Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 42.


Nunca en la vida había llorado tanto. Ni siquiera cuando InuYasha se había ido a Inglaterra. Nunca, de verdad nunca.

Había pasado ahí tres días con sus noches, sin comer, bebiendo poco, y durmiendo un par de horas, junto a la camilla, tomando sus manos. Se apartaba cuando era estrictamente necesario, cuando usaba la ducha o el baño, porque tenía que desinfectarse regularmente y usar alcohol antiséptico, y porque los doctores se lo exigían.

Afortunadamente y como médicos que siempre había atendido a la familia, le permitían pasar más tiempo de lo que realmente dictaban las políticas. Y ese era el único ápice de felicidad que ella tenía. Su traslado desde el hospital público fue casi inmediato, después de los primeros auxilios pidieron el pase a la clínica y desde ese momento, ni siquiera sus padres la habían podido sacar de allí.

De su lado.

Su madre le había llevado ropa, materiales de aseo personal, comida, almohadas, sábanas y un futón, de los cuales ella solo usaba lo necesario para el aseo, la ropa y a veces la sábana y almohadas, siempre desde su silla.

Tenía el presentimiento de que, si debía salir corriendo por una emergencia, todo aquello le estorbaría. Tenía el cabello recogido en una coleta alta, bastante floja y desaliñada. Traía un ligero vestido azul de algodón, parecía avejentado, porque lo tenía desde su adolescencia y era muy cómodo. Toda la ropa que su madre le había dejado era igual.

Qué bien la conocía.

Acarició el rostro de su hermano y al quitarle hebras de cabello de su frente, rememoró el suceso.

«—¡Lo siento, no lo vi cuando se atravesó…!

—¡Llame a una ambulancia, no me interesa lo que pasó!

Inundada en lágrimas, Kagome sostenía el cuerpo casi inerte de su hermano. Sus signos vitales aún estaban allí, pero su cuerpo no respondía. Estaba lleno de sangre y raspones, tenía la frente herida y quién sabe cuántas fracturas más. Escuchó entre su llanto a aquel hombre llamar al 911 diciendo la dirección. Le valía un cuerno si tenían que pagarle el auto a aquel señor o volver a construir toda la maldita calle, mientras InuYasha fuera atendido en ese mismo instante. Le apartaba el cabello ensangrentado de la frente y de las mejillas y sus lágrimas abrían paso entre el líquido rojo.

—Por favor no te vayas… —susurró, sin saber qué más hacer por él. No paraba de llorar desesperadamente y los minutos se le hacían eternos.

—Señorita… —el hombre parecía amable, pero bastante preocupado— lo lamento mucho en verdad, ¿hay algo que pueda hacer por ustedes?

Kagome regresó la vista hacia el caballero y sintió pena por él, también. Sabía que no tenía la culpa.

—Solo… solo deme una llamada, necesito hablar con mis papás.

—Claro que sí —sacó el aparato móvil lo más rápido que pudo de sus bolsillos y lo extendió—, solo no quiero ir a la cárcel.

—Por supuesto que no. Fue un accidente y usted ha sido muy amable —tecleó rápidamente los números, sin mirarlo. Temblaba sin parar y respondía casi mecánicamente—, hablaré con mi abogada y lo resolverán después, no se preocupe por nada».

No sabía qué rayos había pasado después y tampoco le interesaba demasiado. Le dio su número y también quedó constancia de la llamada en el celular de su madre. Ya Sango le había dicho que todo estaba resuelto y que no se preocupara. Lo resolvió el mismo día, entre el traslado de InuYasha y demás trámites, ella testificó en la estación policial y se fue, casi de inmediato.

A InuYasha lo tenían sedado todo el tiempo. Le estaban haciendo análisis para descartar algún hematoma que le causara problemas a posteriori.

Estaba vendado y con suero, las enfermeras le ponían inyecciones para el dolor físico cada cierto número de horas. Pasaba todo el tiempo dormido y los médicos decían que estaba evolucionando muy bien. Pronto despertaría, aunque tendría algunas lunas mentales sobre el suceso. Al parecer, la mente eliminaba un radio bastante extenso de recuerdos previos a una experiencia traumática.

Lloró de nuevo al verlo de esa manera. Sus padres también. Jamás los había visto llorar así. Bueno, a su papá: parecía que InuYasha se hubiera muerto. Apretaba las sábanas de la camilla de su hijo y le pedía perdón. Nunca preguntó por qué.

Iban todos los días y pasaban la mayor parte del tiempo allí. Varias veces le habían rogado que regresara a darse un baño y descansar, pero ella no podía. Y tampoco quería. Cada segundo era importante.

Sango y Miroku iban al menos tres veces en el día, cuando podían y se permitían visitas. Los padres de ellos también fueron hasta el día de ayer, que tuvieron que regresar a sus casas.

Kikyō… los padres de ella. Desde el momento en que se había enterado, la vio llegar al hospital con su vestido de novia y toda la indumentaria. Acompañó a sus padres mientras ella iba a la delegación y después de aquello, también pasaba largas horas afuera, esperando su turno para verlo. También la veía llorar.

Kagome no hablaba. No decía absolutamente nada, ni siquiera saludaba a quienes llegaban. Sólo los observaba y su mente no dejaba de repetir la escena de su hermano cayendo por las escaleras y siendo golpeado por el auto una y otra vez. Auto que afortunadamente, no iba a alta velocidad.

De lo contrario quizás él…

—No, no —se dijo a sí misma, apartando esos pensamientos de su cabeza.

Se secó las lágrimas y volvió a su tarea casi religiosa de observar a InuYasha. Estaba pendiente del pase de suero, de aquella maquinita que controlaba su presión y de sus músculos, por si movía alguno. Todo seguía igual.

—Por aquí, por favor —oyó decir cerca de la puerta de su habitación y sus sentidos se pusieron alerta. Estaba paranoica, cada ruido parecía el auto sobre el cuerpo de InuYasha.

—Gracias.

Se abrió la puerta y sus pupilas se dilataron aún más, mientras se levantaba, como a la defensiva.

El invitado cerró la puerta tras de sí y no dejó de mirarla ni un instante. Ella, en su actitud reacia, volvió a sentarse y volvió a concentrarse en lo que realmente importaba: InuYasha.

Siempre él.

—Estás pálida y ojerosa. —Comentó con tono serio, pero en el fondo denotaba preocupación—. Lo siento mucho.

Kagome seguía sin decir nada. No podía creer el cinismo que tenía de irlos a visitar. Se preguntó internamente por qué lo habrían dejado pasar, pero recordó que no había nada que se lo impidiera.

El silencio reinó en la habitación y solo se escuchaba aquel pitido de las máquinas y la respiración pesaba de InuYasha.

—Míralo ahí, indefenso, sin poderse mover… No pareciera que es un arrogante, posesivo y malhumorado. —Calló al instante, tragándose las enormes ganas de decir que era un…

—¿Incestuoso? —Rompió el silencio, sintiendo el odio recorrerle cada vena—. ¿Eso ibas a decir, maldito infeliz? —Lo miró, como si sus ojos fueran lanzas frías que traspasaban el cuerpo. Su tono era sereno, pero no podía notarse más ira en su voz.

—¿Te ofende que te diga la verdad? —Sintió enormes ganas de abofetearla por su insolencia, pero también su piel se erizó al verla así, con aquella actitud que le daba la sensación de que en cualquier momento saltaría a su yugular—. Debería despedirte por grosera e insolente.

—Entonces hazlo de una maldita vez y lárgate. Lárgate ya, que mi hermano y yo no te necesitamos. —Habló rápido y muy claro. Le importaba muy poco ya lo que hiciera ese desgraciado.

Kōga caminó lentamente hasta la puerta, irritado a más no poder. Nunca había sentido tantas ganas de vengarse en la vida.

Kagome sintió alivio cuando escuchó la puerta cerrarse. Suspiró, quitándose mucho mal humor de encima. Miró sus manos pálidas y sintió enormes ganas de desvanecerse. Parecía que el cansancio y la falta de alimento estaban haciendo mella en su cuerpo, casi tres días después.

Nuevamente la puerta se abrió y el pánico volvió a apoderarse de ella. Sintió ganas de llorar y tomar de las manos a InuYasha. Se quedó quieta cuando se dio cuenta de quién había entrado. Cerró los ojos, rogando por que aquellos reflejos nerviosos desaparecieran de una vez, o tendría que ir al psicólogo.

—Por todos los cielos… Kagome, ¿estás bien? —No supo qué estado le preocupó más. La aludida asintió, con la mirada perdida y una mano sobre la de su hermano—. Mi primo acaba de salir hecho una furia… ¿Está todo bien?

Ella volvió a asentir, sin quitar su expresión perdida, sin mover ni un solo músculo más.

Kikyō observó a su prometido con una profunda tristeza. Sus padres acababan de partir nuevamente para Inglaterra y ella por fin volvía a estar sola, dispuesta a cuidar de él, a velar su sueño, a velar por su vida.

Caminó hasta la pálida muchacha y se arrodilló ante ella. Tomó con delicadeza la mano delgada y amarilla que sostenía la de su novio y la apretó ligeramente, mientras la miraba.

—Es hermoso que estés aquí sin moverte, al pendiente de la salud de tu hermano —ella seguía rígida, sin inmutarse— de alguna manera estoy agradecida contigo, aunque sé que no lo haces para recibir halagos… Pero, Kagome, no estás bien. Debes volver a casa y descansar, comer algo y darte una ducha, no puedes estar un día más aquí, arruinándote la espalda en esta silla de madera.

Kagome miró para Kikyō y sintió algo de ira. Mentalmente ya no se encontraba tan lúcida, aunque era consciente de su deterioro.

—¿Mis padres te mandaron a que me convencieras? —Soltó agria, mirándola con frialdad. Kikyō sintió escalofríos solo de escucharla, pero no la soltó. Advirtió la temperatura de sus manos y se preocupó aún más—. No quieren que esté con mi hermano, es eso. —Empezaba a sentir escalofríos.

—Kagome, sé que quieres estar todo el tiempo con él, pero al menos hazlo por mí, déjame cuidar de mi esposo por lo menos esta noche… —le dedicó una sonrisa de paz y otro pequeño apretón de manos—, por favor, cuñada.

—¡No me digas…! —se soltó de inmediato. Frenó su tono alto de voz y se levantó de la silla—. No me digas cuñada. Yo no soy tu cuñada y mi hermano no es tu esposo.

—Kagome, ¿de qué estás hablando? —Comenzaba a espantarse y retrocedió, chocándose de inmediato con la cama. Estaba nerviosa como nunca antes y no tenía idea de qué hacer o cómo actuar.

—Todo esto es tu culpa, Kikyō —la señaló con su dedo índice, casi sentenciándola—. Tú y tu maldito egoísmo de amarrar a mi hermano casi le quitan… —se llevó las manos a la cabeza, volviendo a recordar cada segundo previo al accidente—, mi hermano… está cayendo, no… InuYasha… no —cayó de rodillas al suelo, ante la mirada casi espantada de Hishā—, el auto, el auto, ¡no, InuYasha! —Rompió en llanto.

Kikyō corrió hasta ella volviendo a tomar control de sus actos y de su carácter. Tocó la frente de la chica y comprobó lo que se temía: estaba hirviendo en fiebre. La tomó de las manos, cruzó sus brazos por delante de su abdomen y la abrazó por la espalda, a pesar de los intentos desesperados que hacía Taishō por zafarse, y las cosas que gritaba, le echaba la culpa y volvía a gritar que el auto mataría a su hermano.

—¡Enfermera!

Kagome solo quería deshacerse del agarre de aquella mujer y correr hacia su hermano, que veía claramente ensangrentado y con la cabeza partida. Lo veía con claridad y ella no podía hacer nada, la estaban alejando de él. ¡InuYasha se estaba muriendo y nadie lo podía salvar!

—¡InuYasha!

Fue lo último que gritó, antes de sentir la aguja con calmantes atravesarle la piel y hasta la mente.

Continuará…


Amé mucho escribir este capítulo, me encanta Kagome vuelta mierda con su estado físico y anímico, ardiendo en fiebre y odiando a Kikyō, culpándola, en el umbral de la locura, pues.

Vaya... Qué decir. Aviso que esta vez, mis notas de autora serán súper extensas, lo lamento si sale otro capítulo en esto LOL.

Para empezar, primero reí duro cuando después de media hora tenía ocho comentarios preguntando qué había pasado. Esas risas eran de alegría porque había conseguido lo que quería: dejarles atónitos. Que pensaran lo peor. Esta vez he recibido comentarios que me dejaron muda. Debo decir que ha sido grato y cada uno me ha sacado lágrimas. Los leo muchas veces.

Estoy alucinada por sus análisis de mi historia. Increíble qué tanto la han sentido y han percibido como realista. Es justo lo que he tratado de hacer este tiempo.

AomeTaishoH: Te adoro, tú fuiste quien impulsó la actualización. Perdón por ser cruel. Espero sigas disfrutando de esto. Yo disfrutaré de Futari no Kimochi, no creas que lo olvidé. Y de una vez lo recomiendo, tiene todo para que el corazón se les acelere desde el capítulo 1.

Gaby: oh, es demasiado enternecedor haberte sacado unas lágrimas. Eso demuestra que te llegó el capítulo, así como a mí cuando lo escribía. Espero puedas seguirme leyendo.

Elyk91: ¡Eso me gusta! Me gusta que no lo esperes y de repente BOOM, BISH, SORPRESA. No, obvio muerte no. ¡Siento la demora, pero aquí estoy! Qué bueno que no leíste mientras comías. Saludos y gracias miles por tus hermosos reviews.

Laurita Herrera: HAHAHAHAHA amé eso de «qué le pasó» HAHAHA pues es que se quería morir. Fue casi suicida.

AIROT TAISHO: Pobre InuYasha, ¿no? Le toca sufrir mucho. Adoro tus reviews y gracias por tu opinión sobre mi historia en Facebook.

SalemHaruka: Primero que nada, bienvenida al fic y millones de gracias por tu comentario. Me alegro que hayas quedado helada. Una cosa muy importante para mí fue que digas que no caigo en los clichés, eso me hace muy feliz. Aunque aún con clichés, me gusta manejarlos a mí manera. Serán felices, verás que sí. Espero que disfrutes este.

Tuttynieves: ¡Hola de nuevo, hermosa! Me alegro tenerte tan al pendiente de esta historia. La hago con mucho amor, doy mucho de mí para que la disfruten. Es que entiende a Kikyō, está enamorada. E InuYasha está en una relación con ella, relación en la que no profundizo XD es hermoso tu Review.

InuKag89: Era normal que lo rechazara, ella no podría jamás ser feliz sabiendo que InuYasha habría dejado plantada a Kikyō y aparte sabiendo que son hermanos. No lo mate, pero casi. Me alegro mucho de tenerte al pendiente y que creas que es genial.

Mariam1005: HAHAJA siempre me sacan risas tus comentarios descomplicados. Serán felices, lo aseguro.

CrisUL: Un honor hablar contigo y explayarnos en todo este tema. Otra vez gracias por el review, hermosa.

RosasRojas: También me sacaste lágrimas. Te respondí al interno, por favor ve mi mensaje. Muchísimas gracias por tan magno Review. Y gracias por haber leído: «Kikyō, se pareció tanto a ti».

Tarah Zeng: ¡Vuelve pronto a tu cuenta! Amé tu comentario como siempre. Me alegra que haya sido un capítulo impactante, para mí también lo fue incluso cuando lo planeaba por primera vez. Aún es pronto para pensar en el final, es muy probable que no tenga la misma visión del fic para los capítulos finales. Pasan cosas. Muchos besos y amor para ti.

Nada, ustedes son los mejores del mundo.