca excesivamente seca para hablar, así que asintió con la cabeza.

Él se puso encima de ella. Al contacto de su piel sobre la suya, Candy se deshizo. Se notaba dulcemente húmeda y caliente donde sus cuerpos se unían. Cuando su miembro le presionó el vientre, se frotó contra él, animándolo, acercándole su húmeda abertura.

—Candy, si vuelves a hacerlo, no podré controlarme.-Su voz sonaba ronca de deseo.

Candy no le hizo caso, lo buscó con la mano y cogió firmemente la piel aterciopelada. Movió la mano con el ritmo que él le había enseñado. Vio cómo la cara se le ponía rígida y la mandíbula se le tensaba como si sintiera dolor. Sin ninguna piedad, aumentó el ritmo. Fascinada por la sensación de control que tenía sobre aquel hombre poderoso, sintió cómo los músculos de su vientre se tensaban. Notaba la presión que se acumulaba debajo de su mano y acarició con el pulgar la gota caliente que se escapó de su control.

—Maldita seas, amor mío. Vamos a ver cuánto disfrutas tú de esta tortura.

Albert le apartó la mano y, sin miramientos, le sujetó las suyas por encima de la cabeza con una mano. Ella conocía su fuerza; sabía que nunca podría liberarse. Ni aun en el caso de querer hacerlo. El pelo dorado de Albert le caía hacia delante, por encima de los ojos, pero ella vio la sonrisa traviesa que le dedicó y sintió que otro escalofrío le recorría la columna.

Su lengua dibujó un camino por su pecho, aleteando para hacer que sus pezones se irguieran. Ella se retorcía de placer debajo de él, y sus caderas se levantaban buscándolo. Él se retiraba, negándole su petición. Su boca rodeó la punta del pecho y empezó a chupar lentamente. Candy sintió la aguda sensación de placer ante la presión de su boca, pero quería más. Mucho más.

Albert incrementó su agonía cuando su boca fue bajando lentamente, exquisitamente, hasta su vientre. Lamiendo y azuzando su piel sensible y ardiente con la lengua.

Su mano llegó a la unión de las piernas. La expectación le hizo retener la respiración. No podía pensar en nada más que en su mano y su boca. En nada más que en lo mucho que deseaba que la tocara.

Él la excitaba y la burlaba. Rozaba, pero no acariciaba el punto que estaba tenso de deseo. Sus labios dejaban ligerísimos besos a lo largo del provocador camino de sus dedos. Ella levantó las caderas hacia su boca, con callada súplica.

—¿Qué te parece esto, cariño?

—Por favor, Albert.

Él se rió.

—Dime cuánto me deseas.

—Por favor, quiero sentir cómo me tocas. Te quiero dentro de mí.

Él gimió.

—Me parece que has aprendido tu lección sobre tortura, amor mío.

Deslizó el dedo dentro de ella y empezó a llevarla al cielo. Ella apretó los muslos sobre su mano, aumentando la presión, la dulce fricción que haría que se deshiciera en mil pedazos. Sabía que estaba muy cerca y su mente se quedó a oscuras cuando la oleada de calor y los agudos espasmos señalaron su orgasmo. Rápidamente, él se puso encima de ella, soltándole las manos y penetrándola con un empuje devorador. Candy jadeó al notar su fuerza dentro de ella. El medio, pesado y grueso, con que la llenaba. La sensación intensificó la fuerza de su clímax y los espasmos llegaron más fuertes y más rápidos.

Él le cogió las caderas, levantándola para que recibiera sus largos empujones. Candy arqueó la espalda, apremiándolo para que la tomara con más fuerza, más adentro. Necesitaba sentir la potencia de su pasión, sentir lo mucho que la necesitaba.

Albert percibió su apremio y sus caderas golpearon con fuerza contra ella, salvajes, con un deseo desenfrenado. Nunca antes la había tratado con tanta rudeza. Ella volvió a tensarse contra él, mientras una oleada tras otra de sensaciones estallaba en su interior.

Albert echó hacia atrás la cabeza y se hundió profundamente en ella, palpitando mientras la fuerza de su orgasmo se apoderaba de él, estremeciéndolo. Se mantuvo en lo más profundo de ella, dejando que las ondas de la pasión de Candy se deshicieran lentamente a su alrededor hasta que, con las fuerzas agotadas, se dejó caer encima de ella.

Carne desnuda contra carne desnuda. Pecho contra pecho, dos corazones latiendo desbocados, al unísono. Se dejó caer a un lado y le apartó, suavemente, un mechón de pelo húmedo de los ojos.

La ternura de su mirada la dejó sin respiración. Al pensar en lo que había estado a punto de perder, Candy no pudo evitar que las lágrimas le cayeran por las mejillas. Quizá no supiera qué guardaba el futuro para ellos, pero él la había perdonado. Era suficiente.

Albert parecía confuso.

—¿Qué te pasa? ¿He sido demasiado rudo?

Ella negó con la cabeza y sonrió.

—Es solo que soy muy feliz.

Le cogió la barbilla y le depositó un ligero beso en la nariz.

—Estás agotada.-La rodeó con el brazo y empezó a dar instrucciones—. Primero la comida y un baño, luego dormiremos.

Por una vez, Candy se sintió muy feliz de acatar sus órdenes.