Notas Importantes:
-La traducción del título de la historia al español es "Extraño Lenguaje", sin embargo, desde la presentación en el preview e incluso ya dentro del escrito, lo encontrarán en 3 idiomas diferentes: francés (título principal), ruso (antes de la frase que la inspiró) e inglés.
-Como Sesshōmaru y algunos otros personajes son de complejo manejo, es posible que haya un poco de OoC.
-Los pensamientos se encontrarán en cursiva a lo largo de todo el texto.
Importante: Para disfrutar de una mejor experiencia con este capítulo, te sugiero que escuches antes o durante la lectura la canción "Animals" de Maroon 5 o, en su defecto, el cover acústico de la misma canción interpretado por Runaground.
Advertencia: El presente capítulo contiene lemon con escenas/ideas/momentos de tintes ligeramente más oscuros que pueden resultar ofensivos para algunas personas. Si no te gusta este tipo de contenido, se sugiere que hagas caso omiso del mismo y esperes al siguiente capítulo.
Todos los derechos reservados.
Disclaimer: Los personajes no son míos, pertenecen a Rumiko Takahashi.
Stranno Yazyk
"Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse, como a una ventana llena de sol".
Federico García Lorca
Strange Lenguage: El Lenguaje de las Bestias
Los pálidos rayos de la luna iluminaron la elegante silueta agazapada tras uno de los árboles del bosque. Las filosas garras desenfundadas cavando su camino a través de la corteza sangrante brillaban opalescentes bajo la pálida iluminación, dejando tras de sí nada más que grandes surcos en la superficie. La huella de un peligroso depredador.
El silencio reinó en el espacio saturado de árboles mientras se abría paso hacia otro árbol, arrastrando sus garras sobre la nueva corteza. Los habitantes del ecosistema huyeron despavoridos de su presencia, presurosos de encontrar un refugio antes de toparse en su camino. Criaturas indefensas que sentían en sus propias entrañas el peligro de la cacería. Pobre de la presa a la que estuviera aguardando, no habría manera de que pudiera escapar de sus fauces.
Nuevos surcos desgarrados quedaron tras de sí mientras continuaba su camino, moviéndose entre los altos pastizales en medio de un laberinto interminable de árboles. Era un juego, su juego. No le había tomado mucho tiempo dar con su escurridiza presa. Incluso a cientos de millas de distancia, su característica esencia grabada a fuego en su memoria y en cada uno de los instintos que le hacían querer cazarla, poseerla y devorarla le había guiado.
La noche lo había alcanzado en el trayecto. Sigiloso, Yako dio vuelta a otro árbol, moviéndose con la combinada fluidez de su especie y la clásica elegancia del Lord. Su objetivo puesto en la hermosa humana avanzando con valentía por el bosque, ajena al depredador escondido entre las sombras. Tan inocente, tan ingenua.
Por primera vez en mucho tiempo, la voz del Lord yacía silenciada en su mente, permitiéndole una libertad nunca antes experimentada. Sin sus pensamientos intrusivos y elaborados, sus instintos lo dominaban todo. Sin límites, sin consecuencias. Nada más que su verdadera naturaleza dominante y depredadora para hacerse cargo de las cosas.
Un gruñido gutural retumbó desde lo más hondo de su pecho ante el pensamiento, llamando la atención de la hembra. La humana llamó a quien quiera que pudiera estar en el mismo entorno que ella y la bestia sonrió exponiendo los afilados caninos. Resguardado por las sombras, volvió a moverse, sus pasos silenciosos contra el césped.
La mujer intentó seguir el movimiento sin resultados, sus débiles sentidos demasiado confundidos por la oscuridad reinante. Yako paladeó el sabor de su miedo e inhaló excitado la picante esencia de su presa antes de volver a moverse. El susurro de unos nerviosos movimientos sólo divirtiéndolo más.
—Maldita sea. —gruñó la hembra.
La bestia arrastró sus garras sobre la corteza del tronco a su costado generando un chirrido que erizó los vellos de todo el cuerpo de la chica. Astillas volaron en todas direcciones cuando el lento arrastrar se transformó de un momento a otro en un enorme zarpazo que agitó a las pocas criaturas que no habían logrado esconderse.
Exactamente un segundo después, un débil brillo pasó rozando los largos mechones plateados, apenas a centímetros de su piel, antes de estrellarse contra el árbol unos metros por detrás de su cabeza. Sorprendido por la hazaña, la bestia observó de reojo la flecha clavada en la corteza y una ola de orgullo se alzó fuerte en su pecho.
—Sal de ahí. —ordenó la mujer humana.
La sensible audición de Yako captó el sonido de una cuerda siendo tensada y sus ojos no tardaron en captar la posición tensa de la hembra apuntándole directamente. El hedor de su miedo seguía perfumando el aire y, sin embargo, la humana se alzaba alerta y orgullosa en su posición, dispuesta a volver a atacar, tan demandante como podía permitirse ser en su propia desventaja.
Una nueva flecha salió disparada en su dirección, ésta vez mucho más alejada de su actual posición. Probablemente su hembra no podía ver absolutamente nada y estaba tratando de dejarse guiar por sus restantes sentidos, demasiado humanos para permitirle un blanco certero.
—No lo repetiré otra vez. —dijo envalentonada. —Sal de ahí ahora mismo o te mataré.
La amenaza lo excitó más. Más sangre demoniaca comenzó a bombear por sus venas y su eje se engrosó. Cuando le pusiera las garras encima a ese pequeño bocado, no habría forma de que pudiera salir indemne.
Yako permitió que un bajo gruñido comenzara a alzarse de su pecho, la primera señal de que quién tenía el dominio de la situación era Él y no la frágil silueta que se estaba aferrando al arco en sus manos como si su vida dependiera de eso. Inclusive en la oscuridad, la bestia no tardó en sonreír satisfecha cuando el curvilíneo cuerpo se estremeció ante el sonido. Antes de devorarla iba a quebrar lo que quedaba de su osada valentía y terquedad, aquellas cosas que los habían hecho terminar aquí en primer lugar.
Moviéndose sigilosamente en su dirección, Yako hizo uso de la ventaja de su propia fuerza y velocidad, y rodeó a la chica sin que ésta apenas lo notara. Una de sus manos se extendió por su espalda y sus garras atraparon un mechón de sus cabellos azabaches un segundo antes de que la hembra girara y disparara a ciegas hacia el punto donde había estado. La respiración acelerada de la chica diciéndole que lo había sentido.
La bestia continuó con el juego un poco más, disfrutando acecharla y percibir el miedo mezclado con la frustración exudando de cada uno de sus poros. A estas alturas la había escuchado jadear con cada caricia inesperada, gruñir con cada flecha desperdiciada y contener el aliento en un vano intento por localizarlo antes de volver a disparar.
Hasta el momento, no había tenido éxito en ganarle. En cambio, le había demostrado lo inadecuada que era para cuidar de sí misma pese a la constante desobediencia de sus órdenes. Yako no se había perdido el brillo tenue de sus flechas, ni cómo con cada tiro éste había comenzado a palidecer todavía más. La energía espiritual que debiera servir para purificar al enemigo, demasiado debilitada para producir un daño real.
Maldición, maldición, maldición. —maldijo repetidamente la chica en su mente.
Las municiones se le habían acabado y todavía no había sido capaz de detener al yōkai. Debió haber sospechado del repentino silencio que se apoderó del bosque, era la señal que tenía la naturaleza para anunciar la presencia de un gran depredador, uno enorme si se permitía pensar en la rápida silueta que casi la había atrapado.
Sin embargo, había estado demasiado distraída tras su encuentro con Saki y con el recuerdo de sus últimas palabras. Las deidades en los escritos humanos tendían a ser engañosas pero había algo mucho más allá de todo lo que eran que le hacía tener casi la total certeza de que, independiente de su naturaleza, lo que estaba destinado a ser, sería.
Por consiguiente, no podía permitirse morir en este momento. Había hecho un trato con Saki y para honrarlo era de vital importancia que se reuniera tanto con el Lord, como con el resto de sus amigos. Sin importar qué.
Kagome tensó los nudillos sobre el arco hasta que se pusieron blancos e intentó concentrarse nuevamente en el depredador. Con cada tiro errado, el yōkai se había estado acercando cada vez más, y lo que había empezado como un vacilante toque a su cabello había ido convirtiéndose rápidamente en caricias más descaradas. Garras rozando la piel desnuda de sus muslos, manos poderosas recorriendo su cintura y cálidos alientos acariciando su cuello y oreja. Si continuaban de ese modo, tarde o temprano la atraparía y no habría forma de que pudiera pelear cuerpo a cuerpo para protegerse.
Sólo le quedaba una flecha de su limitado arsenal y muy poca fuerza espiritual que impregnarle para inmovilizar al depredador. Aunque odiara la idea, la única opción que le quedaba era huir y aferrarse a esa última flecha como una munición de emergencia en caso de que se viera alcanzada. Tal vez incluso como una distracción.
Filosas garras opalescentes brillaron bajo la luna y Kagome ahogó un jadeo de sorpresa. Eran enormes. No había visto nada parecido ni en Inuyasha, ni en Sesshōmaru, ni en ningún otro yōkai que hubiera conocido. Aún captadas desde su visión periférica en un descuido del depredador, le parecieron lo suficientemente capaces de despedazarla en segundos que no tardó más en tomar una decisión.
¡Corre! —se ordenó mentalmente.
Más ágil de lo que habría esperado de sí misma y con la pequeña ventaja añadida por el descuido de la criatura, Kagome esquivó la mano con garras y, aún desorientada, echó a correr. Disparar mientras corría nunca había sido una habilidad que hubiera podido desarrollar pero con su integridad en la línea de fuego, estaba dispuesta a intentarlo aunque fuera para ganar unos valiosos segundos de ventaja. Con esa idea en mente, aferró con fuerza la flecha en una de sus manos y el arco en la otra, y no se detuvo ni un minuto para respirar.
No me voy a rendir. —pensó con firmeza.
A Yako le tomó un momento demasiado largo darse cuenta de que su presa se le había escurrido literalmente de entre las garras y que se había lanzado a una desafortunada huida por el bosque. Desafortunada porque no le tomaría demasiado tiempo alcanzarla y, además, porque para entonces estaría tan excitado por la cacería que no tendría esperanza de recibir su usual benevolencia.
Dándole unos momentos más de ventaja, la bestia comenzó a caminar siguiendo el trayecto de la hembra, su andar una mezcla de elegancia y parsimonia mientras una risa profunda y oscura se arrancaba de su pecho en forma de un gruñido gutural. Cuánto había extrañado la emoción de la caza, la dosis de intoxicante poder y adrenalina que bombeaba en sus venas cada vez que acorralaba a su presa y esa sed insondable de sangre que lo hacía casi salivar. El dominio de la situación, la superioridad de su especie sobre la de su apetecible objetivo.
El resplandor satinado de otra flecha salió disparado en su dirección y Yako se movió brevemente hacia un costado para evitarlo, su ceño frunciéndose ante la última muestra de atrevimiento. Había sabido que la humana poseía todavía una flecha pero no había esperado que intentara dispararle durante su frenética carrera en un riesgo no demasiado calculado.
Un gruñido mucho más potente se elevó de su pecho y sus huesos crujieron en un intento por acomodar otro poco de su verdadera forma. El tiempo para juegos se había terminado y, si la hembra no dejaba sus vanos intentos por asesinarlo, la furia por su constante desafío pronto se volvería demasiado para controlar. La presencia de sus garras alargadas, el aumento de su masa corporal y otras pequeñas mutaciones que probablemente había sufrido el cuerpo de su contraparte humanoide daban fe de lo cerca que estaba de perderlo.
Metros más adelante, escuchó a la hembra tropezar. Sus sensibles oídos no captaron ninguna caída pero sí la maldición de la chica y su acelerada respiración, todos signos inequívocos de que estaba por alcanzar su límite. Pese a ello, la humana no se detuvo. Levemente hastiado por la repentina fortaleza cuando su lado más salvaje sólo buscaba su rendición y sumisión, Yako aceleró el paso y bloqueó su camino.
Cegada por momentos, cuando las copas de los árboles se volvían tan frondosas que no se permitía el paso de luz lunar, Kagome tardó demasiado en percibir a la imponente figura bloqueando su camino hasta que casi se dio de bruces contra ella. Jadeando por la sorpresa, comenzó a retroceder sin apartar sus ojos de la silueta, su mente yendo a mil por hora en busca de alternativas ahora que había perdido su última flecha.
Piensa, Kagome. —se presionó.
Una mano enorme comenzó a extenderse hacia ella y la joven del futuro dio un salto hacia atrás, evitándola por poco. El gruñido gutural obtenido en respuesta le puso todos los vellos de punta mientras intentaba buscar una nueva ruta de escape.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó con más valentía de la que realmente sentía.
Obediencia. Dominio. Posesión. Todo lo que ella era y sería. Yako no quería sólo un apareamiento de bocas como los besos que había recibido el Lord, ni el vago encuentro de cuerpos que había visto suceder entre ellos. Quería consumirla, quebrarla en pequeños fragmentos de deseo desenfrenado y volver a unirla con su propia pasión. Quería devastarla y devorarla, arrebatarle toda capacidad de razonamiento hasta que lo único que pudiera estar en su mente fuese Su propia presencia.
Sin embargo, la bestia no respondió. En cambio, comenzó a acechar el cuerpo femenino, cada uno de sus pasos comiéndose los más pequeños en retroceso. El Lenguaje de las Bestias no requería de palabras ni promesas vacías. Era algo mucho más profundo y visceral, una demostración física de todos sus instintos y pensamientos, una prueba de su capacidad para dominar y someter, para entregar el placer que merecía y tomar de vuelta algo para sí mismo. Una conexión profunda que criaturas como los seres humanos jamás entenderían, temerosos como estaban de profundizar en su propia naturaleza animal.
—Para. —ordenó la hembra.
El ceño de Yako se profundizó más. El rechazo de la hembra y los restos de su osadía avivando las llamas de una furia y pasión ya demasiado impredecible. No había forma en el mundo que permitiera que su apetecible bocadillo le apartara sin reclamar lo que le pertenecía: toda ella.
—No. —respondió finalmente la bestia.
Kagome no pudo reconocer la voz de su interlocutor. El tono demasiado crudo y gutural del sonido en esa única palabra demasiado perturbador para darle sentido. Otro gruñido se alzó desde la figura y la joven pudo darse cuenta del por qué resultaba tan indescifrable. El yōkai había sonado como si sus cuerdas vocales no fuesen suficientes para transmitir la profundidad de su voz, como si no las usase a menudo y los aterradores gruñidos emergiendo de su pecho fuese su usual método de comunicación.
Cuando la criatura volvió a intentar alcanzarla, la joven tropezó hacia atrás, esquivándolo por centímetros. Las garras opalescentes chasquearon produciendo un sonido aterrador cuando se cerraron en torno al aire y Kagome pudo sentir la furia caliente brotando del enorme cuerpo. No creía que el yōkai fuera a darle una oportunidad más para evadir su toque.
Kagome retrocedió otro paso tan sigilosamente como pudo mientras escuchaba a la criatura gruñir, acechándola. Un paso más hacia atrás y su espalda golpeó rápidamente contra la rugosa corteza de un tronco, entonces la sangre se drenó de su rostro. Los latidos de su corazón se dispararon salvajemente mientras la certeza de haber llegado a un callejón sin salida cayó sobre ella como un balde de agua fría.
No entres en pánico, no entres en pánico. —pensó aceleradamente.
Su mente se disparó en busca de nuevas alternativas, descartando tan rápido como podía las más inviables. Entonces se le ocurrió. Imágenes de su amiga Sango cruzaron por su cabeza, el movimiento de sus labios transformándose en palabras en su cerebro. Instrucciones. Después la respuesta.
Otro gruñido se alzó en la noche y ésta vez apenas pudo reconocerlo como tal, ya demasiado deformado e ininteligible como sonaba. Una batalla entre voz y sonidos más viscerales, una cacofonía incierta pero terriblemente peligrosa.
Aferrándose a los últimos rastros de su valentía, Kagome llevó el arco a su espalda y deslizó una de sus manos por la parte inferior de la curvatura, sin resultado. Asustada de no poder encontrarlo, volvió a repasar la madera hasta que una delgada franja de cuero golpeó contra sus dedos. Aliviada por el descubrimiento, la joven delineó el objeto atado por ésta y tiró de él con sumo cuidado.
—Por favor, déjame ir. —intentó razonar una última vez con el yōkai.
Tomó el objeto con su mano derecha y dejó caer el arco a un costado en señal de rendición. Sólo tendría una oportunidad. Las palabras de Sango resonaron en sus oídos y un nudo se formó en su garganta.
Oh, por Kami-sama, no puedo hacerlo. —pensó intentando controlar el temblor en sus músculos.
—No. —respondió nuevamente la criatura.
Kagome lo sintió moverse en su dirección y todo su cuerpo entró en tensión. Una sola oportunidad. Si fallaba, su última alternativa sólo habría servido para enfurecer todavía más al depredador y probablemente no viviría para contarlo.
Por favor. —suplicó al cielo por la fuerza para hacerlo.
Cuando el yōkai finalmente se abalanzó sobre ella, Kagome actuó con rapidez. Incapaz de verse hacerlo, atrajo el objeto al frente, lo sostuvo con ambas manos y cerró los ojos. Un segundo después, extendió los brazos y sintió cómo éste atravesaba la carne de la criatura. El aroma cobrizo de la sangre inundó sus fosas nasales y las náuseas ascendieron rápidamente por su garganta. Lo había hecho.
El tiempo se detuvo. Yako observó a la sacerdotisa con los ojos fuertemente cerrados y después llevó lentamente su mirada hasta su brazo izquierdo. Clavada muy cerca de su hombro yacía una diminuta daga y, manando de la herida, un delgado hilo de sangre comenzaba a manchar las pequeñas manos de su hembra que todavía se aferraban al arma.
Su hembra lo había apuñalado. La claridad del acontecimiento incluso lo mantuvo en firme silencio mientras sus ojos dorados volvían a moverse del rostro inusualmente pálido de la mujer a la herida en su propio cuerpo. No se lo había esperado. Después de que disparó su última flecha, supuso que no tendría más armas y, sin embargo…la evidencia de lo contrario estaba ahí, sobresaliendo burlonamente de su hombro.
Me apuñaló. —pensó todavía demasiado sorprendido por el hecho.
El Lord no respondió. Yakó llevó una de sus manos a las muñecas de la chica y las rodeó con fuerza, presionando sus frágiles huesos para hacerla soltar el ofensivo objeto pero la hembra no cedió.
—Suéltala. —le gruñó.
Sin más valentía pero con mucha terquedad, Kagome sacudió la cabeza en una clara negativa, sus ojos todavía fuertemente cerrados. La bestia ejerció más presión sobre sus muñecas y aunque la escuchó gemir de dolor, ésta nunca soltó el mango del arma.
Una furia caliente comenzó a alzarse entonces en sus venas, el lado oscuro de su naturaleza extendiéndose por cada uno de sus músculos. Jamás habría imaginado que a su hembra le gustara oscuro y sangriento después de ver su apareamiento con el Lord pero podían hacerlo de esa manera. Yako podía llegar a ser tan oscuro y sádico como lo quisiera.
Cuando la chica no reaccionó a un nuevo apretón, la bestia separó con sus dos manos ambas muñecas y, sosteniéndola de ellas, empujó el curvilíneo cuerpo con dureza contra la superficie del tronco. La hembra gimió ante el impacto e intentó pelear contra su sujeción hasta que su propio cuerpo la aplastó e inmovilizó contra la superficie.
Los ojos dorados recorrieron su figura deteniéndose en las manchas de sangre sobre sus dos manos rudamente alzadas sobre su cabeza. Una nueva excitación prendió fuego a su sangre ante la imagen y un gruñido se alzó retumbante desde su pecho. La hembra había lanzado el desafío con ese último ataque y estaba ansioso por ver cuánto podría obtener de ella antes de quebrarla.
Oh, por Kami. Lo apuñalé. —pensó frenéticamente la joven.
Claramente había sido su intención hacerlo para poder escapar pero sentir el filo desgarrar la carne e internarse más allá, simplemente la había congelado. Kagome no tenía problemas con usar flechas para atacar yōkais pero combatir cuerpo a cuerpo, herir a cualquier ser directamente, iba más allá de lo que podía soportar. No había punto de comparación entre sentir el tejido blando rasgarse bajo la presión de su propia fuerza en el arma, y disparar a distancia sin tener que escuchar o ver de cerca la muerte.
Ahora lo único que había hecho era enfurecerlo. El sonido vicioso de ese último gruñido todavía le resonaba en la cabeza. ¿Existiría la posibilidad de que terminara desangrándose y pudiera huir? Incapaz de obligarse a abrir los ojos todavía, no había podido ver dónde lo había herido pero había sentido la sangre derramarse sobre sus manos y ese debería ser indicador de que, por lo menos, no había fallado.
Kagome intentó pelear nuevamente en su sujeción sin más éxito que su primer intento. La presión en sus muñecas estaba comenzando a volverse insoportable y sus brazos estaban empezando a perder rápidamente su circulación, dejándola entumecida.
Maldición. —gruñó para sí misma cuando la realidad de su situación la golpeó.
Un cálido aliento golpeó entonces contra la piel descubierta de su cuello y un escalofrío la recorrió. El depredador la olfateó, una cacofonía de gruñidos ascendiendo en compases tan variados que casi los confundió con ronroneos. Peligrosos y viciosos ronroneos. Feos ronroneos. Excitados ronroneos.
—Mírame. —ordenó el yōkai.
Kagome se negó y cerró los ojos con más fuerza. No quería encontrarse de frente con su lúgubre destino. Cuando un nuevo gruñido, uno mucho más violento y bajo que los anteriores se elevó desde la garganta de la criatura, tragó pesadamente. Un día su tendencia a seguir sus propias corazonadas y la terquedad que le impedía seguir órdenes por más sencillas que fueran, la iban a matar. Quizás ese día fuera hoy.
El corazón le latió más aceleradamente y sintió como si se encontrara directamente frente a las fauces de una peligrosa bestia. Las sosegadas pero fuertes respiraciones del depredador golpeando rítmicamente contra su vulnerable garganta. Aún sin abrir los ojos, la joven del futuro sabía que un movimiento en falso podría dejarla sin tráquea. Un contrincante furioso no necesitaría más.
Distraída al evocar imágenes de enormes fauces, afilados dientes y ojos inyectados en sangre, no fue consciente del movimiento de la criatura hasta que un violento tirón de su cabello la forzó a alzar el rostro. El pellizco de dolor en su cuero cabelludo la hizo gemir mientras intentaba pelear nuevamente contra la sujeción de sus muñecas, ahora sostenidas por una sola y enorme mano.
—Mírame. —ordenó nueva y roncamente su adversario.
Intentando procesar los pros y contras de obedecer, la joven se tomó demasiado tiempo para actuar y no fue, sino la presión de largas y afiladas garras clavándose levemente sobre su cabeza, las que finalmente la hicieron abrir los ojos. La imagen frente ellos, una vez que sus ojos lograron acostumbrarse a la penumbra y pudo ver más allá de las lágrimas comenzando a acumularse en las comisuras, la dejaron sin aliento.
—Sesshōmaru. —murmuró.
Durante una pequeña fracción de segundo, el alivio la bañó. No se trataba de un yōkai cualquiera aprovechándose de su debilidad para eliminarla, ni de un animal salvaje al acecho. Era el Lord, el daiyōkai al que se había entregado apenas una noche atrás y que a su muy extraño modo, había jurado protegerla. No le haría daño.
La presión en las hebras azabaches de su cabeza volvió a incrementarse y, ésta vez, el dolor fue tan agudo que una pequeña lágrima se derramó de su ojo derecho. Kagome gimió, intentando llevar desesperadamente una de sus manos al agarre para detenerlo pero impotente en su prisión.
—Prueba de nuevo. —siseó la bestia.
A través del dolor, Kagome intentó concentrarse en las guturales palabras. Pronto, sus ojos recorrieron los cambios forzados en el apuesto rostro frente a ella. Las características marcas púrpuras se habían alargado y expandido, resaltando todavía más en la palidez de su piel, la luna en la frente se había ensanchado hasta el punto en que dominaba drásticamente toda esa zona, una de sus puntas curveadas acariciando la raíz de sus cabellos. La mitad del rostro, además, había aumentado en volumen de tal manera que parecía tener un pequeño hocico sobresaliendo de ella con una nariz ligeramente más achatada. Todos ellos rasgos más animales que humanoides.
—Yako. —gimió cuando la presión se volvió tan insoportable que estuvo segura que pronto empezaría a manar la sangre desde sus cabellos.
Las garras aflojaron la presión y Kagome pudo volver a respirar, más no se apartaron. En medio de un silencio sepulcral, ambos se miraron fijamente. La brillante mirada que delataba la presencia del otro lado de Sesshōmaru estaba manchada en tono rojos y dorados con unas pupilas tan dilatadas que parecían contaminar a los restantes colores, esparciendo una oscuridad abrumadora.
Yako estaba diferente. Aunque sus interacciones hasta el momento habían sido breves, Kagome creía haberse hecho una buena idea de sus maneras toscas, primitivas y su oscuro sentido del humor. Pero nada de eso estaba presente, la criatura ante ella parecía más salvaje y violenta, un depredador peligroso, una bestia guiada por su verdadera naturaleza.
—Me estás lastimando. —le dijo, muy consciente del daiyōkai tan diferente que estaba ahora en su presencia.
Una risa lenta y profunda manó de sus labios, el sonido llegando a lugares de su anatomía que simplemente la avergonzaron. El rubor tiñó entonces sus mejillas y una clase diferente de emociones y sensaciones explotaron en su interior.
—Tú también. —respondió burlón.
La desconcertante mirada de múltiples colores se apartó de ella en dirección a su propio hombro y Kagome la siguió. Sus ojos no tardaron en toparse con la daga todavía sobresaliendo del cuerpo del daiyōkai, drenando todo color de su rostro. Correcto, unos momentos atrás ella misma lo había apuñalado.
¿Qué demonios hice? —pensó con horror.
Yako observó fascinado el cambio en cada una de las expresiones de su hembra. Calmaba un poco de su furia saber que el ataque no había sido claramente planeado, por lo menos no a su persona. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Todo aquello que el Lord había estado intentando contener en esa oscura prisión de su mente y que Él mismo había intentado mantener apartado de la hembra, estaba libre.
—No fue mi intención. —murmuró arrepentida.
—¿No? —preguntó divertido.
Yako internó el rostro en el hueco entre el cuello y el hombro de la chica, comenzando a olfatear. Rastros de miedo y excitación se aferraban a la sedosa piel mientras arrastraba su hocico a medio transformar por la curvatura. Cuánto deseaba a esta hembra.
—No, yo- ¿Qué estás haciendo?
El hocico de la bestia se arrastró suavemente por la satinada piel de la hembra, frotando su propia esencia con la de ella, marcándola con su olor. Dientes afilados rastrillaron su cuello de arriba hacia abajo, irritando levemente la piel antes de lanzar un rápido y brusco mordisco contra la sensible zona y apartarse.
—Mía. —gruñó bajo.
—¡Me mordiste! —gritó sorprendida la chica.
—Tú me apuñalaste.
La mirada dorada llena de remolinos rojizos observó el fino hilo de sangre comenzar a manar de su mordida y sus pupilas se dilataron todavía más. La esencia que lo había despertado tantas noches atrás exudando de cada gota como el elixir más intoxicaste de todos, exaltando cada uno de sus sentidos hasta límites peligrosos.
Yako volvió a internar su hocico en el cuello de la hembra, lamiendo el pequeño rastro de su sangre con inusitado deleite. El preciado sabor explotó en su boca, prendiendo fuego a sus venas mientras una serie de nuevos gruñidos comenzaban a vibrar en su pecho.
—Basta. —gimió la hembra e intentó apartar el rostro.
Dominante, Yako soltó el agarre en su cabello y aferró firmemente la terca barbilla de la chica, empujando ligeramente su rostro hasta una posición donde aún podría observarla sin dejar de tener acceso al lugar donde la había mordido y donde yacía aquello que había estado ansiando tanto tiempo.
La caliente lengua de la bestia continuó recogiendo los rastros cobrizos de su sangre hasta que finalmente dejó de manar. Entonces deslizó su hocico hacia abajo por su cuello y lanzó una mordida todavía más ruda contra el hombro de la hembra, sus caninos desgarrando la piel hasta enterrarse profundamente en la blanda carne. Ojo por ojo.
El grito de la chica fue gloria pura para todas las partes oscuras de su naturaleza, excitando al resto de sus sentidos. Yako soltó las muñecas de la hembra y se apartó ligeramente para observar su rostro contorsionado por el dolor y el delator rubor en sus mejillas. Los labios entreabiertos de la muchacha llamando a partes de Él que ni siquiera sabía que existían.
Mía. —volvió a resonar en su cabeza.
La mano que aferraba la barbilla de la hembra se tensó por un momento mientras conducía su rostro a una posición frontal. Los ojos chocolate de la chica se clavaron en los suyos, nublados por cualquier sensación que estuviese fluyendo por su cuerpo y Yako sonrió. Sus fauces se estiraron junto a los labios humanos del cuerpo compartido dejando sus dientes en exhibición en una muestra de ferocidad que hizo temblar a su pequeña presa.
Los labios de Yako se arrastraron hasta la comisura de los labios de la hembra mientras analizaba cada una de sus reacciones, acercándose peligrosamente al centro. Había tenido tiempo para analizar aquello que los humanos llamaban besos y estaba deseoso de probarlos. Seductor, continuó con su camino, acariciando el labio inferior de la hembra con los propios antes de chupar ligeramente la regordeta superficie. Un gemido placentero llegó a sus oídos en respuesta y la bestia sonrió complacida contra los labios femeninos.
Yako repitió la misma acción con el labio superior ganándose otro delicioso gemido de la hembra antes de finalmente atrapar los labios femeninos con los suyos. Moviéndose lentamente, se dedicó en un primer momento a probar la textura más suave de la humana contra su propia dureza, acariciando con cuidado. Cuando aprendió la forma correcta de provocarla, dio un mordisco al regordete labio inferior y se apartó ligeramente de su rostro, ganándose un murmullo de desaprobación.
—Yako. —gruñó la feroz hembra, exigiendo su atención.
La bestia curvó los labios y se los relamió en un movimiento deliberadamente lento que dilató las pupilas de la hembra hasta que el chocolate en su mirada se fundió con el negro. Entonces volvió a unir sus labios con los femeninos y ésta vez la devoró. Los labios masculinos dominaron a los más suaves con destreza, su lengua abriéndose paso a un interior cálido lleno del adictivo sabor que lo volvía loco. La lengua de la hembra se unió a la furiosa danza del demonio, acariciando y entrelazándose con la otra sin dar cuartel en una guerra que tarde o temprano perdería.
Manos con uñas romas ascendieron hasta la nuca del Lord y se clavaron en su cabeza mientras el beso se intensificaba, atrapándolo en un desesperado intento por no perder el delicioso contacto de sus bocas. Yako gruñó ante el movimiento y volvió a morder el labio de la chica antes de arrancar sus manos de su cabello y volver a clavarlas contra el árbol.
¡Santo infierno! ¿Quién demonios le había enseñado a Yako a besar de esa manera? —pensó completamente obnubilada la joven del futuro.
Ni siquiera el duro apretón que había regresado a sus muñecas le estaba permitiendo pensar con claridad, no cuando los labios de la bestia permanecían tan cerca de los suyos que lo único en lo que podía pensar era en obtener otro maravilloso beso. No importaba que su labio inferior ya se sintiese hinchado por las mordidas o que su cuello y hombro siguieran palpitando por los pinchazos de sus colmillos. El momento era simplemente jodidamente caliente.
—Sin tocar. —ordenó.
Kagome lo observó tremendamente excitada por el dominio de su forma y asintió levemente. Probablemente en esos momentos Yako podría pedirle cualquier cosa y la chica iría hasta el fin del mundo por complacerlo.
Una de las garras de la bestia acarició delicadamente el labio hinchado de la sacerdotisa, complacido por los efectos de sus besos y mordidas. Cada uno de ellos eran una muestra de su poder y dominio sobre el cuerpo femenino, una conquista sobre su hembra y una demostración de su peligroso sentido de posesión.
—¿Otro? —murmuró la humana con voz suave.
Yako acercó sus labios de vuelta a los de ella sin apartar su garra de la mullida superficie, tentándola. Luego sacudió lentamente la cabeza y comenzó a arrastrar la garra hacia abajo por su cuerpo. La endeble prenda que la hembra había hecho con el kimono del Lord cedió con facilidad bajo la afilada presión de su garra y pronto su inmaculado cuerpo quedó en exposición.
La bestia la miró completamente fascinado por cada pequeña curva, sus instintos rugiendo profundamente en su interior, arañando su pecho en un desesperado intento por soltar la última cuerda de su control.
—Sin tocar. —repitió severamente y, una vez que la hembra asintió, dejó nuevamente libre sus muñecas.
A continuación llevó su mano izquierda a la cintura humana y comenzó a arrastrar la derecha en un movimiento ascendente y descendente por el centro de sus pechos, provocándola. En pocos segundos, los pezones de la hembra se tensaron, apuntando en su dirección como picos duros esperando su atención. Yako detuvo el movimiento de su mano y la dirigió a uno de ellos, frotando la yema de su pulgar hasta que la chica comenzó a gemir. Después utilizó sus garras para pellizcar el pequeño botón y tuvo que aferrar la cintura de la chica cuando ésta se arqueó contra Él, gimiendo con una mezcla de placer y candente dolor.
Las garras de su mano izquierda se clavaron en la piel de la humana, arañando su fragilidad de tal manera que seguramente marcas rojizas amanecerían en su lugar. Con su otra mano, repitió los mismos movimientos en su otro seno y la escuchó jadear por las nuevas sensaciones.
El débil aroma de su excitación comenzó a flotar entre ellos mientras Yako continuaba con su asalto a los tensos pezones, pellizcando y frotando la irritada zona con movimientos circulares. Cuando el aroma se volvió demasiado intoxicante, la bestia detuvo sus movimientos, observando los ojos oscurecidos por el placer, las mejillas sonrosadas de la hembra y las respiraciones entrecortadas fluyendo a través de sus labios. El espectáculo más hermoso que había visto nunca.
—¿Más? —preguntó burlonamente.
La sacerdotisa asintió. Yako acercó sus labios a los de la chica y volvió a besarla, devorando todo su interior con lujuria explosiva. Mientras tanto, su mano derecha volvió a descender por la suave curva de su estómago hasta la V entre sus muslos. Burlándose de la zona, la bestia frotó su pulgar en el centro, delineando a continuación la V antes de instarla a abrir suavemente sus muslos y deslizar una de sus garras contra el secreto botón de su clítoris.
—Yako. —siseó la hembra contra sus labios.
Yako la ignoró y frotó el carnoso botón antes de rastrillar una garra contra el sensible núcleo y sentir a la hembra retorcerse contra Él. No fue suave, una vez que obtuvo la primera de sus reacciones, Yako la devastó. Haciendo uso de su brazo herido como ancla, alzó una de la piernas de la hembra contra su cintura para facilitar el acceso a su centro y la torturó duramente con sus dedos hasta que estuvo suplicando clemencia. Sus largos dedos abusaron del botón de su clítoris haciéndola temblar y luego bajaron a probar la abertura de su vagina, introduciéndose con estocadas lentas que hicieron latir su interior fervorosamente. La deliciosa crema femenina derramándose entre sus dedos con cada movimiento.
—Voy a correrme. —advirtió la hembra, falta de aliento.
La bestia la sostuvo con mayor firmeza y volvió a frotar su clítoris sin dejar de embestirla con sus dedos, acelerando el vaivén. Unos segundos después, la hembra humana se hizo pedazos entre sus manos. Las paredes internas de su vagina se cerraron fuertemente alrededor de sus dedos y comenzó a temblar incontrolablemente mientras un grito de éxtasis puro se arrancaba de su garganta. Los jugos de su clímax empaparon sus dedos mientras montaba la cima de su placer y las garras de Yako volvieron a clavarse sobre su cintura para impedirle apartarse cuando finalmente descendió y su demasiado sensible clítoris continuó siendo tocado.
Kagome descendió de la cima de su placer demasiado aturdida para dar sentido a los increíbles movimientos de la criatura. Sin embargo, cuando lo escuchó gruñir apreciativamente, llevó su mirada a éste a tiempo para observarlo conducir una de sus garras a su boca y lamer la miel que había quedado prendida a sus dedos. El brillo de sus ojos demasiado acentuado con cada lamida y los destellos rojizos comiéndose lenta pero inexorablemente el dorado primario.
—Deliciosa. —gruñó ronco y bajo.
Todavía sumida en la bruma de placer, Kagome llevó sus labios a los del demonio y lamió los restos de su propia esencia, sintiéndose todavía terriblemente excitada. Yako siseó contra sus labios y le devolvió el beso profundamente, guiándola a probar más de sí misma de su propia lengua. Incapaz de resistirse al deseo y con su pierna todavía sujeta por el brazo del Lord, la joven del futuro intentó acercarse más a él, impedida repentinamente por la daga todavía sobresaliendo de su hombro.
La mirada cada vez más escarlata de la bestia se clavó brevemente en el ofensivo objeto sobresaliendo de su anatomía antes de volver a gruñirle a la hembra.
—No eres buena escuchando. —le dijo con sequedad.
Kagome supo que era la forma educada de decirle que en realidad no era buena siguiendo órdenes. Lo había tocado a pesar de que en dos ocasiones se lo había prohibido esa noche, sin mencionar su imprudente escapada de la Fortaleza y otros cuantos pecados más en la cuenta.
—Nunca dije que lo fuera. —le respondió.
Yako soltó entonces su pierna y se apartó ligeramente de su cuerpo. Sin dejar de verla a los ojos, llevó su mano a la daga y tiró de ella sin esfuerzo, extrayéndola de su cuerpo antes de lanzarla descuidadamente al suelo. Durante unos momentos observó extasiado la expresión de horror en el rostro de la hembra y entonces empezó a desnudarse.
De un momento a otro, los oscuros ojos pasaron del horror a un deseo líquido mientras seguía cada línea dura de los músculos en su abdomen que iban quedando en exhibición y el pecaminoso camino hacia su eje duro y engrosado por la excitación.
Perfecto. —pensó sin aliento la sacerdotisa.
El cuerpo de Yako era diferente al del Lord en algunos puntos muy sutiles. No era sólo que la estructura general fuese ligeramente más grande ni que su rostro hubiera dado cabida a un pequeño hocico, los músculos en su abdomen además también habían aumentado pasando de seis sectores a ocho perfectos trozos de músculo que la hicieron salivar.
Incapaz de resistirse, Kagome desobedeció nuevamente la orden de la bestia y se acercó para ser quien lo tocara en esta ocasión. Sus dedos encontraron en primer lugar el cincelado pecho del Lord y no tardó en descubrir una nueva diferencia entre ambos cuerpos. Una fina capa de algo que se sentía como gamuza bajo las yemas de sus dedos se había adherido a cada trozo de piel desnuda. Curiosa, la sacerdotisa corrió sus dedos por los músculos de Yako y se trasladó a uno de sus brazos sin dejar de sentir la curiosa textura como si de un pelaje imperceptible al ojo humano, más no a su tacto, hubiera surgido en su cuerpo.
Increíble. —pensó, demasiado prendada de la deliciosa textura de su piel para detener sus movimientos.
Cuando sus dedos curiosos alcanzaron la herida en su hombro, Kagome se detuvo vacilante. Un par de manchas de sangre estropeaban los alrededores de la herida pero por lo demás, había sanado con rapidez, dejando tan sólo una tajada que no pudo resistirse a besar.
—Perdón. —se disculpó, susurrando contra su aterciopelada piel.
Sin esperar ninguna otra respuesta por su parte, la joven deslizó su lengua por la delgada cicatriz y cerró los ojos invadida por un nuevo placer. El rugido de Yako la arrancó del íntimo momento un segundo antes de que sus grandes manos encerraran su cintura y los llevara a ambos rudamente contra el suelo.
Aunque Yako se aseguró de recibir lo más fuerte del impacto, Kagome todavía sintió sus huesos sacudirse con la fuerza del derribo. Atrapada debajo del poderoso y muy desnudo cuerpo de la bestia, sus ojos apenas fueron capaces de echar un vistazo rápido a su enorme eje antes de ser dada vuelta sobre sus rodillas.
—Mía. —siseó la bestia inclinándose sobre ella.
La sacerdotisa sintió el miembro duro de Yako acariciar las mejillas de su trasero, frotándose contra ellas, dejando tras de sí un rastro húmedo en su piel. Excitada hasta el límite, sintió a Yako rodear sus caderas por debajo y alzarla ligeramente en su posición de tal forma que la parte inferior de su cuerpo quedó en alto y fueron sus antebrazos apoyados contra el suelo los que sostuvieron el resto de su peso.
Los dedos de Yako acariciaron la entrada de su vagina, esparciendo más de sus propios jugos por los pliegues abiertos antes de volver a sumergirlos, probando su interior. Echando un vistazo por encima del hombro, la sacerdotisa observó la mirada rojiza del Lord con tan solo un diminuto aro dorado en el centro y gimió. Sesshōmaru no estaba más ahí.
Las manos de la bestia recorrieron la redondez de su trasero antes de alzarse sobre ella y empujar tentativamente en su interior. Kagome se tensó, las garras de Yako se clavaron dolorosamente sobre la mullida piel y, un gruñido salvaje después, se enterró con toda su longitud en su centro.
El dolor y el placer estallaron como bolas de fuego en sus venas, su cuerpo luchando por ensancharse y acomodarse al grosor invasor. Lágrimas se acumularon en sus ojos mientras brazos terriblemente fuertes se enganchaban alrededor de su cuerpo para impedirle escapar. La sacerdotisa gimoteó e intentó respirar bajo la creciente presión del enorme cuerpo invadiendo su interior.
—Apretada. —gruñó Yako, su voz irreconocible.
Kagome gimió cuando se apartó ligeramente de ella y volvió a jadear cuando sus poderosas caderas volvieron a chocar contra las de ella, embistiéndola con rudeza. Sus dedos se clavaron en la tierra, resistiendo los duros embates. Lentamente, el dolor en su interior comenzó a retroceder sustituido por una nueva fuerza que hizo latir a su clítoris.
—¡Sí! —gimió, disfrutando la extraña mezcla de placer y dolor circulando por cada terminación nerviosa de su cuerpo.
La bestia gruñó sin dejar de embestir el delicado cuerpo, demasiado nublado por las sensaciones para prestar atención a cualquier otra cosa que no fuera el apretado agarre del interior de su hembra. Sus garras volvieron a jugar con el curioso botón que parecía ser el centro de su placer mientras continuaba invadiendo cada parte de ella, gruñendo cada que las paredes de su vagina parecían cerrarse más alrededor de su eje.
La hembra gimió más fuerte, apretándose a su alrededor. Las garras de Yako ascendieron por su columna, arañando finas líneas en su camino hasta alcanzar los largos cabellos azabaches. Entonces se enredaron en la densa melena y tiraron suavemente de ella, su otra mano enganchada por debajo del estómago femenino empujando hacia arriba para atraerla a una posición más recta contra su cuerpo.
Con cada movimiento en su interior, Yako podía sentir cómo la humana se acercaba cada vez más a su clímax y era importante que aclararan algo. Cuando el cuerpo femenino reaccionó al tirón volviendo a estrecharse a su alrededor, la bestia gimió y dejó de moverse durante un momento.
—Hembra.
Demasiado sumida en el doloroso placer proporcionado por las garras y el miembro del Lord, Kagome tardó unos segundos en darse cuenta que éste había dejado de moverse. Cuando lo hizo, gimoteó e intentó mover sus caderas contra él para reanudar el movimiento, sin embargo, un brazo de acero la mantuvo fijamente en su lugar y las garras sobre su cabello se tensaron.
—Por favor. —suplicó, intentando moverse nuevamente.
Yako hizo un extraño sonido en su garganta y sonrió. La mano que sostenía el cabello de la hembra soltó su agarre y descendió hasta la terca barbilla femenina para inclinarla hacia Él. Ojos oscuros nublados por el placer le devolvieron la mirada.
—Mírame. —exigió.
La aturdida mirada humana pareció librarse brevemente de la neblina sexual para concentrarse en la suya, sus ojos demasiado grandes sondeando partes de Sí Mismo que ni siquiera el Lord parecía haber alcanzado antes.
—¿Quién soy?
Kagome se retorció en la apretada sujeción de la bestia, probando tan sólo unos deliciosos centímetros más de su miembro acunado en su interior ante de que éste volviera a gruñir y endureciera la prisión de su brazo.
—¿Quién soy? —repitió, su voz una nota demasiado baja y dura.
Relamiéndose los labios, la joven del futuro miró fijamente al tono escarlata devorando la esclerótica de sus ojos y al pequeño círculo dorado en el centro, fascinada por el cambio perturbadamente llamativo de los colores.
—Kagome. —ladró la bestia.
Su propio nombre la hizo volver a concentrarse pese a la sorpresa. Ni el Lord ni Yako le habían llamado por éste con frecuencia. Anonadada, apenas fue consciente de que la bestia volvió a embestirla cuando la corriente de placer se disparó nuevamente por todo su cuerpo.
—Más. —le pidió.
Yako volvió a detenerse y, sin permitirle apartar la mirada de su rostro, volvió a interrogarla. Las pupilas de la hembra se dilataron ante la pregunta un segundo antes de que finalmente se rindiera.
—Yako. —respondió, jadeante. —Eres Yako.
Complacido, la bestia lamió deliberadamente lento las lágrimas resecas en sus mejillas y volvió a tomarla. Esta vez, no se contuvo. Rodeada por uno de sus brazos y en cuclillas sobre el suelo, la embistió una y otra vez, disfrutando del calor húmedo de su interior hasta que los gemidos femeninos alcanzaron la cualidad de gritos.
Unos momentos después, el cuerpo de la hembra volvió a romperse en mil pedazos entre sus brazos. El interior de su vagina se apretó dolosamente alrededor de su eje, pulsando con cada oleada de su clímax hasta que la presión se volvió demasiado y su propio clímax se volvió inminente.
El rugido de Yako la ensordeció. Montando nuevamente la cima de su placer, Kagome sólo pudo disfrutar de cada delicioso escalofrío producido por su orgasmo mientras la bestia continuaba moviéndose dentro de ella, alargando cada oleada de placer. Cuando lo sintió tensarse a su alrededor y el rugido vibró escapando desde lo más profundo de su cuerpo, su bruma se disipó lo suficiente para poder apreciar el espectáculo.
El espectáculo de una bestia salvaje perdiendo lo último de su control. Ojos inyectados en sangre, músculos tensos, colmillos extendidos en un dominante rugido. Y entonces, la presión directa de su semilla llenando su vagina por completo. Sólo la combinación conjunta de esos elementos le produjeron a la chica otro mini-orgasmo, exprimiendo así, más de la caliente simiente de Yako.
Un nuevo mundo se abrió a sus ojos mientras yacía flácida contra el cuerpo de la bestia, intentando recuperar el aliento. No hablaron de lo sucedido y, cuando Yako volvió a llevarla sobre sus rodillas y la embistió nuevamente, supo que tampoco lo harían.
Sumida nuevamente en un mar de indescriptible placer y agudo dolor, con la semilla del Lord todavía fluyendo de entre sus cuerpos y una insaciable bestia tomando cada vez más de ella, Kagome se perdió. Lo único que su mente obnubilada fue capaz de recoger más allá de ello fue la pacífica imagen de unos hilos dorados entrelazándose entre sí y despidiendo un reconfortante calor.
Aviso: Si por alguna razón no sigues mi cuenta en esta plataforma o en la W naranja, te sugiero que al terminar este capítulo te des una vuelta por mi perfil en aquella otra aplicación y revises mi tablero de anuncios o, en su defecto, que me integres a tu lista de "Autores Favoritos" en ésta plataforma para enterarte de mis nuevos proyectos. De lo contrario, es probable que este tipo de notificaciones no te lleguen.
Agradecimientos
¡Feliz 2021! Espero que este año llegue a ustedes con muchos éxitos, aventuras, amor y magníficas lecturas.
Muchas gracias a todos por sus reviews, nunca olviden que esa pequeña acción significa muchísimo para los escritores y que, aunque no siempre respondo directamente a todos, sin duda alguna los leo.
Faby Sama: ¡Hola Faby! No te preocupes, yo nunca dejo de leer los reviews que me dejan aunque a veces me sea imposible responder. Me alegra mucho saber que sigues al pie del cañón con la historia y espero que este capítulo haya servido para aclarar una de las dudas que me dejaste. ¡Saludos!
Sakata2: Creo que cualquier deidad es un peligro a tener en cuenta, así que la pregunta de con quién pactó Kagome (Dios o el diablo) créeme que tiene mucha relevancia. Te invito a ir sacando tus propias hipótesis. Gracias por leer y comentar.
hellenlidivi: ¡También es mi pareja favorita! Me da gusto que disfrutes tanto la lectura y espero que la sorpresa que les he dejado con mis avisos, también sea de tu agrado.
Chica Cuervo: Cada vez que leo esa idea me entran unas ganas locas de escribir un especial al respecto. Ya veremos si tarde o temprano me animo (jajaja).
SaV21: Después de este capítulo no sé cuántas ganas te queden de ser cazada por Yako pero espero que me lo cuentes. Me alegro que finalmente hayas podido recuperar tu contraseña.
Cristina Castro: ¡Oh, vaya! Me emociona saber que ahora me sigues en ambas cuentas. Leerse la historia en tres días es toda una hazaña y nunca dejarán de sorprender quienes lo hacen en ese o menor tiempo. ¡Espero que lo hayas disfrutado!
Megami Akane: ¿Rompecabezas literario? ¿En mi historia? ¡Imposible! No te creas, creo que es bastante evidente que yo también disfruto mucho implementándolos en la trama. ¡Tenemos algo más en común! No sé si Kagome habrás sacado suficiente de su carácter fuerte para mantenerlo a raya pero...¡lo apuñaló! ¿Eso cuenta? (jajaja).
ShiaraTaisho: ¡Pues qué gusto que hayas vuelto a encontrarla! Espero que la estés disfrutando tanto o más que la primera vez.
¡Hasta la próxima!
