EPÍLOGO
Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
Mateo, 5, 38
Palacio de Holyrood, verano de 1603
Albert cambió de posición, impaciente, en la sala de audiencias del palacio de Holyrood, esperando que empezaran las presentaciones. Al notar su inquietud, Candy levantó la mirada del bebé dormido en sus brazos y le sonrió alentadora.
—Albert, Pauna estará bien. No te preocupes. Está en buenas manos.-Candy señaló al adusto vikingo, situado con aire protector junto a la hermana de Albert.
—Lo sé-dijo Albert, devolviéndole la sonrisa.
Con el corazón henchido de orgullo, contempló los amados rostros de su esposa e hija. No podía imaginarse una imagen más perfecta. Si era posible, la maternidad había embellecido todavía más a Candy, aportando una serenidad a su cara y una madurez a su porte que no tenía antes. Resplandecía con la seguridad de amar y ser amada. Y el diminuto querubín que llevaba en sus brazos... Sintió que le costaba respirar por la emoción. Cariñosamente, con el dorso del dedo, acarició la suave mejilla aterciopelada.
El amor de Albert por su esposa y su devoción por su hija se hacían más poderosos cada día que pasaba. Había alcanzado una paz y un contento que no sabía que existieran. Daba gracias a Dios por su buena suerte y por el extraño giro del destino que había llevado a Candy a Dunvegan.
Su mirada volvió a su hermana, resplandeciente con sus mejores galas, esperando a un extremo de sala a que le llegara el turno de recorrer el pasillo. Los bucles de un rubio claro, recogidos en lo alto de la cabeza, le caían por la espalda, balanceándose favorecedores, brillando como la plata a la luz parpadeante de la lámpara del techo.
Recordó otro día, no tan lejano, en que había presenciado un desfile muy diferente.
—Pauna ha pasado por cosas mucho peores-dijo Albert, casi para sí mismo—. Ahora es más fuerte.
Tal vez siempre había sido fuerte y solo era necesario que llegara Candy para recordárselo a todos. Candy, que con su fe inquebrantable había hecho que ese día fuera posible. Holyrood era la etapa final del largo viaje de bodas de Pauna y Tom por las Highlands. Como les habían prometido, Candy y Albert se habían reunido allí con ellos, para darles su respaldo. Albert sabía que tener a su lado a los nuevos favoritos reales no podía dañar las posibilidades de que Pauna fuera aceptada en la corte... advertir al rey de un complot para traicionarlo solía tener ese efecto. Sin embargo, aunque sabía lo importante que era ese día para Pauna, se había mostrado contrario, incapaz de dejar de lado la sombra de la incertidumbre.
—Albert, si no dejas de fruncir el ceño, vas a aterrorizar a todas las damas-dijo Candy bromeando.
Él cruzó los brazos sobre el pecho y tensó la mandíbula, convirtiéndola en una línea recta.
—Bien. Puede que así se acuerden de poner freno a sus lenguas viperinas.
Candy entrecerró los ojos.
—Me prometiste...
—Sí, lo hice-respondió enfurruñado. ¿Había algo que no hiciera por su esposa? El hecho de que en aquel preciso momento estuviera en la corte contestaba a la pregunta—. Aunque no fue una lucha limpia.
Candy sofocó una exclamación de fingida ofensa.
—¿Estáis poniendo en duda mi honor, señor caballero?-preguntó, refiriéndose burlona a los rumores de que el rey tenía intención de concederle el título de caballero.
—No, solo tus métodos de persuasión.
Candy se encogió de hombros, y un centelleo apareció en sus ojos.
—Dio resultado, ¿no?
—Eres una desvergonzada, Candice MacAndrew.
—Tendrás que recordármelo más tarde.-Soltó una risita y volvió a prestar atención a lo que sucedía.
Albert contuvo el aliento cuando anunciaron a Pauna, haciendo acopio de fuerzas para enfrentarse a las burlas. Candy deslizó la mano en la suya y se la apretó en una comunicación silenciosa. Observó cómo su hermana se erguía, poniéndose muy derecha, y permitía que Tom la condujera por el pasillo hacia el rey Jacobo y la reina Ana, recién coronados rey y reina de Inglaterra.
—¿Es esa la mujer tuerta?-oyó decir a alguien, y se tensó. La misma voz continuó—: Pero si es una criatura preciosa, es como un ser feérico.
—Pensaba que tenía una tara física.
Una voz masculina entró en la refriega.
—¿Por qué la repudiaría Sleat para casarse con esa Mackenzie? Quizá era a él a quien le faltaba un ojo.-Las risas respondieron a las palabras del desconocido.
Albert respiró de nuevo. Mientras su hermana avanzaba, ligera y majestuosa, Candy se volvió hacia él con una expresión de «Ya te lo dije yo» brillando en sus maravillosos ojos verdes.
Se le estremeció el corazón, lleno a rebosar de amor por la mujer que ya le había dado tanto.
Habían recorrido un largo camino juntos. Irónicamente reunidos por lo sucedido aquel horrible verano, hacía cuatro años, cuando Sleat había repudiado a Pauna y la había sometido a aquel cruel espectáculo. Sleat ya no era una espina clavada en su costado; en esos momentos estaba disfrutando de la «hospitalidad» de la guardia del rey. Aunque Albert sabía que Sleat no permanecería encarcelado por el rey de forma permanente, el jefe de los MacDonald ya no le preocupaba. Albert tenía todo lo que deseaba.
Miró el orgulloso rostro de su hermana, la radiante cara de su esposa y la angelical carita de su preciosa hija, Maria -a la que Candy insistía en llamar William—, y sintió que los últimos rescoldos de venganza morían en su corazón.
Había ganado. La felicidad era, sin duda, la mejor venganza de todas.
FIN
...
Quiero agradecer a cada una de ustedes por seguir la historia hasta el final. Es mi primera adaptación, y aunque se que no estuvo perfecta, les aseguro que fue con mucho cariño y con la esperanza de aprender mas para que la siguiente la disfruten igual o mejor. Gracias a todas por sus reviews, ha sido un placer adaptar esta historia y estoy feliz que les haya gustado.
Un dato interesante sobre la historia, es que aunque esta maquillada de romanticismo, la guerra entre nuestros clanes protagonistas si existió llamándose la "Guerra de la mujer tuerta". Tristemente no nos menciona sobre como perdió la vista de un ojo Pauna, pero la autora quiso darle su final feliz y por esa razón el Epilogo esta concentrado en ella.
Espero volver pronto con una historia que les guste. Un abrazo y millones de gracias a cada una.
