No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.
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Isabella escondió la mano detrás de la espalda mientras Edward la perseguía con un anillo de compromiso de diamantes monstruosamente grande. El armazón de platino tenía una hilera de diamantes de corte cuadrado insertos en él rodeando una piedra central redonda lo suficientemente grande para matar a un elefante en ataque.
—Es demasiado grande ―protestó Isabella.
Ella se había enamorado del deslumbrante anillo de diseñador hasta que tuvo un vistazo de la etiqueta del precio y se mareó. La cosa valía más que su amado Thunderbird.
―Pruébatelo antes de decidir ―sugirió Edward.
Decidida a decirle que no le gustaba cómo lucía en su dedo, ella levantó la mano izquierda y se obligó a no disolverse en un charco de sentimentalismo ante la sonrisa de deleite en el apuesto rostro de Edward. Iba a tener que permitir que el tipo se saliera con la suya más a menudo; prácticamente irradiaba felicidad ante su pequeña victoria.
Él se puso sobre una rodilla a sus pies, y el corazón de ella cayó.
―Edward, ¿qué estás haciendo? ―susurró, mirando nerviosamente a la empleada de la tienda, quien sonreía ampliamente, y luego volvió a mirar al hombre a sus pies.
―Pidiéndotelo como corresponde ―dijo Edward, mirándola con amor brillando en los ojos. Ella apenas notó los anillos amoratados alrededor de esos ojos, tan llenos estaban de esperanza y felicidad. ―Isabella Swan, te amo con todo lo que soy, lo que he sido o que jamás seré. ¿Te casarás conmigo?
―Ya dije que lo haría ―dijo ella alrededor del nudo en su garganta.
―Deberías responderme adecuadamente ―dijo él―. Frente a esta testigo que está a punto de ganar una enorme comisión.
Isabella rió porque era tan condenadamente feliz. Su única otra opción era llorar. Y por la misma razón.
―Sí, Edward Cullen, me casaré contigo ―dijo.
La empleada aplaudió con entusiasmo cuando Edward deslizó el anillo en el dedo anular izquierdo de Isabella.
―Ahora tienes que aceptarlo ―dijo él con una sonrisa torcida―. Sin importar lo caro que sea.
―Idiota ―dijo Isabella. Le sonrió a su mano y su corazón dio un vuelco. Su visión se borroneó cuando sus ojos se llenaron de lágrimas al ver el anillo en su dedo por primera vez―. ¡Idiota generoso, maravilloso y dulce!
Prácticamente lo derribo al piso cuando se dejó caer en los brazos de él y lo besó con desesperación. Él rió entre dientes contra sus labios, los brazos apretándose alrededor de ella para acercarla más. Después de un momento, él volvió el rostro hacia el mostrador de joyería, y Isabella movió los besos a su mandíbula y cuello.
―También llevaremos un par de anillos de boda ―le dijo Edward a la empleada―. Como puedes ver, estamos un poco ansiosos por llegar a la luna de miel.
Después de comprar su ridículamente caro anillo de compromiso y los anillos de boda a juego, se dirigieron a pie a la tienda de novias más cercana.
Edward tiró del brazo de Isabella y ella jadeó de dolor. Se detuvo de repente y se volvió para preguntarle qué mierda creía que hacía cuando descubrió que casi se había chocado con el marco de la puerta de la tienda de novias. Había estado tan ocupada mirando su anillo de compromiso, paralizada por su brillo, que probablemente se hubiera ganado un par de moretones para hacer juego con los de él, si él no la hubiera apartado del camino a una herida de un tirón. El anillo podría ser extravagante para el gusto de ella, pero también era impresionante y, lo que era más importante, simbolizaba cuánto ella significaba para Edward.
Miró la enorme piedra con la boca abierta cuando se dio cuenta. Mierda, él debía amarla un montón.
Dentro de la tienda, Isabella explicó su desesperada situación, y una asesora de bodas le puso diez vestidos diferentes en los brazos antes de llevarla a un cambiador. Ella tenía que encontrar algo que le entrara de una vez, porque no había tiempo para hacer arreglos.
Después de casi una hora de probarse vestidos, la creciente pila de vestidos descartados comenzaba a deprimirla. El primero no le entró. El siguiente la hacía lucir plana en el pecho. Otros dos eran directamente feos; ¿eran necesarios todos esos moños en el trasero? Uno que ni siquiera iba con su estilo nunca salió de la percha.
En el séptimo intento de Isabella, ella comenzaba a pensar que simplemente debería casarse en su traje de negocios. A Edward le gustaba cuando ella llevaba trajes. Estaba segura de que a él no le importaría que ella llevara uno en la ceremonia. Su asesora de novias, Carla "te encontraremos algo perfecto, cariño, nunca he fallado todavía" terminó de subir la cremallera del último vestido y retrocedió para estudiar a Isabella. Su aliento quedó atascado en la garganta, y se cubrió la ancha boca con dedos temblorosos. Isabella levantó los ojos hacia los tres reflejos de sí misma en el espejo, esperando otra decepción más. Nunca esperó estallar en lágrimas.
―Ése es el adecuado ―dijo Carla, tomando a Isabella, ahora sollozando sin control, en sus brazos para frotarle la espalda hasta que controló sus emociones.
―Lo lamento. No puedo creer que esté llorando. ―Isabella se apartó y se secó los ojos con golpecitos, sintiéndose como una completa idiota por ponerse tan emotiva por un estúpido vestido.
―Sucede todo el tiempo ―le aseguró Carla. Sonrió ampliamente―. Lo llevarás puesto, ¿entonces?
―No quiero que él me vea con el vestido todavía.
Edward estaba sentado justo afuera del cambiador esperándola.
―¿Tienes a alguien que te ayude con la cremallera?
Ella supuso que podía pedirle a alguno de los chicos que la ayudara en el bus.
―Pensaré en algo.
Se volvió hacia el espejo una vez más y pasó las manos por el corsé de satén arrugado. El vestido blanco era ajustado al cuerpo desde los pechos hasta la cadera; la falda era suelta y larga y reunida a un lado por un decorativo diseño bordado en hilo plateado. El ruedo apenas rozaba el suelo. Se volvió para examinar la parte de atrás, la cual tenía una simple cola que se extendía un casi un metro detrás de ella. La fila de botones de perla que escondía la cremallera trasera era un adorable agregado que terminaba en otro diseño bordado en plata que juntaba la cola justo debajo de su trasero. Ella había querido lucir hermosa para Edward cuando él la tomara como su esposa y, en este vestido, se sentía hermosa. Extendió los brazos y movió las caderas de lado a lado, observando la falda mecerse atractivamente.
Perfecto. El vestido era perfecto.
―¿Ya encontraste algo? ―exclamó Edward desde afuera del cambiador―. Se está haciendo tarde, cariño. Sólo elige algo.
―Sólo elige algo ―dijo Carla y puso los ojos en blanco―. Los hombres simplemente no entienden.
Pero Isabella sabía que cuando él la viera en este vestido, lo entendería. Porque el bobo era mucho más sentimental que ella.
―Creo que encontré algo adecuado ―exclamó Isabella a su ansioso prometido―. Saldré tan pronto como me lo saque.
―Quiero verlo. ―El pomo de la puerta se agitó, pero ésta estaba trabada.
―Tendrás que esperar ―dijo Isabella―. Quiero que sea una sorpresa.
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Ay! Se nos casan esos dos tortolitos! Estoy muy emocionada! ¿Ustedes están emocionadas? No olviden dejar un comentario, ni pasarse por el grupo de Facebook 'Twilight Overt The Moon'.
¡Nos leemos pronto!
