IMPORTANTE!

NO poseo los derechos de autor, simplemente me divierto. Los personajes pertenecen a S. Mayer y la historia es de Federico Moccia.

Espero lo disfruten!


Capitulo 74

Durante las siguientes semanas, Bella y Edward viven la vida que siempre han querido tener y nunca han tenido. Tranquila, apacible, divertida, ligera. Un día, cuando Edward ya está completamente restablecido, Bella se reúne con él en el estudio.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

—Dime, amor.

A Bella se le humedecen los ojos, se vuelven acuosos; Edward se da cuenta.

—Ven aquí al sofá, vamos, quiero abrazarte.

Ella le sonríe, se sienta a su lado, se quita los zapatos y mete los pies debajo de sus piernas. A continuación se apoya en el cojín, se mueve otra vez, lo estrecha entre sus brazos, no para de buscar la mejor posición. Edward se ríe.

—¡Nada, no hay manera, te veo inquieta, y mira que hemos hecho el amor muchas veces; deberías estar saciada, más relajada!

Bella se ríe.

—Eso significa que no será para tanto como tú dices y que todavía necesito más.

Él empieza a acariciarle las piernas, despacio, mientras la mira con ojos maliciosos, va subiendo un poco más arriba. Bella pone la mano encima de la suya.

—Espera, que no voy a poder hablar y el portero volverá a oírme.

—Pues sí, esta mañana, cuando he salido, me ha saludado sonriendo como diciendo: «¡Felicidades, señor Cullen, he oído que se ha divertido!».

—¡Sí, hombre! Pues ya no salgo más, qué vergüenza. ¿Sabes que lo pienso de verdad? Todas las mañanas, cuando paso por delante de él, no puedo evitar pensarlo... Puede que me sonría sólo porque es amable, y yo, en cambio, me ruborizo. Y me vienen a la cabeza las cosas que hemos hecho, porque yo contigo pierdo el control, soy como nunca he sido...

Edward le sonríe.

—Me gusta. Y me gustas. ¿Y qué querías decirme?

—Tengo que contarte una cosa, en otro caso no me sentiría en paz conmigo misma...

Él la mira y le coge la mano.

—Aquí me tienes.

—Quiero que nuestra relación empiece sin ninguna sombra; cuando estaba en Viena sucedió algo...

Edward la mira.

—Ni siquiera me explico cómo ocurrió. Después de un concierto, fuimos a un restaurante, bebimos mucho y... me fumé un porro.

Él le sonríe.

—¡Ah! ¿Eso era lo que querías decirme? Bueno, es algo que puede pasar... Fue un episodio aislado, ¿no?

—Sí, pero no es de eso de lo que quiero hablarte. Es que luego fuimos a una discoteca, todo el mundo bailaba, había mucha confusión..., y yo, bueno, en parte porque había fumado, en parte porque quizá estaba borracha...—Bella mira a Edward preocupada, él, en cambio, parece escucharla muy tranquilo.

—Sigue...

—Bueno, empezamos a hacer la conga, ya sabes, uno detrás del otro, y en un momento determinado pasó una cosa con alguien, una cosa..., besé a un colega Mío de la orquesta. Nunca me había ocurrido.

Edward se queda en silencio. Bella no sabe cómo se lo está tomando.

Entonces sucede algo increíble, Edward le sonríe.

—Ya entiendo.

—¿No estás enfadado?

—No. Fue sólo un beso..., ¿no?

—Sí, sólo un beso.

—Bien. Pues entonces yo también debo contarte algo; tienes razón, no quiero que haya secretos entre nosotros, pero tú tampoco tienes que enfadarte...

Bella asiente.

—Sí, me parece justo.

Finge que está tranquila, no quiere admitir que en su interior, en cambio, va creciendo la rabia, se siente devorada por los celos al imaginar lo que le tocará oír.

—Yo también besé a una mujer...

Bella nota que se le encoge el estómago.

—Prosigue... Habla, por favor.

—Bueno... Fue un beso, pero no sucedió nada más, te lo juro. Y precisamente sucedió en Viena.

—¿En Viena?

Bella se siente confusa.

—Sí, porque yo también estaba en ese local. Tenía celos de ese tal Franz Dossenford, así que me metí en la conga, le quité el sitio... ¡y te besé!

—¿Cómo?

—Sí... Incluso me diste un bofetón justo después, ¿no te acuerdas?

—¡Pues te estuvo bien merecido!

Bella no se lo puede creer. Edward sonríe.

—Más tarde, tus colegas te acompañaron al hotel mientras que Franz se quedó bailando, incluso ligó con una austríaca.

—Me alegro por él.

Bella se siente como si se hubiera quitado un peso de encima y más unida a él que nunca.

—Eres realmente increíble.

—Es cierto, pero es culpa tuya...

—Ah, y ahora es culpa mía.

—Es verdad, me hacías sufrir...

—Está bien, te perdono. ¿Sabes lo que me gustaría ahora? Que no volvieras al trabajo enseguida. Desde que estás recuperado, has ido de vez en cuando a trabajar a tus oficinas de Nueva York.

—Sí, alguna vez...

—¿Por qué no hacemos un viaje tú y yo? Si lo piensas bien, hemos estado mucho tiempo sin vernos. Primero nos conocimos, luego me llevaste a tu isla, preciosa de verdad, me gustó un montón...

—Bueno, fueron cinco días de fuego..., ¡y además allí no había portero!

—¡Venga ya!

Edward ríe.

—Perdona, cariño, continúa, no quería interrumpirte...

—Pues eso, me falta la vida contigo antes de esos cinco días, y también la de después... Me gustaría que estuviéramos juntos, que recuperáramos todas las fases de la vida que no hemos podido compartir. ¡Me gustaría pasar un poco de tiempo como si fuésemos veinteañeros, como si estuviésemos juntos a esa edad, como dos universitarios! Después, como si fuera un viaje en el tiempo, volvemos a ser treintañeros, empezamos a hacer otras cosas, también a trabajar, hasta llegar a hoy, y luego..., quién sabe, quizá tener un hijo. Pero para eso ya habrá tiempo, ahora no, ahora es el momento de la ligereza, sí, lo podría llamar así, el tiempo de la ligereza.

—Me gusta el tiempo de la ligereza. ¿Cuándo empezamos?

—Ahora. —Bella no tiene dudas—. Vamos a la calle...

Se visten de manera deportiva y van de compras. Entran en las tiendas más diversas.

—Compremos cosas sencillas, que no sean formales, ni caras; mi idea es muy concreta: somos dos universitarios que estudian lejos de su casa.

Edward la sigue, van cogidos de la mano y caminan riendo y bromeando por la calle Sesenta y Seis. Cerca del Lincoln Center está el Century 21.

—Mira, aquí tienen una ropa de marca excepcional, es de grandes firmas pero a precios rebajados.

Bella lo mira divertida.

—Ya sé que tú nunca has tenido este problema, la sensación normal que tienes de joven cuando se te acaba el dinero antes de fin de mes; sin embargo, debes empezar por ahí, como si no fueras ese Edward, sino mi Edward, un Edward nuevo, pero mucho mejor que el otro, te lo aseguro.

—Si tú lo dices...

—Confía en mí.

Siguen recorriendo la ciudad, entran en Macy's.

—Si decimos que somos turistas, nos hacen un descuento del once por ciento.

De modo que lo aprovechan y Edward se lo pasa en grande haciendo algo que no había hecho en toda su vida. A continuación, entran en Bloomingdale's, en el 1.000 de la Tercera Avenida, y comen en la barra.

—Pero allí hay un sitio en el que sólo tienen caviar. Vamos a probar un poco...

—¡Edward, no podemos permitírnoslo! —Y lo saca de allí.

Siguen de compras, pasan por delante de Tiffany.

—¡Oh, qué bonito, cómo me gustó la película de Audrey Hepburn!

Bella se para delante del escaparate y mira los varios modelos expuestos, esta vez es Edward quien la coge de la mano y se la lleva de allí riendo.

—¡Vamos, Bella, no podemos permitírnoslo!

Van recorriendo las tiendas más extrañas y divertidas de Nueva York, de Gap a Barneys, de Saks Fifth Avenue al Apple Store en la esquina de la Quinta con Central Park. Al final, agotados, regresan a casa y se encuentran en la gran bañera mirando la puesta de sol que fuera incendia la ciudad con tonos violeta.

Se relajan con las piernas entrelazadas, beben champán con pomelo rosa y arándano.

—¿Te gusta? Siempre se lo preparaba a Savini.

—¡Qué rico!

Bella saborea el cóctel con placer. Entonces le guiña un ojo a Edward.

—Bueno, esta noche te está resultando mejor.

—Sí, sin duda, contigo es otra cosa. ¡Savini hablaba demasiado!

Ella se ríe.

—Así pues, nos vamos mañana.

—Sí; ¿adónde vamos?

—A donde quieras, pero no con tu jet; me gustaría hacer unas vacaciones sencillas, ¿te apetece? Lo organizo yo. Diez días recorriendo el mundo.

—Incluso más, si quieres.

—Está bien, pues entonces tres semanas.

—Me gusta. Pero al menos déjame correr con los gastos.

—Claro, eso sí, gracias.

Más tarde, Bella se sienta delante del ordenador y prepara su viaje. Se pasa toda la noche eligiendo, estudiando, comprando. Al final, tiene un programa muy concreto. Reserva uno tras otro los vuelos, los desplazamientos por tierra,los hoteles donde se alojarán, las rutas que harán en los distintos sitios, e incluso algunos de los restaurantes más exclusivos, pero que por su particularidad merecen ser probados, a pesar de tener que hacer una excepción en el presupuesto que puede permitirse un universitario. Después se mete en la cama, le da un beso fugaz a Edward, que ya duerme, y se acurruca a su lado, contenta del trabajo que ha hecho y del precioso viaje que los espera. Al menos, en su opinión.