Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.
Capítulo 47.
Había vuelto a trabajar. Le convenía porque era la excusa perfecta para decirle a sus padres que no podría ir a la clínica, pero en realidad no quería ir. No quería verlo. Ya sabía lo que pasaría cuando se vieran, así que solo estaba intentando aplazar la inevitable escena de InuYasha diciéndole que se separen por un tiempo hasta que esté listo para casarse nuevamente.
Se levantó de su desayunador cuando escuchó el timbre en el teléfono de invitados del edificio.
—Apartamento de Kikyō Hishā.
—Soy Kagome.
Un enorme escalofrío el recorrió el cuerpo y no entendía qué hacía ella allí, si se suponía que su hermano estaba siendo dado de alta. Desbloqueó la puerta y la invitó a subir.
Unos minutos después, Kagome estaba allí, con un pequeño pastel de chocolate en las manos y expresión apenada. A Kikyō le dio ternura.
—Me dijeron mis papás que estabas ocupada, así que me alegro de que aún estuvieras aquí.
—Sí, bueno, me iré dentro de poco. Muchas gracias. —Tomó el postre mientras Taishō cerraba la puerta—. ¿No deberías estar con tu hermano?
Aún se sentía recelosa por el incidente aquel, no podía olvidar las palabras de Kagome y sus celos venenosos.
—Él está bien, yo… quería pedirte disculpas, Kikyō —la siguió con la mirada hasta encontrarla. Estaba demasiado avergonzada y sentía pena por todo lo que le había dicho.
La aludida agachó la mirada y suspiró: ciertamente debía perdonarla, tenía que hacerlo. Era incluso absurdo todo eso. Sabía que se trataba de alucinaciones por el cansancio y el trauma de haber visto aquel fatal accidente.
—No te preocupes por nada, está bien. —Le dedicó una sincera sonrisa y vio como Kagome parecía quitarse un peso de encima, incluso por fin se sentó en uno de los desayunadores y se echó ligeramente para atrás, cerrando los ojos.
—Gracias, Kikyō, en verdad no sabes lo bien que me hace que me perdones por esto, sé que dije muchas tonterías. —Explicó, ya más calmada—. Pero me estaba volviendo loca.
La aludida asintió y le dio la razón. Suspiró y volvió a mirarla. No sabía cómo preguntarle eso, pero las dudas la estaban matando.
—Kagome, la amante de mi marido... —Pronunció Hishā, como si se tratara de navajas frías y afiladas.
Taishō sintió que le faltaba la respiración y se puso pálida como una hoja de papel. Al instante se enderezó y la miró horrorizada, no podía ser, ya lo sabía. Por todos los cielos, qué mierda le estaba tratando de decir. ¡¿Le había dicho acaso que era la amante de su marido?! Le dieron ganas de vomitar y casi sintió desmayarse.
—Qué… qué dices… —balbuceó, sintiéndose mareada.
Kikyō corrió en su auxilio, nuevamente sin entender nada de lo que pasaba.
—Kagome, Kagome, ¿estás bien? Por Dios, ¿quieres un poco de agua? —La llevó rápidamente hasta el mueble, la sentó y corrió por agua con azúcar. Al regresar, la chica se veía más calmada—. Qué pasó.
Kagome suspiró y mintió, como era de costumbre. Se dio cuenta de que no se trataba de lo que pensaba y que por poco se delata ella sola. Tonta, Kagome tonta.
—Lo lamento, creo que debo tomar más vitaminas. —Observó a Hishā con curiosidad, tratando de ver qué había en su mirada—. De qué hablas, ¿la amante de mi hermano?
—Solo quería saber si ella había ido a visitarlo a la clínica. —Dijo por fin, digiriendo el susto reciente.
Kagome se tomó el agua de una vez y agachó la mirada. Tuvo ganas de gritarle que la «amante» de InuYasha, así como ella le decía, estuvo ahí todo el tiempo, de hecho, casi se vuelve loca por no despegarse de él durante tres días seguidos en los que no comió y casi no durmió nada. Dejó el vaso sobre la mesilla de centro y miró a Kikyō muy seriamente, ya sin miedos y con decisión.
—No, nunca fue.
Eso fue todo lo que dijo.
Mientras el cuerpo de Kōga intentaba hundirse en el suyo, sus manos enormes apretaban su cuello con pasión y los besos en su pecho parecían pura lava ardiente. Semidesnudos aún sobre la cama de Kagura, Kōga se sentía perdido en aquel cuerpo hermoso y perfecto que comenzaba a volverlo loco con cada día que no podía tenerlo. Le pasó las manos a palma abierta por donde más pudo, pero algo no lo dejaba concentrarse.
—Basta… —gimió ella y empezó a apartarlo con las manos.
Salió de su trance lo más rápido que pudo y la observó con los ojos desorbitados. Qué mierda…
—Qué sucede. —Le dijo en tono frío, mientras se levantaba y la veía con seriedad. ¿Acaso tenía a otro?
Kagura se tapó el cuerpo como más pudo, no estaba nada bien.
—Yura lo sabe todo. Me vino a buscar para pelear. —Recordó la escena y el momento se hizo aún más incómodo.
Kōga exhaló como si otro problema hubiera llegado a su vida. Se maldijo internamente por ser tan descuidado y no supo qué decir. Sintió vergüenza y pena por lo que le estaba haciendo a Yura y Kagura al mismo tiempo.
—Lo siento, yo…
—No le dije nada, solo dejé que hablara y se fuera. —Comentó, también con seriedad—. Es obvio que no te ha dicho lo que pasó.
Él asintió.
—Creo que esto se debe terminar aquí. —Se levantó de inmediato y acomodó sus pantalones, dándole la espalda.
Kagura lo observó con una expresión que ella misma no supo cómo describir. Podría estarse muriendo por él, pero jamás le rogaría que se quedara con ella. Ningún hombre habría logrado tanto. Nunca le rogaría y menos a él.
—Como quieras. —Su voz no falseó y eso le dio seguridad.
Su amante la miró de nuevo, con aquellos ojos celestes que parecían penetrarle el alma misma. Quería devorarlo por completo —ahora sí— y tenerlo entre sus brazos toda la maldita vida, pero no iba a mover un solo dedo por retenerlo.
Kōga se quitó la ropa de manera suave. Se mostró desnudo frente a ella y sonrió con sensualidad. Ella también sonrió y sus corazones volvieron a latir con fuerza desenfrenada. Le quitó las sábanas y la ropa interior.
—En fin. —Tomó cada rodilla femenina y las separó lo que más pudo, hundiéndose en el espacio más tibio de ella—. Al diablo con Yura.
No podía moverse aún con facilidad. Le dolía el cuerpo, todavía sentía estragos de aquel terrible accidente. Aunque con ayuda de sus padres pudo subir las escaleras del templo, le trajo muy malos recuerdos pasar por ahí.
Cuando entraron al templo, la escena de él arrodillado frente a su hermana pidiéndole que no dejara que se casara con Kikyō, le inundó la mente. Lo volvería a hacer mil veces.
Seguía sin decir palabra. Kirara lo recibió animada, no quería despegarse de él. Después de que Kyō le dejase algunas toallas calientes y medicina en su buró, se acomodó sobre la cama, mirando hacia el techo. La pobre chica ahora tendría más trabajo de lo normal con él enfermo. Aunque nunca era demasiado, su madre siempre se ocupaba de la mayor parte de quehaceres y esa vez, seguro que también de su salud.
Su… madre.
—¿Se puede?
Con la poca flexibilidad que le daba su collarín, alcanzó a ver con su vista periférica que se trataba de su hermana y asintió levemente. Escuchó sus pasos suaves hasta llegar cerca de su cama y sentarse en el sillón que estaba a lado.
—Al fin estoy en casa. —Comentó con su tono de voz bastante bajo. No sabía qué más decir, quería preguntarle y contarle un millón de cosas.
—Siento mucho todo esto, tal vez si yo te hubiera dicho que no te casaras… —Recordó todo el panorama y quiso llorar—. Soy un fiasco.
—En realidad me salvaste. Este accidente me aclaró mucho los pendientes.
Kagome se quedó en silencio y observando la perfección del rostro de su hermano. Lo atractivo que lucía cuando se ponía serio y analizando lo que acababa de decir. Esperaba que no fuera algo que la excluyera a ella de su vida. Total, no quería preguntar tanto sobre eso.
—Sobre la escena que le hice a Kikyō… me fui a disculpar con ella. Siento que por ahora no te quiere ver. —Informó rápido, sin evitar sentir alivio.
—Y yo a ella tampoco. —Inmutable, así estaba. Algo había escuchado de la crisis de estrés de Kagome con Kikyō, pero francamente no tenía ánimos para saber sobre aquello. Tenía tantos problemas encima.
—En cuánto tiempo podrías volver a caminar y moverte con normalidad. —Ignoró el comentario anterior ya que no quería hacerse ilusiones y menos en esos momentos. No sabía cómo sacar una conversación con él, pero se veía tan serio y hasta raro—. ¿Estás bien?
—Tal vez en quince días, para la boda de Sango.
Su mente divagaba en dos cosas: su madre y cómo llegó ese vídeo a sus papás, quién lo grabó, por qué…
—Qué bien. —Desvió la mirada, ya lista para irse. Se sentía tan incómodo el ambiente.
—Oye, en qué momento terminaste con Kōga… —era lo único que se le ocurría: Kōga podría ser el único ser zarrapastroso en la especie humana que podría grabar ese tipo de cosas—. Y por qué salió tan rápido con Yura.
Kagome rio nerviosa un momento sin saber cómo explicar que todo era mentira.
—En realidad no fue nada serio —a su mente llegaron los recuerdos de la cárcel y todo aquel infierno— y nunca me acosté con él, todo fue un mal entendido.
InuYasha asintió. En ese momento no le importaba mucho ese dato, sino entender por qué ese imbécil haría algo como eso, arruinando la relación con sus padres y orillándolo a casarse con una mujer que ya no quería ni un poquito.
—Y tú… ¿Alguna vez nos has grabado? —En ningún momento de la conversación ellos se miraron, todo era un silencio incómodo rellenado por pequeñas preguntas que él hacía.
A Kagome se le heló la sangre e imaginó que quizás el vídeo que Kōga les había grabado también le llegó a él. No podía hundirse ella sola, eso implicaría contarle a InuYasha tantas cosas, desde aquel fatal beso en la editorial, hasta ese momento y la verdadera razón por la que estuvo en la cárcel.
—No… nunca. —Otro prolongado silencio incómodo se formó—. ¿Por qué?
—Nada, solo era curiosidad…
Continuará…
En el próximo capítulo:
«Ese día al fin le había llegado el vestido para la boda civil. Claro que se casaría de blanco, era un sueño perfecto para ella. Se casaría de blanco en cada boda que tuviera, incluso si eran cien.
[…]
Nada en la vida podría arruinar su felicidad.
Nada.
—¡Voy a arruinarte la vida! —La oyó gritar, frustrada al parecer.
—¡No te molestes! […] ¡Mi vida se arruinó cuando te conocí!
[…]
—Solo quiero recordar siempre tu cara, tu cabello castaño y tus expresiones hermosas. —Lo dijo como hipnotizado. La culpa de ser un maldito cobarde lo estaba matando».
¡Puro MirSan en el próximo capítulo!
