42

Una sensación de frío en la nuca arrancó a Albert de los inmovilizadores brazos del sueño, pero la advertencia llegaba demasiado tarde. Quedarse dormido con Candy, después de casi dos semanas de noches en blanco, había embotado sus sentidos, limitando gravemente sus instintos. Se despertó con la presión fría del acero contra el cuello y el malévolo jefe Mackenzie, con sus ojos vidriosos, inmóvil junto a ellos.

Albert se quedó quieto. El vigorizante torrente de sangre que le aprestaba a la batalla barrió todo vestigio de sueño de su cuerpo. Todas sus terminaciones nerviosas se tensaron, listas para atacar.

Al ver que Albert estaba despierto, el jefe de los Mackenzie sacudió a Candy.

—Levántate, puta.

Albert quería protegerla, pero no se atrevía a moverse. Todavía no. No con la hoja de la espada tan cerca. Candy tardó unos momentos en despejarse lo suficiente como para comprender lo que estaba sucediendo. Albert vio cómo sus pupilas se dilataban de miedo.

—Muévete lentamente, amor -dijo para calmarla—. Conserva la calma.

Mackenzie se rió despreciativo, con una expresión que rebosaba de promesas de venganza.

—He dicho que te levantes, puta.

Albert soltó un juramento.

—Haz lo que te dice, amor.

Candy se aferró a la sábana para cubrir su desnudez y se levantó de la cama. La luna iluminaba a la perfección las sensuales curvas de su cuerpo.

Mackenzie no movió la espada del cuello de Albert, pero sus ojos devoraban la casi desnudez de Candy. La grisácea lengua salió disparada como la de una serpiente para humedecerse los labios. Un deseo obsceno transformó sus rasgos, convirtiéndolos en una máscara de depravada crueldad. Albert notó cómo se tensaban todos los músculos de su cuerpo. La ira le recorrió el cuerpo. Sería un placer matar al hombre que se atrevía a amenazar a su mujer. Pero primero necesitaba crear una distracción.

Por desgracia, al parecer a Candy se le había ocurrido lo mismo. Era evidente que estaba aterrorizada pero, sin importarle el riesgo, atrajo la mirada de Mackenzie hacia ella, dejando que la sábana se deslizara, inocentemente, hacia abajo, dejando casi al descubierto sus pechos. Maldición. Un súbito estallido de ira rompió en su interior. Le había jurado que no volvería a ponerse en peligro. Cuando todo aquello acabara, la estrangularía. Lo único que le impedía hacerlo en ese momento era saber que estaba tratando de sacrificarse por él y que su treta estaba teniendo éxito. Demasiado éxito.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?-preguntó Albert, aunque ya se lo había figurado.

Los ojos de Mackenzie seguían devorando la casi desnudez de la joven, pero por lo menos no se movió para tocarla.

—¿No lo sabes? La he seguido a ella.

—¡Es imposible!-exclamó Candy—. Me aseguré de que nadie me siguiera.

—Tuviste cuidado de que no hubiera nadie detrás de ti. Pero yo tenía una ventaja. Sabía adónde te dirigías... dónde desaparecisteis la última vez. Así que esperé que tú vinieras a mí.

Candy maldijo en voz baja y se volvió hacia Albert.

—Lo siento, todo ha sido culpa mía.

Instintivamente, Albert se movió para calmarla, pero tuvo que detenerse ante la presión de la espada en su cuello. Se echó hacia atrás de nuevo.

—No podías saberlo, amor. -Se volvió hacia el jefe Mackenzie—. ¿Dónde están los otros? ¿Has venido solo?

Mackenzie se encogió de hombros.

—Paciencia, MacAndrew. Cada cosa a su tiempo.-Echó una mirada lasciva a Candy—. Hay cosas que no pueden esperar.

Aquel hombre estaba demasiado ansioso por matarlos. La cabeza de Albert trabajó rápidamente. Quizá fuera una ventaja para ellos que Mackenzie hubiera seguido a Candy hasta allí él solo o con un puñado de hombres. Pero Albert sabía que tenían que actuar rápido. Sleat no estaría muy lejos. Atrajo la atención de Mackenzie una vez más.

—¿Qué quieres?

—La bandera del Hada, claro. Para empezar. -Mackenzie miró lascivo a Candy. Albert contuvo el impulso de arrancarle aquella sonrisa libidinosa de la cara.

—Nunca-afirmó Albert. Una serena autoridad vibraba claramente en su voz, pese a la presencia de la pesada espada contra su cuerpo.

—Ya lo veremos. -Mackenzie se volvió hacia Candy—. Tú, puta, tráeme la bandera. Sin trucos; sé el aspecto que tiene.

—Nunca-dijo Candy, cruzando la mirada con Albert, imitando la calmada autoridad que había oído en su voz.

—¿Te atreves a desafiarme? ¿Tú, la ramera que atrajo con engaños a mi hijo a la muerte? Disfrutaré viendo cómo suplicas. ¿Cuánto te importa tu esposo a prueba?

Mackenzie movió rápidamente la espada y la hoja, afilada como una navaja, abrió un profundo tajo en el hombro desnudo de Albert. Albert aguantó sin decir nada, pero Candy gritó horrorizada cuando la sangre brotó a borbotones de la herida.

—Ya veremos lo decidida que estás a desafiarme cuando lo vaya cortando pedazo a pedazo. ¿Cuánto crees que podrás aguantar su dolor? Cuando acabe, me suplicarás que le rebane el cuello.

El placer transformaba la cara de Mackenzie mientras hablaba. La búsqueda de venganza había insensibilizado a aquel hombre; no quedaba nada más que maldad en su alma. Albert sabía que Mackenzie los mataría, con o sin la bandera. No dudaba de su capacidad de vencerlo de hombre a hombre, pero si se volvía contra Candy... Necesitaba una distracción-que no fuera la que proponía Candy— para poder alcanzar un arma.

Recorrió la estancia con la mirada, desde la chimenea hasta la silla, pasando por el cofre que Candy nunca había enviado a recoger...

Apartó los ojos. La chimenea, los baúles de Candy. Una lenta sonrisa se extendió por su cara. Le daría al jefe Mackenzie lo que quería.

Albert se volvió hacia Candy.

—Candy, cariño, no tenemos elección. Dale la bandera.-Señaló hacia el cofre—. Está en mi cofre, allí.

Albert vio alivio y comprensión en sus ojos. Fue hacia el cofre, arrastrando la sábana con ella para cubrir su desnudez. Lentamente, levantó la tapa y cogió el chal de Pony de entre el montón de ropa. Lo sostuvo en alto, con aire reverente, para que el jefe Mackenzie lo viera. Cuando desvió la mirada hasta Albert, él le señaló el fuego con los ojos.

Ella asintió y él supo que lo había entendido.

Candy dio un paso, en apariencia inocente, hacia la chimenea.

—Aquí está.-Sostuvo la tela en alto para que el jefe Mackenzie la viera y luego la arrugó rápidamente, formando una bola.

—Dame la bandera, chica, o le separaré la cabeza del cuerpo. ¡Ya!

Albert esperó para asegurarse de que los ojos del hombre seguían fijos en la «bandera». Lo único que necesitaba eran unos segundos.

—Aquí está, si la queréis... cogedla.-Y antes de que el jefe Mackenzie se diera cuenta de lo que iba a hacer, lanzó el chal a las crepitantes llamas.

—¡No!-aulló Mackenzie.

Se lanzó a coger el trozo de tela, utilizando la espada para sacarlo del fuego, y Albert saltó desnudo de la cama y cogió una daga de entre el montón de ropa que se había quitado.

—Apártate, Candy -ordenó quedamente.

Ella corrió hasta el rincón más alejado de la habitación, tan lejos como era posible del alcance del jefe Mackenzie.

Pero no era necesario; la distracción había funcionado.

Con la mirada de Mackenzie fija en la «bandera», Albert contó con los preciosos segundos que necesitaba para atacar. Sintió el conocido y ardiente flujo de la sangre y la claridad mental que siempre tenía en la lucha. Con la daga levantada, Albert se lanzó contra Mackenzie. Se movió con una precisión letal, con sus ojos fijos en la pieza que iba a cobrar.

El jefe Mackenzie comprendió demasiado tarde su error. Se volvió en el último momento para desviar el golpe, pero su esfuerzo fue inútil. No era posible parar a Albert; bloqueó fácilmente el golpe de la espada de Mackenzie. Con la acerada determinación de un hombre decidido a proteger a la mujer que amaba, Albert hundió la daga profundamente en el corazón de su presa.

Los ojos de Mackenzie se abrieron como platos y la boca hizo una mueca de sorpresa. Los atroces gorgoteos de la muerte resonaron por toda la habitación mientras él permanecía atravesado por la daga contra la chimenea. Albert soltó el arma y el jefe Mackenzie se deslizó al suelo, con la cara convertida en una máscara mortal de asombro, y sus ojos fríos e inexpresivos fijos en un vacío eterno. Igual que los de su hijo unos meses antes.

Se había acabado.

Candy corrió a sus brazos.

—Creía que iba a matarnos.

Albert le alisó el pelo.

—Nunca dejaría que alguien te hiciera daño. -Pero el desbocado palpitar de su corazón le decía que el peligro estaba mucho más cerca de lo que le habría gustado. Todavía no había ruido de ataque, pero tenía que prepararse. El jefe Mackenzie no había acudido solo.

Candy lo miró con lágrimas en los ojos.

—Oh, Albert, lo siento mucho. Te juro que no sabía que me estuviera vigilando.

Él le puso los dedos sobre los labios.

—Calla, amor. Confío en ti.-La apartó un poco para mirarla y una expresión sombría apareció en su atractiva cara—. Pero pensaba que estábamos de acuerdo en que no volverías a hacer nada imprudente. Que te resbalara la sábana no fue ninguna casualidad.

Vio que el color le inundaba las mejillas y que sabía muy bien a qué se refería. Ella intentó adoptar un aire contrito.

—Tenía que conseguir que apartara aquella espada de tu cuello. No se me ocurrió ninguna otra manera de distraerlo.

—Ya sé qué estabas tratando de hacer, pero la próxima vez guarda tu seducción para mí. Y solo para mí.

Candy frunció el ceño.

—Por si no te acuerdas, lo intenté, pero te mostraste inmune. Era muy frustrante.

Albert negó con la cabeza.

—No, niña, inmune nunca.-La atrajo de nuevo hacia él y la besó, diciéndole con su boca y la dureza de su cuerpo lo mucho que ella lo afectaba. A regañadientes, interrumpió el beso—. Luego. Tengo que despertar a los hombres y ocuparme de la seguridad del castillo.-Las ideas se agolpaban en su cabeza. Comprendía que el jefe Mackenzie debía de haber viajado muy rápido para adelantarse a Candy, pero no podía estar seguro de la distancia a que se encontraban entonces los demás.

—¿La entrada?

Albert asintió.

—Sí, por ahí es por donde intentarán entrar.-Se dio media vuelta, e iba a coger su ropa cuando oyó la exclamación de Candy.

La sábana con que se cubría estaba empapada en sangre.

—Tu hombro; está sangrando.

—No es nada, solo un arañazo.-Un arañazo que le dolía como todos los demonios.

Sus miradas se encontraron. Albert sabía que ella quería protestar, pero no había tiempo.

—Ten cuidado de que no vuelvan a herirte.

Él depositó un beso rápido en sus labios.

—Haré todo lo que pueda.

...

Fue más fácil de lo que Albert esperaba. La sed de venganza había empujado al jefe Mackenzie a actuar precipitadamente, sin esperar la llegada de Sleat. Los hombres que lo habían acompañado y que había dejado de guardia estaban esperando junto a la entrada secreta a que su jefe volviera, y allí los sorprendieron Albert y sus hombres. Cuando Sleat llegó, no había nadie para recibirlo. Nadie para informarle de dónde estaba la entrada. En unas pocas horas, Albert había convertido de nuevo el castillo en un lugar seguro y había vuelto a su habitación. Candy lo esperaba con una aguja para coserle la herida.

Más tarde, se sentaron a una pequeña mesa que habían dispuesto para que Candy comiera. Albert estiró las largas y musculosas piernas, se recostó en la silla con una copa de

cuirm y se quedó mirándola, reacio a apartar los ojos de ella, por si desaparecía. Todavía no podía creerse que ella estuviera allí.

—No creo haberte visto disfrutar tanto de una comida -dijo divertido.

Candy parecía un poco avergonzada, consciente de haber atacado la fuente con un placer impropio de una dama.

—Lo siento, pero es que estoy muerta de hambre. Llevo un par de semanas luchando contra ataques de náusea.-Arrugó la nariz—. No puedo soportar el olor de ciertos alimentos, en especial del arenque-dijo estremeciéndose.

Igual que mi madre cuando estaba...

Albert se quedó paralizado, obligándose a conservar la calma, pero el pulso se le aceleró al pensar en lo que podía ser.

No podía estarlo. Pero él, más que nadie, sabía que sí que podía. Recordó su noche de celebración, casi dos meses atrás, cuando perdió el control y vertió su semilla dentro de ella. El corazón le dio un vuelco. Su hijo. ¿Podía Candy estar encinta de su hijo? La emoción hizo presa en su pecho con una intensidad que lo dejó aturdido. Quería ese hijo con cada fibra de su ser.

Bebió un largo sorbo de cuirm, apretando la copa con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. Con tanta naturalidad como consiguió reunir, preguntó:

—Candy, ¿te acuerdas de la noche después de la reunión de los clanes?

Ella lo miró interrogadora, con las cejas formando una V perfecta por encima de su naricilla cubierta con sutiles pecas.

—Claro.

Él le sostuvo la mirada fijamente.

—¿Has tenido tu flujo desde entonces?

Ella ladeó la cabeza, pensándolo.

—No, creo que no. ¿Por qué...?-Se interrumpió con una inhalación brusca, llevándose la mano a la boca cuando cayó en la cuenta de lo que él pensaba. Lo miró con los ojos muy abiertos, sin acabar de creérselo—. ¿Un hijo?

—Es posible-dijo él, con voz turbia de emoción.

Candy apoyó la mano en su vientre.

—Dios santo, ¿cómo he podido no darme cuenta? He estado tan preocupada por todo lo demás que nunca pensé siquiera...

Albert tenía ganas de esconder la cara entre las manos y echarse a llorar. De alegría porque su amor hubiera creado algo tan hermoso. Y de pesar: «La devolví a su clan. Podía haberlos perdido a los dos. Nunca más». Se levantó y la abrazó, acunándola dulcemente contra él, abrumado por lo que podía haber perdido, pero ahora había vuelto a él.

—Oh, Albert, lo siento-dijo ella sollozando.

Le cogió la barbilla y la levantó hacia él, mirándola a lo más profundo de aquellos tumultuosos mares de color verde.

—¿Qué tonterías dices? ¿Por qué tendrías que sentirlo?

—Sé que no querías que un hijo lo complicara todo.

Albert sonrió.

—Un niño no complicará nada.-La verdad era que no se le ocurría nada más perfecto.

—Pero ¿y la alianza?

—Ya no hay ninguna alianza con Argyll. Hace ya tiempo que decidí que no podía permitir que te marcharas.

Por la cara de Candy, parecía que él acabara de regalarle la luna. Comprendía lo que podría haberle costado.

—Pero ¿y Trotternish?

Albert se apresuró a explicarle lo de la carta que había recibido del rey Jacobo. Sabía que se enfadaría por la muerte del jefe Mackenzie, pero no podía culparlo por matar a un hombre que lo había atacado en su propia habitación.

Una enorme sonrisa se extendió por la cara de Candy.

—¿Así que mi carta a la reina Ana sirvió de algo?

—Le llegó justo después de la mía al rey; estoy seguro de que no hizo ningún daño. Pero con lo que me has traído de tu tío, creo que, de todos modos, habríamos podido convencer a Jacobo de nuestra manera de ver las cosas.-La miró intensamente a los ojos—. Así que, ya ves, antes de que llegaras, sabía que no me traicionarías.-Sonrió—. No es que no me alegre de lo que has traído. Pero ya había hecho planes para ir a buscarte.

—¿De verdad?

—He escrito a tu padre. De hecho, creo que podemos esperar su llegada dentro de poco.

—¿Mi padre, aquí?

—Esperaba convencerlo de que un matrimonio, esta vez un matrimonio de verdad, lo beneficiaría. Creo que le hecho una oferta que no puede rechazar.

Las cejas de Candy se unieron en un ceño.

—¿Qué clase de oferta?

—Le he ofrecido mi apoyo en contra de los Mackenzie, para defender el castillo de Strome.

Candy le echó los brazos al cuello.

—¿Acordaste hacer eso por mí?

Albert sonrió.

—La verdad es que no fue una decisión muy difícil. Los Mackenzie no son amigos nuestros, especialmente hoy. Y con tu carta, quizá no tarde en tener influencia con el rey.

—Así que, casándote conmigo, podrás reclamar las tierras que querías.

Se dio cuenta de lo que ella estaba pensando.

—Sí, pero no es por eso por lo que quiero casarme contigo.-Tenía que decirle lo importante que era para él—. Eres una MacAndrew; eres parte de mi familia. Sin ti, estoy perdido.

Candy frunció el ceño con fuerza.

—No lo entiendo. Disolviste nuestro compromiso.

—Sí, amor, y me arrepiento.-Más de lo que ella nunca sabría. Los días anteriores habían sido sombríos de verdad. La besó suavemente en los labios—. Pero ¿es que no recuerdas la historia del bardo? Solo un MacAndrew puede tocar la bandera del Hada.

Candy echó la cabeza hacia atrás y se rió.

—Ojalá lo hubieras pensado antes de devolverme a mi tío. Me habrías ahorrado un gran dolor-dijo severa, pero el chispear divertido de sus ojos estropeó el efecto.

—Tengo que reconocer que no lo pensé hasta después. Pero me parece que siempre he sabido que me pertenecías. Desde el primer momento en que te vi.-Sonrió al ver su cara de incredulidad—. Quizá no siempre era evidente, Candy, pero estaba ahí.

Gracias a Dios que lo había reconocido antes de que fuera demasiado tarde. Candy había puesto al descubierto una parte de él que no sabía que existiera. La vida de un líder era muy solitaria. Consumido por el deber y la responsabilidad, Albert había perdido de vista lo que era realmente importante. La felicidad de su hermana, de su hermano y la suya propia. Se había equivocado: Candy no era su debilidad, era su mayor fuerza.

La intensidad de la emoción que sentía por aquella muchachita le había enseñado humildad.

Albert la estrechó con fuerza entre sus brazos y la miró a los ojos para que no hubiera ningún error en lo que iba a decir, unas palabras que los unirían para siempre.

—Te amo, Candy, con todo mi corazón.

...

Mucho más tarde, después de unas reuniones llenas de lágrimas con Pony, Pauna y Anthony, Candy suspiró profundamente y se acurrucó de nuevo contra la cálida y firme fuerza que había detrás de ella, sumergida en una felicidad tan completa que la dejaba sin respiración. Sintió que los brazos de Albert se tensaban en respuesta, estrechándola con más fuerza todavía. Sus nalgas se deslizaron hasta encajar perfectamente en la curva natural de las caderas y las piernas de él. Uno de los brazos de Albert descansaba cómodamente por debajo de sus pechos y el otro rodeaba, casi protector, su vientre todavía plano.

Un hijo. Candy seguía sin poder creérselo. Descubrir aquella diminuta vida en su interior la había conmovido más de lo que podía decir con palabras. Nunca habría imaginado la intensidad de la emoción que sentía al saber que llevaba en su seno un hijo de Albert. Estaba unida a aquel hombre de una manera que no habría podido comprender un año atrás. Que una bendición así hubiera nacido de tantas dificultades era un testimonio de la fuerza de su amor y del poder del perdón.

Todavía le daba vueltas la cabeza por todo lo sucedido. Él la había perdonado, la había salvado de la muerte a manos de un demente, le había declarado su amor y le había hecho el regalo de un hijo. Todo en el espacio de un solo día. Una hazaña impresionante, hasta para un hombre como Albert MacAndrew. Pero era aquello a lo que él había estado a punto de renunciar lo que le llegaba al corazón. Se había quedado estupefacta cuando él le dijo que tenía intención de casarse con ella, incluso si el rey rechazaba su petición de incluir Trotternish en su dote. Por ella, se había arriesgado a no cumplir con su deber. Saber lo que aquella elección podría haberle costado era una lección de humildad.

Albert le había dado tanto... más de lo que nunca soñó que fuera posible. Un lugar en su familia, una nueva comprensión de sí misma y, sobre todo, su amor. Sin él, estaría incompleta; sería la niña impresionable y vulnerable que era antes de llegar a Dunvegan.

Notaba su respiración acompasada en la nuca. Como suponía que estaba dormido, se sobresaltó al oír su voz.

—¿En qué estás pensando, amor mío?

Candy sonrió.

—En que nunca había sido tan gloriosamente feliz. Creo que podría quedarme en esta posición el resto de mi vida.

Albert se colocó encima de ella, haciendo que se pusiera boca arriba para poder mirarla a los ojos. Suavemente, le besó la punta de la nariz.

—Hummm -murmuró, dibujando una línea de besos por su mejilla—. Eso quiere decir que, quizá, he descuidado mis deberes.-Su lengua se introdujo entre sus labios entreabiertos para acariciarle el interior de la boca.

Al instante, Candy sintió cómo la sensación, en cosquilleantes ondas, se extendía por su cuerpo como una cálida caricia. Solo el excitante sabor de su boca bastaba para dejarla suplicando más.

—¿A qué te refieres?-consiguió preguntar a través de la niebla de deseo que ya recorría en espirales todo su cuerpo.

La boca de Albert se hizo más exigente cuando se puso encima de ella y empezó a seducirla vigorosamente con sus labios y su lengua, dejándola sin aliento. Al cabo de unos momentos, él levantó la cabeza y sonrió.

—Todavía no estamos casados y ya te conformas con una única posición.

—Bribón. Ya sabes que no me refería a eso. Y sin ninguna duda, no has descuidado tus deberes.-Lo apartó riendo—. En cuanto a lo otro, ahora que lo pienso, no recuerdo que me hayas pedido que me casara contigo.-Enarcó una ceja—. ¿Tan seguro estás de mi respuesta?

Una expresión de confusión muy atractiva apareció en su cara, antes de verse sustituida por una sonrisa arrogante. Se sentó apoyándose en el cabezal y cruzó los brazos sobre el pecho. Candy tragó saliva. Era hermoso. Con toda aquella fuerza. La lisa y bronceada piel tensa sobre los músculos de brazos y piernas, duros como una roca. Nunca se cansaría de mirarlo, de deleitarse en el hecho de que era suyo.

—Tienes que casarte conmigo-señaló él—, por el niño.-Recorrió su desnudez con la mirada, deteniéndose en la redondeada curva de sus nalgas. Frunció el ceño—. Tus caderas son demasiado estrechas. Me preocupa que nuestro espléndido muchachote sea demasiado grande para ti.

Ella saboreó la idea de su hijo por un momento, antes de asimilar lo que él acababa de decir. Enarcó las cejas de golpe.

—¿Y cómo puedes estar seguro de que será un chico?

Albert se rió.

—Pues claro que será un chico-dijo, como si cualquier otra alternativa fuera imposible. Se irguió más orgullosamente todavía—. Podemos llamarlo William.

Candy hizo un gesto con la cabeza. Un día, Albert tendría que aprender que había algunas cosas en las que ni él podía mandar.

—¿Hay alguna otra razón para que me case contigo?-Casi temía preguntarlo.

Él había dejado de bromear. La juguetona arrogancia había desaparecido, sustituida por una expresión tierna que la llenó de calidez. Le levantó la barbilla para mirarla a los ojos.

—Me he guardado mi mejor argumento para el final.

Ella esperó, sin atreverse a respirar.

—La razón es que mi vida no tendría sentido sin ti. Eres mi luz. Cometí el mayor error de mi vida cuando te envié de vuelta, y un manto de oscuridad descendió sobre mi alma. Te quiero más de lo que nunca creí que fuera posible.-Le acarició el vientre con aire protector—. Te prometo devoción eterna, a ti y a nuestro hijo.

Candy estaba cautivada por el profundo y sincero amor que veía en su tierna mirada. Las estrellas se habían alineado por fin y lucían luminosas en el brillo de sus ojos. La besó en los labios, suavemente.

—Candy, me has enseñado lo que es amar. ¿Me concederás el gran honor de ser mi esposa?

Una alegría desbordante la inundó. Sus ojos se empañaron con lágrimas de felicidad. En la mirada chispeante de Albert, desvelada y llena de emoción, vio la maravillosa promesa de un nuevo principio. Una promesa de eternidad.

Su amor no era frágil, como ella había pensado; era lo bastante fuerte para capear las adversidades de la vida que les lanzaran los caprichosos hados que los habían reunido. Nunca volvería a dudarlo.

Asintió, y dijo simplemente:

—Pensaba que no me lo pedirías nunca.

...

Hola mis bellas lectoras, hemos llegado al final de esta historia, pero este viene con Epilogo. Así que las veo en el siguiente y ultimo capitulo.