El trayecto que separaba el Centro de Detención de Menores Hollysbrooke de su casa a pie, había sido bastante más largo de lo que Ontari Woodward solía recordar pero tampoco tenía demasiada prisa en volver.
Es más, su mierda de vida podía esperar por una vez, se dijo.
Cuando metió la llave en la cerradura de su casa y entró solo encontró una casa algo más grande, desordenada y vacía de la que recordaba y se quedo de pie en silencio recorriendo cada rincón del salón con la mirada.
A Emori le hubiese gustado poder ir más a menudo allí a visitarla, en los escasos permisos que Hollysbrooke le había concedido en los últimos tres años, su amiga la había visitado dos o tres veces, y ahora la recordaba sentada sobre aquella vieja alfombra sonriendo, riendo y bromeando mientras veían junto a Aden y Maddie una vieja película a la espera de que Ilian llegase con un par de pizzas y refrescos.
Ontari que aún trataba de procesar, de asimilar que no volvería a oír aquella risa nunca más, que no volvería a ver a Emori haciendo aquellos ridículos bailecitos para hacerla reír que solo ella hacía mientras hablaban de cosas de chicos y sin esperarlo, agradeció que la pared de detrás sujetase su espalda porque ahora mismo el suelo bajo sus pies se tambaleaba.
No había llorado. Su amiga más cercana había muerto y ella había sido incapaz de soltar una sola lágrima hasta el punto de cuestionarse o no, si seguía siendo humana.
Ontari se separo a duras penas de la pared y se dirigió al sofá sentándose en él en silencio, muy quieta. Verdaderamente quieta mientras su cerebro trataba de asimilar los últimos acontecimientos de su vida.
Gustus había tardado varias horas pero se había dado una ducha, puesto una muda interior limpia y vestido decentemente dispuesto a demostrar al cretino insulso de Roan que se equivocaba con él al respecto de lo de ser un mal padre con sus hijos y no mantener a su familia.
Cuando bajo los escalones abrochándose los botones de la camisa de franela que había encontrado en el fondo de un viejo armario y vio a Ontari allí, se miró en el reflejo de uno de los retratos colgados de cuando Luna, Ilian y Lexa eran pequeños y trató de acicalarse un poco para parecer algo más respetable.
—Ese estúpido idiota no sabe con quien se mete, le demostraré que se equivoca, ya vera —farfullo Gustus comenzando a colocarse bien el cuello de la camisa frente al débil reflejo de pie aún sobre algunos escalones a media escalera.
Ontari que escuchó aquella familiar voz que no oía desde hacía más de medio mes, cerro sus ojos dándole la espalda y solo quiso que todo a su alrededor desapareciese.
Gustus que miró desde lo alto hacia el sofá viéndola darle la espalda, se llevo la mano al pelo tratando de darle algo de forma con las manos sin parecer desgarbado en el proceso.
—¿Tú no deberías de estar en clase o algo así? —preguntó él sin reparar en el tiempo que ella había estado fuera y al parecer, obviando del todo su ausencia.
Ontari que ni se molestó en contestar a aquella absurda pregunta de su parte se dio cuenta de algo muy triste. Lo primero es que su padre ni había notado que ella faltaba desde hacía ya tiempo y lo segundo, es que tampoco la había echado de menos.
¿Ocurriría lo mismo si fuese cualquier otro de sus hermanos? ¿la habrían echado de menos ellos? ¿la habría echado alguien más en falta?...
—Oh no tranquila, no me contestes con tanta rapidez no te vayas a herniar —dijo él tras ver que el pelo le había quedado bien bajando el resto de los escalones para coger una de las chaquetas de Ilian—. Dile a tus hermanos que he ido a la Oficina de Empleo. Me apetece reconducir mi vida para darle en las narices a un capullo que yo me sé...
Gustus se dirigió a la puerta para salir pero un segundo después se arrepintió y se asomó a mirarla.
—Ah, pero que volveré para la hora de la cena —dijo él con la chaqueta en la mano dispuesto a irse—. Seguramente tendré el estomago algo revuelto así que no os esmeréis demasiado, no hace falta, con algo ligero me conformo.
Gustus salió por la puerta cerrando a sus espaldas poco después solamente dispuesto a joder a Roan, y Ontari se quedo sumida en el silencio de aquella gran casa cuyas paredes y la pena que sentía por la perdida de Emori, ahora la asfixiaban.
Continuara...
