[~]

Bajó las escaleras pisando con cuidado de no hacer ruido y entró en Acuario con pasos mudos. Avanzó por el gran salón con una tenue luz perteneciente a una última antorcha encendida, que la hacía proyectar una débil sombra. En aquella penumbra sintió que un brazo la agarraba y la hacía perder el equilibrio, cayendo sobre el pecho desnudo del Caballero de Acuario, quien la agarró con ambos brazos. Con delicadeza la condujo casi cargándola hasta salir del salón principal.

-¿Qué haces escabulléndote en Acuario, Selket?- la miró alzando una ceja, aún sin acostumbrarse a la luz del ambiente.

Ella lo miró sin saber qué decir y se zafó de su agarre visiblemente sonrojada al ver a Camus usando sólo un pantalón de dormir. No podía contarle que había bajado de Piscis a escondidas de Milo y el resto del Santuario para ayudarle a Afrodita a envenenar a Seline sin matarla. Se quedó muda unos instantes tratando de pensar una respuesta creíble cuando sintieron otro par de pasos cruzando el salón. Camus levantó la vista hacia el salón y Selket lo haló hacia ella, intentando detenerlo, pero él la tranquilizó de inmediato.

-Iré a ver quién es, tú quédate aquí sin hacer ruido.

Ella permaneció en la sombra de una columna y Camus esperó a que aquella figura apareciera al pasar. Se trataba de Shura de Capricornio quien volvía de la Cámara del Patriarca hacia su templo.

-Hola Camus, espero no molestar tan tarde. Acabo de volver de visitar al Patriarca y coordinar nuevas misiones. Intenté no hacer ruido pero- se detuvo abruptamente a mirar el piso y Camus se daría cuenta entonces que la sombra tenue que Selket proyectaba alcanzaba a visualizarse desde donde estaban.

Camus se mantuvo impávido, controlando con mucho cuidado sus reacciones.

-¿Qué no es esa la aprendiza de Milo?- Shura lo miró con malicia, reparando en la poca ropa que Camus llevaba ahora y luego habló en voz alta. -¿Qué tal, Selket de Orión?

"¡Mierda!" pensó ella de inmediato, pero se obligó a reaccionar con premura para no levantar más sospechas y salió a la luz.

-Maestro Shura de Capricornio- dijo con voz pausada disfrazada de calma, mientras asentía, totalmente mortificada.

Camus se aclaró la garganta, sacando a todos del estupor en el que se encontraban y entonces Shura remató antes de continuar su camino.

-Es tarde, los dejo en lo que estaban…- Camus iba a responder, pero Selket lo miró con ojos suplicantes, persuadiéndolo de cualquier aclaratoria y dejando ir a Shura con aquella impresión errónea.

En cuanto salió completamente del Templo y llegó a Capricornio, Camus volteó y miró a Selket con cara de problemas. Avanzó hacia ella y la arrastró hasta su habitación.

-Ok, habla ahora, Selket. ¿Qué está pasando?- dijo ya totalmente despierto.

-No puedo contarte, Camus- dijo Selket con pesadez, a lo que el Santo de Acuario se cruzó de brazos con seriedad.

-No estoy jugando, sabes lo que va a pensar Milo de esto, ¿verdad?

No lo había pensado con detenimiento, pero aquella idea le pesó en el corazón.

-No creo que Shura diga algo…- dijo ella, insegura.

-Selket, no estoy en los mejores términos con Shura. No tengo esa clase de confianza con él y obviamente Milo no puede saberlo. ¿Si eres consciente de cómo se ve esto, verdad?

Claro que lo era y se sentía terrible, pero estaba dispuesta a sacrificar su reputación o lo que fuera que iba a perder con tal de ayudar a su amiga. De cualquier manera, enterándose de lo uno o de lo otro, Milo no estaría nada feliz con Selket, así que pensaba que mejor sacrificarse ella a ambas… solo que no contaba con arrastrar a Camus en el proceso. Respiró hondo y se dejó caer en la cama. Con un gesto le indicó a Camus que se sentara, lo cual hizo de mala gana.

-Está bien, te lo contaré todo- dijo con desgano. -Estaba en Piscis con Seline y Afrodita porque… Seline está entrenando su resistencia a los venenos y yo ayudo a neutralizarlos si está teniendo problemas. Es por eso que me escabullo desde hace un tiempo en las noches. Hasta ahora no me había cruzado con nadie.

Camus quedó visiblemente asombrado, ya que esperaba una explicación tonta o egoísta, pero Selket se acababa de jugar su reputación (pues todos sabían acerca de su intermitente relación con Milo) con posibles habladurías con otro Saint, que no era nadie menos que el mejor amigo del otro. No iba a verse bien por ningún lado.

-Lo resolveremos- dijo pesadamente. -Ahora no puedes bajar la Calzada, está muy de madrugada y podrían verte con facilidad. Tendrás que quedarte aquí hasta que amanezca y puedas volver a tu cabaña.

-¿Y dónde voy a…?- preguntó mirándolo de nuevo y sonrojándose un poco. Él lo notó de inmediato y suspiró.

-Leyja está dormida y no querrás meter más gente en este lío- dijo mientras buscaba una camiseta limpia y se la ponía. -Dormiremos acá los dos. Serán unas pocas horas, descuida. Mañana hablaré con Shura temprano.

Los ojos le pesaban y estaba realmente exhausta por todo el esfuerzo que había hecho con su Cosmos ayudando a Seline, por lo que no se opuso. En cuanto se recostó en la almohada se quedó dormida. A Camus le costó un poco más dormirse, ya que no dejaba de pensar en la aprendiza de Piscis.

[~Selket~]

En cuanto abrí los ojos recordé que estaba en un lugar que no reconocía: jamás había pasado la noche en Acuario y muchísimo menos en la cama del Guardián del Templo. Volteé lentamente y ahí estaba Camus profundamente dormido a mi lado. Era una suerte que estaba completamente segura de las razones por las que había pasado la noche allí, totalmente libre de alcohol.

Me levanté con sigilo y examiné la habitación: estaba perfectamente ordenada, realmente de una manera meticulosa. Ni una pizca de polvo, nada fuera de sitio… Era el cuarto de alguien psicorrígido y obsesivo compulsivo con el orden. Nada que no supiera ya del quisquilloso Maestro del Hielo. Ojeé algunos libros, en su mayoría con títulos en francés y algunos en griego e inglés. Por lo demás, algunas botellas de licor fino, pergaminos, mapas y… ¡Oh por Athena! Una fotografía de Camus. La tomé de la cómoda y en cuanto me detuve a mirarla con detalle su voz casi me hace salir el alma del cuerpo.

-¿Qué no te enseñaron a no esculcar en las habitaciones ajenas?- me regañó con un tono de fastidio.

-Pero es una simple fotografía- le dije sin entenderlo muy bien. -Y te ves bien.

Me quitó el portarretratos de la mano y lo puso dentro de su clóset.

-Vamos, Camus, muéstramela- le rogué en tono burlón.

Volteó los ojos y me tomó por los hombros, volteándome para llevarme a la salida de su habitación.

-No puedo salir, Leyja está afuera, la oí hace un rato- le expliqué.

-Quédate quieta mientras le asigno alguna tarea- me indicó con su mirada gélida clavada en mí.

-Me quedaré quieta si me enseñas la fotografía- lo chantajeé.

-Sí que eres insoportable, malheureuse- me dijo con un tono de mal perdedor.

Volteó los ojos y tomó el portarretratos. Me lo entregó y salió de la habitación.

Era una vieja foto bastante maltrecha, pero se podía apreciar todavía bien la imagen. No fue difícil reconocer a Hyoga con aquellos cabellos rubios y esos grandes ojos clorosos. Junto a él estaba otro chiquillo que llamó mi atención por su familiaridad.

-Este de aquí…- señalé un pequeño niño de cabellos verdes que estaba junto al Cisne.

-Es Isaac, mi otro alumno- repuso, sin mucho ánimo.

Fruncí el ceño y miré con suma atención la fotografía.

-¿Pasa algo?- me preguntó.

-Lo conozco. Estoy segura de haberlo visto- insistí.

-No es posible, Selket, él murió en la pasada Guerra Santa contra Poseidón- repuso sin emoción.

-¿Poseidón? ¿Acaso él fue…?- pregunté con sorpresa.

-Un General Marino. Isaac de Kraken- me contó.

-Claro, lo conocí en aquella fiesta de Julián Solo en la que acompañé a la señorita Athena- repuse con un entusiasmo que no era propio. -Él estuvo todo el tiempo bastante distante, pero lo vi hablar en más de una ocasión con Siren.

-¿Estás completamente segura, Selket?- me escrutó con aquellos ojos glaciares llenos de emociones varias.

Podía ver que la noticia lo había afectado, pero mantenía la compostura, después de todo era Camus.

-Es él, estoy segura de ello. Su ojo… tiene una gran cicatriz en su cara- aseguré.

-Selket, esto es muy grave- me dijo frunciendo el ceño y endureciendo el rostro completamente.

-¿Por qué?- pregunté algo desconcertada.

-Poseidón revivió a uno o más de sus Generales Marinos y no lo comunicó de ninguna manera. Debemos contárselo al Patriarca, no sabemos qué tanto se pueda confiar en el voluble dios de los mares- dijo al tiempo que yo torcía los labios y suspiraba pesadamente.

-Camus, ¿cuál Pilar custodiaba Isaac?- pregunté, intentando no alterarlo.

-El Pilar del Océano Ártico- me respondió clavando su gélida mirada en mí.

Tragué en seco. Ese era el General del que me había hablado Leyja. El Guardián del Pilar que limitaba con Asgard.

-¿Qué esperas?- me regañó, al verme absorta en mis pensamientos. -Vamos con el Patriarca.

Asentí y me puse de pie de inmediato. Lo seguí caminando muy de cerca hasta llegar a la Cámara del Patriarca, que no estaba lejos. Los guardias nos hicieron esperar, pero el Patriarca nos recibió en su gran salón sin exigir explicaciones.

-Acuario, Orión- saludó, aunque podía notar cierta nota de preocupación en su rostro. -¿Qué pasa, tienen algún problema?

Dejé que Camus tomara la palabra porque realmente yo no tenía nada qué decir más allá de ser una testigo ocular del resurgimiento de la élite del ejército de Poseidón. Más allá de eso, cualquier información era totalmente nueva para mí.

-Señor, la Santa de Orión ha visto a uno de los Generales Marinos caídos en combate, nuevamente con vida. Se trata de Isaac de Kraken- informó Camus. -Selket pudo identificarlo en la fiesta que ofreció Poseidón en la cual acompañó a Athena como escolta.

-Así que mis sospechas eran ciertas- exclamó por lo bajo, pesadamente.

-¿Patriarca?- preguntó Camus, algo inquieto.

-Desde hace meses venimos sospechando de Poseidón y su General, Siren- exclamó, con el peso de los años en su voz. -No han venido al Santuario como debieron haberlo hecho para responder por sus Marinas. Han sacado demasiadas disculpas y Lexie y Seline siguen sin recibir sus Scales.

Ahora tenía algo más de sentido aquella espera inaudita de casi un año en el que las chicas se habían aburrido como nunca y sus maestros ya estaban impacientes.

-Señor, pero si esto tiene que ver con el hypermetal que-

¡Mierda! Acababa de revelar que sabía de aquel extraño y codiciado elemento de Atlantis. Ya había metido completamente la pata.

-¿Cómo es que sabes eso, Selket?- me fulmino con la mirada Camus.

-Yo…- balbucee.

-Selket- habló el Patriarca con su voz atemporal y poderosa. -¿Cómo obtuviste esa información?

-Lo leí en un libro sobre Atlantis… La verdad no tengo idea de qué es, pero no se me ocurre otro problema entre Asgard y el Reino Submarino- expliqué.

-Así que también sabes de eso- masculló Camus, a punto de encerrarme en el Ataúd de Hielo.

-Oye, yo no sé nada. Sólo estoy suponiendo cosas… Ninguno de los dos ha respondido por sus aprendices y actúan de manera misteriosa al mismo tiempo. Debe haber una conexión allí y no me digas que no lo habías pensado- me defendí.

Estaba agotando la poca paciencia que tenía Camus, pero antes de que dijera algo, el Patriarca se adelantó.

-Camus, tú fuiste a Asgard hace unos meses, creo que eres el más indicado para esta misión. Y Selket- dijo enfocando su sabia mirada sobre mí. -Lo acompañarás, después de todo ya conociste a Hilda de Polaris y estoy seguro que tus recuerdos de aquella fiesta servirán de algo. Partirán en dos días.

Y así había terminado yo en un viaje a las gélidas tierras de Odín junto al mejor amigo de mi maestro/expareja sólo por haberle pedido que me enseñara alguna foto de su pasado.

-¿Y ahora qué?- le pregunté, saliendo del gran salón.

-Ya lo oíste, en dos días partiremos a Asgard- me contestó algo seco.

Menos mal me había repetido exactamente lo que el Patriarca acababa de decirme… Idiota. Decidí que no quería lidiar en ese momento con el malhumor de Camus o acabaríamos enfrascados en una pelea. Ninguno de los dos estaba particularmente contento con la misión y estábamos demasiado tensos. No podría acabar bien cualquier enfrentamiento en ese estado. Lo dejé en Acuario y seguí Calzada abajo lo más rápido que pude, llegando a Aries en un segundo.

-¿Estás bien, Keti?- me preguntó Mu, llegando en un segundo a mi lado.

-Em.. sí, sí- respondí, aún con la mente turbia. -Es que… iré a Asgard.

Mu se quedó mirándome con asombro, pero lo miré con cara de que no comentara nada. Él lo entendió y se limitó a dejarme seguir como si nada.

[~]

El frío se clavó en mi cuerpo como una lluvia de alfileres. En menos de cinco segundos ya tenía los dedos entumecidos y tiritaba sin control.

-Te dije que te pusieras el abrigo, pero nunca haces caso- me regañó Camus.

Lo fulminé con la mirada y me apresuré a sacarlo del equipaje que llevaba a cuestas, junto a la Armadura de Orión. Encendí mi Cosmos muy suavemente, como me había enseñado Milo, y tras ponerme los guantes de piel, pude respirar tranquila.

-Bueno, no esperaba pasar de veintiséis a menos seis grados en tres segundos- me defendí.

Mu nos había teletransportado hasta el punto más cercano que lograba ubicar con exactitud cerca de Asgard. De ahí serían un par de horas de caminata hasta llegar al Palacio de Valhalla. Esperaba que Camus supiera ubicarse bien, pues yo no tenía idea de dónde estábamos y todo a nuestro alrededor estaba cubierto de espesa nieve. Lo seguí en silencio, caminando a su lado.

-Olvidaba que el frío era parte de ti, ¿de verdad no te estás congelando?- le pregunté.

Es decir, él podía ser el Maestro del Agua y el Hielo, pero seguía siendo humano, ¿cómo carajos estaba en medio de una ventisca usando nada más que calentadoras en las pantorrillas como única protección? Ni siquiera llevaba un suéter, por todos los dioses…

-Años y años de entrenamiento, fille- me dijo, con una sonrisa de superioridad.

Yo seguía temblando como una hoja al viento, a pesar de tener un buen abrigo. No podía encender mi Cosmos para no ser detectada, así que más me valía aguantarme.

-Toma un sorbo- me dijo, pasándome una licorera.

El vapor del alcohol inundó mi garganta con brusquedad, haciéndome toser un par de veces. La sensación de calor fue agradable, aunque durara poco.

-No puedo creer que ya no aguantes un trago de Stroh… ¿Cuántas botellas tomamos prestadas de Milo cuando aún eras una aprendiza?- se burló.

Ah, los recuerdos… Reí y le di un empujón cariñoso. Bebí otro trago, ahora sin ahogarme, y se la devolví. Hizo un gesto en señal de brindis y bebió un trago largo. Luego reanudamos el paso, tratando de no hundirnos entre la nieve. El trayecto se me hizo eterno, pero logramos llegar en la noche, cuando ya las luces del castillo eran visibles a lo lejos. Se veía bastante acogedor el pequeño pueblo de Asgard y el imponente castillo Valhalla al final de la gran colina.

En cuanto cruzamos el bosque, los guardias nos cercaron, apuntando sus lanzas hacia nosotros. Si supieran lo fácil que sería inmovilizarlos con solo proyectar las ondas de la Restricción… Pero Camus puso su brazo en frente de mí, adivinando seguramente lo que estaba pensando. Me quedé en mi sitio, cruzándome de brazos mientras él nos presentaba y demandaba entrevistarse con Hilda de Polaris. Luego de un rato pudimos entrar al Castillo. Antes de dejarnos pasar al pasillo principal, nos hicieron esperar hasta que el sonido de los pasos de una Armadura nos hicieron voltear. Se trataba de un hombre alto, con cabellos castaños muy claros, al igual que sus ojos. Su Armadura era plateada con detalles en violeta. Su actitud era algo tosca al igual que su andar. Lucía sorprendido al vernos allí. Me dio un ligero vistazo, pero no pareció interesarse en lo más mínimo, contrario a su reacción al escrutar a Camus.

-Jamás pensé volver a encontrarme con un Santo Dorado de Athena, y menos contigo, Camus de Acuario- le dijo, con voz profunda, pero gastada.

Así que se conocían. Miré a ambos, pero ninguno parecía respirar siquiera.

-Vengo en representación del Santuario y la diosa Athena- repuso Camus. -Me acompaña la Santa de Plata Selket de Orión.

-Un placer…- hice ademán para que me indicara su identidad.

-Sigmund- espetó, no con mucha cortesía. -Dios Guerrero de Granir.

Ah, así que por fin conocía al primer Dios Guerrero.

-Por favor, díganme si el motivo de su visita se debe a algún inconveniente con mi hermana- nos pidió antes de seguir.

-Ella se encuentra perfectamente en el Santuario, Granir- le contestó Camus. -El asunto que nos trae a Asgard es otro, pero sólo lo discutiremos con la señorita Hilda.

Me quedé de piedra, mientras los dos intercambiaban miradas y el Dios Guerrero decidía escoltarnos para ser recibidos por Hilda de Polaris. Lo seguimos en silencio hasta llegar a una gran puerta. Nos pidió que esperáramos allí y entró, dejándonos solos.

-¿Acaso él es…?- miré a Camus, estupefacta.

-El hermano de Leyja- me indicó Camus, en voz baja.

Claro, su apariencia se me había hecho familiar. Al igual que Milo y Seline, ella también era bastante parecida a su hermano. Quería averiguar más, pero sabía que no era el lugar ni el momento correcto. Y Camus claramente no tenía muchos afectos por el Dios Guerrero, así que tendría que conformarme con saber todo de boca de la asgardiana bajo el cuidado del Caballero de Acuario. Oímos unos pasos apurados acercarse del otro lado de la puerta y de allí salieron Hilda y Flare. Sus expresiones al ver a Camus fueron de intensa sorpresa, pero de una manera desproporcionada. Se miraron entre ellas y luego Flare bajó la cabeza. No sabía qué estaba ocurriendo, pero no quería interrumpir o desviar la atención. Hilda se apresuró a componerse y tomó a Flare del brazo, haciéndola reaccionar. Al subir la cabeza de nuevo chocó su mirada con la mía. Su semblante se iluminó al reconocerme.

-¡Selket!- exclamó con emoción, abrazándome.

-Señorita Flare- contesté luego de que me soltara. -Señorita Hilda.

Ella me miró con delicadeza y luego retornó la atención a Camus.

-Pasen, por favor- nos indicó.

Miré a Camus y lo seguí dentro de la habitación. Nos acomodamos en una gran sala con finos adornos y una estructura de roca sólida bastante impresionante. El Dios Guerrero permaneció de pie, junto a Hilda y Flare que sí se sentaron.

-Camus de Acuario- se dirigió Hilda hacia él directamente. -Tenemos noticias también. Quizás algo fuertes para ti, así que te pido disculpas personalmente por no haber puesto al corriente de inmediato al Santuario. De todas formas, entiende que no sabíamos nada de tu sorpresiva visita, Santo de Athena.

Camus lucía más serio de lo normal, esperando quizás a que Hilda se explicara mejor, mientras yo seguía en mi sitio sin moverme, mirándolo de reojo para predecir su siguiente movimiento. Escruté brevemente a las asgardianas de soslayo pero sus semblantes eran igual de inexpresivos. Si alguien no decía nada pronto iba a estallar de la tensión. La puerta chirrió al final del enorme salón en el que nos encontrábamos.

Los pasos resonaban por toda la estancia, haciendo eco en las paredes de piedra. Sentí cómo la respiración de Camus se detuvo y su ritmo cardíaco se disparó. Lo miré de reojo, sentado a mi lado, apretando la mandíbula hasta tensionar los músculos de su cuello. Jamás lo había visto así, tan fuera de control, a pesar de que no se había movido. Volteé a ver a la figura que se acercaba hacia donde estábamos. Sus ojos eran del color de las amatistas, contrastando con sus cabellos de fuego y el pequeño adorno que colgaba de uno de sus mechones a un lado. Su expresión era seria y segura, solo menos imponente que su Armadura rubí.

-Mi viejo amigo- murmuró, llegando hasta donde estaba Camus.

Clavé la mirada en el acuariano, pero seguía petrificado. Eché un vistazo al resto de los presentes: Hilda, su hermana Flare y Sigmund; todos completamente en silencio, expectantes. Camus se levantó, dio un paso y el otro hizo lo mismo. Se dieron la mano y después un corto abrazo, para luego separarse.

-Odín me ha dado una nueva oportunidad- le dijo. -Tal vez en esta vida podamos ser amigos nuevamente.

-Surt- replicó Camus. -Me alegra verte de nuevo, amigo.

No entendía nada, pero sí podía comprender el sentimiento reinante en la sala. Luego de algunos intercambios de palabras y demás, Flare se acercó a mí con discreción.

-Es un momento muy emotivo para él- me dijo en voz baja.

-Debería darle privacidad- le sugerí.

Yo no tenía por qué estar allí, no me correspondía. Ella asintió y luego se dirigió a su hermana.

-Hilda, hermana, creo que sería buen momento para enseñarle su habitación a nuestra invitada. Sigmund y yo la acompañaremos- anunció con aquella voz dulce y cantarina.

La otra estuvo de acuerdo y Sigmund lideró el camino hacia la habitación que me asignarían durante mi estancia en Asgard. Fui detrás sin despedirme, pues sabía que luego podría ver a Camus cuando estuviera más tranquilo. Flare me tomó del brazo y caminó junto a mí haciéndome cientos de comentarios acerca de Hyoga y lo orgullosa que estaba de tener como aliados a los Santos de Athena. Me encantaría que Hyoga pudiera venir alguna vez de nuevo, yo podría ofrecerme a cuidar un tiempo a su aprendiz. Luego se lo diría. Estaba tan absorta en ese pensamiento que no me di cuenta cuando llegamos a la que era mi habitación.

-¿Qué te parece, Selket?- me preguntó con entusiasmo.

-Vaya, es preciosa… Quizás demasiado grande, yo podría acomodarme en una habitación menos lujosa, señorita Flare- le dije, algo apenada.

La habitación era cuatro veces más grande que mi cabaña en el Santuario, además de estar decorada con elaborados elementos propios del pueblo de Asgard.

-Oh, por favor, deja de llamarme "señorita" y dime simplemente Flare- me dijo, con fingida indignación. -Sigmund arreglará con los guardias para que traigan tus maletas en un momento. El armario está por allá.

Dijo, señalando otra puerta.

-Emm…- fue lo único que atiné a decir.

-¿Qué ocurre?- me preguntó, curiosa.

-Este es mi equipaje- dije, descargando la Caja de Pandora y un pequeño morral encima.

Su cara fue algo parecido al horror, lo cual me divirtió, pero también me avergonzó.

Era obvio que siendo yo una guerrera, no viajara precisamente con vestidos y trajes caros. Ella, en cambio, era algo así como una princesa.

-Bueno, conseguiré algo más adecuado para que uses. Morirás de frío con esas botas griegas- dijo, sonriendo.

Le agradecí con una sonrisa, algo apenada.

-Te dejaremos a solas para que descanses un rato y te veré en la cena. Una doncella vendrá para escoltarte- me indicó. -Ah, lo olvidaba. Tu habitación está conectada con la de Camus a través de una sala de estar con chimenea.

Le agradecí nuevamente y salieron ambos, dejándome completamente sola. Di una vuelta por la habitación y luego me recosté en la cama. Me dolían los pies de tanto caminar. Descansé un rato y luego me levanté. Cuando salí encontré a Camus con aquel Dios Guerrero de Armadura rubí conversando en la sala que compartían nuestras habitaciones. Al verme dejaron de hablar, así que me disculpé.

-Sólo quiero algo de beber, no los molestaré- les dije, pasando de largo hasta el bar que había dispuesto para nosotros.

Me serví de una jarra que humeaba y llené mi vaso con hidromiel caliente. Bebí un sorbo y me dispuse a regresar a mi habitación con la bebida, pero Camus me detuvo.

-Selket, él es Surt de Eikschnir- nos presentó. -Ella es Selket de Orión.

-¿Orión? Vaya, tal vez puedas vengarte del Escorpión Celestial por partida doble- me dijo, sonriendo maquiavélicamente.

Aquel Dios Guerrero me daba una impresión que no sabía describir bien. Era alguien sagaz, sin duda, pero quizás algo cruel y herido. Lo miré con algo de desconfianza, pero finalmente le ofrecí la mano a modo de saludo. Él la estrechó con firmeza y me miró con detenimiento, lo cual me incomodó. Antes de que pudiera hacer alguna cosa, una doncella del Palacio entró en la sala, desviando mi atención.

-Por favor, pasen al comedor. La señorita Hilda los espera- nos comunicó la doncella.

Dejé mi bebida y me apresuré a peinarme nuevamente. Camus y el otro se pusieron de pie y los tres seguimos a la doncella hasta el comedor. Allí estaban Hilda y Flare, además de Sigmund al lado de la primera y Frodi al lado de la segunda. Tomamos asiento y quedé entre Camus y Surt. Charlamos un poco y luego trajeron un banquete que solo había visto en la fiesta de Poseidón. En esta reunión no se hablaría de nada problemático, siendo meramente una actividad social. Luego del postre charlamos otro rato, hablamos de Leyja y su vida en el Santuario, y luego nos despedimos. Mañana atenderíamos los asuntos oficiales. Cuando volvimos a la sala frente a nuestras habitaciones, un pensamiento me asaltó.

-Oye Camus, ¿a qué se refería aquel Dios Guerrero con vengarme del Escorpión Celestial?- le pregunté en cuanto supe que estábamos solos.

Aquella referencia a mi constelación guardiana me había pillado con el humor en un mal día. Sin embargo, sólo tenía sentido para mí, pues él no me conocía de nada, así que su chistecito me había desconcertado tanto como llamado la atención.

-No es nada, Selket. Surt no tuvo una buena historia con Milo y escogió un mal chiste a costa tuya- me explicó, conteniendo su incomodidad.

Ok, quería oír aquella historia sí o sí, pero tendría que ser en otra ocasión. Claramente Camus no estaba en condiciones de sentarse a charlar amenamente conmigo. Seguro tenía bastante que hablar con su amigo. Decidí que era mejor acostarme, pues no tenía nada que hacer o a dónde ir. Entré en mi habitación, algo fría, pero cómoda y decidí mirar por la ventana. A lo lejos, en los picos lejanos de las montañas con nieve perpetua, se veían las Luces del Norte. Una punzada de dolor me asaltó y cerré las cortinas, molesta. Me acosté, totalmente alterada, y esperé a que se me pasara, aunque no pude evitar llorar un poco.

Otro sueño extraño me había hecho despertar de golpe, asustada. Llevaba meses teniéndolos, aunque ahora los recordaba mejor. Eran imágenes vagas, pero lograba recordarlas cuando despertaba. Soñaba mucho con una cueva, pero no tenía idea de dónde estaba ubicada o de qué había allí dentro. Me quedé en la cama un buen rato, viendo que todavía estaba bastante oscuro, así que podría dormirme… o intentarlo. Luego de un rato en el que acepté que eso no iba a suceder, me levanté. Si no podía dormir por las buenas, tenía la opción de desmayarme por las malas, así que iría por una botella de algún licor a la sala y la bebería en la tranquilidad de mi habitación. Mientras no saliera ni me viera nadie borracha, no habría problema.

Salí de mi habitación sin luz, cuidando que no hubiera nadie en los pasillos. Caminé de espaldas hasta que la voz de Camus me heló la sangre.

-¿Qué haces, Selket?- me preguntó, extrañado.

Volteé y mis ojos se acostumbraron a la penumbra. El fuego estaba por extinguirse por completo, dejando unas sombras largas y los cuerpos a media luz.

-¿Por qué amas asustarme de esa manera, Camus? Vine porque necesitaba un trago y pensé que estarías en tu habitación ya- le dije, maldiciendo mentalmente.

Avancé, pero luego vi la otra silueta: no estaba solo. Me guardé mi disgusto lo mejor que pude y me dirigí al bar, ignorándolos.

-Estaré fuera de aquí en dos segundos- dije en voz alta.

No me interesaba lo que estuvieran haciendo, yo sólo quería dormir y olvidarme de todo por un momento.

-No tienes que irte si no quieres- me ofreció el Dios Guerrero.

-Está bien, pensaba beberme esto sola en mi habitación- dije, fingiendo una sonrisa.

-Déjala en paz- intervino Camus.

El otro lo miró con algo de asombro y luego me dio una mirada de arriba a abajo que me revolvió el estómago. Claramente habían estado bebiendo todo este rato. Se levantó y se sirvió algo, quedando frente a mí. Lo ignoré e intenté esquivarlo, pero me bloqueaba el paso.

-Quédate y charlemos un rato, acabas de llegar- me ofreció.

Fruncí el ceño, molesta. No me interesaba fraternizar ahora y menos con él. A Camus tampoco le hizo gracia.

-No te metas con ella, Surt- le advirtió Camus.

Eikschnir sonrió.

-¿Por qué Camus se empeña tanto en defenderte?- preguntó con mordacidad.

-No necesito que me defienda- espeté con fastidio.

-¿Acaso ustedes…?- alzó las cejas y torció el labio con una mueca burlona.

Lo miré con desdén.

-No es Camus, veamos: ¿Leo? ¿Aries? ¿Capricornio? ¿Escorpio?- se detuvo y sonrió con malicia.

-Ah, tu cara hace un pequeño gesto involuntario de dolor cuando menciono al Escorpión. ¿Qué relación tienes con él, Santa de Athena?- me preguntó, divertido.

-Milo de Escorpio es mi maestro- contesté sin emoción.

-Ya veo… aunque… ¿Solamente tu maestro?- preguntó con malicia.

Tragué en seco, algo nerviosa. No estaba haciendo un buen trabajo manteniendo las apariencias y aquel extraño sirviente de Odín podía leerme sin el menor esfuerzo. Me tensioné, sin saber muy bien qué hacer para librarme de esta situación, por suerte Camus ya estaba harto de su jueguito tanto como yo y lo manifestó encendiendo su gélido Cosmos, que enfrió la sala de inmediato.

-Surt, déjala en paz- dijo mientras se ponía enfrente de mí, bloqueando el paso hacia mí con su cuerpo.

Si la tensión seguía así íbamos a terminar en una situación peor. Me decidí a terminar con esto de una vez por todas. Evadí a Camus, quien me miró fijamente esperando mi reacción, y pasé por el lado de ambos con la botella en la mano.

-No sólo era mi maestro- dije aún de espaldas, deteniéndome un breve segundo y fulminando al pelirrojo con la mirada.

Salí de la habitación comunal dejándolos solos.

A la mañana siguiente me encontraba en uno de los balcones que daban a las montañas de hielos eternos mirándolas maravillada, mientras tomaba una taza de chocolate caliente con un toque de brandy para entrar en calor. Las sirvientas del Palacio habían dejado alguna ropa acorde para mí, la cual era de exquisito gusto: un par de abrigos en colores suaves, todos con finos bordados en los puños, botas de piel que subían casi hasta la rodilla y unos hermosos guantes a juego. Sentí unos pasos acercándose y miré de reojo encontrándome con aquella Armadura de rojo intenso y su insoportable portador.

-¿Ahora qué quieres, Eikschnir?- dije con tensión en mi voz.

Éste levantó las palmas de sus manos en señal de rendición y se recostó en el soporte del balcón junto a mí.

-Lamento haberte incomodado anoche, Santa de Orión- me dijo con voz arrepentida.

-Me imagino- espeté con sequedad y sarcasmo.

-Entiendo que estés molesta, pero me han pedido que te acompañe por hoy. La señorita Hilda quiere que conozcas algunos lugares antes de su reunión en la noche- me comunicó.

Vaya, qué detalle. Pasar todo un día con Surt precisamente. Comenzaba a pensar que tal vez esta alianza no era tan necesaria…

-¿Y Camus?- pregunté.

-Se unirá a nosotros más tarde, tiene asuntos con Frodi. ¿Vamos?- me dijo con tacto mientras me ofrecía su mano para bajar el escalón.

Lo ignoré y bajé sin devolverle la mirada.

-Iré por mi Cloth- anuncié.

-A donde vamos no la necesitarás- me dijo con exasperación contenida.

Estaba loco si creía que iba a andar con él por ahí en una tierra desconocida sin ningún tipo de protección. Además él llevaba la suya, no entendía el maldito problema.

-No tardaré, Eikschnir, puedes alimentar a las aves mientras regreso- le dije con sorna.

Pronto estuvimos fuera del gran Palacio de Valhalla donde se extendía un enorme bosque en el que estaba segura que me perdería sin remedio de adentrarme en él sola. Realmente eran inhóspitos estos parajes asgardianos. Todo parecía querer matarte: bestias enormes, ventiscas gélidas y austeridad por doquier. Si no moría en las garras de un oso de más de media tonelada, seguro el frío y el hambre darían cuenta de mí en menos de dos días.

Llegamos caminando hacia el pueblo principal, por lo que pensé en cubrir mi Armadura con una capa, aunque luego lo pensé mejor, no era como que conocieran Armaduras, aunque la mía no fuera una God Robe. Surt continuó caminando y yo lo seguí de cerca hasta llegar a un coliseo a cielo abierto, parecido a la arena del Santuario pero muchísimo más pequeño. Sentía las miradas de los soldados asgardianos escrutarme con recelo, lo que le daba cierta alegría al Dios Guerrero del Venado de Fuego.

-No vine a entretener a tus aspirantes, Eikschnir- le contesté, fastidiada.

-Como quieras, Selket. Pensé que te entusiasmaría más un combate que el mercadillo del pueblo, pero…- dijo con fingido pesar.

Todo el tiempo tenía que contar mentalmente cada Casa del Zodiaco con su respectivo Guardián para calmarme con sus comentarios cargados de provocación. Sin embargo, vi la oportunidad para obtener algo de información y saciar mi curiosidad.

-Eikschnir, dijiste que podía confiar en ti, ¿no es así?- le pregunté.

-Bajo tu propio riesgo, Orión- rió.

No sabía si estaba bromeando o siendo tremendamente honesto conmigo.

-Quisiera preguntarte algo- le dije.

Me miró con esa sonrisa burlona que lo caracterizaba y asintió.

-¿Por qué odias a Milo de Escorpio?- le aventé.

-Contestaré tu pregunta si me ganas en un combate- me retó.

-Sin Armaduras ni Cosmos- lo condicioné.

-Creí que no confiabas en mí como para estar sin tu Cloth- me recriminó con ironía.

-Armaduras, pero sin Cosmos- negocié, pensándolo mejor.

-¿Sólo habilidad física?- alzó una ceja. -Qué aburrido. Sería como una pelea entre campesinos.

Su arrogancia parecía no tener límites.

-A menos que toda tu habilidad como Dios Guerrero esté puesto en tu Ropaje Divino, no debería ser un problema- le dije con sorna, provocándolo.

Pareció pensarlo por un momento y asintió.

-¿Lista?- me preguntó.

-¿Aquí?- señalé la villa cercana.

Sin importar que utilizáramos o no nuestro Cosmos, no creía que fuera bueno darle un espectáculo a los civiles.

-Iremos al Coliseo, en la Arena no tendrás más excusas, ¿o sí?- volteó los ojos.

Lo seguí, dando un bufido parecido al siseo de una víbora. Al pisar la Arena, me puse en posición ofensiva. Él se puso en frente de mí de igual forma y lo ataqué lanzando mi puño a su cara. Lo desvió con su brazo y me lanzó una patada que bloqueé con mi espinilla.

-Nada mal, veo que sabes moverte- me dijo, con gracia.

-Tú no lo haces nada mal, tampoco- le devolví con el mismo tono.

Seguimos intercambiando golpes y entonces le reclamé una respuesta.

-¿Qué fue lo que pasó con Milo?- le pregunté de nuevo.

-Tendrías que ser más específica- me dijo con ese estúpido tono de superioridad.

-¿Qué fue lo que pasó entre tú y Milo en Asgard hace unos años?- reformulé la pregunta.

-Decidió atacar una de las bases de Asgard y lo detuve- rió, al tiempo que me lanzaba un golpe al pecho.

-¿Tú solo?- torcí la boca con un gesto provocador.

-Camus se enfrentó a él, yo solo terminé lo que habían empezado- fingió desentenderse.

-Camus es un Caballero Dorado, ¿por qué iba a alzarse contra su compañero en una tierra ajena?- le pregunté.

-Porque me lo prometió- me contestó sin más, pillándome desprevenida y asestándome un golpe en un costado.

Caí pesadamente, faltándome el aire en los pulmones. Me iba a levantar de un salto cuando sentí un poderoso Cosmos a lo lejos, lo cual me distrajo. Él detuvo el golpe que pensaba darme, aún en el suelo, y en su lugar se quedó observando en la misma dirección.

-Ven, es hora de regresar al Castillo- me dijo, dándome la mano para levantarme.

Me llevó lejos, adentrándonos en el bosque.

-¿Qué era eso?- le pregunté, molesta.

-No es de tu incumbencia- me contestó.

-No necesito tu permiso. Ya lo veremos- le dije, mientras me volteaba para ir en dirección al Cosmos que había sentido.

Me bloqueó y entonces encendí por reflejo mi Cosmos. Él se quedó mirándome y encendió el suyo, sin dejar de bloquearme. Algo estaba ocultando y no lo iba a dejar pasar así me tuviera que enfrentar a él en un combate real. Luego de segundos interminables en los que ninguno de los dos movía un músculo, él apagó su Cosmos. Hice lo mismo, en señal de paz, pero no dejé de mirarlo un solo segundo. Ahora menos que nunca me fiaba de él.

-No es propio discutirlo aquí. Podremos hablar en el Castillo en presencia de la señorita Hilda- me dijo, extrañamente de buena manera.

Fruncí el ceño, molesta, pero quizás era lo mejor. Asentí y caminamos juntos hasta regresar al Castillo donde esperaba tener una charla con Camus antes de la reunión oficial. Tenía que aclarar mi mente y poner en orden mis pensamientos, pero necesitaba hacerlo sola, así que tendría que deshacerme de Surt.

-Eikschnir, quisiera descansar en mi habitación hasta el anochecer, si no es inconveniente- le dije, amablemente.

-En absoluto, luego puedo llevarte a ver las Luces del Norte- me ofreció.

-Las odio- espeté, con bastante mala cara, dejándolo solo.

Crucé el pasillo hasta llegar a mi habitación. Me dejé caer apenas cerré la puerta. Ese Cosmos no se parecía a ninguno de los Dioses Guerreros que conocía hasta ahora. De hecho, me recordaba más al Cosmos de Camus, pero mucho más denso. La actitud celosa de Surt me había puesto en guardia. Era algo que no quería que supiera. No sabía cuánto más se iba a tardar Camus, así que decidí hablarle a su Cosmos.

"Camus"

"¿Qué ocurre, Selket?"

"Necesito hablarte en privado, antes de que nos reunamos con Hilda"

"Te veré en dos horas en nuestra sala de estar"

"Está bien"

Bueno, quizás podría aprovechar y tomar una pequeña siesta. Me quité las botas y abracé los almohadones, cerrando los ojos y dejándome llevar por el sueño. Desperté con el llamado insistente de la puerta. Era Camus y comenzaba a impacientarse. Me apresuré a abrir la puerta, tallándome los ojos y disimulando el dolor de cabeza.

-Camus- dije, en cuanto lo vi plantado allí.

-¿Por qué no contestabas?- me recriminó.

-Estaba dormida, lo siento- le dije, acomodándome el cabello.

Él entró en mi habitación y cerré la puerta.

-¿Qué querías hablar?- me preguntó.

-¿Quieres hacerlo aquí?- le devolví la pregunta.

-Me parece más seguro, si no te molesta- me contestó.

-No, ya hemos pasado bastantes noches compartiendo cama juntos, ¿no?- le dije, riendo.

Siendo este mi segundo viaje con Camus, oficialmente era con quien más había dormido, aparte de Milo, con quien había estado por dos años. Él sonrió de medio lado y se sentó en mi cama. Yo hice lo mismo y quedamos frente a frente.

-Hoy estuve cerca al Coliseo con Eikschnir y sentí a lo lejos un Cosmos extraño, pero poderoso- comencé a contarle. -No era uno que conociera, pero se parecía al tuyo, Camus, solo que más turbio.

Él abrió los ojos y me miró atento, así que seguí.

-Iba a averiguar qué era, pero Eikschnir me lo impidió. Luego regresamos al Castillo y dijo que podríamos discutirlo con la señorita Hilda- le dije con preocupación.

-¿Un Cosmos como el mío, dices?- lo meditó. -¿En qué dirección estaba?

Señalé el lado este con respecto al Castillo de Valhalla.

-Isaac tiene un Cosmos de Hielo, quizás eso fue lo que percibiste- dijo, con su mano en el mentón.

-¿Las Marinas tienen permitido subir a la superficie?- le pregunté.

-No es lo usual, pero podrían hacerlo. Tal vez lo han estado haciendo y por eso Hilda sintió la necesidad de revivir a sus Dioses Guerreros- formuló su teoría.

-Será mejor que logremos que Hilda sea completamente sincera con nosotros respecto a todo lo que está pasando- le dije, preocupada.

Su semblante era inescrutable, pero dadas las circunstancias, no era difícil suponer que estábamos en una situación incómoda y peligrosa.

-Camus, ¿qué pasaría con el Santuario si ambas partes deciden comenzar una guerra?- le pregunté, temiendo la respuesta.

Me miró con sus profundos ojos gélidos y exhaló con pesadez.

-Tendríamos que intervenir. Entraríamos en otra Guerra Santa- me dijo.

Sentí que mi corazón se detenía. Además de poner al mundo entero en peligro, eso significaba que Seline, Lexie y Leyja estarían en bandos opuestos. Y nosotros…los Santos de Athena, tendríamos que luchar contra lo que fuera que atentara contra la paz en la Tierra. La cabeza me iba a estallar con tantas cosas, pero fue el ruido de los golpes de la puerta lo que me hizo volver a la realidad. Abrí un poco la puerta y reconocí la Armadura rojo sangre.

-¿Qué quieres, Eikschnir?- le pregunté con desprecio mal disimulado.

-Buenas, noches, Santa de Orión- me respondió con fingida cortesía.

A su lado estaba Sigmund, a quien no había notado hasta que abrí la puerta.

-¿Puedo ayudarlos, Dioses Guerreros?- les devolví la cortesía.

-Tenemos un mensaje para Camus y para ti. No lo encontré en su habitación- me dijo, haciendo un cambio en la modulación de la última frase.

Supongo que ya habían sentido su presencia en mi cuarto, así que terminé de abrir la puerta y lo vieron dentro. Él no pareció sorprenderse o apenarse, mantuvo la compostura y llegó a mi lado en un segundo.

-Hilda ha pospuesto la reunión- anunció el otro Dios Guerrero.

Me parecía sospechoso, además de inconveniente, pero no tuve más remedio que fingir no darle importancia y esperar la reacción de Camus. No hizo nada y asintió. Confié en que estaba actuando en consecuencia, tenía fe en sus habilidades diplomáticas.

-¿Cuándo podrá recibirnos oficialmente?- les preguntó.

-Mañana en la mañana los espera en el gran salón- anunció Granir.

Esperé a que se fueran para poder encarar a Camus, pero éste salió de mi habitación en un segundo. No pensaba detenerlo. Ya hablaríamos más tarde. Cerré la puerta de mi habitación y me desprendí de Orión, que por fortuna no había opuesto resistencia. Había diezmado su influencia sobre mí desde que me había negado a portarla durante meses. Saqué el libro de Atlantis que Mu me había prestado y me acosté a leer un rato. Esperaba encontrar algún indicio y cuando no sabes lo que estás buscando, cualquier camino te sirve.

No me di cuenta de que había pasado ya medio día y había anochecido casi por completo. Bajé a la planta inferior, donde una doncella me indicó que en breve servirían la cena, así que tendría que cambiarme de atuendo. Subí y me cambié la ropa por uno de los trajes que Flare me había dejado para usar durante mi estancia en Asgard. Cuando bajé de nuevo, me recibió Flare completamente sola, lo cual se me hizo raro.

-¿No nos acompañarán la señorita Hilda y algún Dios Guerrero?- pregunté con cortesía.

-Me temo que mi hermana no se siente muy bien- explicó Flare con pesar. -Seremos tú y yo esta noche.

-¿Y Camus?- pregunté de nuevo.

-Avisó hace un rato que se demoraría con Surt y pidió que no lo esperáramos- me explicó.

-Está bien, tendremos una noche de chicas- sonreí.

Ella se emocionó y sonrió de vuelta.

-Me alegra que pienses así… La verdad es que aquí no tengo con quien hablar mucho- me dijo, con una pizca de tristeza.

La cena fue servida de inmediato y comimos mientras conversábamos de todo y nada a la vez. Sin darme cuenta, Flare me había dado la noche libre que necesitaba. Conversamos hasta bien entrada la noche, con ella fascinada por la vida de las Amazonas del Santuario. La verdad es que teníamos bastantes historias para entretenerla más de una noche, pero reservé solo las que no me dejaran tan mal parada. Luego nos despedimos y regresé a mi habitación.

Me deshice del vestido y estiré un poco, para desentumecerme. Era tarde, pero yo no tenía sueño, así que me quedé apoyada en el alféizar de la ventana, observando las luces del Castillo en las plantas inferiores a ver si de casualidad aparecía el Caballero de Acuario. Al rato lo encontré en la sala que compartían nuestras habitaciones. El fuego en la chimenea ardía con fuerza y tenía en su mano una botella que no pude identificar.

-¿Estás bien?- le pregunté al verlo algo malhumorado.

-Lo estaré cuando me termine esto- me dijo con amargura, alzando un poco la botella.

Me extrañaba verlo solo, pero me alegraba que no estuviera el odioso amigo de Asgard. Me pasó la botella sin pedírsela y la acepté de buena gana. Cuando la tuve en mis manos me di cuenta que era Akvavit, una bebida noruega con buen porcentaje de alcohol y parecida al vodka. Bebí un trago largo y me senté en el sillón junto a él, mirando el fuego chispear. Había algo que quería saber desde la mañana y no me había dejado tranquila. Le di otro trago y se la pasé. Cuando le dio otros dos y comenzamos a entrar en un ligero estado de ebriedad, me decidí a hablarle.

-Sé que no es mi historia, Camus… y soy muy atrevida al pedirte esto, pero quisiera entender a Milo mejor. Él… me habló en una ocasión de su pelea en Asgard, cómo a pesar de ser compañero de armas y mejores amigos, se enfrentaron el uno con el otro por sus convicciones- le pedí.

-Si ya te lo contó, ¿qué más quieres saber?- me miró a los ojos, sosteniendo su vaso medio lleno.

-Sé qué ocurrió, pero no por qué- le dije.

-Fue por una promesa que hice en el pasado- me dijo con pesadez.

Yo ya sabía que era con Surt, pero no quise revelar ese detalle. Tendría que esperar a que decidiera seguir contándome. Le dio un vistazo a la botella en su mano, la agitó y bebió de un trago el Akvavit que tenía en él.

No lo quería presionar, así que no dije nada más, sin embargo, continuó luego de servirse otro trago, abriendo una botella nueva.

-Surt, el Dios Guerrero de Eikschnir era mi mejor amigo en Siberia, donde fui mandado a entrenar. Vivía con su hermana pequeña, Simone, en una villa cercana. Fue mi culpa que ella muriera- me dijo, deteniéndose abruptamente con la última frase.

Su garganta se cerró, quebrándose una fracción de segundo su voz. Tragué en seco, imaginando su dolor y puse mi mano sobre la suya. Él no me quitó y, por el contrario, apretó la suya, llenándome con su calor. Yo tenía un aprecio muy grande por él, no solo por ser el mejor amigo de Milo, sino por su manera de tratarme. Camus era bastante protector conmigo, aunque no lo demostrara abiertamente.

-Un día entrenando creé una avalancha. Simone quedó atrapada en ella y murió- continuó. -Surt jamás fue el mismo desde eso, y aunque no me culpara directamente, su resentimiento se asentó en su corazón.

-¿Qué fue lo que le prometiste?- le pregunté.

-Que daría mi vida, aquella que me habían dado en Asgard, por él. Sin importar el costo. Por ello terminé enfrentándome a Milo. Habíamos muerto en el Inframundo destruyendo el Muro de los Lamentos, así que esto era como vivir tiempo extra- me dijo. -No era la primera vez que luchábamos el uno contra el otro: durante la última Guerra Santa contra Hades, volví como un Espectro y junto a Saga y Shura, nos enfrentamos a Milo, Aioria y Mu- comentó con amargura.

-No eres un traidor, si es lo que estás insinuando- le aseguré.

-La historia parece decir lo contrario, fille- me dijo, mirándome con sus gélidos ojos índigo y una sonrisa desganada.

[~]

Decidí salir a caminar por las laderas del bosque muy temprano. Hilda nos había citado a media mañana, así que tenía unas horas libres y, ya que sentía que mis articulaciones se estaban petrificando con el frío de Asgard, me pareció una buena idea calentar los músculos con algo de ejercicio y aire fresco.

Decidí tomar el sendero que parecía más seguro y menos probable de que me perdiera en él. Caminé un rato, absorta en mis dudas y pensamientos, intentando que alguna idea llegara a mi mente para darme luz. Fue entonces que entre las ramas vi fragmentos rojos, lo cual me enfureció: Eikschnir de seguro me estaba siguiendo sin darme cuenta. Me dirigí a los arbustos dispuesta a electrocutarlo, pero en cuanto despejé las ramas me llevé una sorpresa mayor.

-Oh, disculpa, vi una Armadura roja y pensé que se trataba de Eikschnir- me disculpé.

-Está bien, entiendo- me dijo con una voz delicada.

Aquella voz dulce y atrayente era equiparable a la melodía triste que comenzó a tocar con su arpa.

-Lo siento, puedes continuar- le dije, saliendo del estupor.

Comencé a caminar, pero me detuvo.

-Espera, no hace falta que te vayas- me dijo con amabilidad.

Lo miré sorprendida y me detuve. La verdad era que su canción era bastante hipnotizante, como un hechizo de tranquilidad, aunque solo la había oído por unos segundos. Los suficientes para hacer que me quisiera quedar allí, a pesar de no saber quién era.

-Mi nombre es Mime- me dijo. -Soy el Dios guerrero de Benetnasch.

-Soy Selket de Orión- me presenté.

-¿Qué hace una Saint de Athena en vagando por los bosques de Asgard?- preguntó con asombro.

-Salí a despejar un poco mi mente. Estoy aquí por una misión diplomática- repuse, sonriendo.

Me miró con sus grandes ojos rojos y supe que ambos estábamos jugando el mismo juego con respuestas políticamente correctas y fingido desconocimiento de causa.

-Una vez combatí contra los Santos de Bronce- me dijo, mientras comenzaba a tocar algunas cuerdas de su lira. -Andrómeda y Fénix.

-No sabía que los conocieras- le dije.

Yo realmente solo conocía a Shun. En las celebraciones del Santuario habíamos coincidido algunas veces, al igual que Dragón y Pegaso. Hyoga era mi amigo desde que había regresado al Santuario para entrenar a su pupilo. Al Fénix no lo había visto en estos años en el Santuario.

-Juré que en otra vida les ofrecería mi amistad incondicional- me contestó con una sonrisa desganada.

Al parecer había bastantes promesas entre Santos y Dioses Guerreros...

-Tal vez puedas visitar el Santuario y cumplirla- le dije.

Su sonrisa se amplió y cerró los ojos para concentrarse en la tonada que estaba interpretando. Me quedé en silencio apreciando su fina música hasta que finalmente comenzó a tocar con lentitud hasta detenerse.

-Tu melodía es muy bella, pero siento que hay mucha tristeza en ella- le dije.

-Qué curioso, podría decir exactamente lo mismo de ti- me dijo, sonriendo con suavidad.

No pude decir nada más. Sentía que tenía razón y tal vez era bastante visible mi desdicha.

-¿Sientes enojo?- me preguntó.

¿Enojo? Negué con la cabeza.

-Decepción, quizás…- me dijo. -Te estás conteniendo, pero ¿hasta cuándo lograrás mantenerte en control y no quebrarte?

¿Quién carajos era ese tipo? Comencé a sentirme acorralada y tremendamente desprotegida, como si fuera un libro abierto. Retrocedí unos pasos y volteé la cara para no verlo de frente.

-Lo siento, no pretendía incomodarte- se disculpó.

-Se hace tarde, debo reunirme con la señorita Hilda- atiné a contestar.

Él asintió y no dijo nada. Yo me levanté y salí del bosque en dirección al Castillo con premura. Me urgía salir de allí y enfocarme en cualquier otra cosa.

-Llegas bastante tarde, estaba por salir a buscarte- me dijo Camus en cuanto llegué a su lado.

-Lo siento, me distraje en el bosque y perdí la noción del tiempo- me disculpé.

-¿Todo bien?- inquirió.

Lo miré extrañada y fruncí el ceño.

-Claro que sí, no sé por qué lo preguntas- le dije, aireada.

-Te ves algo alterada- me dijo con un gesto algo preocupado.

-Bueno, pues no lo estoy- le dije con sequedad.

Luego me sentí mal por hablarle de esa manera.

-Perdón, de verdad no es nada- le dije con un tono conciliador.

Él puso su mano en mi hombro con delicadeza y entramos al salón donde nos esperaba Hilda de Polaris. Nos acomodamos en la estancia, quedando frente a ella, Flare y dos Dioses Guerreros a cada lado, Granir y Eikschnir. Luego entró Gullinbursti. Yo estaba al lado de Camus.

-Creo que la sinceridad aquí debe ser nuestra prioridad- anunció Hilda. -El Santuario de Athena ha sido nuestro aliado y actuaremos en consecuencia.

-Puede esperar el mismo trato por nuestra parte- apuntó Camus.

Todos nos mirábamos, removiéndonos incómodos en nuestros sitios.

-Antes quisiera saber algo, Caballero de Acuario- se dirigió Hilda a mi compañero. -¿Cuál es la razón de que estén aquí?

Camus tomó aire y ordenó los pensamientos en su cabeza antes de tomar la palabra.

-Desde hace un tiempo no hemos recibido comunicación respecto a la aprendiza que enviaron al Santuario. Leyja ha estado bajo mi tutela desde el principio, pero desde hace un año está preparada para asumir su lugar como Valkiria. Eso comenzó a preocuparnos, ya que no recibíamos respuesta alguna por parte de Asgard- explicó. -Luego algo más nos puso sobre alerta.

Me miró para que continuara, así que tragué en seco y asentí.

-Gracias a una fotografía vieja pude identificar al General Marino de Kraken- dije, capturando la total atención de todos. -Aquel hombre había estado presente, aunque de manera incógnita, en la fiesta del onomástico de Julián Solo, al cual acompañé como guardia a la señorita Saori Kido. Ese día pude ver cómo el general de Siren discutía brevemente con Isaac, a escondidas.

-¿Por qué no lo dijiste antes?- me preguntó Frodi. -Fue casi hace dos años, nos hubiéramos podido preparar mejor.

-La razón es muy sencilla, Dios Guerrero: desconocía la identidad de aquel hombre. Verá, hace dos años y medio llegué al Santuario, ganando mi Cloth de Orión hace poco más de uno. Yo no conocía a nadie del Templo Submarino a excepción de las aprendizas de Marina que llegaron al mismo tiempo. Como le digo, fue una casualidad que lo reconociera en una fotografía- le expliqué con calma.

-Isaac de Kraken fue mi alumno junto con Hyoga de Cisne- finalizó. -La foto que vio Selket era de ese entonces.

-Entendemos perfectamente, Santos de Athena- intervino Hilda. -Permítanme contar nuestra posición.

Asentimos con amabilidad y escuchamos atentos el relato de la recuperación de Asgard luego del episodio de Loki, en donde los Caballeros Dorados habían tenido participación. Yo estaba absorta en aquella historia increíble.

-Frodi y Sigmund fueron los únicos sobrevivientes de entre todos los Dioses Guerreros- dijo con pesar Flare. -Luego de que comenzaran los ataques de las Marinas, Odín nos permitió regresar a la vida a nuestros Guerreros. Sin embargo, no todos podían responder el llamado de nuestro dios para el Ragnarok en la Tierra.

Camus permanecía atento y vigilante, al igual que los tres Dioses Guerreros.

-Los ataques de los Atlantes a la superficie han estado sucediendo desde hace algunos meses- dijo Flare.

-Por ello Surt de Eikschnir, Mime de Benetnasch, Hagen de Merak y los gemelos de Mizar y Alcor fueron escogidos bajo la voluntad de Odín para protegernos- anunció.

Noté que mencionó más personas. Yo sólo había conocido a Mime y a Surt, pero Hagen y los gemelos no eran nombres de los cuales tuviera registro.

-Syd, Bud y Hagen se encuentran en una misión en la otra costa de Asgard- aclaró Hilda. -Las Marinas tienen custodiada toda la costa asgardiana.

-¿Tienen idea de lo que quieren?- preguntó Camus.

-No estamos seguros, pero parecen acusarnos de robar su Oricalco- habló Sigmund. -Este hypermetal es utilizado en la creación de las Scales de Poseidón, pero también en las Cloths y God Robes… Así que suponen que estamos alistando un nuevo ejército.

-¿Cuántas God Robes existen?- preguntó Camus.

-Es un secreto que solo nuestro señor Odín conoce. Las God Robes están escondidas por todo Asgard, apareciendo sólo cuando nuestros Dioses Guerreros deben venir a protegernos. Somos un pueblo pacífico- dijo Flare. -Hasta ahora se conocen catorce God Robes.

Eso dejaba siete Dioses Guerreros activos, la mitad. Si fuera verdad que Asgard se estuviera armando, ya las siete God Robes estuvieran ocupadas, pero ni los muertos ni los vivos eran dueños de los Ropajes Divinos restantes. Seguramente Camus había llegado a aquella misma conclusión. La reunión continuó unas horas más, hasta que por fin pudimos descansar. Camus había adelantado muy bien la misión con los Dioses Guerreros, teniendo mucha más participación que yo. No me molestaba, era un Caballero Dorado y su experiencia era basta. Nos dirigimos a nuestras habitaciones para descansar antes de la cena. No sabía cuántos días más permaneceríamos aquí.

-Camus, quisiera preguntarte algo- lo llamé antes de que entrara a su habitación.

-¿De qué se trata, Selket?- me miró con inquietud.

-¿Acaso Surt y ellos… son guerreros Einherjar?- pregunté con algo de renuencia.

-¿De dónde sacas eso?- abrió sus ojos con sorpresa.

-Ustedes cuando fueron revividos por…- sentí que estaba metiendo la pata.

-No, ellos, como puedes ver, no tienen ninguna marca de nigromancia. Odín, al igual que Athena, les ha concedido lo único que puede otorgar un dios verdadero- me explicó.

-Entiendo- exclamé, agradeciéndole.

Me acosté en la cama y miré a la nada. Respiré un par de veces hondo y logré calmar mi ansiedad un poco. Aquella reunión había agotado toda mi capacidad de autocontrol, no por ira, sino por frustración. Era claro que Hilda no atacaría primero, pero de ser atacados, ella no dudaría en responder de la misma manera. Esto era un problema, ya que su contraparte era todo lo opuesto: voluble e impredecible. Camus debía notificar al Patriarca de la situación para entablar negociaciones y acuerdos con Poseidón y sus Marinas. Por ahora, creía que habíamos cumplido con la misión. Podía descansar un rato tranquila. De hecho, una siesta y un baño caliente eran justo lo que necesitaba. Mi habitación tenía una gran terma y pensaba utilizarla. Cuando salí del cuarto de baño, encontré un hermoso vestido largo con delicadas mangas al estilo asgardiano. Lo habían dejado las sirvientas del Castillo mientras me aseaba, seguramente para usarlo en la cena. Lo puse a un lado y abrí el libro de nuevo, dejando escapar algunas horas más.

Cuando anocheció por completo, otra doncella llamó a mi puerta aunuciando la cena. Me puse el vestido azul claro y acomodé mi pelo en una trenza baja. Cuando salí al pasillo Camus me llamó en privado.

-He recibido una mensaje del Santuario- me dijo con cautela, sin dejar de caminar. -Enviarán un emisario de Poseidón a escoltarnos a Atlantis.

-¿Iremos al Templo Submarino de Poseidón?- pregunté con los ojos abiertos como platos y la quijada en el suelo.

-Así parece- repuso, no muy seguro de cómo interpretar mi reacción.

-¿Quién vendrá por nosotros?- pregunté, ya más calmada.

-No lo sé, sólo que debemos estar al amanecer en la entrada al Templo Submarino en Asgard- me dijo, sin mucho ánimo.

-Una cosa a la vez. Lidiemos con una sola cosa a la vez- dije, apretando el tabique con los dedos índice y pulgar. -Por el momento, concentrémonos en que esta cena salga lo mejor posible.

Camus asintió y llegamos juntos al comedor. Luego de una cena estupenda, Hilda nos invitó a pasar a su balcón privado. Tenía una vista privilegiada de todo el pueblo de Asgard a lo lejos, titilando con pequeñas lucecitas entre las inmensidad cubierta por blanca nieve, pues el castillo Valhalla estaba lejos del pueblo, rodeado por un bosque espeso, según habíamos podido apreciar. A lo lejos, tras las montañas, se filtraba el juego de luces de la Aurora Boreal. De nuevo sentí el nudo en el estómago, pero no dije nada. Disimulé lo mejor que pude y fingí disfrutar del fenómeno nórdico. Me crucé de brazos y no dije nada.

-Señorita Hilda, hay algo que no pude discutir con Selket antes, ¿estaría bien si se retira para terminar con ello?- oí la voz de Surt. -Eso si Selket está de acuerdo, por supuesto.

Hilda asintió y acompañé a Surt bajo la mirada severa de Camus. No me importaba, tomaría cualquier pretexto para salir de allí como fuera.

-¿Por qué hiciste eso?- le pregunté con desconfianza.

-Dijiste que odiabas la Aurora boreal…Y te veías mortificada- dijo, desinteresadamente.

Era obvio que no creía que fuera cierto, pero le agradecía haberme sacado de aquel suplicio. Hubiera sido tremendamente descortés haberme retirado así como así. Seguramente Camus tendría algo que decir al respecto mañana, pero cruzaría ese puente cuando llegara a él.

-Gracias- fue lo único que atiné a decir.

Él asintió y me dejó sola en el corredor, fuera de la vista de todos. Respiré hondo y me dirigí a mi habitación, lo único que quería hacer era dormir y olvidarme de todo por un rato. Aproveché para empacar lo poco que había traído y dejar todo en orden para partir mañana temprano. El solo pensar en que visitaría el Templo Submarino hacía que me costara respirar. Era una mezcla de ansiedad, miedo y emoción.

Desperté antes del amanecer y esperé a Camus en la sala comunal. No tardó en aparecer con su equipaje en la espalda. Ambos salimos hasta el gran salón donde nos esperaban Hilda, Flare y los cuatro Dioses Guerreros presentes. Nos despedimos de todos y luego de dar las gracias a la señorita Hilda, le entregué a Flare el último vestido, el que había usado la noche anterior.

-Te agradezco que me prestaras el vestido, en verdad es precioso- le dije, devolviéndole la prenda perfectamente doblada.

-Por favor, Selket, acéptalo como un regalo- me dijo Flare.

-Oh, no podría aceptar luego de la inmensa hospitalidad que han tenido conmigo durante estos días- le dije, apenada.

-Insisto- me tomó de las manos.

Asentí y le agradecí nuevamente. Ella me abrazó, lo cual me sorprendió, pero la correspondí de vuelta.

-Selket- me llamó por última vez.

-¿Sí- repuse.

-Envíale mis saludos a Hyoga. Que el destino se entreteja y pueda volver a reunirnos- me dijo, con un brillo particular en los ojos.

Sonreí con dulzura. Sería un mensaje que estaría feliz de llevar. Miré a Camus, pero sólo me miraba con expresión parca. El romanticismo no era lo suyo, pero yo estaba feliz por su alumno de Cisne.

Partimos cuando apenas comenzaba a iluminarse el cielo, estando bastante cerca del remolino que conectaba Asgard con el Pilar de Ártico. A pesar de la nieve y el prístino panorama que se abría ante nosotros, pudimos ver una figura vistiendo una capa con capucha de piel que le cubría el rostro y cualquier otro rasgo que la identificara. Sin duda, por la silueta, se trataba de una mujer. Tal vez Thetis de Sirena o tal vez Sorrento, me temí. La figura se quedó quieta hasta que estuvimos a menos de tres metros y fue entonces cuando alzó la cabeza, quitándose la capucha y revelando su rostro.

-¿Seline?- balbuceé, estupefacta. -No puede ser ¡Pecesito!

Ella nos miraba sonriente con sus ojos del color del mar brillando de emoción.

-Tú…- espetó Camus con sorpresa e incredulidad.

-Sí, Camus de Acuario. Yo seré su escolta en Atlantis- dijo, sonriendo con picardía.

Vaya, vaya… Esto sería interesante.

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¡No se imaginan lo mucho que quería publicar este capítulo! Lo había escrito desde abril y casi un año después vio la luz. Claro que durante estos quince días pulí todo y escribí unas diez o doce páginas más. Me deja una sensación agridulce (porque se acerca el final) y nostálgica (porque lo escribí empezando la historia, pero teniendo claro este arco). Bueno, aquí tienen el capítulo más largo hasta ahora, esperando seguir con los últimos siete capítulos restantes. Mil gracias por continuar leyendo y ser parte de esta historia.

Recuerden pasarse por Crossroads de TheNinjaSheep para que conozcan a Aimée y Eva, dos Amazonas que enloquecen a un General Marino (no voy a decir cuál jaja) y al Santo de Capricornio.

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Ana Nari: Muchas intrigas y problemas para la pobre Selket que solo quiere una navidad tranquila jajaja pero los finales siempre son agitados. Gracias por seguir leyendo!

Dd-elaShine: No te imaginas la alegría que me diste al leer tu review. Espero que sigas enganchada en esta recta final que solo es el principio de otros caminos. Todas las OC tendrán fics propios y también se viene uno de The Lost Canvas, así que no es el final realmente.

Natalita07: Muchos secretos que por fin parecen estar revelándose. Muchos viajes y problemas se acercan, ¿podrá Selket detener una Guerra Santa? muahahaha.

GabrielaPerez2: Jajajaja el maestro Dohko chancla en mano siempre con las aprendizas :3 Me alegra que sigas pegada de esta historia y que aprecies mis métodos poco ortodoxos para que TheNinjaSheep publique. Un abrazo!