Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 43.


La habitación pareció vacía sin ella ahí. En la mente de Kikyō seguían resonando sus gritos y acusaciones. Había algo en Kagome que no estaba bien y no se refería a las alucinaciones… sus celos; los estaba llevando a otro nivel.

Reacomodó la silla y se sentó en ella, exactamente como Taishō había estado antes y contempló a su novio. Dormía profundamente, al parecer. Se le estremeció el cuerpo y le dieron inmensas ganas de llorar.

Recordaba la enorme angustia que había sentido cuando vio a Tōga y Midoriko salir corriendo de la capilla, gritando que InuYasha había tenido un terrible accidente.

Todo su mundo se le fue abajo. Corrió tras de ellos, con sus padres siguiéndole los talones. Llegaron al hospital en poco tiempo. Ella estaba ahí, con su vestido de novia y toda la indumentaria. Se sentía demasiado incómoda y desesperada. Vio a Kagome salir de los pasillos junto con Sango y dos oficiales de policía. Le recordó al incidente con Kōga. Ni siquiera la había mirado, ni siquiera había saludado a sus padres. Tenía el vestido de gala con la falda rota y manchado de sangre, también parte del rostro y las manos. Traía el cabello revuelto, el maquillaje corrido y también estaba descalza.

Mientras Kikyō ayudaba con el traslado de su novio hacia la clínica privada, su madre regresó a hacerse cargo de los invitados y les ofreció hacer uso de la recepción. O algo así le había dicho. A ella sinceramente poco le importaba todo aquello, solo quería saber que InuYasha estaba bien.

Sus padres se habían quedado con ella un par de días, acompañándola y visitando a su pareja en la clínica. Ella no había ido a trabajar ninguno de esos días. Sin embargo, había llegado el momento de partir. Su papá sugirió muy apenado, que deberían suspender la boda hasta nuevo aviso o al menos casarse en Inglaterra.

—Hija, esto es solo una mala señal… —había dicho el señor Hishā, mirándola con tristeza— quizás este matrimonio no conviene.

—Haz caso a tu padre, hija —secundó su madre, poniendo la misma cara.

Ella también pensó que era una mala señal, el hecho de haber terminado así, algo que le costó tanto planear, que esperó con tanta ilusión; pero en esos momentos no iba a ponerse a analizar por qué la vida se empeñaba en no dejarla ser feliz.

Los días iban pasando y lo único que sabían era que InuYasha dormía siempre y Kagome estaba todo el tiempo a su lado. Nadie podía sacarla de allí. Pensó entonces en aquella «mujer» que siempre creyó que su prometido tenía.

La única persona que había estado ahí, sin despegarse de él, había sido Kagome. No había nadie más. Entonces, ¿dónde estaba? ¿Por qué en esos momentos duros no se aparecía? No era ninguna mujer de la empresa, no era ninguna desconocida… ¿Quién era la maldita mujer que se había interpuesto tanto entre ellos, que casi podía jurar que había provocado ese accidente, y, por consiguiente, la cancelación de su matrimonio?

Sacudió la cabeza ante esos pensamientos estúpidos y se levantó, para tocar la frente de InuYasha y corroborar que no tuviera fiebre. Estaba todo bien. Quizás era ella quien estaba delirando.

Volvió a pensar en Kagome y suspiró. Estaba tan cansada y ojerosa, parecía acabada por dentro y por fuera. Había bajado al menos tres kilos, pensaba ella. O quizás era su impresión, pero la veía mucho más delgada. También recordó las palabras enfurecidas de su primo al decirle que su cuñada era una insolente y una estúpida. No entendía por qué se llevaban tan mal. Supuso que toda la culpa sería de la noviecita esa que tenía. La tal Yura.

—Con permiso.

Se exaltó ante la presencia del recién llegado, pero le sonrío con amabilidad.

—Buena tarde, doctor. ¿Cómo sigue Kagome? —Cruzó los brazos por debajo de su pecho y lo observó con preocupación.

—Bien, ahora está descansando. El calmante la hará dormir al menos ocho horas seguidas… —suspiró— necesita descanso, ha pasado tres días sin comer ni beber adecuadamente. Sus padres están ahora con ella.

—Sí, comprendo.

—¿Ha habido alguna mejoría? ¿Lo has visto moverse? —Inquirió, mientras caminaba hacia la cabecera del paciente. El doctor era un hombre alto y atractivo, unos diez años mayor que Kikyō, pero lucía bastante joven y con el cabello negro y largo, traía una trenza. Se llamaba Bankotsu Yamada. Lucía serio, pero un hombre de carácter simpático y un excelente profesional.

—Nada, aún. Y tenía esa duda. No entiendo por qué sigue sin reaccionar. —Agachó la mirada, sintiéndose cada vez más desanimada. ¿Cómo era posible que InuYasha no hubiera abierto los ojos desde ese entonces?

—Te voy a explicar lo mismo que le acabo de decir a sus padres. —Reguló el pase de suero y miró para la muchacha—. A veces no se trata de que la medicina no les permita despertar a los pacientes —volvió la mirada hacia InuYasha, observando su expresión tranquila y la respiración pausada—. Es que ellos no lo quieren hacer.

Hishā se quedó en silencio completo durante un par de minutos. Tenía la boca semiabierta por la impresión y también sentía que el corazón se le había acelerado. Su mente trabaja como una máquina, intentado comprender lo que el médico le decía. Era ilógico que alguien no quisiera volver a la vida, si incluso podía jurar que los propios muertos deseaban recuperar sus vidas anteriores, pensó, en un momento desesperado. Regresó a ver nuevamente para InuYasha y lo escudriñó de manera profunda.

—Disculpe mi ignorancia, doctor, pero, ¿por qué alguien no querría despertar? —Habló con la voz suave, después de salir de su trance. Bankotsu ya estaba tomando nota en el expediente médico de su paciente y anotaba el progreso de sus heridas, también la reacción del cuerpo ante los medicamentos.

—Bien —firmó—, no podría afirmarlo con seguridad, pero la mayoría de pacientes que presentan este comportamiento, están ligados a responsabilidades que el individuo definitivamente no quiere afrontar, miedos o traumas previos al accidente. Los casos más comunes son la muerte de familiares, por ejemplo, o algún otro evento del que ellos consideren que o tengan la culpa. —Explicó y a Kikyō le quedó muy claro.

—Pero a él no se le murió ningún familiar. —Murmuró, perdiéndose nuevamente en sus pensamientos.

—Sí, así es. De todas maneras, aún debo pasar este reporte al neurólogo, para que le haga estudios. Aunque podría despertar quizás esta misma noche o mañana.


Sango había salido corriendo apenas supo lo de Kagome. Como él aún tenía mucho por hacer en la editorial, se quedó allí, a la espera de noticias, pero todo se encontraba estable, al parecer. Ya su novia le había dicho que no se preocupara.

No podía ser posible que su mejor amigo estuviera ahí, en cama, incapaz de moverse. Todos los días recordaba aquella conversación que tuvieron el día de la boda y se sentía frustrado: ¿por qué le había dicho todas esas estupideces? ¿Y si en realidad InuYasha había querido hacerse daño? La única que sabía cómo habían sucedido realmente las cosas, era Kagome, pero después de testificar solo el momento del accidente, no volvió a hablar más. Ni siquiera con Sango.

Todo era una completa mierda.

Le cabreaba sobremanera no poder hacer nada más por su amigo, que irlo a visitar. Una visita sin frutos, ya que él ni siquiera podía disfrutarlas por estar inconsciente.

—¿Ya se va, señor Takeda? —Oyó decir a la recepcionista de la editorial, que sonrió amablemente—. Por cierto, ¿cómo se encuentra el señor Taishō?

—Estable, al parecer, Kiara. —También le sonrió—. Gracias por preguntar. Y pues yo saldré a la farmacia antes de irme, en la oficina dejé descargando algunos documentos.

Salió del establecimiento y como nunca, empezó a andar a pie, para despejar su mente.

La tarde era muy fresca y el viento soplaba. Serían alrededor de las cinco, así que el sol ya pintaba el cielo con colores vivos y rojizos. La farmacia estaba al menos a tres cuadras de la editorial y, como aún no terminaba de hacer todas sus tareas del día, prefería caminar un poco, en vez de tomar el auto. Además, esas calles eran muy poco transitadas y bastante tranquilas.

En todo ese tiempo no había pensando en él y su novia, nada más que en sus amigos. Suspiró, recordando todo lo malo que le había sucedido.

Su boda con Sango estaba próxima. Poco más de un mes le faltaba para unir su vida completamente a la mujer que amaba. Pero aún existía un miedo, y ese miedo se llamaba Yura.

Se había quedado tranquila, por lo que le causaba aún más escalofríos. Algo le decía que quería atacar, pero él le había restado tanta importancia, que no había mirado su celular ni para repasar la grabación, siquiera. ¿Estaría cometiendo un error? Se hizo una nota mental para subirla a la nube. Lo único que había hecho era reenviársela a InuYasha, pero en el accidente, su celular se había dañado por completo.

Tan absorto estaba en sus pensamientos que no notó cuando dos hombres se acercaron a él peligrosamente. Apenas iba a acelerar el paso cuando sintió el frío cañón de lo que al parecer, eran armas. Una a cada costado de su cuerpo, hundiéndose en sus costillas.

—Con cuidado, vas a desbloquear tu celular y no te resistas, porque te irá mal. —Dijo uno de ellos.

Estaban vestidos con grandes capuchas negras, y también tenían lentes oscuros.

Él hizo caso y de buen grado, accedió a lo que le pidieron. No iba a arriesgar su vida por un celular.

—¿Podría quitarle la memoria con información? —Inquirió, con un todo de voz neutral. Pensó automáticamente en sus pruebas.

El segundo soltó una carcajada.

—No seas ridículo. —Hundió de nuevo el arma—. Quítale la seguridad ahora mismo.

—Les daré mi dinero, por favor… —el golpe que recibió a un lado del estómago, lo hizo callar en seco. Tosió y soltó el teléfono, que cayó en el pavimento, rompiéndose la pantalla.

El delincuente de la derecha tomó el celular y comprobó que aún servía. Abrió los ajustes y tomó el dedo de Miroku a la fuerza, para quitar la seguridad actual.

El maleante de la izquierda volvió a darle dos golpes certeros en el estómago y Miroku observó, con la vista borrosa, cómo se alejaban caminando a toda prisa, limpios y con su celular.

Todo había pasado en cuestión de minutos. Quizás dos. Los ladrones lo abordaron, lo amenazaron con armas y obligaron a quitarle la contraseña de su celular. Bastante inteligente. Ahora tendría que regresar y reportarlo de inmediato… ni siquiera podía ponerse de pie. Aún se retorcía de dolor en el suelo. Habían usado anillos para golpearlo.

Tenía que ser muy tonto para no saber de quién se trataba.

—Maldi… —balbuceó, sintiendo náuseas. Lo habían abordado tan desprevenido, que ni siquiera pudo defenderse— maldita Yura…

Continuará…


Miroku pensando que el hecho de que tuviera esa grabación detendría a Yura de hundirlo, me da ternura, porque es una cosita ilusa.

¡Vaya! Este capítulo me dejó muchas buenas críticas —contrario a lo que pensaba— a nivel emocional sobre ustedes. Yo creí que era bastante tranquilo, pero lograron empatizar con Kagome que claramente no estaba viviendo un buen momento.

Me llamó mucho la atención que todos pensaran que InuYasha perdería la memoria (que es lo más conveniente), pero, bueno, eso de las lagunas mentales lo agregué como una experiencia. Hace 10 años yo estaba de cumple y mi familia (tíos, primos) iban a mi fiesta. Tuvieron un accidente y uno de ellos murió, fue una fecha trágica que recuerdo cada año desde ahí. El problema es que todos, absolutamente todos, no tienen recuerdos desde cierta parte del camino hasta que despertaron en el hospital. Al parecer, cuando vives una experiencia traumática, olvidas un radio amplio de los recuerdos previos, por eso lo inserté, no se trata de una perdida de la memoria. Aún después de estos 10 años, nadie recuerda qué sucedió y solo quedan los testigos.

En fin, puede que no siempre sea lo mismo, pero fue un toque que le di, ya saben que siempre dejo algo mío en todos los trabajos.

¡Estoy muy contenta por el recibimiento de este capítulo anterior! Espero que este les guste de la misma forma.

Agradezco a:

Tuttynieves: ¡Me encanta mucho verte por la historia, hermosa! Qué bello que te encante. JAJAJAJA Kagome tiene sus motivos, aunque no sean buenos. Disfruta.

Elyk91: ¡Siempre es un honor y un placer leer tus hermosos comentarios! Vivo enamorada de ellos. Justo lo que quería era que imaginaran a Kagome vuelta mierda en su estado, odiándose y odiando a Kikyō. ¡Sí, qué lindo que te diste cuenta! Si uno está mal, el otro también. Espero te guste este capítulo.

AIROT TAISHO: YO TAMBIÉN TE ADORO. Sigo sin superar tus análisis sobre el fic. Siento que siempre logras conectar exactamente con lo que quise transmitir y eso me alegra como no tienes. No te preocupes por las lagunas qwq HAHAHA habría estado bueno que Kikyō de enterara así, pero digamos que será más épico XD Gracias a ti por existir y leerme.

Laurita Herrera: Gracias por tu comentario, hermosa. Bueno, era hora de un capítulo para ellos dos en donde demostraran que están ahí el uno para el otro a pesar de todo.

July: ¡Lo sé, hermosa! A mí también me duele la parte de Kagome, ella sufre mucho. ¡No sé si reír o llorar porque odias a Kōga! Saludos, hermosa.

Dav Herreras: ¡Mil gracias por tus comentarios! Me encanta que te pases por el fic y dejes tu percepción, me alegra mucho leerla. Por cierto, admito que me encanta que escribas sin las mayúsculas JAJAJA perdón, amé.

Aida Koizumi: ¡Ya extrañaba harto leerte! Adoro tus comentarios. Lamento mucho leer que tal vez hayas pasado por esos traumas, traté de retratarla lo mejor que podía :c cuídate mucho. Me alegro que hayas logrado conectar con Kagome, en tal caso. Besos.

Mariam1005: ¡Mucha suerte y ánimo, preciosa mía! Perdóname por estos capítulos tristes. Espero poder subir algo bueno para estas fiestas.

Iseul: Bueno, qué más decirte: te ganaste todo mi corazón. ¡Bienvenida a Nota, mi preciosa Iseul! Es un honor tenerte acá.

Chchy14: ¡Bienvenida, señorita! Gracias por tus comentarios y por leer toda la historia. Mil gracias. Por cierto, también soy de Ecuador. Saludos.