Llegado el mediodía Ontari Woodward que había decidido no bajar a comer ni salir de su habitación con permiso de su instructora, había sido llamada a la dirección del Centro de Detención de Menores Hollysbrooke para su sorpresa.

Cuando llegó encontró a Indra Porter, la directora en mitad del pasillo con una dura mirada en el rostro mientras mantenía agarrado del brazo a uno de los chicos con fuerza para que no pegase a otro.

—¡Parad ya! ¡Los dos! —les exigió ella espetándoles con enfado—. ¡Vais a estar castigados hasta que me digáis quien ha sido!

Ontari que vio al chico soltarse bruscamente de Indra y dar una dura mirada al otro le señalo amenazante.

—Estás muerto...

Indra le vio alejarse por el pasillo al tiempo que el otro chico daba un puñetazo a la puerta de mala gana y se marchaba por el lado contrario.

Ontari no tenía ni idea de porque había sido llamada pero supuso que tendría que ver con algún asunto disciplinario o que le iban a comunicar lo que Emori había hecho ya que la ambulancia se había marchado hacía ya varias horas haciendo que para nadie ya fuese un secreto.

Indra que parecía molesta por la actitud de los chicos se volvió viéndola allí y su cara se aflojo un poco.

—Woodward, pasa a mi despacho.

—Yo no he tenido nada que ver en eso —se defendió Ontari mientras entraba dentro del pequeño y gris despacho.

—¿Qué? —preguntó Indra desconcertada dirigiéndose ahora a su mesa para sentarse dándose cuenta de que se refería a la pelea de aquellos chicos—. Ah, no. No te he llamado por eso, tranquila.

Ontari que no supo entonces el porque había sido llamada se sentó en la silla frente a la mesa y dirigió su mirada a la severa mujer.

Indra que se sentó abriendo el cajon de su mesa saco un par de papeles, una especie de negro brazalete con un pequeño dispositivo, y el expediente de Ontari colocandolo todo sobre la mesa.

—No sé si estás al tanto de lo ocurrido esta mañana con tu compañera de habitación, pero el hecho es que lamentamos mucho todo lo que ha pasado. Sabíamos que Emori, era inestable y creímos que en la enfermería seríamos capaces de vigilarla adecuadamente para que no se hiciese daño —comenzó disculpándose ella.

Ontari que se la quedo mirando tragó lentamente al escucharla.

—¿Por qué habla en pasado?

Indra que bajo la mirada a los papeles ordenándolos un poco quiso eximir culpas.

—Desafortunadamente, me temo que... alguien no ha hecho bien su trabajo y... lamentamos profundamente que todo haya acabado así.

El rostro de Ontari cambió paulatinamente del desconcierto, a la tensión y mucho después de esto a la palidez, enmudeciendo por momentos.

—Hemos hablado con el Comité Disciplinario que lleva tu caso y hemos acordado que como situación excepcional y dado que tu delito no ha incluido sangre que podrás salir en libertad si aceptas una serie de condiciones, entre ellas llevar esta pulsera con localizador lo que te queda de sentencia que según veo aquí son diecisiete días, ¿no es cierto?

Ontari que ni siquiera la estaba escuchando desde hacía ya rato, en su mente trataba de analizar todas y cada una de sus palabras queriendo escudriñar la reveladora verdad encerrada en ellas y que golpeaban y sacudían su realidad sin piedad ni benevolencia.

Indra que la miro con cierta cautela alargó la mano hacia la suya posada en la mesa que Ontari retiro por pura inercia demasiado conmocionada y afectada para aceptar que a Emori finalmente no la iba a volver a ver.

—Ontari... —se atrevió a murmurar la mujer quedandosela viendo—. ¿Entiendes lo que te he dicho?

Incapaz de reaccionar ni razonar con claridad en aquellos instantes, Ontari permaneció en silencio mientras por su mente pasaban toda clase de imágenes de ella con Emori, y su contagiosa y genuina sonrisa.

No, no podía ser...

No podía asimilar lo que Indra le estaba diciendo, no ahora mismo, no sin una buena razón que justificase el descuido de alguien del escaso personal para dejar a Emori a su suerte sabiendo la situación personal que estaba atravesando, no...

Continuara...