No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.
.
.
.
Isabella seriamente necesitaba conseguirse un auto más grande. Su cupé convertible Thunderbird rosa del '57 no alojaba cómodamente a cuatro. Demonios, no alojaba cómodamente a tres. Edward, Garrett y Jazz estaban sentados cadera con cadera sobre el largo asiento de cuero blanco, dejando a Isabella para que se sentara sobre sus regazos combinados y los ahogara con la enorme falda de su vestido. Capas de satén no iban bien con el brutal calor de Vegas. Aun así, ella no tenía dudas de que ella no había elegido este vestido, él la había elegido a ella, así que no había tenido más opción que reclamarlo como su vestido de boda.
Al demonio con la comodidad y la practicidad. Se iba a casar con el maldito Edward "Master" Cullen; en su opinión, el más grande guitarrista que había vivido jamás. Estaba decidida a lucir hermosa para él incluso si moría de un golpe de calor.
El auto se detuvo en una capilla con servicio para autos, el estruendo de la Harley de Benjamin siguiéndolos. Mientras estaban sentados en la fila esperando su turno, Isabella toqueteó su anillo de compromiso. Había jurado jamás volver a casarse. ¿Cómo había caído en esta trampa? Oh Dios, ¿qué estaba pensando? Esto nunca funcionaría. Edward era una estrella de rock; ella una profesora universitaria. Sus mundos estaban en lados opuestos del espectro. ¿Cómo lograrían alguna vez permanecer juntos cuando estarían obligados a pasar tanto tiempo separados?
La mano de Edward cubrió la suya y apretó. Ella lo miró a los ojos, y sus preocupaciones se evaporaron instantáneamente. Así era cómo se había enamorado. Exactamente así. Él era maravilloso, y ella era increíblemente afortunada de que él no se hubiera dado por vencido en lo que a ella respectaba. Y ellos harían que funcionara. Lo harían. Ella no se daría por vencida en lo que a él respectaba, o a ellos, jamás.
―¿Qué estás pensando? ―preguntó él.
―He caído.
―¡Y no puedo levantarme! ―dijo Emmett desde la parte trasera de la motocicleta de Benjamin, la cual estaba detenida con el motor en punto muerto del lado del asiento del pasajero del auto.
―Emmett, vamos a tener que amordazarte, ¿verdad? ―dijo Jazz y sacó la mano del auto para intentar agarrarlo. Emmett se apartó de un tirón justo a tiempo.
―Yo tengo una mordaza ―dijo Benjamin―. Pero está en el bus.
Si Isabella no amara a estos tipos como su familia sustituta, les hubiera dado una paliza a todos.
―Chicas, hoy se trata sólo de mí ―dijo―. Así que cállense, demonios.
Edward rió entre dientes y llevó la mano de ella a sus labios. Le besó los nudillos.
―Ésa es una razón por la que supe que tenía que casarme contigo.
―¿Porque soy una perra?
―Porque no tratas a mis compañeros de banda como estrellas de rock.
―Sí nos regaña ―dijo Garrett.
―Constantemente ―agregó Jazz.
―Y, en lo que a mí respecta, me gusta mucho ―dijo Emmett.
El auto frente a ellos arrancó, y Edward se movió hacia la ventanilla. Benjamin movió la motocicleta junto al auto y apagó el ruidoso motor. Fueron recibidos por Elvis Presley. Bueno, una imitación bastante buena de él. Elvis bajó sus grandes gafas de sol de marco blanco por la nariz y ofreció una amplia sonrisa.
―Digo-uh, bienvenidos a la Capilla del Rock, nena.
―Adecuado ―dijo Garrett.
―¿Tienes el papeleo, nena? Necesitamos la licencia para hacer que sea legal.
Edward le entregó a Elvis la licencia de matrimonio que habían recogido en la oficina esa mañana.
―Los sesenta dólares mejor gastados jamás ―dijo Edward.
Mientras Elvis hacía lo que fuera necesario con la licencia de matrimonio, Edward se deslizó hacia arriba para sentarse en el baúl del convertible con los pies apoyados en el asiento delantero. Tiró de Isabella para sentarla sobre su regazo, envolviendo su espalda con un fuerte brazo.
Él tomó la mano de ella en la suya libre, sosteniéndola con suavidad. Ella lo miró a los ojos, y la alentadora sonrisa de él hizo que el mundo entero se derritiera. Esto realmente estaba sucediendo. Iba a casarse con Edward Cullen. Iba a convertirse en su esposa. Para siempre. La sonrisa de ella se ensanchó hasta que sus mejillas dolieron.
―¿Éste hombre es tu ardiente amor? ―preguntó Elvis.
Isabella rió.
―Eso diría.
―¿Esta mujer te tiene todo estremecido? ―preguntó Elvis.
Edward sonrió.
―Sí, así es.
Elvis comenzó a cantar una decente versión de "Love Me Tender". Jazz se le unió en el segundo estribillo. Para cuando Elvis terminó, toda la banda lo acompañaba a viva voz, incluso Edward. Isabella no podía dejar de reír. ¿Cuántas mujeres podían afirmar que Elvis y los Sinners le habían dado una serenata el día de su boda? Sólo ella. Y tan odioso como era, su voluntad de quedar como todos en su beneficio significaba mucho para ella. Al final de la canción, Isabella abrazó a Edward y le susurró en el oído.
―Dios, te amo... y también a tu estúpida banda.
Él rió entre dientes.
―Eso está bien, porque estás atascada con nosotros de por vida.
Y mientras que una vez la idea la había aterrorizado, toda una vida de repente no parecía el tiempo suficiente. Ella miró en los intensos ojos marrones de Edward, su garganta apretada por la emoción, los ojos ardiendo con las lágrimas.
―¿Tienes votos que quieras recitarle a tu hombre? ―preguntó Elvis.
Las palabras cayeron de los labios de Isabella como fichas de dominó. Todas las cosas que había tenido miedo de decir, de sentir, desde que había conocido a Edward, se derramaron en un subidón de emoción.
―No sé cómo tú sabías lo que yo necesitaba más de lo que yo lo hacía. O por qué te negaste a rendirte. Simplemente estoy tan feliz de que no lo hicieras. Me amaste cuando no quería ser amada. Me levantaste cuando no me di cuenta de que estaba deprimida. Me diste tanto que yo era demasiado estúpida para aceptarlo, tenía demasiado miedo de llegar a necesitarte y perderme a mí misma. Pensé que, al amarte, me volvería débil. Ahora sé que amarte no me hace débil, Edward, me hace más fuerte. ―Ella tiró de la mano de él contra su pecho sobre su corazón que golpeaba―. Sé que te herido más de una vez, y no sé cómo compensarte por eso que no sea confiar en ti con mi corazón y amarte como mereces ser amado. Eso es lo que yo prometo. Prometo amarte y decírtelo a menudo. Prometo estar a tu lado sin importar lo que traiga el futuro. Tener fe en ti. En nosotros. También prometo ser honesta contigo... de corazón, mente, cuerpo y alma... y nunca engañarte con Jazz.
Edward rió y le tocó la mejilla.
―¿Nunca?
―Nunca. Sólo te quiero a ti. Sólo te necesito a ti. Siempre.
Ella se volvió para mirar a Garrett, quien lucía más que un poco enfermo. Ella no estaba segura de si la náusea se debía al golpe en la cabeza o al hecho de que ella se estaba comprometiendo tan abiertamente con Edward.
―¿Anillo? ―Ella extendió la mano en dirección a Garrett. Él dejó caer la gruesa banda de platino de Edward en su mano. Isabella tomó la mano izquierda de Edward y deslizó el anillo en su dedo anular―. Con este anillo, estás atascado conmigo, porque me niego a dejarte ir alguna vez.
Él sonrió, los ojos yendo al cielo con una expresión de euforia. ¿Cómo podía alguna mujer resistirse a un hombre que estaba tan lleno de alegría por las expresiones de amor de ella? Edward debería haberse casado años atrás. Ella silenciosamente envió una palabra de agradecimiento a Jazz por ser tan imbécil y destruir las anteriores relaciones de Jazz. De una extraña manera, ella le debía una a Jazz. O veinte. Con suerte, un día sería capaz de devolverle el favor y ayudarlo a encontrar una mujer que verdaderamente lo hiciera feliz; tan feliz como ella era con Edward. Dios, eso iba a ser difícil de lograr.
Esperando por las palabras que él le diría, Isabella reprimió la necesidad de abrazar a Edward. No quería distraerlo. Necesitaba oír lo que había en su corazón. Edward se aclaró la garganta y miró el mentón de Isabella.
―Garrett tenía razón: debería haber escrito esto.
―Ahora desearías haberme oído, ¿verdad? ―dijo Garrett.
―Sólo dime lo que sientes, cariño ―alentó Isabella, llevando el cabello de Edward detrás de una oreja con una caricia hasta que él volvió a mirarla.
―Creo que soy mejor demostrándolo.
Ella bajó los ojos para ocultar su decepción. Probablemente no ayudaba que sus cuatro compañeros de banda fueran testigos de la verbalización de sus sentimientos. Ella sabía que él la amaba; eso era lo suficientemente bueno para ella. Él podía decírselo cuando estuvieran solos. Edward metió un dedo debajo del mentón de ella, y ella levantó la mirada para encontrar la de él.
―Creía que sabía lo que era el amor, que comprendía su profundidad, su importancia, su belleza y la felicidad y el dolor que trae. ―Resopló; un pequeño sonido de diversión―. Ni siquiera estaba cerca. Cuando te miro, veo resplandor. Conozco la pura felicidad. Todo lo demás palidece en comparación. La idea de vivir un solo momento sin ti me destruye por dentro. Justo cuando creo que te amo tanto como es posible, abres tu corazón a mí un poco más, y mi amor se expande, crece, queriendo llenar cada vacío dentro de ti.
―Lo has hecho ―susurró ella.
Y ésa era exactamente; la razón por la que podía amarlo para siempre. Este momento no era la expresión más grande de su amor; sólo era el comienzo. Mientras continuaran alimentando lo que existía entre ellos, sus afectos arderían con más fuerza, los elevarían más alto, los acercarían más. Crecerían.
―Te amo, Isabella.
Él arrebató el anillo de la palma de Garrett. Ella se sacó el anillo de compromiso de horas de vida para que él pudiera poner el anillo de bodas en su dedo.
―Con este anillo, te reclamo como mía y te doy mi corazón. Para siempre.
Él se llevó la mano a los labios y besó el anillo que acababa de deslizar en su lugar. Ella no necesitaba la posesión material. No necesitaba el pedazo de papel que los uniera legalmente. Ni siquiera necesitaba la ceremonia ante testigos. Lo único que necesitaba, para saber que esta unión era sagrada y para siempre, era la expresión de amor en el apuesto rostro de Edward. Ella volvió a deslizar cuidadosamente el anillo de compromiso en su dedo, manteniendo el anillo de bodas más cerca de su corazón, para que la cosa cara no se le cayera de las manos temblorosas.
―Ahora los pronuncio marido y uh-mujer ―dijo el Elvis juez de paz―. Digo que-uh puedes besar a la hermosa novia.
Isabella envolvió el cuello de Edward con ambos brazos y encontró sus labios con ternura que rápidamente floreció en una insaciable necesidad. Había más en este beso que un mutuo compartir de placer. Era una expresión física de su amor. Ella permitió que sus emociones la llevaran, sin contener nada, sabiendo que este hombre era incapaz de destruirla intencionalmente. Él podía destruirla, pero no lo haría. Confiaba en él completamente.
Mientras sus últimas defensas caían, ella se preguntó por qué se sentía victoriosa en lugar de derrotada. Había perdido. Se había rendido a él, sin embargo, había ganado tanto para ella en su lugar.
Oh Dios, lo amaba tanto, que podía seguir besándolo para siempre.
Los chicos ofrecieron sus felicitaciones. Jazz palmeó a Edward con fuerza en la espalda. Emmett vitoreó. Isabella continuó besando a su esposo hasta que todos excepto Edward se quejaron. Incluso el imitador de Elvis intentaba apresurarlos. El beso la consumió, no con lujuria, aunque esa chispa física entre Edward y ella todavía era fuerte, sino con amor.
¿Esto era contra lo que había estado peleando? ¿A qué le había temido? Qué tonta había sido.
Acercó más a Edward, deseando poder disolverse en su cuerpo y verdaderamente volverse una con él. Cuando finalmente se separaron, ella miró a su esposo a los ojos y supo que él contaba en ella para que fuera su roca. Su vida en la carretera no era fácil. ¿Esa estabilidad que él ansiaba en su vida? Ella podía ser eso para él. Podía hacerlo. Y él sería todo lo que ella se había estado negando durante demasiado tiempo.
.
.
.
¡Ay! Que hermoso! Muero de amor! Espero que les haya gustado el capítulo porque a mi me encantaaaaa!
No olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
