No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.
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El opulento vestíbulo del Venetian no podía competir por la atención de Isabella; su esposo la tenía toda. Tenía una mancha de delineador debajo del ojo izquierdo, que aún estaba horriblemente magullado. Su camiseta negra estaba empapada de sudor. Matas de pelo se aferraban a su cuello y a su rostro. Sí... sexy.
Aunque él le había asegurado que el concierto de esta noche había sido el peor que los Sinners habían dado, ella deseó haberle visto en el escenario. Nada la excitaba más que ver a este hombre deleitar a quince mil fans con sus talentosos dedos. Excepto cuando esos talentosos dedos la deleitaban a ella sola.
—Su Suite Prima está en el piso treinta y cinco —dijo el recepcionista y deslizó un set de tarjetas de hotel sobre el mostrador.
—Quiero asegurarme de que nos entendamos —le dijo Edward—. No nos interrumpas bajo ninguna circunstancia. No me importa si el hotel está en llamas. No me importa si el maldito presidente de los Estados Unidos necesita hablar conmigo. No. Nos. Interrumpas. ¿Lo entiendes?
Con los muy ojos abiertos, el atractivo hombre de piel oliva tragó con fuerza y asintió.
—Lo entiendo, Sr. Cullen.
—¿Nuestro servicio de habitaciones ya ha sido enviado a nuestra habitación? —preguntó Isabella—. Lo solicité cuando hice la reserva.
—Lo revisaré para asegurarme. —El recepcionista se estiró para tomar el teléfono.
Edward no esperó su confirmación. Tomó las tarjetas del mostrador y cogió la mano de Isabella para llevarla al ascensor.
—No necesito servicio de habitaciones —dijo—. Necesito a mi esposa. —Alzó la mano de ella y le besó los nudillos—. Ininterrumpida durante horas.
—Tenemos toda la noche —dijo ella—. Y todo el día de mañana.
—Espero que no tengas planeado dormir.
Ella sonrió y sacudió la cabeza. Porque el hotel era tan grande, les tomó un tiempo encontrar el ascensor correcto. Isabella podía decir que a Edward le frustraba el retraso.
—Cariño, relájate.
—Así no es exactamente cómo planeaba que fuera el día de mi boda. Quería que fuera especial para ti, y sólo ha sido una interrupción tras otra.
—Ha sido especial para mí.
Ella le sonrió, pero él no parecía convencido. Cuando el ascensor se abrió, ella se alegró de encontrarlo vacío. Edward la instó a entrar y bajó la maleta antes de presionar el botón de su piso.
Él necesitaba relajarse y dejar de preocuparse por cosas que no podía controlar. Y afortunadamente para él, ella sabía exactamente cómo quitarle las preocupaciones de la cabeza.
Tomó dos puñados de su cabello y lo besó. Con fuerza.
—Me pone tan condenadamente caliente, Master Cullen —dijo, mirando sus intensos ojos marrones. Sabía que a él no le gustaba que ella lo llamara por su nombre artístico, pero ella sin duda quería vivir la fantasía con su marido estrella de rock antes de vivir otra fantasía con el increíble hombre bajo la persona artística—. ¿Puedo hacer algo por usted, mi dios sexual personal? Lo que sea. Soy su fan número uno.
Edward rió y la envolvió con ambos brazos.
—No me llames Master Cullen, eso es lo que puedes hacer por mí.
A él no parecía haberle molestado el título cuando bombeaba con fuerza dentro de ella y le tiraba el cabello en un oscuro armario en el backstage.
—¿Eso esto dolo que puedo hacer por usted? —Isabella rodeó su cuerpo para pararse detrás de él. Deslizando sus manos sobre su bajo vientre, sus meñiques se hundieron en la cintura de los jeans que llevaba bajos a la altura de la cadera—. Porque realmente quiero complacerlo, Master Cullen.
Metió una mano más profundo dentro de sus pantalones y cuidadosamente acomodó su polla para que apuntara hacia arriba hacia su vientre. La cabeza de su polla medio dura asomaba justo por encima de sus jeans a la cadera. Mientras ella la acariciaba con el pulgar, ésta se elevó, revelándose un centímetro a la vez que se ponía más y más dura. La cabeza de él cayó hacia atrás para descansar contra la de ella.
—Quiero chuparte las pelotas mientras te masturbas —le susurró ella al oído—. Traje tu butt plug y un anillo para la polla en la maleta.
—¿Uno vibrador?
—Sí. Quiero montarte con fuerza. Acabar una y otra vez hasta que mis jugos goteen por tu escroto.
—Oh Dios, Isabella. Me encanta cuando me hablas sucio en los ascensores. O en cualquier otro lado.
—Alguien podría entrar y verme jugando con La Bestia. ¿Eso te excita?
—Sí, espero que alguien vea lo condenadamente duro que me pones.
—Podríamos subir y bajar hasta que alguien entre en el ascensor —dijo ella, todavía frotándole la carne más sensible con el pulgar.
—¿Puedo ser yo el que acabe en el ascensor?
Ella rió y presionó la mano contra la dura protuberancia en sus jeans, sosteniendo su verga contra el bajo vientre de él.
—Si yo puedo subir y bajar. —Cuando él comenzó a emitir fluido pre-seminal, ella lo esparció sobre la expuesta cabeza de su polla en suaves círculos.
—Tal y como va el día de hoy, probablemente me arresten por indecencia pública y pase mi luna de miel en la cárcel como la zorrita de Big Bart.
—Yo no permitiría que eso sucediera. Soy la única que va a follarte por el culo esta noche, Master Cullen.
Su polla se agitó en su mano. ¿La idea le excitaba? Interesante.
—¿Alguien alguna vez te lo ha hecho así antes? —preguntó ella.
—N-No —dijo él sin aliento.
—¿Ni siquiera Garrett? —Ella realmente necesitaba confirmación en eso.
Él sacudió la cabeza.
—Él era el pasivo. ¿Alguna vez lo has hecho? ¿Follar a un tío?
—No —dijo ella—. Pero siempre he querido hacerlo.
—Sabes que intentaré cualquier cosa dos veces. ¿Contigo? Tres veces.
Y ésa era una de las muchas razones por las que ella amaba a este hombre. La mayoría de los tipos hablaban por hablar, pero si te ponías demasiado perversa con ellos, se echaban atrás. Edward nunca se resistía a una experiencia sexual y jamás la hacía sentir como una puta por presionar los límites.
Cuando la puerta del ascensor se abrió, miraron el pasillo, anticipando que alguien entrara para ver lo traviesos que eran. Esperaron. Edward presionó el botón para mantener la puerta abierta. Nadie apareció. Isabella suspiró. Intercambiaron miradas de decepción.
—¿Quieres bajar e intentarlo de nuevo? —preguntó ella.
—Sí quiero bajar, pero no necesitaremos el ascensor.
—Voy a depilarme el coño esta noche para que puedes chupar, lamer y comer cada centímetro de él, dentro y fuera. ¿Te gustaría? —Sin duda a ella sí. Él hizo un sonido de tortura y presionó la mano de ella sobre su polla parcialmente expuesta para disimularla antes de salir rápidamente del ascensor. —¡Maleta! —protestó ella.
Tenía todo un arsenal de diversión pervertida empacada en esa cosa. Edward retrocedió en busca de la maleta. Miró la llave en su mano, luego la maleta en el suelo y luego a la mano que tenía presionada sobre la de ella.
—No tengo suficientes manos —se quejó. Isabella cuidadosamente metió su polla en los pantalones y se apartó.
—Ahora sí.
—Sin embargo, ésa era mi mano ocupada favorita. —Tomó la maleta.
Ella rió y tiró de él por el pasillo hacia su habitación. Cuando él probó la llave, la luz de la cerradura se puso roja. Miró el número de la habitación.
—Es la habitación correcta.
El sonido de un carrito se hizo eco en el pasillo. Isabella le sonrió al joven que se dirigía hacia su dirección. El servicio de habitaciones había llegado justo a tiempo; ella no podía permitir que su esposo pasara hambre. Él necesitaba su resistencia. El segundo intento de Edward de abrir la puerta funcionó.
—Aleluya —dijo—. Comenzaba a pensar que tendríamos que hacerlo en el pasillo.
La maleta se deslizó hacia el suelo de la entrada de mármol, y Isabella se encontró siendo arrastrada hacia la habitación de un brazo.
—Espera, nuestro servicio de hab…
—No hay más esperas —dijo él y la atrajo contra su cuerpo.
Él quitó la horquilla de su pelo flojamente peinado y la tiró a un lado. El cabello de ella cayó sobre los hombros, y él enterró ambas manos en él antes de bajar la cabeza para besarla. La puerta golpeó el carrito del servicio de habitaciones con un fuerte sonido.
—Um... servicio de habitaciones —dijo el camarero en un fuerte susurro.
—Argh. Fuera de aquí —dijo Edward mientras intentaba cerrar la puerta con una mano. El gran carrito estaba en el camino.
—Cariño, permítele dejar el carrito dentro. Sólo será un segundo.
Edward dejó caer la mano de la puerta y le apretó el trasero. Ella le alejó de la puerta para que el camarero pudiera dejar el carrito en la entrada; una encantadora entrada, notó. Isabella asumió que el resto de la suite era espectacular, pero dudaba que tuviera oportunidad de verla antes de que Edward perdiera completamente el control. Tocar en vivo siempre lo excitaba. Como también lo hacía que lo tocaran en los ascensores.
Él la empujó contra la pared, capturando las manos de ella a cada lado de la cabeza. Mirándola como si quisiera telegrafiar su deseo directamente a sus pensamientos, él frotó la dura protuberancia de su polla contra su montículo hasta que ella comenzó a mover las caderas con él. Él liberó una de sus muñecas y le agarró el cabello.
—Sácame los pantalones —le gruñó en la oreja—. Voy a follarte justo aquí contra la pared.
Su coño latió con las primeras sensaciones del orgasmo. Si él seguía hablándole así, no tendría que follarla para hacer que acabara.
Sus manos volaron hacia la cremallera, trabajando torpemente en los botones para liberar su enorme polla. Oh, Dios, la deseaba. La sostuvo en ambas manos, y él embistió en su flojo asidero repetidamente. Sus jadeos cerrados la hicieron gemir de placer.
Alguien se aclaró la garganta. Incrédula, Isabella miró por encima del hombro de Edward para encontrar al camarero ahí con la mano extendida.
—Necesita propina —dijo Isabella mientras Edward le subía la falda por los muslos.
—Le daré una propina. Vete a la mierda de aquí y cierra la maldita puerta. Ahí está su maldita propina.
—Sólo agrega el veinte por ciento de propina a la factura —dijo Isabella.
El carrito chirrió de nuevo mientras el camarero lo quitaba de su camino. La puerta se cerró. Solos al fin.
Edward frotó la cabeza de su polla contra la caliente y necesitada abertura de Isabella. Todo su centro latió y dolió, rogando ser llenado. Ella escondió el rostro en el cuello de él e inhaló su embriagador aroma. Ella amaba cómo olía después de un concierto. La combinación de excitación y el esfuerzo de actuar en vivo añadían algunas feromonas a su sudor que presionaban cada uno de sus botones de "fóllame".
Ella chupó la salinidad de su garganta, deleitándose con el rápido correr de la sangre a través de su punto de pulso mientras ella lo palpaba con los labios y la lengua. Le dio un mordisco y frotó su coño contra la cabeza de su polla, la cual él aún no había hundido profundamente dentro de ella como ella quería.
Luchando con su apretada falda, ella levantó la pierna para apoyarla contra la cadera de él. Eso fue suficiente para moverlo, y él se hundió en su cuerpo, llenándola en una profunda embestida. Ella arrancó la boca de la garganta de él y dejó salir un gemido jadeante. Él aferró la chaqueta del traje de ella mientras embestía en ella y le frotó la garganta y la mandíbula con la boca abierta. Ella amaba cuando se tomaban su tiempo y hacían el amor durante horas, pero había algo inequívocamente sexy en que este hombre perdiera todo el control y la follara sin sentido.
Él dejó un sendero de besos succionantes hacia su boca y la besó. Cuando él arrancó su boca de la de ella, los párpados de ella se abrieron. Sus excitadas respiraciones se mezclaron mientras se miraban a los ojos.
Ella estaba tan perdida en él. Tan perdida. Nunca quería que la volvieran a encontrar.
—Te amo —susurró él—. Isabella.
—Sí, Edward —dijo ella, su aliento entrecortándose con emoción. Ella no era una persona emotiva. Ella interiorizaba. Lo sabía. ¿Con él? Con él, se sentía segura. Podía mostrarle todo dentro de su corazón, lo bueno y lo malo, y saber que él lo atesoraría porque la amaba y entendía lo difícil que era para ella exponer sus más profundas emociones. O cuán duro había sido. Abrirse a él se hacía más fácil con cada minuto, porque él lo hacía fácil. —Te amo. —Ella tomó dos puñados de su cabello y tiró para asegurarse de que él le estuviese prestando atención—. Te amo.
—Ámame un poco más gentilmente —se quejó él.
Ella liberó su asidero y le frotó la cabeza para deshacer cualquier daño antes de envolverlo con ambos brazos. Deslizó las manos hacia arriba por debajo de su camiseta, necesitando sentir su piel bajo las palmas.
—Te amo —le dijo al oído.
Él inhaló profundamente por la nariz, como si intentara asimilar sus palabras. Como si físicamente las hiciera entrar en él.
—Oírte decirlo... Ni siquiera puedo describir cuán increíble se siente. —Le mordisqueó el lóbulo de la oreja juguetonamente—. Pero quizás pueda demostrártelo.
Edward se movió dentro de ella. Lento. Fuerte. Profundo. Era muy bueno para mostrar sus sentimientos. Ella se volvió híper consciente del hombre contra ella; la textura de su piel bajo sus manos abiertas, la tibieza de su aliento contra su hombro, el cosquilleo de su cabello contra su nariz mientras sus propios jadeos lo agitaban, sus fuertes dedos masajeando su culo mientras se hundía en ella, llenando su cuerpo hasta sus límites con su enorme polla. Pero había una nueva consciencia dentro de ella. Una hinchazón en su pecho. Una tensión en su garganta. Un cosquilleo detrás de sus ojos. ¿Estaba a punto de llorar? ¿No de pena sino de alegría? ¿Qué demonios se le había metido? Edward lo había hecho. Él estaba profundamente dentro de ella y no sólo con la verga dura como una piedra que la llevaba hacia el éxtasis. Su esencia, su alma, ahora eran parte de ella. Esencial para su existencia.
Edward encontró un ritmo que la volvió loca, que incrementaba su placer incesantemente. Que la llevaba más alto. Más alto.
—Te oigo —susurró él—. Mi musa.
Saber que él estaba oyendo una de sus composiciones musicales mientras le hacía el amor hizo que lágrimas sentimentales cayeran de su ojo. Ella frotó el rostro contra el hombro de él, esperando que él no notara que la profesora de sexo que no se guardaba nada con la que él se había casado de hecho lloraba durante el sexo. Él pensaría que había sido abducida por alienígenas y que había sido reemplazada por alguien que había invadido su cuerpo. Tragó el nudo en su garganta y preguntó, su voz ronca.
—¿Necesitas algo en que escribir, cariño?
Él sacudió la cabeza y murmuró repetidamente una serie de notas.
—Lo recordaré.
—No puedo esperar a oírte tocarlo.
—Lo siento. Debes odiar que esto siga interponiéndose en nuestra diversión.
Ella le besó la sien, y sus brazos se apretaron alrededor de él.
—En absoluto. Es sexy —le susurró—. Que compongas cuando hacemos el amor es sexy.
Él rió entre dientes.
—Condenadamente inconveniente si me preguntas a mí.
—No lo hice. —Ella sonrió para sí misma y no hizo nada para interrumpir o cambiar el ritmo de sus embestidas mientras sus estrofas murmuradas se hacían más largas y complejas. Se alegró de tener algo con que distraerse; ella podría poner todas sus abrumadoras y tiernas emociones bajo control. Más o menos.
Las piernas de Isabella comenzaron a temblar de agotamiento después de varios minutos.
—Cariño —susurró, deseando no tener que interrumpir su genio musical. Pero iba a deslizarse hasta el suelo en unos tres segundos—. ¿Podemos llevar esto a la habitación?
Él continuó con el mismo ritmo y compás, como si no la hubiera oído.
—¿Edward?
Sin respuesta.
—¡Edward!
Él se sorprendió y se echó hacia atrás para mirarla.
—Lo siento, estaba perdido en ti. ¿Qué dijiste?
—Necesito encontrar la cama más cercana. Mis piernas están cansadas. —Tan cansadas que estaba temblando.
Él salió de ella con un gemido, y luego sus ojos se abrieron de repente.
—Me olvidé de cargarte al cruzar el umbral.
Ella tomó su mandíbula en la mano y lo besó.
—Quiero que lo hagas cuando compremos nuestra primera casa juntos. Nuestra casa permanente. No una habitación de hotel o un bus de gira. No mi condominio. No tu apartamento. Nuestro hogar. El que elegiremos juntos y donde criaremos a nuestros hijos.
La brillante sonrisa de él hizo que el corazón de ella aleteara.
—Estoy casado —dijo él, como si acabara de darse cuenta. Ella rió entre dientes.
—Era hora.
Él la tomó en sus brazos.
—Bueno, esposa, si no vas a permitirme cargarte por el umbral, voy a cargarte a la cama.
Ella le envolvió el cuello con ambos brazos y le besó el hombro.
—No hay objeciones.
Él se volvió hacia la sala de estar de la suite.
—Este lugar es como una maldita mansión —dijo.
No era mentira. Ella nunca había visto una habitación de hotel tan preciosa como ésa en su vida.
—Ensuciémosla.
—¿Quieres comenzar en la cama?
Ella recorrió la amplia habitación con la vista, y sus ojos se posaron en el bar de granito negro.
—El bar. —Él dio un paso en esa dirección—. ¡Espera! Déjame agarrar el champagne.
Él tomó un rápido desvío hacia el carrito para que ella pudiera tomar la botella, y luego se apresuró hacia el bar. Ella soltó un gritito cuando el dorso de sus muslos tocó el frío granito, pero se olvidó de su malestar cuando él se colocó entre sus piernas y la miró. La luz en el vestíbulo le daba limitada iluminación a la sala, creando sombras que ocultaban la expresión de él. Su vacilación la confundió. ¿No la deseaba? Ella se sacudió sus dudas. Por supuesto que él la deseaba. Siempre lo hacía. ¿Cómo podía pensar lo contrario?
—Tenemos que hacer un brindis. —Ella sacudió el champagne con vigor, una sonrisa traviesa en el rostro. Antes de que ella pudiera sacar el corcho, Edward tomó la botella de sus manos y la dejó en el bar junto a ella
La intensidad de su mirada hizo que el corazón de ella saltara de anticipación. Cosas asombrosas sucedían siempre que él la miraba así. Ella abandonó su plan ducharlo con champagne y esperó a ser asombrada.
Los dedos de él fueron a los botones de la chaqueta del traje de ella. Él nunca apartó los ojos de su rostro mientras le quitaba la chaqueta y la cubierta de debajo. Ella lo ayudó con la falda, la cual derribó sus zapatos en el suelo y la dejó sentada en la fría barra con nada excepto sus medias hasta el muslo. Mientras él le quitaba las medias de las piernas con agonizante lentitud, ella tiró con impaciencia de la camiseta de él con una mano. Él se sacó la camiseta, y ella le envolvió la caja torácica con las piernas, acercando más su cuerpo.
Con una sonrisa maliciosa en el atractivo rostro, Edward tomó la botella del bar y estrelló el cuello de la misma contra la barra. Un géiser dorado brotó abundante de la botella. Isabella chilló cuando el frío líquido roció sobre su pecho y garganta antes de correr como un río entre sus pechos. Edward bajó la cabeza para degustar el champagne que corría por su piel.
—Por nosotros —dijo él, recogiendo el Dom Perignon de su carne caliente.
Él vertió todo el contenido y dejó caer la botella vacía en la alfombra con un ruido sordo. Sus brazos rodearon la espalda de Isabella para acercar sus pechos a su boca.
—Ésa era una botella de champagne de trescientos dólares —le dijo ella, sus dedos hundiéndose en el cabello de él.
Su lengua recogió el caro líquido de su pezón. Le dio al sensible pico un fuerte mordisco antes de chuparlo en la boca y suavemente acariciarlo con la lengua. Isabella jadeó, y su cuerpo se tensó antes de relajarse en sus brazos. La boca de él se movió hacia abajo por el centro de su vientre, buscando más champagne.
—Vale la pena cada centavo —murmuró, el profundo timbre de su voz enviando escalofríos por la espalda baja de ella—. Delicioso. Podrían cobrar un millón la botella si lo sirvieran así.
—Yo no probé nada. —Ella capturó el rostro de él entre ambas manos, le instó a subir y lo besó, deleitándose en el sabor de su brindis de boda en sus fuertes labios.
Cuando él se apartó para mirarla a los ojos, le ofreció una sonrisa torcida que hizo que su corazón se acelerara.
—Te daré algo.
La puso de espaldas sobre la barra y luego se unió a ella. El olor a alcohol se mezcló con el olor almizclado del cuerpo de Edward cuando él colocó encima de ella. Él se mordió el labio mientras utilizaba la mano para guiar su polla dentro de su cuerpo.
Su mirada sostuvo la de ella mientras movía las manos para enlazarlas con las de ella. Buscó sus ojos, su rostro, por un largo rato antes de que él pusiera sus brazos sobre su cabeza y comenzara a embestir con agonizante lentitud.
Un hilo de champagne desperdiciado cayó sobre la encimera más baja del bar, pero Isabella no necesitaba alcohol para estar intoxicada cuando su sensual marido le hacía el amor. Ella cerró los ojos y se entregó a la sensación. La dicha de su gruesa polla llenándola lentamente, retrocediendo, llenándola de nuevo. La dura y mojada superficie contra su espalda. La fuerza de sus dedos entrelazados con los de ella. El calor de su aliento contra su mandíbula. La crujiente textura de la estrecha franja de vello que corría por la parte baja de su abdomen rozando su vientre cuando ella arqueaba la espalda. Y luego, más allá de las sensaciones físicas, pero trabajando en sintonía con ellas, esas abrumadoras emociones que la dejaban sin aliento del asombro hicieron una reaparición.
—Muéstrame —susurró él.
Ella abrió los ojos para encontrarlo mirándola fijamente.
—¿Mostrarte qué?
—Tu expresión de orgasmo.
Ella se echó a reír.
—No tengo una expresión de orgasmo.
—Sí, la tienes. Necesito verla. —Él empujó profundamente, y ella jadeó—. Necesito ver lo que te hago.
—Hará una aparición pronto. Tengo plena confianza en tus habilidades.
Su ritmo persistente rápidamente la llevó a su punto máximo. Cuando ella gritó, él dijo:
—Eso es. —Se quedó sin aliento y se estremeció.
Ella se obligó a abrir los ojos para poder ver su expresión de orgasmo; la boca abierta, un ojo firmemente cerrado, la ceja opuesta arqueada. Él se mordió el labio, y la piel de la nariz se arrugó mientras todo su cuerpo se ponía rígido.
—Mmm —jadeó él.
—¿Todo lo que consigo es un mmm? —Ella imitó su sonido.
Él rió entre jadeos.
—Seré más vocal la próxima vez.
—¿La próxima vez? —Ella le apretó las manos—. Quizás yo haya terminado por esta noche.
—Quizás vayas a afeitarte el coño como prometiste para que pueda darme un festín en tu coño por una hora o dos.
Un estremecimiento de placer corrió por la espalda de ella, haciendo que su coño, que aún palpitaba, se apretase con renovado entusiasmo.
—Quizás lo haga.
—Y quizás uses tus nuevas joyas para mí mientras miro cómo te afeitas.
¿Joyas?
—Ya llevo mis anillos.
—Tus otras joyas nuevas. Las que compramos en el sex shop.
El vientre de ella se estremeció. ¿Cómo podía haberlo olvidado?
—Supongo que va a haber una próxima vez. —Levantó la cabeza para darle un beso.
—Imaginé que lo verías a mi manera.
Él salió de ella y se bajó del bar antes de ayudarla a ponerse de pie y a esquivar la botella rota en el suelo. Se sacó las botas de una patada y se quitó los pantalones, que estaban saturados en los muslos con champagne. Isabella se dirigió al vestíbulo para encontrar la maleta que había empacado.
—Te esperare en el baño, si lo encuentro. ¡Este lugar es enorme! —Él miró alrededor de la amplia sala principal y fue a ver una puerta abierta—. ¿Un sistema de entretenimiento? ¿Por qué nos quedamos en el bus anoche?
—No estoy segura —dijo ella—. Quizás te gusta vivir la vida de soltero.
Él sacudió la cabeza.
—Bueno, tiene que haber un baño por aquí en algún lugar —dijo ella—. Pedí específicamente una bañera de hidromasaje.
Él sonrió, y él corazón de ella se tambaleó.
—Sabes, te amo un poco más cada minuto —le dijo él.
—¿Sólo un poco más? —bromeó ella, uniendo los dedos pulgar e índice.
—Confía en mí... minuto a minuto, hora a hora, día a día... todo ese amor se acumula.
Él encendió una luz y se adentró más en la suite. Ella puso la maleta en el sofá y la abrió, luego revisó el contenido en busca de la bolsa que contenía sus nuevas compras.
—¡Lo encontré! —exclamó Edward, su voz haciendo eco.
Ella también encontró lo que había estado buscando.
—¡Estaré allí en un minuto! Ve y llena la bañera.
Ella oyó el agua golpear la porcelana mientras dejaba caer la nueva gargantilla de diamantes falsos en su mano. La aseguró alrededor de su garganta e inspeccionó los extremos libres de dos delgadas cadenas que colgaban del collar. Nunca antes había usado pinzas para los pezones. No estaba segura exactamente de cómo sujetarlas. Se lamió dos dedos y los frotó sobre un pezón, incitándolo a convertirse en una punta erecta antes de apretar el anillo abierto sobre la punta tierna. Un inesperado espasmo aferró la parte baja de su abdomen cuando el peso de la cadena tiró de su pezón. Su coño palpitó.
—Oh —jadeó—. Creo que esto me va a gustar.
Ella cerró la otra pinza sobre el pezón libre e inspeccionó su reflejo en el espejo detrás del bar. Tres delgadas cadenas colgaban entre los montículos de sus pechos. Los delgados filamentos se balanceaban rítmicamente contra su vientre y tiraban suavemente de ambas puntas sensibles. Ella llevó los hombros hacia atrás, lo cual hizo que sus pechos se elevaran.
A Edward le iba a encantar esta nueva pieza de joyería. Quizás aún más que su nuevo anillo. Bueno, quizás no tanto. Pero las pinzas mantenían sus pezones erectos y su coño hormigueante; justo como a ambos les gustaba.
Isabella se puso los tacones de aguja negros de charol, cogió su kit de afeitar y se paseó hacia el baño, sintiéndose tan sexy como sabía que lucía.
Encontró a Edward descansando en una bañera que se llenaba rápidamente de agua humeante. Sus ojos estaban cerrados, así que ella se detuvo en la puerta y se aclaró la garganta. Los ojos de él se abrieron lentamente, y luego se sentó produciendo un torpe chapoteo.
—Mierda, luces sexy. —dijo con un gruñido de aprobación.
El hombre tenía una habilidad con las palabras. Isabella cruzó la habitación con pasos calculados, extendió una toalla en el extremo más alejado de la bañera, y dejó los zapatos en el suelo mientras ella se subía a ella para sentarse frente a él. Enjabonó su vello púbico con crema de afeitar y abrió bien las piernas para darle una buena vista mientras pasaba la navaja sobre su piel en trazos lentos y deliberados. Ella no lo miró a los ojos, fingió que no estaba allí. Pero maldición si los pequeños y excitados jadeos que él emitía cada vez que una nueva tira de piel desnuda se revelaba no la excitaban.
Cuando la bañera estuvo llena, él cerró el grifo. Ella metió una mano en la bañera y enjuagó los restos de crema de afeitar de su piel. Se enjabonó de nuevo y repitió el proceso. El repetitivo chapoteo de agua atrajo la atención Isabella a su embelesado esposo. Él estaba acariciando la longitud de su enorme polla con ambas manos. Los muslos de ella se contrajeron involuntariamente.
Lo observó discretamente debajo del velo de sus pestañas. Verlo masturbarse siempre la excitaba. Su coño latía al ritmo de sus caricias, chorreando líquidos en anticipación. Terminada con su tarea, ella enjuagó su coño afeitado con agua y movió los dedos para frotarlos contra su clítoris. Tiró de las pinzas en los pezones con la mano libre. Su espalda se arqueó mientras se perdía al placer.
—Quiero acabar sobre todo ese hermoso coño —dijo Edward en un bajo gruñido.
El agua se derramó cuando él se puso de rodillas ante ella. Se acarició la polla cada vez más rápido, hasta que con un grito de sorpresa comenzó a acabar. Isabella retiró la mano justo a tiempo. Semen salpicó su montículo afeitado y bajo vientre.
—Oh, Dios —gimió él, tirando hasta sacar un último chorro que aterrizó en la cara interna del muslo de ella. Se desplomó contra ella, el rostro apoyado entre sus pechos. Sus dedos encontraron las cadenas atadas a las pinzas en sus pezones, y tiró con fuerza.
Placentero dolor salió disparado desde ambos pechos hasta el palpitante clítoris de Isabella. Su vientre se tensó con el inminente orgasmo.
—Eres tan sexy, cariño. Tan sexy. —Dejó un sendero de besos por su estómago, su destino obvio. Él le lamió los labios recién afeitadas, los chupó, mordisqueó y los besó hasta que ella se retorció descontroladamente. Cuando ella estuvo segura de que moriría por falta de satisfacción, él deslizó dos dedos dentro de ella.
—Oh —jadeó ella, las manos volando al cuero cabelludo de él para presionar su cabeza y alentarlo a tomar su clítoris en su boca. Él bajó un poco más, pero apenas lamió los pliegues a la vez que lentamente entraba y sacaba los dedos de su dolorido coño.
—Hazme venir —exigió—. Por favor, Edward, que no puedo soportarlo.
Él alzó la mano, tomó ambas cadenas y tiró con fuerza. Su coño se apretó alrededor de sus dedos, pero ella no voló sobre el borde.
—Edward, Edward —jadeó—. Ayúdame.
La lengua de él tocó su clítoris, e intensos espasmos de placer se apoderaron de su centro.
—¡Sí, sí, sí!
—Di mi nombre —dijo él entrecortadamente.
—Edward. ¡Edward!
Él tiró de ella hacia la bañera, agua salpicando por encima del borde y esparciéndose sobre el piso.
—Dios, ya estoy condenadamente duro como una roca de nuevo —dijo él en ese sexy gruñido que la hacía anhelar otro orgasmo—. ¿Por qué me haces esto?
—Porque me calienta —dijo ella con una risita.
Los dedos de él se hundieron en su culo mientras él la movía hacia su regazo, de frente a él.
—Necesito estar dentro de ti, cariño.
—Sí —coincidió ella.
—Siempre dentro de ti —dijo él contra su garganta.
—Siempre lo estás.
Con una mano, ella lo ayudó a encontrarla. Mientras la penetraba centímetro a centímetro, él gimió. Cuando por fin estuvo enterrado profundamente, dijo:
—Aquí es exactamente donde quiero estar.
Isabella frotó su montículo contra él, preguntándose por qué había esperado tanto tiempo para afeitárselo para él. Tenía toda una nueva área de piel desnuda para disfrutar.
—Se siente increíble —dijo ella.
—Increíble —coincidió él sin aliento—. Te amo condenadamente tanto.
—Yo también te amo.
Él tomó el rostro de ella entre ambas manos mojadas y la miró profundamente a los ojos.
—¿Condenadamente tanto? —urgió.
Ella se echó a reír.
—Sí, te amo condenadamente tanto.
Sonriendo, Edward tanteó un panel de control en el borde de la bañera, y los chorros del jacuzzi rugieron a la vida.
—Espera —dijo él antes de moverse alrededor de la tina para sentarse con las piernas cruzadas delante de un chorro—. Dime cuándo estés en una buena posición.
—Déjame darme vuelta —sugirió ella. Se levantó hasta que la polla de él se deslizó de su cuerpo y luego se volvió para enfrentar el lado de la bañera. Se dejó caer en su polla una vez más, su culo frotándose contra su bajo vientre—. ¿Eso es cómodo para ti?
Él se echó hacia atrás, relajándose en el agua.
—Se siente genial —dijo entrecortadamente.
Ella comenzó a montarlo, el agua que salía a borbotones pulsando contra su clítoris en cada impulso ascendente y descendente. Las manos de Edward se deslizaron sobre sus pechos mojados, mientras que sus labios lo hacían sobre su espalda. Estaba demasiado resbaladizo en la bañera para conseguir un buen ritmo sobre sus rodillas.
—¿Dónde está Emmett cuando lo necesito? —se preguntó ella en voz alta.
—En el bus de la gira, donde pertenece. —Edward le tomó las caderas para ayudarla.
—Gracias —susurró ella mientras sus movimientos combinados la acercaban más a su pico.
Edward le besó el hombro y luego hundió los dientes en la caliente carne. La espalda de ella se arqueó bajo su ruda atención.
—Podríamos llamar a Garrett —dijo él con naturalidad—. Estoy seguro de que no le importaría hacer que nuestra noche de bodas fuera genial.
Isabella se tensó y dejó de moverse.
—¿Qué se supone que significa eso? —dijo, el corazón apretándose en una amarga mezcla de enojo, dolor y celos.
—No quiero que Emmett te toque, pero si ansías más...
Ella no le permitió terminar, sino que en su lugar comenzó a levantarse de la bañera. Él la atrapó por la cintura y tiró de ella hacia abajo contra él.
—Lo siento, eso no salió bien —dijo él—. Nuestra noche de bodas ya es genial. No necesitamos ayuda de Emmett o de Garrett.
Estás condenadamente en lo cierto que no los necesitamos, pensó ella sombríamente. Y tenía la intención de demostrárselo.
Le tomó un momento aclarar sus pensamientos lo suficiente como para terminar lo que habían comenzado. Estaba bastante segura de que Edward no consideraba a Garrett en la cama de ambos como algo más significativo que uno de sus juguetes sexuales, pero ella no podía simplemente distanciarse lo suficiente para pensar así en Garrett. Y sabía que Garrett estaba emocionalmente comprometido en el acto cuando Edward estaba involucrado. No podía comprender cómo Edward lograba mantener sus sentimientos afuera. El tipo normalmente lanzaba su corazón como si fuera una pelota.
Debido a que sus pensamientos corrían con la perplejidad de la complicada relación de su esposo con su mejor amigo, le tomó a Isabella una eternidad encontrar la liberación. Su clítoris no tenía oportunidad contra los chorros del jacuzzi sin importar cuán difícil le resultara concentrarse. Alcanzaron juntos el orgasmo y luego se relajaron en el agua para recuperar el aliento. Apoyando la espalda contra el pecho de Edward, trazó los tatuajes en su antebrazo con un dedo.
No estaba insegura sobre sus sentimientos hacia ella, pero definitivamente quería mantener su atención, sin importar lo que hiciera falta.
—¿Te disgustaría que me pusiera un piercing en el clítoris? —preguntó ella.
Detrás de ella, el cuerpo de Edward se tensó.
—¿Qué? ¿De dónde salió eso?
No había manera de que ella le dijera lo que pasaba por su cabeza. Ella quería apartar su atención de Garrett, no dirigirla hacia él. Ella miró sus enrojecidos pezones. Estaban un poco irritados, pero todavía completamente excitados.
—Realmente me gustan mis joyas para los pezones. Pensé que podría ser sexy conectarlas con un piercing en mi clítoris.
—Eso sería sexy —dijo él sin aliento—. ¿Vas a hacerlo?
—Todavía no lo he decidido. Sólo me preguntaba si te gustaría.
—Me gustaría. —Él le besó el hombro y sus brazos se apretaron alrededor de su cintura desde atrás—. Me gusta todo de ti.
—¿Estás seguro? —Dios, sonaba necesitada. De repente quería golpearse a sí misma en los dientes.
—Estoy seguro.
Ella le creyó, pero a él probablemente le vendría bien otra distracción para sellar el trato. A ella definitivamente le vendría bien.
—¿Estás listo para que te folle por tu culo ahora? —preguntó.
El cuerpo de se sacudió inesperadamente.
—Ah, todavía no.
—¿Cambiaste de opinión? —Ella giró la cabeza para mirarlo—. No tienes que pasar por ello si no quieres.
—Quiero probarlo. Más tarde. Ahora sólo quiero abrazarte. Estoy agotado.
Ella se relajó contra él. Estaba siendo tonta. Él no estaba pensando en Garrett. Era su noche de bodas, y estaba pensando en ella. Ella era la que había tenido una fijación con el tipo todo el día, y tenía que detenerse. Ella tenía que detenerse.
—Esto es agradable —dijo.
—Perfecto —murmuró él.
Los párpados de Isabella se volvieron pesados. Lo siguiente que supo fue que el agua estaba fría y Edward roncaba suavemente cerca de su oído. Ella se movió, y él respiró sorprendido cuando recuperó la conciencia. Se frotó el rostro con ambas manos mojadas.
—Mierda, ¿nos dormimos?
Ella se miró las manos con consternación.
—Estoy toda arrugada —dijo, alejándose de él para poder salir de la bañera. Se envolvió el cuerpo con una toalla y le dio una a Edward, quien daba tumbos en la bañera como un borracho. —¿Estás bien?
Él sacó el tapón y el agua comenzó a drenarse.
—Frío y rígido.
Ella sonrió.
—Te calentaré y te pondré extra rígido. Es hora de que aparezca una verdadera cama en nuestra noche de bodas.
—Dame un minuto a solas aquí para prepararme —dijo él.
Ella sabía lo que eso significaba: él estaba dispuesto a participar en su más reciente experimento con la perversión. Ah, el hombre estaba hecho para ella. Ella asintió y lo envolvió con los brazos. Lo besó profundamente y luego se apartó para mirarlo a los ojos.
—Cuando quieras que me detenga, lo haré. Sé que tú harías lo mismo por mí.
—Confío en usted, Profesora.
Ella lo dejó en el baño y fue a recoger todo lo que necesitaría para vivir su fantasía más sucia con su marido. Bueno, su fantasía más sucia a la fecha. Pronto pensaría algunas nuevas.
En el dormitorio, apartó las sábanas y puso todas sus herramientas en una prolija fila. Ella no iba simplemente a tomar a Edward; iba a aumentar su deseo hasta que él le rogara que lo poseyera. Cuando él se reunió con ella, miró los implementos con curiosidad.
—¿Qué planeas hacerme, mujer?
Ella pasó la mano por la longitud del pequeño consolador negro atado sobre su pubis con un arnés.
—Follarte como se debe.
Ante sus palabras llenas de confianza, la polla de él se movió. Interesante.
—Acuéstese boca arriba en el centro de la cama —le instruyó ella.
—¿No sería más fácil...?
—Edward.
Él hizo lo que ella le pidió. Ella se arrastró entre sus piernas dobladas y le lamió las bolas hasta que estuvo duro como piedra y jadeando con excitación. Colocando una almohada debajo de su trasero para angular sus caderas para facilitar el acceso, ella cogió entonces el butt plug más pequeño, ese al que él estaba acostumbrado y que ella sabía que le gustaba. Todavía chupando su escroto, lubricó el tapón y le tocó el culo con él. Él jadeó. Usualmente, no estaba tan tenso.
Ella levantó la cabeza y chupó su polla hasta la garganta, introduciendo el tapón en el mismo instante. Él se estremeció con fuerza, inhalando agitadamente entre los dientes. Ella masajeó el extremo del tapón, moviéndolo alrededor dentro de él para abrirlo más. Él se relajó y gimió de placer. Ella sacó el tapón y tomó uno que era bastante más grande y más largo. Le lubricó el pasaje con dos dedos y luego embadurnó el tapón. Hubo cierta resistencia a éste; el cuerpo de él no estaba acostumbrado a algo tan grueso. Ella liberó su polla de su boca.
—Relájate, cariño —canturreó—. Relájate.
En el instante en que él se relajó, ella empujó. Él gimió.
—¿Estás bien? —preguntó. Cuando su única respuesta fueron una serie de respiraciones desiguales, ella se preocupó. —¿Edward?
—Dios, ¿por qué eso duele tan agradablemente?
—Ése es un poco más grueso que mi consolador —le dijo ella—. ¿Te gusta?
—S-sí.
—¿Qué quieres que te haga?
—Chúpame.
No el pedido que ella buscaba, pero obedeció. Tomó su polla en la boca de nuevo, dándole especial atención al borde haciendo chocar sus labios sobre éste. Su estómago se tensó a medida que se acercaba al orgasmo. Ella sacó el grueso tapón de su culo, y él soltó una exclamación en protesta.
—Oh, por favor —jadeó.
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, ponlo de nuevo.
—¿Qué quieres que te haga?
Él levantó la cabeza de la almohada para mirarla. Su rostro estaba ruborizado, los ojos vidriosos.
—Fóllame, Isabella.
Ella tomó el consolador atado sobre su montículo y se movió hacia arriba por el cuerpo de él. Apretó la cabeza del pequeño falo contra su culo, mirándolo a los ojos mientras lentamente lo poseía. Su cuerpo estalló en un sudor mientras ella se deslizaba más profundamente.
—¿Bien? —preguntó, pasándole una mano por la sonrojada mejilla. El aliento de él salía en duros y ásperos jadeos.
—Yo no puedo decidir si me gusta. Ve un poco más profundo. —Cuando ella obedeció, sus párpados temblaron—. Oh, sí, me gusta.
Ella lo reclamó lentamente al principio, meciendo las caderas. La dura polla de él le rozaba el vientre; líquido pre-seminal goteaba de la punta. Con una mano aferrando la sábana debajo de él, él aferró su verga con la otra mano y acarició su longitud al ritmo de sus embestidas. Definitivamente estaba gustándole esto. Mucho más de lo que ella había previsto. Quizás él siempre había querido ser tomado de esta manera; mucho antes de que la conociera.
—¿En quién estás pensando? —preguntó ella mientras se retiraba y empujaba hacia adelante una vez más. Lo llenó completamente, moviendo las caderas hasta que él gimió—. Edward.
—¿Huh?
—¿En quién estás pensando?
—No te detengas. Estoy cerca.
Ella podía verlo. Se echó hacia atrás y embistió hacia delante, tomándolo con fuerza, profundamente y rápido.
—¿Piensas en Garrett mientras te follo el culo? —preguntó ella.
Los ojos de él se abrieron, y él la inmovilizó con una incrédula mirada.
—¿Por qué diablos estaría pensando en Garrett?
Ella deseó haberse tragado la pregunta en lugar de lanzarla ahí entre ellos, sobre todo ahora, cuando él estaba tan vulnerable. Pero ya que había introducido el tema, era hora de decirle qué sentía Garrett realmente por él y averiguar si muy profundo dentro de él, Edward sentía alguna de las mismas emociones.
—Tengo que decirte algo —dijo ella.
—¿Decirme qué?
Ella respiró hondo.
—Garrett...
Un fuerte golpe sonó en la puerta de la suite. Edward se tensó y volvió la cabeza, mirando con los ojos muy abiertos.
—¿Qué demonios fue eso?
—Shh, shh. No es nada. Se irán.
Los golpes se intensificaron. Edward miró ansiosamente hacia la puerta, como si esperara que ésta se desprendiera de sus bisagras.
—¡Edward! ¡Abre la puerta! —gritó Jazz desde el otro lado.
La polla de Edward inmediatamente se suavizó y su cuerpo se tensó.
—Maldita sea —maldijo Isabella.
—Déjame levantarme —dijo él, luciendo como si estuviera a punto de vomitar.
Ella salió de él.
Él salió a tropezones de la cama y tomó una toalla para envolver sus estrechas caderas. Isabella tomó una bata del hotel del armario y envolvió su cuerpo para ocultar lo que sucedía debajo de su cintura. Se preguntó qué pensaría Jazz de su improvisada erección. No que alguna vez fuera a contarle a nadie acerca de sus experimentos con Edward. Ni siquiera a Garrett. Especialmente no a Garrett. Y debido a que a su marido le gustaba ser tomado por el culo, eso convertía al tipo en una mayor amenaza. ¿Verdad? O quizás lo convertía en una menor amenaza porque Edward le había dado a ella lo que nunca le había dado a Garrett.
Demonios, no sabía qué pensar, así que se concentró en algo un poco menos exasperante; la interrupción de Jazz.
—Los chicos probablemente sólo nos están gastando una broma —dijo ella.
—Voy a matarlos a todos —dijo Edward. De camino a la puerta, Edward se chocó con el carro del servicio de habitación sin tocar y se desvió hacia la pared, maldiciendo entre dientes y frotándose la rodilla. Recuperando el equilibrio y su asidero sobre la toalla, él abrió la puerta de un tirón.—Más vale que sea importante.
—¿Es Jazz? —preguntó Isabella.
Ella se asomó por un lado de Edward para encontrar a Jazz de pie en el umbral, su ex-prometida, María, junto a él. Isabella sonrió. Su plan para juntarlos de nuevo ya estaba funcionando.
—Ustedes deberían conseguirse su propia habitación. Nosotros estamos utilizando cada centímetro de la nuestra. —Isabella clavó el consolador de quince centímetros en la parte trasera de la pierna de Edward para recordarle qué centímetros habían estado usando recientemente.
Jazz no sonrió. De hecho, lucía como si estuviera a punto de estallar en lágrimas. Isabella no sabía que el hombre era capaz de lucir tan miserable. Jazz inhaló temblorosamente y espetó.
—Es Garrett.
El ligero corazón de Isabella se hundió hasta el fondo de su estómago. Edward se apoyó contra ella. No había esperado que Edward necesitara que fuera su roca tan pronto, pero podría ser eso para él. Su roca.
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OMG! ¿Ahora qué sucedió? Todo iba perfectamente…. Aunque también salvaron a Bella del drama je No olviden dejar un comentario, ni olviden pasarse por mi grupo super exclusivo de Facebook 'Twilight Over The Moon'.
¡Nos leemos pronto!
