No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.
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Edward se paseaba por el pasillo del bus de gira de los Sinners. Sus cuatro compañeros de banda lo miraban como si fueran espectadores en Wimbledon. Se detuvo ante la puerta cerrada al final del pasillo y escuchó buscando sonidos de Isabella en movimiento dentro de la habitación. Silencio asaltó sus oídos. Ella tenía que estar ahí. No había forma de escapar de la habitación. La ventana era demasiado pequeña, y él habría notado si ella hubiera intentaba escabullírsele.
Edward no podía esperar a verla en su vestido. No podía esperar a verla, con vestido o sin vestido. Pero, aunque lo deseó, el pomo de la puerta no se movió. La puerta no se abrió. Su mujer no apareció, saltó a sus brazos y lo besó sin sentido. Todavía no. ¿Qué le tomaba tanto tiempo?
Garrett la había ayudado a subir la cremallera de la prenda hacía una eternidad. Bueno, quizás solo había sido hacia veinte minutos, pero se sentía como una eternidad, sobre todo porque Garrett había hecho un gran espectáculo sobre cuán hermosa ella lucía cuando la dejó sola en el dormitorio para arreglarse el cabello o lo que fuera que le estuviera tomando una eternidad.
Edward envolvió el dedo con la cadena que colgaba de su cinturón alrededor de un dedo y la hizo tintinear repetidamente. Sus nervios previos a los conciertos no eran nada comparados con estos nervios previos a la boda. Las plantas de sus pies estaban frías, como si agua helada hubiese llenado sus botas. Al menos pasearse mantenía su mente alejada de la turbulencia en su estómago. Más o menos.
Se dio la vuelta y se dirigió por el pasillo hacia la parte delantera del bus, pasando junto al baño, las literas apiladas a cada lado del pasillo y la mesa del comedor.
Como un portón de garaje, un brazo cayó delante de él. Edward se detuvo bruscamente y alzó una ceja inquisitiva hacia su mejor amigo. Su padrino. Su alma gemela musical; el guitarrista rítmico Garrett Jonhson.
—¿Quieres sentarte? —dijo Garrett—. Me estás volviendo loco.
—No puedo evitarlo. Estoy enloqueciendo —dijo Edward.
Emmett dejó de tocar sus baquetas sobre la mesa y lo miró.
—¿Por qué? No estás dudando, ¿verdad? Porque si es así, Isabella va a necesitar un montón de consuelo para su corazón roto. —Emmett sonrió, luciendo demasiado feliz con la idea—. Creo que iré a verla.
Cuando él comenzó a salir del cubículo, Edward se sentó junto a él y lo empujó contra la pared para evitar que intentara consolar a Isabella, que no necesitaba consuelo. Si alguien necesitaba consuelo, sería él. Y Emmett no sería a quien acudiría.
—No estoy dudando —dijo Edward—. Creo que quizás sea ella.
—No lo hace. —La profunda voz de Jazz sonó justo detrás del hombro izquierdo de Edward—. Es feliz. Contigo. No estoy seguro de por qué, exactamente, cuando podía haberme tenido a mí... — Edward levantó la cabeza bruscamente para mirar a Jazz y Jazz rió entre dientes. —Tranquilo, Cullen. —Jazz le empujó el hombro—. Tu trofeo está seguro. Sólo estoy jodiendo contigo.
Edward no estaba tan seguro. Jazz tenía una especial habilidad con las mujeres. Las mujeres de Edward. Y Jazz había estado abatido todo el día debido a su ex-prometida. La que lo había dejado y le había arrancado el corazón. La que había visto la noche anterior por primera vez en dos años. La que causó que hombres adultos pelearan con fornidos porteros por razones aún no del todo claras. Jazz podría estar intentando aparentar calma, pero Edward sabía la verdad. María había destrozado al hombre y hasta que Jazz no la dejara ir para siempre, nunca iba a salir de su bajón romántico. Ni dejaría de imponer ese bajón romántico a los que lo rodeaban.
—Entonces, ¿qué le vas a decir? —preguntó Benjamin.
Edward miró a su bajista al otro lado de la mesa. Benjamin había estado tenso todo el día. El miembro más joven de la banda miró la hora una vez más, antes de encontrar brevemente la mirada de Edward. Algo le sucedía a Benjamin, no que alguna vez compartiría lo que era. Pero actuaba raro, incluso para ser Benjamin.
Perplejo, Edward dijo:
—¿Decirle? —No tenía absolutamente nada bueno que decirle a María.
—Tus votos —aclaró Benjamin—. Son algo importantes.
Oh. Él quiso decir a esa ella. La importante.
—No lo sé —dijo Edward—. Pensé que sería mejor improvisar. Así es más sincero.
—Incorrecto —dijo Garrett—. Tan nervioso como estás ahora, ¿cómo crees que te sentirás en realidad durante la ceremonia?
Lo único por lo que Edward estaba nervioso era que la boda no podría tener lugar. ¿Qué le tomaba tanto tiempo para prepararse?
—¿Todavía tienes los anillos? —le preguntó a Garrett.
—Sí. Te prometo que no los empeñé por dinero para cerveza.
—Déjame ver.
Garrett suspiró y levantó el trasero del asiento para poder deslizar la mano en el bolsillo delantero de sus jeans. Deslizó la mano más profundo, una expresión confundida en el rostro.
—Estoy seguro de que están aquí en alguna parte.
El corazón de Edward tartamudeó en su pecho. Garrett revisó el otro bolsillo.
—Esto no es bueno —dijo—. Quizás necesitas buscarlos por mí. —Mantuvo el bolsillo abierto en invitación.
—Deja de joder, Garrett. —Edward se inclinó sobre la mesa y tomó a Garrett alrededor del cuello. La repentina exhalación dolorida de Garrett detuvo a Edward.
Había olvidado la lesión en la cabeza de Garrett. Todos se habían metido en esa pequeña pelea en el club de striptease la noche anterior y sufrían de diversas aflicciones. Quizás Edward había salido beneficiado con sus dos ojos negros. Al menos no tenía un enorme nudo en la parte posterior de la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó.
Garrett cerró los ojos y le levantó un dedo hacia Edward. Después de un momento, abrió los ojos.
—Sí. Viene y va.
—Sigo pensando que tenemos que llevarlo a un hospital —dijo Jazz.
—Edward se va a casar hoy —dijo Garrett.
—¿Y?
—Soy el padrino.
—Iremos después de la ceremonia, entonces.
—Tenemos un concierto.
—¿Y? —La mirada de advertencia de Jazz hubiera hecho correr a la mayoría de los hombres, pero Garrett sólo sacudió la cabeza con molestia.
—Dare me arrancará los genitales y se los lanzará a los chacales si nos perdemos esta presentación —dijo Garrett.
Resultaba que los Sinners eran la banda soporte de la banda de Dare, Exodus End, en el Mandalay Bay de Las Vegas en alrededor de cuatro horas. Emmett estalló en risas.
—¿Dónde va a encontrar un chacal?
—En el zoológico. ¿Cómo demonios debería saberlo? Es Dare. Tiene conexiones.
Si Garrett necesitaba un doctor, Edward no quería que retrasara el recibir tratamiento por ninguna razón. Ni siquiera la muy anticipada boda que Isabella y él habían planeado durante dos días completos.
—Isabella y yo podríamos posponer...
—No voy a ir al hospital.
—Lo harás si te obligamos —dijo Jazz.
—Estoy bien. Mierda. Salgan de encima de mí.
—Yo creo que deberías ir —dijo Edward—. Si estás bien, sólo te revisarán y te enviarán de regreso.
—Después de que esté sentado en la sala de espera de emergencias durante cinco horas. —Garrett desenvolvió una paleta de cereza y se la llevó a la boca—. No voy a ir.
Edward oyó abrirse la puerta de la habitación. El corazón le saltó a la garganta. Estuvo de pie incluso antes de que su novia apareciera en la puerta.
El ajustado corsé de su hermoso vestido blanco presionaba sus pechos hacia arriba y juntos en una manera de lo más seductora mientras que su falda abullonada hacía que su cintura luciera imposiblemente pequeña y sus caderas extra curvas. Isabella se cubrió el centro del pecho con una delicada mano. La luz se reflejó en el anillo de compromiso de diamantes en su dedo. El anillo que Edward había puesto ahí un par de horas atrás. El anillo que probaba que ella accedió a ser suya. El anillo que él la había convencido de aceptar, aunque ella protestara por su costo.
Estaba orgulloso de su pequeña victoria. El diamante era enorme. Ningún tipo jamás siquiera consideraría coquetear con ella con esa roca en su dedo.
El cabello castaño rojizo de Isabella estaba recogido en un elegante moño con mechones sueltos enmarcando su hermoso rostro. Se había aplicado el maquillaje para resaltar el chocolate en sus ojos color almendra, y el color coral que había sido aplicado en sus suaves labios con mohín los hacía lucir incluso más besables de lo usual.
Deslumbrante. Su mujer era deslumbrante. Y suya.
Aunque la belleza física de Isabella le robaba el aliento a Edward, había algo que rockeaba su mundo incluso más que su rostro y su cuerpo. Era la expresión mezcla de amor, anticipación y confianza en sus grandes ojos mientras lo miraba desde el final del corredor que lo tenía completamente loco.
—Creo que estoy lista —dijo ella, su voz temblando de emoción.
Edward no pudo mantener las manos lejos de ella durante otro momento. Corrió por el corredor y la tomó en brazos, atrayendo la total longitud de su cuerpo contra él.
—No deberías besarme todavía —dijo ella sin aliento.
—¿Por qué?
—Acabo de ponerme el labial.
—Entonces vas a tener que ponértelo de nuevo.
Ella sonrió y le envolvió el cuello con los brazos.
—Puedo vivir con eso.
Él bajó la cabeza, haciendo una pausa con los labios a un cabello de distancia de los de ella. Su corazón golpeaba con anticipación, y su polla se agitó contra su muslo superior. Después de un momento, los ojos de ella se abrieron. Él observó sus pupilas contraerse cuando se concentró en sus ojos.
—Tienes razón —susurró él—. No debería besarte.
—¿Por qué no?
—Quiero casarme contigo primero.
—Entonces vamos, porque realmente necesito ser besada. Entre otras cosas. —Sus manos se deslizaron sobre la camisa de vestir blanca que ella lo había convencido de usar—. Luces tan apuesto en esa camisa. Quiero arrancarte los botones a mordiscos.
Ante sus palabras, ya no se sintió como un imbécil por usarla para ella. Edward tomó su mano y retrocedió por el corredor del bus hacia la salida, tirando de ella. No podía sacarle los ojos de encima ni siquiera para ver por dónde iba.
—Garrett, espero que encontraras esos anillos —dijo al pasar junto a la mesa del comedor.
—Los tengo. ¿Dónde vamos?
—A la primera capilla con servicio para autos que encontremos.
—No entramos todos en el Thunderbird —dijo Emmett.
—Tendremos que meterlos a Benjamin y a ti en el baúl —dijo Garrett.
—Los seguiremos en mi motocicleta —dijo Benjamin.
—¿Dónde está tu sentido de la aventura? —preguntó Garrett, envolviendo los hombros de Benjamin con el brazo.
—No llamo aventura a un viaje en el baúl de un auto con Emmett. Más como una pesadilla.
—Oye —dijo Emmett—. Tomé una ducha esta mañana. —Se olfateó la axila—. Y recordé usar desodorante, afortunado hijo de puta.
Garrett rió.
Edward esperaba que la ceremonia no tomara mucho tiempo. Tenía una poderosa necesidad de sacar ese vestido del hermoso cuerpo de Isabella y excitarla la suficiente para que le arrancara los botones a mordiscos.
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Un show completo jaja eso es lo que será esta boda. ¿Qué les pareció el capítulo? No olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
