SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no es dueña de ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Cuarenta y Cuatro:

Su uso

"Despierta perra! Dije, despierta!" Gritó Naraku prácticamente mientras levantaba bruscamente a la desprevenida y medio dormida mujer.

La hechicera del viento gimió por la acción, "Owe—ano." Gruñó ella, su voz salió en un débil chillido al principio, mientras sus brillantes y peligrosos ojos rojos se abrían parcialmente en un intento por averiguar qué la estaba despertando con tanta rudeza. "Qué—," susurró mientras miraba las manos de Naraku que todavía tiraban de la camisa blanca de algodón de Hiten, sacudiéndola ligeramente. "Kus—." Comenzó a maldecir pero se detuvo cuando sus ojos finalmente entraron en contacto con el hombre frente a ella. Se calló, su expresión tensa—y extrañamente informada. "Suél-tame!" Su voz se volvió sarcástica mientras zafaba bruscamente la mano de Naraku de la blusa prestada, la acción hizo que cayera de nuevo en la cama cuando su mano la soltó.

Naraku le mostró sus dientes ante el empujón pero no se movió para alcanzarla de inmediato mientras sus oscuros ojos destellaban amenazadores en la tenue luz de las velas. "Esas son mis palabras." Le dijo sin rodeos, su voz apenas un siseo golpeando sus oídos mientras daba un paso lento hacia ella, su rostro sombrío era una imagen que quedaría grabada para siempre en el fondo de su cerebro. "Quién eres tú?" Espetó él, sus ojos continuaban ardiendo, el fuego opaco dentro de sus profundidades empujaba, buscando.

La demonio se lamió los labios en respuesta mientras yacía vulnerable en la cama donde había caído, inclinada hacia atrás, sosteniéndose por los codos, con las piernas desnudas expuestas pero no por falta de cobertor sino porque su falda interior estaba empapada y el material se le pegaba, traslúcido a la pálida luz. Se levantó, sus ojos nunca dejaron a Naraku mientras lo estudiaba oscuramente, girando su cuerpo y colocando sus rodillas hasta que estuvo sentada sobre ellas de una manera mucho más digna, lo que la dejó extrañamente arrodillada como estaba ante Naraku quien permanecía a solo un pie o dos de ella al lado de la cama.

"Respóndeme." Le ordenó Naraku de nuevo, esta vez su voz bajó—cayendo una octava completa, haciéndolo aún más aterrador y peligroso de escuchar.

La mujer demonio pareció salir de un trance ante sus palabras mientras le sonreía con pesar, la sonrisa en sus labios se hizo aún más notable por su labial rojo sangre. "Esa no es manera de hablarle a una dama." Su voz salió, sedosa, suave, sexy; el sonido envió un escalofrío por la columna vertebral del cercano Hiten.

Naraku solo resopló, inafectado mientras echaba hacia atrás su cabeza riendo. "No veo a una dama." Le dijo sin perder el ritmo mientras rotaba los hombros hacia atrás y le dedicaba una sonrisa burlona. "Veo a una mujerzuela que está en mi barco," la sonrisa cayó, se inclinó, suspendido sobre ella, intimidante. "Sin explicación." Levantó sus cejas sugerentes. "Tal vez eso debería—enmendarse de alguna manera?"

Kagura levantó sus propias cejas imitándolo en respuesta, sus oscuros ojos rubí se abrieron naturalmente por la acción pero no por el miedo, parecía ser más por curiosidad que por otra cosa. "No tengo explicación." Respondió ella a su pregunta, aparentemente decidiendo que era mejor dejar solo el otro comentario. "Y no sé por qué estoy en este barco-" Continuó sin rodeos antes de mirar de soslayo, al otro hombre, a Hiten, brevemente como si acabara de darse cuenta de que había alguien más en la habitación, antes de volver a mirar a Naraku.

Naraku frunció sus ojos, "Qué estabas haciendo en medio del Golfo," reformuló su pregunta original mientras se acercaba más hacia la cama. Ahora estaba casi pecho a cara con ella; su rostro miraba su pecho mientras continuaba sentada en la cama. "En una pluma?"

"Volando," le dijo brevemente antes de girar la cabeza hacia un costado, mirando a Hiten, estudiándolo mientras su voz se desvanecía, su atención había sido atraída por el demonio mucho mayor que estaba de pie a unos metros, mirando la escena en silencio—su rostro era la imagen de la contemplación. Sus extraños ojos ensangrentados parecieron oscurecerse por un momento mientras observaba a Hiten, dándole una mirada que claramente le indicaba que no había esperado verlo aquí o que no había esperado que se quedara. Arrugó su nariz después de un momento de escrutinio y se giró hacia Naraku con desdén mientras comenzaba a hablar de nuevo, su voz burlona. "Qué otra cosa harías con una pluma?"

Naraku gruñó por lo bajo pero el ruido no pareció romper su fuerte voluntad en lo más mínimo mientras se giraba para mirarlo con esa engreída sonrisa en sus labios que irritaba a Naraku sin fin. "Responde la pregunta," dijo lentamente entre dientes fuertemente apretados. "Qué estabas haciendo en el Golfo en una pluma?"

"Ya te dije," espetó ella mientras levantaba una de sus manos para pasarla por su húmedo cabello. Hizo una mueca cuando descubrió que estaba tan mojado como el resto de ella. "Estaba volando—," se encogió de hombros, mirando hacia su regazo, sus cejas levantadas mientras observaba su actual estado de vestimenta con otra mueca, que rápidamente se convirtió en una mirada de aceptación—después de todo habían asuntos mucho más grandes en mano que un vestido mojado—asuntos que había jurado resolver. "No te fallaré." Pensó mientras inhalaba un profundo respiro mirando a Naraku con ojos confiados. "No puedo." Se dijo a sí misma antes de continuar. "Hubo una tormenta—perdí el control y lo último que recuerdo es el viento," contó con su dedo índice. "Lluvia," contó con el dedo corazón. "Humedad," esta extrañamente estaba en el pulgar. "Y una vela." Bajó el pulgar para contar esta, usando los dos últimos dígitos de su mano derecha para demostrar sus cuatro puntos.

"Esa era la vela de mi barco." Le dijo Naraku mientras se alejaba un paso de ella sin necesidad de intimidarla tanto ya que había recibido una respuesta relativamente decente.

La demonio del viento observó con vaga conciencia cómo el otro hombre se estremecía visiblemente detrás de Naraku cuando la palabra 'mi' abandonaba los labios del hombre. "Él es el Capitán." Concluyó mientras juntaba las piezas de la tácita información antes de mirar a Naraku con interés, "Este hombre, sin embargo—tiene todo el control, el dueño del barco?" Se preguntó mientras se volvía hacia Naraku, chasqueando la lengua mientras veía al hombre, no al niño, frente a ella. "Trabaja rápido." Resopló. "Debo haber golpeado la vela," dijo en voz baja, sus palabras burlonas pero su voz seca. "Recuerdo haber golpeado algo—," bajó las manos mientras hablaba, alisando la camisa blanca de algodón de Hiten como si realmente fuera un vestido. "Podría haber sido tu vela a menos que haya otras estructuras altas en tu barco que no sean velas." Ella lo miró sin mover la cabeza, lo que provocó que sus ojos rubí bastante grandes se asomaran por debajo de un mechón de cabello negro húmedo mientras se inclinaba, la camisa demasiado grande caía ligeramente de su hombro izquierdo debido al movimiento, revelando una tentadora cantidad de carne. "Demo," dejó que la palabra saliera de sus labios solo un poco consciente de que no la entenderían. "Nunca había oído hablar de algo así."

Naraku sintió que su rostro se sonrojaba quizás por primera vez en su vida al verla, su cabello mojado alborotado a un lado de su rostro, esos grandes ojos rubí precarios asomándose por debajo de él, y la camisa que estaba ligeramente desabrochada en la parte superior, como si Hiten hubiera perdido un botón, deslizándose por sus delgados hombros, la parte superior de su alegre pecho apenas visible. Distraído momentáneamente, gruñó, el sonido se tambaleó por toda la habitación, el aroma de su agradecimiento no se perdió con el viento. Descuidadamente, apretó los puños a los costados con un poco más de fuerza, la sensación de un objeto afilado cortando sus manos hizo que se estremeciera.

Parpadeando confundido, se llevó la mano a la cara, sus cejas se elevaron tan altas que se perdieron en la línea del cabello mientras contemplaba la olvidada piedra preciosa. "La joya?" Parpadeó, odiándose completamente por haberse distraído con algo tan trivial como un cuerpo femenino. Sin titubear, gruñó, cualquier excitación que pudiera haber sentido se aplastó mientras el sonido rebotaba en la pequeña habitación, fuerte y mortal. "Esta joya—dónde conseguiste esta joya," le gruñó pero la joven aún permanecía fuerte, ni siquiera parpadeó. "Dime de dónde viene, mujerzuela, dime!" Gritó él mientras empujaba la pequeña joya en su rostro.

Kagura se encogió de hombros sin decir una palabra, levantando la mano para recoger un mechón de cabello húmedo detrás de su oreja. Si se sorprendió por la implicación o por la pieza de joyería en la mano de Naraku, nunca—ni por un segundo lo demostró en su rostro calmado y compuesto. "Se ve bonita." Su voz seguía siendo ligera y aireada, al igual que el resto de su apariencia.

Naraku frunció los ojos mientras la observaba mirándolo con calma, esos brillantes ojos rojos fijos intensamente en él, tan intensamente que casi se veían sospechosos. "Dónde la conseguiste?" Le preguntó mientras sostenía la joya, su voz uniforme.

"La encontré," le dijo mientras movía su mano ante la joya como si no fuera importante para ella en lo más mínimo. "Era brillante así que la recogí."

"Dónde la recogiste?" Presionó Naraku, su voz en verdad comenzó a sonar mordaz. "Nombra la ubicación exacta."

Ella se tocó la barbilla con el dedo índice mientras se encogía de hombros y le sonreía a Naraku, sus labios burlones mientras lentamente exhalaba su siguiente oración. "Parece que no puedo recordar."

"Maldición!" Gritó Naraku de nuevo mientras se precipitaba hacia la mujer, agarrando el frente de la camisa de Hiten que se deslizó de su pequeño cuerpo con tanta fuerza que algunos de los botones se saltaron por la tensión de ser halada hacia adelante. "Dime!"

Desde el costado, Hiten, quien había estado observando el enfrentamiento verbal frente a él, también se precipitó por instinto, agarrando el brazo de Naraku y tirando de él antes de que el joven intentara estrangular a la chica.

"Carajo, Hiten, suéltame!" Gruñó mientras luchaba contra el firme agarre, tratando desesperadamente de llegar a la mujer que estaba ocultando algo que sabía que era vital para todo lo que estaba tratando de hacer.

"Si la matas, nunca lo sabremos." Razonó Hiten mientras contenía al hombre. Para un joven que se veía tan pequeño, el chico ciertamente podía defenderse.

"Mantente al margen de esto." Siseó Naraku cuando finalmente logró quitar a Hiten de su muñeca pero en lugar de ir de nuevo tras la mujer en la cama, simplemente se acomodó la ropa y gruñó por la bajo mientras la miraba aun sentada de rodillas como si nada hubiera pasado.

Sentada ahí, imperturbada, la hechicera del viento no se movió, no se mordió el labio, no parpadeó, no se giró, en su lugar, se quedó ahí sentada observando a los dos hombres mientras ambos respiraban profundamente por su esfuerzo, ni una pequeña cantidad de miedo entró en sus ojos mientras los observaba. No tenía miedo, estaba escrito en su rostro—no le temía a Naraku Morgan en absoluto, de hecho, parecía saber qué esperar, su rostro decía que ella—lo sabía—y eso molestó aún más a Naraku.

"Podrías responder la estúpida pregunta!" Gruñó Naraku mientras se alisaba su ropa, sus siniestros ojos fijos en ella esperando para atacar de nuevo.

"Te lo diría," respondió Kagura, todo su comportamiento sincero de una manera muy artificial. "S-si pudiera recordarlo."

Naraku respiró hondo antes de soltarlo bruscamente, su paciencia se disipó rápidamente. "Tal vez," susurró en el aire de la noche, sus palabras eran una plácida promesa mientras se le acercaba lentamente. Detrás de él, Hiten se tensó esperando para intervenir. "Necesite refrescar tu memoria."

"Es difícil refrescar," respondió Kagura con recato mientras lamía sus labios lentamente, haciendo una pausa para lograr el efecto. "Lo que ha sido olvidado realmente."

Tan pronto como las palabras salieron de la boca de Kagura, su mano golpeó su rostro. El sonido de la bofetada hizo eco en la habitación con fuerza, golpeando las paredes, reverberando, resonando, repitiéndose en cada superficie que posiblemente pudiera provocar el sonido de un eco. La sangre bajaba por el rostro del demonio del viento, una línea lenta y delgada que corría desde la mitad de su labio inferior hacia su barbilla, el labio estaba claramente abierto, produciendo un goteo superficial.

Desde atrás de Naraku, Hiten sintió que los vellos en su nuca se erizaban mientras el sonido moría en la noche y el olor a sangre entraba por sus fosas nasales, enfermándolo sorpresivamente. Había olido la sangre de muchos hombres, de muchas vírgenes y matronas, había olido la sangre de los marineros, de su hermano, de su madre y de su padre, había olido la sangre de los muertos y hasta la sangre del nacimiento, pero ninguno de esos casos lo habían hecho sentir mal, ni siquiera una vez había encontrado que el aroma fuera un poco nauseabundo.

De hecho, casi podía decir que el placer que obtenía del aroma de la sangre que se acumulaba alrededor del cuerpo de una persona sin importar quién era la persona o de los vínculos personales que relacionaba con ellos, era repugnante. Pero ahora, cuando el olor de la sangre de esta mujer golpeó su nariz bien entrenada, encontró que la boca de su estómago se revolvió, que su cabeza se sintiera un poco ligera, casi mareada—pero aún más sorprendente que ese revuelo en su estómago se revolviera, incluso más sorprendente que esas repentinas y previamente desconocidas sensaciones de náuseas y mareos que nunca había experimentado por la vista o el olor de la sangre, fue el hecho de que tanto la vista de ella bajando por su rostro como el olor de la misma golpeando su nariz estaban molestándolo.

"No preguntaré otra vez." Las palabras de Naraku cortaron la tensión acumulada en los hombros de Hiten. "Dónde encontraste esta joya?"

La demonio del viento, quien no se había molestado en levantar la mirada ya que su rostro había sido golpeado, no dijo una palabra mientras continuaba mirando a su lado, la sangre bajando por su mentón era la única parte visible de su rostro, su cabello había oscurecido el resto de sus rasgos tanto de Naraku como de Hiten mientras se sentaba en silencio, inmóvil.

Hiten comenzó a dar un paso adelante, un poco de compasión todavía le ardía por dentro mientras comenzaba a estirar la mano para quitar a Naraku del camino (con suficiente fuerza para empujarlo a través de la pared, por supuesto) e ir hacia ella pero se paralizó cuando la demonio del viento finalmente comenzó a mover sus hombros encorvados mientras levantaba su cabeza lentamente. Sus ojos, de color rojo oscuro y carmesí como la sangre que se acumulaba en su barbilla, miraban a Hiten como si supiera lo que estaba a punto de hacer. Parpadeó levemente y sonrió, sus órbitas escarlatas se volvieron fuertes y desafiantes, diciéndole sin palabras que estaba bien, que tenía todo bajo control.

Sin encontrar palabras, Hiten asintió y se alejó del capitán de su barco—por ahora pensó que era mejor confiar en ella. Después de todo, si aún podía sonreír después de ser abofeteada por Naraku, entonces podría arreglárselas.

La demonio del viento cerró sus ojos a manera de agradecimiento antes de abrirlos de nuevo, volviendo ambas gemas rojo sangre para encarar a Naraku, dándole su mirada más fuerte, severa y rebelde. "No la encontré." Le dijo mientras se movía para limpiar el pequeño rastro de sangre de su rostro con el dorso de su mano.

Naraku le frunció, las líneas de su rostro eran duras. "Entonces de dónde," preguntó sin rodeos, "De dónde salió?"

Ella tocó su labio sintiendo la fractura antes de apartar la mano en busca de sangre. Al no encontrar nada en la punta de sus dedos, dejó caer la mano en su regazo. "No sé de dónde vino."

"Entonces por qué está aquí?" Naraku se enfureció mientras sostenía el fragmento a la luz entre su pulgar e índice, dejándolo brillar. "Dónde lo conseguiste, cómo estoy sosteniéndolo ahora si no lo encontraste!"

"Me lo dieron." Le dijo firmemente al enfurecido demonio comadreja mientras señalaba con un giro de su muñeca hacia el fragmento en la palma de su mano. "No fue encontrado, fue—," frunció sus labios. "Entregado."

El vapor de la rabia pareció dejar a Naraku ante esas palabras, sus ojos se fruncieron confundidos mientras se enderezaba ligeramente, alejándose de ella mientras trataba de evaluar sus palabras, "Está mintiendo?" Se preguntó apretando sus dientes con fuerza. "Entonces quién te lo entregó?"

La demonio del viento no habló por un minuto y Naraku (para su crédito) no la presionó durante esa larga pausa en la conversación. En cambio, esperó pacientemente mientras la joven mujer lo miraba fijamente, sopesando sus opciones en silencio. "Qué le digo?" Sus ojos se movieron de él a Hiten, moviéndose de un lado a otro entre los dos hombres como si la respuesta a su enigma aún no definido estuviera localizado entre los dos hombres o en el espacio entre ellos. "Una mentira, la verdad? Qué digo, qué querrían que dijera?" Inhaló un profundo respiro y lo contuvo, sabiendo muy bien la respuesta. "Ellos me dijeron dejarme llevar por mi instinto y esperar a que caiga en mis manos." Suspiró, había llegado a una desconocida conclusión, y miró a Naraku directamente a los ojos preparada para hablar. "Tal vez, no es la persona que me dio la joya la que deba preocuparte."

Naraku le dio una mirada de desconfianza, entrecerró los ojos mientras observaba los rasgos de su rostro, tratando de encontrar cualquier rastro de falsedad en su rostro manchado de sangre. "Si no debería preocuparme por ellos," tragó saliva respirando profundamente por la nariz, "Entonces de quién debería preocuparme?"

La demonio del viento miró su regazo, escudando su rostro mientras sonreía, complacida consigo misma. "Funcionó, no puedo creer que haya funcionado." Pensó antes de volver a mirar al hombre frente a ella, su rostro una vez más formado en una oscura y tensa línea, con solo el indicio de una sonrisa en su boca ligeramente curvada. "Deberías preocuparte por," le dijo, esa comisura de su boca ligeramente curvada creció mientras hablaba. "La mano que lo recibió."

Naraku levantó una ceja mientras miraba sus manos verdaderamente normales. Incluso para un demonio, se veían sorprendentemente humanas, no tenían garras, las uñas estaban bien cuidadas, limpias pero del mismo color natural de cualquier mujer humana. De hecho, lo único que las hacía lucir remotamente especiales era el hecho de que parecían tan humanas pero estaban puestas en manos de demonios. "Tal vez," razonó mientras miraba su rostro que estaba dibujado en una expresión paciente pero molesta. "Eso es lo que las hace extrañas, el hecho de que sean—tan humanas." Miró a Hiten, quien también estaba mirando sus manos, su expresión casi aburrida. "Nunca he visto las manos de un demonio del viento, así que no tengo idea de cómo se verían pero Hiten no parece sorprendido, así que deben ser normales, eso tiene sentido." Frunciendo para sí se giró hacia la mujer sin nombre, mirándola fijamente. "Y por qué debería preocuparme," Naraku ladeó su cabeza. "De las manos de una mujerzuela como tú?"

Ella sonrió malvadamente, la palabra 'mujerzuela' pareció resbalarle por la espalda como agua. "Porque," levantó sus manos lista para poner el último clavo en su ataúd bien hecho. "La mano que recibió esa joya, está conectada a un demonio con la habilidad para encontrarla."

Por un momento, Naraku pensó que podría estar jugándole una especie de broma, incitándolo y provocándolo, haciéndolo correr en círculos para que perdiera el hilo de sus pensamientos y olvidara lo que había dicho antes sobre recibir la joya de las manos de otra persona, pero mientras miraba esos ojos rubí, la oscuridad que teñía los bordes y la severa sinceridad detrás de ellos, se encontró creyéndole increíblemente. "Es casi demasiado bueno para ser verdad." Pensó mientras se mordía el labio. "Si ella puede encontrarlos—si sabe cómo, entonces yo—tengo un gran uso para ella, pero—?" Lamió su labio inferior. "Es por eso que lo está diciendo? Es alguna especie de estratagema para salvar su propio trasero?" Esta vez se mordió el labio, sacándose una pequeña cantidad de sangre que lamió rápidamente. "Podría ser solo—una treta, aun así, sería una treta muy perspicaz de su parte." Naraku hizo traquear su cuello y respiró profundamente; incluso si fuera una estratagema, sería tonto al no seguir la pista que le había dejado en el regazo. Esta podría ser su única oportunidad de cazar los fragmentos de la joya Shikon. "No es como si esa vieja bruja me estuviera diciendo algo, esta joven—podría ser mi única oportunidad." Razonó antes de hablar de nuevo. "Cómo?" Demandó, decisión tomada.

La demonio del viento sonrió, la sonrisa en su rostro era claramente la de una verdadera tentadora, una hechicera que se esconde en las sombras de los bosques, esperando a los inocentes o, más probablemente—solo a los terriblemente ingenuos; sus ojos rojos, como dos gigantes rubíes dentro de los confines de un tesoro enterrado, brillaron mientras sus labios igualmente rojos se abrían para hablar. "Con estos ojos rubí."

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Kagome retiró su mano del violín que había estado tocando durante una hora más o menos; repitiendo acordes arriba y abajo de su cuello mientras su dedo índice, colocado justo encima de su puente, pulsaba las cuerdas. Haciendo una mueca, miró las puntas rojas de sus largos dedos y suspiró antes de llevar solo el dedo índice de su mano derecha hacia su boca para besarlo ligeramente, deseando que la leve crudeza de la yema del dedo desapareciera. Gruñendo para sí, puso titubeante el apéndice en su boca mientras volvía sus ojos hacia el hombre de pie frente a ella, chupando el dedo lentamente para aliviar el dolor mientras murmuraba, "Creo que mis dedos están sangrando."

Frente a ella, apoyado contra la baranda de la cubierta del timón, Inuyasha resopló automáticamente, sin siquiera molestarse en levantar la cabeza (un buen movimiento a largo plazo) mientras jugaba con su propio violín, abrazándolo contra su estómago mientras lo sostenía en frente de él, afinándolo distraídamente. "No, no lo están." Le dijo mientras usaba su pulgar para tocar su cuerda 'A', dejando que el sonido resonara a su alrededor antes de agarrar una clavija y girarla ligeramente, muy ligeramente, su rostro era la viva imagen de la concentración.

"Cómo lo sabes?" Kagome hizo un puchero sosteniendo el violín en una mano mientras estudiaba los dedos de la otra con cuidado—uno se veía como si estuviera ampollado. El leve picor de la carne le recordó una época de cuando era una niña y se había quemado en una sartén caliente que descansaba sobre una estufa hirviendo. Sus dedos habían estado rojos y enojados durante más de un mes, tiempo durante el cual se habían ampollado antes de que la piel muerta se despegara y la nueva hubiese salido de debajo. Aunque, sus dedos no estaban así de rojos como cuando era una niña, aún le picaban sustancialmente. "Nunca pensé que aprender a tocar el violín fuera a doler." Razonó llevándose el dedo índice a la boca antes de agregar pensativamente. "Pero aun así vale la pena."

"Si estuvieras sangrando," Inuyasha la sacó de sus pensamientos mientras murmuraba en voz baja todavía aparente y completamente distraído mientras tiraba de la cuerda un par de veces más en rápida sucesión, su rostro se tensó en una apretada línea. "Lo olería."

Ella le dio una seca mirada retirando el dedo de sus labios y dejando escapar un pequeño 'hum' mientras le levantaba su nariz, comenzando a sentirse tonta por sus anteriores palabras. Se sonrojó ligeramente, el color justo en el puente de su nariz mientras le gruñía a nadie en particular, "Molesta nariz de demonio."

Inuyasha levantó la mirada ante sus palabras, una inconsciente sonrisa se formó en su rostro mientras observaba su dulce mirada de molestia. Tenía su cabeza hacia atrás y lejos de él y cerró los ojos en un bufido mientras sostenía firmemente el violín por el cuello tratando de cruzar sus brazos debajo del pecho (una acción que no era enteramente posible mientras uno sostenía un violín). Riendo, sacudió su cabeza mientras finalmente bajaba su propio instrumento a su costado antes de estirar la mano para hacer traquear su propio cuello como solía hacerlo después de tocar durante una cantidad considerable de tiempo. "Solo hemos estado tocando durante una hora a lo sumo." Le dijo con un bostezo, estirando sus manos sobre su cabeza al mismo tiempo. "Tus dedos están bien."

"Bueno, no todos tenemos una resistencia súper demoníaca." Gruñó Kagome mientras se sentaba en la cubierta sin preocuparse ni pensar, su espalda se estremeció levemente por haber estado sujetando el violín por tanto tiempo. El silencio descendió sobre los dos mientras sus palabras resonaban en la noche, pero era confortable—un silencio genuinamente cómodo.

Incluso desde esa conversación unos días atrás, parecía que se había acordado una tregua, una que fue tan silenciosa y tácita como su arreglo actual. Kagome en realidad no podía entender por qué esa breve conversación en la habitación del Capitán había cambiado tanto entre ellos, pero en realidad parecía que sí. Algo en eso había provocado un cambio de actitud por parte del Capitán, un cambio que tenía miedo de aceptar por completo. No es que estuviera en contra de su comportamiento ahora mucho más relajado pero estaba un poco sorprendida por eso. Él siempre había estado tan tenso por todo (a pesar de que Sango le había dicho una vez que el Capitán parecía naturalmente más pacífico en su compañía), por lo que era verdaderamente muy extraño que el hombre nervioso ahora estuviese casi tranquilo a veces.

Había comenzado a pensar que su relación (si podía llamarse de esa manera) se había visto grandemente comprometida por los incidentes que habían sucedido en el tiempo que pasaron con Jinenji y su madre, pero esa conversación—corta y simple, con corazón palpitante y un poco vergonzosa—parecía borrar cualquier inquietud que se hubiese formado.

"Supongo que tenía miedo de que dijera algo o lo delatara." Razonó con cautela mientras alcanzaba por el estuche de su violín y colocaba el instrumento que le había dado con mucho cuidado. "Aún así," lo miro a través de sus largas y espesas pestañas. Estaba recostado contra la baranda con el violín sobre su estómago, sostenido en sus manos como una guitarra española, su pulgar rozando suavemente las cuerdas—un suave zumbido resonaba de ellas mientras tocaba. "Solo—," una idea cosquilleó en su cerebro contra su voluntad. "—todo parece tan simple, como si lo hubiese molestado más que solo un secreto." Golpeteó su mentón mientras revivía mentalmente la última semana y media. "Se siente como si se estuviera alejando por una razón diferente, algo mucho más grande."

Kagome miró el violín descansando en el estuche, sus ojos miraban la madera hermosamente grabada, tan ornamentada como se veía contra la suave tela que revestía el estuche protegiéndolo de rasguños y otras formas de daño. Con un suspiro, desvió la mirada, su mente pensaba en el cojín que cubría ese estuche—protegiendo el violín, protegiéndolo de cosas que no debía saber.

Levantó la mirada disfrutando del nublado cielo nocturno, la tormenta había pasado días atrás, de hecho, habían pasado al menos dos días desde que había llovido. Dos días desde que habían hablado durante esa tormentosa noche; dos días y aún quedaban nubes. "Nubes?" Pensó vagamente mientras estudiaba las nubes que oscurecían el cielo estrellado. "Nubes que ni el clima," bajó la mirada con tristeza. "Ni yo puedo hacer desaparecer."

Suspiró con tristeza mientras acercaba sus rodillas hacia su pecho y descansaba su mentón encima de ellas, sus brazos se envolvieron alrededor de su cuerpo, abrazándose ligeramente mientras miraba de nuevo su violín; estudiando ese satín protector. "Tal vez como el satín de este estuche, está tratando de protegerme de algo?" Le resultó difícil hacer a un lado la pregunta mientras observaba ese forro y la capa protectora. "Pasó algo cuando estuvimos con Jinenji?" Trató de pensar en algo, cualquier cosa que pudiera recordar—por supuesto, habían sucedido muchas cosas en ese corto período de tiempo, pero esto sería algo grande, enorme, algo que le había causado un gran dolor—gran dolor en relación con ella.

Lamió sus labios mientras se esforzaba por recordar todos los matices de esa semana. Nada sobresalía más de lo que debería, pero una cosa la molestaba. Los rostros—los rostros de Inuyasha, de Haniyama, de Jinenji—después del incidente con los aldeanos, esas caras habían cambiado.

Ella no era una chica tonta. Desde el momento en que se despertó, supo que algo andaba terriblemente mal. Lo había visto en el rostro de Haniyama cuando la anciana la estaba cuidando y agradeciéndole, lo había visto en el de Jinenji cuando el alto demonio le agradecía y se disculpaba como si hubiese sido terriblemente culpable por una situación desconocida (aunque el demonio caballo siempre parecía verse culpable, incluso cuando no había nada por lo que tuviera que sentirse culpable), pero sobre todo lo había visto en el de Inuyasha esa primera mañana que se había despertado después de estar inconsciente durante tres días. Se había visto tan cansado, las leves arrugas y la negrura alrededor de sus ojos caídos habían sido claras y profundas como si algo lo hubiera avejentado horriblemente en solo unas horas. Tenía los hombros encorvados y su altura normalmente divina parecía haberse acortado, como si estuviera cargando un peso tremendo sobre los hombros. Todas estas cosas le habían preocupado pero, una cosa por encima del resto, la había preocupado más.

Sus ojos, habían cambiado desde entonces. La forma en que la miraba había cambiado desde entonces. En esos hermosos ojos dorados había habido una nueva clase de culpa que superó a la de Jinenji, un indisputable remordimiento mezclado con algo más—vergüenza, incredulidad, asombro, un alivio incuestionable y tal vez innegable; muchas emociones habían estado ahí y todas parecían decir—algo sucedió—algo más grande que solo el secreto de mi herencia—algo—algo—

"Algo horrible," supo que era verdad cuando vio imagen tras imagen de ese rostro dolido mirándola, directamente a ella o por el rabillo del ojo—observándola, manteniéndola vigilada, incluso si no estaba hablando con ella. "Algo—cuando me desmayé—sucedió algo durante esos—qué fue—tres días en los que estuve durmiendo?" Sacudió la cabeza lentamente mientras trataba de pensar en cualquier evento plausible que pudiera haber desencadenado esa mirada, sin embargo, no fue capaz de pensar en una. Aun así, así como Kagome no era tonta, tampoco era sorda.

"Ella murió!"

"Me pregunto si esas palabras, lo que Sango y yo escuchamos tienen algo que ver con eso?" Pensó mientras alargaba la mano para tocar el forro del estuche con cautela. Recordó haberse despertado con el sonido de la voz de Miroku pero no pudo precisar lo que el hombre había estado gritando. Todo lo que supo en realidad era que inmediatamente después de que sus ojos se abrieran de golpe, había escuchado las palabras, "Ella murió" justo antes de ver a Sango con la oreja presionada contra la pared y los ojos cinco veces su tamaño normal.

Kagome casi rió inaudiblemente ante el recuerdo, antes de que su rostro se entristeciera mientras el recuerdo de esas palabras, el recuerdo de la desesperación en su voz, el dolor y la naturaleza atormentada con la que habían llegado al mundo de la audición regresaban a ella total y completamente. "Ella murió." La idea rondaba en su cerebro, burlándose de ella y sin piedad.

Brevemente, miró a Inuyasha de nuevo, seguía tocando el violín con sus ojos cerrados y su cabeza gacha mientras se escuchaba tocar, sus orejas se movían de vez en cuando, girando de un lado a otro para asimilar mejor el sonido.

"Quizás él—quizás estaba hablando de mí?" Pensó para sí, la voz en su cabeza sonaba pequeña mientras trataba de convencerse a sí misma de que le había estado gritando a Miroku con una voz tan ronca y rota por ella y no por otra persona. Sin embargo, la lógica con frecuencia dictaba estas cosas, y la parte lógica de su mente le decía una verdad contundente. "Yo—yo—no recuerdo haber muerto."

Sí, no recordaba haber muerto per se pero sí recordaba un sueño—un sueño extraño e imposible, un lugar bañado solo de blanco con una voz incorpórea como su único residente. La sensación de ingravidez, la sensación de flotar, a la deriva, como si estuviera balanceándose en el aire—también lo recordaba—había sido indescriptible, esa sensación. Recordó haber pensado para sí, preguntándose si de hecho estaba muerta—había pensado que podría estarlo, en el sueño lo había creído posible, pero esa voz incorpórea no identificada le había dicho que no. No estaba muerta, simplemente estaba recuperando algo—energía—se estaba reponiendo porque había desgastado su cuerpo hasta el punto de que ya no podía sostener más su alma.

"Recuerdo, recuerdo todo lo que dijo pero—." Kagome miró sus flexionadas rodillas, sus ojos miraban fijamente la oscura tela de los pantalones de su padre. "Eso solo fue un sueño." Se dijo claramente, pero algo en ella—algo mucho más allá de la necesidad de la lógica, le dijo que no desechara el sueño tan rápidamente. Había algo irracionalmente real en lo que había sucedido en ese sueño, algo tan tentador que sintió que debía volver a visitarlo, estudiarlo, darle más tiempo para procesarlo completamente en su cerebro. Kagome sacudió su cabeza lentamente, sus ojos viajaron para mirar el piso de madera del barco, su mente estaba muy lejos para ver las tablas de color marrón oscuro. "Solo fue—un sueño." Parpadeó, esas palabras sonaron extrañamente a mentiras. "No estaba muerta." Parpadeó otra vez, esas palabras sonaban extrañamente a verdad. "Me desmayé y tuve un sueño muy extraño—como las otras veces que he usado mis poderes, justo así—." Esas palabras, sonaron extrañamente como una mezcla de ambas.

"Pero, si no fui yo quien murió, entonces," su mente continuó razonando mientras miraba hacia el cielo nocturno y observaba una nube solitaria flotando sobre el barco, pasando junto a ellos como si fuera otro barco en la noche, "Quién?"

"Ella murió!"

Kagome tragó saliva, el sonido realmente audible para sus oídos. Cerrando los ojos con fuerza para deshacerse de todo rastro de los pensamientos, suspiró cuando otra posibilidad, una que no quería admitir que era remotamente posible, se burló de ella. "Tal vez," su voz sonó temblorosa, sonó casi herida incluso en su propia mente. "Tal vez fue Kikyo." El nombre en realidad la hizo estremecer físicamente. "Después de todo," sintió algo similar a una lágrima bajo sus pestañas fuertemente cerradas. "Sé que Kikyo murió."

"Kagome?"

Ella saltó cuando su voz entró en el aire, el sonido fue gentil, casi relajado. "Síi—i—i?" Arrastró la palabra con un tartamudeo que hizo que Inuyasha elevara una ceja.

"Estás bien?" Preguntó él gentilmente, su voz estaba adornada con preocupación y caballerosa paciencia que no pudo evitar levantar la mirada y ver su rostro.

Su postura estaba tan relajada como su voz, todo su cuerpo se veía tan—bueno—relajado mientras se recostaba contra la baranda, el violín sostenido contra su cuerpo mientras su mano punzante descansaba a su lado, inerte y esperando para tocar de nuevo. Era un espectáculo que encontró encantador, un espectáculo que mostraba al hombre ante ella como realmente era. No era solo el pirata Capitán Inuyasha, el más temido de todos los mares (el bastardo más grande y malo que jamás haya navegado por el Atlántico y todos los otros océanos que había conocido), era un hombre que disfrutaba con el violín, que leía gente como Milton y Shakespeare, que hablaba todos los idiomas que jamás se hablaban y al que le gustaba—a quien le gustaba su compañía—la compañía de una extraña mujer marimacho que también leía a Milton y a Shakespeare y disfrutaba el violín.

"Estoy bien," le dijo suavemente mientras un rubor coloreaba sus mejillas por su caballerosa preocupación. "Por qué no lo estaría?"

Inuyasha no dijo nada por un momento mientras la miraba. Sinceramente, la había estado observando durante un tiempo, desde que había elegido volver a poner su violín en su estuche. Parecía que desde que lo había hecho, la joven se había perdido por completo en sus pensamientos, sin hacer nada más que suspirar y fruncir el ceño mientras miraba sus manos o el cielo o las tablas de madera del piso de la cubierta. Mordisqueó su labio pensativo mientras ladeaba su cabeza, preguntándose qué podría estar molestándola hasta el punto de perder la concentración por completo. "Me pregunto—si lo recuerda?"

Su corazón se apretó en su pecho ante la simple idea, honestamente esperaba que no lo hiciera. No quería que supiera lo cerca que había estado de la muerte. No necesitaba saber eso. Ella era—demasiado feliz y elegante para saber cosas tan horribles como sus fracasos y su muerte.

Abrió la boca para responder a su pregunta pero la cerró al ver la expresión algo reservada de su rostro. Era como si estuviera rogándole que no dijera algo, pero no estaba seguro de qué era ese algo. Se movió ligeramente y ajustó el instrumento en una posición más cómoda antes de aclarar sus pensamientos. "Sin ninguna razón en particular." Le dijo encogiéndose de hombros, el violín en sus manos resonó cuando su manga rozó levemente las cuerdas. "Has estado sentada ahí suspirando y sacudiendo tu cabeza durante los últimos cinco minutos," le dio una rápida mirada antes de volver a mirar su instrumento. "Así que estaba comenzando a preguntarme, ya sabes," frunció sus labios y luego suspiró profundamente para sí, el sonido parecía decirle a Kagome lo verdaderamente difícil que era para él hablar como lo estaba haciendo. "Si tenías algo en tu mente."

"Nada en realidad—," dijo ella rápidamente, sus anteriores reflexiones se burlaban de ella mientras las hacía a un lado. Ahora no era el momento de mencionar el hecho de que había escuchado los gritos de él y Miroku, "Especialmente ahora que finalmente hemos hablado de nuevo." Se dijo mientras retorcía sus manos frente a sus flexionadas rodillas. Aun así, Kagome nunca había sido buena mintiendo. "Es decir, yo tengo—," tragó saliva mientras las palabras salían de su boca antes de darle una sonrisa brillante pero falsa. "Algo en mi mente pero no es nada de gran importancia."

Él frunció ante sus palabras, mirándola, estudiándola intensamente por un momento. Sabía que era una mentira, podía oler la mentira que salía de ella—no literalmente en realidad—pero percibió un distintivo cambio en su olor mientras hablaba, el aroma de la aprensión y el nerviosismo: aromas comúnmente asociados con la mentira. También captó el sonido de su corazón latiendo más rápido, de su pulso saltando debajo de la encantadora piel de su cuello, parpadeando, llevando su visión a ese lugar sobre su marca. Inuyasha lamió sus labios mientras su atención lentamente se hundía en ese cuello, suave y sutil, suplicante y provocador.

"Despierta!" Se gritó prácticamente mientras desviaba sus ojos de ella, sabiendo que ahora no era el momento para la lujuria. Inhaló un profundo respiro para aclarar su cabeza antes de regresar a su anterior tren de ideas. "En qué podría estar pensando que no quiere que sepa?" Frunció, "Su muerte? Podría saberlo? Pero por qué no me lo diría—quiero decir—sabría que yo lo sé, verdad?" Sacudió la cabeza mentalmente, eligiendo vigilarla externamente, esperando que se quebrara y respondiera a sus preguntas sin voz.

Kagome lamió sus labios bajo su mirada, sonrojándose mientras sus ojos se volvían aún más intensos y enfocados. "Por favor, créeme." Suplicó en silencio mientras alcanzaba y recogía un largo mechón de cabello detrás de su oreja. Sus ojos siguieron el gesto, observando sus ágiles dedos con tan creciente interés que se ruborizó y retiró rápidamente la mano del costado de su cabeza. "Por qué me mira así?" Pensó agachando su cabeza, mirando un punto en el piso mientras el rubor coloreaba sus mejillas aún más oscuras.

"Entiendo," le dijo Inuyasha, aceptando su respuesta por ahora (solo porque no estaba dispuesto a presionarla cuando se veía tan irresistible a la luz de la luna). Se aclaró la garganta, su voz ronca y gruesa mientras hablaba. "Todos tenemos cosas que—um, mierda." Gruñó un poco molesto por su propia incapacidad para hablar. "Tú sabes, cosas en las que solo pensamos."

Kagome lo miró solo por el sonido de su voz, notando su apariencia una vez más. No se había movido, seguía ahí de pie con la mano colgando a un lado; inútil, negándose a tocar mientras a su vez miraba al suelo, un leve rubor en sus mejillas llamó su atención antes de hablar de nuevo, interrumpiendo sus pensamientos.

"Terminaste por esta noche?" Preguntó él de repente mientras inclinaba su mentón hacia su estuche lleno: la acción cerró con éxito el otro tema por ahora, permitiendo que sus pensamientos secretos se desvanecieran en la oscuridad por un poco más de tiempo.

Ella parpadeó rápidamente mirando el estuche brevemente antes de volver a mirarlo. "Oh—supongo, sí." Murmuró distraída por su extraña postura recta pero encorvada al mismo tiempo; parecía una manera imposible de mantenerse y, sin embargo, ahí estaba, apoyado, recostado y prístino al mismo tiempo. "En verdad es un enigma."

"Cómo están tus manos?" Preguntó su voz sin rodeos mientras levantaba una ceja interrogante.

Ella frunció ante el obvio cambio pero miró sus manos todavía adoloridas, una vez más sin decir una palabra. Sus dedos todavía estaban rojos, leves ronchas se formaban donde las ampollas parecían hacer su hogar en las mismas puntas de los apéndices. Trató de cerrar las manos de forma experimental, pero encontró que las ampollas le picaban con especial fuerza por la acción. "Cuánto tiempo le toma a tus dedos dejar de doler?" Murmuró principalmente para sí, pero la pregunta no pasó desapercibida para su audiencia masculina.

"Ni idea," le dijo Inuyasha honestamente mientras alcanzaba su propio estuche, no para guardar el violín, sino para agarrar su arco. "Necesito una distracción." Se dijo suavemente mientras pronunciaba otras palabras en voz alta. "Nunca tuve ese problema," le dijo sin rodeos mientras alcanzaba una pequeña perilla que descansaba en un extremo del arco, apretando las muy pequeñas cuerdas que daban su extensión al girar la perilla unas cuantas veces. "Supongo que está en la sangre de demonio."

"Voy a escribirle una horrible carta a tu padre." Gruñó Kagome muy naturalmente mientras bajaba las manos de su rostro y como un caniche bien entrenado las cruzaba delicadamente en su regazo antes de fruncir y colocarlas sobre sus rodillas de una manera más masculina. "No es justo que él te haya dado esos dedos sobrehumanos para tocar el violín."

Inuyasha rió levemente pero el sonido no fue tan alegre como debió haber sido. "No sé si le llegará," susurró mirando hacia el cielo, buscando en las nubes, su mente vagando muy lejos, una imagen borrosa en el fondo—una sonrisa, una alta cola de cabello plateado, armadura, mucha armadura. "Pero puedes intentarlo."

Kagome frunció por el tono de su voz y ladeó su cabeza mientras lo observaba mirar hacia arriba y hacia el cielo. "Por qué no lo alcanzaría?" Preguntó pero al segundo en que sus palabras dejaron su boca supo la respuesta. La boca de Kagome se desplomó y sus ojos doblaron su tamaño por el pánico mientras la verdad y la falta de sensibilidad en su propia declaración le abrasaron las venas. "Lo, lo, lo siento mucho." Dijo agachando su cabeza, no atreviéndose a mirar a Inuyasha mientras se regañaba en silencio. "Estúpida, estúpida, estúpida."

Como si sintiera que ella ya tenía su respuesta, Inuyasha no dijo una palabra, solo la miró brevemente viendo su apariencia encorvada con ojos tranquilos y serenos. El aroma de su culpa y su propia rabia consigo misma era fuerte en el aire, el olor hizo que su nariz se contrajera de disgusto. La culpa y la rabia nunca olían bien, incluso en una mujer que olía tan embriagadora como Kagome. Sacudió la cabeza y respiró profundo, los recuerdos de su padre nublados y mejor ignorados. "Otou-san wa—?" Comenzó a pensar, pero se detuvo con un suspiro mientras regresaba su arco a las cuerdas, sus dedos no se molestaron en ubicarse en un lugar en particular mientras movía el arco por el instrumento, el sonido impregnaba el aire.

Kagome parpadeó cuando el sonido del arco rozando contra las cuerdas del violín llegó a sus oídos. No estaba segura de cuál era la nota, sabía que no era una tan llamada cuerda abierta—sabía cómo sonaban esas—no, había puesto sus dedos sobre la cuerda, creando ese encantador sonido suave y bajo. El ruido hizo eco a su alrededor por un momento antes de que de repente se silenciara, haciendo que ella parpadeara rápidamente y levantara la mirada ante lo abrupto del silencio.

Sus ojos se encontraron con los de él instantáneamente, el dorado penetró el gris de los suyos tan profundamente que su corazón se detuvo y apenas lo escuchó cuando comenzó a hablar.

"No lo sientas." Le dijo sin rodeos antes de desviar su mirada mientras balanceaba el violín sobre su hombro. Miró el tablero de los dedos, observando los lugares sin marcar en los que sus dedos necesitaban pararse en orden de hacer la primera nota correcta. Ciegamente, a pesar de que podía con bastante claridad, colocó solo un dedo en la cuerda abierta 'A' y movió el arco, el sonido era suave en la noche. "B", pensó para sí mientras la imagen de su madre llenaba su mente.

"Bien, Inu-chan," habló ella suavemente mientras hacía un gesto en su violín, colocando su dedo índice en la primera posición de la cuerda abierta 'A'. "Esta es 'B', es la primera nota de la canción que estamos aprendiendo hoy, puedes intentarlo?"

Inuyasha se sacudió el recuerdo y frunció mientras de nuevo colocaba el arco sobre la cuerda: el recuerdo volvió aún más fuerte.

"Okaa-san?" Murmuró mientras tocaba la nota 'B' una y otra vez. "Cuál es el nombre de la canción que estamos aprendiendo?" Preguntó él, la curiosidad lo inundó. Ella tuvo que decirle el nombre, un hecho que a él le resultó extraño.

La mujer frunció por un momento, sus ojos en la distancia, su expresión se tensó mientras bajaba el violín de su mentón y lo miraba con ojos completamente llenos de tristeza. "Watashi no ai."

"Mi amor." Inuyasha tradujo inconscientemente mientras regresaba al presente, "Su amor, mi Otou-san." El comentario salió mucho más oscuro en su mente de lo que debería. "Otou-san." Pensó de nuevo mientras tomaba su dedo corazón y lo depositaba apenas a un centímetro de su dedo índice, "C#."

Kagome tragó saliva mientras lo observaba, tan perdida en sus pensamientos antes de desviar la mirada hacia la cubierta de madera del Shikuro, todo el tiempo sacudiendo su cabeza decepcionada de sí misma. "No debí haberme burlado de tu padre—," le dijo sin mirarlo, la música se detuvo, no abruptamente como segundos antes, pero sí con decisión.

"Nunca voy a lograr tocar hoy, verdad?" Preguntó él bruscamente, haciendo que su cabeza se levantara de golpe y sus ojos también ardieran.

"Estoy tratando de disculparme." Le dijo ella fieramente mientras fruncía.

Él le dio una significativa mirada por el puente de su nariz antes de responder. "Y yo te dije que no lo hicieras." Chasqueó la lengua con aire de suficiencia mientras ella desviaba su mirada, sus labios apretados en una línea inaceptable. "No hay nada de qué disculparse."

"Pero—," gruñó ella mirándolo por el rabillo de su ojo con sus brazos cruzados sobre su pecho. "Eso fue algo muy rudo y grosero de decir," habló rápidamente para que no pudiera detenerla. "Y cuando dices algo así, es costumbre que uno se disculpe."

Sacudió su cabeza mientras colocaba el arco de nuevo en las cuerdas, pasándolo sobre una de ellas rápidamente antes de lograr afinar el ruido un poco a pesar de que ya estaba perfectamente afinado. "No te preocupes por eso." Le dijo honestamente. "Este lugar no es exactamente el camarote de alguien ni nada por el estilo, así que es natural que alguna costumbre resbale y además," añadió si rodeos, su rostro serio. "Me gustan los dedos de violín sobrehumanos que me dio aunque esté muerto." Le dijo bromeando, una ligera carcajada se le escapó mientras trataba de hacerle saber que estaba bien, que no estaba enojado y que no debería sentirse mal.

Kagome lo miró con tristeza mientras la broma se le escapaba, las imágenes de su propio padre se apoderaron de ella. "Si fuera mi padre," pensó para sí con un leve movimiento de cabeza. "No sería capaz de bromear. Cómo puedes bromear así, Inuyasha?" Quería preguntarle eso, pero algo dentro de ella impidió que la pregunta se le escapara de su lengua, tal vez fue la mirada en sus ojos, la mirada que decía dejarlo pasar; dejarlo pasar al menos por ahora—así que lo dejó pasar, sin decir una palabra.

"Gracias." Pensó Inuyasha pero no se atrevió a vociferarlo mientras volvía a poner el arco en las cuerdas. Durante un largo rato, permaneció ahí, con los ojos mirando hacia el vasto océano mientras observaba pequeñas luces parpadear a unas diez o quince leguas a su derecha—tal vez faros en la costa de la parte alta de Florida. Con cuidado, bajó el violín, manteniéndolo en su barbilla pero bajando el cuello para dejar descansar su ardiente brazo. "Watashi no ai." Las palabras sonaban tristes incluso en sus pensamientos pero esa tristeza no era para su padre: el amante que su madre había perdido; o era por su madre, a quien se había llevado la Parca ni siquiera diez años después.

Era para amantes de otro tipo, amantes suyas. Una amante que murió, una amante que salvó. Resopló para sí, "No puedo llamarla amante." Sus ojos se tornaron tristes mientras miraba el violín que aún estaba apoyado en su hombro. "A ninguna de las dos." Miró a la joven que lo observaba, sus ojos molestos y enojados consigo misma por haberle hablado como lo hizo. "La salvé, Miroku tenía razón en eso. La salvé pero," la idea se desvaneció momentáneamente mientras trataba de encontrar el coraje para decir lo que estaba pensando. "Ella no es mi amante. Solo es una chica que salvé. Como Sango. Ella es Sango." Desvió la mirada y sus pensamientos se dirigieron a una joven diferente que lo había mirado con ojos muy diferentes. Su corazón se apretó en su pecho y tuvo un peligroso flashback de esa joven diferente pasando por su cabeza. "Casi se siente como Kikyo de nuevo." Se dijo, pero sus palabras se sintieron vacías. "No, con Kikyo fue peor," admitió. "Kikyo era mi amante real pero ella, ella," cerró los ojos encontrando que necesitó toda su fuerza de voluntad para admitir lo que estaba a punto de decir. "Kikyo no me amaba, no me aceptaba del todo."

"Me gustan más tus orejas de cachorro."

Sonrió levemente al recordar las palabras de Kagome. "Kagome, ella me aceptó sin pensarlo dos veces." Con voluntad propia, sus dedos regresaron al violín, montando el cuello mientras lo levantaba a la posición apropiada, el arco encontró su camino hacia las cuerdas mientras sus dedos encontraban el camino hacia la primera nota.

Kagome se sorprendió por la melodía y la familiaridad asociada con ella. Fue suave y triste al principio, tal como la recordaba—una melodía suave y gentil tinturada con angustia, amor perdido y confusión. Echó hacia atrás su cabeza mientras el sonido de esa melodía se apoderaba de todo el Atlántico, llenando el aire, llenando su mente, llenado todo a su alrededor con el suave sonido de un muy buen intérprete del violín y su violín.

Ella cerró sus ojos ante el mundo mientras la melodía la llenaba, el sonido tan encantador que se pensó dentro de un sueño, con ninfas y hadas que habían sido enviadas para encantarla mientras dormía. Tarareó suavemente mientras la melodía comenzaba a repetirse, Inuyasha ya había tocado toda la melodía una vez. "Es una canción tan triste." Pensó mientras su tarareo disminuía, pero la melodía en sí continuaba escuchándose en la oscura noche del Atlántico. "Amor mío—su amor—Kikyo—." Abrió un poco sus ojos antes de cerrarlos de nuevo con fuerza, la tristeza oculta y evidente en sus profundidades. "Me pregunto, cómo murió?"

Frunció mientras la melodía se acercaba al final una vez más, el sonido se fue apagando, la última parte de la canción cayó levemente en sus oídos mientras su arco parecía ralentizarse sobre las cuerdas, ligero y aireado, suave y menguante como si esta vez simplemente fuera a terminar y no repetir el verso sino que en lugar de terminar la canción como esperaba, el violín continuó sonando, comenzando suavemente la melodía familiar pero diferente. No se estaba repitiendo, en vez—una adición a la melodía llegó a sus oídos esperando junto con nuevas palabras que nunca había escuchado antes, cantadas en esa misma voz de barítono casi melancólica.

"Amor mío, vuelve a mí,

No vayas al mar,

Amor mío, por favor toma mi mano,

Vuelve a la tierra."

Sus ojos se abrieron rápidamente, deseando verlo desesperadamente mientras tocaba en la tranquila noche, su suave barítono atravesando el océano se convirtió en su armonía mientras el agua del mar se movía contra el costado del barco, el sonido de la misma una característica caprichosa. Descubrió que ya no estaba más recostado, de hecho, su cuerpo estaba tan recto como podía hacerlo, tal vez incluso un poco curvado en la columna. El violín estaba peligrosamente apretado bajo su mentón mientras el arco se movía deliciosamente sobre las cuerdas, como si el utensilio se estuviera moviendo sobre seda en lugar de las cuerdas de un violín.

"Amor mío, vuelve a mí,

Tu hogar no es el mar,

Amor mío toma esta mano,

Perteneces a la tierra."

Sus dorados ojos estaban cerrados fuertemente mientras balanceaba el cuello del instrumento sobre su pulgar, su dedo índice temblaba violentamente haciendo que la cuerda tarareara mientras las notas se acumulaban en el aire, creando una intensa oleada de verbosidad musical que se aferraba a su pecho diciéndole lo que significaban las palabras incluso cuando su corazón le rogaba, diciéndole que no quería saber. "Kikyo," la idea pareció golpearla oscura y directamente en el pecho. No había forma de negar lo que estaba escuchando, era demasiado inteligente para no entender que una canción sobre amantes tendría ambos lados de la historia entretejidos en su canción. "Esta parte de la canción, esta es Kikyo, las palabras de Kikyo."

Ella cerró sus ojos, igualando su postura de ojos cerrados mientras continuaba tocando. Una parte de ella quería creer que aún era el punto de vista de Inuyasha como lo había sido la primera mitad de la canción, diciéndole al mundo en verso sobre el amor que había perdido y la infinita búsqueda para encontrarla una vez más, pero estas palabras, sabía—sabía quién las había dicho, tal vez incluso las había compuesto y sabía lo que significaban. "Ella no quería que él se fuera." Sintió que se formaba una lágrima en sus pestañas. "Ella quería que se quedara con ella—que estuviera con ella."

"Amor mío, esto no es justo,

Que me quedo esperando aquí,

Por favor, solo mira esta orilla,

Y mira mi mundo de espera."

"Te quedaste esperando?" Kagome sintió la pregunta surgir en su mente mientras la música del violín la golpeaba una y otra vez con su potencia. "Podrías haberte ido con él—podrías haber entrado en su mundo, pero no lo hiciste—no querías tener nada que ver con el hombre real, verdad?" Como si un rayo la hubiese golpeado, los ojos de Kagome se abrieron y se giró para mirar al hombre que todavía estaba tan embelesado tocando. La idea la había golpeado antes cuando se enteró por primera vez de la mezcla de sangre que corría por las venas de Inuyasha, pero ahora—era diferente—ahora esas palabras venían de la boca de Inuyasha. "No fue solo el mar lo que te separó—fue Inuyasha?"

"Anhelo una parte de ti,

En ella, sé que hay un hogar,

Pero no estás hecho para la tierra,

No puedes tomar mi mano."

"Ella—ella—." Sintió que las lágrimas le cosquilleaban los ojos cuando la idea la golpeó como una fría comprensión que nadie puede ignorar. "Ella sólo quería una parte de él." Ni siquiera se molestó en convertir el sentimiento en una pregunta, sabía que era verdad. "Como todos los demás en su vida, Kikyo no podía—aceptarlo. Es decir, todo él." Sacudió su cabeza. "Esta parte de la canción no se trata de que ella esté esperando por él—se trata de decirle que no puede amarlo por completo, que ella—sólo quiere una parte de él—el humano." Kagome mordió su labio. "Yo nunca podría—no puedo imaginar pedirle que renuncie a una parte de sí mismo—me gusta—," miró al hermoso Adonis de hombre que tenía delante. "Tal como es él."

"Anhelaba verte alguna vez

En ti podría haber un hogar

Pero no encajan nuestros corazones

Así que me alegro de que sea hora de separarnos."

"Ella se fue—él se fue—?" La frase se repitió en su cabeza mientras él repetía la canción, sin molestarse en cantar la primera parte que conocía tan bien. "Estoy confundida—Así que me alegro de que sea hora de separarnos—supongo que fue su despedida? Si así fue, es una forma muy mala de decirlo!" Kagome mordió su labio tratando de descifrar qué podrían significar las últimas palabras de la canción sin que su propio prejuicio o rabia con Kikyo nublara su juicio. "Tal vez—." La idea pareció colgar escrita en la punta de su lengua proverbial. "Fue entonces cuando ella murió. Ella no se fue, él no se fue, ella murió—y tuvieron que separarse."

Kagome levantó sus ojos para mirarlo mientras repetía la última parte de la canción sin cantarla de nuevo. Se preguntó si estaba tratando de decirle algo, si sabía lo que había estado pensando antes, si sabía que se estaba preguntando acerca de la mujer que había sido ella alguna vez, de quien había recibido sus dones y sus maldiciones. Si él tenía la intención, nunca lo sabría, pero a pesar de eso, todavía sentía que su corazón se hinchaba en su pecho con lástima y con un sentimiento desconocido que aún estaba muy asustada como para resolverlo realmente. "Lo siento." Susurró ella, su voz de repente lo hizo pausar, el violín que se había estado moviendo como por arte de magia se detuvo rechinante.

"Mierda!" Siseó él dejando caer el arco en la cubierta, el objeto hermosamente esculpido resonó en el piso, su otra mano apenas logró sostener el violín dentro de la seguridad de sus dedos mientras levantaba su brazo ahora libre para cubrir sus ya aplastadas orejas lo mejor que pudo. "Aaa—www—," respiró bruscamente, el sonido disminuyó mientras se bajaba lentamente a la cubierta, alcanzando ciegamente el estuche del violín. "Ummm—gaw. Que—mier—da." Movió su mano locamente tratando de que ella agarrara el estuche por él.

Como si saliera de su estupor, Kagome se levantó de un salto y agarró su estuche y el violín, tomándolo de sus dedos con cuidado y poniéndolo a descansar sobre del suave forro de terciopelo. Sin pensarlo, agarró el arco caído, maniobrándolo fácilmente para regresarlo a su hogar mientras lo miraba ansiosamente. "Estás bien?"

Él no respondió mientras escondía su cabeza entre sus flexionadas rodillas, levantando solo su dedo índice en respuesta como si estuviera tratando de decirle que solo necesitaba un momento.

"Bueno." Respondió ella al tácito requerimiento mientras lo escuchaba respirar bruscamente, como si en verdad estuviera tratando de mantener un ritmo específico.

Finalmente, después de varios minutos, levantó la cabeza y sonrió avergonzado mientras estiraba la mano y se masajeaba una oreja distraídamente como si tratara de convencerla de que se levantara. "No he hecho eso," murmuró en voz muy baja. "En al menos cien años." Hizo una mueca cuando el sonido de su propia voz golpeó su cabeza haciendo que su ya despierto dolor de cabeza creciera aún más rápido. "Mierda—malditas y molestas orejas de demonio." Gruñó con dureza, robando intencionalmente sus palabras anteriores. "Debería escribirle una horrible carta a mi padre."

Kagome tuvo que poner una mano sobre su boca para mantener oculta la sonrisa en su rostro; se sintió avergonzada, se sintió horrible porque lo encontró gracioso. "Es su padre, cómo puedo reír—," la idea se desvaneció cuando su mirada captó su rostro que estaba asomándose por debajo de su grueso flequillo. Sus ojos brillaban, juguetones pero vibrantes por el viejo dolor, un dolor que ella entendía pero que nunca había experimentado. Sintió que su corazón lo alcanzaba, sintió que la sonrisa se convertía en observación mientras sus manos bajaban a su mentón. Él le sonrió a cambio, un pequeño destello, una chispa en sus brillantes ojos dorados—como si le rogara, le suplicara que se riera, que le brindara algo de alegría a través de un gran dolor—un dolor que aún no estaba listo para compartir con ella, pero al menos le dejaba ver.

Se sonó mientras su corazón se apretaba en su pecho y luego se obligó a sonreír. Él pareció captar la naturaleza forzada y como por impulso movió las orejas sobre su cabeza, el ligero movimiento llamó su atención, haciéndola sonreír de verdad mientras un pequeño latido de su corazón la tomaba desprevenida. Incapaz de contenerlo, rió y él soltó una risa gutural a cambio, una sonrisa triunfante en su rostro.

"Inuy—," trató de hablar, pero no le salieron las palabras mientras la risa se incrementaba haciéndola estallar en una fuerte carcajada que nunca hubiera esperado cubrir con una mano. Y con ese ruido alegre, sus pensamientos, preocupaciones, revelaciones y acertijos fueron olvidados mientras su tonta risa resonaba en el dulce aire de la noche.

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El Shikuro subía y bajaba en el puerto de Charleston una semana después, el barco ya estaba anclado y asegurado, las tarifas portuarias ya estaban pagadas y ya se había engañado a la gente adecuada para que creyeran que el Shikuro era un barco mercante británico y no un barco pirata.

El susurro del viento en una vela saludó a Kagome cuando emergió del pequeño corredor que albergaba la habitación del Capitán y la habitación del Primer Oficial para pararse en la cubierta del Shikuro, vestida con las prendas de una mujer por primera vez desde que se detuvieron en La Habana. El vestido que llevaba puesto era prestado, por supuesto, de Sango y no le ajustaba muy bien. Le descolgaba alrededor de su pecho porque sus senos no eran ni cerca del tamaño de los de Sango (aunque los senos de Kagome no eran exactamente pequeños), le quedaba un poco suelto en sus caderas porque sus caderas no eran tan anchas como las de Sango, y le llegaba al suelo porque tampoco era tan alta como Sango.

"Parezco más un niño al lado de Sango." Gruñó Kagome mirándose, una de sus manos tocaba el material distraídamente antes de suspirar fuertemente. El vestido era realmente inapropiado para ella, la hacía parecer una niña jugando a vestirse con la ropa de su madre. Kagome frunció ante la sola idea, "Sin embargo, siempre me he visto así, sin importar lo que esté usando."

Se encogió de hombros mirando el vestido una última vez y se dio cuenta de su único rasgo atractivo: el profundo color aguamarina de la tela. Esa parte del vestido era hermosa, como el color del agua localizada justo al lado de una playa, ligera y feliz, encantadora y acogedora—simplemente Kagome. Le sentaba bien incluso donde el ajuste no. Eso solo la hizo muy feliz incluso si no estaba contenta con estar vestida de mujer otra vez, pero el Capitán había insistido esta vez, diciéndoles a Kagome y a Sango que, dado que estaban en un asentamiento respetable, tenían que verse respetables por miedo a llamar mucho la atención no deseada.

Como había dicho Miroku, Charleston no era tan malo como Port Royal, su gente no necesariamente mataba piratas a la vista ni nada, pero seguía siendo la gente de una ciudad portuaria que se consideraba respetable. Por lo tanto, aunque tal vez no mataran a un pirata solo por ser pirata, no les agradaba demasiado su presencia. Y en realidad no se les podía culpar por no quererlos. Se sabía que los piratas atacaban pueblos como este y los asaltaban y, como el Capitán no quería que este pueblo los viera como una amenaza potencial, había decidido intentar mezclarse tanto como fuera posible. Incluso había ido tan lejos como para cambiar la bandera por la de Union Jack, y así poder afirmar que eran un barco mercante durante la duración de su estadía, solo como precaución.

Después de todo, por el momento, el cambio a comerciantes en lugar de piratas no era demasiado descabellado y ni siquiera era una mentira. "Llevamos todo lo que Miroku llevó para vender en La Mobile." Razonó Kagome mientras se apoyaba contra la baranda del barco sobre sus codos sin darse cuenta de la conmoción que se estaba desarrollando detrás de ella.

"Esto es una puta mierda!"

Kagome se estremeció ante la fuerte maldición, sus ojos se agrandaron mientras giraba su cabeza a tiempo para ver a la tripulación del Shikuro furiosa. "Qué está pasando?" Se preguntó en voz alta mientras retrocedía hasta que su espalda tocó la baranda, sus ojos escanearon la multitud que estaba reunida en frente de Miroku.

"Estamos aquí por nuestros bolsillos—."

Ella reconoció fácilmente la voz del hombre que acababa de gritar.

El hombre en cuestión dio un paso adelante entre la multitud de tripulantes, su puño levantado por encima de su cabeza hacia Miroku quien estaba de pie en la cubierta del timón mirando por encima de la baranda a la tripulación del Shikuro reunida abajo. "No estamos aquí por su bien y sus conciencias!"

Kagome parpadeó rápidamente al darse cuenta mientras escuchaba las palabras del hombre. "Miroku debió haberles hablado de la Joya Shikon, se suponía que lo haría hoy." Pensó comenzando a caminar lentamente hacia la entrada del corredor de las habitaciones.

Habían decidido al llegar a Charleston que Miroku sería el que haría el anuncio a la tripulación como era costumbre en los barcos piratas. Él era el Intendente y el Primer Oficial, después de todo, y era parte de su trabajo hacer tales anuncios en lugar del Capitán, quien solo se involucraría si la situación se tornaba violenta y requería músculos para ser resuelta.

Ahora, con el anuncio en pleno apogeo, Kagome estaba muy segura de que eventualmente se necesitaría al Capitán. A un gran número de hombres parecía no gustarle la idea de salir del barco para obtener la Joya Shikon, un tesoro que no les haría ganar ningún dinero. Básicamente era trabajar sin paga para ellos y en un barco pirata esa era una buena razón para amotinarse.

Algunos hombres detrás del primer rebelde gritaron en acuerdo, pero ninguno de ellos dio un paso adelante para unírsele, eso al menos, era una buena señal.

"Cálmense," los llamó Miroku, gritando solo para ser escuchado, no porque estuviera enojado. "Mientras buscamos, seguiremos obteniendo ganancias!" Explicó él, su rostro severo pero su tono en general no era rudo.

"Y cómo planean hacer eso?" Gritó otro hombre mientras llegaba a pararse junto al primer disidente.

"Simple," continuó Miroku aunque su paciencia parecía estar disminuyendo mientras apretaba sus manos en puños haciendo que sus nudillos se tornaran blancos. "La búsqueda de la joya solo dictará a dónde vamos, mientras viajamos mantendremos nuestro barco como siempre lo hemos hecho." Dejó que sus manos se relajaran mientras las levantaba para señalar a la tripulación que lo rodeaba, uniéndolos. "Si vemos un barco mercante para asaltar, lo asaltaremos; si vemos un pueblo que valga la pena asaltar, lo asaltaremos; si vemos a la armada, los rastrearemos." Entonces bajó las manos a sus costados mientras inhalaba un profundo respiro. "Sé que somos una democracia," su voz habló con fuerza. "Sin embargo, esta es una misión que es para el bien de todos, esto es algo más grande que nosotros, si le damos la espalda le estamos dando la espalda al mundo."

Kagome casi había regresado al corredor cuando el discurso de Miroku llegó a su conclusión, levantó la mirada por última vez preparándose para entrar a la seguridad del corredor cuando la tripulación comenzó a gritar y arengar, "Tanto para tratar de ser discretos." Se estremeció ante el ruido, mirando hacia el puerto para ver si algunas personas en los alrededores se habían detenido a mirar su barco. "Probablemente deberíamos haber tenido esta conversación antes de anclar."

"Cómo puede decir eso maestre!" Un hombre gritó entre la espesura de gente. "No anhelamos el mundo."

"Sí!" Aceptó otro. "El mundo nos dio la espalda hace mucho tiempo!"

Un grupo de hombres apretó el puño en señal de acuerdo, gritando y vociferando mientras Miroku trataba de gritar por encima de ellos, sus ojos mirando al muelle. Afortunadamente para ellos, habían conseguido un espacio que estaba relativamente lejos de los demás, así que con suerte su conversación no se escuchó y la gente solo ignoraría los gritos. Era normal escuchar a las tripulaciones gritar y gruñir o quejarse—así que con suerte las personas que pudieran escucharlos no pensarían demasiado en el ruido o, mejor aún, no pensarían en escucharlo.

Con un profundo respiro, Miroku comenzó de nuevo, con los ojos fijos en la tripulación una vez más. "Puede que sea así, pero si no lo hacemos, no seremos mejores que aquellos que nos repudiaron!" Argumentó, sus palabras en verdad pararon a algunos de los hombres en seco, la lógica del argumento solo se perdió en los neciamente estúpidos. "No seríamos mejores que la corona, es eso lo que quieren?" Miroku les lanzó la misma idea en sus caras, levantando sus manos en el aire como si estuviera exasperado. "Ese es el tipo de hombres que quieren ser, el tipo que no ayudaría a los hombres comunes porque no les molestan?"

Los hombres en cubierta parecían empaparse de las palabras, los dos disidentes parecían perder su pelea mientras observaban a los hombres a su alrededor comenzar a reflexionar sobre el discurso de Miroku.

"No somos esos hombres, no somos esa corona que nos falló!" Continuó Miroku mientras Kagome miraba con asombro mientras tomaba el control del barco solo con palabras. "Somos hombres de fortuna, somos hombres de moral, no nos echamos para atrás en una pelea, no les daremos la espalda a los hombres y mujeres de este mundo que son pisoteados por la corona y para hacer eso nosotros—," Miroku puntualizó cada palabra con un empujón de su puño en el aire. "Debemos—pelear!"

Como si estuvieran encantados con la voz de Miroku, casi todos los hombres de la tripulación comenzaron a gritar y vitorear, las palabras de acuerdo, el honor y el orgullo los abandonaron mientras sus voces se convertían en una masa de palabras confusas.

Miroku levantó sus manos elegantemente como si pidiera silencio, lo cual recibió fácilmente antes de continuar. "No somos la corona," declaró Miroku sin rodeos, en serio su voz ahora más tranquila (todavía lo suficientemente fuerte como para ser escuchada pero no lo suficientemente fuerte como para ser escuchada), una sonrisa se formó en su rostro mientras levantaba una mano sobre su cabeza, la adrenalina aumentaba en él mientras observaba la cubierta regresar a la vida en anticipación a sus próximas palabras. "Somos piratas!"

Y con esas palabras todos los hombres a bordo gritaron excepto los dos que se habían alzado contra el Intendente. Ambos hombres miraron a su alrededor, como si se dieran cuenta de lo pequeños que eran en comparación con el número que los rodeaba que eligieron pelear, luchar contra los principios de la decencia y la prosperidad, contra los hombres y mujeres que prefieren permitir que el mundo muera antes que protegerlo. Fue en ese momento en que esos dos hombres se encontraron como los marginados del barco, no eran mejores que la corona que los había traicionado, no eran nada.

Kagome observó a Miroku asombrada por las elegantes palabras, por la pura diplomacia de las mismas, sus manos se desplomaron en sus costados, su previo destino ahora olvidado. "Tal, diplomacia." Pensó al ver la orgullosa sonrisa en el rostro de Miroku mientras observaba a los hombres gritar y vitorear. "Estos hombres, que se ganan la vida matando, robando y saqueando, tienen diplomacia?" Era una idea tan extraña que hizo que Kagome frunciera sus cejas en confusión. "Es como si fuera un Rey, tratando de evitar que su país se rebele. Nunca pensé que un barco pirata sería así." Se llevó el labio entre los dientes con asombro. "Siempre pensé que los piratas matarían antes que hablar, que el Capitán tomaba todas las decisiones y mataba a aquellos que desobedecían." Sacudió su cabeza incrédula. "Nadie nunca me dijo que ellos arreglaban las cosas con palabras, al menos—lo intentan antes de pelear."

Kagome sonrió mientras asimilaba ese mundo, una nueva comprensión que se había estado construyendo lentamente dentro de ella llegó a buen término. "No son hombres malos en absoluto, son buenas personas que simplemente fueron rechazados por una sociedad que no los entiende." Asintió para sí. "Muy en el fondo, son buenas personas que están dispuestas a pelear por sus derechos y su raza, incluso mientras las personas prósperas nunca soñarían con eso. Y supongo que, en cierto modo, eso los hace mejores que la corona."

"Peleamos por vivir!" Gritó Miroku por encima del rugido, los hombres lo arremedaron mientras algunos pisoteaban sus botas y otros golpeaban con sus puños los barriles que quedaban en la cubierta mientras algunos incluso hacían sonar cadenas, aparejos y cuerdas, tratando de hacer el ruido más fuerte, hacer mayor el impacto.

"Peleamos por vivir!"

"Peleamos por vivir!"

"Peleamos por vivir!"

Continuó haciendo eco, la fraternidad que los rodeaba era estimulante. Kagome observó asombrada como incluso los dos hombres que habían quedado atrás finalmente se unieron, ya sea que hubiesen decidido que era más seguro hacer lo que estaban haciendo las masas o si habían sido absorbidos por la histeria, no importaba, lo que importaba era el hecho de que Miroku había provocado que todo un barco entero saliera del mundo de la normalidad y entrara en el mundo de lo desconocido. Nadie en este barco sabía lo que traería el camino por delante, pero todos los hombres en este momento, no podían ni querrían, por un segundo, temerle.

El Capitán salió del corredor entonces, silenciando al barco solo con su esencia y presencia en la cubierta. Se detuvo en toda su altura, sus ojos dorados se llenaron de fuego mientras daba un paso adelante, sus botas sonaban como truenos mientras daba cada paso largo y deliberado. "Muy bien hombres, ahora que estamos todos de acuerdo, volvamos a los negocios!" Gritó continuando donde Miroku lo había dejado. "Estamos en este puerto para ganar algo de dinero—compórtense bien y me aseguraré de que haya al menos cinco piezas de oro en cada mano para esta noche!"

Si Kagome pensaba que el rugido de los hombres cuando Miroku hablaba era intenso y llamaba la atención, no había manera de saber qué era esto en comparación. De hecho, se tapó los oídos cuando el sonido invadió todos sus sentidos, casi haciéndola bizquear hasta que una mano en su hombro, cinco segundos después, la hizo saltar. Se giró con las orejas aun tapadas para ver el rostro del Capitán junto al suyo. Se sonrojó fuertemente y retrocedió un paso cuando notó que sus labios se movían pero no pudo entender lo que había dicho. "Qué?"

"Estás lista para ir?" Repitió él mientras señalaba la rampa.

Ella frunció sus cejas en respuesta, "Pero qué hay de Miroku—Sango?"

"Tienen cosas que hacer aquí." Señaló hacia Miroku haciéndola mirar a tiempo para verlo bajar las escaleras, su lenguaje corporal completa y absolutamente concentrado y a cargo mientras calmaba a la tripulación con solo su presencia antes de dar la orden de descargar. "Creo que es mejor que dejemos a Miroku con el cargamento y vayamos a la ciudad, tal vez comencemos a regatear."

"Regatear?"

"Hm hum," respondió él mientras la tomaba del brazo sin siquiera pedir permiso. "Tenemos que conseguir un buen precio, les garanticé a esos hombres cinco piezas—," la guió hacia la rampa, mientras le pasaba el brazo por el suyo acercándola más a su costado mientras colocaba una mano sobre la suya, manteniéndola en su lugar. "Quiero decir, si piensas que ahora son ruidosos," continuó, mirando deliberadamente al frente. "Espera si no se las entrego."

Kagome asintió, pero en realidad no estaba lo suficientemente concentrada en ese momento para notar su broma a medias mientras miraba sus brazos entrelazados y su mano que descansaba sobre la suya, dándose cuenta vagamente de que este gesto significaba más que un millón de palabras. Tímidamente, lo miró, realmente lo miró por primera vez hoy. No estaba vestido como cuando llegó a Port Royal, con su ropa de la armada y su peluca y sombrero, pero se había cambiado su atuendo para ser más apropiado de lo que solía usar en el día a día.

Había cambiado su vibrante chaqueta roja por una azul profundo que le sentaba de una manera completamente diferente a la roja. Tenía puestos sus guantes blancos y se había tomado el tiempo de lustrar sus botas, normalmente rayadas y raídas, hasta el punto de que brillaban al sol. Se había atado su largo cabello plateado en una cola en la base de su cuello, como estaba de moda por esos días e incluso había ido tan lejos como para usar un sombrero, la evidencia de un pañuelo negro debajo apenas asomándose desde su lugar bajo el gastado sombrero de tres puntas. "Me pregunto si usa el pañuelo para protegerse las orejas?" Pensó para sí mientras estudiaba el pequeño trozo de tela negra que apenas podía ver. "Apuesto a que la tela del sombrero les roza," se estremeció al pensarlo. "Eso debe doler y bueno—sé que son sensibles." Musitó mientras recordaba la noche de hace una semana cuando había visto lo verdaderamente sensibles que podían ser esas orejas.

El recuerdo debió haberla hecho sonreír, pero no lo hizo. Hizo que todo su rostro se frunciera mientras recordaba qué había causado su sensibilidad en primer lugar. "El chirrido de un violín." Escuchó sus propios pensamientos, pero incluso sus pensamientos parecían lejanos. "Tocando esa canción."

Bajó la cabeza cuando llegaron al muelle, saliendo de la rampa, su brazo se sentía cálido contra el costado de su pecho pero la dejó fría en lo que a ella respectaba. Era una sensación tan hueca, la sensación de su calidez, casi parecía una broma. "Esa calidez, no—." Detuvo la idea en ese mismo momento, incapaz de seguir más con eso. Un leve cosquilleo en su pecho hizo que su mano libre se elevara para tocar la suave y sedosa tela de su vestido apropiado, aunque inadecuado.

Lentamente, su mente se alejó de su calidez, moviéndose hacia la razón de la sensación que se estaba desarrollando en su pecho. "Esa canción." Susurró en su mente. "Todas las noches de esta semana—ha tocado esa canción." Sus verdaderos pensamientos salieron a la superficie, su verdadero dolor la inundó. "Todas las noches—justo antes del amanecer," lo miró por el rabillo del ojo mientras la guiaba con habilidad, sin sacudirla o hacerla perder el equilibrio o estrellarla con algo o rozarla contra algo. "Justo cuando piensas que estaré dormida—tocas esa canción." Mordió su labio mientras caminaban por la calle, sus ojos captaron la vista de otro hombre y una mujer caminando hacia ellos pero ligeramente hacia la izquierda.

La dama era hermosa, su vestido de un verde salvia que combinaba con sus brillantes ojos azules. Se giró hacia su contraparte masculino y sonrió, señalando algo en una ventana cercana, sus labios rojos y encantadores se movieron rápidamente mientras exclamaba feliz sobre el objeto desconocido. El hombre simplemente sonrió y asintió, entretenido con sus palabras mientras gentilmente la cargaba de nuevo en su brazo, colocando su mano sobre la propia mano de la joven vestida de verde antes de alejarla. Parecían ser marido y mujer; un esposo caminando con una esposa, una esposa caminando con un esposo: un gesto dulce.

Kagome mordió su labio mientras los miraba, su propio rostro reflejándose en la ventana de una tienda cercana cuando la pasaron, la imagen ondulante llamó su atención. Incluso con su vestido que no le ajustaba bien, se parecía a esa chica, excepto que su cabello era corto y estaba peinado sólo con un ligero rizo, pero por lo demás, se parecía a esa joven e Inuyasha, sosteniendo su brazo con cuidado como él, se veía así, como ese hombre. Tragó saliva y volvió los ojos hacia esa otra chica cuyas órbitas azules habían aterrizado sobre ella. Las dos mujeres sonrieron por impulso, como era propio, e inclinaron la cabeza cuando se cruzaron, ambas dignas, altas, y a pesar de todo, perfectos ejemplos de decoro. El momento pasó y ambas mujeres desviaron sus miradas como era lo apropiado.

"Qué vio ella?" Se preguntó Kagome mientras giraba su cabeza hacia adelante y miraba a Inuyasha por el rabillo del ojo. "Pensaría que él era mi esposo, pensaría que yo era su esposa?" Kagome bajó la mirada mientras la idea se burlaba y la hacía sonrojar. "No nos parecemos en nada a ellos, no hay duda de que solo somos—que no somos marido y mujer," pensó, incapaz de pensar en lo que eran. Amigos? El sentimiento la dejó sintiéndose fría. Tal vez, algo que roza lo indecente? Se sonrojó, ese sentimiento la hizo sentir acalorada por todas partes.

"Lo que sea que seamos, una cosa es segura," lo miró, sus reflexiones anteriores finalmente volvieron a ella mientras hacía a un lado todos los pensamientos de la mujer que la había reflejado al otro lado de la calle. "Me estás ocultando cosas." Era un hecho, no una declaración. "Por qué?" Cuestionó tal como lo había hecho antes. "Por qué esperas hasta que me duerma para tocar esa canción, Inuyasha?" Lo miró una última vez, por el rabillo de su ojo, observando su fuerte barbilla mientras sus ojos miraban al frente, moviéndose de un lado a otro, buscando señales de peligro, tal vez. "Qué estás escondiendo?"

No quería leer más en ello—al igual que no quería leer más en su reflejo en la ventana—pero sin importar lo mucho que lo intentara, le resultaba imposible no hacerlo.

Fin del Capítulo

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Hecho divertido del capítulo:

Una vez más las letras de la canción en este capítulo son escritas por mí pero puede cantarse en acompañamiento con la pieza de Full Metal Alchemist 'Hermanos'. En realidad son tres versiones que escribí de la canción, esta es la que me gusta más.