No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.
.
.
.
Edward siguió a su esposa, la sangre fluyendo hacia su ansiosa polla. Él había sabido que ella eventualmente sucumbiría a su insaciable deseo por ella. Sólo se alegraba de que hubiera sucedido más temprano que tarde. Una vez que estuvieron solos y juntos en el dormitorio, Isabella se plegó entre sus brazos.
—Tenemos que terminar ese baile.
Él apoyó la mejilla contra su cabello y la atrajo hacia sí, meciéndose suavemente con la música que siempre acompañaba a su proximidad. Cuando sus manos se movieron al cierre en su espalda, ella no protestó. Poco a poco, él bajó la cremallera hasta que lo único que sostenía el vestido era la presión de sus cuerpos. Él le acarició la espalda con lentos y firmes movimientos hasta que ella estuvo tan relajada, que él pensó que ella podría derretirse en un charco a sus pies.
Prefiriéndola excitada y sensible, deslizó las manos sobre la dulce curva de su trasero. Eso tuvo efecto. Ella frotó el rostro contra su cuello y succionó su carne con suaves besos. Sus manos vagaron sobre la espalda de él y luego bajó la cabeza para atrapar el botón superior entre los dientes. Ella tiró. Éste se mantuvo firmemente adherido a la camisa. Mordisqueó. No se movió. Ella mordió y tiró la cabeza hacia un lado, y por fin se liberó. Sopló el botón de su boca, y éste rebotó contra el pecho de él.
—Creo que me astillé un diente —dijo ella, pasándose la lengua por los dientes.
—Déjame ver.
Él la besó profundamente, explorando su boca con la lengua. Ella gimió y se aferró a su camisa con ambas manos. Sus botones podrían frustrar sus intentos de quitarlos a mordiscos, pero no eran rivales para sus hábiles dedos. Ella atacó los botones con impaciencia, y su camisa cayó al suelo en cuestión de segundos. Su vestido la siguió.
Ella presionó los cálidos y suaves globos de sus senos contra su pecho desnudo y él arrancó su boca de la suya.
—Maldita sea, sabía que no debía permitirme a solas contigo —dijo ella.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque comienzo a sentir lujuria por ti como una perra en celo. —Ella le desabrochó el cinturón, soltó los botones de su bragueta y hundió ambas manos en sus bóxers.
—¿Y eso es un problema?
Que ella le acariciara la longitud de su polla con ambas manos no se sentía como un problema para él.
—Sí. No quiero que pienses que sólo te quiero por tu cuerpo. Necesito que sepas que te amo por encima de tus habilidades en la cama.
—Lo sé, Isabella.
—¿En serio?
—Sí.
—Bien, porque no puedo esperar un minuto más.
Él gruñó de sorpresa cuando ella lo tomó por un brazo y lo arrojó sobre la cama. Ella le bajó de un tirón los pantalones hasta las rodillas, lo puso sobre su espalda y se sentó a horcajadas sobre él. Lucía tan condenadamente sexy llevando nada excepto sus medias hasta el muslo. El brillo en sus ojos que decía fóllame enviaba al control fuera de su alcance. La aferró por el culo, y ella dirigió su palpitante polla al centro del cielo. Ella se hundió mientras él empujaba hacia arriba. Chocaron en felicidad.
—Oh —jadeó ella, siguiéndolo hasta abajo mientras él bajaba las caderas sobre la cama.
Con la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos cerrados, Isabella estaba empalada por él y giraba las caderas para forzar su cuerpo a tomarlo más profundo. Ella gimió, las puntas de los dedos curvándose contra el abdomen de él. Estar enterrado dentro de su sedoso calor le hacía doler.
Él agitó las caderas un poco para instarla a subir y bajar sobre él.
—¿Todavía oyes música cuando hacemos el amor? —preguntó ella.
—Por lo general.
—¿Cómo puedo hacer que suceda?
—No estoy seguro, pero probablemente deberías moverte un poco.
Ella se levantó quizás un centímetro y se sentó de nuevo sobre él. Señor, ella era apretada alrededor de la cabeza de su polla mientras él estaba enterrado hasta las bolas en ella. Él soltó un torturado jadeo cuando ella repitió el mismo movimiento leve una y otra vez.
Hubo un fuerte golpe en la puerta.
—Edward —llamó Jazz a través de la puerta—. Te necesitamos en el estadio. Ahora.
—¿Qué? —refunfuñó él—. ¡Estoy ocupado! —gritó—. ¡Piérdete!
—Realmente lo siento, amigo, pero Laurent dijo que te necesita en el escenario ahora. Algo acerca de la configuración de una cosa u otra, y un montón de palabras que sonaban a cosas electrónicas y que eran impresionantes y la amenaza de que tu guitarra terminara frita y tú electrocutado.
—¡Dile que lo averigüe por su cuenta!
—¿Tengo que entrar ahí y sacarte? —gritó Jazz—. Siempre he querido ver a Isabella desnuda de nuevo.
Edward gritó con rabia.
—¡Lo juro, voy a dejar esta maldita banda!
—Irá en un minuto, Jazz —exclamó Isabella.
Ella levantó sus caderas, y Edward cayó libre de su cuerpo.
—Uh —jadeó él—. No. Ellos pueden vivir sin mí.
—Cariño —dijo ella—. Está bien. Tienes que prepararte para el concierto. Retomaremos esto más tarde. Tu música es importante. Entiendo. En serio.
—No está bien. Estar contigo es más importante en este momento.
—Me hace feliz oírte decir eso. —Ella bajó la mirada y sonrió con dulzura.
Edward casi se atragantó con la lengua. ¿Isabella Swan, eh, Cullen, admitía abiertamente que su tontería sentimental la hacía feliz? Oh Dios, no había manera de que pudiera concentrarse en nada más que en hacerle el amor en ese momento.
Alargó la mano hacia ella, pero ella salió de la cama.
—Te alcanzaré entre bastidores —dijo ella y se dirigió al armario y sacó uno de sus trajes de falda.
Eligió el ajustado azul marino y un top rosa sedoso para llevar debajo. Edward gruñó. La mujer sabía lo que le hacía el verla en un traje conservador y lo mucho que le gustaba saber lo que llevaba debajo. Esta noche no era más que medias hasta el muslo. Misericordia.
Ella pasó el top sedoso sobre la cabeza y la tela se aferró a los capullos erectos de sus pezones desnudos. Oh Dios, ¿tampoco iba a llevar un sostén esta noche? Maldición. Mil veces maldición. Nunca lograría superar el concierto con ese conocimiento resonando en su cerebro.
La falda de Isabella rápidamente escondió su sexy trasero de la vista, y luego se colocó su chaqueta.
—Vístete, cariño —dijo ella suavemente—. Te alcanzaré entre bastidores.
—Sí, te oí la primera vez. —Él salió de la cama y se subió los pantalones.
—Pero no creo que comprendieras que eso significaba que te follaría hasta dejarte sin sentido cuando te alcance.
Ella dejó caer la bomba sin aspavientos, como si le dijera que iban a cenar berenjenas. Ella se puso un par de tacones de siete centímetros de alto, salió de la habitación sin mirar atrás y dejó a Edward mirando la puerta con la boca abierta y la polla dura y sus pensamientos arremolinándose con imágenes de ser follado hasta quedar sin sentido.
Cuando por fin recordó que se suponía que tenía que estar lidiando con mierdas de la banda, se puso la camiseta negra ceñida que planeaba usar en escenario esa noche. Tuvo un poco más de dificultad abotonándose los jeans sobre su tiesa polla. Su dificultad no se debía a que su polla estuviera húmeda con los jugos de Isabella. Bueno, eso no era del todo cierto. La razón por la que estaba tan dolorosamente dura era porque todavía estaba húmeda con los jugos de Isabella, lo cual le servía como un delicioso recuerdo de la sensación de su apretado coño aferrándolo. Así que en realidad era culpa de ella que el perpetuo estado de rigidez de su polla provocara una horrible tensión contra los botones de la bragueta.
Esto pedía un baño de agua fría en el regazo en el lavabo más cercano. Pobre y maltratada polla. Sería mejor que ella lo compensara por esto y pronto.
Diez minutos más tarde, Edward encontró al ingeniero de sonido principal de los Sinners, Laurent, maldiciendo como loco entre bastidores dentro del estadio. Cuando Laurent notó a Edward, lució como si acabara de presenciar que un ángel descendía de los cielos. Una guitarra fue puesta bruscamente en las manos de Edward, y pasó casi una hora trabajando con Laurent arreglando algún problema de retroalimentación que Edward juraba era imaginario.
Él no oía nada en absoluto. Incluso si realmente existía, Edward no estaba seguro de por qué uno de los roadies no era un adecuado sustituto para rasguear y ajustar y rasguear un poco más.
—Nadie suena como tú —explicó Laurent, cuando Edward comenzó a ponerse inquieto e intentó encargar el asunto del rasgueo a Jake, el roadie que lucía el mohawk.
Cuando Laurent estuvo finalmente satisfecho de que la retroalimentación inexistente había sido aplastada, dejó ir a Edward y comenzó a tener un infarto por uno de los bombos desafinados de Emmett. Laurent no estaba típicamente así de nervioso, por lo que su agitación debía tenido algo que ver con estar en compañía del legendario ingeniero de sonido de Exodus End, Mad Dog McFarley. El tipo se parecía a un bulldog sorprendido, pero era insuperable a la hora de mezclar en un show en vivo.
Laurent seguía vagando hacia la bandeja de sonido Mad Dog y asomándose por encima de su hombro, como si tratara de fotografiar documentos de alto secreto con una cámara implantada en su ojo.
Edward sacudió la cabeza, confiando en que el hombre se calmaría para el show.
Se dirigió hacia el vestuario, con la esperanza de que Isabella lo "alcanzara" pronto. No podía pensar en nada más excepto que en perderse en ella durante veinte o treinta horas. Al pasar junto a una puerta, una grácil mano se extendió y lo tomó de la camiseta, tirando de él dentro de los oscuros confines de un armario. Ella encontró su boca en la oscuridad, presionando su cuerpo desnudo contra el de él.
Edward aferró su culo desnudo antes de caer en cuenta de que varias cosas no estaban bien. Más específicamente, que su culo estaba en el lugar equivocado; estaba varios centímetros muy abajo. Y ella no sabía como Isabella. No olía a Isabella.
No era Isabella.
Apartó a la mujer desconocida de un empujón y tomó el pomo de la puerta para escapar. La mujer fue sorprendentemente fuerte cuando le envolvió la cintura con ambos brazos y lo apartó de la puerta.
—No me niegues esto, Master Cullen. Te deseo tanto.
—Suéltame —exigió él, intentando sacarse el asidero de hierro de su cintura.
—Solo déjame chupar tu polla. Por favor.
Su voz necesitada le puso la piel de gallina.
—Dije que me sueltes. No quiero tener que ponerme rudo contigo.
De alguna manera, ella se las arregló para desabrocharle la hebilla del cinturón. Él se cubrió la entrepierna con una mano e intentó defenderse de ella con la otra.
La mujer emitió una risita gutural.
—Quiero que te pongas rudo conmigo. Deja marcas en mi piel. Fóllame tan jodidamente duro que mi coño te recuerde en la mañana.
Ella agarró su culo, y sus bolas trataron de subir a su vientre. No había nada sobre este intento de seducción que lo excitara en lo más mínimo. Edward consiguió poner una mano en el pomo de la puerta de nuevo y la abrió.
Su mirada estaba baja, pero el espacio a sus pies no estaba vacío. Él reconocería esos tacones y torneadas pantorrillas en cualquier lugar.
—Isabella —jadeó, un nudo de frío plomo estableciéndose en su estómago. Su cabeza se alzó de forma automática—. Esto no es lo que parece.
—¿Entonces no hay una mujer desnuda pegada a tu espalda con la mano en tu entrepierna? ¿No acabas de salir de un armario oscuro con el cinturón desabrochado?
—No —negó él.
—No soy ciega, Edward.
—Quiero decir sí, pero...
—Tampoco soy estúpida —añadió ella. Él se obligó a sostener su murada, pero ella apartó la vista y miró a la mujer acosándolo. —Quita tus malditas manos de mi esposo —dijo.
Su tono inflexible hizo que los cabellos en la nuca de Edward se pusieran de punta.
—¿Tu esposo? —jadeó la mujer.
—Sí, mi esposo. Mío. Quita tus putas manos de él.
—No sabía... Cuándo... bueno, ¿cómo iba yo a sab...? Sólo deja que busque mi ropa.
La mujer se apartó de la espalda de Edward, y él salió del pequeño cuarto oscuro. Ella cerró la puerta silenciosamente.
—Honestamente, Isabella, estaba tratando de alejarme. No hay manera de que hiciera nada con ella.
Ella sólo me agarró cuando pasé frente a la puerta.
—Confío en ti.
—Nunca destruiría lo que tenemos por algo tan estúpido.
—Edward, confío en ti. Cálmate.
Isabella se deslizó dentro de los brazos de él.
—¿En serio? —Su cuerpo se derritió contra el de ella con alivio.
—Por supuesto. ¿Tengo alguna razón para no hacerlo?
—No, todo lo que quiero es a ti. —Acababan de bailar una canción con esas exactas palabras como título. Seguramente ella sabía a qué se refería con lo dicho. Ella levantó una mano para tomar la mejilla de él.
—Me siento exactamente de la misma manera.
Él la besó, su alma ligera de alegría. La puerta detrás de él se abrió nuevamente y chica desnuda, ahora en su mayor parte vestida, pasó apresuradamente junto a ellos al huir. Aun besándolo, Isabella hizo retroceder a Edward dentro del armario vacío y cerró la puerta.
―Tendré que agradecerle a tu groupie por mostrarme este lugar ―dijo ella―. Me preguntaba cómo iba a tenerte solo tras bastidores. Me había decidido por un cubículo del baño, pero la última vez que lo intentamos, no terminó bien.
Edward rió.
—Terminó bien para mí. ―Rió de nuevo y la aplastó en un abrazo apretado―. Pero no tan bien para mi sombrero de la suerte.
—O para Emmett.
―Cada vez que usa ese sombrero, creo que voy a reventar mis tripas intentando no reír.
—Menos charla. Más besos satisfactorios.
Ella se aferró a sus hombros. En la oscuridad, su beso aterrizó en el mentón de él. Ella le dejó un sendero de mordiscos hacia sus labios y los acarició con profundos besos húmedos. A medida que ella se calentaba, su esencia (una dulce combinación de coco, sexo e Isabella), se intensificaba, opacando el aroma del limpiador antiséptico proveniente de alguna parte del armario.
Ella mordisqueó el labio inferior de Edward. La lujuria lo golpeó caliente y con fuerza en las entrañas. Él movió las manos al trasero de ella (el cual estaba en la posición exacta, muchas gracias), y presionó la pelvis de ella contra su polla, que se hinchaba rápidamente. Él acababa de poner la maldita cosa bajo control, y le rogó a Dios que ella no fuera a dejarlo insatisfecho otra vez. No estaba seguro de sobrevivir.
—¿Cuánto tiempo falta para que tengas que estar en el escenario? ―preguntó ella sin aliento.
Ella tiró con impaciencia de su cabello; la señal de que necesitaba ser penetrada a la brevedad. Era una de sus señales favoritas. Sólo después del jadeo sin aire que ella hacía en la parte trasera de su garganta cuando estaba cerca del orgasmo.
—No estoy seguro. Veinte minutos o algo así.
—¿Estás excitado para mí?
—Sí, por supuesto. Siempre estoy excitado para ti. ―Deseaba poder mirarla. Leer su expresión. El armario está completamente privado de luz; apenas podía ver la delgada línea de luz debajo de la puerta.
—Dime qué quieres hacerme ―susurró ella y atrapó su labio inferior entre sus dientes nuevamente, esta vez tirándolo hasta que éste se liberó. Se estaba sintiendo juguetona, ¿verdad?
—Quiero soltarte el cabello ―dijo él, deslizando ambas manos hacia arriba por su espalda para presionarla más firmemente contra su pecho. Algo sobre hacerlo con ella mientras usaba su conservador traje con falda siempre tenía efecto en él. Quizás porque era la única mujer que había conocido que vistiera trajes.
―¿Eso es todo? ―susurró ella.
—Quiero soltarte el cabello, para poder envolverlo alrededor de mi puño mientras te follo por detrás.
Ella se quedó sin aliento.
—¿Estás mojada?
—Poniéndome así.
Él encontró el broche en la parte trasera de su cabeza y liberó su cabello. Éste se derramó alrededor de sus hombros, cubriendo su mano libre con una cortina de seda. Cuidadosamente lo recogió con una mano y envolvió su puño con él para tirar de manera uniforme, para que no le doliera. Mucho. Él tiró, y Isabella jadeó.
—¿Te lastimé? ―preguntó, su corazón golpeando. Ésa no era su intención. Duro, no tenía que doler.
—N-no. Fóllame, Edward.
—Súbete la falda hasta la cintura.
Ella se alejó un poco. Él oyó el roce de su ropa. Le dio otro telón a su cabello y luego bajó su mano para asegurarse de que ella le había obedecido. Su mano encontró la suave piel de su trasero desnudo.
—Toca tu coño.
—Tócalo tú —dijo ella. Él tiró de su cabello más agresivamente.
—No me desobedezcas. Yo estoy en control aquí. Desliza tus dedos dentro de ese coño y dime qué tan mojada estás.
La parte posterior de la mano de ella rozó la cremallera de él al moverse para obedecerle. Él apretó los dientes para no revelar cuán excitado estaba. Ella necesitaba pensar que él estaba en control aquí. Era bueno que estuviera oscuro para que ella no pudiera ver su expresión; él sabía que ésta revelaba su profundo deseo. Cuando el sonido de la carne húmeda de ella aceptando sus dedos alcanzó sus oídos, su estómago se tensó con necesidad.
—¿Estas mojada? ―preguntó ásperamente.
—S-sí.
—¿Tus jugos gotean por el interior de tus muslos?
—Casi.
—Frótate hasta que así sea. Quiero ese coño caliente y mojado antes de que lo folle.
―¿Edward? ―suplicó ella.
Él apretó su mano en su cabello.
—Hazlo.
El sonido de sus dedos acariciando rápidamente su coño hizo que sus bolas dolieran en segundos.
—Eso es, cariño. Prepárate para mí.
Él le soltó el cabello para poder moverse detrás de ella. Se desabrochó los pantalones y se los sacudió hasta las rodillas. Su polla palpitó con excitación en el instante en que la liberó. Isabella canturreó con la liberación inminente.
—¿Estás mojada ahora?
—Si... Oh Dios, Sí. Estoy a punto de...
Él le golpeó el culo con una sonora palmada.
—¿Te dije que podías hacerte acabar? No acabas a menos que esté dentro de ti. ¿Entendiste?
—S-sí ―jadeó ella.
Buscando a tientas en la oscuridad, él volvió a recoger su cabello en el puño. Con la otra mano buscó la de ella, la cual todavía trabajaba entre sus piernas. Capturó la muñeca y dirigió sus dedos de su coño a su clítoris.
—Frota ese goloso clítoris mientras te follo. No dejes de frotarlo hasta que yo acabe. No me importa cuántas veces acabes entre ahora y ese momento. No dejes de frotarlo.
—No sé qué te sucede, Edward ―dijo ella en voz baja. Él vaciló. Quizás estaba siendo muy mandón. Aflojó el asidero en su cabello. —No sé qué te sucede ―repitió ella―. Pero me gusta.
Él tiró de su cabello.
—¿Quieres ser follada?
—Sí. Quiero que me folles.
—Entonces mejor te frotas el clítoris como te dije.
—¿Y si no lo hago?
Él deslizó una mano sobre su trasero y lo palmeó de nuevo. Todo el cuerpo de ella se tensó y se estremeció.
—Voy a nalguearte hasta que tu trasero esté rojo.
—Oh, Dios ―dijo ella sin aliento―. Si tuviéramos más tiempo, me resistiría más ―susurró—. La próxima vez.
Y habría un montón de próximas veces. Una vida entera de ellas. Ella gimió mientras comenzaba a trabajar en su clítoris.
—Haré lo que quiera que haga, Master Cullen.
—Bien ―le murmuró él―. Frota fuerte y duro...no juguetees. Hazte acabar.
Él usó su mano para guiar su polla dentro de su caliente y resbaladiza abertura. Se introdujo dentro de ella con gentiles y superficiales embestidas para empaparse con sus jugos. Intenso placer cruzó toda la longitud de su polla cuando se hundió profundamente con una fuerte embestida. Isabella gritó, su coño apretándolo con fuertes espasmos mientras acababa.
—No pares de tocarte sólo porque acabaste —dijo él.
Las exclamaciones de ella se hicieron tan fuertes, que a él no le sorprendería que alguien abriera la puerta del armario para investigar. Sin embargo, él no quería que se callara. Quería que ella gritara su nombre.
Edward la poseyó con un ritmo fuerte, rápido e implacable, una mano tirando de su cabello, la otra aferrando su cadera para tirar de ella contra él con cada embestida. Él nunca pensó que la primera vez que le hiciera el amor a su esposa sería fallándola fuerte y sucio en un armario de suministros tras bastidores. Había imaginado pétalos de rosa flotando en una tina caliente. Gentiles caricias. Tiernos besos que duraban por horas. Pero follarla de esta manera le daría un alivio rápido, y él necesitaba eso esta noche. Necesitaba sacarse del sistema este abrumante deseo por ella antes de subir al escenario.
Él la atesoraría, como ella merecía, más tarde esa noche. Por ahora, le dio la bienvenida a la urgencia que crecía en su ingle y saboreó el placer ondulándose a través de su cuerpo. Gritó en triunfo cuando encontró su alivio. Dicha inundó cada centímetro de él mientras su semilla pulsaba dentro de su cuerpo.
La envolvió con ambos brazos y tiró de ella para enderezarla y abrazarla contra su pecho. Sus labios rozaron su sedoso cabello.
—Eres hermosa.
Ella rió entre dientes.
—Está demasiado oscuro aquí para que sepas eso.
—Lo sé.
—¿Piensas que puedes atravesar todo el concierto ahora?
—En realidad. No.
La sostuvo contra sí, los pulgares acariciando los desnudos pezones contra el interior de la camisa de seda, hasta que su respiración se calmó. Cuando le pareció que podría ser capaz de vivir sin estar enterrado dentro de ella, se liberó de su cuerpo con una mueca de pesar. Ella se volvió en sus brazos y lo acercó más, presionando sus suaves senos contra su pecho.
—Voy a ir a limpiarme ―dijo ella besando su mandíbula—. Y hacer una reserva de hotel. —Le besó el mentón—. Empaca una maleta, pero no ropa. ―Le besó los labios―. No quiero verte hasta después del show ―dijo―. Y luego no quiero ver nada excepto a ti por los próximos dos días.
Ella lo dejo en el oscuro armario. A él le faltaba demasiado el aire para seguirla.
Cuando Edward finalmente logró hallar su camino fuera del armario de suministros y hacia la zona tras bastidores, alguien le puso una guitarra en las manos. Él deslizó la correa sobre la cabeza y acomodó la guitarra en su lugar. La multitud ya rugía de excitación. Su banda lucía un poco mal después de los eventos de la noche anterior, pero estaban listos para salir al escenario. Y él estaba demasiado consumido por pensamientos de su esposa para sufrir sus usuales nervios previos al concierto. Sólo quería salir al escenario, hacer saltar el techo del estadio y regresar con su esposa.
—¿Finalmente terminaste de follar a Isabella? ―pregunto Garrett.
Edward sonrió.
—Para nada. La verdadera luna de miel comienza en cuarenta y seis minutos.
Garrett se tropezó con el escalón inferior al dirigirse al escenario. Edward deseaba que simplemente fuera al maldito hospital y terminara con todo, pero sabía por qué Garrett odiaba los hospitales; había pasado demasiadas horas en ellos cuando su padre era un residente. Pero ésa no era excusa para no buscar atención médica cuando la necesitaba.
Edward lo tomó por un brazo para ayudarlo a subir las escaleras.
—¿Seguro que estas bien, amigo?
—Como si te importara. ―Garrett liberó de un tirón su brazo del asidero de Edward y trotó hacia su puesto a la derecha del escenario.
Edward sacudió la cabeza.
—Le vendría bien que resultara ser algo serio ―se quejó para sí mismo.
.
.
.
Bueno, bueno… ¿qué opinan? Yo la verdad entré en pánico al ver a la chica dentro del armario jajaja dije: "esto ya se fue a la mierda", pero me alegra que Bella se lo haya tomado bien.
No olviden dejar un comentario, y no olviden pasarse por el grupo de Facebook 'Twilight Over The Moon', tenemos contenido exclusivo.
¡Nos leemos pronto!
