SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no es dueña de ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Cuarenta y Cinco:
Peleamos por vivir
Inuyasha perdió el equilibrio cuando una poderosa explosión de cañón hizo contacto con la vieja madera del enorme barco. Se agarró ciegamente de la baranda, sus manos apenas agarraron fuertemente la ya rota barandilla haciendo que se astillara bajo la presión de su ansiedad. El barco se balanceó violentamente, el barco al lado de ellos hizo que el agua entre los dos barcos subiera y aumentara, mientras trataba desesperadamente de hundirlos en las profundidades de la costa puertorriqueña.
"Hombres, a sus puestos, a sus puestos!"
Una voz resonó por encima de la cabeza de Inuyasha haciendo que sus orejas se movieran en su dirección. Conocía esa voz en cualquier lado, la conocía despierto, la conocía dormido, la conocía incluso después de sesenta años de no escucharla sino en sueños. Una fuerte explosión lo hizo estremecer cuando otra bala de cañón hizo contacto con su barco, golpeando el lance frontal, haciéndolos girar peligrosamente a estribor. Escuchó algo crujir cuando el barco giró, sus bien entrenados oídos supieron al instante lo que fue.
"El cordaje." Susurró jadeante mientras sus ojos miraban hacia arriba, el mundo entero parecía moverse en cámara lenta mientras veía una cuerda rota; uno de los aparejos en movimiento había sido desprendido del mástil, dejando la vela con una esquina sin asegurar y aleteando peligrosamente.
"Inuyasha, a tu puesto!"
"Sí, Capitán!" Gritó él saliendo de su trance de cámara lenta.
Soltó la baranda lateral del barco para empujarse hacia el mástil principal, el cual había sido dañado. La tela de la vela estaba siendo destrozada por los vientos puertorriqueños más fuertes de lo normal mientras era lanzada violentamente de un lado a otro.
"Hombres, a la vela." Llamó a los hombres a su mando mientras ponía todo su peso en los dedos de sus pies y se impulsaba, saltando alto por encima de la cubierta hacia la punta de la vela suelta—unos buenos cincuenta pies sobre el resto de la tripulación, que estaba luchando por evitar que su barco se partiera.
Con el equilibrio de su raza, se paró sobre las piezas entrelazadas de los obenques que descansaban a ambos lados del mástil, el patio directamente frente a él corría a lo largo del mástil, y como si sus manos tuvieran una mente propia agarró las sogas que estaban agitándose a punto de perderse en el viento. En unos momentos, varios hombres se le unieron, incluido Myoga, formando una línea en el patio superior a su lado y en el patio inferior debajo de él, cada hombre recogiendo una cuerda suelta y una sección de vela para mantenerla en posición mientras el resto de la tripulación ataba—tratando de ganar el control del mástil dañado.
"Sosténganlas fuerte!" Gritó alguien de repente desde abajo y sin pensarlo Inuyasha y los otros hombres agarraron cualquier cosa para asegurarlas. Desesperado, Inuyasha envolvió sus brazos alrededor del patio, sus garras se clavaron en su fuerte madera esperando en silencio que la acción fuera suficiente. Pocos segundos después, el barco se sacudió violentamente cuando el barco que los atacaba chocó contra su costado.
"Hijos de p—," las palabras no tuvieron la oportunidad de salir de su boca cuando el barco se sacudió violentamente de nuevo, los hombres gritaron mientras trataban con cada onza de fuerza que tenían de no caer los cincuenta pies hacia abajo cuando la vela se salió de control, rasgándose aún más, un sonido extra entre los suplicantes lamentos de la tripulación. Inuyasha apretó sus dientes, aguardando por su vida—sabiendo que podría sobrevivir a una caída desde esta altura a diferencia de los humanos, pero no quería averiguarlo.
La sacudida finalmente cesó y sus ojos se abrieron de golpe buscando frenéticamente y por instinto a su Capitán, pero el hombre no estaba por ningún lado. "Mierda." La palabra se le escapó de los labios cuando el barco fue golpeado una tercera vez por dos balas de cañón simultáneas. Cerrando sus ojos se aferró con fuerza, apretando los dientes mientras escuchaba un grito bastante largo y luego un fuerte crujido, un chasquido—un gargarismo y luego el olor a sangre. Abrió sus ojos levemente y los cerró de inmediato una vez más. No tenía deseo de ver al humano que acababa de caer mientras yacía muerto, con su cuello partido en un ángulo imposible.
"Inuyasha-sama, el timón!"
Sus ojos se dirigieron hacia Myoga quien también estaba esperando por su vida, sus ojos ya anormalmente grandes se abrieron redondos y más grandes mientras miraba entre Inuyasha y las cubiertas inferiores.
Tragando saliva, siguió la línea de visión de Myoga, esperando y rezando, que no fuera el Capitán, Myoga estaba en pánico, pero no vio a nadie—nadie estaba en el timón, nadie estaba parado en la cubierta del timón. "Mierda!" Los ojos de Inuyasha se abrieron, no había nadie dirigiendo el barco, el timón estaba girando de un lado a otro igualando los golpes hechos por su atacante. Era su única salida, escapar, girar y tratar de huir, pero para hacerlo, alguien tenía que tener el control de ese timón.
Sin pensarlo dos veces, soltó sus garras de la madera del patio y se levantó, balanceándose con gran talento sobre el peligro de muerte que descansaba debajo. Ni una onza de miedo lo invadió mientras echaba la precaución al viento y saltaba de la vela hasta la cubierta del timón, el sonido de Myoga gritando su nombre fue fácilmente ignorado mientras prácticamente volaba.
El barco fue golpeado de nuevo mientras estuvo en el aire y sus ojos se abrieron alarmados cuando se dio cuenta de que sería imposible aterrizar de pie sin caer. Decidido, en el último segundo inclinó su cuerpo para un giro bien planeado y golpeó la cubierta del timón con fuerza, el hombro derecho se estrelló en la madera primero. Sus rodillas chocaron juntas mientras se convertía en una bola y rodaba pasando el timón, solo para golpear la baranda con fuerza desgarradora—tuvo suerte de que ni su espalda ni la baranda se rompieran con el impacto.
Siseó mientras intentaba ponerse de pie, su cuerpo protestaba mientras unos moretones instantáneos coloreaban su piel, los moretones que su sangre demoníaca ya estaba curando. Obligándose a levantar, Inuyasha corrió hacia el timón, agarrándolo y girándolo violentamente lejos del otro barco. Brevemente, se dio cuenta de que esta era la primera vez que tocaba ese timón. Después de todo, había cosas mucho más importantes en las que pensar en un momento como este.
Los ojos de Inuyasha se abrieron lentamente, el instinto lo despertó de su peculiar sueño. "Un sueño," las palabras parecieron resonar ligeramente en su mente mientras inhalaba un profundo respiro, sus ojos cerrados, "No," pensó, los recuerdos de su sueño destellaban tras ellos con tanta intensidad como si hubiese estado mirando fijamente al sol antes de cerrar sus ojos. "Ha pasado mucho tiempo—no es así?" Pensó mientras bostezaba y respiraba profundamente, "Desde que soñé con el pasado."
Lentamente, sus ojos se abrieron, de nuevo mirando a su alrededor y asimilando la suave luz de la habitación. Parpadeó e inclinando su mentón hacia atrás miró hacia la ventana detrás de su cabecera, donde una pequeña cantidad casi minúscula de luz se estaba dando a conocer.
"Amanecer," apenas lo registró mientras cerraba sus ojos una vez más, el calor del sol de la mañana golpeaba su rostro arrullándolo para que se durmiera mientras el aroma floral de su habitación relajaba cada músculo de su cuerpo. Inhaló profundamente, los orígenes del olor no se registraron por completo en su mente todavía adormilada mientras se giraba de costado y liberaba un suave y feliz gruñido. "Necesito levantarme." Se dijo, pero a su voz le faltó verdadera determinación mientras se acurrucaba más profundamente en sus mantas, el gentil aroma que flotaba hacia su nariz lo calmaba.
Una leve sonrisa apareció inconscientemente en su rostro mientras inhalaba profundamente, absorbiendo el aroma de las flores y el mar entremezclados con su olor almizclado de árboles y naturaleza. Era tan reconfortante, tan natural. Era simplemente, "Hogar—mujer, míos." Las palabras abandonaron su adormilada boca antes de que pudiera detener su dormida mente. Instantáneamente, sus ojos se abrieron de golpe y se sentó, su mente aún no registraba realmente sus pensamientos subconscientes mientras miraba hacia donde sabía que Kagome estaba durmiendo.
Girando sus piernas en la cama, miró a Kagome que estaba acurrucada profundamente entre sus sábanas, el joven Shippo, simplemente era un bulto debajo de las cobijas. Frunció suavemente mientas contemplaba su delicado rostro matutino, suave y casi como un hada a la luz del alba. Su cabello revuelto y ondulado, un salvaje marco alrededor de sus rasgos sutiles e inocentes. Sus labios se abrieron mientras dormía, atrapando sus ojos cuando el rosa claro en contraste con el rojo rosado de su mejilla, se movió como si estuviera a punto de hablar.
Se veía tan surrealista, la imagen dividida de todo el folklore que él había conocido o le habían contado; salvaje e indomable, peligrosa y, sin embargo, extrañamente tímida, hermosa y casi engañosa—como si su belleza hubiera sido creada solo para atraer polillas a las llamas, para atraer a los desprevenidos a destinos peores que la muerte. Un hada, un espíritu, un duendecillo, tal vez incluso una sirena: parecía la parte de todos estos seres desconocidos que arrastraban a los hombres susceptibles a la muerte y a los hombres malos aún más al infierno.
"Eres una contradicción, Kagome." Pensó para sí mientras depositaba sus pies descalzos sobre la fría y sólida madera y caminaba la corta distancia para detenerse sobre ella. Ella arrugó su nariz dulcemente y por un segundo pensó que podría abrir sus ojos y mostrarle las profundidades grises que solo se sumaban a su misterio, pero no lo hizo, su rostro se relajó y él se limitó a mirarla y asimilarla.
Era hermosa, la mujer más hermosa que hubiese visto en su vida y, sin embargo—era la portadora de más poder del que jamás hubiese conocido. Su mente divagó a través de los días que habían pasado, por el cambio de corazón que había creado para Jinenji, por la barrera en la desembocadura del Mississippi, por la primera luz que había salido de las yemas de sus dedos destruyendo a Manten.
No había duda de que era poderosa, sin duda alguna, pero ese poder era peligroso, no sólo para quienes la rodeaban, sino también para ella. "Ese poder te matará, Kagome." Susurró en la creciente luz. Había estado pensando en silencio en ese hecho durante algún tiempo. Preguntándose qué debería hacer al respecto, preguntándose si había algo que pudiera hacer al respecto. "Quiero protegerte de todo y de cualquier cosa pero cómo—," su voz se cortó mientras miraba sus pies descalzos y suspiraba fuertemente. "Cómo te protejo de ti misma?"
No tenía una respuesta para esa pregunta, al menos no una que pudiera soportar para dejar atrás cualquier pensamiento real. No queriendo presionar más sus pensamientos tan temprano en la mañana, caminó lánguidamente hacia su silla donde su chaqueta y botas lo esperaban. Distraídamente, se metió la camisa antes de ponerse la chaqueta, dejándola abierta por el momento mientras se sentaba en su silla y se preparaba para ponerse las botas.
Metiendo un pie dentro, procedió a atarse el zapato mientras su mente divagaba por los eventos mucho más seguros del día anterior. Había sido una agradable salida con Kagome, pequeña y sin incidentes—la primera salida sin incidentes que creía que habían tenido. Simplemente habían caminado juntos, él había regateado unos buenos precios por su mercancía y había negociado por buenos precios las provisiones que necesitaban para su próximo viaje y luego, sin preámbulos, regresaron al barco permitiendo que Myoga saliera y terminara el resto de las negociaciones en favor de que el Capitán se quedara cerca de casa en caso de algunas repercusiones no deseadas de sus previas conversaciones con la tripulación.
"Fue casi—aburrido ayer." Pensó con una leve sonrisa en su rostro mientras terminaba de amarrarse la primera bota y agarraba la segunda, metiendo su pie dentro. "Tal vez—," su mano se detuvo en los cordones. "Sería mejor para ella vivir una vida como esa—." Miró sus manos y se mordió el labio mientras bajaba la cabeza escondiendo los ojos para que nadie pudiera verlos. "Nunca tendría que usar sus poderes en un pueblo pacífico como Charleston." Sintió una fría sensación en la boca del estómago. Parte de él sabía que sería ridículo dejarla, "Nunca se enteraría." Musitó para sí, una leve sonrisa en sus labios. "Pero—saber que está a salvo, saber que está en un lugar más adecuado para ella, no es más importante que lo que ella quiere—que lo que yo—."
Inuyasha sintió una punzada en su corazón y frunció profundamente, no queriendo lidiar más con esas ideas. Haciéndolas a un lado, ocupó sus manos atando sus cordones, moviéndolas experta y rápidamente antes de levantarse, sus ojos viajaron hacia Kagome, observándola mientras respiraba pacíficamente en su sueño. La miró por un momento, encontrando realmente difícil moverse de su lugar mientras la miraba, una pacífica sonrisa se formó en su rostro.
"Qué contradicción." Susurró su mente mientras tragaba saliva. Se giró y salió por la puerta cerrándola tranquilamente tras él. Durante varios segundos se paró frente a ella, contemplando el pequeño corredor sin ver nada en realidad. Su mente parecía jugar con él mientras estaba ahí, esa idea todavía plagaba su mente. "Qué contradicción." En este punto, honestamente no estaba seguro de si estaba hablando de ella o de sus propias palabras.
Entonces levantó ambas manos para pasarlas por su rostro, deseando tener un poco de agua para lavarla mientras sentía un poco de suciedad pegarse contra su piel. "Nunca me acostumbraré al oeste." Se dijo antes de girar a su derecha, bajando por el corredor hacia la habitación de Miroku.
Se detuvo frente a la habitación y apoyó su oreja contra la puerta, el sonido de suaves ronquidos era la única indicación de que alguien estaba vivo adentro. Resoplando, una mano agarró el pomo y abrió la puerta sin molestarse en golpear. "Saca tu trasero de la cama Miroku!" Gritó en la habitación. "Sango, tú puedes dormir." Añadió mientras cerraba la puerta de golpe con la esperanza de despertar al joven antes de dirigirse por el corredor con una sonrisa en su rostro. Se había sentido bien golpear algo después de tanta contemplación matutina.
Rodeando la esquina del corredor, Inuyasha salió a la cubierta principal del Shikuro, la temprana luz del sol golpeó sus ojos haciendo que se entrecerraran cuando sus animalísticas pupilas se contrajeron inmediatamente en respuesta. Sacudió su cabeza tratando de aclarar su visión y se llevó una mano a la cara, frotando el puente de su nariz por instinto. "Maldición, es brillante." Murmuró mientras avanzaba aún más hacia el sol, estirando los brazos por encima de su cabeza mientras se dirigía hacia la escalera que conducía a la cubierta del timón. Por un momento, permaneció inmóvil, observando cómo su tripulación se movía, ya alistándose para que el barco zarpara.
Sonrió a pesar de sí mismo mientras observaba a los hombres bajo la dirección de Myoga, el viejo demonio fácilmente daba órdenes para los preparativos como Inuyasha le había pedido la noche anterior. "Eres un buen hombre, Myoga." Pensó con una sonrisa, recordando vagamente al Myoga en su sueño mientras los miembros de su tripulación pasaban junto a él, algunos de ellos asentían en reconocimiento mientras que otros saludaban o simplemente le daban una mirada de afirmación (todo apropiado, a su manera, así de temprano en la mañana).
El sonido de una puerta abriéndose en la dirección de la que acababa de llegar hizo que se detuviera y se girara, mirando a su joven y medio dormido hijo mientras rodeaba la esquina del corredor que albergaba ambas de sus habitaciones. Sonrió ante el casi desaliñado aspecto de Miroku, sabiendo que el hombre se había vestido apresurado. Sus botas no estaban atadas todavía y su camisa solo estaba medio metida aun colgando en la parte posterior, todavía estaba en el proceso de ponerse rápidamente la chaqueta con solo un brazo completamente en una manga (la otra todavía estaba en su lugar) y encima de su cabeza un sombrero de tres puntas que descansaba torpemente, ligeramente a un lado, como si se lo hubiesen puesto como una ocurrencia tardía.
"Ohayou," llamó Inuyasha al joven que lo miró con ojos somnolientos. "Gozaimasu."
"Ohayou," gruñó Miroku logrando devolver la mitad del saludo mañanero mientras se dirigía hacia su padre con un bostezo somnoliento. "Es muy temprano." Murmuró mientras chasqueaba sus labios y parpadeaba un par de veces con sus cansados ojos antes de bostezar una vez más. "Por qué nos levantamos tan temprano?"
"Tenemos que salir de aquí." Razonó Inuyasha mientras se dirigía hacia las escaleras manteniendo una oreja en Miroku para asegurarse de que el cansado joven estuviera siguiéndolo mientras levantaba su pie en el primer escalón. "No me gusta quedarme en," pausó buscando la frase correcta mientras caminaba. "Estos—tú sabes—puertos durante más tiempo del necesario." Asintió para sí con firmeza. "Y nos vamos en esta marea alta o en la de esta noche."
"Pero ni siquiera estuvimos aquí dos días." Gruñó Miroku mientras él también subía las escaleras lentamente, sus pies prácticamente arrastrándose por los escalones mientras caminaba detrás de su padre. "Estuvimos aquí apenas el tiempo suficiente para vender algunas de esas cosas y reabastecernos." Continuó. "Ni siquiera he salido del barco una vez. Sólo tú y la Srta. Kagome lo hicieron."
Inuyasha simplemente sonrió, mientras se paraba en la cubierta del timón mirando hacia el timón del barco con un sentimiento de orgullo. Por un momento, su sueño pasó de nuevo ante sus ojos y se vio de pie en el timón, gritando por la cubierta, dando órdenes que se suponía que no debía dar, pero sabiendo que no había elección.
"Domen esa vela! Artilleros, apresúrense y disparen!"
Parpadeó, el recuerdo se desvaneció instantáneamente mientras escuchaba a Miroku bostezar una vez más antes de responder a la pregunta original del joven. "Solo necesitábamos vender la carga y reabastecernos, eso está hecho así que debemos continuar nuestro camino." Le dijo Inuyasha a Miroku mientras se detenía en frente del timón, mirando al joven que caminaba perezosamente hacia él. "Tú, más que nadie, debería saber lo fácil que es quedarse más tiempo en este tipo de puerto." Le dio una significativa mirada. "Sólo nos tolerarán durante un tiempo, incluso si parecemos un barco mercante—no son tontos."
Miroku solo suspiró antes de detenerse a la mitad de otro bostezo con el dorso de su mano. Miró hacia abajo, al alcázar, asimilando el ajetreo de su tripulación despierta mientras cumplían las órdenes dadas por Myoga. "Es muy temprano." Repitió Miroku estirando las manos por encima de su cabeza. "A propósito, qué hora es?"
"Te quejas mucho, cachorro." Gruñó Inuyasha mientras una de las velas sobre sus cabezas era liberada de su atadura, cayendo con un fuerte sonido al atrapar al instante un viento favorable. Los hombres se apresuraron a recortar la vela, sabiendo que era demasiado pronto para desenredarla por completo. "Apuesto que al menos tienen que ser ya las seis?" Murmuró mirando tras ellos al sol naciente. "Sí, alrededor de las seis a juzgar por el sol."
Miroku frunció oscuramente, nunca había sido una persona mañanera (a menos que se hubiese ido a dormir a una hora razonable la noche anterior) y anoche ni siquiera había podido ir a su habitación hasta prácticamente la una o las dos de la madrugada. Había habido mucho que hacer para asegurarse de que pudieran salir a tiempo hoy y tuvo que dirigir la mayor parte de la acción porque—bueno—ese era su trabajo. Y cuando finalmente había entrado a su habitación, accidentalmente por supuesto, despertó a una Sango durmiente, quien (para su deleite) se había despertado de un humor bastante encantador y delicioso. "Bah," frotó un ojo lloroso. "No dormí mucho anoche."
Inuyasha resopló y le dio una significativa mirada. "Y de quién fue la culpa?"
"De Sango." Comentó Miroku sin pausa mientras parpadeaba con los ojos borrosos y cansados.
Inuyasha resopló mientras agarraba el timón, pasando sus manos sobre la lisa madera con cariño, su sueño todavía lo molestaba desde el fondo de su mente. "La mayoría de los hombres," dijo distraídamente. "No se quejarían de tener una buena compañera de cama que los mantenga despiertos por la noche."
Los ojos de Miroku se abrieron ligeramente más despiertos al ver la mirada distante del Capitán antes de sonreír, ignorando la palabra compañera en favor de burlarse del Capitán. "Celoso?"
Inuyasha lo fulminó con la mirada y le dijo con un gruñido, "Cállate." Guardaron silencio por un momento mientras los hombres comenzaban a revisar todas las velas, verificando el aparejo de pie una última vez por si hubiera algún problema con la tensión de las líneas que sostenían el mástil. "Perdimos a alguien?" Preguntó Inuyasha de repente, su voz sacó a Miroku de un aturdimiento inducido por el sueño.
"Hm?" Dijo el joven profundo en su garganta mientras trataba de comprender lo que el Capitán había preguntado pero no había estado escuchando.
Inuyasha suspiró pero su voz salió paciente. "Perdimos a alguien, ya sabes, ayer después de que repartiste los pagos?"
Miroku dejó escapar un sonido de comprensión y echó hacia atrás su cabeza pensando, deleitándose con el sol que golpeaba su rostro ligeramente ahora que podía romper el ala de su sombrero. "Solo perdimos dos miembros de la tripulación en total." Dijo después de unos segundos de pensar, bajando su cabeza, frunciendo decepcionado mientras el sombrero cubría su rostro, ocultándolo del calor del sol naciente. "Decepcionante, en verdad pensé que los había ganado a todos con ese discurso, pero después de que entregué el dinero—," se encogió de hombros con gravedad. "Se fueron los dos."
"Se inclinaron a la voluntad de la corona." Gruñó Inuyasha encogiéndose de hombros. Recordó a los dos hombres de los que Miroku estaba hablando, nunca habían sido—comprensivos—de nada en realidad, especialmente cuando se trataba de la posibilidad de perder sus pagos. Al final, eso lo convirtió en una pérdida para bien; una ganancia invisible por así decirlo. "Y cuando la corona se disperse, así lo harán ellos."
"Seguro que parece de esa manera." Aceptó Miroku mientras la voz de Myoga desde abajo detenía su conversación.
"Todos los aparejos están asegurados, Capitán!"
Inuyasha y Miroku miraron al pequeño demonio pulga, observando con intriga cómo el hombre señalaba cada vela individualmente, recibiendo un sonido del responsable de cada una.
"Está bien," llamó Inuyasha tan pronto como cada hombre se dirigió a su vela. "Suelten todas las velas, vamos a abrirlas al viento."
Una ronda de voces golpeó el aire, gritándole a su Capitán, "Sí, Capitán!" en diversos grados. Inuyasha observó afectuosamente mientras los hombres corrían por la cubierta, realizando cada tarea con tanta práctica que fue innecesario dar más órdenes por el momento. Los hombres que ya estaban entre los obenques, se pusieron manos a la obra soltando cada vela, el barco tenso contra el ancla.
"Todos los remeros abajo." Llamó Miroku sabiendo que el barco necesitaría un poco de ayuda para salir del puerto basado en la dirección algo desviada del viento esta mañana.
"Sí, maestre!" Respondieron los hombres tan rápida y hábilmente como lo habían hecho con Inuyasha, corriendo por la cubierta rápidamente para bajar.
"Totosai," llamó Miroku sintiéndose perezoso y poco dispuesto para dirigir a los remadores. "Dirige!"
"Sí, Señor!" Respondió el anciano con su antigua voz rasposa mientras se movía por la cubierta contento de tener algo que hacer. Como carpintero en el Shikuro, era bastante inútil en todo lo que tuviera que ver con navegar en el barco, pero aún podía tener tiempo para los remadores del barco. Al menos, eso le daba algo que hacer.
"Te sientes perezoso hoy, eh, cachorro?" Inuyasha sonrió mientras tomaba la cuerda que mantenía en posición el timón, liberando el timón para que pudiera tensarse contra sus manos en lugar de contra la cuerda hecha de cáñamo.
Miroku no se molestó en responder a la pregunta mientras la última de las velas se desplomaba, los hombres en la cubierta de abajo tiraron de los aparejos hasta que estuvieron completamente seguros y los hombres de arriba encontraron con cuidado la media entre muy floja y muy apretada para los aparejos superiores. "Levanten el ancla." Gritó al aire. "Remadores listos." Su voz llegó hasta abajo, un coro de respuestas cordiales llegó a sus oídos. "Salgamos de Charleston."
"Me alegro de que ahora estés de mi lado." Murmuró Inuyasha mientras giraba el timón esperando que el ancla se elevara completamente en el barco.
"Entre más pronto salgamos del puerto," respondió Miroku secamente mientras también observaba a los hombres elevar el ancla. "Más pronto puedo volver a dormir."
"Es bueno saber cuáles son tus prioridades." El sonido de la voz de Sango sobresaltó a ambos hombres, haciéndolos girar hacia donde se había producido el sonido. "Buenos días, caballeros." La mujer disfrazada con bastante habilidad como un hombre saludó mientras subía a la cubierta del timón.
"Buenos días, mascota." Respondió Inuyasha con afecto en su voz. "Me estaba cansando de este, todo lo que hace es quejarse." Señaló a Miroku. "Eres una compañía mucho mejor."
"Resiento eso." Gruñó Miroku pero no había mordedura en su voz mientras miraba a su esposa con afecto. "Buenos días Sango, esper—," comenzó a decir, pero se detuvo cuando notó a la otra mujer que acababa de llegar a la cima de las escaleras, un pequeño niño pelirrojo metido en sus brazos cubiertos con su chaqueta azul. "Espero que ambas hayan dormido bien, cómo está, Srta. Kagome?"
Kagome sonrió en respuesta mientras se detenía al lado de Sango en la cubierta del timón, su suave y rizado cabello negro ondeaba en el viento mientras miraba la conmoción en el barco. "Estoy muy bien, gracias, y usted, Sr. Miroku?"
"Por favor, llámame Miroku." Le dijo el joven con firmeza mientras le sonreía amablemente.
Kagome le devolvió la sonrisa, un brillo en sus ojos muy despiertos. "Solo si deja de llamarme Señorita, consideraría llamarlo por su nombre de pila, Sr. Miroku."
Miroku suspiró exasperado pero su tono no coincidía en absoluto con el sentimiento. "Qué respuesta tan diplomática, Srta. Kagome."
Kagome sonrió y rió dulcemente mientras el cansado Shippo en sus brazos bostezaba, sus pequeñas manos se cerraron en puños para agarrar su camisa mientras murmuraba por lo bajo algo sobre adultos ruidosos.
"Deberías regresarlo a la cama." Habló el Capitán desde su lugar, sus palabras sorprendieron a los demás con la guardia baja; no su naturaleza, claro está, sino el hecho de que hubiese hablado. "Anoche estuvo despierto hasta tarde ayudando."
"Oh?" Susurró Kagome, su voz suave y firme mientras apreciaba al Capitán por primera vez esta mañana.
Por supuesto, lo había visto cuando subió a la cubierta del timón, pero en realidad no había podido prestarle mucha atención porque Miroku se la había robado. Ahora, mientras lo miraba, descubrió que se veía tan apuesto como siempre, especialmente ahora que el sombrero que había usado ayer ya no lo tenía más en su cabeza. No es que le importara el sombrero, pero (aunque tímidamente) descubrió que le gustaban sus orejas descubiertas. La forma en que reaccionaban, la manera en que se movían, la forma en que la luz parecía atraparlas: los mechones plateados brillaban tan sobrenaturales a la dulce luz del sol—todo era impresionante.
"Perdóname si me equivoco," intervino Sango antes de que Kagome pudiera hablar. "Pero no debería estar trabajando, es nuestro Grumete?"
Inuyasha sacudió su cabeza. "Es un cachorro, primero." Les dijo a todos inteligentemente. "Los cachorros necesitan dormir."
Miroku asintió distraídamente desde su lugar al lado del Capitán mientras observaba a los hombres izar el ancla completamente a bordo. "Sí, tú nunca me hiciste levantarme tan temprano cuando era niño si había trabajado la noche anterior—," Se detuvo por un segundo, sus ojos se fruncieron con resentimiento. "Pero todas las cosas buenas deben llegar a su fin."
"Fuiste tan abusado." Vino la respuesta automática de Inuyasha antes de gritar sobre la tripulación. "Muy bien, Totosai, es tuyo."
"Sí, Señor!" Respondió el anciano desde su posición debajo de la cubierta en el ombligo del barco. Instantáneamente, se escuchó un leve golpe de tambor y los remos comenzaron a moverse, pedaleando hacia atrás contra la marea con una increíble fuerza demoníaca. Lentamente, Inuyasha giró el timón del barco, dirigiéndolos mientras remaban hacia atrás, entrándolos en la marea alta.
Kagome miró al pequeño Shippo que dormía en sus brazos y sonrió suavemente. Sabía que sería mejor para ella ir y depositar al niño de nuevo en su cama, pero al mismo tiempo descubrió que no quería dejar la cubierta por temor a perderse un segundo de este delicado e intrincado baile.
Sus ojos se iluminaron cuando vio al Capitán, los músculos debajo de su chaqueta se tensaron mientras giraba el barco fracción a fracción, lo remadores se movían a una velocidad lenta y deliberada mientras hombres de confianza permanecían a los costados del barco, ofreciendo señales de manos con instrucciones que Miroku tradujo. Las orejas del Capitán se movieron en su cabeza en respuesta, escuchando atentamente cada dirección, sus manos reaccionaron casi simultáneamente a la información que le ofrecían.
Sus profundos ojos dorados miraban el suelo frente a él, su concentración nunca fue interrumpida por miradas externas mientras Miroku le daba la información de manera experta. Era un esquema tan elaborado, uno que tenía el potencial de desmoronarse por completo en cualquier momento. Solo haría falta un error; un hombre al lado con una señal equivocada, o Miroku malinterpretando la información incorrectamente, o las orejas del Capitán no logrando captar las palabras lo suficientemente rápido para evitar un desastre. Tantas cosas podían salir mal en esos pequeños instantes y, sin embargo—nada pasó, nada salió mal, nunca pasaba.
"No importa cuántas veces lo vea, todavía me parece increíble." Pensó mientras sus ojos estudiaban al Capitán mientras hacía girar el barco lentamente, pulgada a pulgada, pie a pie, con tanta paciencia que era casi antinatural.
"Eso es," dijo de repente el objeto de sus afectos. "Hemos girado lo suficiente, da la orden."
"A proa." Gritó Miroku sin tener que preguntar con quién estaba hablando el Capitán. Al instante, los remadores cambiaron posiciones, lo que hizo que el barco se tambaleara hacia adelante cuando el barco descubrió que sus movimientos cambiaron repentinamente.
Las velas sobre sus cabezas atraparon el viento con avidez mientras lo hacían, las grandes secciones de material se llenaron con la invisible fuerza vital que se necesitaba para cualquier barco de mar. Las gaviotas que se habían posado en la parte superior del mástil gritaron en el aire ante el sonido, no habiendo sido perturbadas por los hombres trabajando, pero habiendo sido muy disuadidas por el viento en sus plumas.
"Hm," gruñó el Capitán mientras observaba las gaviotas volar sobre el barco, una masa de blanco mezclado con sus propias velas sucias de color blanquecino. "Parece que la señora suerte nos está sonriendo hoy—las gaviotas van a seguirnos." Comentó mientras giraba el timón forzando al barco aún más contra el viento mientras empezaban a avanzar a buena velocidad.
"Alto los remos." La orden de Totosai resonó por encima de sus cabezas pero ni Miroku ni Inuyasha comentaron, después de todo el viento estaba con ellos hoy haciendo que los remeros fueran inútiles.
"Um," dijo Kagome junto a Sango mientras observaba a las gaviotas. "Por qué las gaviotas son de tanta suerte—," preguntó sin miedo a hablar entre esa gente. "Parecen horriblemente ruidosas y molestas."
"Estoy de acuerdo." Comentó Sango al lado de Kagome mientras observaba a las aves volar hábilmente entre el mástil. "Y sucias." Arrugó la nariz cuando los excrementos de las gaviotas cayeron a plena vista.
Kagome asintió en acuerdo, sacudiendo la cabeza con disgusto.
"Son las almas de los marineros perdidos." El Capitán respondió la pregunta de manera uniforme mientras los dirigía hacia el mar abierto, todavía estaban a unas pocas millas de abandonar completamente la ensenada, pero no debería demorar mucho tiempo con este viento fuerte.
"Marineros perdidos?" Repitió Kagome, sus cejas se fruncieron en una mirada de pura curiosidad.
"Sí," respondió Miroku esta vez, con una mirada tranquila en su rostro. "De acuerdo a muchos viejos lobos de mar, las gaviotas se quedan en los barcos porque son las almas de los marineros perdidos y es todo lo que saben." Miró a las aves con afecto. "No tienen vida en tierra y todo lo que pueden recordar es una vida en el mar—así que se deslizan sobre todos los barcos en los que desean estar y los protegen como si fuera el barco que hubiesen conocido en vida."
Kagome parpadeó un par de veces ante el dulce sentimiento detrás de las palabras de Miroku, sus ojos miraban las gaviotas que se estaban llamando unas a otras mientras volaban entre las velas, felices y vivas. "Eso es tan triste."
"De verdad?" Murmuró Inuyasha en respuesta mientras ladeaba el timón a babor. "Siempre pensé—que era una idea agradable." Sonrió para sí, su sueño o recuerdo anterior o lo que sea que fuera volvió a él. El Capitán de ese barco, un hombre que esperaba estuviera entre las gaviotas sobre sus velas. "He conocido a muchos hombres que preferirían estar en el mar por una eternidad que entre las nubes."
Kagome no hizo ningún comentario sobre sus palabras, ni Sango ni Miroku—en cambio, el grupo guardó silencio, como si supieran que responderle al Capitán sería el equivalente a caminar descalzo sobre lava fundida.
El barco continuó navegando a lo largo del canal, el fuerte viento los empujaba a un paso enérgico y loco. A este ritmo, irrumpirían en el mar en treinta minutos, la pequeña legua que tenían que cruzar para regresar a aguas abiertas, nada comparado con la velocidad de este barco.
Sin previo aviso, el agarre del Capitán en el timón de repente se apretó y su espalda se irguió y enderezó tomando por sorpresa a Miroku, Sango y Kagome mientras sus brillantes ojos destellaban, iluminando algo en la distancia.
Instantáneamente en alerta, Miroku giró su cabeza y miró al otro lado del océano mientras salían de la boca de la península que conducía a Charleston. "Un barco?"
"Probablemente sea un barco mercante." Razonó Sango encogiéndose de hombros mientras se apoyaba contra la baranda de su propia embarcación luciendo casual y despreocupada.
Inuyasha mordió su labio en respuesta a sus palabras mientras giraba ligeramente su propio barco a babor, colocando su rumbo para que se alejaran del otro barco y más por la costa. "Mira la bandera." Ordenó, su voz inquietantemente calmada.
Miroku entrecerró los ojos, pero sus ojos humanos no pudieron distinguir la imagen lejana. "No puedo—."
"Coge tu catalejo." Dijo Inuyasha bruscamente mientras giraba el barco más completamente, el sonido de su voz hizo que Kagome y Sango se acercaran un poco más a Miroku por instinto.
Ignorando la mordaz voz, Miroku metió la mano en su chaqueta buscando un pequeño bolsillo interior que guardaba su catalejo (un obsequio de su padre). Extendiéndolo rápidamente se lo acercó al ojo, fijándolo con interés en la bandera. La imagen era borrosa al principio, pero regresó clara con un pequeño ajuste revelando una extraña bandera negra, como nunca había visto. Había un animal en el medio, la cara enrojecida y los ojos amarillos, afilados y casi desconcertantes. En todas las cuatro esquinas había una enorme pata impresa, cuatro garras en cada una, todas ellas perforando la bandera negra con un sorprendente color plateado. Lentamente, bajó el catalejo y miró al Capitán, "No la reconozco."
"Yo tampoco." Respondió Inuyasha lamiendo sus labios. "Pero reconozco el animal."
"Qué?" La cabeza de Miroku se volvió hacia el barco, sus ojos se agrandaron mientras trataba de ver sin el catalejo, sin éxito.
"Oyamaneko." Gruñó Inuyasha en su lengua nativa con una mueca de desagrado en su rostro.
"Oyama—e—qué?"
"El animal en la bandera, es un Oyamaneko." Repitió Inuyasha, sus ojos duros y oscuros. "Es una—una especie de gato. No estoy seguro de cuál es la palabra en inglés."
Miroku frunció y agarró su catalejo, estudiando al extraño animal en la bandera, se veía casi como un leopardo a lo largo de su espalda, las manchas se convertían en líneas mientras descendían alrededor de su robusto cuello y rostro. El pelaje alrededor de dicho rostro era esponjado hacia afuera siguiendo las mismas líneas que los bigotes de los felinos, en marcado contraste con su cola casi inexistente. "Un lince?" Pensó en voz alta mientras retiraba el lente con calma. "Solo he visto imágenes de ellos en los libros de texto, pero el animal en esa bandera se ve similar."
"Puedo?" preguntó Kagome informalmente mientras Miroku sostenía el catalejo a su lado, dándole a Inuyasha una curiosa mirada.
"Aaa—seguro." Dijo alcanzándoselo, sus ojos de nuevo en Inuyasha. "Pero por qué habría una bandera con un lince o ese gato?"
Kagome ajustó a Shippo en su brazo y de alguna manera se las arregló para volver a abrir el catalejo, sosteniéndolo en un incómodo ángulo para su ojo. Su entrecejo se frunció al ver los penetrantes ojos del animal y el ceño casi fruncido, si no lo supiera mejor, habría pensado que la criatura felina se veía casi triste.
"Hm," murmuró ella mirando el animal, su conocimiento en linces en el fondo de su mente. Una vez, cuando era pequeña, había visto un lince en Inglaterra, en el campo. Ese animal no había tenido manchas tan juntas y su pelaje no había sido exactamente del mismo color dorado profundo—había sido más blanco. Sus orejas tampoco habían sido iguales. Las orejas del lince eran más puntiagudas y tenían mechones de pelo negro en sus bordes. Esta criatura, en esta bandera, no tenía ninguno de esos rasgos, orejas puntiagudas de pelaje negro en sus bordes. Sin embargo, se veía similar—muy similar—a otra criatura que conocía. "No creo que sea un lince."
Su voz hizo que tanto Inuyasha como Miroku se giraran sorprendidos mientras la veían mirar a través del catalejo, su expresión burlona.
"He visto un lince antes—de niña y—," bajó el catalejo frunciendo sus labios pensativa. "Bueno, se veía así, pero no exactamente igual."
"Qué crees que es entonces?" Cuestionó Miroku antes de que incluso el Capitán pudiera reunir su ingenio.
Kagome mordió su labio, esperando que su corazonada fuera al menos algo correcta. "Un gato montés."
"Gato montés?" Repitió Miroku antes de que sus ojos se abrieran enormes. "He escuchado de ellos. Se dice que se parecen a los linces."
"Déjame ver, Kagome," indicó Sango con su mano, recibiendo el catalejo y acercándolo a su ojo—ella también sabía de linces y cómo se veían.
"Quizás los linces y los gatos monteses estén emparentados." Sugirió Inuyasha despreocupadamente mientras observaba el barco que había girado y cambiado su curso para coincidir con el suyo. Agarró el timón incómodo, sus ojos agudos mientras trataba de obligarlos a ver más de lo que era capaz desde casi una legua de distancia.
"Un gato montés está en esa bandera, eso es seguro," comentó Sango mientras dejaba caer el catalejo a su lado, solo dándoselo a Kagome una vez más cuando la joven lo pidió tímidamente. "Las pintas sobre su cabeza son lo que seguro delatan—," le dijo a la joven mientras observaba a Kagome mirar lentamente por el catalejo, balanceándolo a él y a Shippo con gran habilidad. "No te parece?"
"Oh sí." Susurró Kagome sinceramente mientras bajaba el catalejo y se lo regresaba a Sango, su brazo se sentía increíblemente cansado.
"Miroku," susurró Inuyasha interrumpiéndolos repentinamente, su voz extrañamente calmada y firme. "Reúne a la tripulación y haz que tomen sus puestos otra vez."
Miroku frunció sus ojos oscuramente ante la calmada voz del Capitán—conocía esa voz y también conocía cada implicación en ella. "Capitán?" Su propia voz sonó severa pero llena de cuestionamiento.
"Sango," habló Inuyasha ignorando a Miroku. "Lleva a Kagome abajo y no regreses, quédense juntas." Miró al niño durmiente acomodado en el doblez del codo derecho de Kagome. "Manten a Shippo contigo también, es muy joven, no lo quiero en cubierta."
Los ojos de Miroku se abrieron y giró hacia el barco justo a tiempo para ver qué tenía al Capitán tan preocupado. "Hay cañones?" Susurró furiosamente, su voz baja, decayendo octavas mientras cada vello en su nuca se erizaba. No era la presencia de los cañones lo que necesariamente le preocupaba—era el hecho de que estaban a la intemperie, las escotillas que los mantenían ocultos a la vista estaban abiertas como el día. Esos cañones estaban listos para atacar y lo único para atacar en un radio de tres millas eran el Shikuro y el puerto de Charleston; y ahora mismo, ese barco no se dirigía hacia Charleston.
"Tenemos unos quince minutos antes de que estén dentro del rango." Les dijo Inuyasha firmemente mientras mordía su labio. "Prepárense."
"Sí!" Gritó Miroku de repente girándose y corriendo escaleras abajo mientras gritaba órdenes, "Hombres a sus puestos, Maestres estés listos, artilleros, aparejadores," su voz llegó hasta la cima del nido de cuervos y hasta el fondo de la bodega de carga. "Todos a cubierta!"
"Sango," gruñó Inuyasha, todo su cuerpo tenso mientras sus ojos miraban al otro lado del Atlántico, fijos y absolutamente enfocados en el barco que se dirigía en rumbo de colisión hacia ellos. La joven no se giró ante el sonido de su nombre, sus propios ojos fijos y en shock, la incredulidad escrita en su rostro. "Sango." Gruñó Inuyasha, su voz severa y llena de inexplicable advertencia. "Lleva a Kagome y a Shippo abajo y protégela," repitió él, su voz con tanta fuerza que podía sentir el miedo no expresado hasta el fondo. "Ahora!"
Su firme gruñido la sacó de su estupor y retrocedió, agarrando a una Kagome igualmente callada. No importaba cuánto tiempo llevara en un barco pirata, nunca se acostumbraría a este tipo de pelea. Le gustaban las armas, anhelaba los puños, incluso los cuchillos eran fáciles de usar para ella o de defenderse, pero los cañones—había algo aterrador en el fuego de los cañones. Era incontrolable, no había ningún recurso personal o protección que pudiera utilizar. Solo podía confiar en el Capitán y en Miroku, quienes sabían cómo funcionar en tales peleas y (aunque confiaba en ellos, confiaba en ambos con su vida) todavía la aterrorizaba reconocer que no había nada que pudiera hacer más que rezar.
"Ss—s—sí," dijo después de un segundo, con su voz aun atascada en su garganta. "Los protegeré a ambos con mi vida, Capitán." Agarró la mano de Kagome y se giró hacia las escaleras, siguiendo la ruta de Miroku mientras la joven permanecía de pie confundida.
"Sango." Jadeó Kagome mirándola mientras trataba de averiguar qué había sucedido en los últimos minutos. "Qué est—?"
"Te lo diré abajo," le informó Sango rápidamente mientras prácticamente arrastraba a la joven detrás de ella y bajaba las escaleras golpeando con fuerza cada escalón mientras se apresuraba a hacer lo que se le había ordenado.
Kagome apenas tuvo tiempo de mirar a su Capitán, captando solo la oscura preocupación en su rostro mientras Sango la arrastraba pasando el último escalón y rodeaba el costado de la escalera hacia el corredor y hacia la mínima seguridad que la habitación del Capitán tenía para ofrecerles.
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Inuyasha se aferró con fuerza al timón mientras el barco que los perseguía finalmente llegó al punto de estar demasiado cerca para su comodidad. Su sensible nariz se crispó, sintiendo el olor a pólvora, ya fuera la pólvora de su propio barco o la pólvora del otro, no estaba muy seguro todavía, de cualquier manera todavía le molestaba que pudiera oler la pólvora.
"Qué demonios podrían querer con nosotros?" Siseó por lo bajo mientras giraba el timón más a babor, alejándolos rápidamente del otro barco.
Sin embargo, era casi una causa perdida, el barco que se estaba acercando a ellos era inexplicablemente rápido y toda la tripulación de Inuyasha estaba concentrada en preparar los cañones para una pelea—no tenía un solo hombre disponible para los remos. Se necesitaban al menos dos hombres para manejar un solo cañón de manera efectiva y actualmente tenía quince cañones a un costado, los cuales estaban tripulados. Eso ponía a sesenta de sus hombres abajo, pero incapaces de tomar los remos y remar. Y el resto de sus hombres estaban apostados en otra parte: preparándose para arreglar los daños, para asegurar las velas, ante la posibilidad de una pelea cuerpo a cuerpo.
"Mierda," maldijo mientras giraba el barco aún más, estaban casi fuera de la ensenada que conducía a Charleston y en aguas abiertas. Esperaba poder salir del todo antes de que comenzara la pelea, una pelea era mucho más fácil en aguas abiertas. "Si los hubiera visto antes, si hubiera reaccionado más rápido, podríamos haber salido de aquí con mucho tiempo." Asintió para sí mientras sus ojos escaneaban la bandera ahora fácilmente visible. "No la reconozco como pirata pero definitivamente no pertenece a una corona. Las coronas no tienen banderas negras con malditos gatos monteses en ellas."
Apretó sus dientes mientras las velas sobre su cabeza se tensaban en el viento. Se giraron a toda velocidad, tomando todo el aire que pudieron sin romper las velas o arriesgar a que los aparejos se rompieran debido a la tensión. No llegaban a ninguna parte, el otro barco tenía demasiada velocidad y mucha ventaja.
"Maldición," dijo, su mente trabajaba en busca de posibles soluciones seguras. Normalmente esto no habría sido gran cosa, habría entrado a la batalla con la confianza y la seguridad de que ganaría sin siquiera tener que intentarlo. Después de todo, él era el gran pirata Capitán Inuyasha del Shikuro; el hombre que las mujeres usaban como historias para dormir para los niños que se portaban mal, el hombre del que se hablaba en las tabernas con susurros silenciosos y ojos cambiantes. Era imbatible, era invencible, era tan rudo como los rudos.
Sin embargo, nada de eso importaba, no cuando podía oler su aroma en la cubierta aunque se hubiese ido por casi veinte minutos. No importaba cuando podía verla, quieta y pálida, tendida en el suelo, sus labios perdiendo su textura rosada mientras se desvanecía. No importó cuando vio ese sueño, el que lo había perseguido durante días—no importó cuando vio su rostro ceniciento mientras caía al suelo. No importó cuando escuchó su voz, irrumpiendo en el viento, preguntándole:
"Por qué me dejaste morir, Inuyasha?"
Cerró sus ojos con fuerza, un nudo formándose en su garganta mientras sus palabras lo angustiaban profundamente. Ya no se trataba de que él fuera rudo. No se trataba de que él tuviera algo que demostrar o una reputación que mantener intacta—no—se trataba de que tuviera algo que proteger, algo mucho más valioso que un nombre o una reputación. "Puede que no pueda protegerte de ti misma, Kagome." Pensó oscuramente mientras sus ojos se abrían de golpe, destellando dorado en el brillante sol de la mañana. "Pero estoy seguro de que pelearé para protegerte de todo lo demás!"
Determinado, Inuyasha giró el barco hacia un rumbo seguro y agarró la soga que ataría el timón y los mantendría fijos en esa misma posición. Ahora era el momento de prepararse para una verdadera pelea, la primera pelea verdadera que Shikuro hubiese visto en muchos meses—una pelea que si perdía no solo mataría a su tripulación, a su hijo, a su hija, sino también a la carga que descansaba tan segura bajo sus pies—la persona más importante, la única persona a la que había prometido proteger por encima de todo.
Con el timón asegurado firmemente, saltó por encima de él aterrizando frente a la baranda, mirando a su tripulación que se apresuraba rápidamente, atendiendo sus trabajos lo mejor que podían. Por un momento recordó su sueño, los recuerdos aun vívidos de hace más de sesenta años oscuros y contundentes en su cabeza:
Agarró la cuerda al lado del timón fijándolo en una dirección que se dirigía lejos del barco atacante. El barco se meció por el fuego de los cañones y se estremeció, casi perdiendo el equilibrio mientras buscaba desesperadamente a su Capitán con ojos dorados llenos de pánico. El barco estaba sumido en el caos, tenía que hacer algo—cualquier cosa.
"Qué debo hacer?" Se preguntó mientras miraba hacia su puesto, los aparejos de la vela mayor. Anhelaba estar ahí con los otros aparejadores, sabía qué hacer allá, sabía cómo controlar los vientos, controlar las cuerdas, el cordaje, las vergas—aquí abajo, en la cubierta del timón, no sabía nada, no tenía idea de cómo controlar este nuevo caos. "Qué debo hacer?"
Sus ojos vieron a Myoga, el anciano demonio se movía con la velocidad de las pulgas, sus seis manos trabajaban increíblemente rápido para asegurar tantas sogas como pudiera entre los disparos de los cañones. Estaba tan tranquilo, tan firme. Inuyasha apretó los dientes, deseando sentir lo mismo.
De repente, Myoga lo miró, los ojos de la pulga se iluminaron sobre él brillantes incluso contra un cielo ya brillante. Murmuró algo pero Inuyasha no pudo leer sus labios. Un cañón golpeó el costado del casco del barco y estuvo a punto de caer, pero se sujetó contra el timón ahora asegurado en el último segundo.
Vagamente, escuchó una voz en el fondo de su cabeza, una voz que había conocido toda su vida, desde el momento en que nació. El demonio en él gritó fuerte, su fuerza fluyó por sus venas, acompañando su adrenalina mientras corría hacia su corazón haciéndolo latir con fuerza.
"Tengo que hacer algo." Susurró él mientras esa adrenalina combinada con la sangre del demonio lo calmaba hasta el alma. El mundo pareció entrar en cámara lenta, el terror que se alojaba en su mente comenzó a disminuir y—supo qué hacer exactamente. " Atención todos!"
"Atención todos!" gritó Inuyasha, su voz tan fuerte como lo había sido sesenta años atrás, llegando hasta el otro barco, un hecho que lo hizo sonreír mientras el recuerdo y las viejas decisiones se desvanecían. Los hombres en su cubierta se paralizaron al instante ante el sonido de su voz, sus ojos miraban al líder elegido con ansiedad y preocupación. Inuyasha sonrió oscuramente, dándoles la mirada que lo había convertido en Capitán.
Apretó los dientes con fuerza mientras los hombres lo miraban, sorprendidos de que un simple aparejador, ni un maestre aparejador todavía, estuviera gritando como si fuera un Capitán. Jadeó, el demonio en su subconsciente estaba aullando, dándole instrucciones sin necesidad de decirle una palabra.
Inhalando un profundo respiro, calmó todos sus rasgos, sonriendo oscuramente, sus brillantes ojos dorados brillaban con una confianza interior que había conocido desde la noche de su nacimiento—un don de la sangre de su padre, de todos sus ancestros, incluso de los que odiaba y a los que despreciaba. "Prepárense para pelear!"
El recuerdo corría por sus venas mientras repetía esas palabras. "Prepárense para pelear," gritó mientras giraba su rostro para mirar el barco con la confianza ardiendo en sus oscuras pupilas, ese recuerdo le hacía cosquillas en todos sus sentidos mientras se repetía en el fondo de su mente. "Por hoy!"
"Por hoy," levantó una mano por encima de su cabeza, bombeando con orgullo, fuerza y determinación. Exigió respeto cuando las palabras salieron de su boca por primera vez—
Volviendo al presente, Inuyasha respiró honda y sinceramente, esas palabras salieron de su boca tal como lo habían hecho, en esta misma cubierta sesenta años atrás. "Peleamos por vivir!"
Sus hombres rugieron en respuesta tal como lo habían hecho esos otros hombres tiempo atrás, toda la inquietud desapareció de ellos mientras levantaban sus puños en el aire y gritaban ruidosamente desafiando a los hombres que los estaban atacando. La fuerte explosión de un cañón, lo único que interrumpió esos fuertes gritos.
"Fuego!"
Escuchó a Miroku gritar desde abajo en respuesta cuando su barco se tambaleó por el golpe sorpresa. Sin pensarlo más y sabiendo que su tripulación tenía suficiente confianza ahora para llegar al final, Inuyasha saltó desde la cubierta del timón hacia el alcázar, sus botas golpeaban el suelo mientras corría hacia la pequeña escalera que conducía abajo hacia el vientre del barco. Presionando las orejas en su cráneo, asomó la cabeza por la pequeña abertura y le gritó a Miroku, "Mantenlos disparando, dirigiré a los hombres de arriba!"
"Sí!" Respondió la amortiguada voz de Miroku mientras el fuerte sonido de sus propios cañones disparando interrumpía cualquier otra cosa que pudiera haber dicho.
El olor a pedernal asaltó la nariz de Inuyasha mientras levantaba su cabeza, su expresión oscura mientras veía al otro barco acercarse más y más—en ese momento estaban justo al alcance de disparos de cañón, pero dados cinco minutos más estarían lo suficientemente cerca para abordar. Sintiendo que la adrenalina en sus venas comenzaba a bombear con anticipación, alcanzó el costado de su ropa, buscando sus armas. Sus ojos se abrieron cuando sus manos volvieron vacías, no se las había puesto esta mañana—no tenía ni una sola pistola con él, ni siquiera una espada.
"Mierda!" Maldijo fuertemente mientras giraba sobre sus talones y corría hacia su habitación. Esto no era bueno—tenía que tener algún tipo de arma en la mano, era un buen peleador, demonios, probablemente uno de los mejores en los siete mares, pero las armas, por lo general, eran la mejor arma contra las armas, al igual que las espadas eran típicamente las mejores armas contra espadas.
Al pasar por las escaleras, rodeó la esquina abruptamente entrando al corredor sin preámbulos, sus manos agarraron la puerta a su habitación, casi desprendiéndola de las bisagras mientras entraba.
"Capitán!" Gritó Sango cuando los vio, a ella, Shippo y Kagome estaban acurrucados juntos en la cama, la más joven envolvía sus brazos fuertemente alrededor de la mayor, Shippo presionado entre ellas.
Él se congeló cuando vio su hermosa piel normalmente bronceada, que ahora estaba manchada con dos rastros de lágrimas. Cada instinto de su cuerpo le decía que fuera hacia ella, que la consolara—que la tomara en sus brazos y le dijera que estaba a salvo, que nada malo le pasaría en tanto como él respirara pero, la parte realista de él sabía que la única manera segura de proteger a Kagome estaba arriba en la cubierta, no aquí consolándola con sus brazos y palabras.
Hizo a un lado las ideas diciéndoles sin rodeos y en su lugar, "Necesito mis armas," mientras alcanzaba un cinturón colgando en una clavija en la pared—varias pistolas atadas con seguridad por diferentes tipos de cuerdas e incluso bandas de colores.
"Nos están abordando?" La voz de Sango salió fuerte mientras Kagome chillaba claramente aterrorizada.
"No y no te hagas ideas, aun si lo estuvieran no puedes ayudar." Le dijo Inuyasha mientras se ataba el extraño cinturón alrededor de su cintura, sus manos realmente temblaban mientras inhalaba el olor de las lágrimas de Kagome. "Te necesito aquí, protegiéndola." Agarró una de las pistolas, desatándola del resto antes de lanzarla casi descuidadamente hacia Sango quien la agarró con práctica. "Dispárale a cualquiera que entre por esa puerta."
Sango le dio un vistazo al arma, las manos de Kagome se apretaron alrededor de su cintura mientras la joven miraba la extraña arma. "A cualquiera?" Sus palabras estaban llenas de significado mientras sostenía el arma con fuerza contra su pecho.
Inuyasha le dio una mirada oscura y significativa mientras un dedo con garra apuntaba a la pistola en sus manos. "Quiero que aprietes el gatillo en cuanto veas carne," le dio una mirada que no dejaba lugar a discusiones. "No me importa quién sea la carne, dispara a matar, entendido?"
Sango asintió firmemente, sin miedo en sus ojos castaños.
Satisfecho, Inuyasha agarró una espada que colgaba de la pared, un machete estándar que rara vez usaba a menos que una situación lo requiriera absolutamente. El barco se meció violentamente mientras enfundaba la espada a su costado, usando el cinturón de armas que acababa de atar a su cintura como el lugar perfecto para asegurarla.
Detrás de él, Kagome jadeó, un pequeño llanto o sollozo escapó de sus labios amortiguado por su rostro presionado contra el estómago de Sango. Sintió que su corazón se encogía en el pecho, enojado porque tuviera que sufrir semejante terror en sus manos. "No te preocupes." Dijo sin mirar atrás, el ruido de la tela le dijo a sus oídos bien entrenados que Kagome se había vuelto para verlo. "Terminará pronto, lo prometo." No esperó por su respuesta mientras salía de la habitación, gritándoles tras él. "Cierren la puerta."
Al segundo en el que Inuyasha llegó a la cubierta, encontró a un desconcertado Miroku corriendo hacia él, jadeando como si lo hubiese estado buscando frenéticamente. "Capitán!" Gritó cuando lo alcanzó, sus ojos salvajes con total incredulidad.
"Qué?" Respondió Inuyasha automáticamente, sintiéndose extrañamente incómodo mientras miraba al asustado Miroku. Por instinto, miró pasando al joven hacia el barco que estaba atacándolos, dándose cuenta de que a pesar de todas las balas de cañón que habían disparado, el otro barco no tenía ningún daño. "Los artilleros están fallando?" Preguntó antes de que Miroku pudiera recuperar su aliento lo suficiente para hablar.
"No." Respondió Miroku, todo su cuerpo ansioso y en pánico mientras trataba de recuperar el aliento, una de sus manos apuntaba hacia su atacante mientras la otra se aferraba a su agitado pecho. "Algo está mal," jadeó mientras respiraba profundamente. "Observa nuestras balas de cañón cuando disparan."
Inuyasha asintió mientras se giraba para mirar hacia el otro barco, su aguda visión fue capaz de captar una de sus balas de cañón mientras volaba hacia afuera a través de la corta distancia que separaba a las dos galeras. El asalto estaba perfectamente dirigido, al igual que la otra media docena de balas que estaban volando por el aire a gran velocidad, dirigidas directamente hacia el barco del gato montés solo para que cada bala se detuviera como si hubiesen sido agarradas en mitad del aire por alguna fuerza invisible y lanzadas al agua.
"Mierda!" La voz de Inuyasha se atascó en su garganta, nunca en sus casi sesenta años como Capitán y cerca de cien años en el mar había visto que eso pasara—jamás. "Qué demonios fue eso?"
"Eso es lo que quiero saber!" gritó Miroku igualmente asustado mientras veía una de las balas de cañón del enemigo venir directamente hacia su propio barco. Afortunadamente, no estaba muy bien apuntada y quedó corta antes de darles de lleno; la ola resultante empujó violentamente contra el barco, logrando hacer que la mayoría de los humanos en su barco perdieran el equilibro simultáneamente.
Agarrándose de la baranda como apoyo, Inuyasha vio como otra de sus balas volaba hacia el barco enemigo, solo para caer a una tumba acuosa antes de haber recorrido tres cuartas partes del camino. "Nunca he—."
"Podría ser un demonio?" Interrumpió Miroku mientras él también se sostenía de la baranda, su equilibrio era mucho peor que el de su padre en situaciones como estas.
Inuyasha apretó los dientes pensativo y negó con la cabeza aturdido. "Tal vez un demonio del viento, pero, maldición," se detuvo por un momento completamente perdido. "Se necesitaría mucha fuerza detener una maldita bala de cañón en el aire!"
Miroku mordió su labio cuando otra bala de cañón de la otra nave voló hacia ellos, esta vez golpeando su barco. La madera de la baranda de proa más lejana del barco atacante explotó en una serie de astillas, la propia bala de cañón resbaló de la cubierta por la gracia de Dios y cayó al mar donde no pudo hacer más daño que derribar la baranda de babor.
"Mierda." Inuyasha sintió que su corazón estaba a punto de explotar en su pecho mientras agarraba a Miroku, sosteniendo al joven que casi había perdido el equilibrio después de que el barco se tambaleara por la fuerza del golpe. "Esto no está bien—esto no está nada bien."
Debajo, sus artilleros dispararon otra ronda de cañones, Inuyasha y Miroku los miraron, buscando algún tipo de pista mientras el barco trataba de estabilizarse contra el golpe anterior, subiendo y bajando peligrosamente en el agua. Con rapta atención, los ojos de Inuyasha siguieron solo una bala de cañón, esperando más allá de toda esperanza que pudiera captar algo, cualquier cosa, algún pequeño matiz que pudiera decirle lo que estaba pasando. Al igual que antes, las balas de los cañones volaron hacia el otro barco solo para detenerse en cierto punto en el aire antes de caer pesadamente al mar. Inuyasha frunció sus ojos, había algo extraño en la forma en que se detenían en seco y caían: no cayeron todas al mismo tiempo como lo harían si fuera un demonio del viento usando ráfagas de aire para evitar el disparo del cañón o alguna otra fuerza mágica ofensiva, no, todas cayeron en la misma posición como si hubiese algo en el camino que les impidiera ir más lejos. Los ojos de Inuyasha se abrieron cuando la comprensión lo inundó como un rayo bajando por su espalda, sus agudos ojos captaron fácilmente el secreto mientras la siguiente bala caía pesadamente al océano.
"Shoheki," susurró mientras su corazón se desplomaba hasta su estómago y luego a sus pies. "Watashi wa, shoheki o sore o shinjiru koto ga dekinai." El miedo se apoderó de su corazón, había visto algo como esto antes pero en una escala mucho menor con Kagome. Cuando los hombres que atacaban a Jinenji habían disparado a la barrera de Kagome, la barrera había desviado todos los disparos fácilmente haciéndolos caer en el aire, justo como las balas de cañón estaban siendo desviadas ahora. "Sore ga miko desu ka?"
Miroku negó con la cabeza mientras trataba de descifrar lo que acababa de decir el Capitán. De hecho, la única palabra que había captado era 'miko', que en realidad solo sirvió para confundirlo más mientras miraba al otro lado del océano, sus ojos apenas lograban ver el leve brillo que siempre rodeaba al otro barco. "Miko—," la palabra de repente se apoderó de su mente. "Es una barrera de miko."
"Tal vez—," susurró Inuyasha, no había ninguna duda en su mente de que era al menos una especie de barrera; si no era una barrera de miko entonces algo similar. "Tenemos que," comenzó a decir pero las palabras murieron en sus labios, no había tiempo para hablar. Alejándose de Miroku sin decir una palabra, subió las escaleras que conducen a la cubierta del timón, sin molestarse en subirlas de dos en dos, en lugar de eso, eligió saltar hasta la cima con una zancada gigante.
"Capitán?" Gritó Miroku detrás de él, corriendo para alcanzarlo, subiendo las escaleras rápidamente tratando de subirlas tan rápido como su cuerpo humano se lo permitía. "Qué vamos a hacer?" Gritó cuando finalmente llegó a la cima después de haber subido las escaleras de cuatro en cuatro, el número máximo que podía saltar.
"Si eso es una barrera de Miko," dijo el Capitán rápidamente mientras desataba la soga que sostenía el timón, girándolos instantáneamente hacia babor, lejos del otro barco. "Podríamos morir todos."
"Pero—." La mente de Miroku buscaba algo, cualquier solución en la que pudiera pensar. "Qué hay de Kagome," el nombre salió de sus labios. "Ella es una miko, no puede hacer algo?"
"Estás olvidando lo que te dije—sus poderes podrían matarla." Dijo Inuyasha cuando otra bala de cañón voló hacia ellos, esta apuntado expertamente a su vela principal, golpeándola de lleno, el sonido de la madera astillada fue fuerte mientras el mástil se desprendía del barco, impulsado hacia adelante y lejos de ellos solo por la velocidad a la que había hecho contacto la bala. Como un árbol en un bosque silencioso, el mástil cayó ruidosamente en el océano, la vela que sostenía se desgarró ensordecedora al caer en el mar.
Ambos hombres miraban incrédulos, ninguno de los dos fue capaz de comprender lo que acababa de suceder. Sin esa vela no tenían ninguna posibilidad de escapar, sin sus cañones no tenían ninguna posibilidad de pelear a menos que pudieran abordar el otro barco. Pero el otro barco estaba quieto, como si supiera esto y se negara a permitirles tomar ventaja de ello.
"Mis cañones son inútiles." Inuyasha sintió que las ideas se filtraban en su cabeza mientras trataba desesperadamente de formular algún tipo de plan. "Una de las velas está destruida—apenas podemos movernos, solo cojear." Inuyasha sintió una fría sensación descender hacia la boca de su estómago—una sensación que nunca en su vida había sentido antes del terror—completo terror. No por él, sino por aquello que deseaba proteger. "Cómo la protejo así?"
"Qué hacemos?" La voz de Miroku sonaba pequeña, sonaba como hace casi once años cuando Inuyasha lo había visto por primera vez en una lúgubre alcantarilla en Inglaterra. El joven cayó de rodillas cuando otra bala de cañón devastó su barco, esta vez fallando apenas mientras volaba sobre sus cabezas, aterrizando a su izquierda, el contragolpe entró en el océano enviando una lluvia de agua salada al aire que los roció a ambos.
Inuyasha tragó saliva, el agua del mar bajaba por su rostro. Trató de abrir la boca, de decir algo tranquilizador, pero ninguna palabra salió de sus labios y apenas una frase entró en su cerebro. "Qué debo hacer?" Escuchó esa misma vocecita en su cabeza, la misma voz que había escuchado todos esos años atrás, en esta misma cubierta, en esta misma situación y por primera vez desde entonces, la primera vez en sesenta años—descubrió que no tenía idea.
Fin del Capítulo
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Traducción del japonés:
Watashi wa, shoheki o sore o shinjiru koto ga dekinai, sore ga miko desu ka: No puedo creerlo, una barrera, es una miko?
Oyamaneko: la palabra japonesa para lince.
Notas:
Sudario: Un sudario es la telaraña como los eslabones de la túnica que los marineros usaban para trepar/navegar por los aparejos; su propósito real, era ayudar a mantener el mástil en posición vertical.
Cordaje: el término cordaje se refiere a las cuerdas, llamadas líneas, que conectan y manipulan las velas. Hay dos tipos: aparejos para correr y aparejos de pie.
Aparejo para correr: el cordaje que se usa para controlar la forma y posición de las velas: es muy flexible para permitir un movimiento suave de los mástiles y velas.
Aparejo de pie: un cordaje con una posición fija; casi siempre está entre un mástil y la cubierta, usando la tensión (creada al cubrirlo con alquitrán) para mantener el mástil en su lugar.
Patio: la sección transversal de un mástil. El mástil es la parte que corre horizontal al barco, la yarda es la pieza que corre vertical al barco. Las velas están conectadas a él y se establecen desde él.
