IMPORTANTE!

NO poseo los derechos de autor, simplemente me divierto. Los personajes pertenecen a S. Mayer y la historia es de Federico Moccia.

Espero lo disfruten!


Capitulo 77

Tras regresar a Roma, durante los días y las semanas siguientes, poco a poco Edward y Bella reanudan su vida normal.

—Tengo una sorpresa para ti.

Edward pasa a recogerla por el hotel De Russie, donde se alojan temporalmente.

—¿De qué se trata?

—Ya te he dicho que es una sorpresa... Si te lo cuento, ya no será una sorpresa.

En el coche, mientras cruzan la ciudad, Bella, sin embargo, quiere dejárselo

claro.

—Es que no tienes que darme sorpresas siempre, yo estoy muy bien contigo, aunque sólo nos comamos una pizza.

Edward le coge la mano.

—Siempre logras asombrarme incluso sólo estando callada.

Bella lo mira con recelo.

—¿Qué quieres decir? ¿Que hablo demasiado?

—No, no. —Edward ríe—. Era una respuesta a tu comentario. De todos modos, ya hemos llegado. —Bajan del coche—. He pensado que éste sería el sitio ideal. Estamos cerca de la iglesia donde nos vimos por primera vez. Yo iba en pantalón corto, había ido a correr, llovía, me refugié en el interior de la iglesia, había unos niños tocando y tú los escuchabas, y te vi sólo un instante, luego salí y te esperé debajo del pórtico. Cuando saliste empezamos a charlar, tú sujetabas con fuerza el bolso pensando que te lo quería robar. Pensabas que era un ladrón.

—Es que eres un ladrón.

—¿Yo?

—Sí. —Bella se ríe—. Me robaste el corazón.

—Pues si es por eso, tú fuiste más rápida en hacerlo... En cualquier caso, toma. —Le tiende un mando a distancia.

—¿Qué tengo que hacer con esto?

—Abre la verja.

De modo que Bella pulsa el botón del mando a distancia, poco a poco la verja se abre de par en par, mostrando una espléndida casa en via Porta San Sebastiano.

—Si te apetece, podemos venir a vivir aquí.

—¡Pero si es preciosa!

Vuelven a subir al coche.

—¿Te gusta? Me alegro.

El Mercedes avanza despacio por el gran jardín. Árboles de altos troncos destacan en el verde césped perfectamente recortado, después pasan al lado de una gran piscina de obra y llegan al gran patio cubierto. Bella baja del coche.

—Es perfecta. Te lo juro, es mi sueño, no es demasiado grande, no es majestuosa, es sencilla, aunque es muy hermosa y elegante.

—Bien. Hace poco que la han restaurado, pero en el interior puedes decidir tú todo lo que quieras. Ven, entremos.

Sobre una gran mesa de estudio, en un salón del todo vacío, hay varias carpetas.

—He encargado proyectos a tres arquitectos interioristas distintos, puedes elegir el que más te guste.

Bella abre las carpetas: hay bocetos, dibujos, recreaciones de cada habitación con opciones de mobiliario blanco, negro, marrón, los baños con distintos acabados, el tipo de ducha, de bañera, el lavabo.

Edward le sonríe.

—Así es más fácil; escoges a la carta en vez de cansarte dando vueltas, y si no te gusta, ellos te acompañan a las tiendas...

—Gracias, me has dado una sorpresa maravillosa.

Edward la coge de la mano y la lleva a otra parte del salón.

—Bueno, si estás de acuerdo, esto lo colgaría aquí, me gustaría que nos hiciera compañía. Pero si prefieres ponerlo en alguna otra parte...

En la gran pared blanca del salón está colgada La noche estrellada de VanGogh. Bella lo abraza.

—Queda muy bien, estoy de acuerdo contigo.

Y se besan.

—Ahora inauguraría la casa, siempre que tú también estés de acuerdo con eso.

Bella lo besa de nuevo.

—Sí, sigo estando muy de acuerdo contigo.

Y, de este modo, tras la inauguración de esa tarde con la puesta de sol sobre el césped, bajo el gran olivo cercano a la piscina, Bella y Edward empiezan a vivir día tras día en su nueva casa.

Salen por la mañana. Bella ha vuelto a dar clase en el conservatorio, Edward va a sus varias oficinas. De vez en cuando quedan en algún sitio a la hora de comer, mientras que por la noche casi siempre cenan en casa.

Poco a poco, la casa queda perfectamente decorada; Bella, acompañada por Edward, va a ver a sus padres, asiste a la boda de su hermano Seth con la bellísima Clarie, y van a visitar a menudo a Viviana, que los sorprende con sus increíbles progresos.

—Qué bien, tienes que venir pronto a Roma, y te quedas en casa durante el fin de semana, y tus padres también; te daré una vuelta por la ciudad y te enseñaré dónde sucedieron en realidad todas las cosas que estás estudiando en los libros.

Sin embargo, de repente Bella empieza a no sentirse bien. Al principio se lo toma como si fuera una gripe pasajera, pero cuando ve que tiene náuseas y vomita demasiado a menudo comprende que debe de tratarse de algo distinto. De modo que se hace unos análisis y recibe la sorpresa. Está embarazada. En todo ese tiempo no se había preocupado de los retrasos, ya que los atribuía al nerviosismo por todo lo que había ocurrido; además, ya le había sucedido en el pasado.

Esa misma noche, después de tomar una cena ligera, sólo una ensalada, un poco de pan y algo del helado que ha comprado Edward, se reúne con él en elsalón y se sienta en la butaca frente a él.

—Tengo que hablar contigo.

Él deja el periódico que estaba ojeando encima del sofá y le sonríe.

—Claro, cariño, dime. —Entonces, al fijarse en su rostro, cambia por completo de tono—. ¿Qué ocurre?

—Nada, Edward...

Él está serio.

—Si empiezas con... «nada, Edward», y me llamas por mi nombre, no cabe duda, tengo que preocuparme.

—No, no tienes que preocuparte, sólo tienes que tomártelo bien.

Edward entonces sonríe.

—Dime, cariño.

Y esa sonrisa es el mejor incentivo del mundo. De modo que Bella exhala un gran suspiro.

—Estoy embarazada.

—¿Estás embarazada?

—Sí, me he hecho la prueba, todos los análisis, es exactamente así. Fue cuando estuvimos de vacaciones... Pudo suceder en Noruega, en el Púlpito de Preikestolen o en la parte occidental de Islandia, o cuando dormimos en el fiordo de Hvalf o en el glaciar de Vatnajökull, o en los valles del Himalaya o en China, o en Iguazú, o en las Seychelles; lo que es seguro es que es hijo del mundo.

Edward todavía no se lo puede creer, está contentísimo.

—¡Cariño, qué bonito! ¡Aún no me lo creo! Sí, es hijo del mundo y es nuestro.

Se levanta, va al mueble bar y saca una botella de champán. Coge dos copas aflautadas y regresa con Bella.

—¡Tenemos que celebrarlo! ¡Por nosotros dos..., mejor dicho, por nosotros tres!

Durante los meses siguientes, el embarazo se desarrolla de maravilla. Edward y Bella le piden al ginecólogo que no les desvele el sexo del bebé durante las visitas de control y seguimiento. El doctor mueve la sonda por la tripa de Bella, añade un poco más de gel, la desplaza despacio a la derecha, después de nuevo hacia el centro.

—¿En serio no queréis saber nada...?

—Tiene que ser una sorpresa. Sólo queremos estar seguros de que está bien.

El médico sonríe.

—Como queráis, pero todo va perfectamente, nos vemos dentro de unos meses.

Se marchan proponiendo una serie de nombres de varón y de mujer, indecisos sobre cuál podría ser mejor y si les hace más ilusión tener un niño o una niña. Pero lo que sucede al cabo de unos meses es todavía más sorprendente.

En medio de la vegetación de la reserva natural del monte Mario, en el interior de la clínica Villa Stuart, Edward asiste al parto y, cuando éste empieza, tiene cogida la mano de Bella mientras el ginecólogo va dando indicaciones muy concretas.

—Así, muy bien, Bella, un empujón más, ya estamos...

Ella resopla, aprieta los dientes, suda, se esfuerza, y entonces aparece un precioso niño.

—Oh, muy bien, lo has conseguido...

El médico se lo muestra a los nuevos padres, a continuación mira a Edward y le pasa unas tijeras.

—¿Quieres cortar tú el cordón?

La voz de Edward es temblorosa.

—Sí, gracias.

El doctor deja al niño sobre el pecho de Bella y los dos lo miran conmovidos.

Entonces la comadrona lo coge, lo limpia un poco más y se lo da al pediatra para que lo examine, mientras el médico vuelve a sentarse donde estaba antes.

Bella está cansada, agotada, pero le susurra bajito a Edward:

—Ahora tendrán que sacar la placenta...

Él se encoge de hombros, no sabe nada de todo eso, no tiene ni idea. El ginecólogo, en cambio, sonríe.

—¿Y bien, Bella?, ¿estás lista?

A Edward le gustaría ahorrarse ese momento.

—Pero yo esta fase preferiría no...

Sin embargo, no le da tiempo a terminar la frase porque Bella vuelve a tener contracciones, empieza a empujar, resopla, grita, cierra los ojos y, un instante después, vuelve a abrirlos y muestra una preciosa sonrisa. El ginecólogo, cogiéndola por los pies, saca a una maravillosa niña.

—No quisisteis saber nada... Bien, pues aquí tenéis la sorpresa: ¡son mellizos, un chico y una chica!

Edward y Bella no se lo pueden creer. Bella llora, ríe, les da la bienvenida llena de alegría, disfruta de sus primeros llantos, porque ésa, no le cabe duda, es la música más bella que ha oído nunca. Es Liszt y Beethoven, es Mozart y Debussy, es Brahms y Bach, es Schumann y Wagner, es todavía más. Aprieta la mano de Edward, se abraza a él, conmovida y asustada de sentir tanta felicidad.

El llanto de sus bebés es más que todo eso: es la música de Dios.

FIN


OMG no saben lo feliz que estoy de haber culminado la adaptación de esta historia para ustedes, espero que les gustara tanto como a mi cuando la leí por primera vez.

Muchas gracias por acompañarme.

Nos seguimos leyendo en próximas adaptaciones en las que estoy trabajando.

Besos!