[~Selket~]

-Maestro Dohko- entré en su Templo sin pedir permiso.

Él salió de una de las habitaciones y llegó en un segundo a mi lado.

-Maestro, no puedo- chillé. -No tengo idea de ser una maestra. Yo… no quiero.

-¿Qué pasó, Selket?- me preguntó, con un gesto preocupado.

-No sé qué hacer con las niñas. No sé cómo tratarlas. No sé si estoy siendo muy dura o por el contrario no les exijo lo suficiente y yo no-

-Selket- me interrumpió y pude tomar aire.

-Dígame, maestro- lo miré consternada.

-Te estás ahogando en un vaso de Ouzo- me dijo, con cara de sorna.

-Querrá decir "de agua"- lo corregí.

-No en tu caso- sonrió con malicia.

-El mismo humor de hace doscientos años…- sonreí con ironía.

-Dime qué sucede realmente- me animó.

-Era en serio, maestro- torcí el labio y lo miré con desdén. -No tengo idea de cómo lidiar con ellas.

-¿En serio? Parecen bastante tranquilas y dispuestas- frunció el ceño.

-Lo son… creo que el problema soy yo. No sé cómo ser maestra. Es más difícil de lo que imaginé- me quejé. -Además, yo no pedí serlo. Marin me lo impuso.

El maestro Dohko se quedó mirándome con detenimiento, poniéndome nerviosa.

-Espérame en el claro junto a la cascada con las niñas en una hora- le dijo.

Me quedé mirándolo sin hacer nada, esperando que extendiera una explicación o algo.

-Ve- me dijo, haciendo un gesto con su mano. -Ah, y dile a Seline que venga también.

Abrí los ojos, pero volvió a hacer el gesto con su mano. Suspiré, rendida, y salí de Libra hacia la Villa de las Amazonas, donde vivían mis pequeñas pupilas. En el camino le hablé a Seline vía Cosmos y le pedí que me viera allí en un rato, aunque no le di mayores detalles, pues yo tampoco los tenía.

Al rato estábamos los seis reunidos en el bosque. Mis niñas estaban muy emocionadas, aunque no tenían idea de qué les esperaba. Ni yo. El Santo de Libra se agachó a hablar un momento con ellas, haciéndoles preguntas y demás cosas que no alcancé a oír del todo. Seline estaba a mi lado igual de desconcertada.

-¿Qué está pasando?- me preguntó Seline, casi en secreto.

-No estoy completamente segura- le respondí, sin dejar de observar a Dohko con mis niñas.

Se levantó y nos miró a ambas.

-¿Empezamos?- nos preguntó.

-Seguro- respondí sin saber qué iba a hacer.

El maestro Dohko se acercó a mí y con un dedo me dio un pequeño golpe en el estómago, justo debajo del pecho, en el centro. No me dolió mucho, pero sí lo suficiente para ser consciente de que me había golpeado. Luego se acercó a Seline e hizo lo mismo. Ella chilló y él se limitó a reír.

-¿Qué fue eso?- le pregunté, consternada.

-Nada importante- contestó, restándole importancia.

Lo miré con cara de que no le creía una sola palabra, pero él fingió no darse cuenta. Luego nos ubicó una al frente de la otra y llamó la atención de Cynara y Arya.

-Selket, tú estarás de espaldas y Seline te atrapará- nos indicó el maestro Dohko.

Volteé los ojos. Era uno de esos ridículos ejercicios de confianza. Creo que ya estábamos grandecitas para esos jueguitos. Bueno, era algo sencillo. Le di la espalda y me dejé caer… Excepto que no pude hacerlo. Era como si mi cuerpo no respondiera. Le daba la orden de caer por su propio peso de espaldas, pero no me movía ni un centímetro. Sentía una sensación extraña, como… ¿miedo?.

-¿Pasa algo?- preguntó con suavidad.

-No puedo hacerlo- respondí sin dar detalles.

-Estás muy tensa- intervino Seline.

El maestro Dohko me miró y luego miró a Seline. Suspiró hondamente y luego se volteó y nos encaró.

-Saben qué es lo que pasa?- nos preguntó con los brazos haciendo jarra.

-Selket está tiesa como una vara- mencionó Seline casualmente.

Me molestó su comentario y la miré de soslayo con indignación.

-Selket no ha perdido su flexibilidad en lo más mínimo- me defendió el maestro Dohko.

-Claro que no- repliqué.

-¿Entonces qué sucede, maestro Dohko?- preguntó con el ceño fruncido.

-¿...Selket?- me preguntó él, esperando que lo mirará.

-¿Selket qué?- respondí con la pregunta y un tono de insolencia que jamás había usado con el maestro Dohko.

Él lo notó de inmediato y levantó una ceja, cruzándose de brazos. No estaba dispuesto a que insultáramos su método o lo hiciéramos perder el tiempo.

-No lo sé, supongo que en mi subconsciente no me siento segura...- confesé, suavizando sumisamente mi tono.

El maestro Dohko me inspiraba un respeto casi como el de la diosa.

-Es un tonto juego, si te caes no te va a pasar nada de todas maneras- exclamó Seline con un tono exasperante.

-Fácil para ti decirlo- le devolví el mismo tono.

-¿A qué te refieres?- torció el labio.

-Nada…- volteé.

-Hablá, Selket- me retó.

-Basta ya las dos- nos regañó. -Ambas tienen asuntos pendientes por resolver y no se van a desquitar con la otra.

-Yo estoy bien- lo contradije.

-Si fuera así no tendrías problemas con un sencillo juego de confianza. Eso te impide confiar en ella para detener tu caída, así sepas que no habrá mayores consecuencias- me respondió sin tregua.

-¿No confías en mí?- me preguntó con pesar.

-Seline, quizás no te hayas dado cuenta, pero tú tampoco has podido completar el ejercicio- le dijo él.

Seline bufó.

-Ni siquiera lo he intentado- siseó.

-Adelante- le dijo Dohko.

Seline se volteó, pero se quedó inmóvil.

-¿Lo vas a hacer o no?- me impacienté.

-No puedo…- dijo, en voz baja.

El maestro Dohko exhaló con suficiencia y sonrió. Yo miré a Seline y luego a mis niñas, quienes miraban atentas un poco alejadas. Suspiré frustrada, ya estaba viendo qué clase de maestra iba a ser yo. Un desastre total. Nos hizo una seña y lo seguimos hasta un extremo del acantilado. Frente a nosotras estaban algunos monolitos semisumergidos con rocas encima.

-Salten allí- nos dio la instrucción, señalando una roca suelta sobre uno de ellos.

Estaba a punto de hacerlo cuando nos detuvo. Sacó de una pequeña bolsa atada al cinto una estola muy larga y nos ató un extremo a cada una.

-Ahora sí- nos indicó.

Bueno, solo era sincronizarnos y movernos más o menos a la misma velocidad para no entorpecer el ejercicio y jalarnos entre nosotras. Lo hicimos sin problemas y caímos en la roca que nos había señalado. No era difícil… hasta que él así lo decidiera. Con su Cosmos encendido, lanzó su ken contra nosotras, pero no nos golpeó. Por el contrario, lo hizo en la roca que sostenía como un pilar a la otra, o sea, básicamente quedamos haciendo equilibrio para no caer. Cada una se hizo en un extremo, balanceando las fuerzas y manteniendo la roca en su sitio. La estola estaba totalmente tensionada, no sabía si en algún momento se rompería.

-¡Maestro Dohko!- le grité, por encima del ruido de la rompiente.

Él, tan gracioso como siempre, se limitó a saludarnos moviendo los dedos de su mano. Luego se sentó con mis niñas a observarnos.

-¿Qué hacemos?- le pregunté a Seline.

Si alguna ejercía más fuerza de un lado, caeríamos junto con la roca al acantilado. Lo mismo si alguna dejaba de ejercer fuerza. Tendría que ser exactamente la misma de ambos lados para mantenernos estables.

-Selket- me llamó Seline. -Mira la inscripción en hilo dorado justo en el borde.

¿Qué? Miré mi muñeca con cuidado y, efectivamente, vi una pequeña inscripción dorada. La leí: "Discernimiento". Qué buen consejo justo ahora…

-No es nada útil- le dije.

-No creo que sean iguales, Ket- me dijo, con pesar. -La mía dice "Valentía".

Me sorprendió un poco, pero no perdí el equilibrio. ¿Tendría alguna relación con este pequeño juego del Santo de Libra? Parecíamos en una balanza y… ¡Eso era! La virtud de la Balanza. Él había golpeado un punto de equilibrio en nuestro cuerpo, el punto de donde salen la arteria mesentérica superior y el tronco celíaco, a nivel de la séptima vértebra dorsal, conocido también como el Chakra del Plexo Solar, responsable del equilibrio dejándonos fuera de balance. Por eso no podíamos dejarnos caer con libertad: no se trataba de confianza en la otra. Se refería a nuestro propio balance. Si la historia me servía de testigo, podía afirmar sin temor a equivocarme que la prudencia no era mi mayor virtud. O una que al menos poseyera en cantidades normales. Todos mis castigos, consecuencias y demás se debían a alguna forma de imprudencia e insensatez de mi parte. Cuando pensaba en si me hubiera tocado el otro extremo, no tenía dudas, Milo me lo había recriminado siempre: "la valentía (o coraje) sin prudencia es sólo estupidez". Básicamente, si me pasaba la vida desafiando la muerte y jugando con mi suerte, iba a morir sin lograr nada. Seline, en cambio, era bastante mesurada, aunque constantemente subestimaba su propio poder y dejaba de actuar por temor. Ella jamás se metía en problemas de no ser por mi culpa, era la perfecta alumna de Afrodita (un ser ridículamente melindroso) y no tenía ningún problema en seguir órdenes y mantenerse en calma. Era el opuesto a mi actuar y ambos, con la falta del otro, llevaban al mismo resultado: el fracaso. La balanza tendría que ajustarse en la misma medida con valentía y discernimiento. Yo tendría que controlarme y dejar de saltar al vacío sin mirar siquiera y ella tendría que arriesgarse y salir de su zona de confort. No sería fácil para ninguna de las dos.

-No podemos seguir alejadas, realmente mantenernos en los extremos es un alivio temporal. No lo resistiremos por mucho tiempo- le dije.

Era tanto real metafórica como literalmente, pues la tela terminaría por ceder y rasgarse con la presión de ambas a cada extremo… y nosotras no aguantaríamos aquel ritmo de vida por mucho sin sentir consecuencias: yo ya había tenido suficientes problemas a causa de mi impulsividad, costándome mis mayores anhelos y mi relación con Milo. Ella, por otro lado, estaba dejando que la vida se le escapara sin hacer nada. Sufriendo en silencio por un destino al que no quería oponerse.

-Creo que la única manera de lograrlo es acercarnos poco a poco hasta reducir la brecha que nos separa. Pero tenemos que hacerlo todo el tiempo en sincronía para no desequilibrar la balanza- me respondió.

Bueno, era un plan. Juntas lo lograríamos. Comenzamos a dar pequeños pasos sin dejar de tensar la tela. Un paso ella, un paso yo. Todo al mismo tiempo con extrema sincronía. La roca no se movía de su sitio. Tras unos cuantos pasos que parecieron horas, logramos tomarnos de las manos. El centro de la roca estaba sobre su propio eje, así que no se movía para nada. El maestro Dohko nos miró con una mezcla de orgullo y asombro.

-Muy bien, chicas- nos felicitó. Pueden regresar aquí, el ejercicio ha terminado.

Bueno, ahora solo necesitábamos tener la misma velocidad y saltar antes de que la roca se balanceara hacia alguno de los lados. Me até la tela a mi cinto dándole varias vueltas y juntas saltamos al mismo tiempo. La roca cayó al mar haciendo una gran ola y hundiéndose en las aguas agitadas. Caminamos hasta él y las niñas corrieron felices hacia nosotras. Había sido un espectáculo digno de ver.

Ya a salvo y exhaustas, nos hizo una seña para que lo siguiéramos todas. Las pequeñas siguieron a mi lado y él se sentó en una roca, más alta que nuestra posición en el suelo. Nos reunimos a su alrededor y entonces empezó la lección.

-El Chakra del Plexo Solar es el que rige la forma en la que nos aproximamos al mundo e interactuamos con las demás personas. En el tercero de los siete Chakras reside nuestra identidad social y es el que rige la voluntad, autocontrol y sentido de la coordinación, nuestras antipatías y simpatías y la capacidad para tender lazos sentimentales duraderos. La energía del Chakra del Plexo Solar contribuye a que alcancemos la madurez emocional y a hacernos responsables de nuestros actos y en las relaciones con los demás y con nosotros mismos. Este es el chakra decisivo en la cuestión de si podremos enfrentar a quienes intentan someternos o si, al contrario, nos seduce el abuso de poder- nos dijo.

Seline y yo nos mirábamos algo inquietas, pues no sabíamos exactamente a qué se refería. Las niñas, estaban atentas en silencio sentadas cada una a un costado mío.

-¿Ya descifraron por qué no pudieron moverse?- nos preguntó con una sonrisa burlona.

-Afectó nuestro balance golpeándonos en un punto estratégico- le reclamé. -Hizo trampa.

-Si no nos hubiera golpeado, no hubiéramos fallado en la primera prueba- apuntó Seline.

-Sólo agité las aguas… Todo esto, las dudas y sus frustraciones y miedos ya estaban allí- nos respondió con la serenidad que solo doscientos años le podían otorgar. -La voluntad, el autocontrol, la madurez, el responsabilizarnos de nuestros actos… Hoy alcanzaron la madurez emocional para asumir su mayor carga y lo que las conduciría más fuertemente al fracaso.

Lo medité un rato. Seline y yo éramos tan opuestas y a la vez las mejores amigas. Un misterio total hasta el día de hoy, en el que cada una en su extremo ayudó a la otra. Lo que para mí era sencillo, para ella era una lucha, y viceversa. Sonreí, me sentía en equilibrio.

El maestro Dohko nos habló un poco más de Chakras, equilibrio y más. Sus lecciones eran increíbles. Incluso ya, siendo una Santa de Plata, seguía aprendiendo de él. Supongo que por eso mismo los demás Santos Dorados como Milo y Shaka, seguían llamándolo "maestro".

El maestro Dohko se levantó y me llamó a un lado. Seline se quedó jugando con las pequeñas.

-Selket, espero que hayas resuelto tus dudas como maestra- me dijo.

-Claro, maestro Dohko. Ahora no me queda duda de lo torpe que soy como una- le dije, entre chiste y realidad.

-No seas tonta, niña. Tus aprendices no esperan que seas perfecto, sólo que los sepas guiar- me regañó.

-No creo que sepa hacer eso- confesé.

-Ningún buen maestro está completamente seguro de serlo. Todos debemos mantener humildad y saber que no tendremos todas las respuestas siempre- me miró con compasión.

-Supongo…- suspiré.

-¿Por qué no le preguntas a Milo?- me sugirió. -Tú no se lo hiciste para nada fácil.

Sonreímos los dos. Si estresarse por los aprendices sacara canas verdes, ya estaría como Camus. Sin embargo, me había prometido no intervenir en su vida. Esa había sido la última voluntad mía luego del incidente en el juicio. Me había mantenido alejada de Milo durante todos estos meses, evitando encontrármelo en lugares comunes y aislándome de la vida del Santuario lo más que podía. Hasta ahora había funcionado. Sólo lo había visto aquel día que se había pasado por el risco cuando entrenaba a mis recién llegadas aprendizas. Seline no había vuelto a hablarme mucho de él y la verdad, se lo agradecía. No pensar en él hacía las cosas más llevaderas. No quería recurrir a él para un consejo, aunque sabía que era quien más podría entenderme. Había perdido ese privilegio de disponer de él a cualquier hora. Lo menos que dependiera de él, aunque fuera por comodidad, era lo mejor. Pero no podía negar que lo echaba de menos muchísimo.

Cuando la noche comenzó a entrar, regresamos todos a la Calzada. Despedimos al maestro Dohko y Seline me acompañó a llevar a las niñas a la cabaña de Aitana. Luego regresaría yo a la mía, pero ella me detuvo.

-Necesito que me ayudes con algo- me dijo, mirándome muy seria a los ojos.

Tragué en seco y asentí con firmeza.

[~Seline~]

Selket llegó al Templo de Piscis en cuanto el sol se ocultó. No sabía cómo la iba a convencer de ayudarme. No por su devoción a nuestra amistad sino por su sentido de la ética.

-¿Y?- preguntó, de brazos cruzados.

-Selket, voy a pedirte un favor, pero no puedes decírselo a nadie- le dije, muy seria.

Su semblante se endureció, pero seguía dispuesta a escuchar, por lo que continué.

-Continuaré con mi entrenamiento y…- no sabía cómo decírselo.

-Necesita que le ayudes a neutralizar las toxinas, si se llega a ver en problemas- la voz de Afrodita tras de mí inundó la sala de Piscis.

Selket no dijo nada. Su mirada estaba fija y no hizo ademán de ningún tipo, lo cual me preocupaba.

-No- dijo, cuando por fin salió del estupor.

-¿No?- pregunté, desconcertada.

-No… Seline, por todos los dioses, ¿no crees que con el último incidente fue suficiente?- me confrontó, luego se dirigió a Afrodita. -¿En serio está de acuerdo con esto? Casi la dejo sin brazo la última vez.

Bueno, el incidente con el veneno de víbora no fue exactamente mi mejor momento, pero había sido una prueba que había superado. Quizás nunca pudiera igualar la inmunidad de Afrodita, pero al menos quería saber qué tan lejos podría llegar. Creí que si alguien lo entendería sería precisamente ella. Ella, que no le tiene miedo a nada y no deja de coquetear con el peligro. Ella, el Saint de Plata más fuerte en servicio. Ella, la que porta el Aguijón del Escorpión.

-Era un trato- me dijo Afrodita. -Ya lo sabes, Seline.

¡No podía estar pasándome esto! En cuanto lograba convencer a uno, el otro era el problema. Tenía que ser más asertiva, implacable, así que tomé a Selket del brazo y la arrastré a la habitación.

-Ya te dije que no- me miró con cara de reproche.

-¿Estás bromeando? ¿Desde cuándo te limitas así?- la reté.

-Desde que me metí en tantos problemas y casi me gano la pena de muerte… ¿No aprendiste nada ayer con el maestro Dohko?- me preguntó.

-Claro que sí, a ser valiente para arriesgarme por lo que quiero- le contesté con vehemencia. -Por favor, Selket. Nadie más que Afrodita tiene por qué enterarse.

-Seline…- repuso, exasperada.

Estaba a punto de ceder, tenía que presionarla más, tal como hacía ella siempre.

-Oye, tú ya tienes tu Armadura y tu lugar dentro de tu ejército. Yo… estoy a la deriva: no tengo Scale ni rango por ahora, ¿y sabes lo peor? No parece haber cuándo. Por favor, Ket, estoy desesperada. No puedo seguir así, me volveré loca- le rogué, al borde del llanto.

Bufó, molesta. Se cruzó de brazos y comenzó a dar pasos para atrás y para adelante, indecisa. La observé en silencio, en vilo esperando su respuesta.

-Maldición… Está bien- cedió, aunque de mala gana.

La abracé muy fuerte y la arrastré de vuelta al salón, donde estaba mi maestro.

-Ella puede ser una real molestia, no te culpo- le dijo mi maestro en cuanto la vio rabiando.

-¿Y ahora qué?- preguntó.

-Yo la enveneno y tú no intervienes a menos que esté al borde de la muerte- repuso con una sonrisa el Santo de Piscis.

[~Selket~]

Algo no se sentía del todo bien, pero no podía señalar con exactitud qué era. Los meses habían pasado, casi seis para ser exacta, y todavía tenía pesadillas con el episodio de Abu Simbel. No eran horribles, sin embargo, me despertaba con una sensación de ahogo en mitad de la noche. Me costaba volver a dormirme y casi nunca lo lograba, permaneciendo en vela hasta el amanecer. A veces aprovechaba y salía a correr por las laderas del Santuario antes de que el sol calentara el ambiente. Jamás me había encontrado con nadie, así que fue raro cuando oí voces cerca. Me aproximé con sigilo y encontré al gemelo menor con Dohko discutiendo junto a la Fuente de Athena. Agucé el oído y alcancé a captar parte de su conversación.

-¿Selket?- me llamó.

No había caso en negarlo o esconderme. Me habían visto y sabían de sobra que era yo, así que salí de entre las sombras.

-Maestro Dohko, Kanon- exclamé, encarándolos.

-¿Que no te enseñaron a no espiar conversaciones ajenas, chiquilla insolente?- me confrontó Kanon.

-No era mi intención inmiscuirme en sus asuntos, Caballeros Dorados- expliqué. -Simplemente pasaba por aquí, no he escuchado nada.

Esa última parte era completamente falsa. Lo había oído casi todo.

-Selket, ¿qué haces aquí a esta hora?- me preguntó el maestro Dohko.

-No podía dormir, así que salí a dar un paseo- me encogí de hombros.

Kanon tenía cara de mandarme a otra dimensión si me quedaba otro segundo más allí. Realmente no quería importunarlos o crear sospechas. Tenía asuntos más importantes en mi cabeza.

-Disculpen si los he importunado. Seguiré mi camino- me disculpé y me adentré en el bosque, dejándolos solos.

Eché a correr hasta llegar al risco, justo al despuntar el alba. El viento soplaba helado, inicio del otoño. Me senté en el borde como de costumbre y medité un rato. Ahora no era capaz de concentrarme en mis problemas, sino en la conversación que había acabado de escuchar. Los Caballeros Dorados estaban discutiendo sobre sus dudas con el Templo Submarino, ya que, al parecer, las relaciones estaban tensas. Era demasiado extraño que Seline y Lexie estuvieran como congeladas en el tiempo cuando se suponía que no pasarían más que un año en el Santuario. Ahora estaba a punto de cumplirse otro más y ellas seguían en en una especie de Limbo. Ahora sabía que no era una mera casualidad. Sorrento, el mediador entre el Santuario y Poseidón, se negaba a finiquitar la misión. Al menos, lo que alcancé a oír era que no había respondido las múltiples cartas y llamados de Dohko, el encargado de los aprendices en el Santuario. Kanon sospechaba que había algo oscuro detrás de tanto silencio… y claro, "el que las hace, se las imagina". De Asgard no tenía idea, pero Dohko había alcanzado a mostrar preocupación por el Reino del Norte. Algo era claro: las relaciones estaban tensas y el Santuario no pensaba quedarse de brazos cruzados.

En la tarde regresé al Coliseo, donde encontré a los acuarianos.

-Oye, Camus, ¿te importaría si me llevo un rato a Leyja?- le pregunté, viendo que estaba quitándose los protectores de los brazos.

-No hay problema- me contestó sin emoción alguna.

Bueno, esa era la reacción emotiva del Cubo de Hielo, no podía esperar menos. La asgardiana se deshizo de su ropa de entrenamiento y me siguió sin preguntar siquiera a dónde. Fue hasta que estuvimos lejos de su maestro que se relajó.

-¿Estás bien? Te noto demasiado tensa, ¿todo bien con él?- le pregunté.

-Sí, es... No es nada- se arrepintió.

-Vamos, cuéntame qué pasa con él. Quizás pueda ayudarte- la animé.

-Bueno, es que desde hace semanas se ha estado reuniendo con el maestro Dohko y-

-¿Y Kanon?- la interrumpí.

Ella se sorprendió, pero asintió.

-¿Acaso ellos…?- se atrevió a indagar.

-No lo sé, pero tengo mis dudas. Todo es muy confuso, pero en la madrugada los hallé a ambos cerca de la Fuente de Athena discutiendo sobre ello. Poseidón y su General de Siren no se han pronunciado al respecto y parece que está generando problemas con Asgard. Después de todo, comparten el dominio del Océano Ártico- respondí, relatando lo que había escuchado de Kanon y Dohko.

-Quizás por eso Camus está tan tenso… Se la ha pasado así las últimas semanas y no ha decidido nada respecto a mí- me dijo.

-Por ahora estamos especulando, ¿has recibido alguna carta o comunicación de Asgard últimamente?- le pregunté.

-No, me temo que la señorita Hilda no ha escrito en varios meses, eso no me parece propio de ella. Siempre me escribía una carta mensual, así no hubieran grandes noticias- lo sopesó.

-Definitivamente hay algo extraño- fruncí el ceño.

-Quizás tú puedas hablar con Camus y preguntarle. Son buenos amigos- sugirió.

-Sí, claro. Camus no me va a dar ni los buenos días- exclamé con ironía.

-¿Y has hablado algo con Seline? Las tensiones siempre han venido por el voluble Poseidón- comentó.

Negué con la cabeza. No quería involucrar a Seline en otra cosa más, además de su secreto con el entrenamiento de toxinas. Pero quizás Leyja tenía razón. Al parecer las cosas no tenían que ver directamente con el Santuario, ya que de ser así hubieran reclamado ambas partes a sus aprendices. Tendría que ser un asunto entre Asgard y Atlantis en el que el Santuario quedara en medio, sin ser parte del conflicto. Al menos esa era la teoría más sólida que tenía.

-Las cosas han mejorado desde que ya no hay un General en el Pilar Ártico. Él… no era precisamente alguien de confianza. Recuerdo su mal carácter- puntualizó.

Me imaginaba perfectamente la situación. Los asgardianos eran bastante tranquilos, aunque no por ello débiles. Su nobleza era equiparable a su tenacidad para vivir en una tierra inhóspita. Leyja era fuerte a pesar de su gentileza y aparente suavidad.

-¿Antes del asunto con el Anillo del Nibelungo tenían problemas?- le pregunté de nuevo.

-Bueno, siempre ha habido mucho recelo por parte de Atlantis con el Pilar Ártico. Creo que es el que tiene mayor número de guardias. Incluso puede vérseles en la superficie custodiando el remolino- me contó.

Aquello me interesó.

-¿Por qué?- inquirí.

-No estoy completamente segura, pero alguna vez oí a Siegfried mencionar algo acerca de un material, un metal único cuyas minas se encuentran bajo el helado Océano del Norte. Pero no sé de qué hablaba, yo estaba muy pequeña. Quizás sea mi imaginación, Selket- mencionó con un suspiro final.

-Quizás no…- exclamé más para mí que para nadie.

-¿Qué piensas hacer?- me preguntó.

-Nada- le dije. -Lo más probable es que todo sea un malentendido.

Mi plan era buscar en la biblioteca toda la información que pudiera conseguir sin levantar sospechas, no podía hablar esto con nadie. No podía darme el lujo de involucrar al Santuario hasta no estar completamente segura. Asintió y le pregunté por otras cosas, cambiando de tema. Charlamos un rato más y luego se despidió, pues tenía que terminar las tareas que Camus le había asignado. Ya la había distraído media tarde.

Me quedé un rato más, sentada en el sendero cerca a la Calzada Zodiacal, dándole vueltas en la cabeza. Nada parecía normal, pero no sabía cómo averiguar si tenía alguna relación con el episodio de la misión. A pesar de haber pasado algunos meses, al menos una vez al día pensaba en eso y en lo que podría significar. Vivía en un estado de alerta esperando que volviera a suceder, por eso no estaba durmiendo bien, esperando de alguna manera que los hechos se repitieran. ¿Podría tratarse de Poseidón? De ser así, una emboscada por parte de las Marinas a un grupo de Saints de seguro desencadenaría una guerra. Pero, ¿por qué habrían de atacar al Santuario? No terminaba de encajar la historia, además, por la descripción de Seline y Lexie de su ejército, la serpiente y las flechas no eran parte de ninguna Scale de Marina. Definitivamente, tendría que darme una pasada por la gran biblioteca, pero antes pasaría a tomar algo de té y obtener algo de información para empezar.

-Siempre es un gusto tenerte por aquí, Keti- me dijo con amabilidad.

-Siempre es un gusto visitarte, mi querido Carnero Dorado- le dije, al tiempo que le daba un abrazo fuerte.

Entré en Aries justo al caer la noche, luego de despedirme de Leyja. Mu me había recibido con calidez y conversamos un rato sobre mis aprendizas y el reto que era entrenarlas. Le mencioné la lección con el maestro Dohko y no pudo menos que sonreír. Me ofreció una taza de té y sirvió unos momos recién preparados. El olor era increíble y yo bien sabía lo deliciosos que eran. Aquellos dumplings que preparaba Mu habían sido la razón de que yo esperara con ansias nuestras reuniones semanales cuando estábamos haciendo el libro de anatomía que el Patriarca nos había encargado. Lo habíamos terminado hacía algunos meses, pero yo seguía extrañando la comida de ariano. Comí con muchísimo gusto su plato y conversamos un rato.

-Oye Mu, ¿tienes libros acerca de Atlantis?- le pregunté, terminando de masticar el último momo.

-¿Por qué el repentino interés?- alzó las cejas.

-Nunca he estado allí… y ya sabes, el insomnio me ataca constantemente- le dije. -Además, Seline me ha hablado tanto de él que quisiera saber más cosas, ya que no puedo ir, por supuesto.

-Ya veo- exclamó con suavidad. -Creo que tengo uno en mi biblioteca. Iré por él en seguida.

Volvió a los pocos minutos con un libro verde, no muy grueso. Admiré la cubierta con letras doradas y protectores de esquinas en metal tallado con diseños de coral. Todos los libros de los Santos eran tremendamente elaborados. Lo puse en mi regazo y terminamos de tomar el té y conversar trivialidades. Luego me despedí y volví a mi cabaña.

El aire dentro de la vivienda estaba gélido, por lo que opté por encender el fuego. A pesar de estar comenzando el otoño, los vientos soplaban helando todo a su paso. Me puse un camisón y desaté mi cabello. Le eché un vistazo a Orión, quien reposaba en su Caja de Pandora en una esquina. No la había usado en muchos meses. No sabía si alguien lo había notado o no, pero no me habían hecho preguntas. Me sentía mejor así, no ejercía presión sobre mí y me daba cierta tranquilidad. Aquello último era un lujo con todo lo que tenía en la cabeza. Desenredé mi cabello con cuidado y me acosté en la cama con el libro entre mis manos.

En algún punto de la noche debí dormirme, porque me desperté de golpe, agitada y con un único pensamiento en la cabeza: un sitio rodeado de coral, en una caverna en algún lugar que no conocía. No parecía tener mucho sentido ni era un lugar que recordara o reconociera siquiera. Odiaba despertar aterrada y bañada en sudor. Aunque esto último se debía más a que no había apagado la chimenea y el calor se había concentrado en la estancia, junto con algo de humo. Abrí la ventana y respiré el aire fresco que caló en mis pulmones con brusquedad. Me preguntaba por aquel sueño y su significado… si es que tenía uno. Decidí que eran inventos de mi mente bajo el efecto del monóxido de carbono que acababa de acumular en cantidades casi letales en mi casa. Levanté las sábanas para acomodarlas de nuevo y el libro cayó al suelo. Me agaché a recogerlo y vi la página en la que había caído abierto: el Legado de Poseidón. El título obviamente llamó mi atención y me senté a ojear la página. Hablaba de un hipermetal de Atlantis, el metal más fuerte, capaz de resistir explosiones de galaxias. El libro no contenía ilustraciones del mencionado metal, así que no podía más que imaginarlo. ¿Y si era eso lo que celosamente custodiaban los atlantes en el Pilar Ártico? El material más resistente y fuerte de la Tierra, quizás. Puse el libro sobre la mesa de noche y me asomé por la ventana. Estaba despejado y las estrellas brillaban con fuerza en el cielo negro. Faltaban al menos cuatro horas para que amaneciera, así que mejor sería aprovecharlas durmiendo un poco. Me acosté sin dejar de pensar en eso… ¿De qué estaban hechas nuestras Cloths? ¿Podrían ser tan resistentes como el Legado de Poseidón? ¿Habría alguien, además de Mu, que supiera fabricarlas? Poco a poco fui quedándome dormida, aunque con dificultad. Eran demasiadas cosas… Me sentía asfixiada.

[~]

¡Primer capítulo del año! Éste sí me dio duro escribirlo… no encontraba cómo conectarlo, escribí, borré y reescribí este capítulo más veces de las que hubiera querido, pero tenía que quedar bien. Es difícil a veces rellenar un capítulo cuando tienes el siguiente escrito desde hace bastantes meses… y el que sigue también. Así es: los capítulos que siguen ya están casi listos, así que creo que serán entregas semanales al menos por dos o tres semanas.

Ya estamos en la recta final y espero que no se la pierdan. Todo mi Cosmos está puesto en terminarla por lo alto. Espero que este año los acompañe este fic (y los que siguen) en medio de tanta incertidumbre. Muchas gracias por continuar leyendo. ¡Espero sus reviews!

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Natalita07: ¿Cómo no la iba a poner de maestra? El karma existe por algo jajaja Creo que el punto clave en este momento de la historia es que Selket ha madurado y está asumiendo las consecuencias de sus decisiones después de estrellarse tantas veces. Afrodita es un complemento muy acorde a la acidez de Selket, así que meterlo activamente en la historia ha sido un reto, pero también una aventura. No conozco fics que lo traten muy bien que digamos jajaja pero se ganó mi respeto en SoG, así que por algo sería que necesitaba ver ese spin-off para moldear la historia. Seline va a tener un cambio en adelante y afectará a todos a su alrededor, así que espero darte gusto con lo que se viene. Siempre feliz de leer tus teorías y comentarios :D

GabrielaPerez2: Qué gusto seguirte leyendo por aquí. ¡Mil gracias por esas reviews siempre tan emocionales! Y me alegro muchísimo de que estés conociendo a las Amazonas de TheNinjaSheep porque Aimée y Eva son tremendas :3

Ana Nari: Bueno, parece que Delfos tiene nuevo oráculo y eres tú porque sí se viene una influencia fuerte de Soul of Gold en los próximos capítulos. La percepción de Masky y Afrodita realmente nos cambió a todos con SoG, así que eso no quería ni podía dejarlo perder. Por algo este fic vio la luz nuevamente cuando vi este spin-off. No veo la hora de publicar los siguientes, es que me gustaron mucho jajaja. Como siempre, gracias por tus comentarios.