Disclaimer: Los personajes no son de mi autoría sino de la estupenda creadora de la saga, S. Meyer. Por otra parte, la trama, es mía. Esta historia, narra temas controversiales y que pueden causar algún tipo de molestia o incomodidad, por lo tanto, si no tienes criterio formado, te sugiero, no leas.
Capítulo editado por Jo Ulloa
El poder no corrompe. El miedo corrompe, tal vez el miedo a perder el poder.
John Steinbeck
DEL CIELO AL INFIERNO
EDWARD'S POV
No me cansaba de mirarla. Nunca lo haría. Jamás podría dejar de admirarla. Su pálida piel, tan suave y cremosa al tacto era una delicia para mis labios, cuando acariciaban poco a poco su derriére tan pronunciado, sus piernas, sus senos… era como besar seda fresca y pura. Sus esbeltas curvas eran todo un espectáculo cuando se movían ansiosas debajo de mí, permitiendo a sus caderas, a sus piernas separarse para recibirme y luego abrazarme cerrándose alrededor de las mías. El bikini yacía en el suelo tirado a un lado de la tumbona mientras el sol doraba toda esa tierna y delicada piel sin dejar un solo espacio carente de sus abrasantes rayos. Sabía muy bien que más tarde esa noche tendría que poner sobre ella algún bálsamo para calmar el dolor que la sobre exposición a él le causaría. Se pondría roja y caliente. Ardiente. Por donde quiera que la tocara le dolería y el enfermo bastardo que habitaba en mi interior gozaría con cada gemido que le provocaría al poseerla, introduciéndome en ella con fuerza, arremetiendo implacable, hambriento, sediento del elixir de su culminación. Ella emitiría jadeos al ritmo de mis embestidas y yo aumentaría la velocidad de estas solo para darme el gusto de saber que hasta eso podía controlar en mi mujer. Eso me excitaba hasta lo indecible, así como ver que sus senos también se unían en esta danza de sexo y deseo incontrolable.
Sabía que a este paso en muy poco tiempo llegaría al orgasmo, por eso con un imprevisible movimiento colocaría sus piernas sobre mis hombros y reduciría mis acometidas. Entraría y saldría de su cuerpo con una lentitud tortuosa y la llevaría hasta el extremo…
—Es suficiente por hoy, basta de sol.
—Pero apenas estoy tomando color —La miré levantando una ceja, en advertencia.
—No quiero que te quemes, vístete.
—No me dejas tomar el sol en la playa como lo hace cualquiera y encima me limitas las horas de sol —se quejó—, ¿no crees que exageras?
—Tú no eres cualquier persona como para que te vean desnuda, y no exagero, me preocupo por ti que no es lo mismo —le di una nalgada—, y apúrate que nos esperan para comer.
Isabella se levantó de la tumbona y caminó hacia mí sin ropa. Contoneó sus caderas hasta llegar a mi lado y de un brinco se colocó a horcajadas sobre mí.
—No te he dado las gracias por estar aquí —se recostó en mi pecho—. Significa mucho para mí poder acompañar a Rose en este momento.
—Lo sé —le di un beso en los labios—. También quiero estar aquí por Emmett. No va a estar bien hasta que no vea a ese cerdo tras las rejas.
Para todos nosotros era importante estar ahí apoyando a Rose y a Emmett. Estaban pasando por un trago muy amargo y aún faltaba que vieran al infeliz bastardo a la cara. No estaba muy seguro de que Emmett pudiera contenerse. Y yo, ¿podría controlarme si tuviera frente a frente a Jacob Black?
***.
Por fin acabó la pesadilla y Royce no saldría nunca de la cárcel. Jasper y su equipo habían hecho un magnífico trabajo junto con las chicas y no hubo nada que los abogados de la defensa pudieran hacer para salvarlo.
Niza fue un agradecido respiro para mí. Pude quitarme un poco el estrés extra que estaba cargando al tener que estar moviéndome con todas las precauciones posibles para seguir con la investigación sobre el caso de mi hermana. Sabía muy bien lo que yo mismo le había pedido a Isabella, quería que se olvidara de todo el asunto porque tenía muy claro que en mi búsqueda por encontrar respuestas estaría atravesando un campo minado y yo, según Perkins, ya llevaba avanzados algunos pasos. Estaba navegando por aguas peligrosas pero ya no había punto de retorno. El deseo de esclarecer la muerte de Liz era más fuerte cada día y si mi instinto y mis entrañas no me engañaban, me encontraba más cerca que nunca de hallar la verdad.
Aunque negar que tengo un sentimiento de culpa sería mentir. Ocultarle a Isabella que yo no había podido darle vuelta a la página cuando yo a ella casi se lo había exigido me hacía sentir miserable y deshonesto, pero cuando encontrara las respuestas que necesitaba, estaba seguro que no le importaría que hubiera mantenido en secreto toda mi investigación.
Saber en realidad lo que le había ocurrido a Liz era lo único que me faltaba para poder estar en paz conmigo, para ser completamente feliz.
—Te ves muy guapo apoyado en la baranda —Emmett se acercaba a mí—, y muy pensativo también.
—Y yo a ti te veo muy contento —tomé el vaso de whisky que me daba.
—¿Cómo no estarlo? Mi Rosalie al fin puede vivir tranquila sin ese cerdo caminando por ahí.
—Me alegro por los dos —choqué mi vaso con el suyo—. Salud por eso.
—Bueno, ustedes pueden entenderlo, Black dejó de ser una amenaza desde hace meses ya.
—Black.
Repetí su maldito nombre mientras miraba al sol ocultarse en el mar. Jacob Black nunca dejaría de ser una pesadilla. El no saber a ciencia cierta si para Isabella había dejado de serlo me tenía loco. Parecía que sí, pero a veces la veía perdida en sus pensamientos y me debatía entre sacar el tema o dejarlo pasar y por supuesto, me daba media vuelta y la dejaba tranquila. Bower tampoco era de mucha ayuda; él solo me respondía que Isabella podía manejar sus problemas o inquietudes, que no me preocupara, que si ella necesitara ayuda me la pediría. Eso me volvía loco, que me dejaran fuera, que me hicieran a un lado. Sin duda cada día me convencía más de que el que necesitaba ayuda psiquiátrica con urgencia era yo.
—Hey…
—¿Ya te levantaron el castigo Jazz? —Emmett le preguntó divertido.
—Sí… Dios ¡Que intenso!
—Uy, con Alice que miedo.
No pude evitar una carcajada al oír a Emmett.
—¿De qué te ríes? Ella es genial.
—No me lo quiero imaginar pero te creo, te lo veo en la cara.
—Deberían probarlo un día, se sorprenderían.
—Tres dominantes cazados…
—Creo que yo ya no aplico en esa categoría Emmett.
—¿Por qué no? Yo pienso que sí, solo que ahora abarcas otras áreas también —dije y las carcajadas resonaron por toda la cubierta del yate.
—Yo estaba a punto de colgar los tenis —confesó Emmett.
—Dirás los látigos —bromeó Jasper.
—¡Lo que sea! Pero estaba decidido a hacer todo eso con tal de ver contenta a mi Rose y les confieso que creí que no podría o que me costaría mucho esfuerzo pero la verdad es que al verla tan tranquila y feliz me siento el hombre más afortunado al saber que yo puedo darle lo que necesita. Jugaremos de vez en cuando pero es un hecho que ya no me hace falta esa parte dominante, mi vida me tiene satisfecho por completo.
—Entonces el único que puede seguir denominándose un dominante en toda regla, es Edward.
—¿Yo? —fruncí el ceño algo dubitativo mientras le daba otro trago a mi whisky—. Yo creo que he encontrado un punto de equilibrio. Pensé que fuera de un cuarto de juegos no me sentiría cómodo o que sin ejercer mi poder dominante no podría disfrutar del sexo pero… descubrí que lo que yo conocía era solo eso, sexo. Pero ahora sé que hay mucho más y ya que lo he conocido, que he saboreado las delicias de lo que es el sexo cuando lleva involucrados sentimientos profundos, no pienso moverme de aquí. Estoy en ese punto exacto, en el punto perfecto de mi vida, ese que no creía que existía pero que es mi realidad ahora.
—Miren en lo que nos han convertido —suspiró Emmett—. Esta sería como quien dice nuestra noche de chicas. Solo nos falta pintarnos las uñas y ponernos mascarillas en la cara.
—¡Cállate Emmett!
Si en algo teníamos razón, era que los tres habíamos encontrado el amor y que este nos había llevado por caminos muy distintos a los que hubiéramos imaginado antes. Éramos felices con lo que teníamos y nos esforzábamos cada uno por procurar mantenernos en ese lugar. Muy a nuestra particular manera eso sí y solo deseando poder cumplir siempre con nuestro propósito, cuidar y darles lo mejor a las mujeres que cambiaron nuestras vidas. Ese siempre sería nuestro objetivo.
***.
BELLA'S POV
Este viaje había pasado de angustioso a absolutamente maravilloso.
¡Rose se casaba!
Había sido una sorpresa para todos que Emmett hubiera decidido proponerle matrimonio a mi amiga esa noche. Pasamos el día conociendo y de compras, encantadas de estar todas juntas en esa hermosa ciudad, él lo había aprovechado y organizó una gran celebración que todos festejamos. Se merecían tanto esta felicidad que estábamos igual de contentos de que al fin se hubieran terminado todos sus problemas.
Se respiraba un ambiente romántico hacía que fuera imposible no contagiarse. Todo era tan perfecto que no quería que terminara ni la noche ni el viaje. Lo disfrutamos mucho y yo mucho más por ver a mi hombre, a mi Señor, muy relajado, feliz y a mi lado. Estaba haciendo un verdadero esfuerzo por desconectarse de Londres y de todas las responsabilidades que implicaban las empresas. Claramente lo notaba, y eso me llevaba a pensar en todo el estrés que cargaba. Necesitaríamos más viajes como este mucho más seguido.
Lo veía increíblemente guapo; el estar tranquilo lo hacía ver más joven y cuando reía, un casi imperceptible hoyuelo se le formaba en una mejilla. Su frente lisa, sin ceños ni entrecejos fruncidos y sus deliciosos y traviesos labios ya no estaban escondidos detrás de esa tensa línea. Era tan guapo que no podía evitar suspirar al verlo conversando despreocupado con sus amigos.
Nuestro último día del viaje lo pasamos solos. Edward había alquilado una pequeña y preciosa villa con una playa privada y desde muy temprano la tripulación del yate nos trasladó hasta ahí. El servicio de la villa nos recibió con un suculento y variado desayuno que devoramos apenas sentamos.
—Cielo, ¿ya te di las gracias este maravilloso viaje? —le pregunté ya instalados en las tumbonas.
—Has sido una niña muy agradecida —acariciaba mi trasero desnudo—, y eso me complace mucho.
—No quiero regresar.
—Tenemos que hacerlo, estoy lleno de pendientes y uno muy importante es el de la campaña de publicidad del hotel de Bali.
—¿Te preocupa?
—No, la agencia encargada es buena.
—¿Buena? —repetí indignada—. Déjame comentarte que esa agencia ya ganó un premio por la campaña más original y, por supuesto, la más llamativa.
—Sí, algo escuché por ahí.
Inspiré ofendida y antes de que pudiera contestarle algo, ya lo tenía sobre mí derritiéndome con su verde e intensa mirada.
—También escuché que una de las dueñas es una mujer muy guapa y muy complaciente.
Una de sus piernas abrió las mías y de inmediato sentí correr mi humedad.
—Sí, la conozco, es muy inteligente y muy capaz. Excelente en lo que hace —dije con mi respiración ya agitada—. Y sí, es guapísima.
—Tendré que cerciorarme por mí mismo. —Su boca descendió al espacio entre mis senos, saboreando mi piel con la lengua.
—Claro —jadeaba despacio—. Pídale una cita.
—No tengo tiempo para citas, soy un hombre muy ocupado. —Sus dientes mordisqueaban mis senos, mis pezones y yo me arqueaba respondiendo a sus caricias.
—Lástima, le hubiera agradado.
—Me agrada lo que veo, lo que tengo, lo que siento. —Su voz grave me hacía temblar de deseo.
—¡Señor!
Grité cuando lo sentí entrar en mí sin preámbulos, fuerte, arrojado. Mis piernas y mis caderas se alinearon para recibirlo una y otra vez, con ese ímpetu hambriento de mí, de mi calor. Sus brazos apoyándose a los lados de mi cabeza me dejaban ver la fuerza que contenían y yo más me excitaba al notar que el ritmo de sus embestidas aumentaba despertando el fuego en mi vientre.
—Isabella…
Murmuró mi nombre con la voz agitada y me arqueé todo lo que permitía la posición que tenía. Me movía acompañando sus acometidas porque sabía que lo excitaban y yo quería darle todo, todo lo que él me pidiera, todo lo que necesitara, todo lo que deseara y en ese momento él me deseaba a mí.
Subí mis manos por su pecho hasta llegar a su pelo rubio ocre muy rebelde, enredé mis dedos en sus cabellos y tiré de ellos provocándole un jadeo lleno de intensas emociones. Respondió tomando una de mis piernas colocándola alrededor de su cintura empujando dentro de mí con más fuerza, dándome un par de fuertes nalgadas que avivaron ese fuego que crecía en mi interior, haciéndome subir muy alto para que después con un último empellón yo llegara a la gloria pudiendo tocar el cielo.
—¡Edward!
En segundos, lo sentí vaciarse dentro de mí, llenándome por completo de su caliente néctar, de ese denso bálsamo mágico que siempre me volvía a la vida.
—Apriétame.
Y con todas las extenuadas fuerzas que me quedaban, contraje mi vientre cerrando y abriendo mi vagina para complacerlo, para que subiera y tocara conmigo el cielo.
***.
El vuelo de regreso fue todo lo opuesto que el de ida. Platicamos, dormitamos y comimos. Todos éramos otros, ya relajados, sin la angustia del juicio y por Rosalie. Ya con las pilas cargadas llegamos a Londres, a casa y, de nuevo, bienvenido el estrés citadino.
Apenas llegamos Edward se pegó el móvil a la oreja y con tristeza me despedí de mi atento, amoroso, lujurioso y mandón Señor. Iba a extrañarlo mucho, solo esperaba que no tardara en aparecer de nuevo.
Cada uno volvió a sus ocupaciones, que no eran pocas. En la agencia estábamos hasta el tope de trabajo y las citas para contratar nuestros servicios se acumulaban.
—Creo que debemos contratar más personal.
—¿No crees que podamos apañárnosla con los que estamos? —Jane negó con la cabeza pero algo dubitativa.
—Las empresas Cullen se llevan casi la mitad del trabajo. Lo mejor sería tener un equipo que solo se dedicara a ellos y así podemos manejar nuevos clientes con nuevos proyectos, ¿no es emocionante? —argumentó entusiasmada—. Quita esa cara Bella.
—¿Cuál cara?
—Esa de duda que tienes —se bajó del escritorio donde estaba sentada—. Mira, creo que debemos soltar proyectos. Revisarlos, cuidarlos pero no podemos estar en todos. Creo que es hora de delegar, de ejercer como dueñas y de hacer crecer esta agencia.
—Me das miedo Jane.
—Sabía que estarías de acuerdo —besó mis dos mejillas—. Me voy a comer.
—Voy contigo.
—¿Y Edward?, ¿no comes con él?
—No, Katie me dijo que tenía una cita con el señor Perkins —me quedé pensando. ¿De dónde me sonaba el señor Perkins?
***.
—¿Por qué tienes esa cara?, a ver, dime.
Edward me abrazaba por detrás y hundía su nariz en mi cuello. Yo me cepillaba con fuerza. Estaba disgustada. Teníamos un compromiso al que no quería ir porque se trataba de asistir a una cena con Vera, mi gran amiga Vera.
—No es mi persona favorita, ya lo sabes.
—Ya te expliqué mil veces que entre ella y yo no hay, ni hubo nunca nada, solo es amiga mía.
—¡Y qué amiga! —bufé.
—Dale una oportunidad, Bella, por favor.
—¿Por favor? —me giré y lo miré enojada.
—Sí, Isabella, te lo estoy pidiendo por favor y de buena manera.
—Claro, vamos —arrojé el cepillo sobre la cama y tomé mi bolso—. Vamos a cenar con la dulce Vera. Vayamos a cenar con la única mujer que pudo hacer que creyeras en mí.
—¿A qué viene eso? Nunca vas a olvidarlo y mucho menos vas a dejar de echármelo en cara, ¿verdad?
—Generalmente no suelo pensar en ello, solo cuando me lo recuerdan, así que ese es tu problema.
—Isabella —rugió contenido en una clara amenaza.
Salí de nuestra habitación y antes de bajar las escaleras lo miré. Tenía la mandíbula tensa y la mirada verde, ardiente. El camino al restaurante lo hicimos en silencio. Yo no tenía nada que decir y mientras menos abriera la boca sería mejor, por mi propia seguridad.
Al llegar, nos bajamos del auto y antes de entrar al lugar caminamos por un sendero con diminutas antorchas en el suelo. Era, cómo no, un restaurante polinesio y ella era la dueña. Mis altos estiletos resonaron por el suelo de madera brillante y pulida. Vera nos esperaba en una mesa como las que a Edward le gustaban, un poco apartada pero con una excelente vista de todo el lugar.
—¡Que gusto tenerlos aquí!
Vera se levantó de un salto a recibirnos muy entusiasta. Me dio un beso en cada mejilla y a Edward además, lo abrazó muy cariñosamente. Respiré muy, muy hondo. Nos sentamos y en ese instante llegó el camarero poniendo frente a mí una copa de vino tinto y un whisky con hielo frente a Edward.
—Gracias por haber aceptado venir, Isabella. Es un lindo detalle de tu parte —sonreí forzadamente.
Una ceja levantada me advirtió que debía comportarme. La relación con Edward había cambiado mucho. Estábamos acoplados en una extraña pero perfecta sincronía. Yo hacía mi vida normal, trabajaba en lo que quería y en mi propia agencia con una de mis mejores amigas, los proyectos nos llovían. Salíamos con nuestros amigos y yo ya no tenía que pedir permiso para todo. Sabía ya detectar cuando le tenía que consultar para pedir su opinión o autorización. Tenía bien ubicadas mis prioridades y él seguía siendo la primera. Esa era mi vida pública, porque dentro del cuarto de juegos todo seguía siendo igual o mejor.
La cena resultó ser más de negocios que de otra cosa. Vera le cuestionaba cosas como inversiones a futuro y otros temas que me eran indiferentes. Estaban enfrascados en su plática y yo calladita hasta que dejé de escucharlos hablar y reírse y me concentré en mi plato, Salade Ruse, gambas con leche de coco y hojas de taro, una delicia, cuando Edward dijo…
—Entonces, creo que puedo adivinar el motivo de esta cena, ¿no es así?
Ambos sonrieron cómplices y yo sentí que se me retorcía el hígado.
—Así es. Después de tanto pensarlo y de sopesar los pros y los contras, me voy. Me he decidido y voy a invertir en nuevos negocios en otras tierras. Londres para mí ya perdió el interés, el atractivo se esfumó y ese gusto y el entusiasmo por vivir aquí se ha apagado. Necesito sentirme viva, activa, quiero cosas nuevas, un nuevo panorama, quiero aventuras, quiero todo —sonrió como adolescente.
—Es verdad, ya empezabas a hartarte de todo esto. Me da gusto por ti, aunque voy a extrañarte —Le guiñó un ojo mientras le apretaba la mano y yo sentí que me explotaba el páncreas.
—Pienso venderlo todo, viajar ligera —se le notaba la satisfacción en la cara—. ¿No te interesa comprar algunos de mis negocios? Mira que son muy productivos —inquirió sonriente—, te permitirán hacer crecer tu capital.
—No, gracias —respondió divertido mirándome—. Creo que no a muchos les agradaría que incursionara en ese rubro, pero dime, ¿ya has pensado a dónde vas a ir?
—Creo que América es un buen destino. Los Estados Unidos están llenos de oportunidades de inversión.
—¡Hombre! —salté—. ¿Por qué no amplias un poco más tus horizontes, Vera? ¿No has pensado en algo un poco más lejano como Australia?
—Isabella…
La amenaza iba implícita en la manera de pronunciar mi nombre. Sabía que me había ganado un castigo pero lo aceptaría gustosa por no haberme quedado callada. Mi comentario no tenía mensajes ocultos. La quería lejos, lo más lejos posible de Edward y de mí.
La mirada furibunda de Edward me hizo sentir que me estaba portando muy infantil, pero yo tenía mis razones que por supuesto él no compartía. Decía que Vera no era como yo pensaba y que tarde o temprano debía darle una oportunidad a esa mujer. Tal vez ahora que ya sabía que se marchaba era un buen momento, total, ya no la vería más.
—Lo siento, Vera —dije despacio pero segura—. Como comprenderás no es nada fácil para mí estar sentada aquí compartiendo contigo después de lo que pasó.
—Te entiendo perfectamente Isabella y quiero decirte que, aunque Edward es mi amigo y yo hubiera podido ir a contarle maravillas o barbaridades de ti, si él no te amara, nunca hubiera vuelto contigo, a buscarte. Yo solo le dije que era un tonto si te dejaba ir, porque solo un tonto no vería lo mucho que lo amas y a todo lo que estás dispuesta a hacer por él. Te enfrentaste a mí y eso no la hace cualquiera. Eso sí que te lo reconozco —me sonrió.
Eso yo ya lo sabía, pero escucharlo de su propia boca, me hacía ver todo de un modo muy diferente. Tal vez Edward tuviera razón y ella no era exactamente la come-hombres que aparentaba ser. Lo miré tímidamente antes de responderle a Vera.
—Te pido una disculpa y por favor, olvida mi comportamiento, no estoy actuando con madurez.
—No tengo nada que disculparte Isabella. Estoy segura de que yo hubiera pensado igual si estuviera en tu lugar pero admito que tú fuiste más allá de lo que pensé y eso me hizo ver la mujer que eres y tú eres la mujer que Edward necesita y merece a su lado —dijo con firmeza y yo sólo la miré absorta todavía procesando sus palabras.
—Ahora si me permites, quiero presentarte a alguien —se puso de pie como si tuviera un resorte y caminó como una reina con sus estiletos infinitos hasta llegar a encontrarse con una mujer rubia. Era muy elegante y también caminaba como si no tocara el piso. Era una mujer preciosa.
—Isabella, esta es Charlotte, mi futura esposa —declaró orgullosa.
—Buenas noches —saludó y después le dio a Vera un beso en la boca dejándome con la quijada en el suelo.
—Sí, Isabella, nunca tuviste de qué preocuparte. Charlotte y yo hemos estado juntas desde hace más de ocho años.
Me giré automáticamente a ver a Edward.
—Tú lo sabías y no me lo dijiste —le reclamé y me miró todavía muy serio
—No me correspondía hablar de la vida privada de Vera y Charlotte —contestó parco.
—Edward, no me habías dicho que Isabella es preciosa —Charlotte dijo emocionada.
—Es mucho más que eso.
Él respondió al instante clavando su verde mirada en mí y haciendo que esas cinco palabras derritieran mis entrañas. Edward aún enojado declaraba lo que sentía.
—Y como creo que ahora todas nuestras diferencias están resueltas, quiero brindar con ustedes y por el futuro —propuso Vera y sin dudar levantamos nuestras copas uniéndonos a su petición.
El resto de la velada fue por demás muy agradable; aunque por muy poco tiempo fui descubriendo a la Vera real, no a la que me había pintado en la cabeza. De soberbia no tenía ni un pelo y era divertida, a su modo muy sarcástico pero lo era. Nos despedimos y quedamos en vernos de nuevo antes de que partieran a los Estados Unidos.
Emocionada y ansiosa me di media vuelta para ir a cambiarme, para ponerme la bata de seda negra que tanto excitaba a Edward pero con un fuerte tirón del brazo me hizo girar y seguirlo casi a rastras hasta la habitación que ya no era de aquel color lila que detestaba, era ahora de unos bellos tonos azules y blancos, muy acogedora. Abrió la puerta del cuarto de juegos y me metió no de muy buen modo. Por instinto, me paré junto a la mesa y adopté mi actitud sumisa. La noche prometía.
Me incliné para quitarme los zapatos y empezar a desnudarme cuando…
—Colócate debajo del arnés —me ordenó y temblé.
Subí la mirada y con solo ver esas cadenas colgantes, un frío estremecimiento recorrió mi espina dorsal. Cada vez que las usaba era todo demasiado intenso, tanto, que en un par de ocasiones me desvanecí del esfuerzo, de agotamiento y de extremo placer. Rodeó cada una de mis muñecas con los puños acojinados y mi ansiedad cambió de tono. Ya no era esa ansiedad curiosa y traviesa, aquella que me hacía cuestionar qué tipo de juegos me depararía la noche en espera de tan deseada recompensa, ahora había cambiado porque sabía muy bien que la visita al cuarto de juegos era un castigo por mi comportamiento con Vera.
Tal vez esta visita al cuarto de juegos no era para mí placer.
—Edward, déjame quitarme el vestido, por favor —pedí sumisamente.
—¿Edward? —su voz fría e indiferente no me auguraban nada bueno.
—Señor, por favor, permítame desnudarme.
—Así está mejor. Mucho mejor, pero no, Isabella, esta noche tú no tienes permitido nada.
Tensó las cadenas y mis brazos subieron; quedé de puntitas y con los estiletos que no me había permitido quitar resultaba una muy incómoda posición.
—Tan hermosa —murmuró recorriéndome con sus ojos verdes encendidos.
Se giró y colocó dos espejos altos de pie que me dejaban verme entera, de frente y de tres cuartos. Vi mi reflejo y me sentí como mercancía expuesta en un aparador. Un maniquí perfectamente vestido y maquillado listo para ser admirado en una gran vidriera.
De pronto las luces se apagaron dejando totalmente a oscuras la habitación. Escuchaba sus pasos, se movía alrededor y el ruido de cajones y puertas abriéndose y cerrándose me ponían tensa. Sabía que debía relajarme y concentrarme para estar lista para lo que mi Señor me pidiera y disfrutar la sesión porque si de algo estaba segura era de que esa noche me dejaría quemándome en un ardiente e insatisfecho deseo.
Cerré los ojos sorprendida cuando un reflector dio directo a mi cara. No podía ver nada, la potente luz me cegaba y mi ansiedad aumentaba. Dejé de escucharlo y giraba mi cabeza para intentar detectar algún movimiento suyo. La cegadora luz se atenuó y mi cuerpo se estremeció al escuchar las primeras notas de la erótica canción que era el marco perfecto para sus oscuras intenciones, para todo lo travieso y perverso que él tuviera para mí.
Birds flying high
You know how I feel
Sun in the sky
You know how I feel
Breeze driftin' on by
You know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good
I'm feeling good
Sentí su presencia a mis espaldas cuando su cuerpo se amoldó al mío, adhiriéndose a mí, sin dejar espacio entre nosotros. Tragué nerviosa y una leve cadencia casi imperceptible comenzó a mover mi cuerpo mientras la sensualidad en la voz del cantante iba aumentando el calor por todo mi sistema venoso. Mis ingles necesitadas por su toque lloraron agradecidas cuando sintieron esas posesivas y grandes manos que las acariciaban enérgicas, necesitadas por abarcar todavía más allá, intentando llegar a la unión de mis piernas por debajo de mi entallado vestido.
Fish in the sea
You know how I feel
River running free
You know how I feel
Blossom on a tree
You know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good
Dragonfly out in the sun, you know what I mean, don't you know
Butterflies all havin' fun, you know what I mean
Sleep in peace when day is done, that's what I mean
And this old world is a new world
And a bold world
For me
For me
Mis nalgas recibían los embistes que aún con ropa me dejaban sentir su dura virilidad Se friccionaba contra mi cuerpo con fuerza, fiero, rudo, demostrándome su poder, envolviendo mi cintura con sus manos que después subieron para encerrar mis duros senos en ellas. Se abrían y cerraban sobre ellos estrujándolos, amasándolos, excitándome. Gemí de gozo y sus dedos se enredaron en mi pelo jalándolo, llevando mi cabeza hacia atrás.
—No.
Su voz grave en mi oído ordenó y me tensé. El cierre de mi vestido bajó y de un tirón lo arrancó de mi cuerpo despertando mis aletargados sentidos que por más esfuerzos que hacía no podían censurar todas esas anhelantes sensaciones. La tela rasgó mi piel dejando marcas rojas en mis brazos y en mi abdomen. Ahogué un gemido al sentir también que mis bragas desaparecían quedando en absoluta desnudez, solo mis estiletos seguían en mis pies aunque no me proporcionaban la seguridad que necesitaba pero que era un hecho que no quería, porque lo que mi ser entero me pedía era entregarle todo el control para que me hiciera llegar más y más allá.
Stars when you shine
You know how I feel
Scent of the pine
You know how I feel
Oh, freedom is mine
And I know how I feel
— ¿Te observas? —Sentí su ronca voz sobre mi hombro—. ¿Quién diría que esta dulce criaturita tiene una boquita que a veces la mete en problemas? ¿No crees que merece un castigo?
Ni siquiera lo medité. Despacio, negué con la cabeza en un abierto desafío mientras sus ojos se entrecerraban mirándome fijamente.
—Yo creo que sí.
Mi corazón brincó de gozo anticipado, de regocijo puro y más aún cuando se hincó y con sus grandes manos acariciaba la todavía dorada piel de mis nalgas; ahogué un profundo gemido al sentir que su creciente y rasposa barba se frotaba por todo mi ardiente trasero, provocándome, incitándome a cometer una falta para ejercer todo su poder sobre mí. Y yo era muy consciente de eso, me estaba dando la oportunidad de elegir y yo lo elegía a él, a mi Señor.
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
For me
El sonido de la música subió y de pronto mi cuerpo dejó de recibir el calor del suyo. Me moví un poco y las cadenas que mantenían mis brazos levantados sonaron alertándolo de mi impaciencia. Lo deseaba , lo necesitaba y él me dejaba para que enloqueciera un poco más en lo que sentía que era una eterna y maldita espera. Mi castigo real era ése. Hacerme sufrir su ausencia. Me conocía y sabía que no había nada más que pudiera reducirme a un estado de completa vulnerabilidad y eso, en su malsana mente, lo disfrutaba.
Mis divagantes pensamientos cesaron cuando mi nalga derecha recibió lo que ya reconocía a la perfección, una fusta incrustándose en ella. Un gritito escapó de mi garganta y el segundo golpe no se hizo esperar. Intentaba contener mis jadeos cuando el cuero de la fusta tocaba mi piel pero era casi imposible porque con cada contacto, me inyectaba un deseo que ni yo misma comprendía. Yo solo me agitaba ante el fuego que abrazaba mi interior y que se dispersaba por todo mi cuerpo alimentando en mi vientre un agónico dolor que solo él podía calmar.
Stars when you shine
You know how I feel
Scent of the pine
You know how I feel
Oh, freedom is mine
And I know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
Con un movimiento que no esperé, lo tuve frente a mí, pegándome a él con fuerza y levantando mi flexible pierna hasta su hombro estirando todos los músculos escondidos de mi cuerpo que sorprendidos lo recibieron cuando penetró en mi interior, avasallante, reclamando su posesión, su poder, su dominio sobre mí. Yo gemía con cada envite, sintiendo placer por tenerlo dentro y añoranza cada vez que se retiraba; mis manos se aferraban a las cadenas y la angustia amargaba mi boca cuando con cada choque mi pie se despegaba del suelo y me quedaba suspendida, rezando por no caer.
Un gemido que mejor parecía un desesperado lamento hizo que mi pierna volviera a su lugar después de que mi Señor salió de mí. Mis anestesiados brazos bajaron cayendo a mis costados. Mis ojos se cerraban y se abrían en busca de alguna normalidad que me diera cierta estabilidad tanto física como mental y cuando estaba a punto de obtenerla, me levantó del suelo y me inclinó sobre la mesa, sobre mí mesa.
Sus piernas abrieron las mías y lo sentí entrar en mí primero suave y despacio, para luego dejarse venir en mí, colmándome de él y en el punto más álgido de la canción, cuando me faltaba nada para por fin explotar y fundirme en él, en la culminación de nuestro intenso acto lo escuché susurrar en mi oído.
—No te corras…
***.
EDWARD'S POV
Un ronroneo suave. Unas manos traviesas y tibias recorriendo mi espalda, mi vientre y tal vez intentando ir un poco más abajo. Su nariz respingona husmeando en mi cuello. Sus labios haciendo lo mismo y dejando a su lengua salir a probar el sabor de mi piel que ya empezaba a despertar.
—¿Tendré que darte dos analgésicos? —me susurró al oído.
—Mmm.
—Eso me suena a que sí —Su vientre empujaba suavemente mis nalgas desnudas.
—Mmm no —balbuceé sin moverme aún.
—¿Seguro? —Su pierna abrazó mi cadera y me estremecí de pronto.
—Mmhhh —comencé a estirarme lentamente, alertando a todos mis músculos para colocarme sobre Isabella, inmovilizándola con un rápido movimiento. Acomodándome entre sus piernas, empujé despacio mi miembro despierto y en guardia y ella me recibió envolviéndome en su calor.
—Buenos días —dijo con los ojos cerrados y una gran sonrisa.
—Buenos días, cariño.
Después de una larga ducha para quitarnos ese embelesamiento matutino, me afeité mientras pensaba en la plática que habíamos tenido mis amigos y yo la noche anterior. La boda de Emmett lo tenía muy emocionado y quería contagiar a todos de su felicidad. Hicimos un balance de nuestras vidas antes y después de ellas y si me hubieran dicho que yo, Edward Cullen acabaría así, feliz y enamorado, fluctuando entre un mundo oscuro y dominante y otro brillante y nada excéntrico, no lo hubiera creído jamás. Pero así era y haría lo que fuera necesario para poner el mundo a sus pies, para darle todo lo que ella quisiera y protegerla a ella y a esta nueva vida que tantas satisfacciones me estaba regalando.
Era un hombre diferente.
Era un hombre feliz.
Casi feliz.
Salí a la habitación y en la cama encontré mi ropa lista. Escogí un traje gris oscuro y corbata rojo vino. Sonreía al bajar las escaleras siguiendo el aroma del tocino crocante, como me gustaba, y del café negro y fuerte. Isabella y sus encantadores detalles.
—Deberás comer rápido —dio un trago a su jugo—. Llegaremos tarde y tengo una junta para presentarle a mi jefe la nueva propuesta de los logos de los casinos.
—No voy a morir atragantado —mastiqué despacio, provocándola—. ¡Que se joda tu jefe!
—Estoy de acuerdo contigo… ¡Que se joda mi jefe!
Como era de esperarse, llegamos tarde a la oficina. Bonito ejemplo les estaba dando a mis empleados. A media mañana estaba sumergido en un pozo infinito de contratos, propuestas de inversión, informes, balances… Necesitaba un respiro. Terminaba mi segunda taza de café del día, observando por los ventanales como se movía la ciudad a mis pies cuando Katie entró a mi despacho.
—Edward, afuera hay una persona que no tiene cita; le he dicho ya de mil formas que no recibes a nadie que no esté en la agenda pero dice que estarás encantado de recibirlo porque tiene algo muy valioso para ti.
—¿Cómo se llama y de qué empresa viene?
—Dice que prefiere decírtelo en persona, parece muy seguro de que lo recibirás.
Katie salió y por unos instantes me quedé pensando en la forma tan cliché de presentarse en mi oficina. A los pocos minutos volvió a entrar ya algo nerviosa.
—Edward, el hombre insiste —el verla alterada me intrigó—. Llamaré a seguridad para que lo acompañen a la salida.
—Hazlo pasar, Katie.
—¿Estás seguro? Mira que ese tipo no me inspira nada de confianza, me pone los pelos de punta.
—Por favor, Katie —insistí.
—Claro, Edward, pero llamaré a seguridad para que estén pendientes.
—Si eso te hace sentir tranquila, adelante.
Sin duda esa manera de irrumpir en mi oficina había dado en el clavo sacudiendo mi curiosidad al máximo ya que la mayoría de las ocasiones, los que lograban llegar hasta las puertas de mi despacho no insistían con tanta decisión como este hombre y mucho menos después de tener que toparse a una muy decidida Katie a proteger su terreno y también contra un equipo de seguridad bastante temible.
—¿Comemos juntos? —pregunté apenas respondió mi llamada.
—Estoy algo saturada con la publicidad de tu nuevo hotel, pero haré un esfuerzo y aceptaré tu invitación —Casi podía ver su sonrisa.
—Así me gusta, lista y dispuesta. Pasaré a recogerte a las dos en punto. Sé puntual —dije complacido de saberla en el piso de abajo, en las oficinas de su agencia.
—Por aquí —escuche la voz de Katie que guiaba al misterioso hombre. Giré mi silla de piel mientras la puerta se cerraba.
Lo miré observando mi despacho, asintiendo lentamente con la cabeza. Me puse de pie y él quedó completamente de frente, estirando la mano hacia mí. Saludó dándome un apretón, de esos de los cuales desconfías. Sus intensos ojos azules estudiaron cada reacción de mi rostro mientras yo observaba su sonrisa fría y cínica.
—Buenos días, señor…
—Belov. James Belov.
***.
Mi vida, había pasado de idónea a caótica en un abrir y cerrar de ojos.
De tener todo bajo control, mi empresa, mis proyectos, mis finanzas, mi familia e Isabella, todo se había ido al garete con la aparición de James Belov en mi despacho. Desde su extraña presentación ante Katie hasta su aspecto físico, el hombre destilaba una desconfianza que aumentó hasta lo absurdo al momento del apretón de manos y decirme su nombre.
Casi podría jurar que de no haber sido por el autocontrol que poseía, el tipo habría podido notar la lividez que recorría mi cuerpo. En cuestión de milésimas de segundos me obligué a reaccionar frente al hombre que era la clave para el esclarecimiento de la muerte de mi hermana. Después de tantas investigaciones, de tantas teorías, de tantas noches en vela, después de tanta añoranza, por fin, la pieza que faltaba para completar el complejo rompecabezas estaba de pie frente a mí con la más cínica sonrisa en los labios.
—Edward Cullen —masculló mi nombre mientras lo observaba tomar asiento en un sillón frente a mi escritorio sin que se lo hubiera ofrecido antes. Moderando sus movimientos para no dejar salir a relucir al patán que sabía que era, terminó de acomodarse sin dejar de observar todo a su alrededor—. Bonita oficina.
—Gracias, señor Belov.
—Aunque un poco seria para mi gusto —sonrió—. Tal vez tenga que hacer unos cambios, Edward, pero sé que te gustarán.
¿De que hablaba ese idiota?
Katie entró en ese momento con una bandeja en las manos.
—¿Café? —preguntó visiblemente contrariada e incómoda con la desagradable visita.
—¿No tienes algo más fuerte, mujer?
—Aquí venimos a trabajar, no a socializar. Con permiso, Edward —salió dando un azotón a la puerta.
—Vaya, tiene carácter —dijo divertido—, pero como prefiero la carne fresca, tendrá que irse, lo siento, Edward.
—¿Perdón?
Mi diversión al escuchar sus palabras fue apoteósica, tanto, que casi exploto a carcajadas antes de que el significado de estas cayera sobre mí anulando lo gracioso de sus comentarios. Si James Belov estaba frente a mí apoltronado en mi sillón y hablando con tanta seguridad era por algo. Solo me faltaba saber por qué exactamente.
—Discúlpeme, señor Belov, pero no entiendo ni sus palabras ni su visita —traté de igualar su tonito chusco aunque por dentro no estaba seguro de querer escuchar sus razones.
—Muy bien, Edward, vayamos al grano porque a mí tampoco me gusta perder el tiempo —el tonito chusco quedó atrás dando paso a uno más serio y amenazador.
—Tienes toda mi atención —dije mientras lo fulminaba con la mirada. Belov asintió.
—Verás, mi estimado Edward —tomó un sorbo de café e hizo una mueca de disgusto—. Tu curiosidad nos ha traído a mi empresa y a la gente que represento, pérdidas incalculables. Y créeme que cuando digo incalculables no me refiero a unos cuantos millones de euros sino a cientos de millones. Has metido las narices hasta dónde has podido y por eso, hemos perdido no solo dinero sino elementos extremadamente valiosos para nuestra organización. Hemos perdido también fábricas, terrenos en muchos países y hasta relaciones, que como buen empresario sabrás que son activos invaluables para el buen funcionamiento de cualquier negocio.
—¿Y mi curiosidad que tiene que ver con su mala fortuna? —empezaba a tener una idea de lo que decía y si era así, más me valía dejar que él fuera quien expusiera toda la situación. De hecho, necesitaba que fuera así para que soltara, si tenía suerte, datos del extraño accidente de Liz.
—No quieras pecar de ingenuo, mi estimado Edward, sabemos muy bien de lo que estamos hablando y como no me gusta gastar saliva, necesitas saber que desde hoy todo va a cambiar en tus empresas —dijo imponiéndose con un carácter completamente diferente que con el que llegó—. En resumidas cuentas, tu enorme corporación nos ayudará a sanear, señaló entre comillas, algo del dinero que nos debes.
—¿Les debo? —ironicé.
—Así es. Al dejar de percibir las ganancias acostumbradas, automáticamente abriste una cuenta con nosotros y déjame decirte que es enorme. Así que debes empezar a pagar porque los intereses son... —silbó burlón lanzando la mirada hacia arriba—, altísimos. Los intereses te comen, Edward, ya lo sabes. Por lo pronto, necesitaré instalarme aquí para cerciorarme de que todo se estará haciendo como quiero y también lo harán algunas personas expertas para estudiar tu empresa y ver la mejor manera de sacar provecho de ella.
—A ver, permíteme —una sonrisa intentaba mantener a raya mis carcajadas fingidas porque la situación que me planteaba era todo menos divertida en ningún sentido—. ¿Intentas decirme que tengo que poner todas mis empresas a tu servicio y al de los tuyos, porque según ustedes metí las narices en donde no me importa? ¿Podrías ser un poco más claro en cuanto a eso, por favor?
—¡Basta! —gritó exaltado—. Sabes perfectamente de lo que hablo y más te vale portarte bien y acceder a todo lo que te pidamos porque no queremos que a la hermosa Bella le suceda algo.
Y eso fue todo lo que necesitó para tocar el punto más vulnerable de toda mi existencia. Eso fue todo lo que tuvo que decir para que mi cabeza comenzara a trabajar a mil para reaccionar de la manera más inteligentemente posible.
Belov sabía que Isabella era mi punto débil. Sabía que por ella era capaz de todo, que haría lo que fuese necesario para mantenerla a salvo. Tenía que pensar con rapidez, tenía que actuar y mi cerebro no procesaba una respuesta lo suficientemente coherente. Lo único que sabía era que tenía que quitarle esa idea de la mente. A como diera lugar.
—Isabella no vale lo que vale mi empresa —estallé—. No vale los años que mi abuelo, mi padre y yo nos hemos esforzado por ella. Nos ha costado el alma y hasta sangre alcanzar esta posición para que por un par de bragas, unas tetas y un coño nos arrebaten todo.
—¡Y un coño! —golpeó mi escritorio con un puño—. ¡Ese puto coño ha sido el culpable de mi desgracia!
Mi sangre hirvió al oírlo. Mi quijada se tensó hasta el punto de hacerme rechinar los dientes y mis manos se cerraron adoloridas en un par de fuertes puños. Con un esfuerzo sobrehumano, me obligué a no hacer caso de los grotescos pensamientos que empezaban a rondar mi mente. No quería ni pensarlo pero estaba seguro de que Belov había sido uno de los culpables del abuso animal que había sufrido mi Isabella.
—Un puto coño no me va a dejar sin mi empresa, así que sal de aquí y no vuelvas a amenazarme nunca, por tu propio bien y si en algo valoras tu vida, no vuelvas a cruzarte en mi camino. ¡Fuera de aquí, Belov!
Grité mirándolo con furia, dejándole en claro que yo no era alguien a quien podía venir a amenazar y que le iba a obedecer sin más. Yo no era un hueso fácil de roer y esta no sería la primera vez. ¿Con quién habría pensado que estaba hablando? Pero fingiendo una profunda indignación, James Belov se puso de pie no sin antes decirme con una frialdad y cinismo únicos.
—Bien, ya sabes qué es lo que queremos de ti, ahora solo te voy a conceder unos días para que asimiles la idea. Solo porque me caes bien, mi estimado Edward —guiñó un ojo—. Pero recuérdalo, solo unos días.
Salió silbando de mi oficina. Como si hubiera sido una visita a un viejo amigo al que después de años de no ver, se le va a saludar. Me dejé caer en mi sillón llevándome las manos a las sienes, tratando de mitigar el intenso zumbido que daba paso a una migraña devastadora. El intenso dolor no me daba permiso para pensar ni con rapidez ni con inteligencia, todo lo contrario. Las conclusiones fatídicas se apelmazaban en mi mente mientras intentaba no perder la razón. Lo único de lo que estaba seguro era de tenía que proteger a Isabella de todo y de todos pero principalmente, de mí. *
Y llegó el Señor... y el infierno también.
¿Qué les pareció? Esperamos sus reacciones.
Abrazos,
Li y Jo
