SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no es dueña de ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

-.-.-.-.-.-

-.-.-.-.-.-

Capítulo Cuarenta y Nueve:

La Brújula

"Qué pasa?" Inuyasha le preguntó a Kagome mientras se sentaban uno al lado del otro en la pequeña cabaña, la brújula en la mano de Kagome y Onaconah estacionado frente a ellos mirando el objeto, esperando un milagro que parecía imposible.

"Ojos Tormentosos?" Presionó el viejo demonio, el apodo hizo que el corazón de Kagome latiera un poco más rápido en su pecho por temor a decepcionar a un anciano tan amable. "Dinos."

La joven miró los esperanzados ojos de Onaconah y sacudió su cabeza antes de enfocar su mirada en el pequeño objeto. Lamió sus labios y luego los mordió mientras la flecha seguía girando en círculo, sin detenerse ni por un instante. "Solo, dame un segundo." Pidió ella suavemente mientras giraba la brújula de un lado a otro, sosteniéndola frente a ella para ver si captaba algo, esperando que la dirección diferente diera resultados diferentes—nada cambió.

Ella frunció sus cejas en confusión al ver la flecha en constante movimiento, tratando de recordar si había habido algún truco especial para hacerla apuntar antes: no podía pensar en nada. Con Jinenji, la brújula había hecho todo el trabajo, el leve susurro de su nombre la llamó y luego la flecha había apuntado repentinamente—ella no había hecho nada, al menos nada en lo que pudiera pensar.

Kagome ladeó la brújula en sus manos, mirándola intensamente, tratando de empujar su poder a través de ella sin saber cómo. Frunció su entrecejo en concentración tratando de encontrar ese lugar donde se generaba su poder, pero no pasó nada y relajó sus rasgos en una expresión de depresión y confusión, sintiéndose vacía y desmotivada. "Por qué no funcionas?" Le preguntó en silencio mientras resistía el impulso de sacudirla. "Qué es tan diferente entre ahora y entonces?" Frunció y se encorvó. "Por qué?" Hablaba suavemente casi para sí, pero el Capitán todavía la miraba fijamente, con sus orejas atentas e intrigadas.

"Kagome?" Dejó su nombre en el aire suavemente, su propio corazón comenzó a latir con fuerza con la anticipación de que la brújula apuntara. "Esto tiene que funcionar." Se dijo mientras imaginaba a su hijo, imaginaba a su nuera, imaginaba su barco y a todas las personas en él, desde Shippo hasta Myoga. "Por favor, Kagome, haz que funcione."

"Antes," comenzó su explicación, su corazón se desplomaba en su estómago con cada palabra. "Con Jinenji e incluso cuando estuvimos en el barco ayer," se paralizó, su voz murió en su garganta al darse cuenta de las implicaciones de su fracaso. "No podemos encontrarlos sin esto, y si nunca los encontramos—todo sería mi culpa."

"Vamos, Kagome," Inuyasha interrumpió sus pensamientos, extendiendo la mano para colocarla en su barbilla, tratando de hacerla levantar los ojos para que pudiera mirarlo.

Ella apartó su mentón en respuesta y sacudió su cabeza negándose a mirar los ojos esperanzados pero preocupados de Inuyasha. Respiró hondo y se obligó a hablar, ignorando la preocupación de los dos hombres que la rodeaban. "Antes—la brújula solo apuntó, algo que hizo por sí sola." Murmuró con tristeza mientras finalmente levantaba su rostro para mirar a Inuyasha, cuya mirada ahora se había desplazado a la brújula, sus ojos color miel eran firmes. "No hice nada para hacer que apuntara, simplemente lo hizo y no sé por qué. No sé cómo hacerlo ahora—," ladeó la brújula más hacia él, un dedo golpeteaba en el vidrio. "No sé cómo hacer que funcione." Susurró ella, su voz quedó en silencio.

"No sabes cómo? Pero yo pensé—que cada vez—." Su voz se desvaneció y esperó a que hablara.

Ella trató de sonreír a modo de disculpa, pero la expresión se tornó dolorosa. "Nunca hice nada." Le admitió. "Siempre—pasaba algo así."

Inuyasha se reclinó en su lugar, su expresión ilegible mientras miraba la pared de la cabaña, más allá del hombro de Onaconah. "Maldición." Maldijo para sí, la palabra ni siquiera penetró en su mente. Quería gritarle, gritar, romper algo, preguntarle por qué nunca se había molestado en decírselo. "Maldición." El sentimiento se repitió en su cabeza y gruñó mientras bajaba la cabeza para sostenerla con las manos, sus dedos se clavaron en su cabello, sus garras casi herían su cuero cabelludo. "Calma." Se dijo, la sangre bombeaba por su cabeza con fuerza en sus oídos. "No te enojes con ella, no es culpa suya." Inhaló un profundo y tembloroso respiro, obligando a que los latidos de su corazón volvieran a estar bajo control.

"No debí haber asumido." Se dijo, echando la culpa en él en lugar de en ella. "Que Kagome podría usar la brújula, no debí haber pensado que lo sabía naturalmente." Frunció oscuramente para sí. "Pero vamos!" Frunció profundamente. "Quiero decir, la usó con Kaede como si no fuera nada y luego otra vez con Jinenji y apenas ayer!" Mordió su labio incrédulo, "Cómo es que nunca me di cuenta de que ella no podía usar la brújula a voluntad?" Suspiró con frustración y soltó las manos de su cabello que estaba a punto de arrancarlo de raíz. Con un leve gruñido, se frotó el sensible punto antes de mirar a Kagome que se parecía cada vez más a una flor marchita con cada segundo que pasaba. Al instante, su rabia comenzó a desvanecerse al ver su tristeza.

"No es culpa de la mujer." La voz del demonio era suave en su cabeza.

Inuyasha suspiró en respuesta y sacudió su cabeza: sabía que el demonio tenía razón. Con unos respiros más profundos, miró a Kagome, su rabia ahora bajo control y se centró más en su propia reacción exagerada. "Entonces no tienes idea?" Su voz era suave, pero el sonido seguía siendo franco y frío para los otros dos en la cabaña. "No sabes qué la hace funcionar?"

"Lo siento." Respondió ella mientras acercaba la brújula hacia su pecho, sosteniéndola cerca mientras su labio temblaba de tristeza y auto desprecio. "Fue una gran idea," habló en voz baja sabiendo que sus palabras eran huecas, comenzó a abrir la boca para hablar más, pero se detuvo cuando vio al Capitán agachando la cabeza, mirando al suelo oscuramente.

Kagome también bajó la cabeza sabiendo que había sido una gran idea, que había sido una maravillosa falsa esperanza para su difícil situación. "Estábamos tan cerca." Pensó mientras cerraba sus ojos y dejaba que una lágrima bajara por su mejilla, una ola de tristeza la perseguía. "Si tan solo supiera cómo hacerla apuntar, si solo supiera cómo encontrar los fragmentos, todo esto es mi culpa." Bajó la cabeza un poco más y apoyó el mentón en el pecho mientras empujaba sus rodillas hacia el mentón, tratando de ocultar su vergüenza en su posición cerrada y apretada. "Si tan solo pudiera controlarla," sollozó suavemente mientras continuaba reprendiéndose, su mente divagaba por sí misma haciendo conexiones con su estado actual y uno del pasado, pensando en un recuerdo que no era exactamente un recuerdo sino un pensamiento que no era solo un pensamiento.

"Debes encontrar algo para canalizarlo…"

Kagome parpadeó, ese mundo blanco parecía rodearla por un segundo aunque solo fuera en su mente, burlándose de su visión. Podía ver el remolino de energía inconfundible, ese extraño espacio ausente completamente lleno de él y con algo que no podía identificar, algo que no quería ser identificado. "Un vacío blanco." Sintió la frase entrar en su corazón como si ni siquiera vinieran de su mente.

Cerró los ojos, la blancura ante su visión parecía durar para siempre. "Eso fue real?" Se preguntó mientras trataba de recordar todo sobre ese lugar, ese lugar no indefinible. "Me pregunto," sacudió la cabeza sintiéndose tonta por preguntarse si un sueño podría ser real. "Pero podría ser, no?" Trató de razonar consigo misma: después de todo, era posible que ella no hubiese muerto, pero aún así parecía que sí lo hubiera hecho. "Mientras estaba en ese mundo, pude haber parecido muerta para las personas de este?" Sacudió su cabeza. "Estoy asumiendo que sucedió, que fue real—lo fue realmente?"

Cerró los ojos e imaginó de nuevo esa sensación ingrávida, imaginó su universo completamente al revés, imaginó esa voz en su cabeza.

"No estás ni viva ni muerta," dijo la voz tranquilamente, el sonido parecía cubrir todo en un suave manto de calidez y seguridad. "No existes ni existes, no eres parte del mundo terrenal ni de éste."

Kagome abrió los ojos y se encontró con el color oscuro de la pared de la cabaña regresándola a la realidad. Lamió sus labios y luego miró la brújula giratoria. "Algo de eso fue real?" Preguntó, parecía posible. "No me sentí como si hubiera muerto," miró al Capitán que ahora estaba mirando fijamente al suelo.

"No lo haré," su voz era decidida y fuerte, aterradora y autoritaria. "No te dejaré—no otra vez—no puedo verte—no puedo verte así—no de nuevo."

El recuerdo se desvaneció y ella parpadeó, contemplando sus inquietantes rasgos. "Sin embargo, él parece pensar que sí." Desvió la mirada hacia el suelo y frunció profundamente, algo muy en el fondo de su corazón le decía que el mundo del blanco era real, que ella había estado ahí, que había estado viva mientras estuvo ahí, un alma extraída de su cuerpo, y que la voz del espíritu desconocido había dicho la verdad—

"Debes encontrar algo para canalizarlo…"

—había algo que necesitaba encontrar y, si lo hacía, sería capaz de controlar su poder.

Kagome frunció oscuramente ante la sola idea. "Si lo tuviera, podría hacer funcionar la brújula?" Sintió que su corazón se detuvo en seco en su pecho. "Si tan solo hubiera pensado en todo esto antes, me hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando, que la alucinación no era una alucinación ni un sueño ni nada similar—," Su idea se apagó, sintió ganas de gritar. "Estaría aquí ahora?" Miró la brújula, girando una y otra vez, las lágrimas se formaron en sus ojos. "Por qué, no pensé en eso?" Bajó más su cabeza y hundió su rostro en las rodillas, tratando de ocultar el hecho de que estaba llorando.

A su derecha, la nariz de Inuyasha se torció por el olor a sal antinatural mientras miraba de reojo, ambos puños se apretaron inmediatamente cuando vio las lágrimas de Kagome a través de un pequeño espacio entre su brazo y sus rodillas. Abrió la boca para decir algo pero la cerró inmediatamente cuando las palabras no salieron. Prácticamente no había nada que pudiera decir de todos modos, al menos no había nada que pudiera decir sin lastimarla. "Mierda." Gritó internamente. "Qué vamos a hacer ahora?" Volvió su cabeza para mirar hacia arriba, mirando el techo de la pequeña choza de barro.

"No funciona?" preguntó Onaconah desde su lugar frente a ellos, sus ojos fijos en los dos. "Ojos Tormentosos?" Presionó mientras se acercaba más, intentando acercarse a Kagome lo suficiente para hacer que lo mirara.

La joven se limitó a negar con la cabeza y hundió aún más el rostro en sus piernas. "No sé cómo." Admitió de nuevo, pero su voz era apagada y difícil de escuchar. "Lo siento mucho."

"Está bien, Kagome." Susurró Inuyasha de repente a su lado, haciendo que levantara la cabeza para mirarlo. Sus ojos estaban hinchados por las lágrimas y las mejillas enrojecidas por la vergüenza y tal vez por el calor de la habitación. Frunció mientras veía una lágrima bajar por su barbilla y se estiró tocando su mejilla para secarla. "Encontraremos una manera." Habló suavemente mientras le esbozaba una leve sonrisa, parecía forzada.

Kagome sacudió su cabeza, haciendo que su mano cayera de su enrojecida mejilla antes de volver a poner su mentón sobre sus manos. "Esta es la única forma y es mi culpa que no podamos usarla." Se dijo mientras fruncía, la mirada no se ajustaba a sus rasgos normalmente suaves. "Qué otra opción hay?" Le dijo a Inuyasha en voz alta, su frustración se convirtió en una triste disculpa mientras miraba los desgarradores ojos de Onaconah. "Tú y tu tribu han estado buscando durante años y no han podido encontrar a tu hermano, verdad?"

Onaconah asintió en respuesta. "Se mueven," les informó tanto a Inuyasha como a Kagome, sus palabras ya eran conocidas. "Así que es difícil encontrarlos."

Ella le dio a Inuyasha una mirada de soslayo tratando de transmitir la horrible verdad sobre su situación. "Toda una tribu de demonios no puede encontrarlos, es imposible si se están moviendo." Habló de manera uniforme. "Con la brújula podríamos haber tenido una oportunidad, pero qué diferencia podríamos hacer los dos sin ella?"

Inuyasha se encogió de hombros, honestamente no tenía una respuesta para ella. Kagome tenía razón, toda una tribu de demonios no pudo encontrar este barco y lo habían estado intentando durante casi doscientos años, desde que la tribu se había dividido en primer lugar. Según Onaconah, incluso se habían acercado varios cientos de veces, pero cada vez que el barco de la tribu dividida ganaba, navegaban tan lejos de la costa que los demonios en tierra no podían verlos y seguirlos, lo que permitió que el barco que manejaba el tiempo desapareciera fácilmente. Sin la brújula que los rastreara, Inuyasha y Kagome serían igual de inútiles—ninguno de ellos tenía mejor vista que los demonios que los rodeaban; en todo caso, lo más probable es que solo causaran más problemas de los que podrían resolver.

"Qué podemos hacer?" Susurró Kagome mientras miraba la cara de la brújula en su regazo, sus ojos la cuestionaban, rogándole que funcionara.

El semidemonio no respondió, sus propios ojos miraban la cara de la brújula que giraba en círculo, sin detenerse, siempre en movimiento. "Qué carajos vamos a hacer?" Se preguntó mientras desviaba la mirada de la brújula y volvía a centrar su atención en el techo. "Ojalá el techo pudiera hablar." Pensó de forma extraña, sabiendo que en ese momento seguiría los consejos de cualquier persona o cosa.

"Confía en tu instinto."

Los ojos de Inuyasha se abrieron de inmediato y sus orejas se movieron en su cabeza, "El techo acaba de hablarme o me estoy volviendo loco?" Pensó para sí antes de dejar caer la cabeza hacia atrás para mirar a su alrededor, arrastrando los ojos de un lado a otro para mirar el resto de la cabaña. No vio nada fuera de lo común, solo a Kagome y Onaconah y repisas y platos. "Oigan—," aclaró su garganta, sus ojos todavía se movieron alrededor por un momento antes de volver su atención a Onaconah y Kagome. "Escucharon eso?" Preguntó, sus ojos fijos en ellos mientras sus orejas todavía se movían tratando de escuchar a alguien que pudiera estar escondido.

"Escuchar qué?" Preguntó Onaconah, su cabeza se ladeó mientras desviaba los ojos del suelo que había estado mirando para ver a Inuyasha.

"Sí," añadió Kagome mientras levantaba una ceja y le daba una mirada confusa. "No escuché nada."

Inuyasha arqueó una ceja ligeramente y agitó su mano para despedir las extrañas miradas que Kagome y Onaconah le estaban dando. "No importa, debe haber sido el viento." Tragó saliva al ver que Kagome y Onaconah se miraban mutuamente antes de volver a la tarea en cuestión: tratar de averiguar qué iban a hacer.

Con los ojos lejos de él, Inuyasha se giró hacia la cabaña dándole una mirada crítica. "Sé que escuché algo," se dijo mientras miraba a su alrededor, sus ojos iban de una olla a otra, de una repisa a otra, del techo a la pared. "Sé que no fue el viento." Inhaló profundamente, su sentido más preciado captó el olor de finales del verano/principios del otoño acompañado por el olor de un centenar de personas que no conocía. "Podría haber sido cualquiera de ellos." Razonó haciendo a un lado la idea de que las palabras realmente habían sido significativas. "Probablemente sólo un aldeano que nos está molestando, tal vez uno de los hijos de Onaconah."

Miró alrededor de la cabaña mientras la idea se desvanecía, estudiando cada rincón oscuro en busca de algo fuera de lo común, un par de ojos, una risa tonta, no vio nada por el estilo, no escuchó nada por el estilo. Estaba a punto de volver a sus pensamientos, descartando el incidente como algo de la imaginación cuando algo llamó su atención. La estera de junco sobre la puerta se movía levemente, una ligera brisa la agitaba desde el exterior—un hecho común pero de alguna manera fuera de lugar. Parpadeó y miró fijamente la estera de juncos, que mantenía el calor fuera de la pequeña cabaña de manera experta. "No era," se dio cuenta mientras veía moverse el tapete, "De un color diferente hace un segundo?"

Inuyasha cerró los ojos contando hasta diez antes de abrirlos de nuevo, para ver si tal vez la decoloración era un truco de sus ojos, solo para descubrir que el color era más oscuro como si una sombra se proyectara sobre la alfombra, proyectada a través de su superficie.

"Qué demonios?" Se preguntó cuando la extraña decoloración comenzó a cambiar, a transformarse, cada vez se permitía menos luz a través de la entrada mientras algo parecía formarse detrás de la alfombra. Sus ojos se abrieron cuando el contorno se hizo reconocible, mientras las botas y la forma de las piernas cortadas que pasaba a ser una mancha de sombra en la parte inferior de la alfombra, tomaron forma. Frunció los ojos mientras miraba esas botas, eran de color negro oscuro, de un color sólido, sin signos de cordones, y la parte superior de ambas estaba arrugada y ajustada a la pierna para evitar que el agua entrara: eran las botas de un marinero.

Desconcertado, Inuyasha miró los pies de Onaconah, su mente se movía en cámara lenta llevada por su incredulidad, notando que los pies del otro hombre estaban cubiertos de mocasines como los que estaba usando Kagome en ese momento. "Por qué alguien estaría usando botas de marinero?" Pensó, con la cabeza dándole vueltas mientras se volvía hacia la puerta, todo su cuerpo paralizado al contemplar la vista que lo saludaba. Los pies seguían ahí, cubiertos con botas negras de cuello alto, pero lo verdaderamente increíble era la silueta de un hombre aparente, vívido y muy real.

"Confía en tu mujer, muchacho, eso es lo que te dice tu instinto, verdad?"

Escuchó la voz de nuevo, conocía la voz pero se rehusaba a creer que fuera real, y luego las botas se giraron y comenzaron a alejarse, la extraña decoloración de la estera se desvaneció como si una sombra se hubiese movido. La vista sacó a Inuyasha de su aturdimiento y se puso de pie corriendo hacia la puerta mientras Kagome y Onaconah jadeaban en completa sorpresa y lo llamaban, los sonidos de "Perro Común" e "Inuyasha" sisearon en sus oídos mientras se movía.

Sin inmutarse, ignoró sus gritos y agarró la estera de caña haciéndola a un lado para poder mirar a través de la aldea en busca de alguna señal del hombre que usaba las extrañas botas negras. "Oye!" Llamó en voz alta, varias personas se detuvieron ante el sonido dándole miradas extrañas mientras su cabeza se movía de un lado a otro en busca de algo que no estaba ahí. "Qué demonios?" Susurró mientras salía por completo, la estera de caña cayó de sus aturdidas manos mientras miraba hacia la aldea. "Dónde?" Apretó sus dientes mirando a los aldeanos. "Había una persona frente a esta cabaña," les gritó mientras señalaba el lugar donde la figura había estado. "A dónde fue?"

Detrás de él, Kagome atravesó la estera, Onaconah no muy lejos de ella. "Inuyasha?" Preguntó ella mientras se acercaba a él, una de sus manos subió para tocar su hombro. "Qué está pasando?"

Él no le respondió mientras miraba a la gente que le devolvía la mirada. Ninguno de ellos llevaba botas, ni siquiera zapatos negros, todos eran aldeanos indios que lo miraban como si estuviera loco—demonios, probablemente ni siquiera entendieron una palabra de lo que estaba diciendo. "Estoy perdiendo la cordura." Pensó para sí mientras inhalaba un profundo respiro y miraba al suelo. No había huellas en la tierra y el pasto que lo rodeaba, brotaba del suelo, nadie había caminado en él desde que Hyalei lo había barrido antes, después de que hubiesen traído a Kagome para que usara la brújula.

"Inuyasha." Kagome lo llamó de nuevo, su pequeña mano se clavó en su camisa blanca. "Qué pasa?" Presionó ella, sus dedos tiraron de su manga tratando de hacerlo girar.

Después de un momento, se dejó girar y la miró. Sostenía la brújula con una mano quieta, apretándola contra su pecho que estaba vestido con las ropas tradicionales de los indios en lugar de las que había estado usando hasta ahora. Vagamente, recordaba algo sobre la destrucción de su ropa vieja, pero realmente no estaba seguro de eso. "Tendremos que conseguirle ropa nueva de cualquier manera." Pensó distraídamente mientras estudiaba la suave mano que estaba presionada contra su pecho, sosteniendo el extraño instrumento de madera justo contra su corazón.

Lentamente, alcanzó y tocó esa mano con dedos temblorosos, la voz se repetía en su cabeza una y otra vez. "Confía en tu instinto." Dijo y sintió que su estómago se retorcía.

"Inuyasha." Susurró Kagome y él miró su rostro, sus mejillas estaban sonrojadas por el contacto de sus pieles y sonrió.

"Confía en ella." Ese sentimiento, ese instinto—ese lugar en sus entrañas del que siempre le había hablado el Capitán Roberts, decía. "Mi instinto—siempre he confiado en él antes." Se dijo mientras dejaba caer su mano y se volvía hacia donde la voz aparentemente se había generado. "Mi instinto." Buscó al Capitán Roberts, sus ojos escudriñaron, buscándolo a pesar de que el hombre llevaba mucho tiempo muerto. Parpadeó después de un momento, sus ojos se secaron en el clima sureño, pero cuando abrió los ojos para ver nuevamente la aldea, se encontró en otro lugar completamente diferente.

Inuyasha estaba a bordo de El Fortuna, con las manos expertamente en el timón, cumpliendo un deber que se había convertido en su trabajo desde la conversación con el Capitán Roberts que cambió su vida. Con cuidado, ajustó su rumbo, utilizando todas las herramientas de navegación diurnas que Roberts le había enseñado con cuidado durante los últimos meses. Sus ojos escudriñaron el horizonte, buscando cualquier cosa fuera de lo común, desde barcos hasta el clima. Miró a babor, tomando en cuenta la posición del sol. "Estamos un poco fuera de lugar." Pensó mientras giraba cuidadosamente el timón de nuevo a estribor, manteniendo su rumbo lo más preciso posible.

"Tienes un buen instinto, muchacho."

El joven Inuyasha saltó ante el sonido de su Capitán que acababa de aparecer por las escaleras a su izquierda. "Perdón, señor?" Preguntó mientras giraba el timón del barco del Capitán Roberts a estribor, maniobrando con facilidad en el calmado mar mientras el Capitán Roberts subía a cubierta, sus viejos ojos humanos examinaban su rumbo sin preámbulo.

"Tu instinto," dijo el hombre mientras caminaba detrás de Inuyasha hacia la baranda inclinándose sobre ella, su chaqueta roja se abría alrededor de su delgada cintura mientras miraba por el costado del barco estudiando intensamente el agua que se arrastraba detrás de ellos antes de darse la vuelta. "Tienes uno bueno."

"Lo siento, señor, yo—," Inuyasha tambaleó con sus palabras, tratando de descifrar la extraña frase en inglés, que no recordaba haberla escuchado en toda su vida en el Hemisferio Occidental. "No tengo idea de lo que quiere decir con tu instinto."

"Realmente eres un extranjero." Gruñó el hombre mientras se giraba y apoyaba la espalda contra la baranda, soportando su peso contra sus codos en un ángulo extraño. "Tus instintos, muchacho, tienes unos buenos." Señaló el mar abierto. "Mantienes nuestro rumbo firme, la velocidad es buena, el mástil está ordenado obteniendo la máxima cantidad de viento." Asintió con la cabeza como si confirmara una sospecha. "Nada mal para tu primer solo desde Puerto Rico, eh?"

Inuyasha sonrió levemente ante el elogio, de espaldas a su Capitán mientras miraba hacia el mar abierto. "Estoy haciendo mi mejor esfuerzo, señor."

"Bueno, tu mejor esfuerzo es más que suficiente." Le dijo Roberts asintiendo firme mientras se acercaba para pararse junto al joven, colocando una mano tranquilizadora sobre su hombro. "Fue una buena decisión hacerte mi aprendiz, no crees?" El Capitán rió ante sus propias palabras, golpeando duro la espalda de Inuyasha mientras se giraba para bajar las escaleras, agitando su mano mientras agregaba con facilidad. "Tienes bien manejado esto, así que voy abajo a tomar una siesta."

"Sí, señor." Respondió Inuyasha con calma, su rostro firme y atrevido, mientras por dentro se formaba una amplia sonrisa en su mente, más grande que la luna. Exteriormente, su pecho simplemente se hinchó de orgullo.

"Capitán." Pensó Inuyasha antes de que el repentino y renovado contacto de la mano de Kagome en su hombro lo hiciera saltar y volver a la realidad. Se giró para mirarla antes de darse la vuelta rápidamente, no queriendo escuchar su preocupación en ese momento. En cambio, se centró en la aldea que lentamente estaba volviendo, su arrebato casi olvidado. "Él es la voz que estoy escuchando." Se dijo mientras enderezaba sus orejas esperando un sonido, un susurro, incluso un gruñido. No vino nada.

Inuyasha sacudió su cabeza, "Esa siempre fue su manera." Habló en voz alta pero lo suficientemente bajo como para no ser escuchado. "Dijiste tu parte, eh? Ahora depende de mí, averiguar qué quieres que haga." Cerró los ojos y sonrió levemente mientras repetía las palabras que su Capitán había dicho en voz alta. "Confiar en mi instinto?" Abrió sus ojos rápidamente, sabía lo que su instinto estaba diciéndole, sabía lo que se suponía que debía hacer, así que se giró para mirar a Kagome detrás de él.

La joven estaba mirándolo, sus ojos parecían asustados y confundidos, la mano que sostenía la brújula era blanca por la tensión de sostener el objeto con tanta fuerza como lo tenía contra su pecho. Su estómago dio un vuelco en su abdomen ante la vista y alcanzó por ella instintivamente, sus dedos rozaron la madera haciendo que su estómago se apretara de nuevo. "No he estado confiando en mi instinto últimamente." Se dijo. "Y eso casi nos mata." Inhaló profundamente por la nariz y cerró sus ojos. "No cometeré ese error otra vez."

Exhaló, el sonido fuerte entre el ajetreo que volvía a la vida en la aldea después de su arrebato y abrió sus ojos mirando directamente los de Kagome. "Mis instintos me dicen," habló, sus palabras al azar para todos menos para él. "Confiar en la brújula." Mordió su labio y tragó sin poder añadir, "Confiar en ti."

"La brújula?" Susurró Kagome mientras miraba el objeto, ladeando su cabeza. "Pero nn—no funciona."

Inuyasha frunció, mirando fijamente la pequeña flecha, viéndola girar en su agarre. "Pero está girando." Se lamió los dientes. "Eso no es funcionar? Me pregunto—." Alcanzó y tomó la brújula de las asustadas manos de Kagome.

"Oye—qué—," Kagome sacudió su cabeza completamente desconcertada. "Qué estás haciendo?"

Inuyasha no respondió por un segundo, sus ojos se enfocaron en la brújula en sus manos, girándola de un lado a otro mientras veía la flecha detenerse hasta que no se movió más. En sus manos, la brújula era inútil, la flecha no giraba, pero había girado en las manos de Kagome. "La brújula no funcionará para nadie más que para ti." Le mostró la flecha que ahora no se movía en sus manos. Junto a ellos, Onaconah permaneció en silencio observando cómo se desarrollaba la escena con un interés ávido pero silencioso. "La flecha no girará por mí." Le dijo mientras casi le empujaba la brújula en su cara para enfatizar su punto.

Kagome parpadeó mientras miraba la brújula que estaba prácticamente presionada contra su nariz. "Sí, lo descubrimos en casa de la Sra. Kaede." Sacudió la cabeza lentamente mientras levantaba sus manos y retiraba la brújula.

Inuyasha no dijo una palabra mientras le regresaba la brújula, presionándola en sus manos sin darle opción. Instantáneamente, la flecha comenzó a moverse de nuevo dando vueltas y vueltas en círculo solo por el contacto con la piel de Kagome. "Sin embargo, la flecha todavía se mueve hacia tus manos." Dedujo mientras miraba la flecha girando lentamente en un movimiento constante.

"Sí," Kagome le dio una mirada extraña, sacudiendo la cabeza de un lado a otro mientras trataba de averiguar de qué estaba hablando. "Lo sé, eso puedo lograrlo, simplemente no puedo hacer que apunte." Suspiró exasperada tanto con él como con ella misma. "Es como lo dije, con Jinenji lo hizo, en la casa de Kaede lo hizo, ayer lo hizo—apuntó por sí sola—no sé qué hice personalmente para que eso pasara."

Inuyasha frunció ante sus palabras, sus ojos fijos en la brújula giratoria. "Por qué funcionaría de repente y luego no?" Pensó para sí mientras observaba la brújula moverse, sus ojos seguían cada círculo lento y determinado. "Es como si no supiera a dónde apuntar." Murmuró en voz alta mientras cruzaba los brazos sobre su pecho y resoplaba.

"Qué dijiste?" Susurró Kagome levantando sus ojos del cristal para mirar a Inuyasha.

"Eh?" Gruñó él levantando la cabeza hacia ella.

"Qué dijiste?"

"Quieres decir que lo que parece es," le recordó, golpeando con una de sus garras el cristal de la brújula mientras le dirigía una oscura mirada contemplativa y apremiante. "Que no sabe a dónde apuntar?"

Los ojos de Kagome se abrieron, "No podría ser?" Susurró para sí, abriendo sus ojos en shock antes de volver a mirar el cristal. "Podría no ser así de simple."

Inuyasha frunció e inclinó sus orejas hacia adelante. "Qué?"

Kagome solo sacudió su cabeza y alcanzó el collar que estaba escondido en la parte superior de su blusa. Sosteniendo la brújula con una mano, levantó el collar y lo pasó sobre su cabeza, estudiando la joya que brillaba a la luz del sol. Sus ojos se desviaron a la brújula, que continuó moviéndose en círculo, la gema junto a ella. "Tal vez," pensó mientras apretaba su mano alrededor de la joya, su mente corría. "Están demasiado cerca, la brújula no funciona cuando están así de cerca."

Inhaló bruscamente y sin titubear o incluso pensar, echó hacia atrás su brazo, por encima de la cabeza y lanzó la joya tan fuerte como pudo.

"Oye!" Gritó Inuyasha, el pánico brotó de él mientras veía la brillante joya volar por la aldea. "Qué demonios, Kagome?" Gruñó mientras se giraba para mirarla con completo horror antes de comenzar a saltar tras ella para agarrar la joya. "No puedo tocarla." Se dio cuenta en el último segundo y ladró literal y fuerte, volviéndose hacia ella para gritar. "Qué de—qué pasa contigo, ve a buscarla." Apuntó hacia la joya que había aterrizado a unos cientos de pies de distancia (un tiro impresionante para una chica de alta sociedad).

"Esto solo tomará un minuto." Dijo Kagome mientras sostenía la brújula frente a su cara mirando la flecha intensamente mientras giraba y giraba. "Vamos." Susurró mirando la joya, los aldeanos se habían detenido de nuevo mirando el objeto como si debatieran recogerlo.

"No la toquen," gritó Inuyasha dando un paso adelante, extendiendo sus manos en señal de advertencia. "Onaconah, diles que los demonios no pueden tocarla." Llamó sobre su hombro antes de mirar a Kagome, quien todavía miraba la brújula con atención, esperando por algo. "Qué de—qué está haciendo?" Gruñó para sí mientras la veía levantar la brújula hacia su rostro con sus ojos penetrantes.

"Tla-hv a-sv-na-s-di nv-ya-o-sa-ni!"

Las orejas de Inuyasha se crisparon cuando el sonido de la voz de Onaconah llenó el aire, dando una orden desconocida en Cherokee, probablemente relacionada con no tocar la joya.

"Perro Común?" Dijo Onaconah unos segundos después, el cambio a inglés hizo que Inuyasha mirara al otro hombre. "Esa es la joya, de la que hablamos?"

Inuyasha solo movió su cabeza afirmativamente en respuesta antes de volver su atención a Kagome justo a tiempo para escucharla gritar de gusto sin previo aviso, haciendo que ambos hombres y toda la aldea casi saltaran del susto.

"Mierda, Kagome, qué te pasa?" Gritó Inuyasha mientras extendía sus manos para agarrar sus hombros, tratando de mantener presionada su forma vertiginosa, la parte irracional de él pensaba que había sido poseída o encantada o algo por el estilo.

"Está apuntando." Le dijo Kagome mientras bailaba de puntillas de un pie a otro. "—estaban demasiado cerca de mí como para apuntar." Habló antes de que él pudiera decir una palabra, con la boca desplomada de alegría mientras apretaba la brújula más fuerte contra su cuerpo antes de mirarlo con ojos brillantes y tormentosos. "Sabes lo que eso significa, verdad? No estamos lo suficientemente cerca!" Su rostro esbozó una sonrisa. "No es porque no pueda hacerlo, es porque están demasiado lejos!" Comenzó a saltar a pesar de que sus manos la agarraban fuertemente por sus hombros.

"Qué?" Inuyasha sintió que su corazón estaba a punto de estallar en su pecho mientras el miedo por su vida aún lo dominaba. "De qué demonios estás hablando?"

"Estamos demasiado lejos." Le dijo ella mientras retiraba la brújula para que él pudiera verla.

Parpadeó ante la vista, sus ojos lucharon por enfocarse en la flecha que ya no estaba girando como lo había estado haciendo durante la última hora y media. Era firme y apuntaba. Lentamente giró su cabeza y miró al otro lado de la aldea, ignorando las miradas y el horror en los rostros de los indios no anglohablantes. Sus ojos se iluminaron con la forma de media luna de la joya, estaba ahí brillando en el sol y la flecha apuntaba directamente hacia ella. "Está apuntando." Declaró lo obvio sintiéndose estúpido por haberlo dicho.

"Lo sé," sonrió ella alegremente, sus ojos brillando con deleite mientras esperaba a que volviera a mirar la brújula. "Está apuntando directamente hacia ellos, sabes lo que eso significa, verdad?"

Inuyasha movió su cabeza afirmativamente, sus manos cayeron de los hombros de Kagome para tocar los bordes de la brújula que no estaban cubiertos por sus manos, su mente llegó a la misma conclusión a la que Kagome ya había llegado. La brújula apuntaba, la flecha estaba fija porque finalmente tenía algo en qué fijarse, se giró y miró el lugar en el suelo donde Kagome había arrojado la joya unos momentos antes y luego volvió a la flecha que estaba fija en ella.

"La brújula tiene un rango—estamos demasiado lejos." Habló mientras la risa emocionada de Kagome resonaba en sus oídos. "Funcionará," le dijo, su rostro esbozó una sonrisa, los aldeanos los miraban aterrorizados, preguntándose si ellos estaban poseídos o se habían vuelto locos. "Sólo tenemos que acercarnos más!"

"Sí!" Gritó Kagome fuertemente mientras retiraba sus manos de la brújula, dejándola en el agarre de Inuyasha antes de lanzarse, sus manos rodearon su cuello abrazándolo con su exuberante alegría, sus pies se despegaron del suelo mientras su culpa se desvanecía. "Podemos encontrarlos, puedo encontrarlos, no soy un fracaso." El pensamiento era fuerte en su cerebro, cubriendo todos los demás sobre el mundo blanco o el objeto que debía encontrar. Ahora no era el momento para ellos, su corazón estaba demasiado feliz para siquiera pensar en ellos ahora. "Vamos a encontrarlos," sintió lágrimas en sus ojos. "Sango, Miroku y Shippo, podemos encontrarlos." Lloró, toda su esperanza se desbordó en su corazón mientras agarraba a Inuyasha con fuerza alrededor del cuello, su rostro escondido en su hombro mientras sus emociones se desbordaban convirtiéndose en lágrimas en sus mejillas. "Dios, me siento tan estúpida, cómo no me di cuenta!" Balbuceaba mientras sus lágrimas impregnaban su camisa. "Estábamos demasiado lejos para que la brújula se fijara en un fragmento."

Inuyasha disfrutó de la sensación de su felicidad y sin dudarlo levantó sus brazos rodeándola y halándola firmemente hacia él, sus manos colocadas en su cintura, manteniéndola segura mientras cerraba los ojos y se perdía en la sensación de su esperanza. "Solo espera Miroku." Pensó mientras la abrazaba más fuerte, sus manos se deslizaron alrededor de ella en un verdadero abrazo. "Voy a encontrarte cachorro. Lo prometo." Hundió su nariz en el hombro de Kagome, presionándola contra la marca que descansaba ahí, que la reclamaba.

"Los encontraremos, haré que esos gatos monteses nos digan todo." Susurró él en su cabello bajando la nariz hasta que presionó el punto de su hombro donde estaba marcada, su mente lentamente se dio cuenta de lo cerca que estaban en este momento, pero sin importarle si no era apropiado o decente—la necesitaba en ese momento, necesitaba su consuelo, su aroma, su esencia misma, la necesitaba. Él apretó su agarre en ella, queriendo transmitirle lo feliz que era, lo afortunados que eran. "Esos gatos monteses saben lo que le pasó al Shikuro." La abrazó un poco más. "Si se hundió, si lo capturaron, haré que me lo digan, así sea lo último que haga."

"Entonces—," Onaconah interrumpió su celebración, su voz sonaba esperanzada y temblorosa. "Funciona?"

Kagome se separó de Inuyasha aparentemente inconsciente de todo lo que había pasado, sus pies todavía colgaban y sus brazos alrededor de su cuello todavía se aferraban a él. "Sí," su sonrisa iluminó su rostro. "Solo tenemos que acercarnos más a su ubicación actual, cuando estemos lo suficientemente cerca, la brújula puede encontrar el fragmento de la joya y decirnos exactamente dónde están."

Inuyasha asintió en acuerdo mientras la bajaba de nuevo al suelo, la acción la alertó del hecho de que incluso había estado en el aire. Inmediatamente, Kagome se giró hacia él, su rostro enrojecido mientras se sonrojaba de vergüenza.

"Lo siento." Gritó ella mientras instantáneamente retiraba sus manos de él, desenredándose de él en su mortificación antes de bajar la mirada al suelo, sus manos juntas frente a ella en un movimiento de preocupación. "Solo estaba tan fe—."

"No," la interrumpió Inuyasha, haciendo que Kagome lo mirara, sus brillantes ojos asimilaron el leve rubor en sus mejillas. "No es gran cosa, yo—," aclaró su garganta y le ofreció una pequeña sonrisa mientras bajaba la cabeza permitiendo que su flequillo ocultara sus ojos, pero ningún movimiento de su cabeza podría esconder el rubor. "También estaba feliz."

Kagome sintió que su corazón se aceleraba en su pecho ante la vista y permitió que se formara una lenta y dulce sonrisa mientras se inclinaba, ladeando su cabeza para poder mirarlo. "Se está sonrojando, se está sonrojando por mi culpa." El latido de su corazón se aceleró ante la sola idea mientras sus propias mejillas se oscurecían aún más. Hicieron contacto visual a través de la sombra de su flequillo y abrió su boca queriendo decir algo, queriendo preguntar por qué se sonrojaría, por qué reaccionaría como lo hizo, pero pronto la cerró mordiéndose el labio mientras su rubor crecía y su ingenuidad ganaba sobre su curiosidad. Rápidamente, se enderezó y se giró, con su rostro enrojecido cuando miró a Onaconah, que se estaba riendo.

"Um," murmuró ella nerviosa por la mirada cómplice del anciano. "Iré a recoger el fragmento." Dejó que las palabras salieran rápidamente antes de darse la vuelta y correr en dirección de la gema en el suelo.

La cabeza de Inuyasha se levantó de golpe ante el sonido de su voz, justo a tiempo para verla girar, un destello de cortos rizos brilló bajo la luz del sol de la tarde. Tomó un profundo respiro ante la vista, su cuerpo todavía caliente desde donde había estado momentos antes.

Detrás de él, Onaconah se aclaró la garganta fuertemente y llamó la atención del demonio perro. "Explica." Ordenó el hombre, pero una sonrisa ya se estaba formando en su rostro como si ya lo supiera, pero solo necesitara confirmarlo por el bien de su propia cordura.

Empujando su vergüenza hacia lo más profundo de su mente, Inuyasha se giró completamente hacia Onaconah y miró al anciano directamente a los ojos mientras aclaraba su garganta. "Que—podemos encontrar el—um, fragmento, está funcionando y um, el barco tenía uno, así que podemos encontrarlos." Habló de la manera más uniforme posible, su expresión fija como si desafiara a Onaconah a decir una palabra. "Solo necesitamos entrar al alcance de ellos, entonces la brújula funcionará."

"Entonces Ojos Tormentosos puede hacerlo, si se acerca más?" dedujo Onaconah, su rostro esbozó una gran sonrisa ante la idea. "Puedo encontrar a la nieta!" Casi se cae ante sus propias palabras, tambaleándose mientras sonreía incrédulo, sin caer porque logró agarrarse al costado de la cabaña en el último segundo. "Wa do a-ta." Susurró sacudiendo su cabeza, mirando por encima del hombro de Inuyasha a Kagome antes de repetir las palabras desconocidas. "Wa do a-ta."

Inuyasha arqueó su ceja ante las palabras de Onaconah y giró su cabeza, mirando por encima de su hombro justo a tiempo para ver a Kagome arrodillada ante la joya, alcanzando con manos bronceadas para recogerla entre dos delicados dedos. Se la llevó a la cara, estudiándola por un segundo, la piel de sus mejillas todavía aparentemente enrojecida en contraste con el blanco brillante de la joya. Después de un momento, la pasó por encima de su cabeza colocándola en su lugar, con una mano ajustó el broche atrás, mientras que con la otra sostenía la brújula en su regazo. Una vez colocada, llevó su mano hacia el frente, discretamente (con la palabra utilizada en la menor de sus definiciones) guardando la joya en su vestido, escondiéndola de miradas indiscretas.

Finalmente se levantó, la joya fija en su lugar y se volvió hacia ellos, el sol de la tarde ahora posicionado en su rostro mientras se giraba. Hizo una mueca por el brillo, su rostro una linda expresión de molestia, y se llevó una mano a la cara para protegerla mientras comenzaba a caminar hacia ellos, la joya no era más que un extraño bulto casi imperceptible en su vestido.

"Ella es asombrosa." Susurró Onaconah mientras veía a Kagome continuar hacia ellos, su oscuro cabello se movía suavemente con la brisa, las leves mechas de un leve y profundo color chocolate, normalmente ocultas a las miradas indiscretas, parecían brillar mientras el sol danzaba a través de su cabello. "Es una joven increíble."

"Sí." Aceptó Inuyasha, mientras la miraba, los puntos que había presionado contra su cuerpo se hacían más cálidos mientras suplicaban sentirla una vez más. Instintivamente, inhaló cuando el viento cambió de dirección, trayendo su aroma de lirios irlandeses y océano hacia él, llenándolo con su calidez mientras asimilaba la esencia misma de ella. Cerró los ojos por la sensación y luchó por controlar cada instinto que su olor siempre despertaba en él.

A su lado, Onaconah sonrió, observando la expresión en el rostro del joven. Olfateó el aire y percibió la señal de una marca sin conexión. "Ella," habló suavemente para que la Kagome que se acercaba rápidamente no lo escuchara. "Será una gran compañera para ti. Deberías terminar la unión pronto."

Los ojos de Inuyasha se abrieron de golpe y se giró para mirar a Onaconah con franco horror en su rostro al ver que el hombre prácticamente le acababa de decir que tuviera sexo con Kagome y terminara con eso de una vez. "Perdón?" Luchó por mantener la voz lo suficientemente baja para que la Kagome que se acercaba rápidamente no lo escuchara.

Onaconah agitó su mano despidiendo las palabras de Inuyasha mientras sonreía brillantemente, su mirada de incomparable felicidad se perdió en el rostro lleno de shock de Inuyasha. "Estoy tan feliz que tiemblo," esquivó expertamente las palabras de Inuyasha, mostrándole al joven sus temblorosas manos. "Necesito fumar." Retorció sus manos dándole a Inuyasha una brillante sonrisa mientras trataba de irse, "Regresa a la cabaña, cuando Ojos Tormentosos regrese, hablaremos sobre qué hacer a continuación." Y luego se giró para desaparecer de nuevo en la cabaña sin decir una palabra más, los sonidos de él arrastrando los pies apresuradamente para preparar su pipa llegaban fuertes a las rojas y calientes orejas de Inuyasha.

Aun así, rojo hasta las raíces de su cabello, Inuyasha vio al hombre desaparecer en la fría oscuridad de su hogar. El cuerpo del joven demonio estaba paralizado en su lugar—las palabras de Onaconah resonaban en su cabeza una y otra vez. "Deberías terminar la unión pronto." Tragó saliva, el demonio en él despertó lentamente, las palabras encendieron sus instintos haciéndolo gruñir de placer.

El humano en Inuyasha, sin embargo, se encogió mentalmente ante la simple idea. Todavía no era el momento, no se conocían tan bien, ella era joven, tal vez ni siquiera lo deseaba, tal vez no lo amaba—pero, por otro lado. Él miró hacia ella, se había detenido por un segundo para estudiar algo en el suelo: qué, no estaba seguro, ni le importaba realmente mientras la miraba agacharse para recoger el objeto desconocido entre largos y delicados dedos bronceados.

"Es hermosa." Pensó para sí mientras se enderezaba, sosteniendo lo que fuera a la luz del sol. Notó que brillaba y sonrió, una mirada de pura inocencia y humildad adornaba sus encantadores rasgos. "Hermosa," susurró él, reiterando. "De muchas maneras."

Comenzó a regresar hacia él y él desvió la mirada hacia el suelo, sus ojos enfocados en la tierra bajo sus botas. Por solo un momento, dejó que su mente divagara, dejó que sus pensamientos se dirigieran a una mujer que no había visto en años, en la que no había pensado románticamente en mucho tiempo, la única mujer con la que se había acostado por razones distintas al simple placer.

Ella también había sido hermosa, con su propio cabello lustroso, sonrisa dulce cuando estaba inclinada a sonreír y ojos de medianoche. Había sido hermosa a su propia manera, pero al mismo tiempo no lo había sido de diferentes maneras, desconfiadas y sesgadas. "Kikyo." Se giró y miró a Kagome, quien se acercaba cada vez más, pero se estaba tomando su dulce momento.

No había tristeza en los ojos de Kagome, tampoco había oscuridad. Solo había dulzura y aceptación. Ladeó su cabeza observándola sin mirarla directamente para que ella no lo supiera. "Sin embargo, hay más que eso, no es así?" Pensó mientras la imaginaba recitando a Shakespeare y a Milton, tocando su violín bajo el cielo iluminado por la luna y sonrojándose dentro de la habitación, gritándole cuando era estúpido, provocándolo con juegos de ingenio.

Kagome era algo completamente diferente a Kikyo en ese sentido. Kikyo había sido una joven triste, que veía el mundo a través de ojos nublados por la melancolía y la presión de su destino superador; Kagome, Kagome era una joven que se cortaba el cabello, se disfrazaba de hombre y lo cambiaba—se burlaba en la cara del destino como si fuera un simple jugador en el plan de su vida y cambiaba todo lo que estaba destinada a ser.

Kagome era la brillantez personificada, total brillantez.

Inuyasha sonrió para sí, por primea vez permitiendo que un pensamiento brotara en su corazón, que hasta ahora había negado rotundamente. "Onaconah tiene razón, sería una buena com—."

"Inuyasha?"

El mitad demonio saltó ante el sonido de su voz y se giró para mirarla con ojos grandes y llenos de pánico. "Kagome." Dijo la palabra rápidamente. "Cómo demonios se me acercó sigilosamente?" Gruñó para sí dándose cuenta de lo perdido que había estado en sus pensamientos y sintiéndose como un tonto por dejar que sucediera. "Este no es el lugar para esto, idiota!" Se gritó mientras levantaba una mano para literalmente darse una palmada en la frente. "Vamos," se reprendió golpeándose de nuevo en la cabeza como recordatorio. "Mi cachorro está quién sabe en cuánto peligro, mi barco está destruido, estoy rodeado de demonios que probablemente pueden oler mi propia excitación y estoy pensando en Kagome como un maldito cachorro!"

"Um," Kagome se acercó, su rostro dibujado en una línea de preocupación mientras lo veía golpearse en la cabeza por tercera vez. "Estás bien?"

"Eh?" Murmuró él cuando su voz lo sacó de su propia estupidez.

"Dije," repitió ella con calma, pero la expresión de su rostro lo decía todo. "Estás bien?"

"Oh, um," se frotó la nuca. "Sí, solo estoy pensando—ya sabes, sobre Onaconah y su nieta, y en—Miroku, Sango—sí." Hizo una mueca mientras su voz se desvanecía, "Sueno como un idiota." Gruñó pero se detuvo inmediatamente, no queriendo que Kagome pensara que estaba enojado con ella. "Entonces, tienes la joya?" Rápidamente cambió de tema y movió incómodamente la tierra del suelo con el pie.

"Síii." Respondió ella lentamente.

"Entonces, um—podemos—," Miró a su alrededor como si tratara de recordar lo que se suponía que debían hacer, sus ojos se posaron en la cabaña y tomó un profundo respiro de alivio. "Ir adentro." Dijo mientras asentía vigorosamente. "Deberíamos entrar, Onaconah ya está ahí."

"Está bien," Kagome le dio una extraña mirada antes de dirigirse hacia la cabaña, dándole una pequeña mirada de preocupación mientras entraba y él la seguía.

"No podría haber sonado más estúpido, verdad?" Se quejó mientras sostenía la estera de juncos a un lado para que ella entrara.

Adentro, Onaconah ya se había acomodado y sacado una pipa larga de aspecto extraño que estaba rellenando con algo que se parecía al tabaco. Los miró a ambos y extrañamente se veían un poco culpables cuando entraron, indicándoles que volvieran a sentarse. "Sé que se supone que fumar no debería hacerse—a menos que sea una ceremonia, pero," dijo él mientras movía la pipa de un lado a otro nerviosamente en sus manos. "Esta es una celebración." Concluyó antes de ofrecerle la pipa a Inuyasha. "Quieres fumar?" Le preguntó a Inuyasha.

"Tal vez en un minuto," respondió Inuyasha rápidamente mientras tomaba asiento contra la pared lo más lejos posible de Kagome (quien se había sentado en la piel de pantera). "Aunque no soy muy fumador." Añadió mientras se acomodaba para apoyarse contra la pared cómodamente, el rubor en su rostro aun ardiente y caliente.

El hombre asintió en respuesta mientras tomaba una profunda bocanada del calmante humo. "Hmm," dejó salir el humo lentamente. "Lo necesitaba." Asintió para sí mientras sonreía más alegremente y levantaba la mano para mostrar que temblaba con su propia felicidad. "Fumar calma, necesito calma."

Inuyasha sonrió en respuesta, el rubor abandonó su rostro mientras sus pensamientos sobre Kagome se desvanecían ante la vista de la emoción apenas disimulada en el rostro del hombre. "Entiendo," dijo con una pequeña sonrisa mientras contemplaba seriamente aceptar la pipa e inhalar algo del tranquilizador humo del tabaco. "Encontraremos a tu nieta con la brújula," cambió de tema. "Todo lo que tenemos que hacer es acercarnos a ellos lo suficiente para ubicarlos."

Onaconah asintió mientras inhalaba otra bocanada profunda, el suave humo llenó profundamente sus pulmones, impregnando su cuerpo. "Supongo que entonces debemos dirigirnos hacia ellos."

Inuyasha lamió sus labios preparándose para volver al trabajo. "Al menos sabes por dónde viajan, hacia arriba o hacia abajo de la costa?"

"Sé que siempre suben," el indio señaló hacia el norte. "Cuando salen de Charleston." Inhaló otra profunda bocanada y su rostro se contorsionó en un frunce cuando terminó. "Hemos pensado que están en un enclave más arriba, en territorio de Carolina, pero," desplomó ambas manos, la que tenía la pipa descansó en la rodilla, el humo subía a medida que flotaba por la habitación. "Hay muchos enclaves por la costa, muchos lugares para que se escondan."

Inuyasha asintió. "Entonces vamos a subir por la costa." Concluyó, sus ojos miraban el humo con interés, sus manos comenzaron a temblar un poco. Normalmente, no fumaba pero cuando estaba estresado o cuando estaba—miró a Kagome antes de regresar la mirada—"Sí," por ambas razones, se encontró deseando el sabor del humo de cualquier tipo. "Nunca debió haber comenzado." Pensó para sí y maldijo en silencio el nombre de su antiguo Capitán antes de que una lenta sonrisa se formara en sus labios. "A enseñarme todo lo que sabía, eh, Capitán Roberts?" Rió casi en silencio. "Maldito seas." Estiró su mano hacia Onaconah. "Te importa si tomo un poco?"

Onaconah sonrió en respuesta y le pasó la pipa al otro hombre, quien la aceptó rápidamente y se la llevó a los labios, aspirando una larga y profunda bocanada en sus pulmones. Lo sostuvo por un minuto, permitiendo que entrara completamente en sus pulmones antes de exhalar, la extraña sustancia entró en todos sus sentidos, calmando y consolándolo al mismo tiempo. Por un momento, su nariz se retorció en respuesta y sacudió su cabeza luchando contra el inevitable estornudo mientras le devolvía la pipa a Onaconah.

"El humo molesta la nariz?" Preguntó el otro hombre mientras se ponía la pipa en la boca, resoplando levemente mientras la sostenía entre los dientes mientras hablaba. "Me molestaba a mí," señaló su nariz con la mano libre. "Cuando joven."

Inuyasha asintió y se encogió de hombros al mismo tiempo. "Siempre me ha molestado un poco, pero—," esbozó una sonrisa casi torcida, la breve inhalación ya había hecho su trabajo muy bien. "Como dijiste, lo necesitaba."

Sentada en el pequeño camastro, Kagome sonrió casi arrullada por la conversación mientras sus dedos recorrían la piel de pantera; el sonido de los dos hombres hablando no más que eso, sonido, sus palabras ahogadas por sus propios pensamientos de esperanza y alivio.

"La brújula funciona, realmente funciona—estuvo funcionando todo el tiempo." La idea se repetía una y otra vez en su cabeza sin ninguna razón, una acción casi molesta que no podía evitar y no quería evitar. "Existe una posibilidad real de que ahora podamos encontrarlos." Cerró sus ojos llena de alegría por el hecho de que ahora al menos tenían la oportunidad de encontrar a su extraña pero verdadera familia. "Gracias a Dios." Su corazón latía un poco más rápido. "No podría soportar haberlos perdido por completo, especialmente si fuera mi culpa." Abrió los ojos de nuevo, tragando lentamente a pesar de un nudo que se había formado en su garganta.

Sacudiendo la idea y tragando saliva para remover el nudo en su garganta, se giró y por un momento miró a Onaconah y a Inuyasha, viendo como los dos hombres pasaban la pipa de un lado a otro, uno tomando una bocanada mientras el otro hablaba.

"Tan pronto como nos acerquemos," dijo Onaconah mientras le permitía a Inuyasha su turno con la pipa. "La brújula reaccionará y nos señalará su ubicación exacta."

"Sí," Inuyasha le sonrió a Onaconah y miró a Kagome casi tímidamente, ese lindo rostro casi infantil que había visto adornar con tanta moderación sus rasgos, iluminándose al ver su mano mientas continuaba recorriendo la piel de pantera. "Solo tenemos que estar lo suficientemente cerca y Ka-," Inuyasha hizo una pausa a medio nombre, su boca posó, preparada para gritar el nombre de Kagome, pero por alguna razón mientras la miraba, sus ojos dorados en sus grandes ojos grises, se paralizó.

Kagome se sintió cohibida por el extraño comportamiento y levantó su mano para cubrir el lugar donde la joya descansaba debajo de su ropa con un puño. Parpadeó, sin que ella lo supiera, la acción causó que el ligero color blanco se mezclara aún más con el negro, convirtiendo su visión en la perfecta noche oscura y nublada que el Capitán amaba tanto.

Una vez más, Inuyasha abrió la boca preparado para continuar con lo que había estado a punto de decir, pero se detuvo y luego frunció mientras se lamía los labios. Ella lo estaba mirando, esa deliciosa mano posada en su pecho, sus ojos girando con nubes falsas que bien podrían haber sido reales. Su corazón se aceleró en su pecho ante la vista. "No se ve como una Kagome en este momento." Pensó mientras ajustaba su posición y le devolvía la pipa a Onaconah, quien los miraba intensamente. "Esos ojos, realmente son una tormenta, una verdadera tormenta." Pensó y luego le sonrió, sus ojos suaves y hermosos y dorados como el sol mientras sus rayos brillaban a través de las nubes.

"Ojos Tormentosos," susurró y Kagome se sonrojó al instante.

La manera en que el nombre pareció más una caricia que un nombre real, envió un escalofrío por su columna. "Nunca he—yo—nadie ha dicho mi nombre—bueno—supongo que es mi nombre pero—nadie había hecho sonar mi nombre como," desvió la mirada insegura por la atención que él le había estado prestando hoy, "Yo ni siquiera sé a qué sonó." Levantó la mirada hacia él y esperó a que hablara de nuevo, no tuvo que esperar mucho.

"Ella," su voz era suave, el humo lo había calmado más de lo que él o Kagome se hubiesen dado cuenta. "Será capaz de señalarnos en su dirección exacta."

"Podría ser un viaje muy largo." Informó Onaconah, tratando de pretender que no era consciente de la tensión que se estaba formando en la habitación entre la joven pareja, sus palabras efectivamente aliviaron la tensa atmósfera que aparentemente se había formado a partir de las miradas de Kagome e Inuyasha, al menos un poco. "Prepararemos a todos los guerreros."

Sus palabras sacaron a Inuyasha y a Kagome de sus aturdimientos, los dos jóvenes miraban al anciano como si estuviera loco. "Pero eso nos retrasará—," Inuyasha se aventuró a interrumpir, pero el hombre solo levantó su mano pidiendo silencio de tal manera que Inuyasha no pudo ignorarlo.

"No te preocupes, Perro Común," dijo honestamente mientras se movía para guardar la pipa en su pequeña caja de madera. Pausó por un momento, tocando el revestimiento de adobe de la vieja cabaña antes de darse la vuelta, permitiendo que sus dedos se deslizaran mientras miraba a Inuyasha, pareciendo ser un hombre mucho más joven de lo que realmente era cuando les sonrió con una nerviosa confianza. "Como el jefe de esta aldea, puedo hacer que se muevan más rápido incluso que tus barcos."

Inuyasha sintió que su barbilla se desplomaba y sus ojos se abrieron. Miró a Kagome, quien ni siquiera parecía sorprendida en lo más mínimo (al menos por ese comentario) antes de girarse y ver la brillante sonrisa de Onaconah.

"No sabías que yo era el Jefe, verdad?" Onaconah rió de buena gana, dando una última calada a la pipa antes de fruncir el ceño, no quedaba nada para fumar. Girándose, agarró la caja en la que estaba guardada la pipa y la colocó con cuidado mientras continuaba hablando. "Creo que descuidé decirte como le dije a Ojos Tormentosos."

Inuyasha solo frunció, sacudiendo la cabeza—la admisión tenía sentido. Después de todo, Onaconah era viejo, los aldeanos parecían escucharlo muy en serio, incluso podía comandar al médico de la aldea y además de eso su hermano era el líder de la otra división de la tribu sugiriendo que había sido una persona con un título alto, por lo tanto, era natural que el otro hermano también tuviera un título alto. "Bueno, Jefe Onaconah, cuándo nos vamos?"

"Mañana," dijo el anciano mientras depositaba la pequeña caja en la repisa, sus manos permanecieron ahí antes de levantarse y caminar hacia la puerta de estera de la cabaña, retirándola, inspeccionó la aldea que se extendía más allá. Sus ojos se enfocaron en los aldeanos, observándolos intensamente mientras trabajaban. "Las mujeres se quedarán aquí." Dejó caer la estera de juncos mientras se giraba y miraba a Kagome. "Ojos Tormentosos debe venir, verdad?" Le preguntó a Inuyasha intencionadamente.

"Sí." Dijo Inuyasha sin titubear, aunque su voz sonó un poco tensa. "Ella es la única que puede usar la brújula, después de todo."

Desde su lugar junto a Inuyasha, Kagome sonrió, contenta de saber que esta vez no tendría que convencerlo de que la llevara como lo había hecho con Jinenji. "Soy la única que puede hacerlo y lo sabes, Inuyasha." Asintió firmemente para sí no sin sentir el menor miedo por el camino que les esperaba por delante, o las posibilidades que presentaba ese camino.

Onaconah asintió en dirección a Inuyasha antes de girarse hacia Kagome, dándole una pequeña pero preocupada sonrisa. "Sé que les hablé de mi hermano—de—," se detuvo un momento mirando al suelo para reunir fuerzas. "Sé que les conté cómo mató a la mujer de mi hijo con tanta frialdad."

Kagome asintió aunque Onaconah no pudo verla reconocer su conocimiento.

"Ojos Tormentosos no debe preocuparse." Onaconah se aclaró la garganta y continuó como si nunca se hubiese detenido. "Mis guerreros son los mejores en toda Carolina." Le dijo mientras volvía a levantar la estera de juncos, esta vez luciendo como si estuviera preparándose para atravesarla, pero dudó en el último segundo y se dio la vuelta. "Y," señaló a Inuyasha, "Tu hom—"

Inuyasha gruñó entonces, el sonido silencioso para Kagome pero fuerte para Onaconah.

Los ojos del anciano se iluminaron en los del más joven, que todavía estaba sentado exactamente donde había estado cuando entró por primera vez en la cabaña. Los dos hombres hicieron contacto visual y Onaconah le dio una sonrisa de complicidad mientras Inuyasha le dirigía una mirada que casi podría haberlo matado. "Este hombre," cubrió el anciano hábilmente. "Es más duro que cualquier hombre que conozco, te protegerá con su vida."

"Lo sé y gracias por tu protección." Respondió Kagome con sinceridad, agradecida por las amables palabras a pesar de que no había pensado en tener miedo hasta que Onaconah se los había dicho.

El hombre le asintió en reconocimiento antes de girarse hacia la estera de caña, levantándola con las palabras de despedida: "Se lo diré a los aldeanos ahora, ellos se prepararán y nos iremos cuando aparezca el primer rayo de luz," antes de salir. La estera cayó en su lugar detrás de él dejando a Inuyasha y a Kagome solos con sus propios pensamientos.

Kagome se recostó contra la pared de la cabaña, la piel suave contra la parte inferior de sus muslos que había dejado al descubierto el corto atuendo indio. Brevemente, miró la carne pero se acostumbró a la vista a pesar de que solo había estado usando la ropa durante unos días—ni siquiera unos días más que día y medio. Alcanzó, tocando el borde del vestido con flecos, toqueteando el cuero gentilmente mientras sonreía. "Gracias a Dios por la moda india." Pensó mientras una brisa fresca atravesaba la estera de juncos, tocando su piel. Si hubiese estado usando su ropa normal, ya se habría muerto de calor para entonces. "Estos vestidos son mucho mejores que los que mi madre me hacía usar."

La idea se desvaneció cuando una imagen de su madre invadió su cerebro. Esa mujer apropiada, qué pensaría si supiera lo que Kagome estaba a punto de hacer, adónde iba a ir, los peligros que pronto enfrentaría. Kagome se giró y miró hacia la estera de juncos, sus ojos estudiaban las sombras que pasaban de un lado a otro afuera, los aldeanos moviéndose en sus rutinas diarias. "Estaría aterrorizada." Kagome lo sabía sin lugar a dudas. "Yo estoy un poco—aterrorizada." Sacudió la cabeza queriendo continuar y que el miedo la abandonara pero no pudo evitarlo.

La historia de Onaconah sobre su hermano en verdad la había asustado un poco. Todo el asunto le recordó a su propio encuentro con Manten, un hombre que era como el hermano de Onaconah. Ninguno de los dos se preocupaba por la gente que habían matado o, al menos, habían intentado matar—todo lo que les importaba era el resultado final, conseguir lo que querían. Con Manten había sido la virginidad de Kagome de una forma u otra, y para el hermano de Onaconah había sido su sobrina nieta: la única en la tribu que podía usar la misteriosa esfera. A ninguno de los dos les importaron las consecuencias, solo querían, querían una muerte, querían una vida, de cualquier manera terminaba mal para las personas de las que se alimentaban. Y no había nada que ella ni nadie pudiera hacer al respecto excepto—Kagome miró su palma, estudiando sus dedos, recordando esa ola de poder sobre la que no tenía control.

"Necesito encontrarlo, lo que sea que el alma en ese blanco me esté diciendo que encuentre." Giró su mano mirando sus nudillos. "De lo contrario, cada vez que me proteja podría ser la última." Frunció ante la idea. "Sería un triste destino morir por tus propias manos." Suspiró y cerró la mano con fuerza en un puño. "Pero cómo, cómo lo encuentro, qué se supone que lo controla—que lo canaliza?"

Kagome frunció profundamente y cerró sus ojos tratando de visualizar de nuevo ese mundo de blanco, pero no vio nada detrás de sus párpados. "Maldición," pensó ella, las malas palabras en verdad comenzaban a sentirse naturales para ella. Decepcionada, abrió sus ojos para congelarse cuando su visión se volvió blanca y sus oídos se encontraron con esa voz de nuevo.

"Te llamará, Kagome y no tendrás más remedio que recogerlo y usarlo para canalizar todo tu poder."

Kagome abrió la boca pensando en responder, pero no lo hizo cuando una idea le hizo cosquillas en su cerebro. "Me llamará?" Dirigió su atención a la brújula. "Es algo que me llama?" Observó cómo la flecha roja giraba, círculo tras círculo, ahora que los fragmentos de la joya estaban de vuelta en su persona. "La brújula me llama y canalizo mi poder a través de ella también, no es así?" Frunció sus cejas, era verdad que usaba sus poderes para usar la brújula, pero eso significaba que era algo que estaba buscando, de alguna manera no lo creía, algo parecía mal con la idea. "Fui al mundo de blanco después de tener la brújula—no me habría dicho la voz que era la brújula, que ya tenía el objeto?"

Kagome parpadeó varias veces, permitiendo que sus dedos de la mano que no sostenía la brújula acariciaran gentilmente la superficie de vidrio que cubría su cara. "Ojalá pudiera ver a Kaede en este momento." Pensó mientras dejaba que sus dedos bailaran sobre la madera. "Probablemente ella lo sabía, cuando su hermana e Inuyasha eran—." Su idea se detuvo en seco en su cabeza y giró su cuello para mirar a Inuyasha.

El hombre estaba sumido en sus pensamientos, sin haberse movido una pulgada desde que Onaconah se había ido. Estaba concentrado y decidido y mantenía sus ojos fijos en el suelo. No estaba segura de en qué estaba pensando, pero eso no importaba en ese momento; todo lo que importaba era su propio conocimiento. Inuyasha sabía cosas, había conocido a una Miko, una Miko que había existido antes de que los padres de Kagome hubieran nacido, una Miko que no podía usar la brújula pero, por lo que Kagome sabía, podía usar su poder. "Kikyo debió haber tenido algo a través de lo cual canalizar su poder—el alma en el blanco dijo que toda Miko necesitaba uno." Miró a Inuyasha, su mente entumecida le impidió controlar su voz.

"Cómo," comenzó a hablar, su voz ni siquiera sonaba real para sus oídos mientras sus palabras brotaban de su garganta. "Cómo canalizó Kikyo su poder?"

No fue hasta que Inuyasha giró su cabeza para mirarla, que se dio cuenta de que había hablado en voz alta.

Fin del Capítulo

Por favor, dejen sus Reviews

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

N/A: Aquí hay otro capítulo, espero que lo hayan disfrutado! En el próximo capítulo, descubriremos mucha información antigua de la historia. Por ejemplo, cómo canalizó Kikyo su poder? Después de todo, Kikyo no podía usar la brújula, así que tenía que tener algo más para canalizarlo? Además, localizará la brújula a la otra tribu, Onaconah encontrará a su nieta, habrá una gran escena de batalla india entre los Guerreros Indios en la tribu de Onaconah y los Indios Piratas sin nombre en la tribu de su Hermano? Dios mío, tantas posibilidades!

P.D. Personalmente, no me siento de un lado u otro sobre fumar, pero solo quiero dejar claro que de ninguna manera estoy alentando a fumar en este fanfic. Está ahí por la época y nada más.

Traducciones Cherokee:

Tla-hv a-sv-na-s-di nv-ya-o-sa-ni: No toquen la joya!

Wa do a-ta: Gracias, jovencita.