No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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El viaje al hospital era lo suficientemente malo para Edward sin tener que soportar la presencia de María Chase en su taxi. No sólo la pelea que había puesto a Garrett en el hospital había empezado debido a ella, sino que la mujer convertía a Jazz en un completo idiota. Bueno, que ella lo dejara lo había hecho. Y Edward no estaba de humor para estar en el mismo país que ella, mucho menos en el mismo vehículo.

Quizás se estaba enfocando en su intenso desagrado hacia la mujer, más precisamente su odio por el efecto de la mujer sobre el intelecto de su amigo, más que en las heridas de Garrett porque pensar en perder a su mejor amigo lo hacía querer vomitar. O gritar. O llorar. O romper algo. Sentarse en calma en el asiento trasero de un taxi no le hacía bien.

Un sudor frío goteó por el centro de su espalda, y cada músculo de su cuerpo dolía por la tensión a punto de destruirlo. Si Isabella no hubiese estado tomando su mano, probablemente hubiera perdido la cabeza.

Cuando el taxi se detuvo en frente de la entrada del hospital, Jazz y María se bajaron inmediatamente, pero Isabella se negó a ceder. Él la miró con dudas, necesitando apresurarse.

—Él estará bien —dijo Isabella con calma, apartándole el cabello del rostro en una caricia—. Sé que esto te desgarra por dentro, pero no puedes dejar que Garrett te vea así. Va a pensar que La Parca está de pie sobre cama. Puedes derrumbarte después, lo prometo. Pero sé fuerte para él ahora.

Edward no sabía si efectivamente podía ocultar su agitación, su angustia, su maldita impotencia, pero Isabella tenía razón. Tenía que fingir estar seguro de que Garrett iba a salir de esto ileso, porque la alternativa era demasiado horrenda para soportarla. Incluso la idea era agobiante.

Él asintió.

—Me mantendré entero de alguna manera.

—Estoy aquí. Puedes apoyarte en mí, ¿de acuerdo?

Él asintió mudamente. Se preguntó cómo sabía ella cuánto necesitaba oír eso.

—Te amo —dijo ella, sin esperar a que él correspondiera el sentimiento antes de salir del taxi. También había necesitado oír eso.

Garrett estaba de buen humor cuando finalmente entraron a su habitación diez o doce siglos más tarde. El espacio de tiempo probablemente había sido de minutos, pero cada uno se había sentido al menos como cien años. Edward fingió que la herida de la cabeza de Garrett no era seria, (las convulsiones no eran tan malas, ¿verdad?) y bromeó con él sólo porque cualquier otra acción lo habría reducido a un idiota llorón.

Garrett enganchó dos dedos en el bolsillo delantero de Edward y se aferró a él durante toda la visita, así que Edward estaba bastante seguro de que él no era el único fingiendo calma y serenidad. Edward logró mantener la charada hasta que el neurocirujano los echó del cuarto de Garrett e Isabella lo envolvió con los brazos en la sala de espera al final del pasillo.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—N-no —dijo él—. Dije que lo tendría merecido si resultaba ser algo serio y ahora... —Tragó el sollozo que intentaba asfixiarlo.

—No lo dijiste en serio, cariño. Sabes que no.

No lo había dicho en serio, pero eso no cambiaba el hecho de que lo había dicho. Y había ocurrido. Había ocurrido. Oh, Dios.

Edward aplastó a Isabella contra él y se volvió hacia la pared para que nadie viera las lágrimas nadando en sus ojos. Intentó evitar que cayeran, pero su esfuerzo fue tan eficaz como evitar que el sol se pusiera. Se las arregló para no llorar al aspirar aire a través del temor paralizante que apretaba su garganta como una prensa.

Cuando el resto del equipo de soporte de Garrett entró a la sala de espera, Edward apartó a Isabella y se limpió los ojos endemoniadamente llorosos con el borde de su camiseta. María entró con Jazz, y Edward se aferró a la ira que sentía hacia la mujer. La ira mantendría las lágrimas a raya.

Comparada con la angustia, la ira era una emoción sencilla con la que lidiar.

Así que mientras se sentaba junto a Isabella esperando a que Garrett saliera de la cirugía, se permitió enojarse. Cuando fuera que encontraba su mente vagando hacia Garrett y cuánto perdería si ese hombre era arrancado de su vida, Edward fulminaba con la mirada a María durmiendo pacíficamente contra el hombro de Jazz y le daba la bienvenida a su irritación ante su reaparición en la vida de Jazz. Durante horas, Edward se enfocó en todos los problemas que la mujer había causado: la pena, el insomnio y el maldito desprecio insensible de Jazz por los enredos emocionales de Edward con las mujeres.

La pelea en su despedida de soltero había comenzado debido a ella. Todo lo malo que le había sucedido a Edward en las últimas veinticuatro horas, demonios, en los últimos dos años, era culpa de María. Su discusión con Isabella anoche. La herida en la cabeza de Garrett. Los ojos negros que Edward había lucido en el maldito día de su boda. La garganta dañada de Jazz. Todo eso, la maldita culpa de María.

Edward se aferró a su odio por la mujer como a una manta de seguridad. Su desprecio era lo único que evitaba que se acurrucara en posición fetal bajo la incómoda silla y sollozara. Había desarrollado una buena furia hacia el bombón de cabello rubio rojizo para cuando el doctor vino a la sala de espera a anunciar que Garrett había salido de la cirugía.

Cuando el doctor dijo:

—Las lesiones cerebrales son difíciles. —Edward supo que no iba a mantenerse calmo durante mucho tiempo más. O bien iba a tener que golpear algo o iba a desmoronarse frente a su nueva esposa, sus compañeros de banda, uno de sus héroes del rock (el hermano mayor de Garrett, Tair), y ese maldito dolor en el culo, María Chase.

No estaba en forma para sentarse a esperar que la anestesia de Garrett se disipara, y su brillante esposa, bendita ella, pareció darse cuenta de ello.

—Edward y yo regresaremos a las ocho de la mañana —dijo, mandoneando a las estrellas de rock como sólo ella podía.

¿Ocho? Sí, eso debería darle a Edward suficiente tiempo para calmarse, y quizás para ese momento Garrett estaría listo para recibir compañía. Dios, por favor, haz que para ese momento esté listo para recibir compañía.

—Entonces Jazz y yo vendremos al mediodía —dijo María.

Como si Garrett quisiera verla después de todo. Edward la fulminó con la mirada. Ella no pertenecía aquí. Él no la quería aquí. Sabía que Garrett tampoco no la querría cerca. Pero quizás Jazz se la merecía, porque se aferraba a cada palabra suya como un idiota enfermo de amor.

Isabella había tenido un poco más de tacto. A la traidora de hecho parecía gustarle María. La necesidad de Edward de soltar algunos golpes crecía exponencialmente con cada minuto. Se despidió rápidamente, pero evitó a Jazz, no sea que le pegara un puñetazo en la cara. No podía golpear a María. Tomó a Isabella del codo y se apresuró hacia el elevador, esperando por Dios que pudieran salir de este maldito y opresivo hospital antes de que se viera obligado a enfrentar a Jazz cara a cara. No estaba seguro de poder controlar su ira en este punto.

—¿Por qué estás tan enojado? —preguntó Isabella mientras él martillaba el botón de descenso en el sector de elevadores.

—No lo estoy.

—Mentira, cariño. Estás como una bomba a punto de estallar.

No podía negarlo, así que decidió soltarlo.

—¿Por qué ella tenía que volver ahora, en este momento?

—¿Quién?

—María.

—¿Tienes algún problema con ella?

—Sí, tengo un problema con ella. La odio completamente.

—¿Por qué?

—Porque sí —gritó él y comenzó a apoyarse firmemente contra el botón de descenso. Isabella lo tomó en brazos, y él dejó de hostigar el elevador.

—No la odias —dijo Isabella.

—Sí la odio.

—No, odias que ella convirtió a uno de tus mejores amigos en un idiota dominado.

Él casi rió entre dientes. Salió más como un suspiro exasperado.

Isabella lo apretó, y él se relajó ligeramente. Se había enojado demasiado a propósito; era mucho más fácil concentrarse en odiar a María que en amar a Garrett. Edward nunca más volvería a tocar la guitarra de nuevo si perdían a esa astuta mierdita. Nadie sería capaz de reemplazar a Garrett en la vida o carrera de Edward. Nadie.

—Respira hondo y déjalo ir —dijo Isabella—. No vas a cambiar la opinión que Jazz tiene de ella. Si son adecuados el uno para el otro, vas a tener que acostumbrarte a ella y si no lo son, tienen que descubrirlo solos.

—Lo sé —dijo él—. Simplemente no puedo lidiar con eso encima de todo lo demás.

—Lo resolveremos cuando Garrett esté mejor.

Él sabía que ella tenía razón. Necesitaba enfocarse en la tragedia más importante de su vida. Y cuando Isabella lo besó, estuvo seguro de que podía dejar ir la desaprobación de la relación romántica entre un imbécil bastante grande y el coño que lo dominaba. Al menos eso pensaba hasta que Jazz se acercó a él con la mujer en cuestión escondida detrás de su ancha espalda.

—Hey —dijo Jazz.

—Hey —respondió Edward, y se habría detenido ahí si Jazz no hubiese sido lo suficientemente estúpido para hablar sobre qué molestaba a Edward.

La acalorada y fuerte discusión con Jazz escaló rápidamente. El idiota no podía ver la maldición que María era en la vida de todos, no sólo la suya. Cuando el elevador finalmente llegó, Isabella lo empujó adentro con Jazz y dijo:

—Los encontraremos abajo. Ustedes dos tengan una pequeña charla. O mátense a golpes. Lo que sea.

Oh, iban a dejarlo salir. Mínima charla, máximos puñetazos.

—¿Cómo pudiste volver a aceptarla? —le gritó Edward a Jazz—. ¿Te das cuenta cuánta mierda me hiciste pasar mientras intentabas superarla?

—¿Es mi culpa que a tus chicas les guste follarme a mí en vez de a ti?

Quizás debería haber estado agradecido de que Jazz supiese cómo hacerlo enojar. Había necesitado explotar, y Jazz había acababa de apretar el gatillo. Edward golpeó a Jazz en la mandíbula, sus nudillos protestando por la fuerza del golpe. Jazz golpeó el fondo del elevador y luego se lanzó hacia Edward justo cuando las puertas del elevador se cerraban. Jazz le dio un buen golpe en la boca, y Edward soltó toda la furia que había estado creciendo en su interior desde que su luna de miel hubiera sido tan bruscamente interrumpida por el idiota y su stripper trofeo.

Edward estaba completamente falto de aire para cuando se dio cuenta cuán unilateral se había vuelto esta pelea. Jazz era mucho más grande y un peleador mucho más experimentado que él, así que, ¿por qué él acertaba dos o tres golpes por cada uno de Jazz? Su enojo agotado, Edward dio un paso hacia atrás y fulminó a Jazz con la mirada, respirando con fuerza y apretando los puños.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Jazz antes antes de lamerse la sangre del labio partido.

—No me sentiré mejor hasta que dejes a esa maldita perra.

Jazz se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Entonces vas a vivir una vida miserable, amigo.

Si Jazz mantenía cerca a María, serían dos. O mejor dicho tan pronto como ella lo dejara nuevamente, Jazz regresaría a sus miserables costumbres. Ella lo había abandona una vez por dinero, ¿realmente él creía que esa perra avariciosa había cambiado tanto en dos años? Edward cerró los ojos y soltó un exasperado resoplido.

—Si necesitas golpearme un poco más, mejor te apuras —dijo Jazz—. Casi estamos en el lobby.

Edward se echó a reír y se frotó la tensión de la frente con las palmas.

—Mierda, Jazz. Eres un idiota cuando estás cerca de esa mujer. ¿No te das cuenta?

—Sí. Pero, ¿eso cambia cómo me siento por ella? —Sacudió la cabeza—. Ni un poco.

Quizás verla bajo una luz diferente lo haría cambiar de idea.

—Si no fuera por ella, Garrett no habría resultado herido. Pudo haber muerto. Todavía podría morir.

Jazz bajó la mirada y sacudió la cabeza.

—Si vas a culpar a alguien por lo que le sucedió a Garrett, cúlpame a mí. Ella no me pidió que la sacara de ese escenario. —Rió entre dientes y se frotó la mandíbula—. De hecho, se enfadó mucho porque lo hice.

—¿Tan enojada que aterrizó de espaldas contigo entre sus piernas?

Jazz frunció el ceño.

—Sé que estás disgustado, pero cuida tu maldita boca. No permitiré que hables así de ella.

El elevador resonó cuando alcanzaron la planta baja. Edward tropezó cuando un par de manos se metieron en el elevador, lo tomaron de la camiseta y lo lanzaron de cara al piso de duras baldosas.

—Whoa —dijo Jazz—. Cuidado con los genitales del hombre. Tiene una nueva esposa a la que follarse esta noche.

Edward dudó que follara mucho durante el resto de la noche, pero sí apreció la preocupación de Jazz por el bienestar de sus genitales. No le importaría la misma preocupación por su pecho y rostro.

—Seguridad del hospital. Los vimos peleando en el elevador —dijo una voz desde alguna parte por encima de donde Edward yacía tendido con una aguda rodilla clavada en el centro de su espalda.

—Somos amigos —le aseguró Jazz al guardia. De alguna manera él había evitado que lo obligaran a tirarse al suelo. Quizás el par de guardias pensaba que no podían someterlo—. Sólo necesitábamos liberar un poco de tensión entre nosotros. Estamos bien ahora. ¿Cierto, Edward?

—Estupendo —dijo Edward con un gruñido de dolor.

—¿Nunca han necesitado hacer que un amigo recupere el sentido a golpes? —le preguntó Jazz al guardia.

—No en el elevador de un hospital —dijo el guardia. Pero quitó el peso de la espalda de Edward.

—Lamento eso. Podemos repetirlo en el estacionamiento si Edward quiere —dijo Jazz.

—No, gracias —dijo Edward—. Estoy bien.

Alguien ayudó a Edward a ponerse de pie, y Jazz le envolvió los hombros con un brazo. Edward no estaba seguro si el abrazo de hermanos era un show, para que los guardias creyeran que eran amigos, o porque necesitaba a alguien en quien apoyarse, pero a Edward no le importó.

De hecho, el brazo de Jazz a su alrededor le dio una sensación de fuerza y bienestar. Jazz tenía ese tipo de efecto en la gente. Sólo tenía un terrible gusto en mujeres. Tanto como a Edward le gustara oír a los guardias rememorar las palizas que habían dado y recibido en manos de amigos, estuvo terriblemente feliz de ver a su hermosa nueva esposa salir del elevador unos minutos después.

Ni siquiera le importó que María estuviera con ella. Pronto Isabella y él estarían solos en su habitación de hotel y Edward podía fingir que estaba bien con Garrett, sin que todo el mundo observara.

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Esperemos que Garret esté bien, y que Jazz se deshaga de María ush!

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¡Nos leemos pronto!